- No le puedo decir que fuimos muy amigos, profesor, porque no intimamos mucho, no supe gran cosa de él y fuera de una buena relación amistosa y de respeto no hubo más, pero sí, me
da mucho gusto haberlo conocido.
- A mí no me suena el nombre de Héctor Spencer.
- No era muy mencionado, no era multimillonario, no tenía amantes de la farándula, no dio motivo alguno para ser muy conocido, pero sí, se movió durante un tiempo en el medio artístico.
- Debió ser famoso.
- Él era ingeniero. Al parecer muy bueno e hizo una pequeña fortuna. Digamos que la suficiente para retirarse y hacer algunas cosas más por hobbie que por vocación o tradición. Le
encantaba el relajo, era un hombre de muy buen sentido del humor y en una palabra era una persona agradable, de ésas que en donde estén, anima o participa de la fiesta.
- No son muy comunes.
- No, para nada. Él al parecer por motivos de salud se retiró de la profesión e invirtió algunos pesos en hacer películas. Dos o tres. No muchas. Pero le divertía hacer el casting, tratar con
los actores, estar en contacto con chicas bellas y pasar bien el rato.
- ¿A quién no le gusta eso?.
- También hizo una revista de fotonovela llamada “Sueños y ensueños”. No fue tan popular como “Chicas”, “Cita”, “Novelas de Amor”, “Capricho” y muchas otras, pero él se divertía.
- Y allí fue cuando usted lo conoció.
- No recuerdo cómo fue. Tal vez fui invitado a una reunión en la que él se encontraba y nos pusimos a platicar y luego fuimos algunas dos veces al hipódromo y echamos algo de relajo.
Precisamente en una reunión en la que se encontraban entre otros el actor y productor Abel Salazar, un señor de apellido Trujillo, Antonio Badú y algunos más, llegó hasta la mesa Miguel
Nasar Haro.
- Vaya personaje.
- Detestable, profesor. El brazo derecho de Fernando Gutiérrez Barrios. Otro que no debió nacer.
- Se cuentan cosas terribles de ellos.
- Nunca tan terribles como las que presumía el propio Miguel.
- ¿De verdad?.
- En alguna ocasión se regodeaba contando cómo torturaban a los miembros de la liga 23 de Septiembre.
- ¿Y lo presumía?.
- Se sentía orgulloso de su “creatividad” para inventar tormentos. Por eso, esa ocasión en que llegó a la mesa y se sentó sin ser invitado, Héctor Spencer se levantó diciendo a los demás
que sí eran sus amigos: Me disculpan, pero yo no comparto mi mesa con asesinos. La cuenta está pagada. “¿Nos vamos?”, me dijo.
- ¿Qué hizo usted?.
- Me levanté tras él sin despedirme de los demás, orgulloso de haber conocido a un hombre de su estatura moral y congruente con sus sentimientos.
- ¿Qué opina usted ahora que Nasar Haro ha muerto?
- Que por desgracia quedan muchos como él.
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