El Senado votó hace unos días en forma unánime para que se le entregue la presea “Belisario Domínguez”, la máxima condecoración que otorga, en reconocimiento a su trayectoria como servidor público y luchador social. Aunque dice mucho, refleja poco. Cuauhtémoc Cárdenas fue el piolet que rompió con su tesón la enorme muralla del autoritarismo mexicano y que en el momento de un desbordamiento que hubiera terminado en forma violenta y quizás con una nación ensangrentada, tuvo la entereza para contener y salvar a una sociedad que se sentía agraviada.
Fueron esos dos momentos, en 1987 y 1988, por los que Cuauhtémoc Cárdenas merecía hace tiempo el agradecimiento ciudadano. Añadió palmarés por la construcción política que hizo después en la formación de la primera izquierda mexicana que pudo acceder al poder, y el trabajo de arquitectura sostenida que pudo lograr el primer gran cambio a un sistema político que había vivido estancado y en una zona de confort, durante dos generaciones.
Cárdenas nació en una cuna de poder el primero de mayo de 1934, cuando su padre Lázaro, uno de los generales que ganaron la Revolución, hacía su campaña presidencial. Gateó, literalmente, en Los Pinos y en Palacio Nacional, y creció con una sangre libertaria, consecuente, democrática y tolerante. Como todos los de su generación, es hijo del sistema político mexicano callista y, como todos en el poder, perteneció al PRI durante 25 años. Aunque funcionario público en regímenes priístas y gobernador por ese partido, siempre se movió en el ala izquierda de la institución.
Desde joven, cuando Estados Unidos propició el golpe de Estado contra el presidente de Guatemala Jacobo Arbenz en 1954, encabezó un comité de apoyo al mandatario depuesto, junto con personas que lo acompañarían políticamente toda la vida, como Leonel Durán, y un grupo de intelectuales. Con otros soñadores y luchadores, ayudó a fundar el Movimiento de Liberación Nacional, en cuya vida efímera de 1961 a 1964, aspiraron a cambiar radicalmente las cosas, pero sin optar por la lucha armada, como otros de sus acompañantes de generación lo hicieron.
En ese movimiento participaron intelectuales cercanos al poder como Carlos Fuentes, o que se integraron al sistema, como Víctor Flores Olea. Estuvieron hombres de izquierda con quienes muchos años después caminaría en la larga marcha por la democracia, como Heberto Castillo, Rafael Galván y Manuel Marcué Pardiñas, y otros más que en distintos momentos de la vida contemporánea de la izquierda mexicana, se sumarían a la primera opción de poder progresista que llegaría al poder, como su incondicional César Buenrostro y Enrique González Pedrero, mentor de Andrés Manuel López Obrador.
Auténticamente independiente, Cárdenas se desvinculó de la lucha social cuando el Partido Comunista tomó su patente de corzo, y desde el sistema político protestó imposiciones políticas en su tierra Michoacán. Su madre, Amalia Solórzano, influyente en presidentes, logró que José López Portillo lo impulsara, y lo hizo senador y subsecretario de Agricultura, para allanarle el camino a la gubernatura michoacana. Terminó el mandato en su estado casi al mismo tiempo que terminó en el PRI.
En 1987, al año siguiente de dejar el poder estatal, en conversaciones intensas con uno de los últimos ideólogos del PRI, Rodolfo González Guevara, a la sazón embajador en Madrid, se creó la Corriente Democrática dentro del partido, a imagen y semejanza de la corriente crítica que daba dolores de cabeza al PSOE español y al jefe de gobierno, del mismo partido, Felipe González.
Todavía hoy hay sospechas de fraude en el triunfo de Salinas sobre una victoria real de Cárdenas, pero la verdad nunca se sabrá porque, como marca la ley y aprobada por los dirigentes en el Congreso de los partidos, en ese entonces Diego Fernández de Cevallos del PAN y Muñoz Ledo por la izquierda, las boletas fueron quemadas. Pero ese momento, que inició la marcha de la izquierda hacia el poder –que conquistó de manera cimera Cárdenas al ganar en 1997 las primeras elecciones para gobernador en el Distrito Federal-, es el otro episodio por el cual esta nación le debe estar eternamente agradecida.
La noche del 6 de julio de 1988, en medio de la convulsión y la percepción en las grandes ciudades que se había consumado un masivo fraude electoral a favor de Salinas, Cárdenas era presionado para que del brazo de Manuel Clouthier y Rosario Ibarra de Piedra, que también habían aspirado a la Presidencia, marcharan hacia Palacio Nacional, tumbaran la Puerta Mariana y asaltaran al Poder. Cárdenas, con todos a su alrededor gritando y presionando para que encabezara una nueva revolución, contuvo y aguantó.
Nadie sabe que hubiera pasado esa noche de haberse intentado el asalto a Palacio Nacional, resguardado por militares y policías. Nadie sabe el tamaño del baño de sangre en que, dadas las condiciones del momento, hubiera terminado ese episodio. Pero sí sabemos que la prudencia de Cuauhtémoc Cárdenas, con toda la fuerza moral y política sobre sus hombros, obligó a De la Madrid y a Salinas a negociar políticamente con la izquierda, a reconocer sus victorias en el país, y a romper el cerrojo de un sistema hegemónico que en ese momento, comenzó a desquebrajarse para romper el autoritarismo y dar paso a la democracia, que aunque imperfecta, hoy se vive.
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