Pero son también un poco neuróticos, dice Brand. Viven tensos. Se vuelven cruelmente exigentes con quienes no son como ellos y sufren cuando ven que muchas de sus obras, a pesar de todo su interés, se quedan a mitad de camino. Por eso una de las primeras cosas que deberían enseñarnos de niños es a equivocarnos. El error, el fallo, es parte de la condición humana. Siempre habrá un coeficiente de error en nuestras obras.
Según Maxwel Brand: “Todo niño debería crecer con la convicción de que no es una tragedia cometer un error”. Por eso el perfeccionismo causa temor. Los niños “educados para arcángeles” se pegan luego topetazos que les dejan hundidos para largo tiempo.
Es preferible permitir a un niño que rompa alguna vez un plato y enseñarle a recoger los pedazos, porque “es mejor un plato roto que un niño roto”. Y sería estupendo educar a los jóvenes en la idea de que no hay una vida sin problemas, pero lo que hay en todo hombre es capacidad para superarlos, afirma Brand.
Pero existe, entonces un fino balance entre conformismo y perfección. ¿Hasta dónde empujarnos para alcanzar nuestro potencial máximo y hasta dónde conformarse con resultados que no son del todo óptimos, o no-aceptables?
La clave, concuerdan los expertos, no está tanto en los resultados, sino en lo que pensamos de estos. Hay quien, sin importar el grado de maestría con quien se conduzca –para contestar un examen, hornear un pastel, o elaborar un reporte– reaccionará con reproches, casi sin importar el resultado... es una persona que nunca se autocomplace... prácticamente todo lo que hace está mal.
La actitud más útil es una de búsqueda de la mejora continua, pero siempre de forma positiva y constructiva. El infundirse miedo (autoterrorismo psicológico) sí tiene un daño en la psique, especialmente de los más jóvenes. Cuando se utiliza el miedo para reforzar una determinada conducta, estamos afianzando dichos patrones; la ausencia de perfección se asocia con el miedo al castigo. Poco a poco la mente fomenta estados depresivos, donde un error conduce a un autorreproche excesivo, que desencadena comportamientos poco saludables.
La alternativa es mucho más deseable: decirse que está bien cometer errores, siempre que no se caiga en la autocomplacencia. La clave está en monitorear: ¿tengo miedo a volver a intentar? ¿Miedo a qué?, y preguntar: ¿qué es lo peor que podría pasar? Y seguir adelante, con una actitud más positiva.
| Comparte ese artículo: |
|



