Felipe Calderón, benévolo y hasta olvidadizo, podría intentar un experimento parecido dado que sus predecesores deben estarle muy agradecidos. Nadie les molesta ni inoportuna a pesar de que la crecida de la derecha panista se fundamentó, precisamente, en los señalamientos sobre la alta corrupción de los mismos, incluyendo claro una grave prevaricación en contra de los intereses generales. Pero más pronto que tarde se dio vuelta a la hoja para no agitar a los grupos de poder cuya influencia que determinan los pasos y objetivos del vulnerable personaje situado al frente del Ejecutivo federal.
Por lo pronto, Luis Echeverría vive tranquilo su ancianidad y se refugia en el tratado de la decrepitud para solventar cualquier tipo de presión en su contra aun cuando haya sido calificado como “genocida” por su innegable involucramiento en la matanza de Tlatelolco hace ya cuarenta años. Él, por supuesto, niega las versiones que le comprometen y señala, una y otra vez, a quien era su jefe entonces, Gustavo Díaz Ordaz, quien muerto ya no puede defenderse, como el único responsable del drama que aniquiló el espíritu combativo de los jóvenes de varias generaciones silenciadas. Por cierto, ¿no es éste el mayor signo de que sufrimos, en toda forma, una dictadura de partido cortada en sexenios? El rosario de complicidades completa el círculo.
Por su parte, Miguel de la Madrid parece no meterse en nada aun cuando se conserve como camarón congelado y ya no tenga fuerzas ni para orientar a sus discípulos correosos y, como tales, dispuestos a blandir aceros para dirimir territorios e influencias a la sombra del poder real. Desde que renunció al Fondo de Cultura Económica, en las vísperas de la asunción foxista al poder, se ha mantenido alejado de las candilejas pero receptivo y opinador en los círculos del poder al grado de enfrentarse, declaraciones de por medio, con Carlos Salinas. Hasta le brindan consideraciones sin que siquiera haya sido analizada su deplorable gestión.
Desde luego, la ausencia de memoria histórica, como tanto hemos reiterado para enfatizar la perspectiva del continuismo político, propicia la reincidencia de los malos hábitos entre los hombres y mujeres de la vida pública. Me temo que los predadores del presente siguen apostando por la impunidad mientras negocian bajo las mesas y extienden beneficios a sus familias ambiciosas perfectamente camufladas. Por desgracia, la casta panista ha demostrado, con innumerables ejemplos, ser más voraz que no pocos de quienes integraron la hegemonía priísta y todavía permanecen esperando la marcha hacia atrás que esperan irreversible.
Como no se ha procedido judicialmente, y motivos son los que no faltan, contra los ex mandatarios, éstos no sólo han gozado del privilegio de sus fortunas a la sombra del poder sino también consolidan a sus propios grupos de influencia, representan intereses diversos, los más multinacionales, y maniobran e intrigan a la medida de sus propias ambiciones. No les hace falta dinero ni bienes; pero ansían el poder, sentirlo, tocarlo, ejercerlo, como única expresión vital para ellos. No se entienden a ellos mismos sin ese privilegio y sin adoradores tocando a sus puertas para exaltarlos, adularlos y solicitarles el invaluable manto de sus respaldos.
¿Disciplina? No, más bien lacayunería asfixiante que acaba por enfermar a emisores y receptores. Fernando Gutiérrez Barrios, el extinto veracruzano a quien Carlos Salinas llamó “el hombre leyenda”, calificó a éste, a su vez, con una sentencia lapidaria:
--“Salinas, para equilibrarse emocionalmente, requiere el poder. Y cuando no lo tiene es impredecible y peligroso”.
Tal afirmó, en 1995, a la vista del deplorable espectáculo montado por el ex mandatario en una humilde casa de San Bernabé, barriada regiomontana, para “ayunar” con el propósito de salir al rescate de su “honor” escarnecido por rumores e intentos de linchamiento, como él observaba las pesquisas con miras a determinar responsabilidades sobre los crímenes políticos de 1993 y 1994. Fue tal el quebranto de su inestabilidad mental que Salinas llegó al grado de llamar al entonces procurador general, el panista Antonio Lozano Gracia, para clamar por su inocencia:
--¿Vas a venir por mí? –inquiría el ex presidente con el consiguiente arranque histriónico-.
Pero no, desde luego no fueron por él. Se limitaron a tomarle declaración en la comodidad de la embajada de México en Dublín, donde entonces radicaba el personaje, con los consiguientes gastos de traslado de los ministeriales que debimos cubrir los mexicanos fiscalmente cautivos. Hasta este nivel llegan las simulaciones. ¿Por qué, entonces, no intentar el abordaje a la gubernatura de Nuevo León?
Debate
Y si hablamos de complicidades mayores, debemos inscribir el nombramiento de Ernesto Zedillo, a quien bauticé como “el gran simulador” –véase la obra del mismo nombre editada por Grijalbo en 1998-, en el Banco Mundial, a partir de octubre de 2008, para supuestamente desarrollar allí labores de salvamento y “modernización gestora” de la mano con el presidente de la institución, Robert Zoellick, quien fuera designado por el ex mandatario estadounidense George Bush junior para desempeñar el cargo luego de haber cursado por el gabinete del mismo y por el del patriarca del clan desde 1988.
Zoellick, desde luego, es parte fundamental del grupo que domina la escena estadounidense hasta hoy con los consiguientes quebrantos financieros mundiales. Hablamos, claro, de la peor crisis económica desde la recesión de 1929 y su oleada de suicidios y guerras. Las recuperaciones, en todo caso y lugar, se han saldado con el derramamiento de mucha sangre joven mientras los criminales de cuello blanco especulan y afinan posiciones para seguir medrando con la pobreza global que ellos generan con todo y sus modernas armas de dominio concentradas en la expansión comercial y la injerencia política.
Con estas bendiciones, Zedillo se siente bien y es ubicado como uno de los personajes centrales de la trama. ¿Van atando cabos, los amables lectores, sobre la tersura de una transición pactada de antemano y que sólo requirió del aval de una ciudadanía mediatizada? Dejemos la ingenuidad de un lado y pongamos a trabajar al cerebro.
Por la misma razón, terminada su gestión presidencial, las lanzas se convirtieron en rosas en la boca de su sucesor, Vicente Fox, quien ni siquiera tuvo voluntad para ejercitar el cambio prometido sino, más bien, optó por dar continuidad a los programas iniciados por Zedillo en materia financiera y energética, las dos claves en donde se asientan los grandes compromisos multinacionales. Otra vez: Todo lo demás es consecuencia.
La Anécdota
Es fama que Doña Paloma Cordero, esposa de Miguel de la Madrid, imploró ante José López Portillo para que ubicara a su consorte dentro de la administración pública. Y así lo hizo. Dos sexenios adelante, sucedió algo similar: La familia del señor De la Madrid acudió en masa a Los Pinos para clamar ante el sucesor del mismo, Carlos Salinas, una posición digna para que el aludido pudiera superar la crisis, combinación perfecta de nostalgia y humos etílicos. De allí surgió la salida:
--Será Director del Fondo de Cultura Económica –premió Salinas a quien le había hecho candidato y presidente a pesar de los sobresaltos de 1988-.
Y en el cargo permaneció el sujeto por más de una década. Es el ejemplo mayor sobre la impunidad que se impone a los intentos de privilegiar la memoria colectiva. Por eso, insisto, se nos aparecen los reincidentes por aquí y por allá. Sólo falta que Echeverría se convierta en senador vitalicio, como él mismo propuso a su viejo amigo López Portillo en 1976, para cerrar el capítulo más encendido de la gran novela de la simulación.
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