Federico Jordán es quizá el ilustrador mexicano con mayor proyección en el mundo. Nacido en Torreón y saltillense por elección, a través de un taller, el ubicuo artista compartió esta semana su quehacer y su visión con los estudiantes de la Licenciatura en Diseño Gráfico de la UADEC.

Lo rudo / lo técnico

Maestro en la UANE, UDEM, UAdeC, UASLP, desde las calles de San Luis, Monterrey, Saltillo o Nueva York, este joven ilustrador ha erigido una efectiva capacidad de producción y de gestión que lo ha llevado a publicar en muchas de las publicaciones más influyentes en Occidente: The New York Times, Forbes, The New Yorker, Harvard Bussiness Review, Newsweek… Hoy que el éxito está constantemente bajo sospecha, atribuido muchas veces a la buena suerte o a turbias complicidades, se nos olvida que detrás del triunfo también puede estar el trabajo constante, lo invisible de la disciplina y una ardua actividad intelectual. Escucho los argumentos y atestiguo los procesos creativos de este poliédrico dibujante y su trazo me alude inmediatamente al título del inabarcable libro de Arthur Schopenhauer: “El mundo como voluntad y representación”: Jordán se explica y nos revela el mundo al dibujarlo. Como López Velarde, su crónica es la de un flaneur que sueña la realidad con los ojos nuevos del convaleciente.

Intertexto

El poeta zacatecano Daniel Bencomo abre en su libro “Morder la piedra” una pregunta resplandeciente y abisal: ¿Usar la imagen como artificio o artefacto? Es decir, la imagen como mera figura, como acrobacia erguida en el aire, o la imagen como vehículo depositario de contenidos, casa de mil puertas. Pues bien, en Jordán la imagen es camino bifronte. Con una educación formal como arquitecto en la Autónoma de Nuevo León y como pintor en la Academia de San Carlos, la universidad de este ilustrador es la propia existencia: las esperas de los aeropuertos, las sesiones de dibujo en las cafeterías, las morgues o los cementerios. “Hay que ser como un niño, mirar como un niño”, resume en su enfoque. “divertirse al crear, desconfiar de las autopistas”, habla el que buscó sus epifanías por las rutas del extravío: bajo la máscara de las capas de pintura corporal, el vagabundeo a través de ciudades extrañas, o mirando de frente al sol, hasta que uno de los dos parpadee. Sin importar que sus dibujos vuelan con alas propias por todos los cielos del mundo, Jordán aspira a la candidez del provinciano, advirtiéndonos como en esa pieza del grupo Arcade Fire: “He lavado mi rostro en las aguas del Imperio.”

Diálogos

Lo sabemos cuando contemplamos el producto de los grandes artistas de la historia. Al mirar sus obras podemos establecer a través de ellas un diálogo con la historia del hombre y con la tradición de todos los tiempos. Es lo que las vuelve atemporales, verdaderas.

En las páginas de las más sofisticadas revistas del orbe, como parte de un mural, el fragmento de un mosaico o el más basto de los lienzos, las imágenes de Jordán son un bautizo de fuego; un intertexto: si miramos atentamente atisbaremos en el palimpsesto invisible; ese Aleph donde todos las visiones se bifurcan, en una sola imagen confluyen uno y todos los dibujos: en esas extremidades desmesuradas rastrearemos los trazos hechos en la Cueva de Altamira, los terribles grabados de Doré o la pedagogía monstruosa del “Humani Corporis Fabrica” de Vesalio, cuyo último tomo completo resguarda la Biblioteca Palafoxiana de Puebla. Repito, si miramos bien ese spread en papel couché podremos entrar a la Caverna de Platón convertida en un Auto Cinema, nos burlaremos con los tzompantlis de Manilla, nos abanicará el ángel de la extrañeza en la Catrina de Posada, las penumbras de Edward Hopper, los sensuales ángulos de Tamara de Lempicka, las abstracciones de Milton Glaser, los tótems de los indígenas americanos o las imposibles perspectivas de Mauricio Cornelio Escher como un kung fu absoluto; el zen final de un estilo perfecto, ese impacto de luz surgido desde una mano vacía.

Bardo de las bardas

“Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario.”
Arthur Schopenhauer
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