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Dalia Reyes
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25 Octubre 2016 03:00:00
Visa y pasaporte
No estoy de acuerdo con el martirio en ningún aspecto vital del hombre. Aunque, debo reconocer, sólo se practica en dos manifestaciones de tal humanidad: la existencia misma y la belleza. La primera nos convierte en santos; la segunda, en tentación.

Cuando se alude al sufrimiento final en la vida de alguien bueno, los devotos afirman que era el broche de oro martirizante para ganar el paraíso. Yo me pregunto en silencio: ¿Acaso la vida misma no era visa y pasaporte? Bueno, pues tengo el mismo conflicto con la hermosura dolorosa. No, no se trata de ser tan lindo que nos duela, sino estar tan adoloridos por tratar de serlo. ¿Acaso la naturaleza, que es perfecta, no nos había dejado listos para andar por ahí sin penas?

El dolor, dicen algunos, empieza al nacer en cuanto llega la nalgada. Pero no ¡qué va! eso no es nada comparado con el primer indicio de una feminidad incipiente: los agujeros en las orejas son en realidad una agresión abierta, porque si bien el manazo en las pompas nos dio respiración, la perforación la quita. Dicen las señoras que ni duele, como si el hecho de que un bebé no habla fuera irrelevante.

Delinearse las cejas es una práctica brutal que cada vez inicia más temprano en la vida y no hace distinción de género. Eso me da mucho a pensar: ¿Acaso a las madres modernas les ha dado por parir varones defectuosos? Esto porque, antes, ser peludos los chicos por donde quiera resultaba atractivo visual aquí y en Italia. Y hablando de lo mismo, el delineado ese pasó a ser escalpe indispensable en cada entresijo del cuerpo.

¿Y cómo ven el tema de los tatuajes? Los papás nos volvemos locos cuando un hijo tiene la aberrante idea de hacerse un dibujo en la piel, sin embargo, las mamás somos capaces de sobrevivir a la quemazón de ambas cejas, los dos párpados, por arriba y por abajo, y los labios, ay esa boquita nuestra puede andar como la de Angelina Jolie por un mes completo en tanto la inflamación cede.

La suma es interminable y multiplicada, sobre todo porque ahora hombres y mujeres le entran al toro de la belleza dolorosa y pagan la consecuencia de un peeling con la cara chamuscada cinco días; del enrojecimiento post-depilación y hasta los jalones para llevar rayitos en el cabello, y cuyo sistema provoca tics en el dedo gordo del pie por cada bendita luz.

Lo inexplicable de todo esto es que la tentación es mucha, algo así como el parto natural que, en algunos casos, parece olvidarse apenas dos meses después de dar a luz. ¿Cómo el dolor nos llama tanto? Miedo me da pensar que ahora es requisito y eso de que la belleza duele se lo están tomando muy a pecho.

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