Grandes escritores de los últimos tiempos posaron sus ojos en el deporte: desde el conservador Borges, el festivo Neruda, el amargo Kundera, la famosa pasión por el box de Cortázar, o el lúcido fanatismo de Eduardo Galeano por el futbol.
Más alto y más fuerte
“Dios existe y es redondo”, suscribía el argentino Osvaldo Soriano. Camus afirmaba que todo lo que había que aprender sobre la vida lo había entendido desde la azarosa soledad del portero. Más cerebral, Borges proponía inventar un juego en el que nadie ganara.
Falsamente, la figura del escritor se ha asociado desde siempre a la contemplación, alejado del movimiento. Y más aun cuando la competencia atlética tradicional busca el triunfo por encima de todo, rayando en el ideal fascista del super hombre.
Escribir es saber respirar
Va el censo de escritores y a-tletas de los que tengo noticia: pocos saben que uno de los más polémicos críticos literarios del país, heredero de Octavio Paz para más señas, es un aguerrido futbolista dominguero. O que uno de los más finos prosistas de nuestras letras, el novelista y traductor Javier García- Galiano pisó con maestría el polvo de los llanos hasta hace poco tiempo. Fruto de ese saber salvaje quedan algunos cuentos, como el memorable: “El Último Penalty”. Otro narrador sabio en esos menesteres es el lagunero Jaime Muñoz Vargas, como ha quedado consignado en su libro de cuentos “El Augurio de la Lumbre”.
Poética del vértigo
Solventes poetas y reputados futbolistas, Armando Oviedo y Víctor Palomo, quien brillara como un mortífero y veloz delantero en su adolescencia.
Corredores que escriben o escritores que corren, la luminosa poeta Claudia Luna, el tapatío Ricardo Castillo, el exitoso novelista David Toscana y el narrador y crítico musical Armando Vega Gil. ¿De dónde el empate? ¿Qué busca el escritor que se ejercita?
“Una cierta claridad”, decía Julián Herbert, quien se ha medido en el trote.
Quizá la literatura y el deporte moderno comparten su afán de voluntad estética, el uso especial del ritmo, una visión particular de la creatividad y la construcción de un cierto estilo.
Buscar los límites
Si Eusebio Ruvalcaba ha escrito que “la caminata es un viaje al centro de uno mismo”
¿Qué será el correr? Yo sólo puedo hablar por mí:
La carrera es un espacio de dolor, una casa transparente y móvil hecha por y para uno; una obra de arte y autodesprecio erigida con la pesadez del aire y cada punzada en las piernas. La velocidad es todo un descubrimiento, como la escritura: la forma más concreta de la soledad.
Porque uno no corre para ejercitarse. Tampoco para competir. Ni siquiera para fortalecerse.
Uno corre para hundirse en la negrura y el descubrimiento, un escenario donde pulir el propio aniquilamiento, aunque los demás piensen que pulo mi espíritu.
Porque escribir y correr son la búsqueda de un resplandor, un hallar los límites, una aniquilación: un borrarse para renacer.
Bardo de las bardas
“Haria cualquier cosa por recuperar la juventud... exepto hacer ejercicio, madrugar o ser un miembro util de la comunidad”
Oscar Wilde
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