El tsunami, cuando surge impetuoso, no respeta altura ni islas.

Sus olas descomunales arrasan con todo a su paso; la destrucción es total.

Fenómeno parecido sucede en las sociedades ante el tsunami de la cólera popular.

Cuando el hambre y la opresión hacen estallar la caldera, no hay refugio posible.

No vale esconderse tras los muros de una residencia.

Por eso es de sentido común quitar fuerza a las olas de la miseria.

Entender que el bienestar es de todos o no es de nadie.


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