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Anna Bolena Meléndez
Anna Bolena Meléndez
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25 Diciembre 2012 05:00:44
La Navidad menos esperada
Dos borrachitos lloraban amargamente mientras se despedían por eso del fin del mundo el pasado 21 de diciembre —nueva fecha oficial del Día de los Inocentes según la cultura maya—. Decenas de personas enfilaron sus provisiones y retacaron sus sótanos de diversos enseres para la supervivencia del cataclismo agendado —unos decían que para las diez de la mañana y otros para las 11:23 de la noche— que siglos atrás predijeron quienes hoy en día cargan la mayor credibilidad de la historia: los mayas.

Así, con ansiedad reflejada en todas las redes sociales, votos de paz, esperanza y lagrimeo previo a la extinción de la raza humana, pasamos la cúspide de las malinterpretadas profecías mayas y nos encontramos con que, en efecto, otra Navidad llega sin mayores percances estigmáticos.

Ahora termina la cuenta larga según el Calendario Maya, los cinco mil y pico de años de oscuridad a los que probablemente les adjudicaremos todas las barbaridades que nuestra especie provoca en nombre de ideologías indistintas. Ahora llega la era de la luz, de la conciencia, del amor incondicional hacia nuestra Madre Tierra, que nos amenaza a punta de chismes de boca en boca con hacernos desaparecer.

Las navidades siempre llegan llenas de reflexiones, pero esta Navidad es aún más especial porque algunos hasta dejaron de contar con ella. El pánico generado entre chiste y chanza se imprimió en el subconsciente colectivo y hubo hasta quienes dejaron testamentos. ¿Para qué? ¡Ni idea! Porque después de un cataclismo natural como el que arrasó con los dinosaurios, no hay sótano ni sotana que valga, provisiones ni previsiones, tampoco testamentos, mucho menos estamentos. Con la mano en la cintura habríamos desaparecido sin dejar huella, sin recordar a posteriori todas las obras de arte más hermosas, ni la cúpula de la Capilla Sixtina, y mucho menos los discos duros de la bolsa de Nueva York. No habría quedado nada, solamente una historia fantasma de lo que la humanidad —a veces confundida con bestialidad— dejó en su arrollador paso por este planeta que tenemos de prestado.

No habría quedado ni huella del penthouse de la “Chicuelina Corcuera” en Manhattan, ni siquiera el hambre en Somalia. No se recordarían las muertas de Juárez, ni las diversas masacres de niños inocentes alrededor del mundo. No quedaría ni siquiera registro de las especies que intentamos salvar ni de las que nos cargamos por nuestra inconsciencia.

No quedaría una sola cruz ni crímenes de inmoralidad. No se recordarían los héroes, ni los poetas, tampoco Cien años de soledad… Así llega mi no tan esperada Navidad, sabiendo que el fin del mundo lo trae cada quien como su propia cruz: sin haber hecho nada bueno en la vida, sin haber puesto el corazón a cada paso, sin ayudar ni sentir compasión, mucho menos pasión.

Por eso en este fallido fin del mundo, les quiero desear un huracán de momentos dulces con la gente que aman, un terremoto devastador de abrazos y besos amorosos, un tsunami de bendiciones cósmicas, una avalancha de conciencia y cambios positivos, y una lluvia de estrellas que les quiten el aliento y les roben lágrimas de felicidad.

Feliz inicio de la luz en sus almas.

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