Parecemos ignorar que la imagen de Santa Claus, de Sinter Klass, está tomada de una leyenda nórdica, sin conexión con nuestras tradiciones mexicanas, ese ser extraño vestido con un traje bordeado de piel, que conduce un trineo volador tirado por renos, y da regalos a los niños introduciéndose por la chimenea la noche del 24 de diciembre, en un país en donde ni 1% de las casas tienen chimenea. Podríamos preguntarnos: ¿Qué riesgos se corren al hacerles creer que sí existe realmente este personaje?
Esa imagen desplazó a otros iconos religiosos más tradicionales, porque acude a una característica del inconsciente humano en su primera etapa de desarrollo: el pensamiento mágico omnipotente, que conforma la mente infantil hasta alrededor de los seis o siete años. Santa Claus cumple deseos de forma mágica con satisfactores muy concretos, como juguetes, ropa y otros objetos disfrutables. Pero después de esa edad, los niños dan un salto en sus procesos de construcción de la realidad por el espacio transicional comprendido entre el mundo de la fantasía y de la realidad objetiva y empiezan a encontrar, reconstruyéndolas, las leyes de la realidad, en donde ya no les parece creíble la leyenda, pues empiezan a descubrir por sí mismos explicaciones de causa y efecto en todos los fenómenos observables de la naturaleza y establecen cada vez mayores diferencias entre lo deseable y lo posible. La imagen de Santa Claus les empieza a parecer imposible y se pueden sentir defraudados por el engaño adulto al que fueron sometidos: su ídolo no existe tal como se lo presentaron. Y para colmo, sus padres no los creen capaces de haber descubierto por sí mismos el engaño, buscando al amiguito o al adulto que les ha quitado la ilusión que ellos cultivaron con tanto afán.
En el momento de estudiar geografía, los niños se preguntan en que parte del polo norte está la casa de Santa Claus, su fábrica de juguetes sin poder ubicarla en la realidad. No existe un lugar físico para ella. También se preguntarán bajo qué principio físico su trineo puede volar, pensando en las respuestas lógicas que su inicial estudio de la ciencia ofrece y la respuesta tendrá que ser, o bien que está acoplado a turborreactores, en cuyo caso los renos no tienen utilidad, o bien lo verán como un desafío gravitatorio, que los preparará a la ciencia ficción. Se preguntarán de qué manera consigue Santa Claus meter millones de juguetes en un morral que no se agota nunca, lo que también desafía cualquier criterio científico. Finalmente dudarán que Santa Claus pueda estar en todas las casas del mundo al mismo tiempo, manifestando el don de la ubicuidad como solamente Dios puede hacerlo ¿Es esto comprensible para los niños que están buscando desarrollar las competencias científicas? Si les obligamos a creer que Santa Claus es real, entonces estamos negando las leyes físicas y con ello, los metemos en un conflicto educacional profundo: la existencia real de Santa Claus niega el pensamiento científico.
Por ello es importante enseñarles a los niños que Santa Claus existe, si, pero está en el imaginario colectivo, en una esfera no concreta, que no vemos y que más bien pertenece a la dimensión de la noosfera, esa realidad abstracta en el reino de la virtualidad que ellos tan bien conocen por las caricaturas, por los avatares y por los videojuegos, ese lugar en donde se forjan los mitos, en donde viven las leyendas y los objetos culturales, que explican los símbolos sociales pero que no son útiles para entender la realidad física. Y si no lo aclaramos a tiempo, su desarrollo del pensamiento científico se retrasa.
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