Hace mucho tiempo un viajero, muy escéptico por cierto, estaba escuchando a un yogui que declaraba:

-Les puedo decir que el mantra tiene el poder de conducirlos al Ser.

El hombre incrédulo protestó:

-Esa afirmación carece de fundamento. ¿Cómo puede la repetición de una palabra conducirnos al Ser? Eso es como decir que si repitiéramos “pan, pan, pan”, se haría realidad el pan y se manifestaría.

El yogui se encaró con el incrédulo y le gritó:

-Siéntate ahora mismo, sinvergüenza.

El incrédulo se llenó de rabia. Era tal su incontrolada ira que comenzó a temblar, y furioso vociferó:

-¿Cómo te atreves a hablarme de ese modo? ¿Y tú te dices un hombre santo y vas insultando a los otros?

Entonces, con mucho afecto y ternura, el yogui le dijo:

-Siento mucho haberte ofendido. Discúlpame. Pero, dime, ¿qué sientes en este momento?

-¡Me siento ultrajado!

Y el yogui declaró:

-Con una sola palabra injuriosa te has sentido mal. ¿Te das cuenta del enorme efecto que ha ejercido sobre ti?... si esto es así, ¿por qué una palabra no podría conducirte a la enorme paz del Ser?

El problema que tenemos es con aquellas palabras pronunciadas en un pasado, usualmente en momentos de mucha tensión, mucha ira, o por la razón o circunstancia que fuere. Decimos que somos fuertes, que somos dueños de nuestro destino, que nada nos afecta, pero la realidad es que hemos dejado que una sola palabra, o una sola frase dañe, a veces de forma muy significativa, el resto de nuestras vidas. Aquella palabra, que una persona cercana a nosotros pronunció, ha sido la “causa” –nos decimos– para retirar el afecto, para cortar la comunicación, para convencernos que las cosas nunca serán iguales. Pero al hacerlo, hemos dañado lo más preciado, nuestra paz, la quietud interior. Te invito a reflexionar el día de hoy, que te preguntes: ¿Qué palabra o palabras han cambiado mi vida, para bien o para mal? ¿Qué comentarios han influido en mis decisiones?

Al hacerlo te darás cuenta de dos cosas:

1. Que cada día, usualmente sin darnos cuenta, permitimos que los comentarios de los demás tengan un efecto en nuestras vidas. Si eres consciente de ello, date cuenta que puedes elegir aceptar o no esas palabras. Recuerda que cada palabra, ya sea de reproche o de elogio es una opinión, no una verdad.

2. Que una sola persona tiene el poder para herirte o para sanarte. Es la persona que finalmente decide darle un significado a todo lo que ocurre alrededor. Esa persona eres tú. Tú eres quien tiene la última palabra. Tú decides.
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