En el balance de daños, la revista empieza por el escándalo de la deuda de Coahuila, que provocó la renuncia de Humberto Moreira a la presidencia del PRI, sigue con los traspiés de Peña en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y remata con sus declaraciones, igual de desastrosas, al diario español “El País”. El resultado es uno: el caos. Esa descripción hace de Peña una de las publicaciones más consultadas por los políticos de Washington a los socios de México en Estados Unidos, la Unión Europea y de otras partes del planeta. De ahí el respeto que Luis Donaldo Colosio sentía por la prensa internacional.
A Peña le viene como anillo al dedo la máxima de Ortega y Gasset en el sentido de que “Todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes” (base del principio de Peter). En su declaración como candidato del PRI a la Presidencia, Peña quiso capitalizar su metedura de pata en la FIL, al señalar que podía olvidar el nombre de un autor, pero no la pobreza que lacera a México.
¿Quién le asesora? ¿Videgaray, que desde ahora actúa como sucesor de quien quizá no se siente en “la silla del águila”? ¿Quién le prepara los discursos? ¿“Juanito”, antiguo títere de López Obrador? ¿Quién es el encargado de cuidar su imagen? ¿Roberto Madrazo? ¿Elba Esther Gordillo? ¿Salinas de Gortari? Si el equipo de Vicente Fox convirtió el “hoy... hoy... hoy” en lema de campaña, recordar que en México hay pobreza metió a Peña en mayores honduras. Basta revisar la prensa de los últimos días para comprobar que a los hijos más encumbrados de Atlacomulco los persigue una especie de maldición política que, en términos futbolísticos, les permite llegar al área chica sólo para errar el tiro.
Peña es memorioso para lo que le conviene. La pobreza es un buen tema, pero mientras no pase de los discursos, crecerá sexenio tras sexenio, sea el PAN, el PRI o el PRD el que gobierne. Entre las causas de la miseria figura la corrupción. Si a Peña tanto lo preocupa, ¿por qué dio carpetazo a las denuncias por supuesto enriquecimiento ilícito contra su predecesor en el gobierno del Estado de México, Arturo Montiel, que en 2006 lo expulsaron de la carrera presidencial?
La respuesta es obvia: porque Montiel le heredó el poder. La sociedad olvidará que Peña Nieto no memoriza libros y confunde autores, no por distraído, simplemente porque no lee –“lo que natura no da...”–. Sin embargo, jamás perdonará que haya solapado a corruptos como Montiel y contribuido con ello al empobrecimiento de un estado, el de México, que registra altos índices de marginación. No en vano “The Economist” anuncia al mundo su caída inminente. ¿En quién piensa el PRI para sustituirlo?
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