Aunque Humberto Juan Dalera Alonso nació en la provincia argentina de Tres Arroyos y su juventud se forjó en Tandil, fue un ciudadano del mundo.

Pasajero

Hace seis años, en mayo de 2005, cuando terminó su existencia física, una hermosa luna creciendo se dejó ver hacia el poniente. Apenas una uña de luz circundando una zona de rojiza y misteriosa penumbra. Juan ya no la alcanzó a ver. Me gusta pensar que él, como una luna creciendo, salía de una zona de sombra para arribar hacia una zona de resplandor, cuerpo celeste cumpliendo sus fases.

Juan Dalera no sólo dejó acá infinidad de amigos y seguidores, sino un puñado de estupendas canciones y gestos invaluables para quienes tuvimos la fortuna de alumbrarnos con su fuego.

Ya lo veo con su mirada escéptica desautorizando estas palabras.

Sin embargo, Juan Dalera fue el menos argentino de los argentinos que me tocó conocer. Lejos de la afectación, con una vigorosa parsimonia, iba como una portentosa nube de esto a aquello: instrumentista y compositor, pintor y caricaturista, cocinero y cantautor, era un artista integral.

Reflejo y conmoción

Desde su implacable lucidez, otro músico me comentaba que cada vez que un creador se va, la ciudad pierde algo. Me gusta pensar que con Juan esa dura sentencia tendrá su excepción. Quedarán sus palabras y su música, interpretadas por Lupita Vega, su mujer, columna ejemplar. Queda su hija, Lupita Dalera, a quien le gustaba cantarle “No Hago Otra Cosa que Pensar en ti”. Quedamos la intensa mayoría de beneficiarios de su ejemplo y de su arte, los que en el teatro, la peña o la cocina de su hogar ambulante, lo escuchamos cantar, desgranar como no queriendo sus andanzas, reafirmando ese oráculo de la nostalgia que en los espejos retrovisores nos reitera que “Los Objetos (Y los Otros) Están Más Cerca de lo Que Aparentan”.
 
Acto de presencia

Tocando con Andrés Calamaro o Mercedes Sosa, amante empedernido del rock más sicodélico, o riéndose juguetonamente de los enjuagues de su paisano Facundo Cabral, alias “Joe Twist Gasparino” lo recordaremos siempre, perdido en Tokio junto a Paul Simon comprando radios, grabando en una rudimentaria grabadora una canción para la amada ausente desde un sótano de Queens; en una limosina con Piero; tocando para las gaviotas, descalzo sobre la arena, en una playa de Córcega, jodiendo la paciencia de Ástor Piazzolla, o alimentando a los peces de Janitzio con pizzas hechas por sus manos, pero más, mucho más, como el gigante austral que con la enfermedad a cuestas tuvo el valor inaudito de emprender el primer óleo de su vida, escribir letras fluidas (filudas) y transparentes como un diamante, o salir por el rumbo de la Iglesia San Esteban a comprar cuerdas para su guitarra.

Desdiciendo siempre en su lucha sorda, hecha de actos mínimos, el título de esa canción suya que su gran amigo Lito Nebbia grabara: “Yo no estoy aquí”.

Juan Dalera sigue aquí.
 
Bardo de las bardas

”El jarrón da forma al vacío y la música da forma al silencio”. Georges Braque
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