Como gobernador, Moreira puso en jaque al Gobierno federal; y como sucesor de Beatriz Paredes en el CEN, hizo desatinar a sus pares del PAN y el PRD, Gustavo Enrique Madero (“Maderito”, llamó repetidas veces al sobrino nieto del Apóstol de la Democracia, Francisco I. Madero) y Jesús Ortega en un debate televisivo con Carlos Loret.
Algunos medios, incluso, lo llegaron a considerar el “plan B” del PRI para la Presidencia, si Enrique Peña se desinflaba. Adivinos. El candidato es demasiado vulnerable. Le falta bagaje cultural, intelectual, contacto con la realidad, altura de estadista. Pues lo mismo lo ponen contra la pared Jorge Ramos (Univisión) y López Dóriga —en temas que, se supone, debía dominar—, que hace el ridículo cada vez que abre la boca.
Otra característica distingue a Humberto Moreira: no termina en los cargos. Renuncia o pide licencia para escalar al puesto superior. Siempre tiene prisa. En la carrera por la presidencia del PRI, superó a hombres avezados —no necesariamente mejores—, de mayor trayectoria y adaptados a ese monstruo que devora a políticos de los estados: el Distrito Federal. Entre otros, al solapado Emilio Gamboa Patrón, al peñista Miguel Osorio y al paredista Jesús Murillo, ambos ex gobernadores de Hidalgo.
¿Qué pasó con Moreira? Hombre carismático, de palabra fácil y dominio escénico, tuvo tanto éxito que acaso se confió. En sí mismo y de otros, sus más cercanos. Superó el escándalo por el presunto enriquecimiento ilícito de Vicente Chaires, dueño, según se ha documentado, de medios electrónicos y de una gran fortuna, que estalló en la campaña de su hermano Rubén por la gubernatura.
Incluso el affaire de la deuda bancaria, que supera los 35 mil millones de pesos, acumulada en los seis últimos años, pudo haberse librado con un informe puntual de su destino. En su columna “Astillero”, Julio Hernández López expone, sobre el tema, escenarios verdaderamente apocalípticos (La Jornada, 2-12-11). Los pasivos del Estado de México, Distrito Federal, Veracruz y otras entidades son mayores, se replica. Es verdad, sólo que el tamaño de los presupuestos y el tiempo en que se contrajeron no son equiparables.
¿Es el fin de la carrera de Humberto Moreira? Puede ser, como ha sido el de otros ex gobernadores, por distintas circunstancias: Mario Villanueva, Roberto Madrazo, Ulises Ruiz, Arturo Montiel, Mario Marín, Eugenio Hernández. Moreira provocó admiración, pero también concitó, como pocos, la ira, el encono, la animadversión de distintos sectores (políticos, dentro y fuera de su partido; y mediáticos, en particular del Grupo Reforma, que en el segundo año de su gobierno cerró en Saltillo el diario “Palabra”).
El futuro de Humberto Moreira depende del PRI, de Enrique Peña, por quien llegó y salió de la presidencia del CEN, y de la memoria social. Pero, sobre todo, del giro que tomen las indagatorias sobre la contratación, uso y destino de los créditos irregulares. Ese es el verdadero problema.
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