En diversas ocasiones, hemos afirmando que durante las últimas cuatro décadas solamente dos Presidentes Constitucionales de los Estados Unidos Mexicanos han concebido un proyecto de país para el futuro: Carlos Salinas de Gortari y Luis Echeverría Álvarez. Estos nombres podrán incomodar a los de memoria corta quienes prefieren arrinconar los días en que los ensalzaban por su forma de gobernar. Lo sucedido al final de sus sexenios fue más producto de factores externos, en donde no faltaron los útiles colaboracionistas internos. Se podrá o no estar de acuerdo con sus planteamientos, pero los conceptos y las propuestas ahí están. En esta ocasión, nos concretaremos al presidente Echeverría Álvarez sobre quien, hace cerca de cuatro décadas sin contar con documentos duros, manteníamos debates enconados. Unos eran amigables, otros no tanto. Para nuestros interlocutores, sus políticas eran “izquierdistas,” nosotros las percibíamos como una nueva forma de proponer el futuro del país. Las discusiones nos permitieron consolidar la amistad de quienes discutían con argumentos y concluir con la de aquellos que argüían sustentados en la pasión.
Entonces, y hasta hace muy poco tiempo, no conocíamos el contenido de la charla que el presidente mexicano sostuvo el 15 de junio de 1972 con su homólogo estadounidense, Richard M. Nixon.
Veamos algunos aspectos de la misma, la cual tuvimos oportunidad de escuchar gracias a la acuciosidad del ciudadano Nixon por preservar en cintas sus entrevistas. Recordemos que entonces no había sino dos opciones, México había optado por la que le había permitido crecer y desarrollarse.

Echeverría afirmaba “que el gran problema para toda América Latina es… el crecimiento de la población, el desempleo y las tensiones sociales que el comunismo internacional provoca… Es muy importante…que le quitemos la bandera con testimonios reales de cooperación a nivel oficial y con la iniciativa privada y con la tecnología.” Posteriormente mencionó que iba a entrevistarse con más de 40 hombres de negocios estadounidenses a quienes trataría de convencer de que era necesario “crear una política oficial del Gobierno de los Estados Unidos y una política de la inversión privada. Pero con mucha comprensión de lo que está pasando, que este no es el mundo de hace 15 años.” Enfatizaba que “para la propia prosperidad de los Estados Unidos (los empresarios) piensen que el continente es uno y que… deben de ofrecer negocios con capital y tecnología pero asociados, compartiendo responsabilidades… Si no,… el comunismo se va vender más como un incentivo, como una solución”. Para Echeverría, era fundamental “hacer inversiones privadas y mixtas… necesitamos alentar a los empresarios privados latinoamericanos y llevar tecnología, crear empleo”. Han pasado cerca de cuatro décadas y aún encontramos hombres de negocios que no acaban de entender el motivo por el cual Echeverría los invitaba a sus giras internacionales. Aún creen que era una forma de soborno, cuando en realidad trataba de mostrarles lo que venía y transformarlos en empresarios para que actuaran como agentes de cambio en la consolidación del desarrollo y el crecimiento del país. Echeverría se empeñaba en que fueran “socios, y no empleados…(en) buscar mercados juntos en el mundo.” Porque en “todos los países del tercer mundo (en) donde hay subempleo y hay pobreza, (se requieren) soluciones capitalistas de tipo mixto, preservando nuestras libertades, o el otro (el comunismo) va a avanzar.” En su opinión, la alternativa era entre “un porvenir de inversiones mixtas norteamericanas y locales de cada país para la creación del empleo y la producción o bien muchas convulsiones sociales”.

Cuando Nixon enfatiza que los estadounidenses no invertían en América Latina por temor a expropiaciones y la inestabilidad en algunos países, Echeverría responde que “si ellos se ligan con intereses locales en una proporción razonable no habrá problema. Porque los intereses locales en nuestros países… tienen relación con el gobierno con las organizaciones de trabajadores con los políticos en el Congreso, etcétera.” Al fin de cuentas, “el dilema es o hay inversión con tecnología moderna o hay un creciente desempleo”. Alguien se preguntara sobre el activismo de Echeverría como líder del Tercer Mundo, ello se explica en este párrafo: “México tiene que contribuir más que ningún país latinoamericano a quitarle una bandera de progreso a Castro Ruz, que no es cosa de rivalidad personal, sino es que tenemos que, preservar valores y provocar fuentes de trabajo con tesis distintas de lo que Castro Ruz significa como un incentivo en América Latina”.

Desafortunadamente el modelo para crear una generación de empresarios mexicanos no acabó de “cuajar” y lo acontecido en 1976 fue resultado de diversos acontecimientos. El error de no devaluar el peso en 1973 y al hacerlo tardíamente disparar la inflación. Entrometerse en asuntos de Medio Oriente, en donde nada teníamos que ganar. Un desmedido activismo internacional que provocó incomodidad en los centros de poder internacional. Además, se tomaron medidas de última hora que generaron intranquilidad social. Sin embargo, es conveniente recordar que entre 1971 y 1976, la economía mexicana creció a una tasa de 43.12 por ciento. Aquellos eran tiempos malos en donde hubo una propuesta para el futuro.


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