Simplemente, no le damos ningún valor a lo que el otro nos está diciendo

¡Dime lo que quieras, que al cabo, lo que por un oído me entra, por el otro me sale! O como el niño caprichoso, que mientras la mamá lo regaña, el se tapa los oídos.

Lo anterior, que nos parece un absurdo, con alguna frecuencia lo hacemos todos, pero con otras formas: simplemente, no le damos ningún valor a lo que el otro nos está diciendo. La esencia de la convivencia humana y del trabajo en común es la disposición de ser comprensivos con los demás. Si nos creemos dueños de la razón y si pretendemos imponerles a los otros nuestros puntos de vista sin previamente haberlos escuchado, estaremos faltándoles al respeto. Nadie puede tener siempre la razón. El que cree tenerla padece de una seria distorsión de sí mismo.

Querer tener siempre la razón implica padecer de una irracional intransigencia, de una radical incapacidad para el diálogo, y de una arrogancia enfermiza.

El escritor francés Jean Rostand, en su obra, “El Matrimonio”, escribió: “Permítete el lujo de ceder cuando tienes razón, a cambio de saber ser intransigente cuando no la tienes”.

El querer tener siempre la razón, implica despreciar los argumentos de los demás; se puede tratar de un desprecio grosero o de un desprecio cortés, pero siempre se tratará de un desprecio. Y todo desprecio lleva una fuerte carga de intolerancia.

El escritor italiano Giacomo Leopardi, en su obra, “Pensamientos”, expresó: “Ningún defecto humano es más intolerable ni menos tolerado que la intolerancia”.

Cuando nosotros pretendemos imponer nuestros puntos de vista, y a medida que notamos que el otro empieza a exponer argumentos convincentes, a nuestras primeras reacciones de fría intransigencia, empiezan a surgirnos sentimientos de frustración y de enojo.

Si la discusión continúa y nuestros argumentos van apareciendo a los ojos de todos como argumentos débiles, nuestro enojo comienza a expresarse en gestos, en un volumen mucho más alto de nuestra voz, se nos sube a la cara el color rojo de la sangre, y ya estamos a un paso de empezar a insultar.

Esto sucede con mucha frecuencia en los matrimonios y en las relaciones de los padres con sus hijos. Si uno de los cónyuges quiere siempre imponer sus opiniones, terminará por opacar al otro cónyuge, lo sojuzgará y seguramente lo humillará.

Pero si el cónyuge en vez de opacarse por el miedo, responde, el matrimonio vivirá permanentemente como un buque al que con frecuencia le entra agua y hay que tirarla al mar para que no se hunda: el matrimonio vivirá en relaciones enojosas y destructivas casi todo el tiempo. Y lo mismo sucede en el caso de las relaciones de los padres con los hijos, cuando se vive en ese vicioso clima de intransigencia.

En el núcleo de toda persona que “siempre” quiere tener la razón, si observamos cuidadosamente su carácter, advertiremos que padece de varias deficiencias. Por lo general, se trata de una persona insegura y miedosa. Pretende disfrazar su inseguridad imponiéndose ante los demás. Si fracasa en su intento, su inseguridad se vuelve más patente ante sus propios ojos, lo que la sume en un sentimiento muy agudo de inseguridad; sentimiento que querrá compensar fallidamente, al tratar de imponerse la siguiente vez.

Mientras trata de imponer sus puntos de vista, internamente se siente desasosegado y temeroso, razón por la que puede empezar a gritar y a amenazar.

La persona transigente, actúa de manera diferente: se siente segura de sí misma, y si sus puntos de vista no son los adecuados, acepta las opiniones de los demás, y siente que no pasa nada.

Fijémonos bien en lo siguiente: todos los “fanáticos”, principalmente fanáticos religiosos y políticos, padecen de la más grave intolerancia e intransigencia.

Lo malo de las personas que siempre quieren tener la razón, no sólo la quieren tener en lo que ellos podrían llamar temas importantes de la vida, sino que la quieren tener en todo.

Y es que para ellos, el solo hecho de “querer tener siempre la razón”, es uno de los temas fundamentales de su existencia, sin darse cuenta, que ese no es un tema de la “vida”, sino una “ruptura” de su carácter.

Aun en las personas más modestas en cuanto a sus oficios, posiciones sociales, cultura, el querer tener siempre la razón, constituye una verdadera tragedia para ellas y para las personas que están más cercanas.

Y es que se trata de personas malhumoradas, excesivamente sensibles, con las que hay que medir y pesar las palabras que les vamos a decir. La fragilidad de su carácter aparentemente fuerte, las hace ser desconfiadas y poco cooperativas.

Critilo nos dice, que este tipo de personas pueden llegar a curarse, pero esto será imposible si no llegan a aceptar su grave deficiencia. Y no sólo aceptar su problema de una manera intelectual, sino aceptarlo emocionalmente.

Y además, nos dice Critilo, que después de ambas aceptaciones, tendrán que trabajar por meses o años, a fin de cambiar radicalmente su conducta. Si no se da un cambio en la conducta, de nada servirá la aceptación intelectual y emocional de su serio problema.