Era julio de 1944.
La derrota nazi era inminente, pero él quería ser un héroe. Alistó su avioneta Lightning P38 para sobrevolar las líneas enemigas y fotografiar los ejércitos alemanes que podrían atacar en cualquier momento. Esa sería su última misión. Su avión se perdió a menos de 15 kilómetros de las costas de Marsella. Así ingresó Antoine de Saint-Exupéry en la leyenda.
BORRARSE
Entonces empezaron los rumores. Unos hablaron de una falla mecánica. Otros de un suicidio planificado, un hombre dispuesto a encontrar el último resplandor en las espumas del mar. Otros lo homologaron con Rimbaud, fugado para siempre al oscuro corazón de África, en busca del anonimato, comerciando con armas, perdido en el negro continente de una piel, olvidándose del mundo.
Pasaron los días, las semanas. Entonces el mundo aceptó su pérdida.
Lo velaron y le organizaron un funeral sin cuerpo, y poco a poco, con los años, como a tantos y tantos héroes, lo empezaron a olvidar.
Sesudos estudiantes de literatura se atrevieron a afirmar en sus tesis que el genio de Saint-Exupéry nunca había existido, que la historia del Principito reinando en un país diminuto no era otra cosa que el impune plagio a la obra de un autor anónimo. Las versiones y las contradicciones se multiplicaron, igual que el éxito de sus libros, traducido a través de las décadas a decenas de lenguas.
Dibújame un naufragio
Hace poco más de una década un pescador marsellés encontró entre sus redes no la plata de los peces, sino el oro de una pulsera grabada con el nombre de Antoine de Saint-Exupéry. El pasado, como un barco fantasma, volvió a emerger. Al poco tiempo, un buscador de tesoros dio con los restos del avión, un hallazgo no confirmado, hasta que en 2003, un submarino recuperó algunos trozos del avión; tenían el mismo número de serie del Lightning P38 del escritor.
Derribar los propios héroes
Saint-Exupéry conoció muy joven los aviones y se prendó de ellos. En 1926 publicó su primer libro, “El Aviador”, seguido de “Vuelo Nocturno”, en 1931, con prólogo de André Guide. Su fama comenzó a rebasar sus propias aspiraciones. Cada vez volaba más. Como piloto de correos o para escapar. Si estaba en tierra, escribía. Si volaba, arriesgaba. Por ello, luego de haber publicado “El Principito”, y de haber ganado varios premios literarios con “Tierra de Hombres”, logró que las milicias francesas lo enrolaran para enfrentar a los alemanes.
Hace algunas semanas el alemán Horst Rippert, de 88 años, reconoció ser el autor de los disparos que abatieron el avión pilotado por el literato francés.
El hombre lo ha declarado: “Pueden dejar de buscar. Fui yo quien abatió a Saint-Exupéry.”
Ripper siguió al avión francés y lo alcanzó con varios impactos, después lo vio caer sobre las aguas del Mediterráneo, sin saber qué había ocurrido con el piloto. “Fue después cuando supe que era Saint-Exupéry. Yo esperaba que no fuera él, porque en nuestra juventud todos habíamos leído sus libros y los adorábamos.”
Extraña manera de manifestar admiración a un escritor querido.
BARDO DE LAS BARDAS
“Lo que embellece al desierto es que esconde un pozo en alguna parte.”
Antonie de Saint-Exupéry
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