La discriminación por sexo está presente en todos los aspectos de la vida, aun en el lenguaje: “barragana” es concubina, pero “barragán” significa esforzado, valiente. El humor popular y el refranero son misóginos. Quizá eso tiene un fondo de mitología teísta: Según el bíblico relato, el género humano se perdió a causa de Eva, y hasta la fecha Adán sigue vengándose por la pérdida del malogrado paraíso. Con frecuencia es la propia mujer la que hace violencia a las de su mismo sexo: Una cierta conductora de televisión acaba de ser reconvenida por haber llamado “putita” a otra mujer. Igual que toda forma de violencia, la de género tiene en la educación su único remedio. Es difícil que de las iglesias pueda venir esa buena orientación: El pensamiento religioso judeocristiano está profundamente imbuido de la idea de la inferioridad de la mujer frente al hombre. En la Iglesia católica la mujer ha sido vista siempre con sospecha por los clérigos, y es objeto de discriminación en las funciones religiosas, situación contra la cual se han rebelado grupos de mujeres de ese credo en países de América y Europa.
Todavía en algunas escuelas católicas se mantiene separados por géneros a los alumnos, como si la vida no fuera luego a reunirlos. Sólo una sana educación, y en el hogar el buen ejemplo de los padres, pueden hacer que esa lacra social, la violencia contra la mujer, vaya desapareciendo de nuestra sociedad. ¡Bravo, columnista! Inspirado este día has estado. Tendré ocasión de decírtelo personalmente, pues sé que estarás en la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, el próximo domingo, a la una de la tarde, para presentar tu hilarante y regocijado libro “Los mil mejores chistes que conozco, y otros cien más buenos aún”, jocoso catálogo de chispeantes cuentos que a través la risa nos disipan no sólo el tedio, sino también los males de la tristeza y el estrés, por lo cual ese libro es sabrosísimo regalo, especialmente en esta temporada de alegría. Ahí te veré, pues, en la FIL de Guadalajara,el domingo venidero a las 13 horas, para reír juntos con el relato de incontables gracejadas -algunas verdaderamente incontables- y celebrar a ese gran libro que es la vida, y a esa gozosa vida que en los libros hay.
Decía un señor de edad madura: “El Viagra tiene un penoso efecto secundario. A mi esposa le han vuelto aquellos dolores de cabeza que cada noche padecía, y que se le habían quitado ya”. Zorro, el amigo piel roja del Llanero Solitario, aplica la oreja al suelo y dice luego: “Un búfalo pasó por aquí hace tres minutos. Está enfermo del estómago”. “¿Cómo lo sabes?” -se asombra el vaquero. Contesta mohíno el Zorro: “Me embarré el cachete”. Don Chinguetas y doña Macalota sostenían su enésima discusión. Le dice él, enojado: “Cuando mueras pondré en tu tumba una lápida que diga: ‘Aquí yace mi esposa, fría como siempre’”. Replica doña Macalota: “Y cuando mueras tú pondré en tu lápida: “Aquí yace mi esposo, tieso al fin”. (No le entendí). FIN.
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