Cierto, hubo una revolución en el siglo pasado, pero fue la última. No habrá otra en 2010, como algunos agoreros lo afirman. El Sistema –apuntalado por las clases política y económicamente dominantes– no lo permitiría, so pena de sucumbir. Si existiese una revuelta popular, el Ejército intervendría para apagarla de golpe.
El protagonismo brindado por Calderón a las fuerzas armadas en la actualidad no las faculta, sin embargo, por razones históricas e institucionales, a dar un golpe de Estado para asumir el control del país. Nuestras fuerzas armadas poseen una vocación diferente al resto de los ejércitos latinoamericanos: Mientras México nunca experimentó un golpe de estado en el siglo 20; Argentina, Bolivia, Brasil, Guatemala, Nicaragua, Paraguay y Venezuela pasaron entre 45 y 50 años bajo un régimen militar. Al contrario de México, donde no hubo golpe de Estado alguno, en América Latina ocurrieron 327 durante el siglo 20 hasta 2002.
El Sistema tuvo la capacidad de triturar a los distintos movimientos sociales que emergieron durante la época posrevolucionaria hasta 1980, mediante la compra, la cooptación o la represión de los mismos.
De distinta manera fueron diluídos, por ejemplo, la caravana de mineros de Nueva Rosita, Cloete y Palau en 1951, el movimiento estudiantil del Politécnico en 1956, el de los ferrocarrileros en 1958, el de los maestros en 1960, el de los campesinos en 1962, el de los médicos en 1965, el de los estudiantes en 1968, el guerrillero en sus distintas expresiones y el campesino-popular (línea de masas y proletaria) en la década de los 70.
De igual manera, el sistema demostrará su capacidad hoy, para aplastar en su momento a los más de 30 grupos guerrilleros aparecidos durante las últimas dos décadas en México, llámense como se llamen: Ejército Armado del Pueblo, Movimiento Revolucionario Lucio Cabañas, Comando Jaramillista Morelense 23 de Mayo o Ejército Justiciero del Pueblo Indefenso.
Lo cierto es que en 2010, o después, no habrá revolución que transforme a México desde sus raíces; sin embargo, el descontento popular por la crisis económica y de seguridad pública encontrará una salida silenciosa dentro de esa docilidad y pasividad del mexicano, que continuará estallando, cual fuegos pirotécnicos, para transformarse en ingobernabilidad, inestabilidad e incertidumbre permanentes.
¿Cómo estallarán esos fuegos pirotécnicos? En el incremento de robos famélicos o de hambre, en las panaderías, carnicerías, tiendas de servicio y supermercados. En el aumento de robos a automóviles, domicilios, tiendas de autoservicio, farmacias o bancos. En los secuestros exprés. En las extorsiones o fraudes.
Esos fuegos estallarán en eventos de anarquía e irracionalidad de corte individual, como lo fueron el secuestro del avión de Mexicana o el asesinato de dos personas en la Estación Metro Balderas. O de corte colectivo, como lo sucedido en Atenco y Oaxaca.
Explotarán en la aparición de grupos guerrilleros en estados donde priva la pobreza extrema; y en su vinculación regional con los carteles que controlan el narcotráfico y crimen organizado en el país.
Esos fuegos iluminarán el país con la integración de generaciones de niños y jóvenes marginados a los ejércitos del narcotráfico y crimen organizado.
Esos colorearán el cielo a través del sabotaje estratégico de líneas de gas y petróleo. Con el crecimiento de la economía informal. Y la radicalización de la cultura de la ilegalidad.
Esos fuegos forzarán el blindaje de casas, colonias, espacios laborales mediante el uso de alarmas, cercas de púas o electrificadas y guardias privados; y exigirán la reducción del uso de espacios públicos y la eventual armamentización del país. En ese momento, criminalizaremos a nuestros niños y jóvenes pobres que se convertirán en “potenciales delincuentes’, y por ende, en una amenaza para la sociedad. Y el abismo entre pobres y ricos se profundizará aún más.
El estallido de estos fuegos pirotécnicos conlleva una autoflagelación que corroe al país desde sus entrañas, y que desmoronará al Sistema tarde o temprano. Para hundirnos todos, pobres, clasemedieros y ricos, a la vez.
Este es el momento de la política, para acabar “en este océano del desamparo, con las islas del privilegio”. Este es el momento para cambiar el Sistema sin revueltas populares o fuegos pirotécnicos de por medio. ¿Será posible?
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