Conforme crecemos y vamos tomando un papel, usualmente de acuerdo con la profesión, vamos creando un perfil, un patrón un tanto predecible de quién somos. A este personaje, le podamos llamar la “voz”.
Ahora mira a tu alrededor, busca en los medios masivos de comunicación, entre tus amigos, entre tus conocidos, entre los líderes sociales, económicos y políticos las siguientes voces:
- la voz de la cordura
- la voz de venganza
- la voz de paz
- la voz de guerra
- la voz de amor
- la voz de odio
- la voz de entusiasmo
- la voz de pesimismo
- la voz de confianza
- la voz de duda
- la voz de tranquilidad
- la voz de ira
- la voz de trabajo
- la voz de pereza
- la voz de creatividad
- la voz de conformismo
- la voz que motiva
- la voz que desmotiva
- la voz que inspira
- la voz que hace desistir
¿En quién pensaste? Quizá para la mayoría de estas voces te vino a la mente el nombre de una persona. Si no, muy probablemente pensaste en algún ícono cultural, un representante digno de cada voz.
Es curioso cómo, para efectos de imagen pública, una persona se puede resumir con un calificativo, con esta personalidad que viene a ser el sello, tras décadas de vida y trabajo. La reflexión de hoy es muy sencilla, pero va al grano: ¿tú qué voz quieres ser?, ¿cómo quieres ser recordado?, ¿de la lista anterior qué voz actualmente concuerda más contigo?, ¿estás satisfecho(a) con ese calificativo?
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