Lo tercero, caray, hasta me da pena decirlos, pero ya lo logré.
Claro que revelaré mi secreto, soy del club compartido donde priva la regla de que cosa aprendida sirve para muchas vidas, pero antes me veo obligada a hacer algunas advertencias para quienes, como yo, son dados a pedir deseos. El primero y más valioso consejo: Den todos los detalles de la petición, exageren en ello, invierta seso y reflexión al describir las características situaciones, lugares, tiempos y modos.
Bien recuerdo el chascarrillo del hombre deseoso por tener cerca de sí a la mujer más buena del mundo y le trajeron, ipso facto, a la Madre Teresa de Calcuta. También pasó a una amiga, quien deseaba ser objeto de deseo y se visitó de tal forma y caminó de tal otra, que se vio bendecida con una respuesta rápida en la plaza de toros, pues un espécimen de 300 kilos la hizo recorrer en tres segundos todo el ruedo.
Sin medir las consecuencias, nunca di marcha a tras a mis peticiones, puse de cabeza a San Antonio, me desmañané en el gimnasio por dos meses y medio, vestí lo más favorecedor a mi cuerpo de uva y fui en busca de los mas sofisticados tratamientos naturales para tener una apariencia fenomenal . Fue esto último quien logró lo impensable: Desde la semana pasada, todas las miradas vuelven hacia mí por donde pase; me ven hombres, mujeres, ancianos y niños.
¿Cómo lo hice? Fui a un spa, me apliqué un tratamiento facial naturalísimo y salí completamente cambiada: Mi cara se puso café en un segundo, producto de la chamusquina; me quedó el rostro peor que Voldemort y ahora parezco víbora cambiando de piel. Nadie puede resistirse a contemplarme.
No puedo quejarme: deben haberme aplicado rayos de sol, cuya naturaleza es innegable y, en efecto, el cambio fue mucho muy notorio. Con gusto podría darles más detalles del lugar, se me cayó la nariz y no la encuentro. Sólo me queda recomendarles que pedir es fácil recibir, a veces no tanto.
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