Apenas terminé mis sagradas labores y afuera de esta casa editorial ya me esperaba el amigo Roberto Piña, quesque para darnos baños de pueblo en el Estadio Monclova.
Pero terminó el juego...
Así que, como nuestro legendario padre Adán, flaqueé frente a la tentación de la carne y cedí a los perversos influjos de una víbora más insidiosa y seductora que la del paraíso para irme a meter a una función de ésas, en donde algunas mujeres de buen ver (y mejor mover) se despojan de sus ropas…
Lo van haciendo al ritmo de melodías tan desenfrenadas como los perversos motivos que puede tener un respetable caballero para ocurrir a verlas.
Mi primer impulso fue regresarme de la puerta misma al evocar la figura de Feliska, mi abuela y mentora, quien en mis mozos años, tan denodadamente veló por la pureza de mis actos y pensamientos.
Pero se trataba de una función de beneficencia en la que podría yo ejercer la capital virtud de la caridad, que también me imbuyeron en el colegio, así que ni reparos puse en pagar por echarme un taco de ojo, con tal que otros prójimos desvalidos se lo echaran aunque sea de frijoles.
Quiero pensar que en bola, el pecado se comparte y la culpa toca de a menos.
Y quien menos toca, aunque oportunidades no le falten (cual fue mi pudoroso caso), creo que comete si acaso un pecadillo venial que se borra con cualquier acto de misericordia.
El punto es que la penumbra inicial del acto, programado sólo para hombres de sólido criterio y convicción a prueba de cuerpos serpenteantes, nos igualó hasta convertirnos en una vociferante masa anónima y relajada, muy dispuesta a sacar ventaja de la inédita situación de la mujer convertida en objeto.
Los acordes cadenciosos de una sensual melodía convocaron la presencia de una enfermera, quien ya sin los agobios de una sala de urgencias, se fue liberando de sus pertrechos hasta quedarse nada más con la cofia.
Lo mismo ocurrió a la férrea vaquera y a la circunspecta agente secreta, y a la ruda policía y a la india malencarada.
Y uno acá, nomás, muerto de risa nerviosa, inundándose la retina y soltando jaculatorias con cada trapo que salía volando por los aires.
¡Ay, santa Clarisa, la policía ya aventó la camisa!, ¡San Pascual Bailón, a la enfermera se le soltó el cinturón!, ¡San Cuilmas el petatero, mira nomás qué trasero!
Luego de invocar a toda la corte celestial, advocaciones le faltaron a la letanía para acompañar los lances y avances de aquellos especímenes que, de proponérselo, podrían destronar de su pedestal a la mismísima Diana La Cazadora.
Y uno, acá, sacando desventajosísimas comparaciones entre el ejemplar sobre el escenario y a la que le dimos el apellido.
Habiendo lodo, no faltó quienes aprovecharan la oportunidad de atascarse y sin el menor asomo de rubor, dobla-ron e insertaron un billete en la breve tanga de aquellas venus, para tener el placer adicional de untarles aceitito por doquier.
Y que me perdone Feliska, que en gloria de Dios debe estar, por haber desoído sus fatalistas conjeturas sobre el pecado que dudo hayamos cometido quienes, chispeantes, relajados y de excelente humor, salimos de tan rumboso espectáculo.
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Se dio baños de pueblo y de pecado,,. fomentando el esterotipo sexual de la mujer… la mujer convertida en objeto como usted lo dijo… yo no entindo a los hombres, entonces no ven más allá de lo fisico, es una figura robotizada la que baila y camina en la morbosa imaginación porque nunca saben que hay detrás…
Hay Don Abdel lo que anda platicando…
Saludos desde Saltillo y ¡¡¡feliz dia del papá!!!...
¿Y qué sería lo que cometara su mujersssssssss?