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Décadas antes de que Norteamérica reclamara la paternidad del New journalism, vía la obra del refinado Tom Wolfe o el polémico Capote, existía ya en Latinoamérica una poderosa tradición de la crónica como un género literario que le tomaba el pulso a la terrible realidad de la época.

Todas las voces
Antes que novelista, académico o ensayista, Tomás Eloy Martínez fue un periodista imantado por una insaciable sed de narrar. De consignar por medio de sus novelas y reportajes, de sus terribles visiones del continente y de Argentina, un país que padeció fascinado, revelando para sus lectores la intuición de que la Historia no es sólo aquello que se cuenta del pasado, sino también los detalles de los que se calla, los territorios marginales que aguardan las claves secretas de un suceso. Es importante lo que vemos, pero más importante, lo que no vemos.

Consignarlo todo
Para el autor de Santa Evita, su concepción del periodismo escrito se reveló primordialmente como una responsabilidad para con el lenguaje, es ya famoso su aforismo: “Un dato en cada línea. Una idea en cada párrafo.” Agudo observador de su tiempo, asumía sin embargo que si de la redacción de “el más anónimo de los boletines” podría resultar una poética, con más razón era relevante informar con la más transparente precisión acerca de los acontecimientos fundamentales de cada día.

Mirar desde el vórtice
Apasionado seguidor de Borges, suscribía al lado del poeta ciego que “en algún instante decisivo, la suerte de un hombre resume la de todos los demás”.

Porque para el autor de “La mano del amo”, el periodismo se trataba de eso; de encontrar el conflicto de fuerzas que desatan las acciones y reacciones del hombre implicado en el acontecimiento real, una mirada que revelaría las verdaderas implicaciones sociales, políticas y culturales de cualquier hecho. Como consignar el aleteo de una frágil mariposa para revelar la fuerza feroz de la tormenta.

Obsesión
En las novelas y reportajes del cronista convergieron siempre temas esenciales y recurrentes: el exilio, las cloacas comunicantes del ejercicio del poder, los espacios abandonados después del exilio; símbolos de una memoria.

Y sobre todo, los procesos de derrumbe de sus personajes, convertidos en una especie de tránsito o “pasión”; ejemplo de sus últimas novelas “El cantor de Tango” de 2004, y “Purgatorio” de 2009, reflejo también de su propia enfermedad.
En esta oscura época en que legiones de personajes entienden el ejercicio periodístico como el tráfico del elogio fácil, de una retórica tan abstracta como hueca, o del dulce arte de no decir nada, declaró durante su curso en la Fundación Para el Nuevo Periodismo, apenas en abril pasado:


“El periodismo no es un acto de narcisismo, es un acto de servicio, servicio a la comunidad, servicio a los demás, de servicio a la verdad.”

Bardo de las bardas
“¿Cómo imaginar el futuro inmediato entre las brumas de un país a la deriva?”
Tomás Eloy Martínez
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