El escritor inglés George Orwell sostenía que todo arte es propaganda. No parece una definición descabellada viniendo de la voz del padre de “El Gran Hermano”, un intelectual que defendió con su sangre la causa republicana en la Guerra Civil Española.

Sin embargo ¿Puede el producto artístico desbordar las propias implicaciones ideológicas del autor, o del entorno donde se gesta dicha obra?

Mirar: tocar

La pregunta se vuelve pertinente al tener en las manos el volumen que recopila la visión sobre la ciudad que propone el fotógrafo Germán Siller, editada por el Municipio de Saltillo y el Gobierno del Estado de Coahuila.

En su libro “Saltillo 3d”, Siller, respaldado con estudios de fotografía en Boston y un oficio de casi tres décadas en el fotoperiodismo, el retrato y ahora la fotografía arquitectónica, ofrece un producto novedoso, con un conjunto de imágenes concebidas para apreciarse con un efecto de tercera dimensión por medio de anaglifos —imágenes en dos dimensiones con un efecto de solidez a través de filtros especiales— profundizando en la aspiración de lo táctil buscada muchas veces por la técnica.

Cazar, colectar

Lo más relevante de la fotografía como medio es su carácter indicial. Un documento que ofrece indicios: huellas. El mito sobre el nacimiento de la pintura, a través del relato de Plinio el Viejo nos lo recuerda: la sombra, la silueta que sirve a la hija del alfarero Butades como manera de preservar de manera muy precaria la imagen ante la inminente pérdida del ser amado. Esta necesidad de registro y preservación se completó siglos después con la invención de la fotografía.

La foto siempre ha sido una forma de alquimia. Un hecho anómalo. Piénsese en un objeto que no tiene un valor en sí mismo, si no por la imagen que ofrece hacia dentro de sus contornos. Una suerte de ventana mágica. Un recuerdo portátil. En ese sentido, la fotografía siempre ha tenido una intención de engañar, de sorprender; es decir, de maravillar. De comunicar la percepción del autor, pero también sus sensaciones, su emoción, su construcción mental. Esta vez la intención se potencía. Las imágenes no sólo pueden ver. Los planos se desplazan. Los volúmenes se confunden. Las texturas flotan en al aire. Los espacios de la ciudad se pueden tocar. Todos conocemos la anécdota citada por Frazer en “La Rama Dorada”: nativos que se resisten a ser retratados por temor a perder el alma. A pesar de sus implicaciones tecnológicas, la fotografía sigue siendo un dispositivo mágico: Germán Siller captura el alma de la ciudad.

Imagen e idea

La profundidad de este proyecto no culmina en sus innovaciones técnicas. Más allá de los magistrales encuadres, las miradas novedosas, el ritmo de las formas y la adecuada medición de la luz, subyace una marcada intención de proyectar una idea particular de ciudad. Están los barrios y las iglesias, la faz pétrea de los héroes, pero también los puentes y los museos. Muchos museos. Un registro del registro. El latido de los mercados y la penumbra geométrica de los institutos. Centros de gobierno, es decir, centros de poder. Vistas aéreas y cúpulas y escalinatas. Los bustos de los próceres. Se filtra una visión oficial de la ciudad. Se extraña la presencia humana, pero pervive su huella. El latido anónimo que transita y erige los ángulos, las perspectivas que se pierden en las brumas de la historia y de la lejanía. Las vidas que en su azar y su asombro dibujan el trazo del laberinto.

Las imágenes son activos importantes en la construcción de un aparato ideológico: pienso en la cineasta alemana Leni Riefenstahl y su mirada sobre Berlín. En Robert Capa y su foto del miliciano Federico Borrel, en la efigie del Che vía Alberto Korda, en la Norteamérica negra de Gordon Parks: imágenes todas vueltas símbolo. Miro las fotos de mi ciudad hechas por Germán Siller y sostengo que se supera el reto: el arte rebasa a las ideas. Más allá de una intención mitificadora, surge la mirada de un hombre sensible, el oficio de un profesional: el alquimista que mide en una balanza invisible el filo de los ángulos y la espuma de los follajes, el que sabe dibujar con luz, pero también dibuja con sombra.

Bardo de las bardas

”Fotografiar es colocar la cabeza, el ojo y el corazón en un mismo eje”.

Henri Cartier-Bressos
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