De la Madrid, interrogado al respecto en el Club de Prensa de Washington a mediados de 1986, insistió en mostrarse como un devoto defensor de la soberanía patria y rechazó, con vehemencia además, cualquier posible alianza destinada a posibilitar el paso indiscriminado de efectivos y aeronaves estadounidenses sobre territorio mexicano y con el pretexto de prevenir el tráfico de estupefacientes hacia el mayor mercado de consumo en el mundo. Por supuesto, la propuesta tenía doble intención: Exhibir a la administración delamadridiana cuando menos por su “negligencia” tras el secuestro y asesinato del agente de la DEA, Enrique “Kike” Camarena -su piloto mexicano corrió con la misma suerte sin que nadie lo recuerde-, amedrentándola para hacerla tersa en otros rubros, digamos los financieros, cuando se renegociaba la deuda externa de México brindándose oxígeno a la hegemonía priísta.
Quizá por lo anterior, exaltadas las alianzas soterradas, nunca se persiguió al señor De la Madrid, cuyos depósitos millonarios en Suiza fueron exhibidos por el columnista Jack Anderson en el mismo año de 1986, ni a quien fuera el principal operador de éste, el siniestro Manuel Bartlett ahora convertido en adalid contra la nueva legislación de radio y televisión y cualquier intento de reforma energética bajo el alegato de asegurar la soberanía sobre los recursos estratégicos de la nación. Nada más deplorable ni paradójico que depender de un hombre sin moral para confrontar una lucha justa.
El hecho es que, pese a la manifestación de “patriotismo” del señor De la Madrid, no pocos expertos de la Unión Americana, con sus operarios policiales además, comenzaron a infiltrarse en el país con el camuflaje de diplomáticos. La Embajada y los consulados estadounidenses casi se convirtieron en cuarteles para dar cabida a tantos representantes destinados a “cazar” a los grandes “capos” y sus grupos de fascinerosos. Pese a ello, las grandes cabezas, esto es las que maniobran desde dentro del sistema político -digamos los hombres claves de los gabinetes presidenciales y algunos gobernadores coludidos-, no se vieron comprometidos salvo una excepción, la del iluso ex gobernador
quintanarroense Mario Villanueva Madrid, cuyo “padrino”, el yucateco Víctor Cervera, en funciones de mandatario estatal, se dio el lujo de ser anfitrión de los presidentes de México y Estados Unidos precisamente en 1999, meses después del golpe contra su colega y protegido. Uno de los grandes círculos de la simulación se cerró con este episodio.
Dos décadas más adelante ya no se requiere matizar los hechos. En una perspectiva dominada por los Estados Unidos, sin contrapesos de por medio, la supervivencia política de los gobiernos tercermundistas, más cuando se confrontan serios conflictos de legitimación, depende en buena medida de las relaciones con la mayor potencia de la historia.
Incluso los rijosos de Latinoamérica, como Hugo Chávez, hablan mucho pero se cuidan de no alterar, en serio, los intereses estadounidenses en sus respectivas regiones. El ruido les sirve, más bien, para vender mejor sus alianzas y quienes pagan los platos rotos son, desde luego, los europeos.
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