Salvadas las distancias personales y la circunstancia histórica, los coahuilenses que han actuado en la resbaladiza pista de la política nacional, en distintas épocas, por lo regular tuvieron un mal final o acabaron su carrera. A Francisco I. Madero y a Venustiano Carranza los mataron a traición. Los ex gobernadores Nazario Ortiz Garza y Raúl López Sánchez formaron parte del gabinete del presidente Miguel Alemán, pero de ahí no pasaron. Horacio Flores de la Peña destacó por su ingenio y Eliseo Mendoza por su mesura y capacidad negociadora. Atanasio González sobresalió en la Corte.

Rosario Robles escaló a la presidencia del PRD y a la jefatura de Gobierno del Distrito Federal, en sustitución de Cuauhtémoc Cárdenas, pero sus presuntos devaneos con el empresario argentino Carlos Ahumada terminaron por marginarla de la política. El desempeño de José Narro Robles, en la rectoría de la UNAM, le valió para un segundo periodo. Humberto Roque, en cambio, quedó marcado por la obscena señal con que celebró el incremento del IVA, de 10 a 15%, en 1995.

Y ahora, otro Humberto: Moreira Valdés. La apoteosis de su último informe, en Torreón, donde cinco años antes había perdido la elección, lo proyectó a las ligas mayores. Llegó al CEN del PRI con aura de triunfador, carismático y fama de fajador, en términos boxísticos. Si nada lo detuvo en el pasado para desarrollar, en menos de un sexenio, una carrera que a infinidad de políticos les costó décadas, sin cruzar muchos de ellos la meta de la Gubernatura, nada podía haber que se interpusiera entre él y sus deseos.

El gobernador de Coahuila contaba con la aquiescencia de Enrique Peña, la amistad y el padrinazgo de la cacique del SNTE, Elba Esther Gordillo, el visto bueno de algunos de los hombres de negocios más influyentes de México, y una popularidad que rozaba la estratósfera. Su ascenso despertó celos y envidias, dentro y fuera de su partido. Al PAN y al Gobierno federal, en pocos días, los puso de cabeza. Nada parecía inmutarlo. La candidatura al gobierno de su hermano Rubén provocó críticas, pero en las urnas fue validada con 688 mil votos, captados sólo por el PRI.

El primero en desvelar la deuda de Coahuila fue Ernesto Cordero, el 25 de junio. En el marco de la campaña de Guillermo Anaya, candidato del PAN al Gobierno del Estado, el entonces secretario de Hacienda soltó un misil, ante un centenar de empresarios: Humberto Moreira –para entonces ya líder del PRI– había heredado pasivos superiores a los 32 mil millones de pesos.

La declaración sorprendió a todos, pero el tema, que en las urnas no afectó mayormente al candidato del PRI, Rubén Moreira, se mantuvo en un perfil bajo. La intención del PAN, como se ha visto, era evidente: explotar el escándalo en el contexto de la sucesión presidencial de 2012, no en las elecciones de Coahuila. El golpe fuerte vendría después: las denuncias de Hacienda ante la Procuraduría General de la República por el uso de decretos falsos para contratar deuda por más de 5 mil millones de pesos. Humberto Moreira deseaba permanecer en la presidencia del PRI, pero la “nomenklatura” decidió lo contrario. Hoy ni Enrique Peña está seguro.

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