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Raymundo Hernández
Raymundo Hernández
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06 Diciembre 2010 04:00:15
Las molestias del general
Galván no tiene la cercanía y la influencia que tiene García Luna

Las cándidas percepciones que se tienen en la Embajada de Estados Unidos en México sobre el secretario de la Defensa, general Guillermo Galván, y el Ejército por su participación en la guerra contra el narcotráfico, puestas al escrutinio y sorna general por las revelaciones de Wikileaks, sólo vienen a resaltar agravios crecientes que tienen por el creciente desprecio del presidente Felipe Calderón. Por aún, la caracterización de los militares como lentos, cobardes y mal preparados, no tuvo respuesta condenatoria de Los Pinos.

El general Galván no fue tomado por sorpresa y lleva algunas semanas tomando pertrecho, con fuerzas de oposición. Hace unos 10 días se placeó con el gobernador Enrique Peña Nieto en el estado de México, y el martes pasado estuvo en la presentación de un libro en el Senado sobre el Ejército. Son tiempos de bálsamo para un entripado que se extiende por meses y es cada vez más público.

El 16 de septiembre pasado, por ejemplo, en general Galván acompañaba al presidente Felipe Calderón en el balcón central del Palacio Nacional como cada año en el desfile militar. Testigos describieron al Presidente como indiferente hasta que casi al final de la parada se emocionó, dijo “ya vienen” y pidió que llamaran a su lado al secretario de Seguridad Pública Federal, Genaro García Luna, quien por primera vez tenía un contingente de la Policía Federal marchando con los militares.

El general Galván, de acuerdo con los testigos, amarró la cara y contuvo el gesto mientras el Presidente se regodeaba con García Luna. Los policías federales mostraron parte de su equipo y armamento de alta tecnología y poder, mientras los militares sobrevolaban con aviones F-5, que son tan viejos que para poder conseguir refacciones tienen que adquirirlas en los cementerios de aviones.

Por esos días se presentó el presupuesto para el próximo año, y los diputados le otorgaron un incremento de 12% a las Fuerzas Armadas. Sin embargo no se aplicó. Por instrucciones presidenciales, la Secretaría de la Defensa declinó el aumento. No era la primera vez que les sucedía. En el primer desfile de este sexenio, el general Galván mandó marchar a sus cuerpos especiales, que lucieron sus uniformes camuflajeados y mostraron parte de su avanzado armamento.

Fue la última vez que lo hicieron. Por razones presupuestales, ese cuerpo fue desmantelado. El año pasado, cuando le iban a otorgar otro aumento presupuestal a la Secretaría de la Defensa, el todavía secretario de Hacienda, Agustín Carstens, pidió vehementemente que no lo hicieran. Los incrementos al Ejército sólo los da el Presidente, explicó.

Los defensores del Presidente dicen que ha estado atento de los militares. Les dio becas y les aumentó los salarios. Cierto. Ahora, por citar el caso paradigmático de Ciudad Juárez, los soldados ganan 6 mil pesos al mes, la mitad de lo que gana un policía federal; duerme en tiendas de campaña en la carretera, a diferencia de los policías federales que duermen en hoteles; y comen a campo abierto, en cocinas militares; los policías federales comen en su hotel. De manera regular los cárteles les escriben en mantas: “dejen de comer sopas Maruchán”, y los invitan a desertar.

La deserción en el Ejército se ha reducido notablemente en comparación con el gobierno de Vicente Fox, donde alcanzó casi el 50% de las Fuerzas Armadas, pero paradójicamente, el trato presidencial al general Galván ha sido muy diferente al que le daba su antecesor al general Clemente Vega. Pero si en el pasado el Ejército fue la institución más justipreciada por el Gobierno, a la vez de temida, hoy está siendo sistemáticamente golpeada. Los presupuestos cuentan, pero las formas también.

El general Galván no tiene la cercanía y la influencia que tiene García Luna, y tampoco el Presidente ha cuidado que la imagen de violadores de derechos humanos sea repartida proporcionalmente a los casos documentados, entre los responsables, y no que caiga mayoritariamente la crítica sobre el Ejército. Tampoco ha buscado cambiar la Presidencia la percepción de que la creciente participación de la Armada en las acciones más delicadas contra el narcotráfico, está asociada a que no hay corrupción en los marinos.

Los cables de Wikileaks reflejan que dentro de las Fuerzas Armadas, el presidente Calderón también tiene sus preferidos. Son la Marina y el secretario, el almirante Francisco Saynez. Para García Luna, cariño y dinero. Para Saynez, cariño e impunidad. Para Galván, la ignominia. El Presidente lo está apretando mucho y se está notando. La liga de la institucionalidad se mantiene sólida, pero la prudencia aconseja no seguirla estirando.
22 Noviembre 2009 04:59:57
Un boy scout para 2012
Como todos aspiran pero nadie dice nada, ya hay un político que abandonó unas formas en las que nadie cree pero que se empeñan en seguir. Manuel Espino, el panista radical, beligerante, provocador y muy echado para adelante, ya dijo que quiere ser Presidente en 2012, y arrancó su precampaña presidencial. Carece de presencia nacional, pero es una lapa política que genera mucho ruido entre sus pares por sus actitudes controversiales y polémicas, por su franqueza que agrede y su beligerancia galopante.

Manuel Espino no es nadie para los mexicanos. O cuando menos, todavía. Ninguna casa encuestadora le ha dado seguimiento en los dos últimos años porque no representaba opción política alguna, y cuando lo medía entre la población en sus tiempos de presidente nacional del PAN, siempre salía con resultados de conocimiento y popularidad muy bajos, aunque en su favor, eso sucede con los presidentes de los partidos políticos cuando, como es el caso de Beatriz Paredes en el PRI, no se han metido en la carrera de la sucesión presidencial.

Espino ha sido una figura tan relevante dentro del PAN, como polarizante. “Pertenece a la derecha radical”, dijo alguna vez Juan Ignacio Zavala, un panista de cepa, operador político de Germán Martínez cuando éste fue líder nacional del partido, y hermano de Margarita Zavala, la muy apta política que es esposa del presidente Felipe Calderón. Su forma de ser lo ha marginado dentro del partido, pero lo que es una debilidad, es a la vez su fortaleza en potencia ante un electorado que no ve a nadie en el PAN con la talla de la batería de precandidatos que ha mostrado la oposición.

El PAN tiene muchos tiradores a 2012, pero todavía nadie muestra calidad olímpica. Están los secretarios de Desarrollo Social, Ernesto Cordero, de Educación, Alonso Lujambio, y últimamente hasta el de Comunicaciones, Juan Molinar, que había quedado muy afectado por la tragedia infantil en una guardería del IMSS en Hermosillo. El PAN moverá otros nombres, como el de la coordinadora de los diputados, Josefina Vázquez Mota, y el del senador Santiago Creel. Hay quien dice que no hay que descartar al gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez como un eventual caballo negro.

Pero nadie tiene la vena bronca de Espino, que nació en Durango, pero se hizo en Ciudad Juárez. En aquella ciudad fronteriza trabajó como subjefe de la Policía cuando Francisco Barrio era presidente municipal. En su gestión, dicen personas que lo conocen, proliferaron de manera desmesurada los giros negros. Cuando Barrio fue gobernador, hizo a Espino presidente municipal de Juárez, y al concluir se fue a Sonora, como presidente del Comité Estatal del PAN, en los tiempos en que Felipe Calderón era presidente del partido.

En esas tierras conoció a Alfonso Durazo, quien había sido secretario particular del infortunado candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, y quien al igual que varios colosistas, fue marginado de la política por el ex presidente Ernesto Zedillo. Espino convenció a Durazo de sumarse a la campaña presidencial de Vicente Fox, quien al concretarlo conectó una época que se suponía -equivocadamente- reformadora con Colosio, con la cruzada para sacar al PRI de Los Pinos. Al asumir la Presidencia, Fox lo nombró secretario particular.

Como un detalle de agradecimiento, Durazo invitó a Espino, quien ya había sido diputado federal, como coordinador de giras de la Presidencia, donde tuvo su primer acercamiento con Fox. Con una carrera política dentro del PAN desde 1978, Espino logró hacerse de la secretaría general del partido en 2002. Cuando se puso en juego la presidencia del partido en 2005, chocaron los mandarines del partido con las bases. Los primeros querían a Carlos Medina Plascencia, una figura cada vez más poderosa dentro del partido, como su líder nacional, pero Espino, que trabajó mejor con la militancia, lo derrotó en una segunda votación de manera contundente.

Espino, como lo había hecho Fox años antes con la candidatura presidencial, le arrancó a la burocracia del PAN el control del partido, y se convirtió en un gran ariete del Presidente. Desde el partido buscó impulsar la candidatura presidencial de Creel, respaldado por el Presidente, pero errores tácticos del senador -hacer una campaña como si fuera ya candidato y no por la candidatura misma-, le permitieron a Felipe Calderón robarle el abanderamiento. Esa osadía tuvo consecuencias, aunque finalmente no definitorias.

En plena campaña presidencial, Calderón y Espino chocaron continuamente. “Lo que Calderón hacía un día, Espino deshacía en la noche”, se quejaba uno de los más cercanos colaboradores del actual Presidente. “No podía haber acuerdos porque él los tiraba”. Espino nunca pudo cambiar los términos de la relación con Calderón, y vivió enfrentado a su equipo, en especial a Juan Camilo Mouriño, el asesor político de Calderón, quien lo fue relegando y restándole poder, hasta que cuando se dio el momento de la sucesión en el PAN, los calderonistas arrinconaron a la extrema derecha del partido -que representaba el 30% de los miembros del Consejo Político Nacional-, y lograron imponer a Germán Martínez.

Espino inició su propia lucha. Logró la presidencia de la Organización Demócrata Cristiana de América, que aglutina a partidos de derecha en el Continente, y se puso a escribir un libro. El primero, “Señal de Alerta”, era un trabajo donde denunciaba cómo la gente cercana de Calderón estaba fortaleciendo al PRI. Espino decía que dos de ellos, Mouriño y Martínez, eran “pragmáticos ramplones”. El borrador del libro no hacía referencias reales a priístas, pero tras llevarle el manuscrito a Fox y a su esposa Marta Sahagún, decidieron incorporar páginas de denostación al senador Manlio Fabio Beltrones, que provocó tensiones colaterales, en la relación de Calderón con el líder senatorial.

Este año sacó otro libro, “Volver a Empezar”, donde habla de la refundación del PAN para regresar a sus orígenes. Espino cree que hay una desviación doctrinaria, que han entrado en la corrupción, en fraudes electorales, en impunidades, y que hay que sanearlo. Por lo visto, este político que es un gran fajador y aventurero -por cierto, es miembro de la Asociación de Scouts en México-, ya encontró la forma de hacerlo. Como no veía a nadie realmente para cumplir esa misión refundacional que propone, ¿quién mejor que él mismo para hacerlo? Su primer problema es ver si lo dejan, dentro del PAN y no lo agarran, como otras veces, de tiro al blanco
14 Junio 2009 04:00:31
El Chucho mayor
La biografía política de Jesús Ortega es una metamorfosis, pletórica de metáforas y contradicciones. Es un perdedor que siempre avanza. Tiene una epidermis gruesa y un alma correosa. Pero sobre todo, su hígado es excepcional: aguanta todo.

Quiso ser líder del PRD en 1996, pero lo derrotó Andrés Manuel López Obrador. Reintentó en 1999 compitiendo contra Amalia García, y volvió a perder. Regresó para tratar de vencer a Rosario Robles, y lo volvieron a doblegar. Cambió de destino y se enfrentó a Marcelo Ebrard por la candidatura para el Gobierno del Distrito Federal y, como es obvio, tampoco pudo. A finales del año pasado, derrotó a Alejandro Encinas en la lucha por la presidencia del partido, y asumió un poder que realmente no tiene.

Se puede asumir como el jerarca máximo, pero el aire no le da para volar mucho, y menos aún con las realidades dentro del partido. No tiene peso público ni control total de la estructura partidista. No tiene carisma, ni liderazgo, y mucho menos el respaldo fuera del partido que le permitan ganar una elección.

Lleva años luchando contra lo que él mismo llama “caudillismos”, pero no pudo romper el cordón umbilical con Cuauhtémoc Cárdenas, ni tampoco ha podido hacerlo con Andrés Manuel López Obrador.

Tiene muchas de las tuercas que se necesitan para ganar, pero no cuenta con las herramientas necesarias para atornillarlas. Esto lo hace un interlocutor devaluado que representa poco. Los líderes de los otros grandes partidos no lo toman en cuenta. En las cámaras, sus lugartenientes han decepcionado a sus pares por inconsistentes. Hoy que tiene al partido, que encabeza la corriente Nueva Izquierda, que controla el aparato del partido en el país, que llegó a las posiciones más altas que ha tenido hasta ahora, está dejando de avanzar.

Qué ironía. Por primera vez no es música de acompañamiento, y está estancado.

Cambió su dinámica histórica y no está funcionando como se esperaba. Ir atrás y saltar a tiempo le había funcionado desde que dio sus primeros pasos en la política de partido bajo el regazo de un traidor de toda la izquierda, Rafael Aguilar Talamantes, líder del Partido Socialista de los Trabajadores, un aguerrido luchador de causas personales, experto en invadir propiedades privadas y luego chantajear a sus dueños para que se las liberara.

Aguilar Talamantes lo hizo secretario general de ese partido, que ya se había ganado fama de ser un renovado esquirol dentro del sistema político, y le dio una diputación. La mala fama de su protector, podía pegársele por osmosis y decidió fundar en 1980 el Partido Mexicano Socialista, que se quedó con el registro y el dinero del PMT cuando ya no tuvo combustible para continuar. Pero, nobleza obliga, nominó al ingeniero Castillo como su precandidato a la Presidencia para las elecciones de 1988. Sin haber podido levantar la expectativa popular que esperaban sus correligionarios, Castillo retiró su candidatura y apoyó la de Cuauhtémoc Cárdenas, como el candidato de la izquierda unificada. Atinó. Ortega se quedó con una diputación.

En esos tiempos no era conocido más allá de los círculos de izquierda. Era un joven que estaba comenzando a consolidar una fuerza política dentro de la izquierda, con otros camaradas. En Guanajuato se encontraba un don nadie en la época, Carlos Navarrete, operador político en su tierra. En el Distrito Federal trabajaba mucho con Jesús Zambrano, quien había militado en la Liga Comunista 23 de Septiembre, y con quien hacía dúo, trabajaba en tándem y daban tanto la impresión de ser inseparables, que su corriente fue bautizada como “Los Chuchos”.

La corriente tomó forma hasta 1999 en Tlaxcala, cuando diferentes grupos, muchos de ellos dentro del PRD, formaron lo que se llama Nueva Izquierda. Esta corriente, como lo fue la Fuerza Democrática Nacional, que fue la agrupación que cobijó la candidatura presidencial de Cárdenas en 1988, es un paraguas de diversos grupos de interés. Nueva Izquierda estuvo inspirada de alguna manera por la rebeldía de una nueva generación de políticos de izquierda a los cacicazgos que habían nacido en el PRI y tomado a la izquierda por asalto, lo que cohesionó intereses particulares en un objetivo común.

Nueva Izquierda es la corriente que controla más del 70% de la estructura del partido y la mayoría de las posiciones políticas en el Distrito Federal, el bastión del PRD. Como su líder, Ortega tendría que ser el poder supremo. Paredes y Martínez lo demostraron públicamente. Los operativos contra narcopolíticos en Michoacán, donde el gobernador Leonel Godoy está protegido por él, y los incidentes en Zacatecas, donde la gobernadora Amalia García también está cercana a Ortega, enseñan también la debilidad de la corriente y de él en particular, como líder.

Ortega ha tratado de reinventarse nuevamente. Desde el año pasado ha tenido reuniones con empresarios de México y Monterrey para presentarse como la izquierda democrática y parlamentaria, y junto con sus más cercanos ha tenido acercamientos con el Gobierno federal, aceptando jugar su estrategia electoral contra el PRI. Eso le ha generado calificativos de “colaboracionistas” y, hasta este momento visible, pocos beneficios. No se ha quebrado la corriente de López Obrador, ni tampoco han podido cohesionar a todos los grupos dentro de Nueva Izquierda.

Con Ortega al frente del PRD, la diáspora puede llegar. No es sólo López Obrador, a quien piensan expulsar después de las elecciones por su apoyo a PT y Convergencia, sino a otros grupos que fueron indispensables dentro de Nueva Izquierda, como el que encabeza René Arce, el virrey de Iztapalapa y al que “Los Chuchos”, en alianza con otras corrientes del PRD y el jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, derrotaron en la delegación que tenía inventariada cuando se decidieron candidaturas a delegados y diputados. El 5 de julio, día de la elección federal, abrirá las cartas y Jesús Ortega demostrará de qué está hecho. Es la oportunidad para demostrar a quienes no creen en él como político, que su tallado es florentino, y que no tiene los pies de barro como muchos otros lo consideran.

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31 Mayo 2009 04:00:29
Leonel, Leonel
Del susto pasó rápidamente a la indignación, y de esta a la furia. Cuando estaba en la cima de la ira, transitó a la protesta. Y cuando se esperaba una escalada contra el Gobierno federal porque no le avisó que harían la redada por todo Michoacán que lo exhibió como un gobernador que no sabía que pasaba en su estado, Leonel Godoy dio muchos pasos para atrás, se guardó todos sus sentimientos y le dio la razón al Gobierno federal. “El operativo –dijo-, era necesario”.

Qué le dijeron al gobernador Godoy cuando engallado acudió a las instancias federales a reclamar por qué lo mantuvieron en las tinieblas y sólo se enteró de la gran redada cuando lo despertaron para avisarle que la tropa y la policía federal estaban cargando con presidentes municipales en toda la entidad, no se va a saber por algún tiempo. Pero, por su bipolar actitud, en abierta esquizofrenia política, le deben haber leído la cartilla. Godoy tuvo que apretar el cuerpo.

Cuando tuvo tiempo para ajustar el rumbo que iba tomando Michoacán, prefirió cerrar los ojos. Le dijeron que su asesora y vieja compañera de lucha política, Citlalli Fernández, estaba directa o indirectamente involucrada con el narcotráfico, no lo creyó. Cuando le tiraron bombas en el centro de Morelia durante la ceremonia de El Grito de la Independencia el 15 de septiembre pasado, no leyó la dedicatoria. Cuando se la hicieron más explícita en un mensaje que le enviaron por conducto de “El Sol de Morelia” 10 después, advirtiendo que su muerte estaba cerca, siguió como si no hubiera pasado nada.

Leonel Godoy fue el político mexicano al cual le tocó estar la semana pasada en el banquillo de los acusados. Extraño para un político tan fogueado como él, particularmente en las áreas de seguridad y procuración de justicia, donde encabezó procuradurías y secretarias de seguridad pública en Michoacán y el Distrito Federal, y fue el responsable del manejo de política interior de varios gobiernos locales en las dos entidades.

Él sabía del problema del narcotráfico en el estado desde antes de asumir la gubernatura a principios del año pasado, pero no hizo nada.

Durante todo ese tiempo, “La Familia Michoacana” sufrió su metamorfosis. Pensada para luchar por la plaza contra el Cártel de Sinaloa, comenzó a tener fuerza propia al tiempo que una diáspora las reagrupaba en cuatro. Estaba “La Familia” histórica que surgió en Apatzingán, la de Morelia –vinculada a empresarios, en particular del sector agropecuario-, la de Lázaro Cárdenas –que se alió con los cárteles que manejaban las metanfetaminas y crearon un corredor por la costa bordeando al estado-, y la del suroriente, que se dedicó a la piratería de CDs.

Extendieron sus dominios más allá de Michoacán, y comenzaron a disputar territorios a Ismael “El Mayo” Zambada y Joaquín “El Chapo” Guzmán, en el Estado de México. Pero también se pelearon dentro de Michoacán, creando en los municipios de Apatzingán Morelia, Uruapan, Turicato y Carácuaro, sus propios campos fraternales de batalla. Los bombazos en Morelia el 15 de septiembre mostraron qué tan grave estaba esa guerra. “La Familia” de Apaztingán contra la de Morelia. Reclamaban los del sur el apoyo institucional de la capital. Godoy no hizo nada, y esta semana, además de Fernández, fue detenido Ricardo Rubí Bustamante, director de Fomento Industrial de su gobierno, quien había sido el presidente de la cúpula empresarial michoacana, que abreva su fuerza de los capitales morelianos.

La respuesta de “La Familia” de Morelia fue detener a tres personas, meterlas en una casa en Apatzingán, amarrarlas y llamar a la PGR para decirles que los responsables de las bombas se encontraban ahí. La PGR, que ofrecía varios millones de pesos por la información que condujera a los autores de los bombazos, nunca tuvo que pagar la recompensa porque nadie la reclamó. Pero fue por ellos a Apatzingán, les abrió una averiguación previa, los acusó del atentado y los encerró, pese a que la familia de los tres documentaron que la noche de El Grito, se encontraban cenando con varios amigos en Lázaro Cárdenas, bastante lejos de la capital.

Nuevamente, Godoy fue testigo ciego de todo.

Michoacán fue uno de los primeros estados donde se inició el Operativo Conjunto, como originalmente se llamó a lo que se ha convertido en la guerra contra el narcotráfico. Desde antes de asumir la gubernatura, Godoy sabía lo que se enfrentaba. Sus correligionarios perredistas dicen que dio aviso a las autoridades sobre lo que estaba sucediendo con el narcotráfico y las presidencias municipales, pero como sucede normalmente con los gobernadores, escudados en que el tema del narcotráfico es del ámbito federal, se hizo a un lado. O cerró los ojos. O hizo caso omiso de todas las llamadas de atención.

El Operativo Conjunto en Michoacán produjo la primera realidad sobre la penetración del narcotráfico en las instituciones. “Sólo entre Michoacán y Tamaulipas”, dijo en su momento un alto funcionario del Gobierno federal, “encontramos 120 municipios controlados por el narcotráfico”. Godoy, como un gobernador que recibió grandes atenciones del presidente Felipe Calderón, y que fue uno de los primeros perredistas de calibre que lo legitimó en la Presidencia, tuvo que haber sabido, cuando menos en rasgos generales, lo que sucedía en su estado.

¿Es lo que le recordó el secretario de Gobernación Fernando Gómez Mont cuando dialogaron a fines de la semana y Godoy cambió su discurso contestatario por uno de resignación? Nuevamente, la respuesta es desconocida. Pero muchas veces, como en este caso, cambios radicales de posición en periodos de tiempo tan cortos, hablan de que las cosas no son como parecían. Y en este caso, peor de lo que podemos imaginarnos.

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29 Marzo 2009 04:00:19
La Tigresa
Irma Serrano nació para otro tipo de batallas, más grandes, menos heroicas

Irma Serrano es uno de esos personajes que nunca muere. Siempre es noticia.

Siempre atrae los reflectores. Siempre tiene algo que va más allá de lo estrafalario, de lo excéntrico, de lo grotesco. “La Tigresa”, como toda una generación de mexicanos la ha conocido, es en muchos sentidos parte del paisaje nacional y arquetipo de una cultura de casi medio siglo donde la política y el espectáculo caminaron de la mano, a veces con unos excesos que podrían haber destruido carreras completas de servidores públicos.

Como sucede periódicamente con ella, “La Tigresa” regresó a los titulares esta semana cuando la policía la arraigó como consecuencia de una demanda que interpusieron por incumplimiento del contrato, hace algunos años, del inmueble donde instauró su “Teatro Fru Fru”, un recinto en el centro histórico de la Ciudad de México que forma parte vital del destape sexual mexicano. En el escenario de ese teatro decorado Art Decó, con un afrancesamiento abusivo y terciopelo rojo en sillas apoltronadas, paredes y cortinas, se estrenó la obra “Hair”, el musical de rock producto de la contracultura hippie, que se estrenó por primera vez en Nueva York en 1967, donde en un momento climático de la puesta en escena, todos los actores salían desnudos.

En ese mismo teatro, ella dueña de todo, apareció desnuda, con un cuerpo de escultura casi natural, y unos ojos que cautivaron e inspiraron a una clase política formada en los 50s y 60s. Nunca tendría –ni tendrá- la clase de María Asúnsolo, que fue la mecenas de políticos y pintores, el sueño de intelectuales, a quien retrataron todos los muralistas mexicanos del siglo pasado, de quien Siqueiros vivió enamorado, o por quien un general y un gobernador pelearon con Fernando Benítez por su amor. Irma Serrano nació para otro tipo de batallas, más grandes, menos heroicas.

Chiapaneca, nació en Comitán en 1933, pero desde principio de los 60’s, en la Ciudad de México, comenzó a codearse con la clase política. Gustavo Díaz Ordaz estrenó la Presidencia en 1964, cuando, de acuerdo con el récord público, tenía una relación extramarital con “La Tigresa”, a quien no se llamaría así hasta 1972, como resultado de su papel en la película dirigida por René Cardona Jr. En 1972, titulada “La Tigresa”. Dicho por ella misma, tuvieron una relación de amantes y le transfirió mobiliario de Los Pinos y Palacio Nacional, a su casa.

Irma Serrano se ha encargado de cultivar la memoria de esa relación, que en una entrevista que dio hace algunos años al periódico “La Jornada”, lo exoneró por completo de la matanza de Tlatelolco, y dijo que él nunca dio la orden.

Esa es una mentira. Díaz Ordaz no estuvo con ella esa noche del 2 de octubre de 1968. Estuvo en Los Pinos, habló con algunos gobernadores y miembros del gabinete pero, fundamentalmente, estuvo solo. Sobre los muebles, no hay manera de verificarlo. Patricio Zambrano, un antipático personaje que apareció en el “Big Brother” mexicano, con quien sostuvo una muy extraña relación amorosa a principio de este siglo, declaró públicamente que muchas de sus antigüedades no eran tales, como los lujosos marfiles que mostraba a sus invitados a casa, sino comprados en Tepito. Pero lo que decía “La Tigresa” sobre la mecánica de regalos de bienes propiedad de la nación, no era mentira. Sucesivos presidentes mexicanos, cuando menos hasta los 70’s, solían hacer regalos a sus colaboradores cercanos con bienes de la nación. De esa manera fueron desapareciendo del patrimonio nacional espejos, camas, armarios, candeleros, muchos de la época francesa del Art Decó, que tanto influyó en el gusto estético de la señora Serrano.

No hay registro alguno de cómo se acercó a Díaz Ordaz, pero la mecánica que se utilizaba en aquellas épocas esa tan simple como grotesca. En los actos públicos, “padrinos” de jóvenes vedettes o aspirantes a artistas, que tenían acceso a los altos funcionarios, les acercaban mujeres para que ellos escogieran con quién se querían quedar. No eran actos de prostitución clásicos, sino reglas de un juego donde el político conseguía a la puerta de sus deseos a una mujer que no le iba a reclamar nada y que estaría para él en el momento que deseara, a cambio, para la mujer, que no sólo obtuviera dinero rápido, sino que esa relación le permitiera ir haciendo carrera en el campo del espectáculo. Los directores de películas les daban papeles para quedar bien con el político y seguir consiguiendo financiamiento para sus trabajos. Los “padrinos” también conseguían dinero por sus servicios de reclutadores de mujeres para políticos.

Esas acciones eran muy evidentes. Cualquier curioso podría recurrir a las hemerotecas de los principales periódicos de la época para observar las fotografías en los actos públicos. Las más de las veces va a encontrar una o dos y hasta tres mujeres jóvenes, guapas alrededor de un alto funcionario sin tener nada que hacer ahí.

Nadie explicaba públicamente de qué se trataba. Todos sabían cómo se llamaba el juego, y todos callaban. Esa cultura era las de los 50’s y los 60’s, la de los 70’s y los 80’s, comenzando a evaporarse en los 90’s y en la actualidad. Sin embargo, siguen existiendo durante las campañas políticas algunos remanentes de aquellos tiempos. Así le sucedió en su campaña, por ejemplo, al gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, quien nunca sucumbió ante esa vieja práctica. Así le rondaban al infortunado candidato presidencial Luis Donaldo Colosio. Todavía hay quien ofrece “noches” con algunas artistas por 200 mil pesos, y leyendas urbanas sobre las relaciones íntimas y clandestinas de vedettes y estrellas con políticos encumbrados.

Irma Serrano es, antes que nada, el ejemplo más vivo de toda una cultura política que, por alguna razón, se niega a morir.

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01 Marzo 2009 04:00:17
El golpeador
Germán Martínez tiene la sangre muy caliente y la cabeza poco fría. No le ayuda el agudo tono de voz que lo hace chillar cuando grita y que irrita a sus interlocutores. Ese no es un activo, sino un lastre para un político que es un fajador, peleador de barrio, que brinca rápidamente al ring a batirse con cualquiera con tintes provocadores y sin límites retóricos. Martínez gusta de ocupar los espacios, aunque las más de las veces causa destrozos políticos que cuando se reparan ya no quedan del todo bien soldados.

Así sucedió en los últimos días, cuando después de un enfrentamiento del presidente Felipe Calderón con líderes y gobernadores priístas por la estrategia de la lucha contra el narcotráfico y de una defensa que resultó peor de varios de sus secretarios de Estado, Martínez decidió que tenía que quitarle reflectores a su viejo amigo. Declaró que son los gobernadores priístas quienes desean que ya no se combata al narcotráfico, cuya insinuación de que el PRI es proclive a negociar con la delincuencia organizada, provocó otra reacción en cadena con un lamentable nivel de debate político: lo llamaron idiota.

La ausencia de argumentación de todas las partes y el ruido de las recriminaciones mutuas llevaron al secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, a señalar que el problema del narcotráfico no era un asunto meramente de priístas, sino que también se había notado su deterioro durante el gobierno de Vicente Fox, lo que dio origen, en su intento por nivelar las culpas, que dentro del PAN se diera una reacción muy negativa en contra del gobierno de Calderón por meterlos en la misma cacerola. Y Germán Martínez, que comenzó toda esta batalla política, se guardó, se fue a viajar por algunos estados para alejarse de los micrófonos y lejos de ayudar al Presidente, contribuyó a elevar sus costos de negociación futura con el PRI.

Típico de Germán Martínez, hoy líder nacional del PAN, que tiene un talento para meterse en problemas cada vez que abre la boca. Lo que sucedió en estos días no es inédito. Cuando fue asesor de Carlos Castillo Peraza en la campaña para el gobierno del Distrito Federal, el equipo del candidato tenía que esconderlo porque salía en ocasiones a realizar declaraciones en un estado deplorablemente inconveniente en contra de Gonzalo Altamirano Dimas, en ese entonces líder del PAN en la capital federal.

Martínez es un cuarentón –nació en 1967 en Quiroga, Michoacán-, que sin tener abolengo en el PAN, formó parte del grupo que tuvo cerca Castillo Peraza en los momentos de mayor influencia en la política nacional, junto con Calderón, Luis Correa, Armando Salinas Torre y Bernardo Gragüe. Ellos lo acompañaron a la presidencia del partido en 1993, y luego, cuando empezó el declive después del fracaso en su campaña en 1997, la mayoría de ellos lo traicionó.

Martínez, en justificación, solía recordar palabras de Castillo Peraza sobre su delfín, Calderón, a quien había hecho secretario general del partido y enfilaba como su sucesor: “Para que Felipe brille tiene que matar a su padre. Tiene que matarme”. Felipe Calderón, quien tenía en Castillo Peraza a su padre político, no sólo lo mató, sino que barrió con todo lo que oliera a su tutor. Al llegar a la presidencia del PAN desencadenó una purga contra toda su gente y de todo lo que representara Castillo Peraza, lo que provocó un distanciamiento entre ambos que permaneció hasta la muerte del más grande pensador del PAN de los últimos 25 años.

Correa y Gragüe expresaron su total rechazo a la actitud de Calderón, y el primero regresó a su natal Yucatán, mientras que el segundo renunció al PAN. El resto se acomodó, capitalizando en prestigio por su vieja cercanía con Castillo Peraza lo que no carecían en su equipaje político. Martínez, menos expuesto a la traición que Calderón, ascendió en la política –dos veces fue diputado federal-, hablando como viuda del pensador panista y jugando al apoyo y alejamiento con el propio Calderón.

Cuando Manuel Espino terminaba su gestión como presidente del PAN, toda la maquinaria presidencial se movió para que Martínez entrara al relevo y, con ello, Calderón controlar todo el partido. Pero Espino no se quedó con los brazos cruzados y se convirtió en una voz crítica muy fuerte dentro del partido, y Martínez tuvo un pésimo año electoral en 2009, perdiendo plazas estratégicas como Yucatán, y con una desventaja pequeña, pero creciente, en las preferencias electorales para este año, donde los pronósticos apuntan a que perderán la mayoría en el Congreso.

Su apuesta no es sólo la elección intermedia, sino el 2012. Él lo proyecta a su manera. En su oficina tiene una colección de más de 30 figuras y máscaras tarascas que lo han acompañado por todos los trabajos donde ha estado como una señal, dice, que su destino es Michoacán. La gubernatura, por supuesto. Pero su ambición, legítima en dado caso, puede cambiar de meta, ante lo que los priístas acuñaron como “caballada flaca” en las candidaturas, y por la creciente dependencia de Calderón de los Zavala –en particular su esposa Margarita- y su revigorizado equipo político, para sacar adelante su proyecto y que no sea flor de un sexenio.

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