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Jacinto Faya Viesca
Jacinto Faya Viesca
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07 Enero 2013 04:00:18
Buen uso del tiempo
Conservamos como horrendos avaros, una serie de cosas que para muy poco nos sirven y casi siempre nos perjudican: comida en abundancia, objetos de lujo que nunca empleamos, decenas de cosas que guardamos por si algún día llegaran a hacernos falta, etc.

Pero el “tiempo”, que es la esencia de la vida, la tela de que está hecho el vestuario de nuestra existencia, lo malbaratamos, lo despreciamos de tal modo que cuando no sabemos qué hacer con él, nos llenamos de hastío. Cuando pasamos por un mal momento o por circunstancias adversas, nos decimos: ¡Ya, que pase ésta mala racha, ojalá ya se termine el año!

Si la avaricia, que es una enfermedad del alma, quisiera encontrar su buena excepción que confirme la regla, sería que ésta monstruosa fealdad de la avaricia, adquiriera un destello de esplendida belleza, al ser codiciosa con el “tiempo”.

La verdad es que si medimos la duración de nuestra existencia, cualquiera que ella fuere, en relación a la eternidad, todos nosotros, niños, adultos y ancianos, seríamos iguales. Nada es nuestro tiempo en relación con la eternidad. ¿Ésta reflexión nos sirve para desvalorizar el tiempo, o para valorarlo en alto grado? Si toda nuestra existencia va a caber en una palpitación del universo, ¿no habrá mayor locura que tirar el tiempo, al igual que un pescador tira al mar un objeto inservible que ha atrapado su red?

“Breve e irreparable es para todos el tiempo de la vida”, escribió Virgilio.

Todo aquello que llamamos riquezas, como casas lujosas, joyas, costosas vestimentas, depósitos bancarios, nos pertenecen sólo en calidad de cosas prestadas, y ni prestadas nos son, si no obtenemos de ellas provecho o deleite alguno. Pero todas esas precarias posesiones no son parte de nosotros. En cambio, el tiempo si es nuestro, pues sin él no podríamos ser niños, jóvenes, y ni siquiera existir. La Naturaleza quiso que el tiempo fuera lo más nuestro, la posesión más útil de todas. Sólo que el tiempo, nuestro tiempo, encierra una sagrada y trágica paradoja: con nuestro tiempo podemos crearnos un cielo en la tierra: asombrarnos ante las bellezas y misterios de la Naturaleza; pero también, ese hilo de oro cualquiera puede cortarlo y retirarnos de la vida. El tiempo es como la delicadísima mariposa. Exuberantemente bella, pintada de los más bellos colores, capaz de surcar los espacios, pero tan delicada, que puede morir si ejercemos una leve presión teniéndola entre nuestros dedos.

Los humanos somos con el tiempo tan insensatos, que permitimos que cualquier persona nos haga esperar horas, días o años, a fin de lograr un objetivo; somos capaces de emplear días y años en tareas absurdas e inútiles, y de envejecer haciendo lo que siempre detestamos hacer. Malgastamos el tiempo como si se tratara de algo que no existe. Somos capaces de disponer del tiempo de otros, como si fuera nuestro tiempo, y al retirarnos no tenemos la menor conciencia de que no podremos devolverle al que nos lo ofreció, ni un segundo de él.

Todos creemos tener derecho a pedirle a otro minutos o más de su “valioso tiempo”, no siendo esto más que una frase hueca, pues en la realidad, no valoramos el tiempo que nos regalan, ni valoramos el que regalamos. El tiempo no es convertible en dinero, de ahí la corrompida frase: “time is money” (el tiempo es dinero). No podría haber una mayor distorsión que equiparar el tiempo al dinero. ¿Por cuánto dinero nos comprometeríamos para jamás ver ni tomar en nuestros brazos a nuestros hijos? ¿Cambiaríamos nuestro amor por la vida, el amor que guardamos a nuestros hijos, la posibilidad de admirar las bellezas de la naturaleza, de pasar nuestro tiempo ejerciendo nuestro vocación, por todo el oro que guardan las entrañas de la tierra?

“Coge, oh doncella, las rosas mientras están en flor y tú en tu adolescencia, acuérdate de que, al igual que ellos, tus horas pasan velozmente”, escribió el romano Ausonio.

También nosotros debemos coger las rosas de la vida mientras están en flor. ¿Podremos coger las rosas de las miradas de nuestros hijos si no lo hicimos en su tiempo?

Una de las tragedias que más nos suceden en nuestras vidas consiste en no tomar plena conciencia de las cuestiones más importantes. ¿No es tiempo ya de hacer con nuestro tiempo, todo aquello que más nos importa?: platicar mucho más con nuestros hijos, nuestro cónyuge, mirar con mayor detenimiento las bellezas de la naturaleza, conversar con nuestros amigos, escuchar la música que más nos agrada, cumplir con nuestra vocación.

Hagamos con el óptimo empleo de nuestro tiempo, el supremo arte de nuestra vida.
04 Enero 2013 04:00:28
Sabiduría de Quevedo
Las sentencias que vienen entre comillas, son de Quevedo. Todo lo demás, son nuestros comentarios y apreciaciones.

“El bueno en la prosperidad se turba”.

La turbación consiste en un aturdimiento del ánimo y en una pérdida o menoscabo de la serenidad o del libre uso de las facultades mentales. Ante una repentina prosperidad, la persona bondadosa y de buen corazón, normalmente se turba, pues su modestia natural no le permite el envanecimiento. La persona de buen corazón siempre es inocente y sencilla, y ojalá que ésta Inocencia y ésta Sencillez no se conozcan a sí mismas, pues si se conocieran, se desvanecerían estas prendas del alma de un valor sagrado. La persona buena se siente cómoda en su vida habitual, y toda prosperidad le parece que se debe a múltiples factores y no solo a sus cualidades personales, por ello, se sorprende y turba.

En cambio, a una persona malvada, la prosperidad debida a su esfuerzo o al resultado de una acción malvada, le parece como algo que él merecía. El malvado carece totalmente de inocencia y de sencillez. La persona malvada nunca se turba ante la prosperidad, pues carece de los sentimientos delicados y de los valores espirituales propios de la persona de buen corazón.

“No hay fortaleza sin secreto, advierte Dios por Isaías. Habrá victorias, y se remediaron adversidades si aquel se conserva”. Tenemos un secreto cuando guardamos sólo para nosotros una cosa, información, un hecho que deseamos tener oculto. Lo ocultamos, porque lo consideramos muy importante. La fuerza del secreto reside, en que sólo nosotros lo conocemos; y pierde su fuerza, al ser conocido por otros; y deja de tener poder alguno, cuando es conocido por la persona que no debería saberlo. El secreto es como el as de la baraja guardada en la manga de un chapucero jugador de póker.

Nuestro secreto nos puede salvar de muchas calamidades, igual que nos puede brindar innumerables servicios, siempre y cuando no lo develemos. Dice un refrán popular: “A quien dices tú secreto, das tu libertad y quedas sujeto”. Jaime I de Aragón en su obra, Libro de Sapiciencia, escribió: “Si confías a otros un secreto, ¿cómo querrás que lo guarde si tu no supiste hacerlo?”.

“¿Qué cosa hay más necesaria como saber el precio y valor de cada cosa, para no estimarla más ni menos de lo que vale?”.

Al referirse Quevedo al “precio y valor de cada cosa”, no lo hace en relación a un precio en dinero, sino que lo dice en el sentido de la importancia que debemos atribuirle a un objeto, circunstancia determinada, al esfuerzo que pongamos en una actividad, en lo alto o bajo en que valoremos la relación con un amigo, etc.

Un poeta árabe escribió, que dos eran las fuentes de la felicidad: gozar de una buena fama, y saber distinguir bien las cosas. Saber distinguir las cosas es, saberlas estimar en su justo valor, en su real importancia; no estimarlas en más de lo que son ni en menos.

¿Cuántas veces, no le atribuimos una alta estimación a una serie de actividades nuestras, que en realidad nos proporcionan una escasa satisfacción y un nulo provecho? Y en cambio, actividades que nos agradan mucho y para las que gozamos de capacidades naturales sobradas para llevarlas a cabo, no las hacemos. Decían los filósofos de la Antigua Grecia, que la tarea permanente y más importante de nuestras vidas, consiste en elegir bien, en elegir de la manera correcta.

Y como bien lo dijo Goethe, la Naturaleza nos dotó de cinco sentidos y de suficiente inteligencia para valorar con acierto una serie de opciones que la vida constantemente nos está ofreciendo. Las circunstancias a lo largo de nuestra existencia, están cambiando, y ante cada cambio, se impone que elijamos lo adecuado y conveniente.

Para Goethe, si pensamos cuidadosamente y observamos con detenimiento, estamos dotados por la naturaleza, independientemente de nuestro nivel educativo, para obtener provecho en lo que elijamos y hagamos. Y esto es, precisamente, la enseñanza de la sentencia de Quevedo: valorar a las personas, cosas, situaciones, en su justa medida; en atribuirles el valor que verdaderamente tienen, porque si la estimación que hagamos de ellas es errónea, estaremos pagando un precio (esfuerzo, prestigio, dinero, tiempo, oportunidades) que no tienen. Así, que valorar, estimar las cosas en su justa medida, constituye una de las cuestiones más necesarias para todos nosotros.
02 Enero 2013 04:00:30
La espontaneidad destructora
Vigilar nuestros pensamientos distorsionados, las fantasías que nos torturan sin fundamento, nuestras conductas dañinas, no es renunciar a la espontaneidad ni convertirnos en esclavos de una vigilancia propia de perfeccionistas trastornados.

Nuestra espontaneidad se manifiesta en la expresión natural y fácil de nuestro pensamiento. Casi todos consideramos a la espontaneidad como algo fresco, franco, libre y sin artificio alguno.

“¡No le toque ya más, que así es la rosa!”, escribió el poeta español Juan Ramón Jiménez.

La vigilancia sobre nosotros mismos no es contraria a la espontaneidad, ni tampoco la espontaneidad significa que debemos “dejarnos ir”, como si se valiera decir y hacer cualquier cosa sin responsabilidad alguna.

Es bueno que podamos sentir toda la gama de nuestros sentimientos, pues no sentir, revelaría un grave trastorno o enfermedad mental. Es bueno que vivamos movidos por sentimientos, pero nadie recomendaría que nuestros sentimientos gobernaran nuestra vida. Puedo sentir un odio real hacia una persona, pero eso no me autoriza a dañar a quien odio; me puede atraer enormemente una mujer casada, pero ese sentimiento no debe lanzarme a intentar conquistarla.

La realidad, es que en el fondo, nadie vive en la espontaneidad pura. Los recuerdos de nuestra niñez, las máximas que nos inculcaron y que han obrado poderosamente en nosotros sin darnos cuenta, los prejuicios que nos tienen sujetos siempre; todo y mucho más, está mezclado con nuestros sentimientos más auténticos. Pero en sí, nuestros sentimientos no proceden de una fuente de agua limpia y cristalina, sino de una fuente de agua contaminada con lo peor de nuestros recuerdos, frustraciones, falsas esperanzas, sentimientos de venganza, añoranzas, etc.

En este sentido, carecemos de sentimientos incontaminados y puros, ya que nuestro cerebro ha grabado todo lo malo y bueno que nos ha sucedido.

¡Sentimos que de lo más profundo de nuestro inconsciente ha surgido un sentimiento o idea, que calificamos de auténticos, reveladores y anunciadores de una certidumbre! ¡Cuidado, pues no podemos hacer caso de todo aquello que consideramos espontáneo! La espontaneidad no es prueba siempre (y rara vez lo es) de certeza en las cuestiones que pueden implicar serias responsabilidades. ¡Me surge el sentimiento espontáneo de insultar a una persona en ese momento, y lo hago!, con seguridad, me habré equivocado.

¿Qué no recordamos las declaraciones de tantos homicidas y violadores que cometieron sus atrocidades no porque lo hayan planeado, sino porque simplemente se les ocurrió (fueron espontáneos) en ese momento?

Nuestra espontaneidad en temas delicados, debe pasar previamente por el tribunal de nuestra conciencia y de nuestra razón.

No razonar, negarnos a aplicar nuestro buen juicio y sensatez, es tanto como si un piloto apagara el radar y los instrumentos de navegación, y a la vez, pensara que no habrá problemas en el aterrizaje.

No estamos hablando de ejercer una autovigilancia férrea que nos impida sentir y actuar con libertad; de permitirnos pensar y comportarnos espontáneamente en todo aquello que contribuya a nuestra buena conducta y buenas relaciones interpersonales; espontaneidad en conducirnos alegremente, en halagar a otro si así lo sentimos, en expresarnos con franqueza si con ello no herimos ni dañamos a los demás; pero una espontaneidad propia de una fiera enfurecida, de una mente que todo lo distorsiona, de una persona que se siente franca cuando lo que en realidad es que se trata de un individuo brutal y ofensivo.

Necesitamos saber dominarnos y no “dejarnos ir”, no irnos por “la libre”; debemos ser dueños de nosotros mismos, y eso implica ser responsables de lo que decimos y de lo que hacemos. Una persona que es dueña de sí misma, podrá ser espontánea porque no se dañará ni dañará a los demás; no se “deja ir” sino que previamente tiene en orden sus sentimientos, pensamientos y conductas.

Cuando notemos que nuestro “yo” grosero, injusto, irracional, pretende mostrarse “espontáneo”, nuestro juicio y control emocional le debe decir a ese “yo”, ¡no! Le ordenará detenerse y considerar las cosas en su justa proporción.
31 Diciembre 2012 04:00:37
Un grave mal hábito
¡Cuéntame algo de Dante Alighieri!, le dijo el Aprendiz al Sabio. Con mucho gusto. Dante nació en el año de 1265 y murió en el año de 1321. Su obra cumbre la tituló “La Comedia”, y después al paso del tiempo, sus admiradores la titularon con su nombre actual: ““La Divina Comedia””. Esta obra –continuó hablando el Sabio- está considerada como una de las obras más perfectas de la literatura universal. En “La Divina Comedia”, Beatriz es un personaje central. En la vida real, cuando Beatriz tenía trece años de edad, Dante la vio por vez primera y desde entonces quedó profundamente enamorado de ella para siempre. Beatriz Portinari, que era su nombre completo, fue su guía y la inspiradora de todos sus pensamientos. Beatriz le despertó a Dante un amor apasionado, y cuando ésta bella joven murió, se transformó en una veneración mística para Dante.

“La Divina Comedia” –seguía hablando el Sabio– es una obra de tan elevada inteligencia y de tal riqueza de palabras y conceptos, que muchos piensan que la lengua italiana encuentra su completa creación, gracias a “La Divina Comedia”. ¡Estamos amigo –le dijo el Sabio-, ante una de las obras de la literatura más perfectas que jamás hayan existido!

¡Con todas las virtudes que señalas de ésta obra casi “divina”, dame algunas de sus reflexiones!, le dijo el Aprendiz. Con gusto, amigo: te he escogido varias. Empecemos con la primera. Dante en su camino al infierno, guiado por el poeta de la Roma Antigua, Virgilio, y con la protección de Beatriz, de pronto a nuestro poeta se le apareció una pantera ágil (Símbolo de la lujuria), y luego se le hizo presente un león, que le pareció que se dirigía contra él, “con la cabeza alta, y con un hambre tan rabiosa, que hasta el aire parecía temerle”.

El león que se le apareció –le dijo el Sabio a su amigo-, representaba el Símbolo del orgullo y de la ambición, vicios enemigos del alma. ¡Sigue adelante, por favor, le dijo el Aprendiz a su amigo! Dante continuó con su narración de la siguiente manera:

“Siguió a éste (al león) una loba (quiero que sepas, amigo, que la loba era el Símbolo de la horrenda y enloquecida Avaricia) que en medio de su demacración parecía cargada de deseos; loba que ha obligado a vivir miserablemente a mucha gente. El fuego que despedía (la loba) causó tal turbación que perdí la esperanza de llegar a la cima. Y así como al que se deleita en atesorar, que llegado el tiempo en que sufre una pérdida, se entristece y la llora en todos sus pensamientos, así me sucedió con aquella fiera, que viniendo a mi encuentro, poco a poco me repelía hacia donde el Sol se calla”.

¡No debo hacerte ningún comentario del párrafo anterior, le dijo el Sabio a su amigo! Simplemente, léelo varias veces, y te darás cuenta de la forma perfecta en que Dante descubre los gravísimos males que causa una de las pasiones más mezquinas, bajas y monstruosas de algunos seres humanos: la avaricia. En el Canto ll de “La Divina Comedia”, Dante escribe unas líneas prodigiosas sobre ese mal que tanto nos asalta, y que es la indecisión, sobre la que Dante escribió lo siguiente, dijo el Sabio.

“Y como aquel que no quiere ya lo que quería, y asaltado de una nueva idea, cambia de parecer, de suerte que abandona todo lo que había comenzado, así me sucedía en aquella obscura cuesta; porque, a fuerza de pensar, abandoné la empresa que había empezado con tanto ardor”.

Dante, con su inmensa sabiduría –le dice el Sabio a su amigo-, nos advierte, que cuando hemos tomado una decisión y hemos comenzado a ejecutarla, casi siempre lo mejor es continuar con nuestro proyecto. No se trata de aferrarnos, sino de ser prudentes, y si nuestro proyecto es realizable, no tenemos por que abandonarlo por simple temor. Y es lo que nos sucede comúnmente en la vida de cada uno de nosotros: por el mínimo desánimo, abandonamos nuestras ideas, antes de que la realidad nos haya probado que no funcionan. Más adelante, Dante insiste sobre el mismo tema – siguió hablando el Sabio-, al decirnos: “…. tu alma está traspasada de espanto, el cual se apodera frecuentemente del hombre, y tanto que le retrae de una empresa honrosa, como una vana sombra hace a veces retroceder a una fiera, cuando se introduce en la obscuridad”.

Es asombroso el derroche de sabiduría y de perfección del lenguaje que emplea Dante. Éste tema, de abandonar la empresa que habíamos empezado con tanto ardor, constituye una de las causas de fracaso más frecuentes de toda persona. La manera como Dante nos dice que nuestra alma está “traspasada de espanto”, a tal grado que hace que desistamos de una empresa honrosa, es un tema vital en la vida de cada ser humano.

Lo enormemente interesante de lo escrito por Dante, es que estas perlas de sabiduría nos pueden penetrar hasta lo más profundo de nuestro espíritu, gracias al arte deslumbrante y a la enorme inteligencia con que Dante nos las ofrece.
28 Diciembre 2012 04:00:32
Las creaciones de la mente
¡Cárcel mental o libertad de espíritu; atroces sufrimientos o placeres ficticios; razón sólida o fantasía perniciosa! Esto y mucho más, nos conduce la “pura” imaginación sin fundamento en la realidad.

“La raza humana está controlada por su imaginación”, escribió Napoleón. Y el poeta inglés Milton expresó: “la imaginación puede hacer de nuestro cielo un infierno, y de nuestro infierno, un cielo”.

Es absolutamente cierto lo que dijo el más grande científico del siglo 20, Einstein: “En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”.

Pero con la imaginación, tenemos, un gravísimo problema: que se trata de un afiladísimo cuchillo en sus filos opuestos. El problema, es que la imaginación no se comporta sólo para nuestro provecho, sino en la mayoría de los casos, para nuestra ruina. Este afiladísimo cuchillo de la imaginación quiere cortarnos las arterías de nuestro raciocinio, pues con enorme frecuencia nos presenta lo falso como verdadero y lo verdadero como falso.

La imaginación por sí sola no es prueba de certeza, sino una Torre de Babel en donde se hablan todos los idiomas de nuestra confusión; es un banquete en que muy a menudo nos presenta un variadísimo menú de platos, sin advertirnos cuales son los envenenados.

Si la razón quiere pelear con la imaginación, la razón perderá la batalla y la imaginación inclinará a su favor la voluntad de la muchedumbre. Cuando una persona es muy “imaginativa”, se ha echado en brazos de la imaginación y ha renunciado a la razón y a la verdad.

Cuando la razón gobierna al individuo, la imaginación se convierte en su poderosa aliada; pero cuando la imaginación ha encarcelado al individuo, la razón deja por completo de funcionar, y la persona se mueve solamente en el terreno de la especulación, de la fantasía, y es llevada en sus alas, desbocada por todas las direcciones de los caprichosos vientos.

Cuando la inteligencia es presidiaria de la imaginación, convierte al rico en pobre, y al pobre en rico; al tonto en genio y audaz, y al inteligente en tonto y cobarde; al enfermo en sano, y al saludable en enfermo terminal. Todo esto, por supuesto, en una intensa emoción de realidad virtual. La imaginación cuando se impone sobre la razón, hace que el hombre viva entre fantasmas buenos o fantasmas malos, y precipita a las personas al desfiladero de sus ilusiones o miedos.
26 Diciembre 2012 04:00:34
Vivir en la realidad
Freud, el creador del psicoanálisis, escribió en 1930 una obra maestra titulada, “El Malestar en la Cultura”. En esta obra encontramos una reflexión tan severa como cierta, obligándonos a poner los pies en la tierra; reflexión de Freud que dice:

“El sufrimiento nos amenaza desde tres direcciones: desde nuestro propio cuerpo, que está condenado a pudrirse y disolverse y ni siquiera puede prescindir del dolor y la ansiedad como señales de advertencia; desde el mundo exterior, que pueden encolerizarse en contra nuestra con fuerzas de destrucción abrumadoras e inexorables; y, finalmente, desde nuestras relaciones con otras personas”.

¿Catastrófica o realista, esperanzadora, o pesimista, la reflexión anterior? Quién en verdad quiera tomar en serio la vida y sacar de ella el mayor jugo, tendrá necesariamente que abandonar su mundo de Disneylandia y aferrarse a vivir en la realidad confrontando lo malo y aprovechando lo bueno que las circunstancias nos manden.

La cita de Freud nada tiene de catastrófica ni de pesimista. Se trata de una reflexión apegada a la realidad, por más cruda que ésta nos parezca. Según cálculos de expertos en demografía y estadística, cuando menos ya han muerto más de 50 mil millones de seres humanos a través de la evolución, mientras que solo permanecemos vivos, 6 mil 700 millones de personas.

¿Quien puede dudar que una gripa, una caída, un ligero accidente automovilístico, nos puede causar la muerte? Polvo somos y en polvo nos convertiremos, nos dice la Biblia. Nuestra fragilidad es de un cristal delgadísimo. Y aún, el hombre más fuerte y sano del mundo, difícilmente pasará de los 90 años. ¿Y somos inmunes ante las fuerzas de destrucción abrumadoras e inexorables de la Naturaleza? Las fuerzas de la Naturaleza no piensan ni tienen sentimientos: terremotos, erupciones volcánicas, sequías prolongadas, eras glaciales, gérmenes de todo tipo, maremotos, huracanes, etc.

¿Y las relaciones interpersonales, en un pequeño porcentaje, no son causas de crímenes? ¿Y nuestras deficientes relaciones con personas queridas, no son en cierto porcentaje causa de divorcios, conflictos, ansiedades, depresión?

Todo lo anterior, corresponde a la realidad. Estar conscientes de esta realidad no es vivir en el catastrofismo y en la desesperanza, sino solamente, tomar conciencia de estos hechos para manejarnos con la mayor cautela e inteligencia en nuestro paso fugaz por la tierra. El optimista ciego, que nada quiere saber de las durezas de la vida, inexorablemente se enfrentará, lo quiera o no, a decepciones, enfermedades, muerte de seres queridos, la vejez (si llega a ella), y la muerte, de la que nadie ha podido escapar ni escapará.

Abandonar Disneylandia es, en todos sentidos, lo más aconsejable. No se trata de asumir una posición existencial pesimista, sino realista, abrazarnos a la realidad y sacar fuerzas de nuestra flaqueza. Solamente la verdad nos hará libres, nos dijo Jesucristo. La verdad es la realidad, y quien vive en un realismo puro, podrá tomar las decisiones más inteligentes.

Siempre he pensado que la Naturaleza en toda su crudeza nos ofrece un mundo de enormes riesgos que no podemos controlar, pero también, nos ofrece un mundo lleno de oportunidades.

Si la fortuna es nuestra madrastra, podremos luchar y esperar nuevas circunstancias en que la fortuna nos llegue como madre amorosa. Si la fortuna es envidiosa y destructiva con nosotros, nuestra inteligencia y prudencia podrán sacar de circunstancias adversas los mejores frutos. Como la fortuna es cambiante como las olas del mar, con paciencia y tiento, podremos aprovechar la miel de la fortuna generosa cuando nos toque la puerta.

¡Vivamos nuestra vida con un profundo realismo, severo realismo que podemos aderezar con nuestra creatividad, aguante, y lucha constante por nuestros mejores propósitos y sueños!

¡Por supuesto, que nunca podremos vivir en Disneylandia, pero la mayoría de las personas, podemos obtener ricos frutos a consecuencia de todo lo que se nos oponga, como lo pensaba Goethe!
24 Diciembre 2012 04:00:36
Potencial para la bondad
La naturaleza del ser humano, la maravillosa complejidad de su cerebro, los sacrificios de su solidaridad al dar la vida por otros, el amor maternal que ha logrado que la especie humana haya sobrevivido desde hace cientos de miles de años, sus infinitas bondades que lo hacen semejante a Dios (hecho a su imagen y semejanza, nos dice La Biblia), su inmensa y genial creatividad; todo esto nos convence de que la naturaleza, Dios o ambos, sembraron semillas en el alma de todo ser humano para que fuera capaz de ejercer valiosísimas virtudes.

“La naturaleza no ha creado nada tan alto que con esfuerzo no pueda ser alcanzado por la virtud”, escribió el romano Quinto Curcio Rufo. ¿Qué es la virtud? El genial San Agustín opinó así: “La virtud es el arte de vivir bien y con rectitud”.

El hombre, potencialmente, es capaz de todo: de actuar mucho peor que la bestia más cruel y sanguinaria; pero también, es capaz de actuar como si fuera la encarnación del propio Cristo. El poeta alemán Goethe, decía que no conocía de ningún crimen por más atroz que fuera, que no fuera capaz de cometerlo él mismo.

¿Nuestros genes nos determinan a ser malvados, o bien, nos inclinan sólo a comportarnos con rectitud? ¿O es el medio social el que permite desarrollar la bondad de nuestra naturaleza? ¿O acaso, por más mal dotados que estemos genéticamente para el bien, un medio social adecuado nos lleva a amar la virtud y a despreciar el vicio?

La genética más avanzada ha comprobado científicamente, que unas personas más que otras tienen una mayor inclinación a comportarse viciosamente, o bien, a conducirse con virtud. Pero estos sabios de la genética han hecho un deslumbrante descubrimiento: la conducta malvada, o bien, la conducta virtuosa, están condicionadas genéticamente en cierto grado, pero jamás los genes determinan ambas conductas.

El medio social, las circunstancias, la permanente formación moral, emocional y social de toda persona, nos puede conducir a elegir libremente, o bien, nos puede inclinar a las peores perversiones.

Séneca, el gran pensador de Córdova, España, pero radicado desde niño en Roma hasta su muerte, escribió sobre este tema las siguientes reflexiones en su Epístola a Lucilio:

“Fácil es animar a un oyente al deseo de la rectitud, pues la naturaleza nos ha dado a todos los fundamentos y la semilla de las virtudes: Todos nacimos para todas ellas; así que, cuando el animador se le acerca, entonces aquellas bondades del alma, cual si de un sopor los liberasen, se despiertan. ¿No ves cómo retumban de aplausos los teatros cada vez que se dicen ciertas cosas que públicamente reconocemos y con nuestro consenso atestiguamos que son verdaderas? Por ejemplo: ‘Mucho le falta a la pobreza, todo a la avaricia: para nadie es bueno el avaro; para sí mismo pésimo’. Al oír estos versos, hasta el más sórdido aplaude y se complace de verse afrentado a causa de sus vicios”.

¿Acaso una persona que ya en su juventud o edad adulta tiene la costumbre de comportarse viciosamente, podría cambiar radicalmente de conducta y llegar a comportarse en adelante de manera virtuosa? En estos casos, y haciendo a un lado su herencia genética y el medio social en que se ha desarrollado, podemos decir, que en la gran mayoría de los casos ¡claro que sí, que podría cambiar para bien radicalmente su vida!

¿Quién lo dice? Nos lo ha venido diciendo la propia experiencia. Todos sabemos de personas que en su adolescencia, juventud o adultez tuvieron un comportamiento inmoral, y que poco después, cambiaron sus vidas. Esto sucede, dada ciertas experiencias cumbres: la muerte de un ser que les fue muy querido, el padecimiento de una grave enfermedad, una determinada iluminación religiosa, un sufrimiento intenso y muy prolongado o una psicoterapia eficaz. Por lo general, jamás llegamos a la cordura sin antes habernos comportado muy insensatamente.

Estoy seguro de que aún en nuestros círculos más cercanos, nos hemos percatado de personas que han experimentado estos radicales cambios. Millones de personas han cambiado por un solo hecho: por haber leído las grandes novelas del genial novelista ruso Dostoyevski. Quien lea a este conocedor de todos los pliegues del alma humana, ya no podrá ser la misma persona; su alma se habrá elevado.
21 Diciembre 2012 04:00:31
Dos valores para el buen vivir
¡No sé porque me insistes tanto en que lea a Shakespeare! ¡Como tampoco sé la razón de que constantemente me estés hablando de éste escritor inglés! –le dijo el Aprendiz a su amigo el Sabio.

Te hablo mucho sobre éste autor –le contestó el Sabio-, por la sencilla razón de que se trata del más grande escritor que ha dado la humanidad; y además, porque solamente Shakespeare nos puede enseñar cómo navegar mejor en la vida, más que muchísimos escritores juntos. Y es que Shakespeare, seguramente, es el autor que más ha penetrado en los secretos de la vida humana, y también, por el hecho de que Shakespeare es el entendimiento más profundo, vasto y universal, que jamás haya existido.

¡Estoy impaciente de que me cites algunas reflexiones de éste genio! – afirmó el Aprendiz. Empecemos, le dijo su amigo. En su obra titulada, “Los dos Caballeros de Verona”, Antonio, uno de los personajes, exclama:

“La experiencia se alcanza con el esfuerzo, y se perfecciona con el veloz curso del tiempo”.

Es necesario considerar –afirmó el Sabio-, que la experiencia es el caudal de conocimientos, especialmente de índole práctica, que uno adquiere en la vida diaria o en el ejercicio de alguna ocupación.

Pero el problema radica –continuó hablando el Sabio-, en que no podemos alcanzar la valiosa experiencia por el solo hecho del paso del tiempo. Decía Goethe, que “El trabajo hace al obrero”, y Nietzsche por su parte, nos aconsejaba que a fin de poder dominar un oficio, era necesario poseer “una robusta conciencia de artesano”. Todos conocemos a personas de edad muy avanzada, que gozan de muy poca experiencia en la vida. Y es que la experiencia no es sinónimo de “tiempo”. La experiencia sólo se alcanza en la medida en que realmente queramos adquirirla. Si nuestra mente está cerrada y sólo habita en ella los prejuicios, la intolerancia, las creencias irracionales, resulta claro, que la persona no puede adquirir Experiencia.

Una sola experiencia puede transformar para bien o para mal la vida de una persona. A lo largo de nuestra existencia, nos suceden una gran cantidad de eventos (buenos y malos) que pueden llevarnos a la sabiduría, o bien, conducirnos a estrechar nuestro entendimiento y nuestro criterio.

La misma vida (lo que hacemos, más lo que nos sucede), se puede convertir en nuestra mejor universidad, siempre y cuando pongamos mucha atención en lo que queremos hacer y en lo que nos sucede, a fin de poder saber cuáles son las lecciones que podemos aprender de los golpes de la vida.

Y esto es lo que precisamente nos dice Shakespeare cuando en voz de Antonio, advierte: “La experiencia se alcanza con el esfuerzo, y se perfecciona con el veloz curso del tiempo”.

Shakespeare vincula la idea de “la experiencia…”, con la idea de “el esfuerzo…”. Es decir, que para Shakespeare, no podrá haber experiencia sin esfuerzo. Y el esfuerzo implica un empleo enérgico de nuestra fuerza física; o bien, un empleo enérgico de nuestro entendimiento y voluntad, a fin de obtener alguna cosa. Además, todo esfuerzo implica que hagamos las cosas y aprendamos con ánimo y valor.

¡Estupenda reflexión! –exclamó el Aprendiz.

Dado tu interés en Shakespeare, te voy a compartir otra reflexión –le dijo el Sabio, y precisamente, de la misma obra, “Los dos Caballeros de Verona”. Uno de los personajes, llamado “Proteo”, exclama:

“¿Qué, se ha ido sin una palabra? Sí, así debería obrar el amor verdadero. No puede hablar, pues la verdad más se enaltece con hechos que con palabras”.

Shakespeare en ésta reflexión señala que “las verdad más se enaltece con hechos que con palabras”. En el trato humano, lo más fácil es decir palabras dulces y ofrecer promesas. “El prometer no empobrece”, nos dice éste refrán tan popular. Podemos hablar muy bien de la verdad, pero hay ocasiones, en que la verdad o ciertas situaciones no las pueden salvar solo las palabras, sino nuestras obras, nuestros hechos.

Un refrán muy popular dice: “Obras son amores y no buenas razones”. Ante una determinada situación, podemos justificarnos y escondernos con palabras. Al igual que Shakespeare decía en otra de sus obras: “Palabras, palabras, palabras…”.

Nuestras “buenas razones”, constituyen en muchísimos casos, solamente el parloteo hueco y excusas que demuestran nuestra falta de interés o de amor. “Hechos, no palabras”, decía una máxima de la Roma Antigua. Y la Biblia dice: “Por sus hechos los conocereís”.

Cuando se necesite, dejemos a un lado las promesas que se las lleva el viento; no demos “buenas razones”, que sólo demuestran nuestra pereza y nuestra falta de interés y de amor. En cambio, mostremos nuestras “obras”, actuando y haciendo de nuestros hechos, la Joya de la Corona. Recordémoslo siempre, siempre: “Obras son amores y no buenas razones”.
19 Diciembre 2012 04:00:10
Desasosiego infundado
“Desgraciadamente, la opinión tiene más fuerza que la verdad”, escribió el griego Estobeo de Macedonia. La opinión es el concepto o juicio que nos formamos de una cosa. Es tan poderosa la opinión que tenemos sobre algo, que el dicho popular sentencia: “Casarse uno con su opinión”.

Cuando nuestra opinión sobre algo está muy arraigada, se convierte en una creencia; puede nuestra opinión estar totalmente equivocada por no estar de acuerdo con la realidad, pero a nosotros nos parece la verdad más evidente, por lo que al defenderla sin ningún fundamento en la realidad, pasamos al dogmatismo y a la más terca necedad.

Nuestras opiniones realistas son sanas y funcionales; en cambio, nuestras opiniones falsas son antifuncionales y dañinas, pues se trata de especulaciones y no de la verdad. Grandes psicólogos del siglo 20 han tomado una reflexión del sabio griego Epicteto, como parte fundamental de su técnica terapéutica. Toda la corriente de la Terapia Racional Emotiva y Conductual de Albert Ellis, así como la Terapia Congnitiva (que es la de mayor crecimiento hoy en día en todo occidente) del médico psiquiatra Aaron T. Beck, en gran parte se basan en las profundas observaciones de Epicteto que a continuación transcribimos:

“Los hombres se ven perturbados no por las cosas, sino por las opiniones sobre las cosas. Como la muerte, que no es nada terrible –pues entonces también se lo habría parecido a Sócrates– sino que la opinión sobre la muerte, la de que es algo terrible, eso es lo terrible. Así que cuando suframos impedimentos o nos veamos perturbados o nos entristezcamos, no echemos nunca la culpa a otro, sino a nosotros mismos, es decir, a nuestras opiniones…”.

“Las apariencias engañan”, ya lo había dicho Séneca, y el poeta romano Juvenal, advirtió: “No fiarse de las apariencias”. Lo que importa más, o al menos nos debe importar más, es lo que realmente es en la realidad y no lo que parece ser. Todo el chismorreo está mezclado de medias verdades y de lo que parece ser, por ello cuando alguna persona ya siente cosquillas en la lengua para dar rienda suelta a su chismorreo, por lo general así empieza: “a mí me parece…” y acto seguido, suelta una serie de disparates.

La gran mayoría de los trastornos emocionales provienen de nuestra alocada imaginación que no tiene ningún sustento en la realidad, sino solamente en opiniones irracionales salidas de nuestro miedo, turbación y confusión mental.

Para Epicteto hay una serie de cosas que en sí mismas nada tienen de terrible, horrible y espantoso, sino lo que sí es “terrible” es la opinión que tenemos sobre ellas. Cuando el gobierno de Atenas ordenó a Sócrates injustamente que tomara el veneno de la cicuta para que muriera, él permaneció absolutamente tranquilo, mientras que sus amigos lloraban desconsolados dada su inminente muerte.

Para Sócrates la muerte nada tenía de horrible, pues la consideraba algo natural; pero para el que considera horrible la más mínima indisposición corporal, esa situación lo puede poner a temblar. Para muchas personas, las enfermedades, los cambios de la fortuna, la pérdida de seres queridos, llegan a ser cuestiones muy dolorosas, pero jamás catastróficas ni el fin del mundo.

¿De cuántos millonarios norteamericanos no hemos sabido que se suicidaron por haber perdido en la bolsa de valores grandes cantidades de dólares? ¿Cuántas personas que padecen cáncer se han suicidado cuando pudieron haber vivido un buen número de años con buena calidad de vida? Pero no, su opinión sobre la palabra “cáncer” los devastó.

Seguramente no hay ningún mejor camino a la salud emocional que seguir el consejo de Epicteto: “Cuando nos sintamos tristes, preocupados, acobardados, en vez de seguir dándole rienda suelta a nuestra alocada mente, preguntémonos: lo que me entristece, me preocupa, me espanta, ¿es realmente por los bienes que perdí los que temo perder, o es por mi “opinión disparatada” que tengo sobre esos bienes?”.

En la abrumadora mayoría de los casos, no son las cosas en sí lo que tanto daño nos acusan, sino la opinión exagerada y distorsionada que sobre ellas tenemos. De hecho, la inmensa mayoría de nuestros sufrimientos no tienen base en la realidad. Nuestros apanicamientos se parecen a lo que escribió un famoso novelista: “¡Cuántos sufrimientos he padecido durante toda mi vida, por tantas desgracias… que nunca me sucedieron!”.
17 Diciembre 2012 04:00:08
Compasión para el colérico
En una columna anterior hicimos una somera descripción de algunos rasgos psicológicos de las personas que con frecuencia estallan en ira y cólera. Pero hoy, explicaremos algunas de las causas profundas de todo iracundo, que a la vez que sufre por este problema, causa daños a muchas personas.

Ya sabemos que el colérico cuando no puede contener su ira, insulta, rompe objetos, o agrede físicamente a otros. A veces la ira es una reacción absolutamente normal, y más bien, cuando permanecemos serenos e impávidos ante causas que justificarían nuestra cólera, sería anormal no reaccionar con ira.

La ira es una pasión del alma, que impulsa a cometer actos de violencia contra las personas y las cosas. Esta pasión, toda persona sana la tiene impresa en su código genético. De hecho, la ira justificada y bien canalizada, ha sido una de las pasiones que forman parte de nuestro instinto animal de conservación.

Pero la ira y la cólera que una persona expresa con una anormal frecuencia, y generalmente sin motivos que la justifiquen, es una pasión destructiva que delata al iracundo como a una persona con un serio trastorno de su personalidad. Todo iracundo, al contrario de lo que se cree, es en el fondo un ser débil, asustado, con una impaciencia crónica, y con un nivel de tolerancia bajísimo a todo tipo de frustración. “La ira es como una locura breve”, dijo el poeta Horacio. Y muy atinadamente, Albertano Brescia, descubrió la falsa potencia del colérico: “El hombre airado siempre cree poder hacer más de lo que en realidad puede”.

El colérico crónico, sin saberlo, lo único que hace con sus estallidos de ira es descubrir sus debilidades y miedos. En la superficie de su cólera muestra un caparazón duro como la tortuga, pero dentro de ese caparazón sólo encontramos materia blanda. La aparente fortaleza de su ira surge de un ala quebrada de su carácter. La irritación constante del colérico denota una sensibilidad inflamada, tan anormal como una piel permanentemente irritada que busca alivio con el roce de sus uñas, aunque después la irritación sea mayor.

Es cierto que hay personas que nacen con temperamentos más fuertes, y con tendencias más agudas a ciertas pasiones y sentimientos. Pero en el caso del colérico crónico, sus explosiones anormales de ira no se deben a que “así nació” (como él dice), sino a una deficiente crianza de sus primeros años de vida. Padres que humillan, rebajan y comparan desfavorablemente a sus hijos, están creando a futuro, jóvenes y adultos que llevarán para siempre la vergüenza y humillación de su pésima educación temprana.

Todo colérico esconde en el rincón de su corazón sus humillantes sentimientos de inferioridad, siendo la ira un falso camino del colérico por compensar su sentimiento doloroso de poca valía personal.

Para el colérico, las personas son, por naturaleza, hostiles, como también le parece hostil el mundo que le rodea. Por esta razón, el iracundo desconfía de las personas.

Además, irracionalmente, todo iracundo exige un trato especial; es puntilloso, quisquilloso y tiende a ofenderse con suma facilidad. Con todo colérico debemos pesar y medir las palabras y ser muy delicados en la forma de decírselas, pues tiende a interpretar de una manera hostil el más mínimo descuido de la persona que le habla.

Pero acaso ¿está todo perdido para el colérico? Por supuesto que no. En los casos graves, solamente la ayuda de un competente psiquiatra o psicólogo será el mejor remedio. Y en los casos medianos y ligeros, lo mejor será que el colérico se dé cuenta que su ira proviene de su infancia.

Que tome consciencia de que sus padres no quisieron dañarlo, pero que simplemente no supieron brindarle una educación sentimental normal y adecuada.

El colérico puede poco a poco irse curando, siempre y cuando cuide mucho su conducta iracunda. Darse cuenta de que las personas y el mundo no son lo hostiles que él piensa. Poco a poco, ir elevando su nivel de tolerancia. Darse cuenta, que su ira es pura debilidad, y que una conducta contraria, como la calma, lo convertirá en una persona mucho más fuerte y sana.
14 Diciembre 2012 04:00:29
Vanidad, orgullo y soberbia
El poeta norteamericano Eliot escribió: “Era él como un gallo que creía que el sol había salido para oírlo cantar”. Y el evangelista San Mateo escribió: “Hacen todos sus obras con el deseo de que los demás los vean”.

La vanidad es un orgullo infundado, es la ostentación que hacemos; consiste en los rasgos de una persona que tiene afán excesivo y predominante de ser admirada. A la vanidad se la ha comparado con lo frívolo, lo ligero y lo no fundado en valores morales. La persona vanidosa es la más proclive a ser adulada, de ahí el dicho popular: “Si halagas su vanidad, conseguirás de él lo que quieras”.

La vanidad es una de las características más comunes del ser humano; y de hecho, no respeta edades, posiciones sociales o grados de cultura o riqueza. Nos encontramos con generales y soldados vanidosos, empresarios y obreros, científicos y analfabetas, todos ellos vanidosos. Es tan común esta característica, que ¿cuántos de nosotros nos salvamos de no ser vanidosos? A veces, entre las personas más sencillas y humildes, encontramos grados de vanidad sorprendentes.

“Somos tan presumidos –escribió Pascal en su obra Pensamientos–, que quisiéramos ser conocidos en toda la tierra, y aún por las gentes que vendrán cuando ya no existamos; y somos tan vanos que la estima de cinco o seis personas que nos rodean nos regocijan y nos contentan”. Y en el siguiente Pensamiento escribió: “Curiosidad no es más que vanidad. La mayor parte de las veces no se quiere saber algo, sino para hablar de ello. Sin esto nadie viajaría por mar, si no pudiera contarlo y por el sólo placer de verlo, sin esperanza de comunicarlo jamás”.

El orgullo es diferente a la vanidad. El orgullo es un exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles. Creo que la soberbia jamás es lo mismo que el orgullo, aún cuando muchos piensan que sí lo es. Más bien, el núcleo de la soberbia consiste en un anhelo exagerado de ser preferido a otras personas. En el orgullo se da un exceso de estimación de nuestra persona, pero siempre existen fundamentos para sentirnos orgullosos de nosotros. En cambio, en la soberbia, se da un exceso de estimación de nuestra persona, pero siempre con menosprecio de los demás.

El orgulloso se enfoca en su persona, mientras que el soberbio se centra en sí mismo y al mismo tiempo desprecia a los otros.

El orgulloso suele tener un temperamento mucho más equilibrado, mientras que el soberbio, al despreciar a los demás, finalmente manifiesta su ira y desprecio a los otros. El soberbio siempre se siente grandioso, excelente, incomparable, aún cuando las cualidades que presume sean inexistentes o muy pobres. En el fondo, todo soberbio es un narcisista enfermo y un envidioso, que se siente tan poco, que la forma de distinguirse es manifestando su arrogancia, ira y desprecio a otros.

Por lo general, los hombres y mujeres con grandeza moral o grandeza intelectual, son orgullosos, mientras que los soberbios carecen de orgullo, pues su vileza no les permite estimarse en lo debido. Creo que con la vanidad sucede un fenómeno diferente. Por ejemplo, un poco de vanidad en la mujer, la da un toque divino y la hace encantadora.

En los hombres, la vanidad nunca es una buena prenda. Y la experiencia de la vida nos ha enseñado que en la medida en que una persona esté menos dotada, su vanidad es mayor.

Pero quiero señalar la excepción de que también en ciertas personas, un poco de vanidad puede ser buena prenda en los hombres, o al menos así lo pensó Goethe cuando escribió: “Un hombre vanidoso no puede ser completamente rudo, porque desea agradar y se adapta a los demás”. En cambio, si observamos bien, una persona orgullosa puede a veces ser algo ruda, y el soberbio siempre será rudo y malvado si siente que puede llegar a cometer un mal.

Tratemos de desterrar la vanidad si somos hombres, pues se trata de un rasgo femenino y en nada contribuye a nuestra personalidad. Si somos orgullosos, conservemos nuestro orgullo en los límites sensatos, pues este rasgo nos impulsará a mayores y mejores empresas. Y ante el soberbio, siempre tengamos mucho cuidado, pues recordemos que la soberbia no se alimenta de la buena estimación que tenga de sí una persona, sino que su alimento es el desprecio a los otros.
12 Diciembre 2012 04:00:53
La maldad de la hipocresía
La hipocresía consiste en el fingimiento de cualidades o sentimientos y especialmente, de virtud o devoción. Todo hipócrita está descentrado, pues en vez de preferir la virtud, persiste en el fingimiento a fin de salvar lo que desea aparentar, ya que en la realidad, no es lo que aparenta.

Por lo general, toda persona malvada es incapaz de practicar la virtud, y cuando desea aparentar que es virtuoso, hace uso de la hipocresía, que siempre es un fingimiento y un vicio. Cuando el hipócrita no daña a otro ni tiene intención de dañar, se sigue comportando hipócritamente, solamente para disimular y encubrir sus malos instintos. Y es que toda persona hipócrita crónica, tiene algún grado de maldad. A mayor maldad, mayor hipocresía, aunque hay casos en el que una persona es tan malvada, que ya no finge, sino que cínicamente y de manera abierta se comporta con toda maldad.

En el Evangelio de San Mateo 7.5, está escrito: “Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano”.

Es muy interesante lo que nos dice La Biblia en el Antiguo Testamento, pues concibe de una manera diferente a la hipocresía. Dice Proverbios 26.23: “Plata con escorias esmaltada sobre arcilla, son los labios dulces con corazón malo”. 24: “El que odia, disimula con sus labios, pero en su interior hay perfidias”. 25: “Si da a su voz un tono amable, no te fíes, porque hay siete abominaciones en su corazón”. 26: “Encubrirá su odio con engaño, pero en la asamblea se descubrirá su malicia”.

Es una constante en la conducta de casi todos los seres humanos, el fingir, ocultar lo real y aparentar lo que queremos que se mantenga oculto, pero sin pretender hacer daño. En este caso podríamos hablar de una hipocresía sin real maldad.

En cambio, en el verdadero hipócrita es distinto: en ese caso, hay una intención de engañar, de mentir aparentando. Pero estos casos son una minoría, pues la gran mayoría de las personas son íntegras y les cuesta mentir. En esta gran mayoría, lo que sí se da, es un fenómeno distinto a la hipocresía: la insinceridad, que no es propiamente una mentira, sino simplemente, consiste en no decir la verdad de una manera innecesaria e imprudente. De hecho, todos somos insinceros, pero si no lo fuéramos, las relaciones humanas cordiales serían algo imposible.

Las buenas relaciones humanas exigen que sepamos manejar la verdad como si se tratara de verdadera dinamita.

Muchas veces, decir la verdad de manera innecesaria es algo absolutamente imprudente y grosero. Bernard Le Bouvier, expresó: “Si tuviere mi mano cerrada llena de verdades, me guardaría bien de abrirla”

Antes que andar diciéndole sus verdades a todo mundo, con lo que podemos ofender a muchas personas, muchísimo mejor sería tratar de cumplir con la sabia máxima de Shakespeare: “Antes que nada, sé verdadero contigo mismo”.

Lo que San Mateo nos quiere decir al referirse a la hipocresía, no es tanto el daño que causamos con nuestra conducta hipócrita, sino el daño que nosotros mismos nos hacemos al ser muy aguda nuestra vista para percibir la delgada paja en el ojo ajeno, y no ser capaces de ver la viga en nuestro ojo. Tenemos vista de lince para los demás, y vista de topo para nosotros. Es decir, que los humanos tenemos una poderosa tendencia a ver los errores y defectos en los demás, pero tenemos una escaza capacidad para ver nuestros propios defectos.

En cambio, en Proverbios de La Biblia, que pertenece al Antiguo Testamento, la hipocresía está conectada con la maldad. Por ello, nos previene en contra de los labios dulces, es decir, de aquellas palabras tiernas que llevan la intención de dañarnos. En este sentido, La Biblia vincula la hipocresía a la adulación. No toda adulación lleva el propósito de dañarnos, sino que en la gran mayoría de las veces, el adulador simplemente quiere quedar bien o lograr algún beneficio.

Quisiera advertir que la hipocresía, en principio, es la derivación de un carácter débil, aunque hay casos en que el malvado tiene que emplear la hipocresía a fin de cometer su ruindad. Pienso que la insinceridad es un rasgo muy común entre nosotros, pero casi siempre lo es sin intención de dañar, pues nos resulta muy difícil manejar la verdad, cuando ésta es cruda.

Quiero resumir en tres reflexiones: primero, ser muy cautos ante la hipocresía del malvado, pues la dulzura de sus labios lleva un propósito envenenado; segundo, que debemos manejar la verdad como si se tratara de explosivos; y tercero, que debemos entronizar la verdad, pero para nosotros mismos, a fin de mejorar nuestra vida y poder percibir la gran viga de madera en nuestro propio ojo.
10 Diciembre 2012 04:00:54
La ceguera del necio
“No hay peor sordo que el que no quiere oír”, decimos comúnmente, y la Biblia en los Salmos dejó escrito: “Tienen oídos y no oirán; tienen narices y no olerán”. Estas frases se aplican a toda persona que por lo general es necia. Toda conducta necia daña a los necios, pero también daña al círculo más próximo del necio, y en ocasiones, la necedad de un hombre de gran influencia, como el que ostenta la máxima autoridad de un país, afecta a millones de personas.

Algunos de nosotros somos por deformación psicológica, necios, aunque jamás lo admitamos, pues necios sólo son los demás. La necedad es prima de la intolerancia, pues a toda persona que no piense como nosotros, la acusamos de necia, porque no podríamos acusarla de intolerante. En este caso, el intolerante padece de una constante necedad. Dice Cicerón que “es propio de los necios ver los defectos ajenos y olvidarse de los suyos”, y a tal grado es así, que en el caso de los errores, toda persona cuando comete un error, procura no volver a incurrir en él, mientras que el necio, conscientemente, lo vuelve a cometer.

Para Cicerón, la necedad es la madre de todos los males. ¿Cuál es el porcentaje de los necios? En realidad no lo sabemos, pero su número ha de ser considerable si nos atenemos a lo que la Biblia dice en el Eclesiastés: “Infinito el número de los necios”. A excepción de los débiles mentales que padezcan una debilidad orgánica o que haya sufrido lesiones cerebrales severas, la necedad de las personas nada tiene que ver con el grado de inteligencia, sino que es el resultado de una deficiente educación emocional. Generalmente la necedad se da en aquellas personas que sufrieron una educación severa e inflexible en su infancia por parte de sus padres. Padres intolerantes y rígidos, causan trastornos emocionales en sus hijos al estrecharles el campo de sus libres elecciones. Cuando un niño no encuentra un buen abanico de opciones dadas por sus padres, sino solamente caminos únicos, rígidos e inflexibles, el niño ya de joven y de adulto tenderá a comportarse rígidamente, al igual que la madre o el padre dominante.

Por lo general, toda persona necia fue castigada severamente, ya fuera de palabra o de manera física por sus padres.

Toda persona rígida muestra comportamientos nada creativos, pues no cuenta con opciones, ya que fue educado de manera estrecha. La persona necia le tiene un gran miedo y respeto a todo lo que signifique una figura de autoridad, pues estas figuras no son más que meras prolongaciones de la enorme figura de autoridad que fue su padre, madre o ambos.

El necio le tiene un miedo difuso a la vida, pues no ha sido capaz de elaborar para sí una auténtica y genuina ciencia de la vida, de su particular vida y de la manera como interactúa en la vida de los demás. El necio padece de una pobre capacidad para detectar y comprender la realidad, pues su realidad interna tan estrecha siempre, la quiere sobreponer a la realidad real. El necio es amante de las reglas inflexibles, de lo igual, de lo repetido y de los esquemas cerrados.

¿Ante tantos sufrimientos y males que padecen y causan los necios, existe alguna esperanza real a fin de que el necio deje de serlo y llegue a ser una persona sensata y flexible? Pienso que definitivamente todo necio puede curarse casi por completo, y algunos, completamente. El primer factor para la curación de la necedad, es el más difícil: tomar plena conciencia de que se es necio, al igual que la única manera para que un alcohólico permanezca sobrio, es reconocer precisamente que se es un alcohólico. Si no se da cuenta de esto, si no lo admite, y si no está dispuesto a abandonar su necedad, jamás podrá curarse.

El necio no sabe con certeza quién es y qué es, como tampoco sabe quién es y cómo es su prójimo. Una vez que el necio ha tomado conciencia de su permanente necedad, que lo ha aceptado, y que desea curarse, ha conquistado lo más importante. Posteriormente, deberá estar muy vigilante en su conducta con los demás. No será necesario que pase años investigando su desafortunada niñez, sino que tendrá que abocarse a vigilar día a día su conducta, a fin de caer en la cuenta de las distintas maneras cómo se comporta neciamente. Ésta será una tarea similar al alcohólico que reconoce que lo es y que se propone no tomar en las próximas 24 horas. Igualmente, el necio deberá proponerse esforzarse al máximo en las próximas 24 horas, de ser tolerante, flexible y renunciar a su loca idea de querer tener siempre la razón.

A medida que el necio se conduzca de manera diferente cada día, empezará a formarse por vez primera, una personal ciencia de la vida. Sólo a partir de conductas contrarias a su necedad, podrá dejar de serlo y además, los frutos muy pronto los empezará a cosechar. ¿En cuánto tiempo empezará a cosecharlos? Los empezará a recolectar desde el primer día, y sorprendentemente, muy pronto verá su vida enormemente fructífera en todos los sentidos de su existencia.

La necedad de una persona implica una sordera para escuchar el punto de vista del prójimo. El necio no se ha dado cuenta de que es absolutamente imposible que siempre pueda tener la razón.

Carlos Delessert escribió en su obra, “El hombre ante el misterio”, que “Nunca hubo necio alguno que se reconociera serlo”. En la mayoría de los casos, la afirmación de éste escritor es cierta. Pero por supuesto, que el necio puede curarse por completo, siempre y cuando advierta que su necedad mucho tiene de miedo y de minusvalía personal.

¡Quien renuncia a su necedad, se abre a una vida nueva!
07 Diciembre 2012 04:00:08
La verdadera valía
¡Te quiero contar algo, le dijo el Aprendiz al Sabio! He decidido que durante toda mi vida Séneca será uno de mis guías espirituales. ¡Muy bien – le contestó el Sabio!, y es que uno de los tesoros más valiosos que podamos poseer consiste en incorporar a nuestra existencia a ciertas personas que nos ayuden a elevar nuestras vidas.

Séneca es uno de ellos. Su grandeza y nobleza de espíritu lo convierten en uno de los maestros ante el que debemos inclinar nuestra cabeza en señal de respeto. Siempre que leamos algo de Séneca, saldremos fortalecidos y elevados moralmente. Y a propósito de este autor, en su Epístola 76, escribió:

“Tratándose del hombre, no es pertinente saber cuántas fincas posee, con cuánto caudal negocia, cuántos le saludan, en que precioso lecho se acuesta o lo espléndida que es la copa en que bebe, sino sólo: cuán bueno sea”.

Hay que recordar que Séneca fue el preceptor del emperador Nerón, quien lo llenó de riquezas materiales: fincas, dinero, joyas. Séneca sabía que el asistente personal de Nerón lo odiaba y qué algún día convencería al Emperador de que mandara asesinarlo.

Un día, Séneca se presentó con Nerón y le rogó que aceptara la devolución de todas las riquezas que le había regalado, pues en verdad, se sentía mejor sin riqueza alguna. Nerón se molestó con Séneca y no aceptó la devolución. Le dijo el emperador que no podía aceptar que le regresara lo regalado, pues la gente pensaría mal de él. Pasado un tiempo, Nerón mandó a varios soldados de su guardia imperial a notificarle a Séneca que por órdenes del emperador debería de inmediato quitarse la vida.

En presencia de su esposa y amigos. Séneca se abrió las venas de sus brazos y piernas, muriendo sin exclamar el menor lamento, sino que por el contrario, consolaba a su esposa y amigos.

En su Epístola, le dice a su amigo Lucilio, que no es pertinente saber cuántas fincas posee un hombre, ni a cuánto asciende el caudal de su fortuna. Lo único que debemos saber de un hombre, y así se lo aconseja a Lucilio en su Epístola 76, es que se entere de qué tan buena es esa persona.

¡Admirable –dijo el Aprendiz: me queda claro que para mi nuevo guía espiritual, Séneca, lo único importante que deberé saber de una persona es lo bueno que es! ¡Exacto– le contestó el Sabio! Y es que la bondad está vinculada con el buen corazón y los buenos sentimientos.

En su Epístola 47, Séneca le da éste consejo a su amigo Lucilio -, advertencia que debes tomar muy en cuenta, le dijo el Sabio a su Amigo. Séneca escribió lo siguiente:

“Así como es tonto quien, habiendo de comprar un caballo, no examina el caballo mismo, sino sus arreos, así también es el mayor de los necios quien estima al hombre por su ropa o por su condición social, que a modo de ropa le rodea”.

Quiero desearte –siguió hablando el Sabio-, que hace cientos de años los reyes de Europa, cuando querían comprar un caballo, se lo tenían que enseñar con los ojos tapados, pues con frecuencia la tierna mirada del caballo inclinaba al comprador a adquirir el caballo sin haberlo examinado físicamente.

De la misma manera – continuó el Sabio, sería un error comprar un caballo por sus “arreos”, es decir, por sus atavíos y adornos. El conocedor de caballos manda que le retiren su montura y adornos, pues lo podrá comprar si pasa el examen al mirar su cabeza, dientes, lomo, patas.

¡Ya entendí –exclamó el Aprendiz! Igualmente nosotros no debemos prestar atención al vestuario elegante de una persona, como tampoco a su condición social. Pues podría tratarse de una persona que goce de un apellido prestigiado, pero eso no excluye que pudiera tratarse de una persona malvada y perversa. Recordemos, que el prestigio es individual, y no se hereda.

¡Muy bien –le contestó el Sabio! A un ser humano jamás debemos valorarlo por su condición social, o por sus adornos, como pudiera ser su reloj, anillos, etc. Por ejemplo, si necesitamos a un médico cirujano, no le pediremos que nos intervenga quirúrgicamente en atención a su prestigio familiar, sino a su capacidad comprobada como un cirujano competente y que sólo “opera” cuando sea imprescindible. ¡Excelente, amigo! aprobó el Aprendiz.

Es lo mismo cuando se trata de amigos o personas a las que tenemos que confiarnos: el valor de un hombre estará en relación con su integridad moral y a sus cualidades personales que lo hacen un ser humano confiable.
05 Diciembre 2012 04:00:54
Creer en nuestro corazón
Nuestra alma, cuando es buena y actúa, enciende nuestra inteligencia y la llena de luz. Un alma así propicia enormemente que situaciones y circunstancias se acomoden a nuestras fuerzas y deseos.

Nuestros actos nacidos de nuestro espíritu noble modifican situaciones negativas y las acomodan a nuestro favor. ¡De pronto, ayudas, ideas y personas acuden en nuestro auxilio y todo se vuelve propicio para nuestros fines!

Esto les ha sucedido a científicos, literatos, hombres de negocios, quienes en la lucha contra las dificultades, la nobleza y firmeza de sus propósitos los llevaron a la victoria, y muchas ayudas no esperadas acudieron en su auxilio.

Sólo hay que tomar en cuenta que las buenas circunstancias se cierran ante los hombres que dudan de sí mismos. Y en cambio, se abren para quienes creen que lo que es cierto para ellos en su corazón lo es también para todo el mundo. Y esto es el “Genio”: la paciencia y la perseverancia que trabajan a favor de quienes creen ciegamente en sus sueños. Ejemplos los tenemos por millares en la misma ciudad donde vivimos. ¡No importa que a los ojos de otros, la actividad que emprendamos sea modesta! Lo que importa es el fuego que ponga al rojo vivo ese negocio, trabajo o actividad que a otros les parece modesto. Un negocio sencillo goza de la misma naturaleza, propia de los actos de grandeza, y es que lo sencillo es grande cuando es surgido del esfuerzo.

Aquel que sueña en emprender un negocio sencillo es hermano del que piensa en uno grande: y es que los dos gozan de la grandeza de la firme creencia. Triunfa el que cree en su corazón, y no como otros, que abrigando nobles propósitos los abandonan porque son suyos. Y es que se preguntan: ¿cómo podría ser factible de realizar este proyecto, siendo yo el que lo concibió? Su duda en su propia valía arranca la raíz de todo triunfo. La victoria es enemiga de la duda, de la vacilación y de la falta de confianza en las propias realizaciones.

Lo más íntimo de nosotros es lo más externo. La nobleza de corazón se trasluce en la mirada. La envidia que el envidioso guarda como secreto, lo descubre el verde de su cara. La intención del malvado se la puede leer en sus labios. Y el sueño del que cree en sí mismo no puede contenerlo: se le nota en lo radiante de su cara.

Una persona que empieza a forjar buenos propósitos, de inmediato debe guardar esos rayos de luz que invaden su mente y forjan su fantasía. Jamás deberá dejar que se escapen esos rayos que revelan su potencial. Deberá darles el valor que un niño le da a la confianza depositada en su madre. Cuando dejamos escapar esos rayos divinos de luz, estamos traicionando la confianza en nosotros mismos. ¿A lo largo de nuestra vida cuántas ideas hemos pensado por nosotros mismos pero las desechamos porque eran nuestras? Y al paso del tiempo esas mismas ideas las hemos leído en hombres que las pusieron en práctica, porque ellos sí creyeron en ellas. ¡Bajamos los ojos de vergüenza, y nos arrepentimos por haberlas desechado!

La persona que realmente desea ardientemente mejorar su vida, se dará cuenta que la envidia no lo adelantará un solo paso y que en cambio sí lo hundirá en un mayor odio a sí mismo. Se percatará que para ser feliz no necesita medir su felicidad en relación con otros, sino que su dicha la valorará como una gema preciosa que solamente es para él.

Sabrá que no necesita un territorio geográfico grande, mercados exclusivos o logros únicos que lo hagan sentirse superior sobre los demás. Se dará cuenta que es suficiente con aquello que la naturaleza lo dotó. No importa en lo absoluto que sea un genio para las ventas, los negocios, el arte o las ciencias. Lo que importa es que vea con claridad los “dones” que la naturaleza le regaló. Y una vez vistos con claridad sus “dones”, deberá tomar conciencia de que ni un solo grano de trigo, ni un solo gramo de oro será suyo de las cientos de miles de toneladas de oro ya acumuladas por el hombre, sino que sólo será suyo lo que obtenga con base en su esfuerzo.

Los pequeños triunfos propician la felicidad al igual que los grandes. Porque el valor no está en lo pequeño o grande, sino en la fuerza del corazón que cada persona pone para obtener lo que desea. Nuestro alivio y alegría no depende de espectaculares victorias; depende de tener una conciencia clara de que hemos hecho lo mejor que está de nuestra parte.

En cambio, cuando obtenemos grandes ganancias o triunfos sin mérito ni esfuerzo, no sólo no se alivia de pesadumbre nuestro corazón, sino que aumentan nuestras inquietudes y frustraciones, porque sabemos en el fondo insobornable de nuestra conciencia, que no hemos puesto lo mejor de nosotros mismos. A nuestro corazón jamás lo podrá sobornar el dinero no ganado con esfuerzo ni los triunfos chapuceros. Sólo lo alivia y alegra lo que hemos hecho con nuestro mayor esfuerzo.
03 Diciembre 2012 04:00:14
¡No nos dejemos devorar!
¡Soy la Inquietud, y como loba hambrienta devoro tu paz y tranquilidad! Una vez que te atrape entre mis garras, te clavo mis colmillos y te hago sufrir lo indecible.

Cuando mi Inquietud ya contaminó tu sangre, te sentirás preocupado y desasosegado. De nada te servirá tu razón. Como murciélago te chupo la luz de tus ojos y te condeno a vivir en la obscuridad. ¡Pero tú fuiste el culpable: me diste la entrada a tú corazón y tú propia imaginación parece que se complacía en inventarte laberintos del infierno!

Cuentas con la vista que acerca las estrellas y bellezas a tus ojos; tu oído te permite escuchar la música más sublime y las voces de tus seres más queridos; tu tacto te hace sentir la cálida piel de tus hijos y la frescura del agua; tu gusto prueba el néctar de la piel de tu amada y el teclado inmenso de sabores exquisitos; tu olfato se hincha de gozo con los olores de la hierba húmeda y de los sabores que deleitan tu gusto.

Pero todo esto de nada te sirve. Lo ignoras y sólo te concentras en rumiar tus preocupaciones, cuando la vida te ha dotado de cinco universos, más valiosos que todo el oro del mundo. ¡Estás inquieto! Esto significa que estas perturbado, y tu intranquilidad no te permite obrar en el presente, actuar en este momento que es distinto a todos los anteriores momentos de tu vida.

¡No te has dado cuenta que toda tu vida está presente en este momento irrepetible. Tu inquietud te transporta a un porvenir incierto e inexistente! ¡Sí, estoy muy inquieto, y no sé qué hacer! ¡Loba y murciélago malditos, regrésenme la paz y la luz!

Como Inquietud que soy, no tienes razón de culpar a la loba que devoró tu paz ni al murciélago que chupó la luz de tus ojos y te dejó en la más negra obscuridad. Una vez que me dejaste entrar, igual hubiera devorado tu paz una hiena, y en vez del murciélago, tú mismo, hubieras picado tus ojos y quedado sin luz.

¡Y si no, dime por qué no sabes si “vas” o “vienes”! caminas como tullido en el camino más plano y firme. Todo lo interpretas según tus caprichos, y así, terminas hartando a todos. Lloras por lo que perdiste, pero nunca estás decidido a emprender una nueva vida. Parece que estás moribundo, pero en realidad estás sano. No vives resignado ni desesperado, sino que todo en ti son emociones contrapuestas y en torbellino.

Quieres caminar para recorrer un largo trecho, pero no estás dispuesto a dar el primer paso. Tu Inquietud te mantiene en una duda perpetua. Y lo peor de todo, es que no encuentras ninguna salida a tus pesadumbres, estando rodeado de senderos y caminos reales, pero no los ves.

¡Si sólo supieras que con una firmísima resolución terminarías con todos tus males! En los laberintos de tu obscuridad nada podrás encontrar. De tus lacerantes dudas jamás podrá surgir una osada y valiente decisión. ¡Puedes abrir la panza de la loba y salir al mundo activo! ¡Puedes coger en tus manos al murciélago ladrón y quitarle la luz que quitó de tus ojos y ponerla como dos luceros, y así poder mirar las maravillas del mundo! Pero para esto se necesita osadía, voluntad firme y un corazón valiente. ¿Qué tu razón, que ha alcanzado alturas altísimas de buen juicio y sensatez, no puede ahogar las funestas fantasías de terror que yo como Inquietud te he forjado?

¿Qué acaso tu buen criterio y tu juicio sensato no pueden destruir a tus malditos pensamientos de terror injustificados? ¿Puede más mi Inquietud qué tus acertados pensamientos?

Yo sé, Inquietud, que eres tan poderosa que has conducido a la tumba a muchos millones de seres humanos. Por ello, te maldigo.

¡No me maldigas! ¡Deja de arrastrarte como un gusano encogido y medroso, y toma conciencia de tu dignidad de hombre!

Si fueras sensato y valiente me confrontarías; te atreverías a comprobar si son ciertas tus huecas especulaciones. Mi gran poder como Inquietud reside en tu cobardía. Le crees a tus suposiciones, especulaciones, exageraciones, y a tus metáforas sin sentido. Mi poder radica en que has abdicado al reinado de tu razón y de la realidad. Prefieres vivir en las tinieblas de las dudas, en tus miedos infantiles que te hacen temblar al igual que una fiera tiembla en la selva, ante formas amenazantes que son simples cambios de claroscuros.

La Inquietud puede destruir la vida de cada uno de nosotros. Más bien, nosotros podemos destruir nuestras vidas al darle a la Inquietud un poder que le otorga nuestros juicios incorrectos y nuestras suposiciones horrendas, sin sentido alguno.
30 Noviembre 2012 04:00:11
Riqueza no es felicidad
Evitar a toda costa el sufrimiento emocional y físico, debe ser la meta fundamental de todo ser humano. Ésta es la tesis del filósofo alemán Schopenhauer. ¿Es válida su afirmación? Ya lo veremos.

¿Es cierto que los consumidores medios de los países más ricos del mundo, son más felices entre más consumen artículos y servicios de todo tipo? Las mediciones estadísticas por prestigiadas universidades, antropólogos, sociólogos y psicólogos, indican lo contrario. A Guatemala, un país pobre, lo sitúan en el lugar número 10 entre los países más felices del planeta. Mientras que Japón, Suecia, Alemania, los expertos afirman que sus poblaciones son sólo medianamente felices.

¿Por qué razón, a mayor riqueza y mayor consumo, no se da una proporción igual o semejante en el índice de felicidad? ¿Cuál es la explicación psicológica de que el consumidor se harta de lo que consume, y que ansiosamente busca “nuevos” productos o servicios, los que más tarde le hartan también?

Parece ser, que los seres humanos obtenemos mayor satisfacción en la medida en que buscamos la variación y lo diferente. Pero aquí aparece otro problema: después de un tiempo, el consumo variado no nos mantiene en esos mayores niveles de satisfacción, sino que nos vuelve a hundir en el hastío, lo que nos induce a nuevos consumos muy diferentes.

Todos sabemos que el mejor condimento de cualquier platillo gastronómico es el tener hambre. No hay mejor cocinero que un buen apetito. Nadie disfruta tanto un vaso de agua fría que el sediento. La mejor cama para dormir es sentir mucho sueño, etc.

Freud nos decía, que los dos motores que mueven con más fuerza al ser humano son el placer y el dolor. La afirmación es cierta. Sólo, que la sociedad del hiperconsumo en que estamos viviendo creó un nuevo motor para el ser humano: el “confort”. La lucha por el confort en la sociedad de consumo gana día a día nuevos adeptos y futuros adictos. Y es que el confort, es decir, la comodidad, se ha convertido en un impresionante atractivo.

La comodidad para descansar, ahorrar esfuerzos físicos, evitar el frío o el calor, es altamente deseado. El confort, es uno de los nuevos dioses de la sociedad del hiperconsumo: automóviles que elevan los vidrios de manera automática para evitar el esfuerzo de nuestras manos; comida ya preparada llena de sal y de conservadores y que sólo necesita calentarse en un microondas, aparatos domésticos por cientos, para facilitar las tareas en la cocina, limpieza, descanso, etc. Controles remotos para todo: para la televisión, alumbrar algunas partes de la casa y hasta para preparar café.

El problema es que de pronto se nos aparece Freud, y de manera inconsciente, el “placer” como principio fundamental en nuestra vida, irrumpe y ordena: “ya me cansé del confort. La comodidad va en contra de mi instinto superior”. El placer hace a un lado la comodidad, pues es más fuerte. ¿Y todo el inmenso gasto económico en busca del confort, dónde queda? Queda en millones de adictos que lo conservan, viviendo a la vez hastiados de ese confort. ¡Nada se puede hacer: el confort y el placer son enemigos absolutamente irreconciliables!

Aquí, la sociedad del hiperconsumo no da al hombre una solución lógica y verdadera. Y no se la da, porque la historia de la evolución humana, y para ser más concretos, en los últimos cincuenta mil años, el confort no formó parte de la vida de los seres humanos. La especie humana es una de las 193 especies de primates y monos que actualmente viven. No es que unas especies hayan venido de otras, pero sí, todas estas 193 especies venimos de un tronco común que existió hace 6 millones de años. A lo largo de todos estos millones de años, la totalidad de las especies y primates jamás conocieron el confort.

El confort es algo enteramente nuevo, surgido a partir del año de 1850. Los humanos en los últimos cinco mil años lo único que conocieron fue el placer y el dolor, pero no el confort. De pronto, la sociedad consumista surgida en el siglo 20, y acrecentada en los últimos sesenta años, toma desprevenido al hombre: lo convence de que el confort y el consumo lo va a convertir en un ser feliz.

Los estoicos de hace 2 mil años en Grecia y Roma, y Schopenhauer fueron más certeros: no nos invitaban a lograr el mayor número de placeres, sino a evitar el mayor número de sufrimientos. Para ellos, era más feliz el que sufría menos.

Hoy en día las personas vamos tras el confort, comprando todo tipo de artículos y servicios que nos alejen de todo esfuerzo. En los países ricos se da una corriente de puritanismo: hay que trabajar duro, ahorrar y ganar mucho dinero. Ésta meta está muy por encima del gozo de la vida. Además, se nos ha dicho desde niños, que los placeres son inmorales, sin distinguir su gran variedad.

Atrapados entre el miedo a obtener placeres y la meta de alcanzar el mayor confort, nos estamos perdiendo lo mejor de la vida. Y una pregunta fundamental sería ésta: ¿podemos vivir una vida dentro de la moral, disfrutando de placeres? La respuesta es un claro sí. Para ello, tendríamos que reducir en mucho nuestro confort que es ajeno a la evolución humana. Comer, beber, descansar, no hartos ni saciados, sino con hambre, sed y cansancio. Buscar más el esfuerzo personal. Entrar al mundo de los placeres que nos dan la creatividad, las artes, los trabajos manuales, la ayuda a otros. Pero éste tema tendrá que ser analizado en otra columna.
28 Noviembre 2012 04:00:14
Cervantes
¡Ya es tiempo amigo –le dijo el Sabio al Aprendiz– que empieces a comentar algunas reflexiones del más grande escritor que ha dado la lengua española. Me refiero a Cervantes, príncipe de nuestra literatura!

Cervantes –continuó hablando el Sabio–, en su “Quijote”, deslumbrante joya de la literatura universal, escribió:

“Es cosa cierta que cuando traen las desgracias la corriente de las estrellas, como vienen de lo alto bajo, despeñándose con furor y con violencia, no hay fuerza en la tierra que las detenga, ni industria humana que prevenirlas pueda”.

¡Explícame la cita de Cervantes! –le dijo el Aprendiz a su amigo.

Mira: Cervantes se refiere a desgracias de todo tipo. Por ejemplo, a las grandes desgracias naturales como las tormentas, que con sus abundantes caudales de agua todo lo arrasan, a los huracanes que a su paso devastan todo, etc. Pero también, Cervantes se refiere a las desgracias que nos suceden en lo personal, como son los graves accidentes imprevistos, las enfermedades que no se pueden prevenir, la pérdida de seres queridos, la pérdida de la hacienda personal, etc.

La belleza incomparable del lenguaje de Cervantes, nos da la metáfora de que estas desgracias arrastran una corriente muy fuerte, pues vienen desde lo alto de las estrellas, precipitándose hacia abajo, la tierra.

Cervantes se está refiriendo a esas calamidades que nos suceden y contra las cuales nada podemos hacer. Se trata de la mala suerte, la fortuna que nos pega por capricho. Los griegos de la antigüedad decían: “Las circunstancias son más poderosas que todos los poderes de los dioses”.

Y es que cuando una circunstancia adversa ya nos golpeó, ni el poder Divino lo puede evitar. Los romanos decían: “Lo hecho, hecho está”. Y los españoles desde hace cientos de años acuñaron ésta máxima: “Palo dado ni Dios lo quita”.

En el mismo “Quijote”, un poco más adelante, Cervantes escribió:

“Un mal llama a otro, y el fin de una desgracia suele ser el principio de otra mayor”.

¡Qué sabio es Cervantes! –exclamó el Aprendiz–. Y es que nuestro príncipe de la literatura nos advierte que de alguna manera hay que impedir que a una desgracia le suceda otra. Por cierto, me acuerdo del refrán popular: “A las desgracias les gusta la compañía”.

El Sabio por su parte le replicó a su amigo: no se trata de un “destino” ya escrito, como lo pregonan ciertas religiones. Simplemente, una serie de factores se combinan de tal modo, que esa mezcla produce un enorme golpe para algunos. Si por ejemplo, en el reciente temblor de Haití, el epicentro hubiera estado a 100 kilómetros de distancia de la capital de esa nación, no hubieran muerto ni uno solo de las 215 mil personas fallecidas.

¡Por supuesto, que no estaba “destinado” Haití a sufrir esta desgracia! Ningún espíritu maligno ni divino ordenó esta tragedia.

En lo personal –continuó hablando el Sabio–, en algunas enfermedades graves podemos dificultar su aparición, pero no más. Hay accidentes que es absolutamente imposible que los podamos evitar, y debes estar seguro que no se aplica el refrán popular absolutamente falso, que dice: “Al que le toca le toca”.

No hay nada escrito que bendiga o maldiga un “destino cierto”. No obstante ello –comenta el Sabio–, los más grandes pensadores de la humanidad están de acuerdo con que nuestra “paciencia” para sufrir los males, nos resulta de mucho provecho.

¡O también, como escribió Shakespeare! –le comentó el Aprendiz a su amigo–, una vez que nos ha llegado una desgracia, no debemos estar llorando sobre ella, sino de inmediato, ponernos a reparar nuestros males en todo lo que sea posible!

¡Excelente tu referencia a Shakespeare! –le contestó el Sabio–. Este consejo de Shakespeare que me has recordado, me parece uno de los más útiles para la vida de cada uno de nosotros. Porque la experiencia nos ha demostrado, que algunas naciones que fueron destruidas en guerras, se levantaron de sus propias cenizas y llegaron a convertirse en naciones prosperas en todos los sentidos.

También –intervino el Aprendiz–, personas que tuvieron graves accidentes, llegaron a recuperarse y se convirtieron en grandes atletas; o personas que la tragedia económica los dejó en la pobreza, para después, convertirse en verdaderos potentados. ¡Excelente tu comentario!, le dijo el Sabio.

Podemos aprender mucho de éstos diálogos entre el Sabio y el Aprendiz, y sólo quiero hacer una pequeña aportación para los casos en que personas han sido golpeadas por grandes tragedias. Se trata de la máxima que nos aconsejó Quevedo: “Que la diligencia y la paciencia todo lo vencen”.


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26 Noviembre 2012 04:00:33
Encuentros con Shakespeare
Señor William Shakespeare: quiero presentarme ante usted, -habló el caballero-, me inclino ante usted no sólo por ser la mejor cabeza que ha dado el mundo, a juicio de los mejores pensadores, sino también, por su inconcebible sabiduría y la enorme nobleza de su corazón.

Con todo respeto, señor Shakespeare, le agradezco infinitamente que haya aceptado que con alguna frecuencia podamos platicar. No pude resistirme a pedírselo, pero es que solo usted en todo el mundo, es de los pocos que puede aconsejarnos y transmitirnos la más profunda sabiduría para vivir.

A lo largo de toda su extensa obra escrita, señor Shakespeare, sus personajes insisten en la inmensa diferencia entre nuestros propósitos y la realización de ellos. Me acuerdo, que en su obra, “El Mercader de Venecia”, su personaje Porcia, exclama: “Si hacer fuera tan fácil como saber lo que hay que hacer, las ermitas serían iglesias, y las cabañas de los pobres palacios de príncipes. Es buen teólogo quien sigue las propias consignas. Me es más fácil enseñar a 20 lo que sería apropiado hacer que ser uno de los 20 y seguir mis propias enseñanzas”.

Siendo absolutamente cierta su anterior reflexión, señor Shakespeare, ¿significa que estamos destinados a no realizar nuestros propósitos?

¡Mira querido amigo!: si lees cuidadosamente “La Ilíada” de Homero, la Biblia, la literatura oriental, observarás que todas estas obras al igual que la sabiduría popular, llegan a la misma conclusión. Por ejemplo: ¿a quién le son extrañas éstas máximas?: “Entre el dicho y el hecho hay un largo trecho”, o bien, “El infierno está empedrado de buenas intenciones”, o el refrán que dice: “El prometer no empobrece”.

Lo que quiere destacar Porcia en su parlamento, es que comúnmente pensamos en lo “difícil que es cómo saber lo que hay que hacer”. La realidad es que toda persona comúnmente “sabe” perfectamente qué es lo que debe hacer. En cambio, el problema radica en que aun sabiendo lo que “debe hacer”, comúnmente “no lo hace”.

Dado su inmenso conocimiento de la conducta humana, señor Shakespeare, ¡acláreme cuál es la razón de que sea mucho más fácil saber lo que hay que hacer, que “hacerlo”!

Por lo que he observado, amable caballero, todos los seres humanos somos arrastrados por una corriente oculta que nos inclina a lo fácil y a la negligencia. Recuerda lo que dijo el Apóstol San Pablo: “Sabiendo qué es lo mejor, hago lo peor”. Y en mi obra Hamlet, no podemos comprender las torturantes dudas de Hamlet en su intento de querer vengar el crimen cometido a su padre. No sé si te queda clara mi explicación.

Sí me queda clara, pero a la vez, no puedo ocultarle señor Shakespeare, la gran desilusión que siento. Si usted, que es el hombre más sabio que jamás haya existido, nos presenta ésta enorme dificultad para “hacer” las cosas, aun sabiendo qué es lo que debemos hacer, ¿qué esperanza nos queda para remediar ésta viciosa tendencia de no hacer las cosas, qué según parece, nacimos con ella?

Es cierto que se da una tendencia en todos los seres humanos a no hacer lo que saben qué deben hacer. Ésta tendencia es una mezcla de negligencia, descuido, gusto por lo fácil y rápido. Pero esto no es un condena que todos debamos llevar a cuestas, ni es un destino fatal. Si tú lees mis obras, te darás cuenta de mi firme creencia en la enorme fuerza de la voluntad, en el inmenso poderío de una firme decisión, y en la magia de la constancia. Si algunas cosas no las hacemos por simple temor, no hay razón para no llevarlas a cabo. Recuerda lo que escribí en mi Tragedia titulada, Julio César: “Estoy fresco de espíritu y resuelto a enfrentarme constantemente a todos los peligros”.

Recuerda que siempre he dicho que la acción es lo preferible, y que la inacción a nada nos conduce. ¿O no es así, como lo deje escrito en mi obra Otelo, en voz de mi personaje Iago?: “El placer y la acción hacen que las horas parezcan cortas”.

Siempre he estado convencido de que la acción está llena de magia y de prosperidad. Creo que el hombre puede hacer a un lado su inacción, y en su lugar, actuar, sabiendo, que los actos acumulados rinden riquísimos frutos. ¿O no es lo que dije, mi amigo, en mi obra, Enrique IV, cuando el personaje Constable exclamó: “Con un poco que hagamos, todo está hecho”?

¡Admirable!, señor Shakespeare. Sabemos que usted es un creyente de los poderes maravillosos de la acción, del hacer, y no de la palabra vaporosa que se desvanece, como lo dijo en una de sus obras. Y ahora recuerdo, cuando hizo palidecer a las vanas palabras que pretenden sustituir a los hechos. Esta idea la escribió en su obra, El Mercader de Venecia, cuando el personaje Shylock, dijo: “Juro por mi alma que no hay poder en la lengua de un hombre”.

Así es: el poder está en la acción, en cumplir con nuestros propósitos. La fuerza está en la decisión firme, en la ejecución constante de nuestros proyectos. Con lo que nos ha dicho, señor Shakespeare, creo que la acción tiene corazón, músculos y sangre, y que todos podemos acceder a ella.
23 Noviembre 2012 04:00:41
Así matamos a nuestro planeta
¿Realmente creemos, que nuestro actual modelo que fomenta el consumo “hasta donde nuestra bolsa nos alcance y nos otorguen crédito”, es fuente personal de felicidad? ¿Realmente pensamos que ese consumo libre es un factor esencial para la justicia y el orden social?

Los nuevos Jinetes del Apocalipsis están a la vista, sólo que en un mayor número: aumento de la temperatura climática en todo el mundo, con sus secuelas de huracanes, inundaciones, sequías, desprendimientos de enormes glaciares; desertificación: el desierto avanza como la mancha de langostas que consumen todo lo que está a su paso; altos niveles de contaminación que enferman y matan a seres humanos y a especies de la flora y fauna de todo tipo; escasez de agua dulce; tala indiscriminada de árboles que acaban con la biodiversidad; etc. etc.

Pensar que se puede producir lo que se quiera y consumir hasta donde nuestros deseos se sacien, demuestra no tener la menor idea de que estamos terminando con la vida de nuestro planeta. La producción no puede atentar ya contra el equilibrio de nuestro ecosistema, pues ello significa que estamos actuando con un vicioso egoísmo al pretender saciar nuestros alterados y enfermizos deseos, robándole a las generaciones futuras lo que ya no podrán disfrutar como lo hacemos nosotros.

¿Consideramos razonable, que solamente los Estados Unidos de Norteamérica, con una población de 310 millones de personas, consuman cada año más recursos naturales y energía que 2 mil millones de personas?

La desmesura, la exacerbación de nuestros deseos consumistas, la codicia desenfrenada de algunas naciones por producir cada vez más, a fin de convertirse en potencias mundiales, aun sabiendo que están acabando con los recursos no renovables, nos demuestra la demencia que ya existe en la actual sociedad del hiperconsumo.

Cueste lo que cueste, pero los Estados Unidos no se comprometen a reducir sus niveles de emisiones que calientan el planeta. China no detendrá su crecimiento económico anual de un nueve por ciento de su producto nacional bruto, ni aceptó en Estocolmo a comprometerse con una cifra cierta que redujera sus niveles de emisiones de calor. Japón seguirá matando ballenas a la vista de todo el mundo, para saciar la gula demente de decenas de miles de japoneses que desenfrenadamente se hartan de comida proveniente de las ballenas. Los mexicanos más privilegiados compran cada año los autos más lujosos del mundo, la más fina ropa y lujos de todo tipo, sin importar que 60 millones de compatriotas vivan con menos de dos dólares al día.

Los nuevos Jinetes del Apocalipsis que hemos creado, nos aseguran un futuro: hambre, desastres naturales, infecciones incontrolables. ¿Estoy pensando apocalípticamente? ¡No! Simplemente, estoy afirmando que nuestro afiebrado consumismo, de no modificarse, no nos podrá conducir sino al más aterrador apocalipsis que el hombre jamás haya visto.

¿Qué ignoramos, que en los países del Subsahara en África, mueren cada año cientos de miles de personas a causa del hambre, malaria, tuberculosis, falta de agua potable y el sida? ¿Acaso ignoramos que el propio INEGI del Gobierno mexicano nos informó hace unos días, que en dos estados de la República, hay municipios con el mismo nivel de miseria del Subsahara?

Si continuamos con la misma forma de producir y de consumir, según las Naciones Unidas, el petróleo y el gas se terminarán en 100 años. Los verdaderos responsables del Efecto Invernadero son las grandes potencias que están acabando con los recursos no renovables y con los bosques. ¿Ignoramos, que cada año la República Mexicana pierde decenas de miles de hectáreas de bosques, sólo por no querer frenar a los voraces taladores?

Debemos considerar que resulta absolutamente indispensable empezar a responsabilizar y educar a productores y consumidores en aras de salvar a nuestro planeta.

Nos queda claro que en el fondo de todo consumismo vicioso y desordenado, subyacen sentimientos discriminatorios, de envidia, codicia, y una fundamental pérdida del sentido de la vida.

Las personas podremos poseer todas las riquezas del planeta, consumir como enfermos golosos, pero esto no nos podrá jamás dar las profundas satisfacciones espirituales y emocionales que nuestra alma reclama. Podremos vivir en una espiral de felicidad exacerbada y confusa, tal y como vive por momentos un éxtasis, todo drogadicto, pero la satisfacción y el bienestar espiritual está en otra parte.
21 Noviembre 2012 04:00:26
El Sabio y el Aprendiz
¡Estoy ansioso de que me transmitas algunos pensamientos de Juan Luis Vives, de quien te expresas de la manera más encomiable! –le dijo el Aprendiz al Sabio.

Luis Vives –le dijo el Sabio–, fue tan grande, que Menéndez Pelayo lo llamó “el genio más universal de nuestro siglo 16… Genio el más universal y sintético que produjo el siglo 16 en España, puede decirse que él compendia nuestro Renacimiento”.

Hay una obra que Vives escribió en la ciudad de Brujas, Bélgica, en el año de 1524. La escribió a petición de la reina Catalina de Inglaterra, obra dedicada a la princesa María Tudor, cuyo padre fue el rey Enrique VIII, quien quedó muy complacido.

Ésta obra Luis Vives la tituló “Escolta del Alma”, no una escolta física, sino espiritual, para cuidar la integridad moral de María Tudor.

En esta obra, al símbolo 3 le asignó este título: “La buena conciencia es como un muro de bronce”. Y su contenido lo explica de esta manera: “Porque siendo impenetrable, constituye la más efectiva defensa del hombre. Está tomado de Horacio: sé fuerte como un muro de bronce, si tu conciencia no te acusa de nada y si no tienes ninguna culpa que te desasosiegue”.

¡Admirable! –Dice el Aprendiz a su amigo–. Ya vemos – sigue diciendo el Aprendiz– la importancia que nuestra conciencia tenía para genios como el poeta Romano Horacio, y que bien recoge Luis Vives. ¡Por supuesto! –contesta el Sabio–, pues uno de los tesoros “contantes y sonantes” más valioso que puede tener un ser humano, consiste en gozar de una pura y cristalina “conciencia”, que nos impedirá que la culpa nos muerda día y noche nuestro corazón.

¡Por favor, amigo, dame otra reflexión de este genio que fue Luis Vives! Bien, al Símbolo 4 lo tituló: “Que en nuestro interior no haya cosa que produzca ruido, sería causa de felicidad única”. Y este es el contenido de este título: “La felicidad y la desventura nacen en el alma; por eso, si está tranquila, con suavidad de seda corre la vida. Si el alma se altera, la vida se alborota; el agua es borrosa si la fuente se enturbia, pero si está tranquila, el agua será tan clara que hasta la bebamos con gusto”.

Como podrás observar –le dijo el Sabio a su Amigo–, el agua y las fuentes han sido motivos de bellísimas metáforas, a través de lo mejor de la literatura universal. Debes saber, que Luis Vives fue también un genial psicólogo. En este Símbolo 4, nos dice con toda claridad, que “la felicidad y la desventura nacen en el alma” pero no nacen por un capricho del alma, sino por conductas buenas o malas que pueden alterar el alma así como el agua es borrosa si la fuente se enturbia.

Podemos alterar nuestra alma al estrujarla por conductas nuestras inapropiadas y dañinas. Esto significa que nuestra buena conducta es lo más importante para la estabilidad de nuestra alma, y con esa estabilidad nos viene la paz y la dicha.

El Símbolo siguiente va a resultarte muy provechoso, le dijo el Sabio a su amigo. Lo tituló con este nombre: “A las sospechas, hay que eliminar” y el contenido de este título dice: “No hay que dar oído pronto a las sospechas, ni se las ha de tomar con debilidad; más bien que cortarlas de raíz”.

¡Sí! –le dijo el Aprendiz a su amigo– tú me has hablado muchas veces del inmenso daño que nos producen las sospechas! Así es –le contestó el Sabio–. Recuerda, que nuestras sospechas casi siempre son producto de nuestra alocada imaginación, sospechas que están basadas en las arenas movedizas de las simples conjeturas.

Prácticamente, casi todo el sufrimiento del celoso le viene de conjeturas, de la imaginación y no de hechos comprobados. Hacer caso de nuestras sospechas es emprender el camino a la destrucción de excelentes relaciones personales, y de culpar a inocentes. Podemos sospechar que padecemos de una grave enfermedad y podemos vivir durante años con esa terrible sospecha que nos ha destruido nuestra voluntad, ánimo, y quizá, nuestra salud. Pero finalmente descubrimos que jamás padecimos de esa enfermedad que como monstruo imaginario se alimentó de vanas, ilógicas e irreales sospechas. ¡Qué razón tienes –le dijo el Aprendiz!

Por ello –le dijo el Sabio a su amigo–, el inmenso psicólogo que fue Luis Vives, aconseja: las sospechas “córtalas de raíz”. Y cortarlas de raíz significa eliminarlas totalmente de nuestra fantasía y del calvario de nuestro empantanado y obsesivo pensamiento.

Te voy a dar otra joya de la obra “Escolta del Alma”, le dijo el Sabio. Al Símbolo 7 lo tituló: “La virtud es más poderosa que la fortuna”. Y este Símbolo dice: “Quien tiene la virtud, nada más necesita. Si así opinaban los estoicos, con mayor razón los cristianos”. ¡Muy bien! –exclamó el Aprendiz.

Luis Vives al decir que la virtud es más poderosa que la fortuna, se está refiriendo no a la fortuna como sinónimo de “buena suerte”, sino a cualquier cantidad de riqueza económica.

Cualquier encuentro enriquecedor con un ser humano, puede mejorarnos y cambiar nuestra vida. Y los grandes sufrimientos que llegamos a padecer constituyen los agentes de cambio más asombrosos. Pero acudir a los grandes sabios de la humanidad, es otra manera de enriquecer nuestras vidas.
19 Noviembre 2012 04:00:09
Ejercer nuestros dones
Ya Aristóteles en su Ética a Nicomaco, nos había advertido que una persona está más cerca de la felicidad, en la medida en que realiza sus capacidades naturales.

La palabra “productividad”, la usa el sistema económico, para denotar la capacidad de producir un producto o servicio, de la manera más eficiente.

Pero esta palabra (productividad) se puede convertir en nuestras vidas particulares, en un concepto fundamental para medir la manera en que estamos desarrollando nuestras facultades naturales. En éste sentido, entenderíamos por “productividad”, la realización práctica de nuestras capacidades naturales. Y por falta de “productividad”, la ausencia de ésta realización.

Cualquier persona, a excepción de las que sufren de un serio daño cerebral, goza de determinadas capacidades que les vienen desde su nacimiento. Su herencia genética las ha dotado con esas facultades, y ya dependerá de cada individuo, que las realice o no. Esas facultades o capacidades “naturales”, son de muy variado tipo: música, matemáticas, dibujo, diseño, electrónica, mecánica, ventas, comercio, facilidad para el trato con otras personas, pintura, literatura, ciencias, fotografía, etc.

Se trata, de una lista muy numerosa de esas capacidades. Cuando una persona “se dedica” a realizarlas en su vida diaria, está ejerciendo sus capacidades con las que nació. Eso “se le da”, decimos comúnmente, cuando nos referimos al hecho de que una determinada persona nació con una capacidad especifica.

Una persona que haya nacido con una gran “capacidad de amar”, querrá transmitir su amor de la manera más útil y productiva. Mientras una persona que carezca de esa capacidad, sus relaciones interpersonales le serán más difíciles. En cambio, quien goza de la capacidad de amar, traspasa todas las barreras que los seres humanos construimos para no ser tocados por el amor, dado el miedo que abrigamos a ese sentimiento. Quien nació con la capacidad de amar, llega con una gran facilidad a tocar el corazón de los demás.

Una gran cantidad de personas dedicadas a la enfermería, al servicio social, independientemente de otras capacidades, la realidad, es que en el fondo de su espíritu, “nacieron para amar”. A partir de esta capacidad de amar, su creatividad será incesante, y la prueba es la gran cantidad que estas personas desarrollan una verdadera vocación para “servir a los demás”. Cuando el hombre le da la espalda a su vocación auténtica, no ejerce su genuino “potencial” de sus capacidades naturales. Éste abandono, desvía al hombre de sus gustos genuinos y auténticos.

Al abandonar el hombre su campo especifico de acción natural, fractura su relación con el mundo exterior y con él mismo; pervierte sus finalidades fundamentales, y como escape a una profunda e insensible angustia existencial, se dedica al ejercicio de dominar a otras personas, a sacar ventajas de sus actividades y a tratar de saciar una sed que ningún poder económico, político o social, puede saciar.

Es como si un sediento tratara de apagar su sed con agua salada. La sed normal se calma con agua pura. Si el sediento da un trago de agua salada, su sed física se incrementa. De la misma manera, si la sed existencial se da por abandonar nuestras capacidades naturales, nuestra sed existencial aumentará, pues lo auténtico no lo podemos sustituir por lo artificial.

Por ello, un carpintero o un modesto artesano, serán siempre mucho más felices si su trabajo es la respuesta autentica a sus capacidades naturales. Este modesto artesano o carpintero, estarán haciendo “lo suyo”, y en este sentido, serán mucho más dichosos que aquellos que traicionaron sus gustos naturales y se dedicaron al “dominio” sobre otras personas.

El “dominio” debe ser sobre nosotros mismos, y una vez que estemos en el campo del ejercicio de nuestras capacidades reales, el “dominio” consistirá en el desarrollo y avance de nuestro trabajo. El hombre normal, tenderá a desarrollar sus capacidades con una conciencia de superación permanente en aquello que “hace”. Sin esta conciencia de progreso y evolución, no se dará un contentamiento interior, que probablemente, sea lo más cercano a la felicidad.

Fromm tenía razón cuando escribió: “El dominio (sobre personas) está ligado a la muerte, y la potencia a la vida. El dominio nace de la impotencia y a su vez la acrecienta, pues si un individuo puede forzar a otro a que le sirva, su propia necesidad de ser productivo se va paralizando gradualmente”.
16 Noviembre 2012 04:00:45
La fortaleza de papel
La persona tímida y miedosa no puede esconder su miedo y su timidez. Actúa con sigilo y con un exceso de prudencia. Y si las circunstancias le exigen más de lo que puede dar, quisiera que la tierra se lo tragara. ¡“Trágame tierra”!, es una frase que se dice con frecuencia para sí misma.

Siempre se pensó, que el carácter contrario al de la persona tímida y miedosa, era el de la persona arrogante, dictatorial, presumida, atrevida. De esas personas que siempre están a la defensiva, para quienes el ataque es la mejor defensa.

Si analizamos a los grandes personajes de las novelas del siglo 20, e incluso si estudiamos a personajes como Agamenón, de “La Ilíada de Homero”, escrita setecientos años antes de Cristo, nos percatamos, por ejemplo, con Agamenón, que se le consideraba a su exceso de atrevimiento y a sus graves insultos contra Aquiles, como un ingrediente adicional de su fenomenal valentía.

Es cierto, que una persona intransigente, despótica y que siempre se cree superior, puede ser muy valiente, e incluso rebasar las fronteras de la valentía para entrar al terreno de la más pura temeridad, donde “ya no se siente el menor miedo”. Pero también, el tímido y miedoso puede ser muy valientes.

Antes de que Freud irrumpiera en la escena de la psicología, novelistas, educadores y psicólogos pensaban que el presuntuoso, el pagado de sí mismo, el déspota intransigente, gozaban de un “exceso de amor a sí mismo”. Se le consideraba un “narcisista” que estaba enamorado de sí mismo. Se pensaba, que todo su amor se volcaba hacía él, y ya nada de amor le quedaba para los otros.

Éste tipo de persona está muy bien descrito en la primer gran novela psicológica de Francia: “Rojo y Negro”, de Stendhal. Julián, el personaje principal de ésta inmortal novela, es el ejemplo perfecto de la persona narcisista, arrogante, y supuestamente, llena de un enorme amor a sí mismo.

Tuvo que llegar Freud, para desenmascarar el carácter de esos supuestos “dominadores del mundo, gracias a su inmensa seguridad interior”.

Freud, el creador del psicoanálisis, al bucear en el inconsciente de sus pacientes, se encontró con ésta sorpresa: el narcisista y ese intransigente dueño de sí mismo, era una persona que no gozaba de un exceso de amor a sí mismo, sino que se quería poco, abrigaba constantes dudas sobre su valía y capacidades, y nunca estaba seguro que los demás lo estimaran y le reconocieran su valía personal.

El presuntuoso, presumido y narcisista, logró enmascarar muy bien sus problemas ante los demás, aun cuando siempre sufría mucho. Los Diarios íntimos de novelistas y poetas de los siglos 18I y 19, nos muestran la real dimensión de éstos infortunados, quienes lograban engañar a todos, menos a “sí mismos”.

La psicología profunda, la que trabaja con el inconsciente, ha logrado dibujar un mapa muy preciso de la personalidad y carácter de estas personas. En los valles y montañas del mapa caracterológico de estas personas vanidosas y presuntuosas, resalta una “pobre seguridad interior”.

Cuando logran engañar a los otros con su altanería, su pobre nivel interior de seguridad se eleva desmesuradamente, lo que los hace pensar, que estaban equivocados con sus dudas: que realmente son muy fuertes emocionalmente, lo que recrudece su narcisismo.

Pero al narcisista le llega una crisis tras otra, y toda su vida puede pasarla entre sentirse un “inferior” que engaña a los demás, para después, caer en el abismo del aislamiento, el miedo y el pobre amor a sí mismo.

Toda persona dura, prepotente y arrogante, padece de una debilidad interior y de una severa inseguridad en sí mismo. La persona dura, es una pésima conocedora del ser humano.

Como no conoce a los demás, potencialmente le teme a todos, y de ahí su dureza a fin de que los otros no puedan entrar a su interior y llegar a lastimarlos.

El buen conocedor de sí mismo y de los demás, es bondadoso. Podrá gozar de un carácter fuerte y firme, pero éste carácter jamás lo pondrá al servicio de humillar a los otros, sino de beneficiarlos en la medida en que pueda.

La única manera de que el narcisista y presuntuoso pueda curarse, consiste en que se abra a los demás y que se interese por ellos. Cuando se abra a los otros, mostrará sus debilidades que tanto sufrimiento le han causado durante toda su vida. Se dará cuenta, que su inseguridad se irá extinguiendo en la medida en que empiece a tratar a los otros, sin pretender revestirse de una “dureza” que no existe.

El conocer a muchas personas, el hablar con ellas de sus intimidades y de las nuestras, nos irán convirtiendo en mejores conocedores del los demás y de nosotros. Al final nos daremos cuenta, que todos, en una medida u otra, padecemos de inseguridades y de temores, de que todos, en muchas circunstancias, podremos actuar con mucha eficacia y fortaleza, que todos tenemos acceso al amor de otros, y que todos podemos amar desinteresadamente.
14 Noviembre 2012 05:00:34
El indicador que importa
He afirmado en otras columnas que el fracaso de nuestra sociedad capitalista se encuentra en su forma de producción y de consumo, desenfrenados. El Primer Ministro de Gran Bretaña, Churchill, dijo que la democracia era la peor forma de gobierno, a excepción de todas las demás.

Parangonando a Churchill podemos afirmar con toda seguridad que la “sociedad de mercado” es el peor modelo económico, a excepción de todos los otros.

El vicio y la perversión del capitalismo no están en la libertad de empresa, sino en los perversos excesos de los modos de producción y de consumo, y en los vicios del manejo de los grandes capitales financieros.

El desastre económico de 2008, que sufrió Estados Unidos, causó que 15 millones perdieran su empleo y varios millones perdieran sus casas-hogares, al no poder pagar sus abonos mensuales hipotecarios.

El desastre norteamericano no probó el fracaso del capitalismo como modelo de organización y producción económica, sino que comprobó que el capitalismo desmesurado fomenta la codicia, la envidia y la injusticia de una forma inhumana.

Estamos en contra de la idea de que el consumo exagerado e inútil incremente la felicidad de los seres humanos. Y en cambio, sí podemos afirmar que si a la sociedad capitalista no se le regula bajo los controles éticos y sociales más estrictos, se darán las enormes especulaciones financieras, que como en el caso norteamericano llevaron a la quiebra a ese país. La libertad económica “sin límites” en un sistema capitalista engendra los horrendos monstruos de “injusticias personales y sociales sin límites”.

“Nada en demasía, nos dijo un gran sabio de la Grecia Antigua”.

A mayor especulación financiera y a mayor concentración del capital en unas cuantas personas, se dan menos y más delgados lazos de solidaridad. A mayor riqueza de los dioses privilegiados que detentan la riqueza del país, se darán niveles mínimos de justicia social. A mayor endiosamiento de los grandes potentados, menor conciencia y valor hacia los grupos sociales.

En EstadoS Unidos, primera economía mundial; en Japón, segunda potencia económica; en Alemania, tercera nación más rica, hoy en día la riqueza de esos países ha crecido cuatro veces más en los últimos decenios: un 400% más. Y nadie en su sano juicio podría decir que los pobladores de esos países son actualmente cuatro veces más felices. Y lo mismo se aplica a decenas de naciones que han incrementado su riqueza nacional, y que, en cambio, en nada han aumentado los niveles de felicidad de sus habitantes.

Hay que aniquilar el gran mito, la perversa mentira, de que el aumento de la renta nacional trae un incremento en la felicidad personal. Esto sería absolutamente cierto, en naciones donde la miseria es devastadora, como los millones de habitantes de las naciones del Subsahara en África y países como Haití.

El aumento del Producto Interno Bruto no es igual a la alegría, satisfacción y felicidad nacional bruta. La única excepción se da para los países que viven en la miseria.

La solución está en la remodelación de nuestro sistema capitalista y no en su extinción. Remodelación que debe conservar la libertad de empresa y de mercado, pero fortaleciendo a las unidades económicas más pequeñas y medianas, y frenando las salvajes especulaciones financieras, donde pierden su dinero millones de personas, pasando a la bolsa de unos cuantos protegidos y bien informados.

No se trata de pugnar por una sociedad capitalista ascética y estoica, pues sería absolutamente contradictorio. En última instancia, las personas tienen todo el derecho de consumir bienes y servicios que “por el momento” les hagan más llevadera la vida. No estamos a favor del Gran Hermano, que dicte los criterios para la producción y el consumo de una nación.

Simplemente, la remodelación de la sociedad de consumo debería evitar la poderosa promoción de la codicia y de la envidia. No necesitamos a un grupo de sabios que vengan a configurar una sociedad de consumo perfecta.

Y al final de cuentas, no va a decidir un grupo selecto los criterios económicos. Las mejores opiniones las encontraremos entre los mismos pobladores de una nación: todos los grupos representativos del tejido social. Cada persona está capacitada intelectual, emocional y espiritualmente, para saber qué es lo correcto, lo sensato, lo justo y lo equilibrado.

Cada uno de nosotros sabe perfectamente cuándo estamos consumiendo sólo para evadir un problema existencial o un conflicto emocional.

A cada uno de nosotros le puede quedar claro que el producto nacional bruto no es igual al bienestar espiritual nacional bruto.
12 Noviembre 2012 04:00:53
Cuando las emociones nos condenan
“Entre la desesperación y la nada, me quedo con la desesperación”, exclamó un personaje de una novela de Faulkner, Premio Nobel de Literatura.

Todos experimentamos con cierta frecuencia una serie de sentimientos dolorosos, como la tristeza, soledad, frustración, etc. y en la gran mayoría de los casos, es normal experimentarlos, por más dolorosos que nos resulten. Éste es el costo de estar vivos y de ser humanos. Si se nos muriera un ser muy querido, rompiéramos con una relación afectiva muy valiosa para nosotros, es normal que nos invada por un tiempo una tristeza profunda.

Un signo de padecer un trastorno mental grave consistiría en no sentir una amplia gama de emociones y sentimientos cuando tuviéramos motivos para sentirlos.

El personaje de Faulkner prefiere la “desesperación” a la “nada”. Y es que la “nada” sería la ausencia de todo sentimiento: un “estar muerto en vida”.

Así como es totalmente válido sentir intensamente emociones que nos resultan muy dolorosas, no sería válido aferrarnos a esos sentimientos y emociones, como un buen porcentaje de los seres humanos lo hacen. A nuestra tristeza justificada le añadimos una intensidad de mayor tristeza que ya no estaría justificada. A nuestra desolación, le agregamos sentimientos de una soledad “absoluta”, cuando esto no es así en la realidad. Y es que en verdad, un porcentaje de la población se aferra irracionalmente a sus sentimientos desdichados, pues lo que busca es una serie de “beneficios secundarios”.

¿Cuáles son estos beneficios secundarios? Son muy variados, pero entre los más comunes se encuentran los siguientes: ser consolados, pretender despertar lástima a los demás, chantajear sentimentalmente al cónyuge, madre o padre, hijos, forzar a otros a que nos escuchen una y mil veces nuestras desgracias.

La anterior conducta siempre es muy dañina, y en algunos casos obtenemos el efecto contrario al deseado: alejamos a personas queridas, nos acostumbramos a consuelos que en nada resuelven la causa de nuestros sentimientos.

Además, ese tipo de conducta nos convierte en “expertos” para estar inventando y sufriendo por cuestiones sin ningún fundamento en la realidad. “Es muy quejumbrosa”, oímos decir de alguien que en todo momento y circunstancia cree tener la razón de quejarse, cuando en la realidad es que se trata de una persona que constantemente quiere “llamar la atención”. Y si a éstas personas les preguntáramos el porqué de tanta queja, de inmediato nos sorprendería una serie de disparates para justificar sus “quejas”, que de tanto fingirlas llegan realmente a sentirlas. Y si les damos nuestra opinión contraria, se disgustarían y se retirarían perturbadas y resentidas.

Si el personaje de la novela de Faulkner no tuviera otra alternativa entre la desesperación y la nada, nos parece muy humano que elija la “desesperación”. ¡Pero la realidad es que no tenemos por qué elegir entre la desesperación y la nada, como tampoco estamos obligados a elegir entre la tristeza, ira, frustración, y la nada! En la gran mayoría de las veces podemos elegir a favor de la alegría, de la calma, la felicidad, y no necesariamente, por supuesto, a elegir la nada.

En algún momento de nuestra vida cada uno de nosotros sería muy conveniente que se hiciera a sí mismo una de las preguntas más importantes de toda su existencia, y sería ésta:

¿Estoy a favor de mí mismo o en contra; deseo elevarme o despreciarme; quiero ser mi mejor amigo, o mi peor enemigo?

Si durante un buen tiempo nos planteamos esta pregunta, nos sorprenderíamos de experimentar cambios enormemente positivos en nuestra conducta.

De Esta pregunta fundamental se pueden derivar una gran cantidad de preguntas: ¿Quiero seguir golpeando a mi pareja, o comportarme con dignidad? ¿Es necesario que degrade, golpee e insulte a mis hijos, o mejor los educo en una superior manera de vivir? ¿Pretendo continuar poniéndome yo mismo trampas para fracasar con justificación? ¿Quiero seguir llorando sobre el negocio que ya no tengo, o como cientos de millones de personas que me dan ejemplo, inicio otro negocio con optimismo? ¿Quiero continuar haciendo de mi estómago un basurero de grasas, azucares, y comida mortal, o hacer de mi estómago un templo para recuperar mi salud?

Muy por encima de nuestras debilidades, sentimientos desdichados generados sin fundamento, hay otras actitudes y conductas totalmente diferentes, y que nos construyen y elevan.

En vez de llorar por lo realmente perdido, emprendamos una nueva actividad que nos vuelva a “enganchar” a una vida activa y productiva. ¡Poner un alto a tanto sentimiento trágico sin fundamento alguno! ¡No permitamos que un buen día nos digamos a nosotros mismos: cuánto llore por lo que nunca perdí, cuánto sufrí por tanta desgracia que nunca me sucedió!
09 Noviembre 2012 04:00:18
El Sabio y el Aprendiz
¡Dame algunas reflexiones –le dijo el Aprendiz al Sabio-, de Shakespeare, al que consideras el genio de genios! Muy bien: en su obra, “Los Dos Caballeros de Verona”, Proteo, personaje de ésta obra, exclamó: “Cesa de lamentarte por lo que no puedes remediar y busca remedio para tus lamentos”.

Como podrás observar –le comentó el Sabio a su amigo-, Shakespeare no solamente afirma que cesen los lamentos por lo que no se puede remediar, sino que además, nos impulsa a que busquemos remedios para nuestros lamentos.

La posición de los estoicos de la Grecia Antigua, se hubiera quedado con la primera parte de la frase: “Cesa de lamentarte por lo que no puedes remediar…”. Shakespeare, el más grande conocedor de la “condición humana”, jamás aceptaba la resignación. La segunda parte de su reflexión nos dice: “…y busca remedios para tus lamentos”.

Un buen número de corrientes del pensamiento defienden la idea de aceptar los golpes de la vida y llegar a una completa resignación. Shakespeare pensaba de diferente manera: en una de sus obras, uno de sus personajes dice que si el cielo se le viniera encima, él lo detendría con su espada. Nuestro escritor inglés era enemigo de que viviéramos en un continuo lamento de nuestras desgracias.

A lo largo de sus 38 obras, Shakespeare nos incita a que cesemos en nuestros lamentos, en que dejemos de estar pidiendo consuelo a los demás. Y por el contrario, ve en nosotros capacidades sobradas para rescatar lo que sea rescatable de nuestras pérdidas, como lo dijo en otra de sus obras. ¡Admirable –le dijo el Aprendiz a su amigo el Sabio!

Te daré otra reflexión de nuestro genial dramaturgo –le comentó el Sabio a su amigo, y la tomo de la misma obra, “Los dos Caballeros de Verona”. Otra vez habla Proteo y dice: “¡Oh cielos! sólo con que el hombre fuera constante sería perfecto”.

Shakespeare a lo largo de su abundante obra, permanentemente se refiere al hombre como a una creatura inconstante, voluble, mudable de opinión. Nuestro dramaturgo sabía que las personas constantes en sus proyectos y actividades, alcanzaban una gran cantidad de sus propósitos. Y nuestro poeta siempre creyó que podríamos adquirir una admirable constancia, siempre que lo quisiéramos en serio y no nos distrajéramos en nuestros propósitos.

Recordemos lo que aconsejaba Santo Tomás de Aquino: “La inconstancia es un pecado especial de la imprudencia” y el poeta latino Ovidio de la Roma Antigua, escribió: “La gota horada la piedra no con violencia, sino con constancia”.

Shakespeare en su obra, “La Doma de la Arpía”, en voz del personaje Lucencio, dice “¡Asno ridículo, que nunca llegaste a estudiar tanto para conocer la causa por qué se concibió la música! ¿No fue para reparar el ánimo del hombre después de sus estudios o sus fatigas habituales?”.

Como te podrás dar cuenta, amigo –le dijo el Sabio–, Shakespeare le otorgaba a la música un enorme valor en nuestras vidas. En ésta misma obra, “La Doma de la Arpía”, el poeta inglés por conducto de su personaje Tronio, nos invita a cultivar la poesía y la música para animarnos.

El poeta sabía que en la Grecia Antigua, la música ocupaba un sitial de honor en la educación de los griegos. Hoy en día se ha comprobado que la música de nuestro agrado, no solo nos ánima y aquieta, sino que nos resulta de una gran utilidad, al potenciar áreas muy específicas de nuestro cerebro.

¡Dame una reflexión más de Shakespeare –le pidió el Aprendiz al Sabio! Bien: en su obra, “La Comedia de la Equivocaciones”, el personaje Egeonte, exclama: “No se me podría imponer tarea más ardua que la de relatar mis desdichas inenarrables”.

El inmenso psicólogo que fue Shakespeare, estaba convencido de lo mucho que el ser humano sufre al narrar sus tragedias. Pero también sabía, que gozaba con ello. Aunque parezca paradójico, esto es así. Igualmente sabía que los seres humanos somos muy dados a contar nuestras desdichas, ya que queremos ganarnos la compasión de los otros.

Sabemos que hay personas que padecen del vicio de contarle a “todo el mundo” lo malo que les pasa. Ésta conducta es dañina, pues la persona que relata sus tragedias de manera tan constante, su comportamiento es patético, pues está incitando a que otros experimenten sentimientos de conmiseración y de lástima hacía ella. Shakespeare habla de ésta conducta como inútil y viciosa. Para nuestro poeta inglés, lo mejor consiste en dejar de estarnos lamiendo nuestras heridas, y con bravura, buscar remedio a nuestros males.
07 Noviembre 2012 04:00:42
No tenemos control sobre todo
El sabio griego Epícteto, en su obra “El Manual”, hace una serie de reflexiones que después de 2 mil años han sido de una enorme utilidad para nuevas técnicas psicoterapéuticas. Y me quiero referir a las dos más famosas: la Terapia Racional Emotiva, de Albert Ellis, y la Terapia Cognitiva del Dr. Aaron T. Beck.

Ambas técnicas nos dicen que ciertas cosas dependen de nosotros y otras no en lo absoluto. Por ejemplo, el juicio que hacemos sobre personas, cosas y circunstancias dependen de nosotros, como también dependen en gran medida nuestros deseos y rechazos. Y que en cambio, no dependen de nosotros en lo esencial la salud de nuestro cuerpo, nuestro patrimonio económico, posición social, etc.

Estas ideas, que son de Epícteto, tienen la finalidad de hacernos conscientes de que una gran parte de nuestros sufrimientos personales se deben a que estamos empecinados a pensar que lo que no depende de nosotros “debería depender”, y que con nuestra voluntad, prácticamente todo depende de nosotros (lo que es falso).

Epícteto está absolutamente en lo cierto: nuestra salud (por más que la cuidemos) en lo más crucial no depende de nosotros. Nuestra aspiración al prestigio y nuestros deseos de acrecentar un patrimonio, también, en un alto grado no depende de nuestra voluntad. Un desastre financiero en un país desaparece en un día los ahorros de toda una vida, de millones de personas prudentes y sensatas.

Epícteto desea que estemos muy atentos, prudentes, diligentes, con todo aquello que dependa de nuestra voluntad. Por ejemplo, somos muy dados a construir juicios sobre circunstancias, personas y cosas, de una manera apresurada y ligera. Cuando nuestros juicios están equivocados dada nuestra ligereza en el pensar, podemos ser víctimas de grandes sufrimientos. Y Epícteto nos insiste en que nuestra capacidad de pensar correctamente sí es una cuestión que depende de nuestra voluntad.

Probablemente no haya una causa que nos origine tantos sufrimientos emocionales y pérdidas de amigos, pérdidas económicas y de todo tipo, que el hacer juicios de una manera precipitada y sin contar con información suficiente y objetiva. Condenamos a personas sin el menor fundamento, le damos valor a lo que no lo tiene, y no le damos el valor que merecen las cosas, personas y situaciones. Nuestra distorsionada y equivocada manera de pensar nos puede conducir a los peores desastres.

Y como dice Epícteto, el juicio es algo que depende de nosotros. Todo consiste en tener la más clara conciencia de que “juzgar adecuadamente las cosas, personas y circunstancias” constituye el instrumento más poderoso para nuestra paz mental, para el conocimiento de la verdad y para poder actuar con eficacia.

La médula de la terapia Racional Emotiva y de la Terapia Cognitiva se basa en las anteriores reflexiones. El pensar equivocadamente, el distorsionar las cosas, exagerarlas, son las bases de nuestros sufrimientos emocionales.

Epícteto escribió: “Y lo que depende de nosotros es por naturaleza libre, no sometido a estorbos ni impedimentos; mientras que lo no depende de nosotros es débil, esclavo, sometido a impedimentos, ajeno. Recuerda, por tanto, que si lo que por naturaleza es esclavo, lo consideras libre y lo ajeno propio, sufrirás impedimentos, padecerás, te verás perturbado, harás reproches a los dioses y a los hombres, mientras que si consideras que sólo lo tuyo es tuyo y lo ajeno, como es en realidad, ajeno, nunca nadie te obligará, nadie te estorbará, no harás reproches a nadie, no irás con reclamaciones a nadie, no harás ni una sola cosa contra tu voluntad, no tendrás enemigo, nadie te perjudicará ni nada perjudicial te sucederá”.

Epícteto nos insiste en una idea fundamental para nuestra felicidad: que tengamos plena certeza de todo aquello que esté en el ámbito de lo que nos pertenece y de lo que es ajeno. Epícteto nos demuestra que lo que depende de nosotros es libre por naturaleza, mientras que lo que no depende de nosotros es esclavo, débil y sometido a una serie de obstáculos contra los que no podemos luchar.

En lo personal siempre he sido un admirador de Epícteto, uno de los pensadores más realistas de la Grecia Antigua. Su pensamiento ha permanecido vigente por más de 2 mil años, y hoy en día, decenas de miles de psicólogos y psicoterapeutas hacen uso de su doctrina sin haberlo leído. Éste sabio ha impactado en técnicas de psicoterapias modernas, que incluyen su pensamiento, sin citar el nombre de este sabio griego.
05 Noviembre 2012 04:00:52
Tiempo de calidad
Séneca, pensador por excelencia como formador de almas de provecho, en su primera Epístola de sus Epístolas Morales, a Lucilio, escribió:

“Obra así querido Lucilio: reivindica para ti la posesión de ti mismo, y el tiempo que hasta ahora se te arrebataba, se te sustraía o se te escapaba, recupéralo y consérvalo. Persuádete de que esto es así tal como escribo: unos tiempos se nos arrebatan, otros se nos sustraen y otros se nos escapan. Sin embargo, la más reprensible es la pérdida que se produce por la negligencia. Y, si quieres poner atención, te darás cuenta que una gran parte de la existencia se nos escapa obrando mal, la mayor parte estando inactivos, y toda la existencia obrando cosas distintas de las que debemos.

“¿Y a quién me nombrarás que conceda algún valor al tiempo, que ponga precio al día, que comprenda que va muriendo a cada momento? Realmente nos engañamos en esto: que consideramos lejana la muerte, siendo así que gran parte de ella ya ha pasado. Todo cuanto de nuestra vida, la muerte lo posee.

“Todo, Lucilio, es ajeno a nosotros, tan sólo el tiempo es nuestro: la naturaleza nos ha dado la posesión de éste único bien fugaz y deleznable, que es el tiempo, del cual nos despoja cualquiera que lo desea”.

Las anteriores reflexiones de Séneca constituyen un verdadero tesoro de sabiduría. Reflexiones que si acudiéramos a ellas con frecuencia, no cabe duda de que nuestras vidas se enriquecerían notablemente.

Séneca nos pide que reivindiquemos la posesión de nosotros mismos. Y ésta reivindicación sólo podremos lograrla si cambiamos la noción que tenemos del “tiempo”, y sobre todo, la conducta que desarrollamos para la buena o deficiente utilización de nuestro tiempo.

Para Séneca, Éstas son las maneras como hacemos un pésimo uso del tiempo:

-El tiempo que otras personas nos arrebatan, consintiendo nosotros en ese arrebato: intrusos, personas que nos obligan a realizar actividades que no queremos y que no nos negamos por pena, visitas de personas ociosas y por las que no sentimos el menor cariño o interés, etc.

-El tiempo que se nos escapa: se trata de desperdiciar esos trozos de minutos, medias horas sueltas, días enteros, por el simple hecho de que no sabemos qué hacer con nuestro tiempo. Aquí no sólo se da la carencia de tareas que consideremos valiosas, sino además, de que al tiempo no le damos el mínimo valor.

-El tiempo que perdemos por la “negligencia”. Toda negligencia de nuestra parte implica una actitud o comportamiento de descuido, abandono de nuestras tareas importantes, irresponsabilidad por lo que “debemos hacer” y que no hacemos. Somos negligentes al dejar de tener interés en cuestiones importantes o vitales para nuestra vida. En una palabra, nos inunda la indiferencia, la pereza, y la dejadez más lamentable. Toda negligencia nos va reclamar más tarde, que hagamos (si aún es posible) lo que debimos hacer en su momento. Y si aún pudiéramos hacerlo, la inversión de tiempo va a ser mucho mayor. Recodemos el refrán popular: “El flojo trabaja dos veces”.

-Estando inactivos la mayor parte del tiempo. Si no estamos impedidos físicamente, ésta inactividad es un efecto de la abulia, de abandonarnos de la manera más lamentable. La carencia de objetivos valiosos nos conduce a una apatía paralizante.

-Y, Séneca nos advierte de otra forma de perder el tiempo: haciendo cosas distintas de aquellas que debemos hacer. Esta forma de perder el tiempo es una de las más trágicas, ya que significa que no hemos logrado establecer una jerarquía de prioridades, y de que no tenemos claro en nuestra conciencia, las cosas esenciales e importantes, de aquellas que no lo son.

Quisiera señalar que existe una causa que subyace en todas la variadas maneras de perder nuestro tiempo: el hecho de que nuestra conciencia no advierte que vamos muriendo a cada momento. Quien no admite que va a morir en cualquier momento, deja todo para mañana o para el próximo año. Quien sabe que cada día que pasa, la muerte se nos va acercando, se vuelve diligente, pues sabe que debemos aprovechar el tiempo que nos queda. Y no se trata de un empleo en sólo cuestiones del trabajo o de nuestro progreso. El platicar con nuestra esposa, hijos, nietos, el convivir con ellos, constituye un aprovechamiento supremo del tiempo. El contemplar la naturaleza, el dedicar tiempo para ordenar nuestra conciencia, el disfrutar de la música que más nos gusta, el darnos tiempo para planear, el asombrarnos cada día ante el hecho de estar vivos, son maneras insustituibles de aprovechar nuestro tiempo.
02 Noviembre 2012 03:00:52
El legado de Horacio
El poeta romano Horacio, nace en el año 65 antes de Cristo. La grandeza de este poeta no radica en alguna parte de su gran obra, como pudieran ser sus Odas o las Epístolas. Nuestro poeta ha permanecido siempre vigente durante 2 mil años, gracias a su arte incomparable.

Ante un hecho de la naturaleza o una circunstancia humana, de pronto salta la genialidad musical de su poesía, y maravillados nos quedamos ante la creación de vida de su arte.

Ante un hecho que a cualquier persona pudiera parecerle simple, Horacio nos lo presenta como si ese hecho, ese trozo de naturaleza o esa circunstancia, jamás hubieran existido. Y en esto consiste en gran parte, la genialidad de Horacio: llenarnos de asombro y meternos hasta la medula en una vida que no conocíamos.

El arte de nuestro poeta siempre nos reanima, nos hace amar lo bello, jamás nos fatiga y siempre quedamos maravillados por su penetración artística, ya se trate del amor, de la naturaleza, o del arte de vivir, del cual fue un maestro supremo.

A lo largo de los años, he seleccionado algunos párrafos que ahora quisiera compartir. En una de sus Odas nos dice:

“No intentes saber, Leuconoe, cual sea el fin que los dioses nos hayan reservado a ti y a mí: mira que sería una desgracia; ni interrogues los babilónicos números” (se refiere a las prácticas de los astrólogos en Babilonia).

“¡Cuánto mejor es sufrir lo que viniere!”.

“Suceda lo que suceda, ya Júpiter te conceda aun muchos inviernos, ya que éste, que ahora fatiga el mar Tirreno entre las rocas, indique el último año de tu existencia; sé juicioso, filtra tus vinos, y mide tus largas esperanzas con el breve espacio de la vida (lo que significa, que Horacio nos da a entender que debemos abreviar nuestras esperanzas, ya que la vida es breve). Mientras nosotros hablamos, el tiempo envidioso huye. Coge éste día y fíate lo menos posible en el siguiente” (el poeta nos pide que gocemos del día presente, que lo tomemos al igual que cogemos las bellas flores que están en nuestro camino).

“Carpe Diem”, fue la inmensa máxima de sabiduría de la Roma Antigua. Carpem Diem, es decir, “Toma el día”, es tuyo éste día, tómalo en tu corazón y en tu conciencia.

Me resisto en esta ocasión, a comentar el contenido poético de nuestro artista. Prefiero ésta vez, ofrecer algunas líneas más de este romano. En una de sus Odas nos dice:

“Ocio pide a los dioses el marinero sorprendido en medio del Egeo, al ocultarse la luna entre negros nubarrones y obscurecerse las estrellas que guían al piloto.

“El tracio feroz en la guerra, y el medo, orgulloso con su aljaba, anhelan también el ocio que no se compra con la púrpura, las piedras finas o el oro.

“Ni las riquezas ni el lictor consular remueven del alma las tristezas hondas que la perturban y las zozobras que vuelan en torno de los techos artesonados.

“Con poco vive feliz el que en su mesa frugal ve resplandecer el salero que heredó de su padre, y ni al miedo ni a la sórdida ambición sacrifica su plácido sueño.

“¿Cómo nuestra insensatez forma tan grandes proyectos con vida tan corta? ¿A qué volamos a tierras calentadas por otros soles? ¿Quién al desterrarse de su patria huye de sí mismo?

“El afán de riquezas sube con nosotros a las naves guarnecidas de bronce, y sigue a los escuadrones de caballeros más veloz que el gamo y más veloz que el euro, forjador de tempestades.

“El ánimo, satisfecho con los bienes presentes, no se inquieta por averiguar lo que ha de venir, y templa con alegres risas sus amarguras, porque nadie es completamente feliz”.

Es digna de asombro la sabiduría comunicada con este fino arte poético de Horacio. Si reflexionáramos y pusiéramos en práctica los consejos de este poeta, cuántas angustias, ansiedades y terrores extinguiríamos de nuestro corazón.
31 Octubre 2012 04:00:16
La fe ciega en la riqueza
Los seres humanos somos tan ingenuos, que cuando pasamos por una buena racha de éxito, tendemos a confiarnos, sin darnos cuenta que las prosperidades y las etapas de escasez se alternan unas a otras.

Y es que todo es cambiante como las olas del mar: unas veces corren hacia un lado, y al segundo, cambian de rumbo. Nuestras situaciones de fracaso no se quedan inmóviles, sino que también cambian: unas veces para agravar el fracaso y otras para encumbrarnos en la prosperidad.

Quevedo, una de las inteligencias más agudas, escribió ésta reflexión:

“Nadie fía de prosperidades: sólo el vivir ajustado es el mejor estribo”.

Hay que recordar que el estribo cuelga de la silla de montar de un caballo, y que tiene el propósito de que el jinete meta ambos pies en los dos estribos, a fin de que su caída del caballo sea mucho más difícil. El estribo se inventó por una necesidad bélica. El jinete cuando montaba a un caballo con silla de montar pero sin estribo, su ventaja era mayor al guerrero que peleaba a pie. Pero cuando el estribo se inventó, la ventaja del jinete era enormemente superior al guerrero de a pie, pues al apoyarse en el estribo, podría recargar su peso y enderezar su lanza o pelear con su espada con muy poco riesgo de caer del caballo.

Éste instrumento del estribo, fue uno de los inventos que más contribuyeron a las más grandes conquistas en todas las latitudes del mundo. Si el estribo no se hubiera inventado, la geografía política actual sería absolutamente diferente.

La reflexión de Quevedo es agudísima y de un gran valor práctico: “Nadie fía de prosperidades: sólo el vivir ajustado es el mejor estribo”.

En primer lugar, Quevedo nos advierte que no debemos estar confiados cuando gocemos de una etapa de prosperidad, pues esa confianza nos puede llevar al descuido, lo que podría conducirnos al fracaso.

Para Quevedo, la “prosperidad” no es nuestro mejor estribo, pues la prosperidad en sí misma no es el soporte fundamental para creer que siempre estaremos bien. Quevedo piensa, que el mejor “estribo” es “vivir ajustado”.

Vivir ajustados consiste en apartarnos de los lujos y derroches económicos, que sí son, en cambio, un camino seguro para el fracaso y la escasez. “Vivir ajustado” es vivir económicamente de manera prudente, decorosa, sin tacañerías, pero alejándonos del despilfarro insensato, de los ornatos inútiles y de los gastos innecesarios.

Quien vive de manera prudente y sensata, sí está apoyado en el mejor estribo. La prosperidad en sí misma jamás ha sido un estribo, y si no, pensemos en el desastre financiero mundial provocado por miles de negocios especuladores que operaban en los Estado Unidos. Negocios de especulación que presumían de su gran prosperidad. Las quiebras financieras que en ese país se dieron en las instituciones financieras, se consideraban como las más sólidas: bancos de fama mundial, empresas inmobiliarias que manejaban millones de créditos hipotecarios, sin la debida cobertura. Compañías especuladoras que acabaron con los ahorros de millones de norteamericanos.

Desde el año de 1929, con el desastre económico llamado la “Gran Depresión” en los Estados Unidos, no se había presentado un problema tan grave como el ocurrido en todo el año del 2009, desastre que impacto en casi todos los países del mundo.

Varios premios Nobel y el propio presidente Obama afirmaron que la economía de los Estados Unidos se hundió a causa de que las grandes instituciones financieras de ese país, se comportaron imprudentemente, especularon con una codicia desenfrenada, y nada quisieron saber sobre la necesidad de sostener la economía nacional y las economías personales, en conductas austeras.

Nuestro mejor estribo jamás puede estar en nuestra confianza de que nuestra prosperidad económica es la mejor garantía por sí misma. Nuestro mejor estribo, sólo lo podemos encontrar en nuestra prudencia económica, en vivir con decoro, y apartándonos de los lujos insultantes a otros, el despilfarro y el gasto superfluo. Si nos “montamos” en este desorden, estaremos cabalgando a “pelo”, sin montura y sin estribos.

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29 Octubre 2012 03:00:40
Somos responsables de nuestra felicidad
Las personas que pretenden llegar a ser felices adoptan una actitud muy curiosa: creen que la felicidad es algo que de pronto les llegará, como si se tratara de un regalo caído del cielo. Pero jamás piensan que en una  buena parte la felicidad dependerá de la actitud que asumamos ante la vida.

Y es que la felicidad no es un regalo que nos caiga del cielo, sino que debemos constantemente estar haciendo algo para obtenerla. No se trata que como muñecos manipulables apretemos diferentes botones para alcanzar la dicha. No, sino que asumamos una serie de conductas que nos permitan obtener resultados distintos a los que nos crean sufrimiento emocional.

¡Claro que en muchos sentidos la dicha es una cuestión de aprendizaje! Pero esto no significa que la felicidad consista en gozar de determinados conocimientos. El aprendizaje a que me refiero es el relativo a aprender las mejores maneras de vivir.

Todos sabemos, que la fuente más importante de nuestras desgracias nos viene del exterior, contrario a muchas corrientes de pensamiento que nos dicen que la felicidad y la desgracia esta dentro de nosotros. La realidad es que los eventos del exterior (pérdidas de seres queridos, frustraciones en el trabajo, accidentes, etc.) constituyen nuestras principales causas de desdicha.

Pero aun siendo lo anterior verdad, es un hecho incuestionable, que en nuestro interior poseemos unas minas inagotables para nuestra felicidad. Por ejemplo, gozamos de una serie de capacidades que no hemos explorado. No nos hemos preguntado que nos gustaría hacer en los próximos años. No hemos explorado una serie de campos de placer: por ejemplo, alguna clase de música nos puede resultar una mina de enorme contento, o podríamos gozar de capacidades para el dibujo, la historia, etc. Pero la realidad, es que no hemos explorado nuestro interior.

En gran parte, los sucesos del exterior nos causan infelicidad o dicha. Pero también, la manera de responder ante las adversas circunstancias externas, depende en gran medida de nosotros. Y esa manera de responder ante “los golpes del destino”, en muchos sentidos es una cuestión de aprendizaje.

No somos “robots” para activar y desactivar programas. En cambio, sí somos personas responsables que en gran parte tenemos el destino en nuestras manos. No en el sentido que “todo” lo bueno dependerá de nosotros, pero que sí en cambio, la actitud que asumamos ante los malos eventos, forma parte esencial de ese destino que sentimos que siempre se nos escapa.

Como seres humanos, los sentimientos que experimentamos a lo largo del día, nos indicarán si ese día fuimos felices o desdichados. En ese sentido, nuestros sentimientos, más que cualquier otra cosa, serán lo más importante para nuestra felicidad o desgracia.

Y aquí nos encontramos con un problema: una serie de sentimientos se originan de una fuente propia, y no hay nadie en el mundo que nos pueda decir cuáles fueron todas sus causas y la proporción que jugó cada una de ellas en el resultado final: tal o cual sentimiento.

Y es que en el surgimiento de un sentimiento, como la pesadumbre, la melancolía, la desilusión, la alegría, la satisfacción, intervienen causas muy variadas: tendencias genéticas, nuestra química cerebral en un momento determinado, el sueño reparador o un sueño de pesadillas, etc.

A pesar de que los sentimientos obedecen a muy variadas causas físicas, biológicas, la verdad es que no somos juguetes de nuestros sentimientos. En determinados eventos, se darán inexorablemente determinados sentimientos, pero una diversidad de ellos dependerán en alto grado, en la manera como podamos corregir nuestros pensamientos distorsionados, nuestras exageraciones, nuestras metáforas pesimistas sin sentido, y además, la forma como encaremos todos estos sentimientos.

Nuestra inteligencia y nuestra voluntad nada o muy poco pueden hacer ante una serie de sentimientos: la pérdida de un ser querido, el diagnóstico de una enfermedad grave que nos han descubierto, una frustración seria en el trabajo, y eventos que generarán sentimientos dolorosos. Ante esto, lo mejor es aguantar, soportar, y hacerle a cada evento desdichado su luto en su justa proporción.
26 Octubre 2012 03:00:11
El Sabio y el Aprendiz
Dame alguna cita o reflexión de Séneca –autor que tanto admiras–, le dijo el Aprendiz al Sabio. En efecto –le contestó–, admiro enormemente a Séneca por su excepcional fuerza de su pensamiento para formar buenos seres humanos. Empiezo por decirte, que Séneca nació en Córdova España y que su padre lo llevó a vivir a Roma desde muy pequeño.

Séneca fue el preceptor más importante del Emperador Nerón. Y cuando cayó de su gracia, Nerón le ordenó por conducto de soldados de su guardia imperial, que se suicidara. Séneca se quitó la vida en presencia de su esposa y de una serie de amigos. Todos lloraban, a excepción de Séneca, que se cortó las venas sin emitir la menor queja y sin que su rostro revelara la mínima tristeza. ¡Fue un admirable hombre!

Pues bien, te voy a transcribir algunas líneas de su Epístola numero 47: “¿No ves cómo retumban de aplausos los teatros cada vez que se dicen ciertas cosas que públicamente reconocemos y con nuestro consenso atestiguamos que son verdaderas? Por ejemplo: ‘mucho le falta a la pobreza, todo a la avaricia: para nadie es bueno el avaro; para sí mismo, pésimo’. Al oír estos versos, hasta el más mezquino aplaude y se complace de verse afrentado a causa de sus vicios”.

¡Excelente cita de Séneca–, le comentó el Aprendiz a su amigo. El efecto de ésta cita – le responde al Sabio–, se debe a que Séneca nos transmite su sabiduría a través de un impacto artístico en su forma de escribir. Y a tal grado es así, que aun el avaro que escuche en el teatro la referencia al detestable vicio de la avaricia, el propio avaro aplaude. Un pensamiento escrito por un hombre muy inteligente puede cambiar la perspectiva de vida de una persona. En la cita de Séneca – comenta el Sabio–, éste autor nos da una comparación impresionante: “mucho le falta a la pobreza, todo a la avaricia”.

Lo afirmado por Séneca –se dirige el Aprendiz a su amigo–, me parece absolutamente cierta: la pobreza consiste en un estado económico de grave escasez, y al pobre le falta mucho. En cambio, a la avaricia todo le falta. Y esto es verdad, pues el avaro no abre su cofre, pues solo lo utiliza para atesorar, pero jamás para gastar. El pobre, dentro de su indigencia, gasta lo muy poco que pueda tener, mientras que el avaro nada gasta en lo absoluto. Y en ese sentido, todo avaro es más pobre que el más pobre de los pobres. ¿O a caso –siguió hablando el Aprendiz–, no nos hemos enterado de avaros que murieron en la más repugnante suciedad y carencias, descubriéndose más tarde, que guardaban celosamente cantidades de dinero que nunca utilizaron?

¡Comprendiste muy bien la fuerza espiritual del mensaje de Séneca!, le comentó el Sabio a su amigo.

¡Estoy ansioso porque me des otra cita de éste admirable pensador!, dijo el Aprendiz. Bien –le contestó su amigo. Te voy a dar solamente un renglón de su Epístola numero 89, en la que escribió: “A esos que dicen: ‘¿Hasta cuándo siempre lo mismo?’ (a lo que Séneca le responde) “¿Hasta cuándo seguiréis cometiendo las mismas faltas?”.

El lamento de que hasta cuándo cambiarán las cosas, es la queja de quienes anhelan un cambio en su situación personal – aclara el Sabio–. Puede tratarse de que terminen los dolores corporales por enfermedades creadas por la gula; o bien, que la persona ya no siga sufriendo el descrédito que tanto le daña por su mala conducta, o que cese por completo cualquier tipo de mal por el que esté pasando.

Ante esta queja, Séneca le responde: “¿Hasta cuándo seguiréis cometiendo las mismas faltas?”. La respuesta de éste magnífico pensador – sigue hablando el Sabio–, no podía ser más contundente: las cosas no pueden cambiar si no cambian las causas que las originan. Si una persona padece de dolorosos problemas estomacales e intestinales, será imposible que cese el problema, si el enfermo continúa en un permanente desenfreno de la gula. Si a una persona le empiezan a amputar algún dedo del pie y está en peligro de que le amputen la pierna, debido a sus altos niveles de glucosa en la sangre, será imposible que no lo sigan mutilando si no se somete estrictamente a las indicaciones del médico. A la amputación de miembros seguirá la pérdida de vista y luego la muerte. ¿Cómo es posible que ésta persona pueda decir: qué hasta cuando siempre lo mismo, si continúa cometiendo los mismo errores alimenticios?

¡Entiendo –le dijo el Aprendiz a su amigo el Sabio! Más de lo mismo, nunca es la solución. Más gula no curará las enfermedades de mi cuerpo.

Estoy convencido de que solamente los más grandes poetas y novelistas son los que con más probabilidad pueden cambiar nuestras vidas. Su profunda inteligencia, su sensibilidad y su arte incomparable al transmitirnos sus sentimientos e ideas, pueden cambiar nuestra alma para siempre.


24 Octubre 2012 03:00:32
Conocer al ser humano
Conocer a nuestro prójimo nos resulta esencial si realmente deseamos comprenderlo. Conocer el comportamiento de otro nos lleva necesariamente a entender, primero, algunos rasgos de su carácter, de sus sentimientos, y algunas cuestiones fundamentales de su historia personal.

Ningún conocimiento es más importante que el conocimiento “del corazón”, del espíritu de nuestro prójimo. Guerras entre naciones, guerras civiles, delitos gravísimos, rupturas entre padres e hijos, fracasos matrimoniales, presentan siempre un trasfondo de incomprensión y de desconocimiento del comportamiento humano.

Un buen porcentaje de personas se cubre con una fachada en su trato cotidiano, con la finalidad de hacer creer al otro, que así son realmente. Por lo general, esta fachada es inconsciente, y lo que es peor, ellos mismos creen que son como su fachada los hace parecer ante los demás.

Por ejemplo, una persona levanta su fachada haciendo creer a los demás, que es una persona dura de corazón, de carácter muy firme y desinteresada de los demás. Y él cree que es así, pues piensa que es la mejor manera para triunfar en la vida. Él mismo cree, que su fachada es cierta.

Un buen conocedor del ser humano con sólo percibir algunas confusiones de esta persona que se considera “dura”, se dará cuenta de que en realidad se trata de un ser humano de muy buen corazón, con un carácter dócil y con un vivo interés en los otros. Lo que sucede, es que tiene mucho miedo a que abusen de su “buen corazón”, que le tomen ventaja, ya que tiene una tendencia natural a ayudar a otros. Su fachada de duro o de malo, la construyó para protegerse de lo que él cree que son sus debilidades. No sabe, que eso que él llama sus “debilidades”, pueden constituir sus enormes “fortalezas”. Su buen corazón lo puede conectar de inmediato con los demás, y su tendencia a ayudar a otros, revela un profundo sentimiento de solidaridad, lo que podría convertirlo en un líder natural en múltiples actividades.

Si queremos en realidad convertirnos en buenos conocedores del ser humano, debemos, en primer lugar, tratar a muchas personas, respetando sus sentimientos y jamás tratar de aprovecharnos de ellas. El manipular a otros, es el principal obstáculo para conocer la personalidad y el carácter de otros. El manipulador es experto en llevar agua a su molino, es un zorro astuto que detecta con rapidez las debilidades del otro. Pero jamás el manipulador podrá entrar a las fibras espirituales de los demás. Su rapacidad siempre se lo impedirá.

Y este mismo problema le sucede, por ejemplo, a una persona tímida, por más buena fe de que pueda gozar. Y es que toda persona tímida, aun cuando no se trate de ninguna zorra manipuladora, es tan ciega como el manipulador ventajista. Éste aprovechado ventajista goza de una vista de águila para percibir las debilidades de los otros, y se aprovecha de ello. Y el tímido, aun con toda su buena fe, es como si viera a través de unos lentes mal graduados y desenfocados. Su precepción espiritual está descentrada y se equivoca en redondo, al juzgar a otros. Para empezar, no confía en nadie. ¿Y cómo podría confiar en otros, si él mismo desconfía de su propia sombra?

Un alto porcentaje de personas tímidas gozan de elevadas capacidades, sólo que no creen que las tengan. Continuamente se están autosaboteando para probarse que en realidad son pocos valiosos. Subestiman sus capacidades y se espantan ante las exigencias de todo tipo, que la vida les plantea.

El tímido todo lo personaliza, y prefiere permanecer atrás de otros, a los que considera más fuertes y capaces. Si alguien le dice que es tímido, lo toma como un insulto y puede llegar a resentirse con la persona que se lo dijo. Se rinden pronto, y si alguien les sugiere algún cambio en su manera de pensar o en su conducta, terminan la conversación con la frase de siempre: “así soy, y ni modo”.

El tímido es un ejemplo perfecto de un “pésimo conocedor del ser humano”. Ni se conoce ni conoce a los demás. Por ello, para el tímido todo es sospechoso, se mueven en el pantano del pesimismo y en la suspicacia.

El tímido es totalmente curable. A veces, un determinado evento en sus vidas, los cura para siempre. El día que el tímido se dé cuenta que su timidez jamás le ha permitido conocerse a sí mismo ni conocer a los demás, habrá dado un enorme paso. O más bien, que se dé cuenta que su timidez es la consecuencia de no conocerse a sí ni a los otros.

No hay conocimiento alguno que nos reporte mayores beneficios en el buen sentido, que el conocer la condición humana.

La timidez excesiva, la cólera pertinaz, el sentimiento de desolación, son trastornos debidos al pobre conocimiento de nosotros y de los demás. La tarea no es tan difícil como parece, y en cambio sí, es fascinante y utilísima.
22 Octubre 2012 03:00:05
Perlas de Sabiduría de Menandro
Menandro nació en Grecia en el año 342 A. de C. fue un poeta cómico, y Goethe lo considera como a uno de los más grandes sabios griegos, junto con Sófocles.

En uno de sus pensamientos escribió: “La educación es para los mortales una posesión inalienable”. A Menandro le tocó vivir en la época cumbre del pensamiento y del arte griego. Las creaciones que se dan en esa época en la literatura, la filosofía y el arte, no han sido superadas hasta hoy en día.

La educación en Grecia constituye la tarea más importante de la sociedad. Se educaba al griego desde su niñez, en los más altos valores del espíritu y de la patria. Para Grecia, la educación constituía la tarea vital del estado y de todo ser humano. La música, filosofía, geometría, y las distintas manifestaciones del arte, estaban presentes en la vida cotidiana de los griegos. Para Grecia, la educación era invaluable, y se dirigía al fortalecimiento de la sociedad, de los valores de la patria y de la familia.

Para Menandro, la educación simplemente era una “posesión inalienable”. No se podía enajenar, en virtud de que los valores fundamentales de toda educación griega, eran parte del alma humana. La educación estaba impresa en la inteligencia y en el corazón de cada griego. No podía venderse lo que otro no podría comprar con todo el oro del mundo. Los grandes valores de la educación griega eran una tarea personalísima y a cada individuo le competía el educarse para su propio bien y para el interés general de su patria.

La educación a que alude Menandro, estaba orientada a formar la inteligencia, la moral, las emociones, el amor por la patria, el respeto al propio cuerpo, y el compromiso de contribuir permanentemente a defender los valores de la libertad, la justicia, la bondad, y las virtudes como la valentía y la entereza.

En otra de sus obras, escribió: “destierra de tu vida siempre el dolor”.

Permanentemente, Menandro nos invita a vivir en la entereza y en la alegría. En tiempos de éste poeta griego, hace 2300 años, la vida en esa nación no era nada fácil. Existía un alto porcentaje de pobres, y Grecia estaba permanentemente en guerra con otras naciones.

Menandro creía que la templanza en el dolor constituía una gran virtud. Como poeta cómico, señalaba las grandes debilidades del ser humano y también sus preciadas virtudes. El genial escritor alemán Goethe, nos aconsejaba que aun en el dolor debíamos darle cabida a la alegría. Y no se trataba de simple teoría, pues Goethe perdió tres o cuatro hijos en edad muy pequeña, y su único hijo se suicidó en Roma, y su esposa murió cuando Goethe tenía 67 años de edad.

No se trata de negar el dolor, pero sí, el no quererse inmolar en él, el no abrazarlo masoquistamente ni el sufrir a fin de que los demás nos compadezcan. Y así lo pensaba Menandro. En uno de los códices bizantinos aparece ésta máxima de Menandro: “Toda ganancia injusta causa perjuicio”.

No se trata de una máxima sólo de moral. Nuestro poeta griego estaba convencido que actuar injustamente atenta contra valores fundamentales del ser humano: violenta a la justicia, la ganancia injusta es un robo, fractura el orden social, empobrece o daña al despojado, siembra el injusto un mal ejemplo en la sociedad. En Grecia en ese tiempo, las enseñanzas de Homero en “La Ilíada,” escrita unos 300 años antes de Menandro, se desprecia lo injusto, y se considera al que obtiene ganancias injustas, como a un enemigo de la sociedad.

En La Ilíada, fuente permanente de consulta de Menandro, la justicia es uno de los valores supremos de todo ser humano, y un elemento de cohesión de la patria griega.

Recordemos, que la guerra de Toya, se inicia por una grave injusticia: el rapto de Helena por parte de Paris.

Y es que toda ganancia injusta constituye un acto de soberbia del que la comete; la ganancia injusta demuestra que la persona que la cometió, no valora en lo absoluto la dignidad humana. La ganancia injusta (lo vemos permanentemente en La Ilíada) demuestra desprecio, abuso, y una enfermiza codicia. Recordemos, cómo en La Ilíada, la injusticia que Agamenón comete contra Aquiles, causa gravísimos problemas. El que obtiene una ganancia injusta, era considerado en Grecia como un ser vil y despreciable. Las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, nos dan ejemplo muy reiterados de éste repugnante vicio.

La inmensa sabiduría de Menandro, así como la de Sófocles y la de Homero, constituyen una fuente segura para la formación de todo ser humano.
19 Octubre 2012 03:00:35
La nobleza de admirar
Admiramos, cuando alguna cosa hermosa o extraordinaria nos causa placer. Siempre que admiramos algo, lo contemplamos con sorpresa, entusiasmo o deleite, y porque lo consideramos noble.

En el terreno de las relaciones humanas, siempre amamos a los que nos admiran, o al menos, nos despiertan una viva simpatía; pero no siempre amamos ni les guardamos simpatía a aquellas personas que admiramos. Y es que, si alguien nos admira, acaricia nuestro orgullo y nos sentimos valorados. En cambio, podemos admirar ciertas cualidades de una persona no solo no sintiendo el menor afecto por ella, sino sintiendo envidia.

Cuando admiramos a alguien, inconscientemente creemos que el admirado se nos parece en algo, y la realidad, es que eso es cierto… y si aborrecemos a alguien, abrigamos la certidumbre de que no goza de ninguna de nuestras cualidades, ni nosotros guardamos con esa persona el más mínimo parecido.

Si admiramos mucho a una persona, siempre quedamos deslumbrados, pasmados y fascinados por los rasgos que consideramos tan valiosos. Y de ninguna manera, los que admiran, son o se sienten inferiores. Aun entre personas de relevantes capacidades, se da la admiración más pura.

Alejandro Magno admiraba al Aquiles de Homero, y Julio César llegó a llorar por los triunfos de Alejandro, cuando César aun no alcanzaba el poder. Napoleón era admirado en toda Europa y aun por sus enemigos, pero rara vez expresaba su admiración por alguien, y se refería con desdén a los oficiales de su ejército que gozaban de tener mucha suerte con las mujeres, y es que Napoleón siempre deseó éste rasgo.

El no ser capaces de admirar a algunas personas, ni capaz de sentirse admirado por las grandes bellezas de la naturaleza o por las geniales obras de pintores, escultores, músicos, literatos, gobernantes, es que padece más que de envidia, de una incapacidad para valorar los sobresaliente y noble.

Las personas muy admiradas pueden ir dejando de serlo, pues el tiempo desgasta la admiración para algunos, y lo que más destruye esa admiración es el trato frecuente entre el admirador y el admirado. Napoleón decía, que ningún hombre grande lo es para su ayudante personal. La admiración no se da gracias al raciocinio lógico, que llevó a cabo el admirador sobre las cualidades del que admira. La inteligencia del admirador y del admirado, no es lo relevante, sino factores emotivos y espirituales.

¿Cuándo admiramos el genio de Julio César, la divina composición musical de Mozart, las esculturas que por vez primera con el escultor Fidias parecen que están vivas, qué operación realiza nuestra inteligencia? Ninguna.

Y es que el ser humano abarca mucho más que su sola capacidad de razonar. La música, la poesía, los personajes llenos de vida creados por Shakespeare, están conectados con lo más noble y sublime de la vida. Una novela puede cambiar radicalmente nuestra vida, como igual nos puede suceder escuchando a Beethoven, o leyendo un genial cuento de Chejov.

Y si cambiamos, no es por las poderosas inteligencias de estos genios, sino gracias a que su capacidad artística nos pudo conducir a descubrir por vez primera, facetas de la vida que jamás habíamos percibido y que ni hubiéramos podido percibir sin el toque mágico de los artistas incomparables.

Y es que el arte traspasa la inteligencia y toca el alma. Por eso nos admiramos ante la belleza de la naturaleza, ante las grandes producciones del espíritu humano y ante personas que nos pasman por su alteza de miras y por sus nobles propósitos.

Admirar los méritos de los otros debe resultarnos muy reconfortante, ya que es imposible que podamos admirar a alguien si no gozamos de algún merito propio. No que gocemos de sus mismas cualidades ni en vastedad ni en intensidad, pero sí que seamos compañeros en rasgos de nobleza. Algo ha de tener de divinos nuestro ojos cuando son capaces de percibir la divina luminosidad del firmamento.

Es imposible que podamos admirar a alguna persona si carecemos de generosidad. No existe la admiración intelectual y objetiva y sin simpatía. Toda admiración está impulsada por la generosidad, y por ello, podemos afirmar que toda admiración es una generosidad admirativa.

Si somos capaces de abrir nuestro corazón para poder admirar a tantas personas que lo merecen podemos crecer espiritualmente de una manera enorme: es como si a nuestra alma se le adhirieran nuevas capacidades. Pues toda persona admirada por su nobleza y por sus hechos valiosos, es una fuente inagotable que nos impulsa a luchar siempre por lo bueno, lo bello, lo noble y lo verdadero.
17 Octubre 2012 04:00:14
Sentirnos superiores
Seguramente no sabes que tu carácter se distingue por la ligereza de tus juicios. ¡Fatuo! Tu necedad y falta de entendimiento no te permite verte como eres. Caminas tieso, creyendo que todos voltean a verte cuando pasas. Eres ridículamente engreído y no adviertes que tu vanidad es infundada. Te sientes “la divina garza”, sólo que la vanidad de la garza le viene de saber que en realidad es hermosa.

Tu engreimiento te lleva al ridículo, pues tu forma de hablar y tu conducta están marcadas por rarezas. Te deleitas con las extravagancias, sin saber que ello provoca las risas de los demás. Francamente eres extraño, delicado, quisquilloso, melindroso y puntilloso. Y lo peor de todo es que de nada de esto te das cuenta.

Cuando hablas engolas la voz y te gusta escucharte a ti mismo cuando conversas, como si tu voz gozara de los acordes de un ruiseñor. Tan pendiente estás de causar buena impresión, que lo que dices carece de fuerza y de sentido. Adoras los espejos y si no existieran te encantaría ser un narciso, para que te cultivaran como bella planta a la que admiran en los jardines por su belleza.

¡Fatuo! Seguramente no sabes que tu carácter se distingue por la ligereza de tus juicios y por tu convicción errónea de creerte superior a los demás. Y te preguntas en silencio cuál será la causa de tus frecuentes fracasos con las mujeres, no encontrando nunca causa alguna; y es que no adviertes que todas las mujeres no soportan que sus pretendientes hagan el menor ridículo. No sabes que una mujer puede desenamorarse por los ridículos que hace su enamorado.

Yo soy el que representa a los que nos reímos de ti. Y en nombre de ellos, sigo hablando. Te imaginas, ¿qué sería de ti sin tu fatuidad? Te parecerías a una bella y encantadora mariposa a la que le arrancaran las alas: Simplemente un feo gusano. ¡No te confundas! Tu engreimiento en nada se parece a la arrogancia de un caballo “pura sangre”, que de tanta vitalidad se siente diferente a los demás caballos. Alza su cabeza y con sus cascos golpea rítmicamente el suelo; relincha moviendo todo su cuerpo y exhala un resoplido con fuerza, quedándose noblemente quieto.

En cambio tú confundes tus extravagancias con la vitalidad que nace de un noble corazón y de una buena inteligencia. No niego que con frecuencia seas acreedor a dignos méritos, pero éstos no quedan guardados en un corazón satisfecho, sino que los esparces en una actitud de soberbia, según tú, bien disfrazada.

Desafortunadamente te compadecen rara vez por tus desgracias. Y es que tú ahuyentas a los que compadecen, pues ellos bien saben que no los necesitas, ya que tu propia fatuidad te consuela.

¡Qué ridiculez!, pero en verdad te pareces a los grandes montes que provocan grandes alharacas anunciando que van a parir un ser extraordinario, y al final de cuentas vienen abortando a un ridículo ratón.

Quiero darte una buena noticia y espero que te agrade. Y a propósito, hablando de las “rarezas” del Fatuo, debes saber que es muy raro que un Fatuo sea malo, que anide en él la maldad. Y es que el deleite permanente del Fatuo consiste en estarse admirando siempre, y quien siempre se admira, es casi imposible que llegue a odiar a otros. No hay verdadera maldad sin una carga fuerte de odio, aunque es propio de corazones nobles odiar con causa justificada.

¡Es cierto!: el Fatuo muy rara vez odia, y ni siquiera tiende al enojo y enfado.

Su corazón está ocupado en admirarse y en mandar sangre nueva a sus maneras afectadas.

Pero francamente eres presumido, y por desgracia, presumes de tus necedades, sin darte cuenta que bien podrías presumir de algunas de tus buenas cualidades, que por supuesto que las tienes, pero tus extravagancias no te permiten verlas.

Podemos concluir que si el Fatuo pidiera un consejo a fin de poder remediar sus males, bien le podría venir el siguiente:

Que observe a la hermosa garza con su largo y bello cuello, su hermoso plumaje y su digna estampa. Que mire detenidamente cómo la garza es consciente de su esplendorosa beldad, pues así se lo han confirmado todos los lagos que reflejan su preciosidad. Pero como no quiere admirarse a sí misma, sino dedicarse a sus crías, extiende su plumaje, y en una actitud humilde, inclina su cabeza hacia el piso y fija su mirada en sus feas patas, a fin de no permitir que el engreimiento alguna vez pudiera morar en su corazón.
17 Octubre 2012 03:00:54
Dolencias del alma
En un escrito póstumo de Nietzsche se encontró entre sus papeles este pensamiento: “El enfermo tiene a menudo más sana su alma que el sano”.

Nietzsche no afirma que el enfermo tenga “siempre” más sana el alma que el sano, sino que “a menudo”, es decir, con frecuencia. Una de las frases más conocidas de la Grecia Antigua es ésta: “Mente sana en cuerpo sano”. Esta famosa sentencia griega ha sido desmentida por la ciencia desde hace mucho tiempo.

Un cuerpo sano de ninguna manera garantiza una mente sana. Las funciones fisiológicas pueden guardar un excelente equilibrio en todos los sentidos. Pero recordemos que se dan determinadas circunstancias que afectan gravemente la mente y las emociones de las personas. Una deficiente educación infantil, pérdidas de seres queridos, fracasos existenciales, enfermedades crónicas, pueden llegar a enfermar las emociones de un ser humano.

Cuando una persona padece de una enfermedad seria y crónica, deja de ser físicamente sana en el más estricto sentido del término. Y lo que ocurre muy a menudo, es que la toma de conciencia en una persona, de que está enferma, le cambia la visión de su vida y del mundo. Con frecuencia, la salud física de una persona la lleva a pensar que es “invulnerable”, y su propia salud física pudiera engendrar sentimientos de una falsa superioridad.

Los enfermos, por lo general, sufren mucho más que los sanos, y su propia enfermedad los lleva a adquirir una mayor sensibilidad en todos los sentidos. Los enfermos saben, por propia experiencia, que son “absolutamente vulnerables”, tienen una conciencia de sus propias limitaciones, han experimentado en carne propia la enorme importancia de su dependencia a otras personas: médicos, enfermeras, cuidados hospitalarios, etc.

Por lo general, todo enfermo, y más si la enfermedad es prolongada, han reducido sus niveles de grandiosidad, de egoísmo y de autonomía. En cambio el sano, inconscientemente cree que es inmune a cualquier enfermedad, piensa que no depende de nadie, y asegura en su interior que jamás dependerá de los demás. Probablemente, desde una conciencia meramente intelectual, el sano acepta y dice que “nunca se sabe”, que podrá enfermar, pero se trata de una consciencia ligera y superficial.

En cambio el enfermo vive en carne propia sus severas limitaciones, sus reales sufrimientos, sus dependencias indispensables a otros, y un larvado y permanente miedo a sufrir un agravamiento, e incluso, un temor a la muerte que ve como un acontecimiento real.

Pasar de la salud física a una enfermedad grave o muy limitante, constituye un duro golpe a su más íntima seguridad; el enfermo se da cuenta por vez primera, que no es inmune y que ya no lo será jamás en el futuro. Es un golpe a su seguridad interior, y a su narcicismo, si es que lo padecía. Su autoestima se ve muy disminuida. Empieza a gestarse una desconfianza en sus propias fuerzas biológicas. Se engendra en su corazón un miedo que jamás había sentido y que le parece totalmente extraño y diferente a todos los demás temores que había experimentado.

El enfermo grave, crónico, o severamente ya limitado por su enfermedad deja de ser la misma persona. ¡Tantas incógnitas, miedos y dudas pasan por su mente, que resulta imposible que pueda ser la misma persona! Su conmoción lo ha golpeado en el centro de su alma, afectando todo el espectro de sus fundamentales emociones.

Un buen porcentaje de enfermos de esta clase experimentan un impresionante crecimiento emocional y espiritual. Descubren valores que su visión anterior no percibían; cambian de sitio el orden de cosas en sus vidas: excluyen algunas e incorporan otras enteramente nuevas.

Por lo general, el enfermo valora más la vida y le da al momento presente un valor de eternidad. Cobra conciencia de que verdaderamente va a morir (no necesariamente de su enfermedad), y se trata de una conciencia profundamente espiritual y sensible, y no la conciencia ligera de la persona sana.

Por todo esto, creo que Nietzsche tiene absolutamente la razón cuando escribió: “El enfermo tiene a menudo más sana su alma que el sano”. Y la tiene, porque se ha vuelto mucho más humano, más consciente de sus limitaciones y riesgos; es más compasivo con los demás y más tolerante. Y casi siempre empieza a vivir una vida más autentica y genuina.
16 Octubre 2012 04:00:56
Diálogo entre la culpa y la comprensión
La Culpa penaba por las calles, se estiraba los cabellos, su cara mostraba una rara mezcla de tristeza, miedo y desesperanza. La Comprensión, que era tan benévola y tolerante, se le acercó y le rogó que por favor le contara la causa de su pena y de su tormento.
Sí te contaré –le dijo la culpa- , pero antes quiero decirte que mi tormento me viene porque mi conciencia me acusa de algo que es cierto, y es tanto mi pesar, que detesto mi mala acción, y a tal grado es así, que si tú no me hubieras pedido que te contará la causa de mi pesar, como demente confesaría mi culpa a cualquiera, pues siento que se me pudre en el pecho.
Tengo mucha vergüenza de contarte los detalles de mi mala acción. ¡Mira, le dijo la Comprensión, no es necesario que te avergüences y sufras más al recordar tu mal comportamiento! Y como mi naturaleza no es proclive a la morbosidad ni a una curiosidad malsana, mejor te escucharé de todo corazón, todo aquello que tú libremente quieras contarme.
Yo sé, dijo la Culpa, que mis actos atentaron contra valores morales y contra la dignidad mía y la dignidad de la persona a que dañé. Es cierto, lo que expresas –afirmó la comprensión-, pero debes saber, que tus sentimientos de culpa no son, sin embargo, ningún deshonor, ni se deben a ninguna degeneración de tu alma, pues si así fuera, no te dolería tú culpa; sino al contrario, estas expresando un arrepentimiento, y debes saber, que solamente se arrepienten los que gozan de una inviolable dignidad de su propia persona, y de que gozan también, de una conciencia moral muy fina y elevada.
Te veo tan apesadumbrada, que creo que tu arrepentimiento es muy intenso y agudo, y cuando esto es así, no hay culpa tan grande que no venza por completo el arrepentimiento. Arrepentirse de todo corazón, es la mejor de todas las medicinas para las enfermedades del alma.
Fíjate muy bien, siguió hablando la Comprensión: Despreciamos algo que consideramos útil, valioso o moral, o todo junto, y al haber actuado con desprecio a ello, nos damos cuenta que actuamos equivocadamente, o francamente de manera inmoral; después de ello, empezamos a reprocharnos nuestra conducta u omisión, a lo que luego le sigue un sentimiento de arrepentimiento, que en algunos casos, y de no curarse, puede llevar a la locura o a la privación de la propia vida.
Además, continuó hablando la Comprensión: Al tormento y tristeza, se pueden añadir otros sentimientos, como es el miedo o el pánico, al temerse las consecuencias que puedan traer nuestros malos actos. Sí, dijo la culpa, éste miedo ya lo estoy sintiendo, por lo que ya no sé qué hacer con tantos pesares y angustias.
Lo mejor que podrías hacer, le dijo la Comprensión, es no darle una y mil vueltas a tu arrepentimiento, pues estas cavilaciones te traen a la memoria nuevas culpas, y éstas, a la vez, dan nacimiento a nuevos arrepentimientos. Darle muchas vueltas al arrepentimiento, es la prueba de no haberse arrepentido profundamente. Arrepiéntete fuertemente, y si eres creyente en Dios, pídele perdón por tus faltas, y si se puede, trata de remediar lo más que puedas, el daño que a otros causaste.
Recuerda, siguió hablando la Comprensión, que para arrepentirse, se requiere de valentía y de humildad. ¿O acaso, te sentías perfecto como Dios, o creías que eras inmune a las faltas graves, como si fueras un Ángel? ¡Claro que no! Tú, yo, y todos, somos susceptibles de cometer lo peor. ¡Ahora, a ti te tocó! Así, que si aceptas la vida, no puedes dejar de aceptar el arrepentimiento. El arrepentimiento es un sentimiento muy doloroso, pero es de los actos más sublimes, pues es la prueba irrefutable de que nos reconocemos con todas nuestras miserias, debilidades y flaquezas. Es imposible, que nos arrepintamos de todo corazón, sin que antes no hayamos destruido nuestros enfermizos sentimientos de grandiosidad y de soberbia.
La Culpa tenía los ojos anegados de lágrimas  y por vez primera, sintió que sus tormentos comenzaban a desaparecer, y sintió también, que la vida de nuevo lo metía en su torbellino, y que la existencia le ofrecía nuevas oportunidades.
Si el hombre goza de un solo rasgo que es divino, ese es, el del arrepentimiento nacido de las profundidades del corazón.
15 Octubre 2012 04:00:58
Amor propio
¡Cuando nuestras cosas van mal, no necesitamos que nadie nos lo diga, pues somos nosotros los que sufriremos las consecuencias; y si a eso le agregamos que nosotros pensamos que fuimos culpables, peor aún, pues constantemente nos estaremos atormentando al culparnos de los pésimos resultados!
¡Y cuando nuestras cosas van bien, gracias a muchos aciertos y esfuerzos, claro, que nos alegramos! Pero por lo general, se da un mecanismo diferente al caso anterior: Si nuestras cosas van mal por culpa nuestra, vivimos un periodo de tiempo en un permanente automartirio de culpabilidad. Y cuando vemos nuestros éxitos como resultado de nuestra conducta, aceptamos con agrado los resultados, pero muy rara vez nos felicitamos por ello.

Estamos hambrientos de que “otros” nos reconozcan nuestros méritos, y en cambio, no somos capaces de reconocer nuestros propios méritos. Este mecanismo es erróneo, pues estamos muy pendientes de que los demás nos feliciten y nos reconozcan. Y por lo general, este reconocimiento no llega en la medida de nuestras expectativas: Que nos elogien ciertas personas, en el tiempo que queremos, etc. Así, que los reconocimientos ajenos al no llegar como los queríamos, es causa de frustración.

Si realmente deseamos estar satisfechos de una manera profunda y permanente por lo que hemos hecho, debemos ser nosotros los que necesitamos autoelogiarnos, reconocernos y felicitarnos. Pero debemos hacerlo siempre, deteniéndonos en los sentimientos que nos provocan satisfacción y alegría. Repasemos en nuestra memoria, nuestros aciertos, revivamos el gusto que sentimos en esos momentos, démonos nosotros mismos esa palmada en la espalda que tanto ansiamos de los demás. En una palabra, y en este sentido concreto, seamos los mejores amigos de nosotros mismos.

Hay personas que viven culpándose amargamente por años y decenios, de cosas que hicieron mal. Nunca terminan de cumplir la autocondena que se impusieron, y hasta afirman en voz alta: “Esto no me lo perdonaré jamás”. Y en cambio, decenas, cientos y miles de actos acertados y de acciones bondadosas, en nada cambian sus equivocados o malos actos del pasado. Todo lo bueno y exitoso, nada abona en la cuenta del ayer.

Si nosotros mismos no nos aplaudimos, siempre estaremos muy pendientes de que se cumplan nuestras fantasiosas y exigentes expectativas de los aplausos que de otros quisiéramos recibir. Esto se convierte en una verdadera adicción de dependencia que no debemos permitir.

Por ejemplo: si una persona está cumpliendo exitosamente un régimen alimenticio, dado su dañino sobrepeso, y por algunas circunstancias, no recibe los elogios que esa persona quiere, como son, los de su cónyuge, hijos y amigos, siente que de nada valen sus sacrificios, y en un estado de frustración y ansiedad, come descontroladamente, y aun más, abandonando sus excelentes propósitos y éxitos ya obtenidos.

Pero si esta persona no estuviera pendiente de las felicitaciones que esperaba, sino que ella misma se autofelicita, y con eso le basta, no experimentará ninguna amargura, y sí, en cambio, su satisfacción le renovará los bríos para seguir triunfando en sus propósitos de llegar a ser y conservarse como una persona esbelta  y mucho más saludable.

Es una triste realidad que muchos de nosotros no podamos “estar satisfechos de nosotros mismos”. Un buen porcentaje de personas, viven constantemente en un estado de autorecriminación agudo y amargo. Pero hay personas también, que saben perdonarse y seguir adelante.

El “estar satisfechos con nosotros mismos”, constituye uno de los tesoros más valiosos que podamos tener a nuestra disposición. No necesariamente tenemos que buscar en nuestra infancia las causas por las cuales casi nunca estamos satisfechos con lo nuestro.

Muy seguramente, más útil que buscar en nuestro pasado, lo que debemos hacer, consiste en escribir los éxitos y actos buenos que estamos teniendo. Recrearlos en nuestra conciencia, y felicitarnos por ello. Si cada conducta exitosa la llevamos una y otra vez a nuestra conciencia, iremos poco a poco, transformando no solo el impacto de nuestra conciencia, sino que nuestra conducta será cada vez más eficaz en todos los sentidos.
15 Octubre 2012 03:00:34
El Sabio y el Aprendiz
Hoy me encuentro con mi espíritu más ligero, menos dispuesto a las profundas reflexiones, así, que por favor amigo –le dijo el Aprendiz al Sabio–, instrúyeme sobre algunas cuestiones muy prácticas y útiles para mí vida.

¡Muy bien –le contestó el Sabio!-, y empecemos por una cuestión que es muy simple, pero que si nos equivocamos en ella, puede acarrearnos muchas dificultades y aun, hasta robarnos la felicidad. Me refiero –siguió hablando el Sabio-, a la esencial necesidad de decidirnos qué queremos hacer en la vida, es decir, cuál es el oficio o trabajo al que queremos dedicarnos. Ésta es una de las decisiones más importantes para un ser humano. Porque parece, que un hechicero malvado puso todos los oficios en una gran urna, la revolvió y luego, le pidió a las personas que metieran la mano y que se dedicaran al oficio que indicara la tarjeta.

¡Y si no –le advirtió el Sabio-, escucha tantos lamentos y dificultades!: el que quería ser piloto aviador, estudio abogacía; el que hubiera sido un excelente técnico electricista, trabaja como dentista; el que deseaba con todo su corazón ser médico, está dedicado a trabajar como gran empresario en la fábrica de su padre; el que quería ser carpintero, es un pésimo ingeniero.

Atinarle al oficio adecuado constituye uno de los más importantes aciertos en la vida. Pero esto no termina aquí –señaló el Sabio-, sino que resulta indispensable que una vez que se ha elegido el oficio, es imprescindible que perseveremos en ese trabajo, oficio o vocación.

¡Tienes mucha razón -le contestó el Aprendiz! Yo he fracasado muchas veces porque no he persistido en mi oficio y por el hecho de que no perseveré el suficiente tiempo. Hasta ahora me doy cuenta de la necesidad de ser persistentes en lo que hacemos. Y por eso, hasta ahora entiendo el significado del refrán popular: “Roma no fue construida en un día”.

Y también el dicho muy conocido: “Una golondrina no hace verano”, y otra frase muy sabia que se aplica a los que no perseveramos en nuestros oficios: “Ser flor de un día”. ¡Lo captaste muy bien! Le dijo el Sabio a su amigo el Aprendiz.

¡Hay algo que no he podido comprender –dijo el Aprendiz-, y acudo a ti en tu ayuda! Mira, fíjate muy bien. Cuál será la razón de que varios días a la semana, no incluyo los sábado ni domingos, me parecen muy largos, como si el tiempo pasara muy despacio. Ésta sensación lenta del tiempo me provoca una mezcla de sentimientos muy incómodos y hasta perturbadores: siento ansiedad y a la vez, aburrimiento y un sentimiento de impotencia y de ineficacia.

¡Te entiendo –le respondió el Sabio! Lo que te sucede, es que no te has dado cuenta que la laboriosidad en cosas útiles y provechosas es una excelente cualidad del alma. Por medio de la laboriosidad obtenemos nobles y grandes propósitos. Y digo que no te has dado cuenta, en virtud de que tú mismo me has contado que con frecuencia la “flojera” es tu fiel compañera.

La flojera, la inactividad –le siguió diciendo el Sabio a su amigo-, alejan al hombre de su centro de gravedad emocional. Le provocan que emocionalmente distorsione lo que es el tiempo. De esta manera, el hombre no sabe qué hacer, se siente ansioso y con sentimientos de culpa, ya que está desperdiciando de lo que está hecha la vida: de tiempo. ¡Enérgicamente, adopta la laboriosidad y pronto se esfumará de tu vida las ansiedades y tristezas, propias de personas flojas e inactivas!

¡Trataré de hoy en adelante –le dijo el Aprendiz-, de hacer de la laboriosidad útil, una de las actitudes y conductas más esenciales para el resto de mi vida!

En ocasiones –se dirigió el Sabio a su amigo-, no nos metemos de lleno a nuestro oficio y trabajo, porque hemos vivido en uno de los engaños que más paralizan a los seres humanos: creer que no nos atrevemos a intentar o realizar ciertas acciones, porque creemos que son difíciles o que nosotros no las podemos hacer. Cuando en realidad nos son difíciles, por el simple hecho de que no nos atrevemos a realizarlas. ¡Mira – le dijo!: observa cuántas personas de todos los medios sociales, han obtenido muchos logros por el solo hecho de haberse atrevido.

Cuando una persona no se atreve –continuó hablando el Sabio-, no se produce ninguna acción, y en consecuencia, no se transforma la realidad. Pero cuando alguien se atreve, su atrevimiento requiere de la “acción”, y la acción es lo único que puede transformar la realidad. Acuérdate de esa gran cita del poeta Alemán Goethe, quien escribió: “La audacia tiene genio, poder y magia”. ¡Excelente!, contesto el Aprendiz.

Debemos darnos cuenta de la importancia de la laboriosidad, la perseverancia y el milagro del atrevimiento. El atrevimiento es la osadía, la audacia, la acción intrépida. Y estas cualidades podemos incorporarlas a nuestro carácter.
12 Octubre 2012 03:00:04
El nuevo culto al hedonismo
Las sociedades desarrolladas, y aun las que presentan una fractura grave como México, con 20 millones de personas viviendo en la “pobreza alimentaria” y 30 millones más viviendo en la “pobreza patrimonial”, han creado un nuevo dios: el dios del bienestar y del consumo. Los 50 millones de pobres en México no tienen acceso a este dios.

Algo sucedió en las sociedades capitalistas, que aun no ha sido estudiado a fondo. En los últimos cuarenta años, las sociedades desarrolladas de todo Occidente, y Japón del Oriente, empezaron a abandonar con gran rapidez los valores culturales más sólidos, como la unión familiar, las relaciones estrechas con amigos, la vida simple, el apego a sus comunidades, la lealtad, la cooperación, etc.

Ahora, estas sociedades han hecho de los placeres físicos y de la comodidad la meta fundamental de la existencia personal. El bombardeo de ofrecimientos para brindar placeres físicos y sensuales está a la vista: los anuncios de playas y de todo tipo de lugares turísticos, en los que destacan los cuerpos de mujeres hermosas, hoteles de lujo, restaurantes de ensueño. Distracciones de toda clase, y ofrecimientos que aseguran un confort único y un despertar de los placeres sensuales como jamás nadie lo había soñado.

Estas sociedades se han convertido en el campo más propicio para rendir culto al “hedonismo”, en su máximo esplendor. El dios del hedonismo y del consumo esta suplantando a pasos acelerados, toda una cultura de valores que a Occidente le tocó ir formando durante los últimos 2 mil 500 años, y que se originó en Grecia.

Pero es impresionante la paradoja: a mayores goces sensuales, mayor tristeza; a mayor consumo, más desenfreno por consumir más; a mayores distracciones, aumento de la angustia; a mayor riqueza personal, mayor decepción y soledad; a mayor bienestar de sensaciones físicas, aumento en las depresiones emocionales.

La adicción al consumo desenfrenado, la ansiedad por probar las promesas del hedonismo, el gasto en placeres, la satisfacción de necesidades inventadas, ha ocasionado vidas frustradas y un alejamiento veloz de la felicidad. Los estoicos de la Grecia y Roma Antigua tenían razón: la riqueza, el lujo, el dispendio, y el goce de todos los placeres, mata la felicidad tan deseada.

Nuestra sociedad abandonó la tarea de pensar y de una vida simple, y de afirmar los valores tradicionales que dieron estructura y fuerza a nuestra nación. Y la suplantó por una serie de costumbres que cada día enferman más a nuestra sociedad: drogadicción, alcoholismo, rompimiento familiar, adoración por el dinero, codicia enloquecedora, insolidaridad, abandono y desconocimiento de nuestra historia, rechazo a la identidad nacional y una adopción a un universalismo ininteligible.

Nuestra actual sociedad privilegia los factores de la competitividad, la rivalidad, y el éxito a toda costa. Estos factores exacerban la envidia, los celos, los sentimientos de inferioridad, el odio, la codicia y la desesperación por alcanzar el triunfo, no importando caiga quien caiga. Todo esto crea la lucha a muerte entre iguales, el desplazamiento de los menos afortunados, la destrucción de la cooperación y la ayuda mutua, el aniquilamiento de la solidaridad y del concepto de grupo y de comunidad.

La competencia desenfrenada y la victoria del más rapaz, ha incentivado el gusto y el placer por aplastar al otro y a la competencia. Y con esto se incrementa el sadismo y el perverso gusto de verse en la cima y al otro tirado en el suelo. Todo esto viene a crear la ilusión que la mejor de las vidas es la del éxito personal. Crea la fantasía de que la satisfacción personal y nuestra autonomía demuestran el valor de una existencia lo más personal que sea posible, y lo más alejado que se pueda de todo lo que implique solidaridad y compromiso con los otros.

El nuevo dios del hedonismo y del consumo enajenante, y de vidas encerradas en un enfermizo individualismo, han pretendido “privatizar” la felicidad. La felicidad ya no es cuestión de grandes propósitos colectivos ni de una saludable conciencia social. La felicidad, ahora, es cuestión de “cada quien”, del más hábil y del más depredador.

Esta nueva manera de vivir es el fundamento del pronóstico de la Organización de las Naciones Unidas: para el año 2020, la depresión emocional habrá invadido al 30% de la población mundial, con consecuencias desastrosas para las naciones y para las vidas privadas de varios miles de millones de personas.
11 Octubre 2012 03:00:00
Morir a la palabra
El lector de estas líneas podría estar muerto. Es decir, podría haber sido declarado jurídicamente muerto sin que lo supiera ni (obviamente) fuera cierto. Bastaría con que alguna autoridad hubiera aportado ciertas evidencias que acreditaran “fuertes indicios” conforme a pruebas periciales (tan en entredicho como todo el andamiaje mexicano de lo policiaco y lo judicial) para que se conformara el cuadro de presunta defunción. Si el falsamente finado tuviera relevancia de tal calibre, altos funcionarios podrían confirmar la supuesta baja, sin mayor fundamento que su publicitada palabra. Poco importaría una diferencia de 16 centímetros en dos reportes oficiales distintos sobre la misma persona (medida que acabó en 1.80 metros y no 1.60 como originalmente se había dicho), o una inexplicada ausencia de orejas: cualquiera puede ser declarado muerto a partir de que la autoridad así lo establezca tajantemente./

En ese contexto de aberraciones fúnebres, también podría suceder que recursos públicos cuantiosos hubiesen sido despilfarrados en la persecución de verdaderos fantasmas: cualquiera de los grandes jefes del narcotráfico pudo haber sido “abatido” en un “enfrentamiento” casual en algún poblado de olvido sin que los cazadores federales se hubieran dado cuenta de la pieza que por accidente había caído en redes fortuitas. Podría ser, por ejemplo, que el mismísimo Chapo Guzmán (sustituya el lector el apodo y apellido anteriores por los de su regional preferencia) hubiera muerto por allí, sin reflector alguno, y que por ello las autoridades federales lo buscan y buscan y no lo encuentran. Eso habría sido posible si el primer Joaquín del país hubiera sufrido suerte parecida a la del famoso Heriberto Lazcano, de cuya identidad se enteró la Marina hasta que el cuerpo de éste sufrió un delator robo en una funeraria perdida, sin resguardo alguno y gracias a diligencias periciales realizadas por la misma estructura estatal bajo sospecha de ser controlada por los zetas. Si no se hubieran llevado el cuerpo, denotando así su especial valía, los zetas seguirían oficialmente con jefe al mando y marinos, militares y policías federales gastando dinero y desplegando personal en busca de quien habría sido modestamente inhumado en los solitarios Funerales García de Sabinas, Coahuila./

Tales posibilidades de macabros equívocos provienen del abatimiento (para usar la palabra exterminadora de moda) del estado de Derecho por parte de una administración gubernamental que condena al anonimato y el olvido a decenas de miles de mexicanos muertos en circunstancias que deberían tener proceso de investigación y desenlace de certeza aunque las víctimas fueran los peores delincuentes del mundo (estableciendo con claridad los hechos y culpas de unos y la inocencia de otros) y que, al mismo tiempo, buscando fabricarse laureles a partir de los despojos humanos, difunde a través de sus poderosos altavoces mediáticos los nombres, apellidos y apodos de ciudadanos a los que se sentencia de antemano, atribuyéndoles en espots de tonos cavernosos la responsabilidad de delitos relacionados con el narcotráfico, aunque luego tales cargos acaben siendo judicialmente derribados./

El grotesco espectáculo de un gobierno federal resbalando a la hora de comunicar presuntos hechos trascendentes, dando como verdad oficial algo que no ha sido demostrado pericialmente ni tiene solidez jurídica, peleando contra sí (la Marina dando una versión y “fuentes” civiles haciendo precisiones) y contra otros que presuntamente serían sus aliados (la procuraduría de justicia de Coahuila dice que entre sus obligaciones no está la de cuidar cadáveres en funerarias), y queriendo demostrar que su “guerra” ha tenido éxito porque ha ido deteniendo o “abatiendo” a jefes famosos del narco, solamente es una estampa trágica más del voluminoso libro de desaciertos, abusos e insania del que a juicio de este precipitado tecleador pasará a la historia como el peor gobierno de México (hasta ahora, obviamente)./

Astillas: Andrés Manuel López Obrador ha iniciado su caminata electoral de seis años en Campeche, tierra políticamente dominada por priistas (candidatos de tres colores ganaron este año 20 de los 21 distritos electorales locales) aunque emocionalmente cercanísima a Felipe Calderón, pues fue allí desde donde pretendió construirse en 2006 una suerte de vicepresidencia binacional de México con Juan Camilo Mouriño al frente y con la vista puesta en la postulación presidencial en 2012... AMLO está consultando a asambleas estatales sobre una decisión tomada: construir un nuevo partido a partir de la estructura de Morena. El lenguaje de los principales declarantes en este proceso suele hablar del proceso como si ya estuviese formalmente aprobado el “sí”... El senador lopezobradorista Ricardo Monreal anunció que si el IFE negara el registro al nuevo partido, entraría al generoso relevo el Movimiento Ciudadano que antes se llamó Convergencia y que entonces como ahora tiene como dueño y principal beneficiario a Dante Delgado, quien horas después dijo que no es cierta la versión del zacatecano. Que podría haber pactos y alianzas, pero no se piensa en ceder el registro a favor de Morena... Dignos de novelación al estilo de Mario Puzo son algunos episodios de la realidad política mexicana. El más reciente es el relacionado con el viaje intrercontinental que ha realizado Enrique Peña Nieto a bordo del avión que aún controla FC y que le “prestó”. ¿Quién es el responsable de la buena operación de la nave, de su mantenimiento y seguridad?... El presidente del IFE, Leonardo Valdés Zurita, jura que en las pasadas elecciones ya no fue dominante “el poder del dinero”. No se refería al escandaloso espectáculo de compra-venta del voto y de las operaciones con tarjetas y otros mecanismos para el financiamiento de las operaciones de adulteración comicial sino a que, esta vez, el dinero “no se convirtió en mayor influencia del espacio radioeléctrico”. Luego dijo, muy convencido: “la radio y la televisión han respetado las reglas de la contienda”... ¡Hasta mañana! ( fin)
10 Octubre 2012 04:00:22
El sabio y el aprendiz
¡Estoy ansioso por recibir tus enseñanzas –le dijo el Aprendiz al Sabio-, respondiéndole éste de la manera siguiente!: Ten muy en cuenta, que nada en la vida es fácil, y que en sobradas ocasiones te encontrarás en medio de difíciles problemas; no faltarán personas de buena fe que te aconsejen lo que ellos piensen que es lo mejor. Pero recuerda, que por mejor que puede ser el consejo, las bases para solucionar tus dificultades, deben ser la Prudencia y la Virtud. Podrás tomar resoluciones extremadas y muy complejas, pero siempre, la Prudencia y la Virtud le darán el toque mágico a tus decisiones.

Es cierto – continuó hablando el Sabio -, que muchos factores resultan imposible que los podamos controlar, y que la Fortuna nos puede mostrar todo su desprecio en esa ocasión. Pero en la gran mayoría de los casos, los resultados serán para nosotros, buenos o malos, según así hayan sido nuestros actos.

Si nuestros actos están revestidos de la Prudencia y de la Virtud, independientemente de lo esforzado y oportuno que debamos ser, lo más probable es que salgamos victoriosos.

Gracias, le dijo el Aprendiz, ¡y a propósito!, que podría hacer para que realmente me amen una serie de personas que me tratan bien, pero que realmente no siento que me quieran. Y has de saber, que yo trato a toda costa de ganarme su cariño: Les hablo con respeto, los visito en sus cumpleaños, les regalo cosas, los elogio, y aun así, no logro que me quieran.

Pues con estas conductas, nunca lo lograrás – le dijo el Sabio - : Más de lo mismo, te dará los mismos resultados. Pero el día que en realidad los quieras, no necesitarás de tantos artificios; los artificios son bagatelas, conductas artificiales de las que nada quiere saber el amor. Sólo tendremos el amor de nuestros hijos, cónyuge, amigos, cuando sintamos un genuino amor por ellos y se los expresemos.

Incluso, podríamos no expresárselos, y como el amor es tan infalsificable, que a los que amemos se darán cuenta de ello. Como ves, la forma de ser queridos es simple, pero muy difícil de hacerla realidad, pues el precio que nos pide es que amemos si queremos que nos amen. ¡Ya entendí, dijo cabizbajo el Aprendiz: Realmente la tarea es difícil, pero si quiero que me amen, tendré que amarlos a ellos!

Quería preguntarte –le dijo el Aprendiz-, qué hacer con mi codicia, pues me doy perfectamente cuenta, que cuando llego a obtener los ingresos que creí que me serían suficientes, más los alcanzo, y ya estoy fijando ingresos mayores por obtener; es decir, que jamás estoy contento ni me siento seguro con lo que tengo.

Lo que sucede –le respondió el Sabio-, es que todo ser humano cuando pasa por necesidades reales, lo poco le parece mucho, pero una vez que su corazón se vuelve codicioso, los grandes ingresos, y aun, las inmensas riquezas, le parecen poco. Y es que el problema para el codicioso, nunca se va a resolver en base a lo que mucho tenga, pues nunca podrá estar contento por más grandes que sus caudales sean. ¿Y hay una medida razonable a fin de sentirme seguro y no llegar jamás a envenenar de codicia mi corazón?, pregunto el Aprendiz. Sí, -contesto el Sabio-, y esa medida ya la señaló Seneca: “Ten lo necesario, y luego lo suficiente”.

Siento que a veces, los problemas me superan, y no se verdaderamente que hacer –le dijo el Aprendiz al Sabio-, y éste le contesto: Ante los grandes problemas, claro que la inteligencia cuenta, pues el buen análisis objetivo que hagamos de un problema, en mucho nos ayuda. Pero realmente, para resolver grandes problemas, se requiere de un gran corazón. Porque ¿de qué sirve, que la inteligencia se adelante, si el corazón se queda? Solamente los grandes corazones, es decir, los grandes ánimos, es lo que nos permite enfrentar las peores adversidades.

Por ello –siguió hablando el Sabio-, más importante que educar la inteligencia, es educar los sentimientos. ¡Fíjate bien!: Dime si algo tiene que ver con la inteligencia los bríos, la valentía, la dignidad, el honor, el hambre de triunfo, el apetito por la vida, la generosidad, etc. Nada de esto tiene relación con la inteligencia.

Así, que si quieres capacitarte para luchar contra las adversidades –le dijo el sabio-, nada mejor que la presencia de espíritu, y nada mejor también, que leer a los inmortales poetas y las biografías de los hombres más ilustres. Ahí, encontraremos una fuente inagotable de sentimientos y de ejemplos para vivir una vida valiente y atrevida.
10 Octubre 2012 03:00:50
La inteligencia del corazón
Soy la Comprensión, y mi principal facultad consiste en entender y penetrar las cosas; entender los móviles y los intereses de las personas, penetrar en los secretos de la naturaleza y descifrar grandes misterios de la vida, y a tal grado, que soy un instrumento poderoso de las ciencias.

Además, cuando deseo en realidad comprender alguna situación de una persona, mi actitud es de benevolencia hacia los actos, comportamientos o sentimientos de otros. En consecuencia, no solamente hago uso de mi inteligencia y de mi frío razonamiento, sino también de mis buenos sentimientos de benevolencia y tolerancia. Si las personas me conocieran mejor se ayudarían unas a otras para tratar de comprenderse, y al mostrar esta disposición, harían esfuerzos adicionales para explicarse mejor.

Es tan importante para los seres humanos la comprensión, que “lo que no comprendemos no lo poseemos”. Por ejemplo: si atravesamos por un determinado problema y no comprendemos una parte o la totalidad de las causas de ese problema, no poseemos la luz y la claridad que podría llevarnos a su solución. Y todo esto se deriva por el contundente hecho de “lo que no está en nuestra conciencia no nos pertenece”.

Una de las conductas más negligentes y absurdas que he observado en las personas –habla la Comprensión–, es la facilidad y ligereza con que niegan las cosas cuando no las comprenden, en vez de esforzarse en entenderlas. Y lo peor de todo, es que de esta flojera mental se derivan muchos perjuicios para ellas. Si observamos bien, nos daremos cuenta de que las personas de mayor éxito y con mejor buena suerte, son aquellas que antes de negar lo que no comprenden, con toda diligencia se aplican para comprenderlas.

Todos sabemos que es un verdadero tormento que una persona viva con otras que la odian (cónyuge, hijos, socios), pero como Comprensión que soy, estoy absolutamente segura que es mucho peor que esa persona viva con otras que no la comprenden. Y es que en una relación de personas, aun dándose el odio, pueden existir muchos aspectos de comprensión. En cambio, cuando la Comprensión no se da, se produce un vacío y un doloroso aislamiento que incomunica y aparta a las personas. Por esto, esforzarse en la Comprensión rinde provechos sin fin, y produce el milagro de la comunicación, la identificación y la compañía.

Uno de los tormentos más dolorosos y silenciosos de los seres humanos –dice la Comprensión–, es la falta de comprensión entre personas cercanas. Es tan amargo, que el incomprendido abandona la esperanza de llegar a ser comprendido por las personas que desea serlo, y prefiere vivir con su tormento a seguir intentando que se le comprenda: “para qué, si no me comprende”, es una frase que resume su intenso sufrimiento.

Los seres humanos no conocen mi esencia: no saben, que prefieren ser comprendidos a llegar a ser amados. Los literatos, maestros y científicos prefieren ser comprendidos que admirados. Y es que el ser admirado es un sentimiento de aprobación, sabiendo el admirado que la gran mayoría de sus admiradores no lo han entendido. En cambio, cuando es comprendido, la satisfacción le llega hasta el fondo de su ser, pues sienten que la comprensión está vinculada con la inteligencia y la verdad, y no solo con un sentimiento de simpatía, como sí sucede con la admiración.

Cuántas antipatías, odios y malos entendidos surgen de la incomprensión de unos a otros, y solamente porque no estamos dispuestos a abrir nuestra mente y nuestro corazón. Nuestros prejuicios, fanatismos, conocimiento parcial de las cosas, nos impide ver hasta el fondo de lo que el otro siente y piensa.

La incomprensión ha constituido una de las fuentes de mayor sufrimiento en la historia de la humanidad. Desde tiempos inmemoriales, naciones enteras se han enfrentado a otras dejando una estela de mortandad y sufrimientos. A veces, lo hacían argumentando que su dios era el auténtico, y el dios de los otros, era falso. La rivalidad entre religiones tiene convulsionado al mundo de hoy en día.

En las relaciones entre cónyuge y entre padres e hijos, la incomprensión es la principal causa de divorcios y de odios entre ellos y de suicidios entre adolescentes.

Cuánto mejoraría la relación entre cónyuges y entre hijos y padres, si hiciéramos esfuerzos muy concretos para tratar de traspasar lo superficial y entrar a los sentimientos y pensamientos de nuestros seres queridos. Si deseamos ir más allá de lo que es invisible a nuestros ojos, tratemos de tocar con nuestro corazón los corazones de nuestros seres queridos.
09 Octubre 2012 04:00:28
Las tinieblas de la soledad
¡Soledad es mi nombre, y soy capaz de inundar de tristeza y melancolía a aquellos que sienten la ausencia de alguna persona o cosa! ¡Conozco mis poderes: Puedo enloquecer a personas, si los aíslo de toda comunicación!
Sí, siguió hablando la Soledad: Que los corazones humanos son capaces de soportar martirios físicos y muchos sufrimientos emocionales por muy variadas causas. Pero sé también, que muchos corazones se destruyen si los invado y llegan a sentirse profundamente solos.

¡No es cierto que mi Soledad guste a algunos! Los hombres tendrían que parecerse a Dios o ser hermanos de las bestias para poder soportarme. Me equivoco: Más bien, tendrían que parecerse a Dios, pues a las bestias les gusta mucho la compañía de sus semejantes. Y aun, hay bestias que pueden romper su soledad si las acompañan animales de especies distintas. El perro y el gato, enemigos ancestrales, prefieren vivir juntos, que cada uno por su lado.

Para mí misma –dijo la Soledad-, no cometo males contra nadie, aunque debo reconocer, que una vez que alguna persona me invitó a que invadiera su corazón, esa persona ya está dispuesta a cometer todo tipo de males. Por ello, no debe extrañarnos que monstruosos criminales hayan sido seres solitarios. Su soledad los enloquece y llegan a sentirse tan inferiores o superiores, que fácilmente sienten que ellos nada tienen que ver con la especie humana.

Como Soledad, soy la primera en aconsejar a los hombres: Siempre les digo que se cuiden mucho de vivir solos, pues cuando caigan en éste vacío, no serán compadecidos por nadie, y permanecerán derrumbados en el suelo sin que alguien les de la mano.

Sí, es cierto, -le dijeron unos solitarios-, pero tú conoces el refrán popular que dice: “Más vale solo que mal acompañado”. Pero ese refrán no es ningún pretexto –contestó la Soledad-, pues pueden rechazar toda mala compañía, y eso no impide que gocen de compañías buenas. ¡Déjense de excusas, y decídanse a romper el espinazo a su maldita soledad! Y fíjense bien quien se los dice: yo, la Soledad que soy capaz de crear en sus imaginaciones de solitarios, espantosos monstruos que los devorarán: La soledad les secaran el alma, y los harán presa de imaginaciones horrorosas, sin fin.

Entonces, ¿la Soledad significa que estemos solos? ¡No siempre, les contesto! Recuerden, que si su alma es bondadosa y capaz de amar, jamás conocerán la soledad; y cuando estén solos, lo será en un sentido muy distinto: sus ratos en que estén solos gozarán de una excelente compañía: La de ustedes mismos. En cambio, el que rechaza a los seres humanos porque ni ama ni goza de un alma bondadosa, podrá estar rodeado de multitudes, pero se sentirá irremediablemente solo, odiando al género humano.

Quizá no lo sientan, porque ya se acostumbraron a su crónica amargura –les dijo la Soledad a esos solitarios-, pero ustedes bien saben, que permanentemente su corazón siente el dolor de los alfilerazos de su vida solitaria; y sienten y saben, que sus capacidades mentales cada vez son menores, y lo que una vez fue miel de su espíritu, ahora es hiel de su corazón.

El hombre no nació para la soledad –les siguió diciendo-, y la mejor prueba de ello, es que gracias a los amigos, a la compañía de otros, ustedes, seres humanos, han podido sobrevivir como especie a lo largo de cientos de miles de años. Y además, han triunfado por completo: Ahí están las familias donde reina el amor; y qué decir de tanta alma generosa que se entrega al cuidado de otros.

¡Ya no hay que darle vueltas a éste asunto!, dijo la Soledad. Los solitarios están locos o van a la locura. Los solitarios se niegan a amar y a dar, y será imposible que maten su soledad si no buscan la compañía de otros. ¿Te sientes solo, triste y resentido?, pues bien, busca la compañía de otro, y al instante tu tristeza será disuelta. ¡Miren!, les dijo la Soledad, ustedes saben, que el estar solos les roe el corazón. ¿Por qué no, entonces, odiar su soledad, buscar la compañía de otros, de uno solo aunque sea? Empezando a buscar la compañía de otros, será el único camino para comenzar a amar. Y cuando el amor a otros se inicie, yo, como Soledad, me iré para siempre, y tus actos de amor y bondad ocuparan todo el espacio de tu corazón.
08 Octubre 2012 03:00:58
Nuestro espíritu controla el cuerpo
Una de las características de nuestra sociedad del hiperconsumo es el bombardeo en la prensa y televisión, de que estamos “obligados” a gozar de una “salud perfecta”, ofreciéndonos esta publicidad todo un catálogo de productos “maravillosos” para nuestra salud.

Es conveniente, por supuesto, que cuidemos nuestro cuerpo, pero nada más desastroso que tratar de arreglar lo que no está descompuesto (y esto se aplica a cualquier área de nuestra vida). Si nuestro cuerpo funciona bien, nada peor que caer en la mercadotecnia de la “salud perfecta”, pues quedaríamos atrapados en las redes de la hipocondría: empezaríamos a sentirnos mal, pues no estaríamos a la altura de las figuras perfectas de hombres y mujeres que nos muestran los anuncios publicitarios.

Como nuestra sociedad del hiperconsumo es totalmente materialista, nuestro “espíritu” no tiene cabida. Padecemos de ciertas limitaciones físicas y ante ello, nada mejor que ser benevolentes con nosotros mismos. Derramamos nuestra generosidad sobre nuestras limitaciones y padecimientos físicos; hacer las paces con lo que no podemos cambiar. Si una persona padece de una enfermedad crónica como la diabetes o la artritis reumatoide, sólo por señalar dos ejemplos, lo más sabio es que se cuide, pero que acepte que tendrá que vivir toda su vida con estos padecimientos.

Nuestra paz interior, seguramente nuestro anhelo más profundo, sólo podremos lograrlo si empezamos a aceptarnos “íntegramente tal y como somos”. Esta aceptación solo podría brotar de nuestra más pura generosidad; y ésta conformidad con nosotros mismos nos permitiría acercarnos lo más posible al “ideal de la salud”.

Antes de querer “arreglar” lo que no está descompuesto en nosotros, debemos mirar con paciencia nuestros males físicos, comprender nuestras limitaciones de salud, y de ahí en adelante comportarnos con una gran calidez con nosotros mismos, tomando una profunda conciencia en el sentido de que siempre estaremos afectados físicamente “por algo”, pero no hay remedio, pues solamente somos seres humanos.

Las personas que hayan logrado esa conformidad consigo mismo, que hayan aceptado los padecimientos que no pueden curar, que hayan alcanzado librarse de esa actitud perfeccionista y falsa de la “salud perfecta”, habrán neutralizado en su vida cotidiana un sinfín de incomodidades físicas, a tal grado, que muchas de ellas ya no les molestarán. Sus emociones gozarán de un equilibrio del que jamás pensaron que podrían disfrutar.

Y es que las afecciones del cuerpo cuando son aceptadas con generosidad, producen un enorme incremento en la salud mental y emocional. Las personas con padecimientos físicos logran una sensibilidad y tal grado de salud mental, que son inaccesibles a quienes gozan de una “salud de hierro”, propiamente animal. Aun con padecimientos físicos crónicos, se puede gozar de lo que para un medico sería un “perfecto estado de salud”, del que no gozan muchas personas que en realidad están sanas, pero como siempre están ansiosas por mayores niveles de salud, su psiquismo está tan perturbado, que se sienten enfermos crónicos, sin serlo. Podemos convertir nuestro desequilibrio físico en un equilibrio integral. Y ésta sería la ecuación: sí, padezco estas enfermedades y molestias físicas, pero las he aceptado en mi corazón; he logrado que mi generosidad permee toda mi vida; gracias a esto he eliminado una gran cantidad de perturbaciones emocionales, y el aumento de mi fuerza espiritual me ha conducido a una paz de mi espíritu. Así, el desequilibrio físico se convierte en un equilibrio más integral. Muy arriba de los grandes descubrimientos en el campo de la salud física, la generosa aceptación de que somos imperfectos por naturaleza, crea las condiciones óptimas para todo tipo de tratamiento y cuidado de nuestra salud. Con ésta aceptación nacida del corazón, no exigimos “de más”, nos conformaremos con lo que esas medicinas o cuidados puedan producir en nosotros, y no más.

Creo firmemente que los seres humanos somos mucha más que meros cuerpos físicos. El que seamos capaces de amar y compadecernos de otros, nos convierte en “sujetos” y no en meros “objetos”. El hecho de que seamos capaces de tener conciencia de nosotros y del mundo, nos sitúa en la Naturaleza como seres en los que tiene una influencia decisiva las expresiones de nuestro espíritu.

Con nuestro espíritu tomamos conciencia del mundo, somos capaces de decidir por lograr valores constructivos. Nuestro espíritu es la enorme fuerza capaz para que podamos asumir nobilísimas actitudes ante nuestros padecimientos físicos. Actitudes que pueden ennoblecer nuestras vidas, no solamente mejorando nuestros padecimientos físicos, sino además, asumiendo grandes responsabilidades, como formar a nuestros hijos, y luchar por ideales que siempre mantengan el fuego encendido en nuestros corazones.
05 Octubre 2012 03:00:57
El Asombrado
¿Me recuerdas, no? Soy ese joven al que llaman el Asombrado, que fue rescatado a los 15 años de edad, de una tribu de unas 50 personas, en las que todos murieron por una rara enfermedad, a excepción de mí. Actualmente cuento con 20 años de edad y trabajo en un barco carguero, habiendo navegado por todo el mundo.

No me explico –habló el Asombrado-, cómo los seres humanos, sabiendo que podrían comportarse con moderación y prudencia, lo que siempre les resultaría en su provecho, prefieren inclinarse por su gusto, capricho y deleite, aun y cuando ello atente contra lo más preciado de sus vidas.

Hacer caso de sus caprichos, inclinaciones perversas, y eligiendo lo peor conociendo lo mejor, es una cuestión que he observado en todos los países que he visitado alrededor del mundo. ¿Y esta anomalía es propia de personas sin educación o que viven en la pobreza? ¡No! Esto lo he observado aun en personas muy inteligentes, cultas y poderosas. Creo que se trata de que un alto porcentaje de personas que escogen lo peor aun sabiendo que los perjudica, porque encuentran en sus caprichos y en sus deseos un deleite malsano, no importándoles las consecuencias.

Muchos preguntan cuáles son los mejores caminos para transitar por la vida. ¡Pero me asombra que una vez que saben cuáles son esos caminos, transitan por los peores! Me asombra también, que muchas personas no adoptan un estilo de vida “mediano”, tal y como los griegos de las Antigüedad lo pedían: “una dorada medianía”, sino que pretenden andar por los extremos y aparentando lo que no son.

El rico aparenta no serlo, para no dar ni ayudar; el que no cuenta con recursos económicos, se endeuda para aparentar que goza de cierta riqueza; el tonto –que sabe que lo es-, quiere demostrar que es muy listo, y en todo es equivoca; el presumido no es consciente que presume de lo que más carece. ¡Como se darán cuenta, el mundo camina de cabeza!

Con todo cuidado siempre busco dónde habitan los hombres prudentes que se conducen con inteligencia y cordura. Pregunto por ellos y me dicen que no saben dónde buscarlos, pues es muy raro que gocen de estas cualidades. También les pregunto dónde puedo encontrar a algunos que sean muy ingenuos y descuidados. Respondiéndome que los busque en las nubes, ya que es un lugar que les gusta mucho: ahí se la pasan durmiendo, viviendo de sueños y huyendo de la vida. Y esto es cierto, pues uno de los peores vicios de los seres humanos es la negligencia, el descuido y la dejadez. Padecen de una “fobia” al esfuerzo y a la disciplina. Por ello, a muchas personas desean construir castillos en el aire, pues es su principal entretenimiento.

Me he dado cuenta –dice el Asombrado-, que todo presumido y fanfarrón sueña con realizar grandes actos, pero su falta de decisión lo empuja a hablar de sus grandes proyectos, que nunca se traducen en realidades. Pero ingenuamente cree que colgado de un cuerno de la luna, todos se van a tragar sus ingenuidades y mentiras.

He observado, que algunos creen que la mejor manera de avanzar en la vida es bajando a los que van subiendo por las escaleras, y metiéndoles zancadillas a los que con esfuerzo van avanzando. Gastan sus energías en estas tareas, no cayendo en la cuenta que si se aplicaran a sus proyectos, por más modestos que sean, cosecharían excelentes frutos. Pero su envidia los detiene, y siempre se quedan rezagados.

¡Es increíble, pero el que nunca tuvo y de pronto tiene, loco se quiere volver! Todos conocemos a personas que vivían de una manera estrecha económicamente, pero que se comportaban con sensatez. De pronto, la Fortuna los encumbra, y pretenden una casa más grande y artículos de lujo. Meten a su casa muebles sin la menor utilidad ni buen gusto.

Estas personas a las que la Fortuna las ha encumbrado de pronto, anteriormente se dirigían a las personas con respeto y sobrada cortesía. Ahora ignoran a la mayoría de los que antes saludaban. No se percatan que sus desplantes presuntuosos son causa de risas y burlas. Cambian de costumbres en cuanto la Fortuna los encaramó en sus hombros: su ropa es costosa aunque sea de pésimo gusto, tratan de relacionarse con personas que ellos consideran de mejor posición social. ¡Total, que se la pasan de ridículo en ridículo sin advertirlo!

Me asombra –dijo el Asombrado– cómo en todos los países que visito, el hombre repite los mismos vicios: al miserable y al pobre no tienen quien los invite a comer. En cambio a los ricos les sobran invitaciones de todo tipo de convenencieros y aduladores. Los pobres no tienen parientes ricos que los hereden, y los ricos son heredados con hartura. “Tienes, tendrás”, dice un refrán popular. Y que cierto lo que dice la Biblia: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará”.

En todos los lugares que he visitado –dice el Asombrado-, que a las personas sencillas y sabias como son los maestros de escuela y personas humildes pero muy prudentes, la sociedad no les dan el reconocimiento que merecen. Y a los que ocupan cargos en el gobierno o gozan de riquezas, la gente los respeta y adula, aun y cuando se trate de personas injustas, inmorales y arbitrarias.

¡Me cuesta creer en tantas locuras de los hombres, dijo el Asombrado! Por ello, es lógico que el hombre ande de tumbo en tumbo, confundido y permanentemente desvariado.
03 Octubre 2012 03:00:24
El Sabio y el Aprendiz
Me doy cuenta de que muchas personas triunfan sin que estén dotados de mucha inteligencia o instrucción, y no sé la causa de sus éxitos –le dijo el Aprendiz al Sabio.

¡Préstame mucha atención -le dijo el Sabio a su amigo-, y te diré una de esas causas! Estas personas triunfadoras a las que te refieres, aun sin gozar de grandes capacidades o de una elevada educación escolar, aplican uno de los más importantes secretos del éxito: “deciden lo que quieren hacer, y perseveran en su decisión”.

Muy seguramente –siguió hablando el Sabio-, éste sea una de las dos o tres claves más grandes del éxito en todos los propósitos de los seres humanos. Cuando una persona se decide con todas las fuerzas de su alma a dedicarse a una actividad determinada, todo su sistema cerebral se orienta a realizar ese propósito. Es muy similar al hecho de que con una gran lupa concentramos los rayos del sol en un solo rayo, que es tan poderoso, que prendemos fuego con él. Lo mismo sucede con nuestro cerebro: cuando nos avocamos a una tarea, nuestras redes neuronales se concentran poderosamente en ese objetivo.

Por ello –le siguió diciendo el Sabio a su amigo-, aun en las tareas más sencillas, se dan grandes triunfos, pues ese cerebro de estas personas no trabajan difusamente, sino de manera concentrada, y con esa concentración cerebral se producen muchos descubrimientos, ideas, innovaciones, que al final traen grandes resultados.

Además, amigo –continuó el Sabio-, si a esa decisión ya tomada y puesta en acción, se le añade la perseverancia, el efecto no es doble, como pudiéramos suponer. El efecto productivo puede elevarse a siete o a doscientos, dado su “efecto sinérgico”. De hecho, la manera más fácil de fracasar en nuestros propósitos, consiste en estar cambiando constantemente de objetivo. Éste cambio constante de decisiones impide el “efecto sinérgico”, y siguiendo el ejemplo de la lupa, es como si concentráramos en ella los rayos del sol, y al no quemar de manera inmediata el objeto propuesto, enfocamos la lupa a otro objeto. Para que los rayos enciendan esa hoja seca, se necesita de cierta cantidad de segundo. Estos segundos indispensables son la “perseverancia” en las decisiones tomadas. ¡De acuerdo, amigo!

¡Me sorprende lo que me dices –le contestó el Aprendiz!, y ahora comprendo la fuerza de la perseverancia sobre un trabajo o propósito. Y la comprendo en su cabalidad, porque yo siempre había pensado que la decisión era una parte, y la perseverancia otra, sumando en total un dos. Pero ahora sé que esto no es así, sino que el “efecto sinérgico” puede ser veinte o trescientos, pues la decisión potencia y fortalece a la perseverancia, y ésta a su vez, fortalece a la decisión, por lo que la suma de las dos se multiplica. ¡Lo entendiste muy bien –le dijo su amigo!

Hay algo que me mantiene muy ansioso desde hace mucho tiempo –le confesó el Aprendiz al Sabio. He acudido a la ayuda profesional médica, y aun así, mis ansiedades no han cesado. Bien sé que mi ansiedad me causa un estado de malestar, pues cada día me parece eterno. Y más me perturbo al observar a personas de todas las clases sociales, que realmente permanecen calmadas y alegres, y mi perturbación emocional crece, cuando me dicen que el día se les va “como agua”, es decir, muy rápido.

Mira, le dijo el Sabio a su amigo: existen muchos factores que disparan la ansiedad en las personas. Pero como tú ya consultaste a profesionales de la salud mental y no has obtenido resultados, te propongo lo siguiente: escoge una actividad que te guste, que estés dotado para realizarla, y que te cause algún provecho del cual necesites.

Una vez que ya has determinado esa actividad o trabajo –le siguió aconsejando el Sabio-, toma la firmísima decisión de ocupar todo tu día laborable en ello. En la medida en que empieces a disfrutar y a obtener frutos de esa actividad, estarás tan metido en ella, que las horas se te pasarán “volando”. Si esto llegara a ser así, te aseguro que el día te parecerá corto, y tu ansiedad desaparecerá como milagro. ¡Lo haré de inmediato, y me gusta mucho tu consejo!-, le contestó al Aprendiz.

Démonos cuenta cómo en decisiones sencillas y en actividades a nuestro gusto, radica una cantera riquísima para nuestra dicha y nuestro provecho. Y no estamos hablando de decisiones “grandiosas”, ni de actividades propias de los muy dotados, sino de tareas comunes a la casi totalidad de las personas. Y es que en la sencillez de propósitos y en las actividades simples pero satisfactorias, podremos llenar nuestras vidas de un valioso sentido y de un gran provecho práctico.
02 Octubre 2012 04:00:00
La dicha personal
¿Cómo podemos manejar nuestras vidas si no nos guía la racionalidad y el juicio crítico?
El “juicio crítico” es la capacidad que tenemos todas las personas para analizar una determinada situación, conductas, y opiniones. Pero desafortunadamente, la sociedad de consumo enloquecida de nuestros días, nos ha impedido en gran parte, ejercer esta capacidad.

Sin juicio crítico, somos como niños pequeños que se deslumbran con sonajas, espejitos y juguetes. Y lo verdaderamente peligroso, es que la ausencia de juicio crítico, nos ha alejado de una cabal comprensión de lo que está pasando en nuestra sociedad, en la vida de nuestros hijos y cónyuges, y en nuestras propias vidas. Sin el ejercicio de análisis racional de situaciones y personas, somos como marionetas movidas por las modas y los mitos colectivos.

No nos hemos dado cuenta de que nuestra dicha depende en gran parte de que sepamos precisar el valor de cada cosa, y de saber cuáles son los factores reales que configuran a nuestra sociedad. Por ejemplo: No nos hemos percatado que la cultura y las ciencias han sido construidas por la racionalidad de los seres humanos, mientras que el manejo de esta cultura y ciencias dependen en muchas ocasiones, de la irracionalidad y caprichos de los poderosos de nuestra sociedad ultra capitalista.

Hoy en día, ya no tenemos un concepto unificado y con sentido racional, de la técnica, la economía, las ciencias, y la política. Ahora, cada uno de estos campos ha logrado, por desgracia, su autonomía e independencia. Se puede ser científico sin tener la más mínima idea de los altos fines de la política, o pontificar sobre la economía sin entender los mínimos principios de la sociología.

Y a tal grado está fragmentada la concepción de la vida humana, que las ciencias, la economía, la técnica y la política, ya nada tienen que ver con la ética pública y privada.

Por ello, ¿qué importa que se vendan una enorme variedad de artículos y servicios, si existen bancos que nos prestan por codicia, y compañías que nos entregan la mercancía a plazos, con la sola ilusión de lucro? Si la economía está creciendo asombrosamente, ¿importa que los bancos especulen sin control alguno? Si no sabemos que la especulación y las grandes ofertas tienen como motores a la codicia sin freno, es lógico que lo racional de la economía se desplome ante la irracionalidad de especuladores y de gobernantes deslumbrados por el aparente éxito económico.

Si la moral pública y privada hubiera sido considerada como la principal directriz de la economía y de las políticas gubernamentales, no estaría ahora el mundo sufriendo por la peor crisis económica de los Estados Unidos, que arrastró en su codicia a casi todos los países del mundo.

Y precisamente, las personas, en particular, por no haber ejercido nuestro juicio crítico, nos atragantamos de todo lo que nos venda una sociedad manipulada por unos cuantos que manejan la economía, los gobiernos y las modas.

La moda y el mito es consumir cada vez más, a fin de ser felices, aun y cuando el consumo indiscriminado nos deje en la ruina financiera y nos robe nuestra libertad personal.

Y es que, ¿cómo podemos ser realmente libres y manejar nuestras vidas si no nos guía la racionalidad y el juicio crítico? ¿Cómo podemos valorar el ser arrastrados por modas y codicias, si la ética, no es la estrella polar que orienta nuestras vidas?
Ya sabemos, que los mitos colectivos, entre otros, son: Persigue el éxito económico, ten mucho para que valgas mucho, si no consumes lo que está de moda es que eres un mediocre, guíate por la técnica y las ciencias, si la televisión lo dijo es que es cierto, si tu situación económica es boyante tú serás más feliz, las personas realizadas viven con lujos, y mucho mitos colectivos más.

¿Y la ética forma parte de estos mitos colectivos? La ética no forma parte de ninguno de éstos mitos. Los valores espirituales son mal vistos por una sociedad de consumo desenfrenada y enloquecida.

Debemos pensar seriamente sobre los grandes mitos colectivos que dominan en nuestra sociedad: La moda en infinidad de artículos y de servicios, invertir en la bolsa de valores aun y cuando perdamos hasta la camisa, la creencia de una buena política cuando lo políticos son irracionales y están apartados de la ética privada y pública.
01 Octubre 2012 03:00:52
Diálogo entre la Dificultad y la Facilidad
¡Me acusas de no ser esforzada, de gustarme la comodidad, de ser ligera, simplista, de elegir los caminos más sencillos – le dijo la Facilidad a la Dificultad!

¡No te acuso de algo que no sea cierto – le replicó la Dificultad! Si fueras comerciante, no te esforzarías por hacer ventas de contado, pero como eres comodina, pregonas tus artículos a precios bajos y “fáciles abonos”.

Los seres humanos – siguió hablando la Dificultad -, tienden a lo fácil, al menor esfuerzo, y no a recorrer el camino completo, sino a tomar atajos chapuceros. Y esta es una de las más grandes desgracias de las personas. Y tú, Facilidad, te empeñas aun, en facilitarles las cosas.

Si pudieran verte – continuó la Dificultad -, te darías cuenta que tu nombre está escrito con azúcar, que a todos gustas, pues a todos engañas con tus promesas de hacer las cosas “fáciles”. No soportas vivir en la realidad, y por ello, tu lenguaje está siempre lleno de miel, pintas todo de color de rosa, y tus tres mejores amigas son: la ingenuidad, la inocencia, y la falsa esperanza. Si te hubieran corregido, si de niña hubieras vivido entre los espartanos de hace 2 mil años, verías las cosas de manera diferente. Pero no: se te hizo vivir en las nubes, y desde entonces, no te bajas de ellas.

Creo que me tienes envidia – le respondió la Facilidad -, pues tú tienes que vivir permanentemente entre las adversidades, y ello, como bien sabes -, no es una vida “color de rosa”. Pudiera ser, que te guste lo difícil porque sólo la gloria se alcanza después de grandes trabajos. Y si fuera así, tu problema consistiría en tu gran ambición, que no te permite disfrutar de “las pequeñas grandes cosas de la vida”.

¡Creo – continuo hablando la Facilidad, que uno de tus más grandes problemas comenzó cuando te diste cuenta, que podías hacer muchas de las cosas que te propusieras! Tus esfuerzos, luchas y desvelos, empezaron a dar sus frutos, pero como eres muy ambiciosa, querías todo: el triunfo, la gloria, fama, riquezas; y a la vez, anhelabas el descanso y la paz. Sin duda, fuiste más ingenua que yo. Yo me conformé con el color rosa y con el corazón de una paloma. Pero tú, quisiste siempre tener el corazón de un gavilán, y solo los colores estridentes y fuertes como el rojo, llamaban la atención de tus ambiciosos ojos.

¡Defiéndete como quieras – le respondió la Dificultad! Pero la verdad, es que la vida es difícil. Nacemos soltando el llanto, y morimos en un espantoso silencio. Los caminos del bien no son los que están flanqueados por las más hermosas flores, sino los pedregosos, los llenos de espinas, los que van cuesta arriba. La vida está llena de obstáculos, inconvenientes, de altas barreras, de callejones y laberintos sin salida. Estamos siempre, entre la espada y la pared.

Este mar de dificultades – siguió hablando la Dificultad -, sólo podremos navegarlo con prudencia, coraje, esfuerzos enormes y constantes. Si creemos que las rugientes y espumosas olas del mar son nuestras cariñosas amigas, nos iremos a pique. ¡Ya me imagino a ti, ingenua Facilidad, metiéndote entre las espadas de bandos contrarios, hablándoles de paz y de ternura! ¡Tú sabes, que no sobrevivirías ni un minuto!

Nuestro mundo – dijo la Dificultad -, requiere de mucha mayor prudencia, disciplina, esfuerzos perseverantes, y de un ánimo heroico. El mundo no nos ha puesto un banquete a base de purés de manzana y de otros blandos alimentos. Las dificultades de nuestra existencia nos exigen dientes y colmillos fuertes y muelas trituradoras. No es que estemos en guerra todos contra todos, sino que la complejidad creciente de todas las condiciones de nuestra existencia, nos reclama a una constante acción en todos los campos de la vida.

¡Debemos de estar muy alertas – dijo la Dificultad! Caer en la cuenta, que en toda empresa y acción que iniciemos, las dificultades van aumentando en la medida en que nos vamos acercando al fin de esa acción o empresa. Por desgracia, creemos lo contrario: si el principio y el medio han sido exitosos, descuidamos el tramo final. Y tampoco debemos caer en la ingenuidad de que son previsibles todo tipo de dificultades. A las dificultades les gustan las sorpresas, de ahí, que surjan donde nadie las espera.

Observemos que la Facilidad, hizo su cama entre algodones de nubes, luego tomó un pedazo de fino y delgado celaje de color rosa naranja, y se dispuso a dormir, con la firme creencia, de que las estrellas del bellísimo firmamento, cuidarían su sueño. Y la Dificultad, antes de dormir, preparó sus instrumentos de trabajo para emprender con ánimo resuelto un nuevo día, dispuesta a luchar con todas las dificultades que se le presentaran.
28 Septiembre 2012 03:00:17
El Sagaz y el Ingenuo
Ya habíamos platicado anteriormente –le dijo el Sagaz al Ingenuo–, de la extrema importancia de añadir a muchos de nuestros actos y palabras una dosis de arte, de belleza; de decir y de presentar bien las cosas. Por ejemplo: si vamos a tener una entrevista, es indispensable ayudar a nuestra naturaleza vistiendo con sencillez, pero respetando la limpieza y el buen gusto.

También –continuo hablando el Sagaz–, nada nos cuesta que nuestras ideas no se manchen con malas palabras, pues ello no solamente es de pésimo gusto, sino que desmerece la fuerza de nuestra inteligencia y de nuestro mensaje. Añadirle una dosis de belleza a lo que hacemos o decimos, es no dejar a nuestra naturaleza sola, sino ayudarla. El hablar y obrar con una dosis de belleza, es decir, de arte, produce verdaderos milagros. Igual que conducirnos con grosería, descuido y fealdad, es no respetar a los otros, y esto produce monstruosidades.

¡Muy bien –le contesto el Ingenuo! ¿Y qué me dices del dicho tan popular de que el “modo” como digamos y hagamos las cosas es muy importante? Mira –le respondió el Sagaz: la realidad es lo que las cosas son en sí, mientras que el “modo” es la forma. ¡Veamos!: cuando das un regalo, el fondo es el regalo y el modo o forma es cómo lo entregas. El regalo puede ser algo sencillo y lo puedes entregar sin ninguna envoltura ni delicadeza. El modo y la forma son la envoltura del regalo y tu buena actitud y cortesía con que lo entregas.

Una persona –siguió hablando el Sagaz–, puede negar un favor que alguien le pida, y lo negará de tal modo, que la persona se retirara satisfecha y hasta halagada. En cambio podemos conceder lo que se nos pide, y al dar podremos ofender por el mal modo, la pésima forma como nos negamos. Es decir: que alguien negando, deja contento al que se le negó; mientras que otra persona, concediendo, deja ofendido al que recibió. ¿Vez la inmensa diferencia? Solamente por esta reflexión nos dice Gracián, Cleóbulo, pensador de la Roma Antigua, mereció ser considerado como el mejor de los sabios.

Si nos comportamos con malos modos –continuó razonando el Sagaz–, cualquier persona estará dispuesta a negarnos lo que por justicia nos corresponde, y a contrariar nuestro acertado juicio. Y es que nuestros malos modos, nuestra descuidada y pésima forma, resulta insultante al otro. Sin un buen modo, todo lo bello nos parece feo, lo inteligente lo calificamos como tonto, y nuestro corazón se cierra para no conceder. Y es que un mal modo produce desastres, mientras que un buen modo obra milagros. ¡Excelente enseñanza –dijo el Ingenuo!

¡Otra cuestión importante –dijo el Sagaz: la verdad muchas veces resulta amarga y repugnante! Pero si es necesario que digamos verdades amargas, y las decimos con humildad, delicadeza, dulzura y buena intención, podemos salir bien librados. Y si la verdad amarga la decimos con frialdad y de mal modo, siempre obtendremos enemigos y daños seguros. Y es que el buen modo lo suple casi todo y nos abre las puertas.

No estamos hablando de la adulación, que es algo muy distinto, sino de la “forma” como hacemos y decimos las cosas. La buena forma, el buen modo, hace que otros nos dispensen nuestras carencias y desaciertos, y que ellos mismos suplan nuestras deficiencias. Y es que un buen modo le da al otro fuerza y disposición de corazón para ayudarnos, mientras que un mal modo lo forzará a ver carencias y desaciertos donde no los hay. El buen modo nos salva, y el mal modo nos condena y arruina. ¡Esta reflexión será una de las más importantes de mi vida –le contestó el Ingenuo!

Como tu empiezas a caminar por la vida y cuentas con muy poca experiencia –le dijo el Sagaz a su amigo el Ingenuo–, te voy a dar un consejo que yo lo aprendí de los más grandes hombres de la antigüedad de Roma y Grecia. Si estudias detenidamente la vida de los grandes hombres del pasado y también la de grandes triunfadores del presente, vas a encontrar una cualidad de la que gozaron y ejercieron estas relevantes personas.

Todos ellos –siguió hablando el Sagaz–, tuvieron la habilidad de aprovecharse de la sabiduría y experiencia de muchas personas superiores a ellos en las materias que los consultaban. Durante todas sus vidas pidieron consejo y ayuda en materias que desconocían. Si tenían algún problema serio, acudían al experto a que lucharan por ellos. Si requerían el sabio consejo en una materia delicada, no pretendían estudiarla, sino acudir al conocedor.

De esta manera –continuó el Sagaz–, contaban a su disposición de muchas personas sabias y experimentadas. No sé por qué razón, pero cuando alguien acude por nuestro consejo, se despierta en nosotros un deseo de servir. La persona sagaz conoce de ésta debilidad del corazón, y acude con todo tipo de expertos. Y de esta manera, aprovecha de manera magnifica los conocimientos, experiencia y sabiduría de tantas personas como a las que él quiera a solicitar su ayuda. ¡Qué desperdicio en nuestras vidas – le contesto el Ingenuo–, al contar con tantas personas superiores a nosotros que podrían ayudarnos con sus consejos, y que nosotros no tomamos en cuenta!

De poner en práctica estos consejos las oportunidades de nuestras vidas se verían beneficiadas en muy alto grado.

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26 Septiembre 2012 03:00:29
La paradoja de la Adversidad
¡Soy la Adversidad y siempre que se habla de mí se hace referencia a una situación desgraciada! Produzco efectos muy diversos en los seres humanos: desde preocupaciones agudas hasta tristezas infinitas.

Sé que cuando aparezco causo una desdicha y un infortunio que ensombrecen el alma del que las sufre. El infortunado que recibe mi golpe se desconcierta, pues quisiera la ayuda y compañía de sus amigos, pero por desgracia, encuentra a la mayoría de ellos, dormidos: no acuden en su ayuda.

No se ha hecho un estudio de los efectos que produzco, ya que no siempre destruyo como se piensa; de hecho, se me soporta con más facilidad que a la propia felicidad. Cuando la dicha se apodera de una persona puede producirle males mayores que cuando yo me presento. La felicidad y el éxito se roban el ama y es tanta la luz que producen, que por lo general deslumbran y ciegan al que se pensaba que era un afortunado. Pocos pueden manejar la felicidad y el éxito, y en cambio a mí, la Adversidad, pueden manejarme y soportarme la mayoría de los hombres.

¿Quiénes me han derrotado? Se los voy a decir, pues no soy siempre tan malvada como parezco: me han derrotado los osados, los audaces y atrevidos. A los que se quedan en medio de su infortunio los detesto y más me ensaño con ellos: al verlos acobardados se incrementa mi ira, e incito a nuevas desgracias para que incrementen su inicial daño. Y en cambio temo a los que toman soluciones arriesgadísimas y extremas.

Envidio a los audaces y atrevidos, y me causan tal miedo que disminuyo la fuerza de mis golpes, dejo de invitar a otras adversidades, y con frecuencia huyo y me retiro.

No saben los hombres que no hay peor Adversidad que no haber sufrido ninguna. A quien nunca la ha padecido, lo ataco y lo tomo por sorpresa y lo hago fácilmente mi presa, pues nunca ha tenido la experiencia del infortunio y la desdicha.

Los seres humanos ignoran que soy la mejor fuente de la sabiduría. Los conocimientos de la historia y de los escritores más sabios de la humanidad empalidecen ante el inmenso poder de mis enseñanzas. Los humanos no saben que lo mejor del conocimiento de sí mismo y de la sabiduría sólo lo da el intenso sufrimiento. El dolor si es prolongado crea la sabiduría y hace a las personas más sabias, prudentes y sensatas. La vida cómoda y sin sufrimiento nunca ha producido a seres superiores y a valientes que sepan enfrentar las crudezas de la existencia.

Imposible que una persona pueda conocerse a sí, si yo no acudo a su vida. En mi presencia, el hombre deja de ser niño para convertirse en un adulto sabio: por vez primera se dará plenamente cuenta de que su narcisista y loca idea de su “invulnerabilidad” solamente era un mito guardado en su cabecita de ingenuo y de niño.

Como Adversidad que soy, no puedo negar que la prosperidad enseña y es un buen maestro, pero yo soy una maestra impar: meto a los que les pego, hasta el tuétano de la existencia; no sólo perforo su piel y músculos, sino que también les estrujo el corazón. Los aprendizajes que doy, si están alertas, le son muchísimo más útiles que las enseñanzas de las muchas veces, “vana victoria”. Yo no solamente enseño, sino que educo, y en este sentido mi educación transforma actitudes, pensamientos, sentimientos y conductas. Al que golpeo fuerte jamás volverá a ser la misma persona: si aprende de mí, será mejor en todos los sentidos.

Como adversidad, mi primer y gran consejo que puedo darles a los que no han sufrido grandes adversidades, es decirles que la vida es difícil, pero una vez que han aceptado en su corazón que la vida es difícil y que va a ser extremadamente difícil en ciertas circunstancias, no se sorprenderán cuando llegue a visitarlos.

Y algo más quiero decirles: la prosperidad y una vida sin adversidades no es propicia para despertar los talentos; en cambio, el infortunio los despierta y aviva. ¿Qué no recuerdan el sabio refrán?: “La necesidad es la madre de todas las ciencias”.

Ante el infortunio, ningún recurso es mejor que nuestra bravura. La buena suerte, quizá por ser mujer, es seducida por los atrevidos y valientes.

¡Seamos sensatos!: si contamos los días de brumas y de infortunios, siempre serán menos que los días de sol. ¡Ante la Adversidad dos posturas podemos asumir!: someternos a ella, empalidecer y temblar; o bien, retarla y enfrentarla con coraje. Un corazón osado produce milagros.
25 Septiembre 2012 04:00:24
Distorsión de sí mismos
No estoy conforme con mi situación, y es que la gente no me ayuda; si estuviera mejor preparado, mis cosas estarían mejor. Pero también, escuchamos quejas en sentido contrario: Lo que pasa, es que la gente no me valora; ¡si realmente conocieran todas mis cualidades, otra cosa sería!
La realidad, es que todos los seres humanos gozamos de algunas cualidades particulares muy valiosas, pero, o no nos hemos dado cuenta de ellas, o simplemente no las hemos explotado como deberíamos hacerlo. Y también, todas las personas, sin ninguna sola excepción, padecemos de debilidades y defectos.

Comúnmente, algunas personas sufren de una grave distorsión de sí mismos: se sienten inferiores y sin cualidad alguna, por lo que no tienen el menor ánimo para emprender lo que sueñan. Y en cambio, otros, creen que son un regalo que Dios le hizo a la humanidad; se sienten “hechos a mano”, y con ellos se rompió el molde.

Estas dos visiones: los que se sienten inferiores, y los que se creen superiores, padecen de una distorsión de su personalidad. Para los que se sienten inferiores, que es el mayor porcentaje, nada mejor que lleven por escrito un inventario de tantas acciones valiosas y éxitos que han logrado a lo largo de sus vidas, pero que sus sentimientos injustificados de inferioridad no les permiten “verse” como realmente son: personas muchísimo más valiosas de lo que siempre han pensado.

“A veces la inferioridad es simplemente falta de información” (Eugenio d’ Ors).

También, quienes se sienten inferiores, hagan un inventario de sus serios errores  que han cometido y de la forma como aprendieron de esas experiencias. Se darán cuenta, que muchas conductas equivocadas en las que incurrieron ya no las cometen ahora. Tomarán conciencia, de que han aprendido mucho de la vida y que ahora son mejores personas y mucho más eficaces. Por vez primera, caerán en la cuenta, que grandes errores de su pasado son la causa de muchos de sus triunfos actuales, gracias a que supieron prender de sus “malas experiencias”.

Pero el que se siente inferior, por lo general no aprecia que ha aprendido mucho de la vida, y que en realidad, goza de muchas más cualidades de lo que ha creído. Y es que pensar “mal de uno mismo” llega a convertirse no en una simple etiqueta que nos cosemos a nuestra alma, sino que se convierte en una “sentencia condenatoria” que destruye nuestra vitalidad física y las propias fuerzas de nuestro espíritu.

La persona que se siente inferior, carece de razón para ello, pues no se percibe con claridad. ¿Y cuántas veces, estas personas ante un situación extrema sobresalen de una manera que deja pasmados a los demás? Y es que en esas circunstancias extremas, rompe con sus propias barreras y se atreve a “todo”; y al atreverse, pone en juego cualidades que negaba tener.

La persona que se siente inferior (y que, por supuesto, no lo es), tiene el gran inconveniente de que no puede adaptarse a la realidad, pues aun y cuando la realidad les indique que son mucho más valiosas de lo que piensan, el que se siente inferior difícilmente alterara su autoimagen negativa.

Estoy convencido de que toda persona que se siente incapaz y poco valiosa, sí puede cambiar su percepción de sí misma, siempre y cuando se proponga como una de las tareas fundamentales de su vida, el llevar por escrito un inventario de su éxitos pasados y presentes.

Aquel que siente que su vida es poco valiosa, que se proponga mirar con objetividad tantos logros que ha obtenido y tanto bien que ha hecho a tantas personas, pero que jamás nada de esto acude a su memoria. Nuestro sentimiento de inferioridad podemos cambiarlo con base en emprender “nuevas conductas”, y a darnos cuenta que muchas de nuestras actuales conductas son mucho mejores de lo que hemos pensado. ¡Reconozcamos nuestras aptitudes!
¡Borremos las grabaciones de nuestros discos cerebrales que equivocadamente nos acusan de inferiores, pues ello no es cierto! ¡Ya dejemos de castigarnos y de sentirnos culpables de una manera que ha sido absolutamente injusta! Si nos lo proponemos en serio, en cuestión de meses habremos reconstruido nuestra verdadera autoimagen, y no esa imagen falsa que tenemos de nosotros como cuando nos vemos en los espejos de las ferias, que distorsionan por completo nuestra imagen física.
24 Septiembre 2012 03:00:58
El vacío de la incertidumbre
Como Incertidumbre, consisto en un estado de ánimo que aposento en el corazón de las personas y les causo inseguridad en diferentes grados: desde una inseguridad leve que solo provoca un poco de temor, hasta el grado de una inseguridad muy aguda que perturba el ánimo y lo puede anegar de pánico. Mi hermana gemela es la duda: desde una duda tolerable hasta una duda torturante.

Como inseguridad y duda que soy, si las personas no me conocen e ignoran que hacer conmigo, tengo el potencial para robarles su valentía, destruirles sus sueños y descanso, convertirlos en paralíticos de sus vidas, pues les emponzoño un veneno que los hace vacilar de todo.

No se trata de la Incertidumbre en el sentido de una falta de certeza en cuestiones que no perturban el corazón, sino en esa falta de certeza que el hombre anhela locamente sobre las cuestiones que más les importan en sus vidas. Sé por experiencia –sigue hablando la Incertidumbre-, que la gran mayoría de los seres humanos padecen de una locura que ellos mismos se provocan: quieren, y lo que es peor, le exigen a Dios, a la sociedad, y a ellos mismos, tener certidumbre, es decir, certeza y seguridad, de que sus cosas “estarán bien” en el futuro.

Esta clase de locura pudiera ser una de las tres causas más importantes de todo el sufrimiento emocional. Como no quiero engañar a ninguna persona ni darle la más mínima esperanza, les diré cual es mi esencia: como Incertidumbre, mi esencia consiste en la total falta de certeza para las cuestiones del futuro de los seres humanos.

Y como jamás puedo abrigar la más mínima certeza en una cuestión futura, las personas deben saber y aceptar la siguiente verdad, que será además, el principio de curación para su dolorosa y crónica enfermedad. La verdad es ésta: “que la única certeza que los seres humanos pueden esperar de sus cuestiones futuras, es una absoluta Incertidumbre”, y “que la única seguridad con que pueden contar, es que nada es seguro sobre su futuro”.

Lo peor de todo –dice la Incertidumbre-, es que las personas tratan de tranquilizarse sobre su futuro, tomando constantemente unas cuantas gotas de endulzada esperanza. Lo que no saben los hombres, es que sus sufrimientos presentes tienen un nombre y un límite, y gracias a esto, casi siempre soportan sus pesares. En cambio, sus dudas y vacilaciones sobre sus temores futuros, los convierten en terrores sin límite, y la esperanza, en vez de ser miel, se convierte en hiel, les agrava lo que tanto temen, pues es una esperanza que no tiene forma ni sustento, pues los terrores futuros también carecen de forma.

Nada hay que abata más el ánimo de una persona, que el exigir certeza en su futuro. Y al destruir su ánimo, paraliza y corrompe su acción, lo que conduce a esa persona a cometer todo tipo de errores y de tragedias. Al no irse dando las cosas como las quería, las va despreciando y se va asustando cada vez más, sin saber que un cambio en la situación deseada, puede ser fuente de mejores provechos de lo que inicialmente quería.

Por lo general –habla la Incertidumbre-, espanto tanto a los humanos, que me ven como el peor de todos sus males y la causa de todas sus desgracias, hasta que un día les toca la realidad a sus puertas, y descubren que los males reales fueron mucho menores a lo que pensaron, o de plano, que la realidad fue mejor a todos los escenarios que pudieron imaginarse.

Hay un porcentaje pequeño de personas que saben esperar el futuro, que esperan sin pánico la manera como las circunstancias se van presentando. Saben, que mucha razón tenían los griegos de la Antigüedad, quienes vivían con la certeza de que le harían frente a las circunstancias del futuro en base a su realismo. Esos hombres de la Grecia de hace dos mil trescientos años –dice la Incertidumbre– fueron los seres humanos más realistas y valientes para vivir sus particulares vidas. Estos griegos no se echaban en brazos de la duda y de la vacilación, llorando lo que aun no habían perdido, sino que se centraban en la acción de cada día.

Mucha razón tuvo el sabio Griego cuando dijo, que “El poder de las circunstancias es más fuerte que el poder de todos los dioses”. Si aceptamos la inmensa fuerza de las circunstancias, dejaremos de exigirle a Dios, a la vida, a los astros, a la sociedad, que nos aseguren certeza en las cosas buenas que esperamos en nuestro futuro, y que nos den la certeza de que nada malo nos sucederá. Ésta exigencia es una idea descabellada, neurótica y loca, y propia del hombre moderno.

La Incertidumbre es el precio que pagamos por estar vivos. Pero recordemos, que podemos lograr que nuestro espíritu sea la inmensa fuerza ordenadora de las cuestiones fundamentales de nuestra existencia.

21 Septiembre 2012 03:00:04
La actitud lo es todo
Soy la Actitud, y cuando se habla de mí se hace referencia a una determinada “disposición de ánimo”. Soy tan importante para la vida de los seres humanos, pero por desgracia nadie se pone a pensar detenidamente qué es lo que verdaderamente significo. Si alguien estudiara mi anatomía emocional y espiritual, se vería altamente recompensada.

Primero que todo, no puedo existir si no manifiesto una determinada manera de actuar o de comportarme. Como actitud, no importo si me quedo solo en el pensamiento o emoción de una persona. Necesariamente debo mostrarme al exterior: una persona al adoptarme, se manifestará benévolamente, o bien, de forma hostil. La Actitud de una persona puede ser displicente, arrogante, sumisa, etc.

La Actitud de una persona puede revestir una gran cantidad de formas, pero siempre expresa con su postura física, sus palabras o sus hechos, “un estado de ánimo” perfectamente identificable: pesimismo, humildad, alegría, indolencia, optimismo, desconfianza, concordia, apertura, estupidez, generosidad, etc.

Está comprobado hasta la saciedad que para enfrentar los problemas de la vida, así como para obtener logros, una Actitud positiva y alegre constituye una enorme ventaja. El filósofo francés, Descartes, que era además un estricto científico, decía que cuando jugaba con optimismo y confianza a las cartas o en cualquier juego de azar, los resultados le eran siempre más favorables que cuando apostaba en un estado de ánimo negativo.

Con mucha frecuencia las personas se empeñan en lograr objetivos siguiendo las mismas pautas, y luego se quejan de que no logran lo que quieren, o que sus logros son muy escasos. Y es que no se dan cuenta de que sus actitudes no son las correctas. Más de lo mismo malo, no da algo bueno, como la acumulación de errores no da como resultado un acierto.

Al ser yo la Actitud un valioso consejero, lo que puedo ofrecer a los seres humanos, es que cuando fracasen con alguna persona determinada, en obtener algo que deseen, lo primero de todo es que necesariamente deberán de cambiar de Actitud. Habrá ciertas personas con las que jamás podrán obtener lo que deseen, pero el promedio de éxitos se elevará muy considerablemente, si con esas personas cambian de Actitud. Ya no será más de lo mismo, sino algo muy diferente.

Probablemente su actitud ha sido de desprecio, de superioridad, de engreimiento, etc. Estas actitudes generalmente son inconscientes, pero si las personas no se dan cuenta de ello, seguirán fracasando en sus intentos. La historia universal ha enseñado, que una gran cantidad de reyes le cedieron el trono de una nación, a una persona ajena a su familia, haciendo a un lado al hijo que le podía corresponder el reinado. Pero su padre no se lo concedió en virtud de que su hijo adoptaba actitudes de coraje, desdén y soberbia contra su padre.

Como Actitud, no quiero vanagloriarme, pero sí deseo decirles a los hombres lo que pensó el más grande psicólogo estadounidense del siglo 19, William James: “El descubrimiento más grande de mi generación, es que un ser humano puede modificar su vida cambiando su actitud mental”.

Esta afirmación podría parecernos exagerada, por lo asombrosamente promisoria. Pero no se trata de ninguna exageración. Incluso, la afirmación de William James se queda corta, pues el cambio de una Actitud mental de derrota por otra de ánimo y certeza de triunfo, ha producido en las ciencias, el arte, los negocios, las relaciones humanas, resultados propios de los grandes “milagros”.

Entren a mi corazón, al corazón de la Actitud, y jamás dejarán de asombrarse: ¿qué no recuerdan lo que escribió el genial político inglés, Winston Churchil?, “Las actitudes son más importantes que las aptitudes”. Y esto es absolutamente cierto, pues las aptitudes gozan de cierto grado de potencia real, pues se trata de capacidades cerebrales y físicas. En cambio, la actitud pertenece a la dimensión de las emociones, a la fuerza del espíritu, y al poder de la totalidad de nuestro inconsciente.

Las aptitudes, por más poderosas que sean, tienen sus límites y medidas: la aptitud para el atletismo, la música, las matemáticas, etc. En cambio, la fuerza y alcance de la Actitud es inmensa, en virtud de que se mezclan factores intelectuales, emocionales, físicos, toda la riqueza de nuestro inconsciente, y la inmensa fuerza de nuestro espíritu.

Es de asombrarnos la gran disposición de la Actitud para aconsejarnos. Quien mejor que ella para revelarnos sus secretos más íntimos. ¡Qué cierto, cuando dice que nadie se pone a estudiar su anatomía emocional y espiritual! Y yo añadiría que la Actitud fue modesta, pues en realidad la adopción de actitudes correctas nos sitúan en un nuevo mundo riquísimo de oportunidades que jamás habíamos visto ni imaginado.

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19 Septiembre 2012 03:00:46
La venganza: corrosiva pasión
¡Soy la Venganza, y no existiría si no se me hubiera causado un daño, o a una persona que me importe!

Se me ha causado un agravio y siento un deseo intenso de ajustar cuentas. No me he podido sentir tranquilo, y no lo estaré hasta que me desquite. El daño causado exige que pague en la misma moneda. Se me ha dañado, y al daño lo considero una ofensa, es una espina que traigo clavada en el corazón.

¡No perdono ni me interesa perdonar! “Diente por diente”, y “Ojo por ojo”, es mi consigna. Sí, sé que mi venganza es una forma de justicia salvaje. ¿Y no fue salvaje el asesinato cometido contra mi ser querido? ¿No fue salvaje la mancha a mi honor? A mi ser querido lo ultrajaron, pero de sus cenizas nació un vengador.

¡No se confundan! No se trata de si soy malo o bueno. La cuestión es que si tomo venganza estoy seguro de que tendré una nueva vida, pues mi vida actual la siento manchada y sin valor alguno. No solamente se trata de dañar al que me dañó, sino que al vengarme espero recibir bienes. ¿Pero cuáles?, me preguntarán. ¿No les basta con la satisfacción y el goce que disfrutaré en el presente y en el futuro por vengar la afrenta?

No sé si la venganza será dulce o no, como cuentan, pero lo que sí sé es que si me vengo mi corazón quedará tranquilo.

Yo soy la Bondad, y quiero decirles que he escuchado con toda atención las amenazas y las palabras llenas de crueldad que ha pronunciado la Venganza. No justifico sus inmensos deseos de cobrar con sangre y el daño y sangre que han sido las causas de su odio. Pero sí comprendo sus sentimientos profundamente heridos. No me atrevo a tratar de disuadir a la Venganza de sus propósitos, pues el sentimiento y el odio son sordos y ciegos. Por ello, he acudido a mi amigo Morfeo, dios del sueño, a fin de que me permita entrar en los sueños de la Venganza cuando ésta se acueste y duerma. Morfeo me lo ha permitido, porque sabe de la benevolencia de mi propósito.

La Venganza se acostó dispuesta a dormir, pero cada noche tardaba mucho tiempo en conciliar el sueño, pues sus planes de vengarse los repetía mentalmente una y mil veces. Al fin, cansada y agotada de tanto pensar, cayó en un profundo sueño. No quise esperar –dijo la Bondad–, y con sumo cuidado entré en su sueño y empecé a hablarle con un tono muy amable y dulce, bañando todas mis palabras, por más duras que fueran, con la miel de la bondad y con un tono de murmullo, tal y como se les habla a los niños para tranquilizarlos.

¿No crees –le dijo la Bondad a la Venganza– que es imposible reparar una vileza con otra vileza? Fuiste dañada en tu honor, quizá tu padre o hermano fue asesinado. Pero dime, ¿sería posible que un asesinato más pudiera revivir a tu ser querido, o que tu honor manchado pueda limpiarse manchando el honor de otro?

Sé –siguió hablándole dulcemente la Bondad a la Venganza en sus sueños– que la afrenta fue muy grande y que la pérdida es irreparable. ¿Pero no te has preguntado si en tu anhelo de vengarte no sólo se da el odio en tu corazón, sino además, y posiblemente se dé un elemento de mayor peso, como pudiera ser, tu orgullo llevado a un extremo inmedible? Sé que no puedes contestarme, pero sí quisiera que tu sueño te lleve a pensar en todo esto. He entrado a tu sueño en virtud de que en este estado eres tan indefenso como el más indefenso de los niños, y ojalá puedas ver lo que te es imposible mirar en tu vida de vigilia.

Recuerda –le siguió hablando la Bondad– que es imposible que se dé la venganza si ésta no ha sido pensada infinidad de veces. Es distinto cuando de repente, por algún suceso, estallamos en cólera justificada o injustificada. En este caso casi siempre hay atenuantes. Pero en la venganza no, porque se trata de pensamientos reflexionados cientos o miles de veces. Y cuando esto es así, el corazón ya no está lleno sólo de odio, sino además, de un veneno peor, como es la crueldad; y el ánimo ya no es solamente un ánimo enfurecido, sino un ánimo enfermo y pervertido.

Pudiera ser –le hablaba con susurros la Bondad a la Venganza– que si nos volviéramos un poco más sabios no nos vengaríamos de nuestros enemigos, y en todo caso, la vida misma pudiera ser la que cobrara la venganza. Seguramente en la vida hay dioses de la Venganza, a fin de que no se convierta en una vengadora. Estoy seguro –le siguió hablando la Bondad– que en tu corazón hay espacio para la misericordia.

Con sumo cuidado la Bondad salió del sueño de la Venganza. Cuando ésta despertó, su corazón seguía vomitando lava de odio, un odio al rojo vivo, pero la Venganza ya no profería palabras crueles y amenazas sanguinarias.

Creo que por vez primera la Venganza pudo contemplarse lanzando llamas heladas; se vio con un odio contenido y calmado, observó que su rostro mostraba un destino marcado en el que ya no cabía el anhelo de cobrar diente por diente ni ojo por ojo, ni la necesidad de ajustar cuentas con nadie.

¡La Venganza no fue vencida, sino que quedó enaltecida por la misericordia!
17 Septiembre 2012 03:00:42
El sagaz y el ingenuo
Estoy listo para recibir tus lecciones de la utilísima sagacidad – le dijo el Ingenuo al Sagaz -, a lo que éste le contesto: ¿quieres que los demás te busquen y jamás te abandonen?

Si es así, has de saber que lo que mantendrá a muchos cerca de ti, será el que ellos sientan que les resultas indispensable. Una vez que les has dado todo lo que necesitaban de ti, muy pronto olvidarán el agradecimiento y se alejarán. Recuerda lo que hace un sediento: en el momento en que se inclina en el arroyo para saciar su intensa sed, considera a ese arroyo como una bendición, pero una vez que su sed fue satisfecha, le da la espalda al arroyo. ¿Y no es lo mismo que hacemos con las jugosas y frescas naranjas?: una vez que las hemos exprimido y tomado su jugo, las tiramos con indiferencia. Y lo mismo sucede con los beneficiados: mientras están por recibir el beneficio, todo es amabilidad y atención para el que favorece, pero una vez que han recibido el beneficio, que se conforme el benefactor con que no lo injurien.

Por lo anterior, yo como Sagaz, prefiero a necesitados que a favorecidos, ya que el beneficio por recibir hace a las personas corteses, y a los beneficiados los convierte en villanos, o al menos, en desmemoriados.

¡Qué razón tienes –le dijo el Ingenuo! Y hasta ahora entiendo por qué me buscan con tanto ahínco cuando necesitan algo de mí, y con qué facilidad me abandonan cuando han obtenido lo que necesitaban. ¡Jamás me imaginé, que acudían a mí por interés y no por estimación! Lo que haré de ahora en adelante, es no darles todo lo que necesitan, sino dárselos por partes, y así, continuarán dependiendo de mí. ¡Qué difícil aceptar –siguió hablando el Ingenuo–, que más une a las personas, a nosotros, su dependencia que su agradecimiento! La dependencia a nosotros, les endulza la voz y todo es mimos y cortesías, mientras que el favor recibido los hace olvidadizos, desatentos, y algunas veces, hasta contrarios, pues para muchos, sentirse deudores es una carga que no pueden soportar.

Aprendes rápido –le dijo el Sagaz–, y ello, mucho me anima para seguir enseñándote dónde están las tretas y las trampas del mundo. No esperes que de pronto te vas a convertir en un hombre consumado: capaz, juicioso y experto en un oficio o en un campo del conocimiento. Lo que se hace pronto, se lo lleva la fugacidad, mientras que lo que tarda en hacerse, nace para la eternidad. Un gran médico, un obrero experto, un hábil comerciante, no se hicieron en un día. Recuerda la paciencia de nuestra madre Tierra, que tarda 365 días en rendirle pleitesía a su rey, el Sol. Si quieres hacer algo de provecho en tu vida –le dijo el Sagaz–, nada mejor que el consejo de ese inmenso médico ruso, Pavlov, que en su lecho de muerte y ante la insistencia de uno de sus alumnos que le pidió el máximo secreto para triunfar en la vida, Pavlov, le aconsejó: en todo lo que emprendas, debes hacerlo con “paciencia y gradualidad”.

¿Y cuando ya sea un hombre de edad, qué podrá esperarme?, le preguntó el Ingenuo. No te preocupes –le dijo el Sagaz–: si durante tu vida te has preocupado por pulir tu inteligencia y hacerte de conocimientos valiosos, en tu edad adulta y en tu vejez, tu gusto en todas las cosas se realzará, tu inteligencia estará abierta como un abanico, tus sentimientos y emociones habrán encontrado sus mejores cauces, tu juicio será mucho más certero, y todo en tu vida será regido por la prudencia y la cordura.

¡Mucho me consuelas y alientas, le dijo el Ingenuo! Y ahora me doy cuenta, que aquellos que no se preocuparon por perfeccionar sus cualidades, ya de adultos, los vemos como personas “incompletas”, intuimos que “algo” les falta, y con seguridad, carecen de lo más importante: adquirir buenos modales y sensatez. En cambio, una persona completa, es juiciosa en sus palabras, y con “hechos” demuestra que es cuerda y atenta siempre a lo importante. Una persona así, busca la compañía de personas como ella: juiciosas, amables, generosas y prudentes. ¡Muy bien –le dijo el Sagaz!

Estoy anhelante de que me enseñes más –le dijo el Ingenuo. Está bien –le respondió el Sagaz, quien le dijo: ten mucho cuidado de pretender demostrar que eres superior a aquellos que te benefician y amparan. La superioridad de los favorecidos siempre les ha resultado odiosa a sus benefactores. Nuestros superiores bien aceptan que nosotros podamos ser más dichosos que ellos, pero jamás, que los superemos en inteligencia. ¡Lo he entendido perfectamente -le dijo el Ingenuo!

Quiero compartir una última reflexión con el lector: las personas brillantes deben disimular su gran inteligencia ante sus superiores, pero jamás callen ante sus desaciertos, sino que en privado les hagan ver el peligro de lo que quieren hacer o decir. Sólo en estos casos, el superior se sentirá conforme con la brillantez de su subordinado.


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14 Septiembre 2012 03:00:14
Perlitas de Sabiduría
‘No consideres amigo a un hombre desagradecido’

Menandro, de la Grecia Clásica, escribió: “¿No es acaso un remedio contra la ira una palabra amable?”. Menandro se refiere cuando hablamos con una persona que muestra su ira contra nosotros. Uno de los factores que ha causado mayores tragedias a los seres humanos es la “ira”. Un alto porcentaje de la ira de otras personas contra nosotros podríamos evitarlo si nos expresáramos con palabras amables.

La persona con ira pasa en ese momento por una “locura breve”, como bien lo observó el inmenso poeta Horacio. ¿Cuál será la causa fundamental que nos impide contestar con palabras amables a un iracundo? Creo que en la mayoría de las veces no usamos las palabras amables porque creemos que se no ha tratado con injusticia y que eso ha implicado una ofensa a nuestra dignidad. En la gran mayoría de los casos, ésta creencia nuestra es totalmente errónea.
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Menandro en una de sus obras escribió: “No consideres amigo a un hombre desagradecido”. Menandro está en lo cierto: como lo dijo el marqués Massino Taparelli, “La ingratitud es una de las más innobles depravaciones del alma humana”. Ya en la Roma Antigua se consideraba al ingrato como a un perverso. Publilio Siro, sentenció: “Lo peor que podemos decir de un hombre es que es un ingrato”. ¡No no engañemos!: seríamos unos locos ilusos si a un ingrato con nosotros lo seguimos considerando como a un amigo. ¡Espiritualmente es imposible que un ingrato sea nuestro amigo! Todo ingrato con nosotros nos revela su odio y envidia.
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“Las esperanzas son el alimento de los hombres sin seso”, lo dijo Menandro. Lo mismo expresaron los trágicos de la Grecia Antigua, Sófocles y Eurípides. La Esperanza nos puede llevar a tal grado de locura, que un náufrago agita “sus brazos – como lo dijo el poeta Ovidio – en medio de las aguas aun cuando no vea tierra por ningún lado”. La Esperanza es la gran engañadora que siempre, y sin excepción, nos promete lo que deseamos. La Esperanza es una de las fuentes más abundantes de males en nuestra vida, pues nos abandonamos a ella, en vez de ponernos a luchar contra nuestras duras adversidades.

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El griego Dífilo escribió: “En una vida mortal nada es firme”. La más grande de las ingenuidades de una persona es llegar a pensar que su salud de hierro, su poder político y su gran riqueza económica, le garantizan una sólida estabilidad en su vida. Si leemos la historia de cualquier país, nos daremos cuenta de las grandes desgracias que sufrieron los más poderosos seres humanos. La fragilidad de la vida de cada uno de nosotros es imposible que la proteja todo el poder y todas las riquezas del mundo. La “firmeza” de una vida humana es otra de las creencias infantiles en la que pensamos a fin de disminuir nuestra más oculta angustia existencial.

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Nuestro profundo escritor de la Grecia Antigua, Menandro, sabiamente escribió: “Querido amigo, no busques en todo la ganancia”. El que busca la “ganancia” en “todo” como lo dice Menandro, demuestra una voracidad y un egoísmo de lo más brutal. Buscar la ganancia en todo es ambicionar siempre el éxito propio y la derrota del otro. Buscar siempre en todo la ganancia es no temer nunca la reacción del otro, lo que demuestra nuestra estupidez y temeridad. Además revela que no nos interesa lo justo, lo digno ni lo decente.

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Menandro en una ocasión escribió: “Pues nada es más seguro que una decisión correcta”. Napoleón Bonaparte expresó: “Nada es más difícil en la vida ni más provechoso que decidirse”. Una decisión puede estar mal tomada, y ello debido a múltiples factores: precipitación, falta de información verdadera, prejuicios, etc. por fortuna tenemos a nuestra disposición para tomar decisiones correctas, a nuestra sensatez, sentido común, un discernimiento lógico, y una distinción clara de las cosas, como lo planteaba Descartes.

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“Es mejor estar enfermo de cuerpo que de alma”, nos dijo el sabio griego Menandro. Nietzsche sostenía la misma opinión. Lo ideal es gozar de salud física y del alma, pero si no pudiéramos gozar de salud más que la física, con una obligada enfermedad del alma, o estar sanos del alma pero necesariamente enfermos del cuerpo, yo me quedaría con la salud del alma. La salud del alma cubre todo el espectro espiritual de la persona, y los valores y fuerza del espíritu es lo único sublime de todo ser humano.

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“Bastón de la vida es, en efecto, la educación”, escribió Menandro. Es cierto: la educación es la riqueza mayor a que podemos aspirar, siempre y cuando dentro de ésta educación, destaque la “sabiduría”, que es la posesión más valiosa que puede tener una persona.

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“En la vida nada hay mejor que la reflexión”, escribió Menandro. Recordemos que Grecia desde 700 años antes de Cristo, fue la única nación de todo el planeta que empezó a “reflexionar” en serio, y sobre los temas más esenciales para los seres humanos. Solamente la reflexión permanente, profunda y concentrada puede ser generadora de los mejores consejos para vivir una vida plena y digna. Nuestra sociedad actual se distingue por no reflexionar. Hemos perdido los seres humanos el gusto, la pasión y el método para reflexionar. Hoy en día, los prejuicios, odios, fanatismos y ambiciones desenfrenadas constituyen los factores para las decisiones personales y de los gobiernos, por desgracia.

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12 Septiembre 2012 03:00:14
Sentirnos superiores
¡Fatuo! Tu necedad y falta de entendimiento no te permite verte cómo eres. Caminas tieso, creyendo que todos voltean a verte cuando pasas. Eres ridículamente engreído, y no adviertes que tu vanidad es infundada. Te sientes “la divina garza”, sólo que la vanidad de la garza le viene de saber que en realidad es hermosa.

Tu engreimiento te lleva al ridículo, pues tu forma de hablar y tu conducta están marcadas por rarezas. Te deleitas con las extravagancias, sin saber que ello provoca las risas de los demás. Francamente, eres extraño, delicado, quisquilloso, melindroso y puntilloso. Y lo peor de todo, es que de nada de esto te das cuenta.

Cuando hablas, engolas la voz, y te gusta escucharte a ti mismo cuando conversas, como si tu voz gozara de los acordes de un ruiseñor. Tan pendiente estás de causar buena impresión, que lo que dices carece de fuerza y de sentido. Adoras los espejos, y si no existieran te encantaría ser un narciso, para que te cultivaran como bella planta a la que admiran en los jardines por su belleza.

¡Fatuo! Seguramente no sabes que tu carácter se distingue por la ligereza de tus juicios y por tu convicción errónea de creerte superior a los demás. Y te preguntas en silencio cuál será la causa de tus frecuentes fracasos con las mujeres, no encontrando nunca causa alguna; y es que no adviertes, que todas las mujeres no soportan que sus pretendientes hagan el menor ridículo. No sabes, que una mujer puede desenamorarse por los ridículos que hace su enamorado.

Yo soy el que representa a los que nos reímos de ti. Y en nombre de ellos sigo hablando. Te imaginas, ¿qué sería de ti sin tu fatuidad? Te parecerías a una bella y encantadora mariposa a la que le arrancaran las alas: simplemente, un feo gusano. ¡No te confundas! Tu engreimiento en nada se parece a la arrogancia de un caballo “pura sangre”, que de tanta vitalidad se siente diferente a los demás caballos. Alza su cabeza, y con sus cascos golpea rítmicamente el suelo; relincha moviendo todo su cuerpo, y exhala un resoplido con fuerza, quedándose noblemente quieto.

En cambio, tú confundes tus extravagancias con la vitalidad que nace de un noble corazón y de una buena inteligencia. No niego, que con frecuencia seas acreedor a dignos meritos, pero estos no quedan guardados en un corazón satisfecho, sino que los esparces en una actitud de soberbia, según tú, bien disfrazada. Desafortunadamente, te compadecen rara vez por tus desgracias. Y es que tú ahuyentas a los que compadecen, pues ellos bien saben que no los necesitas, ya que tu propia fatuidad te consuela.

¡Qué ridiculez!, pero en verdad te pareces a los grandes montes que provocan grandes alharacas anunciando que van a parir un ser extraordinario, y al final de cuentas vienen abortando a un ridículo ratón.

Quiero darte una buena noticia, y espero que te agrade. Y a propósito, hablando de las “rarezas” del Fatuo, debes saber que es muy raro que un Fatuo sea malo, que anide en él la maldad. Y es que el deleite permanente del Fatuo consiste en estarse admirando siempre, y quien siempre se admira, es casi imposible que llegue a odiar a otros. No hay verdadera maldad sin una carga fuerte de odio, aunque es propio de corazones nobles odiar con causa justificada.

¡Es cierto!: el Fatuo muy rara vez odia, y ni siquiera tiende al enojo y enfado. Su corazón está ocupado en admirarse y en mandar sangre nueva a sus maneras afectadas.

Pero francamente, eres presumido, y por desgracia, presumes de tus necedades, sin darte cuenta que bien podrías presumir de algunas de tus buenas cualidades, que por supuesto, que las tienes, pero tus extravagancias no te permiten verlas.

Podemos concluir que si el Fatuo pidiera un consejo a fin de poder remediar sus males, bien le podría venir el siguiente:

Que observe a la hermosa garza con su largo y bello cuello, su hermoso plumaje y su digna estampa. Que mire detenidamente, cómo la garza es consciente de su esplendorosa beldad, pues así se lo han confirmado todos los lagos que reflejan su preciosidad. Pero como no quiere admirarse a sí misma, sino dedicarse a sus crías, extiende su plumaje, y en una actitud humilde, inclina su cabeza hacia el piso, y fija su mirada en sus feas patas, a fin de no permitir que el engreimiento alguna vez pudiera morar en su corazón.

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11 Septiembre 2012 04:00:58
Seamos dueños de nuestro ánimo
Debemos trabajar en reconstruir nuestros distorsionados pensamientos

Quienes padecen de manera crónica una mala disposición del ánimo (mal humor, tristeza, pesimismo), parece como si arrastraran su cuerpo de plomo y como si el bello cielo y el sol resplandeciente no existieran. Observan con envidia a quienes cada día la rosada aurora los saludara, bendiciéndolos con un ligero cuerpo y con una expansiva alegría.

La mala disposición del ánimo se asemeja a los malos augurios; y la buena disposición del ánimo son como los botones de las flores que de pura vida los abre la primavera. Si leemos con detenimiento la Ilíada de Homero, observaremos que los antiguos guerreros y hombres de Grecia invocaban a sus dioses rogándoles les hincharan el pecho de ánimo y valentía. Los sabios griegos desde hace más de dos mil años, su intuición les decía que el ánimo encogido y la exuberancia alegre del corazón, se debía a los favores o disfavores de los dioses.

Para los griegos, el ánimo o el desánimo provenían de los dioses, que en última instancia, operaban en los espíritus de los hombres. Celebraban con vino y comida los triunfos de las batallas, pero jamás pensaron que los nutrientes de sus alimentos ensancharan la valentía de sus corazones. En cambio, la ciencia de hoy en día, pretende curar la oscuridad del ánimo a base de estimulantes y de una gran diversidad de fármacos.

Por supuesto, que para un deprimido o una persona que padezca de alguna enfermedad mental, lo prudente es acudir con un médico, pero pretender pasar de una crónica mala disposición del ánimo a una buena, sólo por la ingesta de alguna variedad de estimulantes, es algo contrario al complicado mecanismo emocional de una persona, que debe ser atendida desde una perspectiva adecuada de su visión del mundo. Es indispensable que el que padece de una mala disposición del ánimo, opere desde las fibras de su espíritu y de su inteligencia. Si continua pensando que su vida es inútil, que no sirve para nada, que teme a la angostura de un futuro que por esencia es amplísimo, es natural, que camine en la vida con pies de plomo y que sus ojos no se impacten ante las bellezas del mundo.

Si estas personas fueran plenamente conscientes de que ellas mismas han experimentado sorprendentes y repentinos cambios de ánimo, sus vidas cambiarían radicalmente, y de la espesura de una selva oscura pasarían a las soleadas y amplias planicies. Sus experiencias han sido las siguientes y muchas más: Al levantarse en la mañana, lo primero que experimentan es una sensación de vacío, mal humor o tristeza, y jurarían, que así se van a sentir el resto del día. De pronto, recibe una llamada de una persona que les avisa del éxito que ha tenido en algún propósito: La venta se hizo, sus análisis médicos son normales, etc.

Estas personas han experimentado, que una sola conversación o un cambio favorable de una circunstancia, les han despejado los negros nubarrones de su maltrecho ánimo. La plática con un desconocido que los ha animado, la idea que de pronto se les ha ocurrido sobre un inminente negocio, etc. Ahora, están experimentando una vivencia de alegría, de éxito, o de un sentimiento de que sí pueden lograr lo que antes les parecía como un futuro fracaso.

En este nuevo ambiente emocional, han pasado rápidamente del mal humor a la alegría, del pesimismo a la confianza de un éxito seguro, de la pesadez de su cuerpo a la ligereza. Sus caras han adquirido un nuevo color, pues su espíritu ha puesto en acción miles de nuevas reacciones químicas.

En la gran mayoría de los casos si queremos desprendernos de nuestro crónico y enfermizo mal estado de ánimo, al igual como nos extirparíamos un tumor maligno, debemos trabajar en reconstruir nuestros distorsionados pensamientos, y corregir nuestras conductas de fracaso. No es necesario que una persona que se siente fracasada, tenga que ser la persona más exitosa de su grupo, familia o lugar donde vive. No se trata de cantidades de dinero ni de éxitos deslumbrantes.
10 Septiembre 2012 04:00:27
Saber adaptarnos al cambio
Cuando experimentamos cambios en nuestras circunstancias, como el de una disminución en nuestros ingresos económicos, una alteración en nuestra salud o en la de nuestro cónyuge o hijos, o la necesidad de emprender una actividad, nuestra primera reacción es de miedo, tristeza, o ambas.

A primera vista pareciera que no somos capaces de soportar algunos cambios penosos o difíciles, e inclusive, algunos favorables. Y lo es a primera vista, ya que al paso del tiempo, los cambios los vamos asimilando, a la vez que vamos encontrando soluciones eficaces. Poco a poco, vamos entendiendo que en nuestra vida todo ha estado cambiando desde que nacimos, y nos damos cuenta, con asombro, de que hemos sido, “casi todo el tiempo”, muy aptos para adaptarnos a los nuevos ambientes que las circunstancias nos han impuesto.

Todo cambio nos sorprende, aun los favorables. La actual sociedad de consumo que nos quiere imponer a toda costa la obligación de ser felices si seguimos sus recomendaciones, como comprar ciertos artículos, unirnos al nuevo programa de la “suprema felicidad”, o bien, de ingresar a nuevas iglesias, sectas o corrientes de pensamiento.

Lo anterior nos puede parecer atractivo, pero solo al principio, pues después de que no funcionó lo prometido, buscamos nuevas ofertas de la felicidad. Y es que la sociedad de consumo en que vivimos, ha reblandecido nuestro carácter y disminuido nuestra voluntad y fortaleza. Si nos asomamos a la historia, pronto aprenderemos, que los hombres y mujeres de todos los países del mundo, han pasado por todo tipo de cambios: climáticos, económicos, políticos, culturales, de salud, etc. A esto, tenemos que agregar los cientos de desastres naturales que suceden todos los años en una gran cantidad de naciones.

Por supuesto, que todo cambio en nuestras vidas que alteren nuestra seguridad, son fuente de temor y a veces de mucho sufrimiento. Pero también debemos admitir, que los seres humanos hemos sido en lo social y en lo personal, muy aptos para adaptarnos a las alteraciones de todo tipo.

Si es cierto que todo cambio nos inquieta, no es por el hecho, exclusivamente, de que los hombres seamos incapaces para adaptarnos a la inmensa mayoría de ellos, sino por el factor “sorpresa”, que no deja de ser muy incomodo. Porque en la realidad, a través de nuestra evolución de cientos de miles de años como especie humana, hemos buscado a propósito una serie de cambios por nosotros mismos. Las diferentes razas del mundo se han trasladado para vivir en lejanas regiones del planeta, de su lugar de origen. El ser humano, es movedizo por naturaleza. Nuestra alma es inquieta y curiosa, gustosa de la novedad y de lo diferente, aun y cuando ello le acarree problemas.

El hombre, al contacto diario con la naturaleza, observa el continuo movimiento de estrellas y planetas; se prepara para recibir la espiga dorada del verano, las flores y juventud de la primavera; y aunque el otoño le muestra cierta decadencia en la vitalidad de flores, plantas y animales, también lo disfruta; y aun el invierno de arboles desnudos de hojas, lo espera con gusto.

El alma humana es móvil como la naturaleza misma de la que participa.

La naturaleza humana contiene polvo de estrellas, agua de los océanos, minerales de la tierra, plantas, animales y flores. Si somos parte del cosmos, imposible que nos disguste los cambios de ciudades, de climas y aun de circunstancias sociales diferentes. Nos gustan, pero paradójicamente, nos incomodan. El único problema radica en que algunos cambios sí son fuente de agudos sufrimientos, y ellos se refieren cuando atacan la salud  o vida nuestra o de seres que nos son muy queridos. Pero por desgracia, estos cambios que nos afectan están fuera de nuestro total control.

Pero haciendo a un lado ciertos sufrimientos que nos van a resultar muy dolorosos, la verdad es, que la enorme mayoría de temores que abrigamos por cambios de todo tipo, pertenecen más bien, a respuestas instintivas y condicionadas que están impresas en nuestro código genético; estas respuestas impresas en nuestro genes, se derivan de hace millones de años; prácticamente, desde nuestros primeros ancestros de hace seis millones de años.

Nuestro carácter es capaz de imponerse sobre todo tipo de circunstancias. La naturaleza puede ser muy dura, pero nuestro sublime espíritu lo vence todo.
10 Septiembre 2012 03:00:29
Diálogo entre la Culpa y la Comprensión
La Culpa penaba por las calles, se estiraba los cabellos, su cara mostraba una rara mezcla de tristeza, miedo y desesperanza. La Comprensión, que era tan benévola y tolerante, se le acercó y le rogó que por favor le contara la causa de su pena y de su tormento.

Sí te contaré –le dijo la culpa- , pero antes quiero decirte que mi tormento me viene porque mi conciencia me acusa de algo que es cierto, y es tanto mi pesar, que detesto mi mala acción, y a tal grado es así, que si tú no me hubieras pedido que te contará la causa de mi pesar, como demente confesaría mi culpa a cualquiera, pues siento que se me pudre en el pecho.

Tengo mucha vergüenza de contarte los detalles de mi mala acción. ¡Mira, le dijo la Comprensión, no es necesario que te avergüences y sufras más al recordar tu mal comportamiento! Y como mi naturaleza no es proclive a la morbosidad ni a una curiosidad malsana, mejor te escucharé de todo corazón, todo aquello que tú libremente quieras contarme.

Yo sé, dijo la Culpa, que mis actos atentaron contra valores morales y contra la dignidad mía y la dignidad de la persona a que dañé. Es cierto, lo que expresas –afirmó la comprensión-, pero debes saber, que tus sentimientos de culpa no son, sin embargo, ningún deshonor, ni se deben a ninguna degeneración de tu alma, pues si así fuera, no te dolería tú culpa; sino al contrario, estás expresando un arrepentimiento, y debes saber, que solamente se arrepienten los que gozan de una inviolable dignidad de su propia persona, y de que gozan también, de una conciencia moral muy fina y elevada.

Te veo tan apesadumbrada, que creo que tu arrepentimiento es muy intenso y agudo, y cuando esto es así, no hay culpa tan grande que no venza por completo el arrepentimiento. Arrepentirse de todo corazón, es la mejor de todas las medicinas para las enfermedades del alma.

Fíjate muy bien, siguió hablando la Comprensión: despreciamos algo que consideramos útil, valioso o moral, o todo junto, y al haber actuado con desprecio a ello, nos damos cuenta que actuamos equivocadamente, o francamente de manera inmoral; después de ello, empezamos a reprocharnos nuestra conducta u omisión, a lo que luego le sigue un sentimiento de arrepentimiento, que en algunos casos, y de no curarse, puede llevar a la locura o a la privación de la propia vida.

Además, continuó hablando la Comprensión: al tormento y tristeza, se pueden añadir otros sentimientos, como es el miedo o el pánico, al temerse las consecuencias que puedan traer nuestros malos actos. Sí, dijo la culpa, este miedo ya lo estoy sintiendo, por lo que ya no sé qué hacer con tantos pesares y angustias.

Lo mejor que podrías hacer, le dijo la Comprensión, es no darle una y mil vueltas a tu arrepentimiento, pues estas cavilaciones te traen a la memoria nuevas culpas, y éstas, a la vez, dan nacimiento a nuevos arrepentimientos. Darle muchas vueltas al arrepentimiento, es la prueba de no haberse arrepentido profundamente. Arrepiéntete fuertemente, y si eres creyente en Dios, pídele perdón por tus faltas, y si se puede, trata de remediar lo más que puedas, el daño que a otros causaste.

Recuerda, siguió hablando la Comprensión, que para arrepentirse, se requiere de valentía y de humildad. ¿O acaso, te sentías perfecto como Dios, o creías que eras inmune a las faltas graves, como si fueras un Ángel? ¡Claro que no! Tú, yo, y todos, somos susceptibles de cometer lo peor. ¡Ahora, a ti te tocó! Así, que si aceptas la vida, no puedes dejar de aceptar el arrepentimiento. El arrepentimiento es un sentimiento muy doloroso, pero es de los actos más sublimes, pues es la prueba irrefutable de que nos reconocemos con todas nuestras miserias, debilidades y flaquezas. Es imposible, que nos arrepintamos de todo corazón, sin que antes no hayamos destruido nuestros enfermizos sentimientos de grandiosidad y de soberbia.

La Culpa tenía los ojos anegados de lágrimas y por vez primera, sintió que sus tormentos comenzaban a desaparecer, y sintió también, que la vida de nuevo lo metía en su torbellino, y que la existencia le ofrecía nuevas oportunidades.

Podemos aprender mucho de éste diálogo. Debemos comprender que si no curamos nuestras culpas viviremos siempre como presidiarios del tormento, de la tristeza, y de la angustia. Creo firmemente, después de éste diálogo, que sí es posible curar la culpa que agangrena el alma.

Si el hombre goza de un solo rasgo que es divino, ese es, el del arrepentimiento nacido de las profundidades del corazón.

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07 Septiembre 2012 03:00:18
Amor propio
¡Cuando nuestras cosas van mal, no necesitamos que nadie nos lo diga, pues somos nosotros los que sufriremos las consecuencias; y si a eso le agregamos que nosotros pensamos que fuimos culpables, peor aún, pues constantemente nos estaremos atormentando al culparnos de los pésimos resultados!

¡Y cuando nuestras cosas van bien, gracias a muchos aciertos y esfuerzos, claro, que nos alegramos! Pero por lo general, se da un mecanismo diferente al caso anterior: si nuestras cosas van mal por culpa nuestra, vivimos un período de tiempo en un permanente automartirio de culpabilidad. Y cuando vemos nuestros éxitos como resultado de nuestra conducta, aceptamos con agrado los resultados, pero muy rara vez nos felicitamos por ello.

Estamos hambrientos de que “otros” nos reconozcan nuestros méritos, y en cambio, no somos capaces de reconocer nuestros propios méritos. Éste mecanismo es erróneo, pues estamos muy pendientes de que los demás nos feliciten y nos reconozcan. Y por lo general, éste reconocimiento no llega en la medida de nuestras expectativas: que nos elogien ciertas personas, en el tiempo que queremos, etc. Así, que los reconocimientos ajenos al no llegar como los queríamos, es causa de frustración.

Si realmente deseamos estar satisfechos de una manera profunda y permanente por lo que hemos hecho, debemos ser nosotros los que necesitamos autoelogiarnos, reconocernos y felicitarnos. Pero debemos hacerlo siempre, deteniéndonos en los sentimientos que nos provocan satisfacción y alegría. Repasemos en nuestra memoria, nuestros aciertos, revivamos el gusto que sentimos en esos momentos, démonos nosotros mismos esa palmada en la espalda que tanto ansiamos de los demás. En una palabra, y en éste sentido concreto, seamos los mejores amigos de nosotros mismos.

Hay personas que viven culpándose amargamente por años y decenios, de cosas que hicieron mal. Nunca terminan de cumplir la autocondena que se impusieron, y hasta afirman en voz alta: “esto no me lo perdonaré jamás”. Y en cambio, decenas, cientos y miles de actos acertados y de acciones bondadosas, en nada cambian sus equivocados o malos actos del pasado. Todo lo bueno y exitoso, nada abona en la cuenta del ayer.

Si nosotros mismos no nos aplaudimos, siempre estaremos muy pendientes de que se cumplan nuestras fantasiosas y exigentes expectativas de los aplausos que de otros quisiéramos recibir. Esto se convierte en una verdadera adicción de dependencia que no debemos permitir.

Por ejemplo: si una persona está cumpliendo exitosamente un régimen alimenticio, dado su dañino sobrepeso, y por algunas circunstancias, no recibe los elogios que esa persona quiere, como son, los de su cónyuge, hijos y amigos, siente que de nada valen sus sacrificios, y en un estado de frustración y ansiedad, come descontroladamente, y aun más, abandonando sus excelentes propósitos y éxitos ya obtenidos.

Pero si esta persona no estuviera pendiente de las felicitaciones que esperaba, sino que ella misma se autofelicita, y con eso le basta, no experimentará ninguna amargura, y sí, en cambio, su satisfacción le renovará los bríos para seguir triunfando en sus propósitos de llegar a ser y conservarse como una persona esbelta y mucho más saludable.

Es una triste realidad que muchos de nosotros no podamos “estar satisfechos de nosotros mismos”. Un buen porcentaje de personas, viven constantemente en un estado de autorecriminación agudo y amargo. Pero hay personas también, que saben perdonarse y seguir adelante.

El “estar satisfechos con nosotros mismos”, constituye uno de los tesoros más valiosos que podamos tener a nuestra disposición. No necesariamente tenemos que buscar en nuestra infancia las causas por las cuales casi nunca estamos satisfechos con lo nuestro.

Muy seguramente, más útil que buscar en nuestro pasado, lo que debemos hacer, consiste en escribir los éxitos y actos buenos que estamos teniendo. Recrearlos en nuestra conciencia, y felicitarnos por ello. Si cada conducta exitosa la llevamos una y otra vez a nuestra conciencia, iremos poco a poco, transformando no solo el impacto de nuestra conciencia, sino que nuestra conducta será cada vez más eficaz en todos los sentidos.

Recordemos que “lo que no está en nuestra conciencia, no nos pertenece”. Por ello, “el estar satisfechos con nosotros mismos”, es, primeramente, un profundo y reiterado “estado de conciencia”, y después, un cambio en nuevas conductas provechosas y que nos causarán sólidas satisfacciones.

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05 Septiembre 2012 03:00:39
El Sabio y el Aprendiz
¡Estoy ansioso por recibir tus enseñanzas! –le dijo el Aprendiz al Sabio–, respondiéndole éste de la manera siguiente:

Ten muy en cuenta que nada en la vida es fácil, y que en sobradas ocasiones te encontrarás en medio de difíciles problemas; no faltarán personas de buena fe que te aconsejen lo que ellos piensen que es lo mejor. Pero recuerda, que por mejor que puede ser el consejo, las bases para solucionar tus dificultades, deben ser la Prudencia y la Virtud. Podrás tomar resoluciones extremadas y muy complejas, pero siempre, la Prudencia y la Virtud le darán el toque mágico a tus decisiones.

Es cierto –continuó hablando el Sabio–, que muchos factores resultan imposible que los podamos controlar, y que la Fortuna nos puede mostrar todo su desprecio en esa ocasión. Pero en la gran mayoría de los casos los resultados serán para nosotros, buenos o malos, según así hayan sido nuestros actos. Si nuestros actos están revestidos de la Prudencia y de la Virtud, independientemente de lo esforzado y oportuno que debamos ser, lo más probable es que salgamos victoriosos.

Gracias, le dijo el Aprendiz, ¡y a propósito!, que podría hacer para que realmente me amen una serie de personas que me tratan bien, pero que realmente no siento que me quieren. Y has de saber, que yo trato a toda costa de ganarme su cariño: les hablo con respeto, los visito en sus cumpleaños, les regalo cosas, los elogio, y aun así no logro que me quieran.

Pues con estas conductas nunca lo lograrás –le dijo el Sabio–: más de lo mismo, te dará los mismos resultados. Pero el día que en realidad los quieras, no necesitarás de tantos artificios; los artificios son bagatelas, conductas artificiales de las que nada quiere saber el amor. Sólo tendremos el amor de nuestros hijos, cónyuge, amigos, cuando sintamos un genuino amor por ellos y se los expresemos. Incluso, podríamos no expresárselos, y como el amor es tan infalsificable, que a los que amemos se darán cuenta de ello. Como ves, la forma de ser queridos es simple, pero muy difícil de hacerla realidad, pues el precio que nos pide es que amemos si queremos que nos amen. ¡Ya entendí!, dijo cabizbajo el Aprendiz: realmente la tarea es difícil, pero si quiero que me amen, tendré que amarlos a ellos!

Quería preguntarte –le dijo el Aprendiz–, qué hacer con mi codicia, pues me doy perfectamente cuenta que cuando llego a obtener los ingresos que creí que me serían suficientes, mas los alcanzo, y ya estoy fijando ingresos mayores por obtener; es decir, que jamás estoy contento ni me siento seguro con lo que tengo.

Lo que sucede –le respondió el Sabio–, es que todo ser humano cuando pasa por necesidades reales lo poco le parece mucho, pero una vez que su corazón se vuelve codicioso, los grandes ingresos, y aun, las inmensas riquezas, le parecen poco. Y es que el problema para el codicioso nunca se va a resolver con base en lo que mucho tenga, pues nunca podrá estar contento por más grandes que sus caudales sean. ¿Y hay una medida razonable a fin de sentirme seguro y no llegar jamás a envenenar de codicia mi corazón?, preguntó el Aprendiz. Sí –contestó el Sabio–, y esa medida ya la señaló Séneca: “ten lo necesario y luego lo suficiente”.

Siento que a veces, los problemas me superan, y no se verdaderamente que hacer –le dijo el Aprendiz al Sabio–, y éste le contestó: ante los grandes problemas, claro que la inteligencia cuenta, pues el buen análisis objetivo que hagamos de un problema, en mucho nos ayuda. Pero realmente, para resolver grandes problemas, se requiere de un gran corazón. Porque ¿de qué sirve, que la inteligencia se adelante, si el corazón se queda? Solamente los grandes corazones, es decir, los grandes ánimos, es lo que nos permite enfrentar las peores adversidades.

Por ello –siguió hablando el Sabio–, más importante que educar la inteligencia, es educar los sentimientos. ¡Fíjate bien!: dime si algo tiene que ver con la inteligencia los bríos, la valentía, la dignidad, el honor, el hambre de triunfo, el apetito por la vida, la generosidad, etc. Nada de esto tiene relación con la inteligencia. Así, que si quieres capacitarte para luchar contra las adversidades –le dijo el sabio–, nada mejor que la presencia de espíritu, y nada mejor también, que leer a los inmortales poetas y las biografías de los hombres más ilustres. Ahí, encontraremos una fuente inagotable de sentimientos y de ejemplos para vivir una vida valiente y atrevida.

Del anterior diálogo podemos finalizar con la siguiente reflexión: ¡Qué importante es acudir a un sabio en busca de consejo! Y si no podemos acudir a uno, nada mejor que hacernos amigos de los más grandes sabios de la historia. Ahí está un Sócrates, el inmortal Homero, el poeta Horacio que jamás cansa, el genio de genios, Shakespeare, y tantos que están a nuestra disposición, con sólo leer algunas páginas de sus libros.

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03 Septiembre 2012 03:00:31
Las tinieblas de la soledad
¡Soledad es mi nombre, y soy capaz de inundar de tristeza y melancolía a aquellos que sienten la ausencia de alguna persona o cosa! ¡Conozco mis poderes: puedo enloquecer a personas, si los aíslo de toda comunicación!

Sí, siguió hablando la Soledad: que los corazones humanos son capaces de soportar martirios físicos y muchos sufrimientos emocionales por muy variadas causas. Pero sé también, que muchos corazones se destruyen si los invado y llegan a sentirse profundamente solos.

¡No es cierto que mi Soledad guste a algunos! Los hombres tendrían que parecerse a Dios o ser hermanos de las bestias para poder soportarme. Me equivoco: más bien, tendrían que parecerse a Dios, pues a las bestias les gusta mucho la compañía de sus semejantes. Y aun, hay bestias que pueden romper su soledad si las acompañan animales de especies distintas. El perro y el gato, enemigos ancestrales, prefieren vivir juntos, que cada uno por su lado.

Para mí misma –dijo la Soledad-, no cometo males contra nadie, aunque debo reconocer, que una vez que alguna persona me invitó a que invadiera su corazón, esa persona ya está dispuesta a cometer todo tipo de males. Por ello, no debe extrañarnos que monstruosos criminales hayan sido seres solitarios. Su soledad los enloquece y llegan a sentirse tan inferiores o superiores, que fácilmente sienten que ellos nada tienen que ver con la especie humana.

Como Soledad, soy la primera en aconsejar a los hombres: siempre les digo que se cuiden mucho de vivir solos, pues cuando caigan en éste vacío, no serán compadecidos por nadie, y permanecerán derrumbados en el suelo sin que alguien les de la mano.

Sí, es cierto, -le dijeron unos solitarios-, pero tú conoces el refrán popular que dice: “Más vale solo que mal acompañado”. Pero ese refrán no es ningún pretexto –contestó la Soledad-, pues pueden rechazar toda mala compañía, y eso no impide que gocen de compañías buenas. ¡Déjense de excusas, y decídanse a romper el espinazo a su maldita soledad! Y fíjense bien quien se los dice: yo, la Soledad que soy capaz de crear en sus imaginaciones de solitarios, espantosos monstruos que los devorarán: la soledad les secaran el alma, y los harán presa de imaginaciones horrorosas, sin fin.

Entonces, ¿la Soledad significa que estemos solos? ¡No siempre, les contesto! Recuerden, que si su alma es bondadosa y capaz de amar, jamás conocerán la soledad; y cuando estén solos, lo será en un sentido muy distinto: sus ratos en que estén solos gozarán de una excelente compañía: la de ustedes mismos. En cambio, el que rechaza a los seres humanos porque ni ama ni goza de un alma bondadosa, podrá estar rodeado de multitudes, pero se sentirá irremediablemente solo, odiando al género humano.

Quizá no lo sientan, porque ya se acostumbraron a su crónica amargura –les dijo la Soledad a esos solitarios-, pero ustedes bien saben, que permanentemente su corazón siente el dolor de los alfilerazos de su vida solitaria; y sienten y saben, que sus capacidades mentales cada vez son menores, y lo que una vez fue miel de su espíritu, ahora es hiel de su corazón.

El hombre no nació para la soledad –les siguió diciendo-, y la mejor prueba de ello, es que gracias a los amigos, a la compañía de otros, ustedes, seres humanos, han podido sobrevivir como especie a lo largo de cientos de miles de años. Y además, han triunfado por completo: ahí están las familias donde reina el amor; y qué decir de tanta alma generosa que se entrega al cuidado de otros. ¡Ya no hay que darle vueltas a éste asunto!, dijo la Soledad. Los solitarios están locos o van a la locura. Los solitarios se niegan a amar y a dar, y será imposible que maten su soledad si no buscan la compañía de otros.

¿Te sientes solo, triste y resentido?, pues bien, busca la compañía de otro, y al instante tu tristeza será disuelta.

¡Miren!, les dijo la Soledad, ustedes saben, que el estar solos les roe el corazón. ¿Por qué no, entonces, odiar su soledad, buscar la compañía de otros, de uno solo aunque sea? Empezando a buscar la compañía de otros, será el único camino para comenzar a amar. Y cuando el amor a otros se inicie, yo, como Soledad, me iré para siempre, y tus actos de amor y bondad ocuparan todo el espacio de tu corazón.

De esto podemos concluir que casi todas las enfermedades del alma se derivan del aislamiento.

¡Nuestro espíritu nació para la luz, para el amor y para la solidaridad con los demás! ¡Todos podemos enterrar nuestra soledad, y elevarnos a las alturas en la plenitud de la compañía y del amor!

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29 Agosto 2012 03:00:45
La dicha personal
El “juicio crítico” es la capacidad que tenemos todas las personas para analizar una determinada situación, conductas y opiniones. Pero desafortunadamente, la sociedad de consumo enloquecida de nuestros días nos ha impedido en gran parte ejercer esta capacidad.

Sin juicio crítico, somos como niños pequeños que se deslumbran con sonajas, espejitos y juguetes. Y lo verdaderamente peligroso, es que la ausencia de juicio crítico nos ha alejado de una cabal comprensión de lo que está pasando en nuestra sociedad, en la vida de nuestros hijos y cónyuges, y en nuestras propias vidas. Sin el ejercicio de análisis racional de situaciones y personas, somos como marionetas movidas por las modas y los mitos colectivos.

No nos hemos dado cuenta de que nuestra dicha depende en gran parte de que sepamos precisar el valor de cada cosa, y de saber cuáles son los factores reales que configuran a nuestra sociedad. Por ejemplo: no nos hemos percatado que la cultura y las ciencias han sido construidas por la racionalidad de los seres humanos, mientras que el manejo de esta cultura y ciencias dependen en muchas ocasiones de la irracionalidad y caprichos de los poderosos de nuestra sociedad ultra capitalista.

Hoy en día ya no tenemos un concepto unificado y con sentido racional, de la técnica, la economía, las ciencias y la política. Ahora, cada uno de estos campos ha logrado, por desgracia, su autonomía e independencia. Se puede ser científico sin tener la más mínima idea de los altos fines de la política, o pontificar sobre la economía sin entender los mínimos principios de la sociología.

Y a tal grado está fragmentada la concepción de la vida humana, que las ciencias, la economía, la técnica y la política ya nada tienen que ver con la ética pública y privada.

Por ello, ¿qué importa que se vendan una enorme variedad de artículos y servicios, si existen bancos que nos prestan por codicia, y compañías que nos entregan la mercancía a plazos, con la sola ilusión de lucro? Si la economía está creciendo asombrosamente, ¿importa que los bancos especulen sin control alguno? Si no sabemos que la especulación y las grandes ofertas tienen como motores a la codicia sin freno, es lógico que lo racional de la economía se desplome ante la irracionalidad de especuladores y de gobernantes deslumbrados por el éxito económico.

Si la moral pública y privada hubiera sido considerada como la principal directriz de la economía y de las políticas gubernamentales, no estaría ahora el mundo sufriendo por la peor crisis económica de los Estados Unidos, que arrastró en su codicia a casi todos los países del mundo.

Y precisamente, las personas, en particular, por no haber ejercido nuestro juicio crítico, nos atragantamos de todo lo que nos venda una sociedad manipulada por unos cuantos que manejan la economía, los gobiernos y las modas. La moda y el mito es consumir cada vez más, a fin de ser felices, aun y cuando el consumo indiscriminado nos deje en la ruina financiera y nos robe nuestra libertad personal.

Y es que, ¿cómo podemos ser realmente libres y manejar nuestras vidas si no nos guía la racionalidad y el juicio crítico? ¿Cómo podemos valorar el ser arrastrados por modas y codicias, si la ética, no es la estrella polar que orienta nuestras vidas?

Ya sabemos que los mitos colectivos, entre otros, son: persigue el éxito económico, ten mucho para que valgas mucho, si no consumes lo que está de moda es que eres un mediocre, guíate por la técnica y las ciencias, si la televisión lo dijo es que es cierto, si tu situación económica es boyante tú serás más feliz, las personas realizadas viven con lujos, y mucho mitos colectivos más.

¿Y la ética forma parte de estos mitos colectivos? La ética no forma parte de ninguno de éstos mitos. Los valores espirituales son mal vistos por una sociedad de consumo desenfrenada y enloquecida.

Debemos pensar seriamente sobre los grandes mitos colectivos que dominan en nuestra sociedad: la moda en infinidad de artículos y de servicios, invertir en la bolsa de valores aun cuando perdamos hasta la camisa, la creencia de una buena política cuando lo políticos son irracionales y están apartados de la ética privada y pública.

Si en serio queremos aumentar nuestra dicha y satisfacción, es necesario que nos comprometamos en ejercer cada día nuestro juicio crítico, a fin de no ser títeres movidos por mitos irracionales, que tarde que temprano, nos estrellan y nos dejan en el desamparo. ¡Solamente nuestra libertad responsable y el rechazo de todo mito colectivo irracional, es el camino seguro a la dicha y al contento personal!

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27 Agosto 2012 04:00:46
Creer en nuestro corazón
Nuestra alma cuando es buena y actúa, enciende nuestra inteligencia y la llena de luz. Un alma así propicia enormemente que situaciones y circunstancias se acomoden a nuestras fuerzas y deseos.

Nuestros actos nacidos de nuestro espíritu noble, modifican situaciones negativas y las acomodan a nuestro favor. ¡De pronto, ayudas, ideas y personas acuden en nuestro auxilio y todo se vuelve propicio para nuestros fines!
Esto les ha sucedido a científicos, literatos, hombres de negocios, quienes en la lucha contra las dificultades, la nobleza y firmeza de sus propósitos los llevaron a la victoria, y muchas ayudas no esperadas acudieron en su auxilio.
SÓlo hay que tomar en cuenta, que las buenas circunstancias se cierran ante los hombres que dudan de sí mismos. Y en cambio, se abren para quienes creen que lo que es cierto para ellos en su corazón, lo es también para todo el mundo. Y esto es el “Genio”: La paciencia y la perseverancia que trabajan a favor de quienes creen ciegamente en sus sueños. Ejemplos los tenemos por millares en la misma ciudad donde vivimos. ¡No importa, que a los ojos de otros, la actividad que emprendamos sea modesta! Lo que importa es el fuego que ponga al rojo vivo ese negocio, trabajo o actividad que a otros les parece modesto. Un negocio sencillo goza de la misma naturaleza, propia de los actos de grandeza, y es que lo sencillo es grande cuando es surgido del esfuerzo.

Aquel que sueña en emprendER un negocio sencillo es hermano del que piensa en uno grande: Y es que los dos gozan de la grandeza de la firme creencia. Triunfa el que cree en su corazón, y no como otros, que abrigando nobles propósitos, los abandonan porque son suyos. Y es que se preguntan: ¿Cómo podría ser factible de realizar este proyecto, siendo yo el que lo concibió? Su duda en su propia valía arranca la raíz de todo triunfo. La victoria es enemiga de la duda, de la vacilación y de la falta de confianza en las propias realizaciones.

Lo más íntimo de nosotros es lo más externo. La nobleza de corazón se trasluce en la mirada. La envidia que el envidioso guarda como secreto, lo descubre el verde de su cara. La intención del malvado se la puede leer en sus labios. Y el sueño del que cree en sí mismo no puede contenerlo: Se le nota en lo radiante de su cara.

Una persona que empieza a forjar buenos propósitos, de inmediato debe guardar esos rayos de luz que invaden su mente y forjan su fantasía. Jamás deberá dejar que se escapen esos rayos que revelan su potencial. Deberá darles el valor que un niño le da a la confianza depositada en su madre. Cuando dejamos escapar esos rayos divinos de luz, estamos traicionando la confianza en nosotros mismos. ¿A lo largo de nuestra vida cuántas ideas hemos pensado por nosotros mismos pero las desechamos porque eran nuestras? Y al paso del tiempo esas mismas ideas las hemos leído en hombres que las pusieron en práctica, porque ellos sí creyeron en ellas. ¡Bajamos los ojos de vergüenza, y nos arrepentimos por haberlas desechado!
La persona que realmente desea ardientemente mejorar su vida, se dará cuenta que la envidia no lo adelantará un solo paso y que en cambio sí lo hundirá en una mayor odio a sí mismo. Se percatará, que para ser feliz no necesita medir su felicidad en relación a otros, sino que su dicha la valorará como una gema preciosa que solamente es para él.

Sabrá que no necesita un territorio geográfico grande, mercados exclusivos o logros únicos que lo hagan sentirse superior sobre los demás. Se dará cuenta que es suficiente con aquello que la naturaleza lo dotó. No importa en lo absoluto que sea un genio para las ventas, los negocios, el arte o las ciencias. Lo que importa es que vea con claridad los “dones” que la naturaleza le regaló. Y una vez vistos con claridad sus “dones”, deberá tomar conciencia de que ni un solo grano de trigo, ni un solo gramo de oro será suyo de las cientos de miles de toneladas de oro ya acumuladas por el hombre, sino que sólo será suyo lo que obtenga en base a su esfuerzo.

Los pequeños triunfos propician la felicidad al igual que los grandes. Porque el valor no está en lo pequeño o grande, sino en la fuerza del corazón que cada persona pone para obtener lo que desea. Nuestro alivio y alegría no depende de espectaculares victorias; depende de tener una conciencia clara de que hemos hecho lo mejor que está de nuestra parte.
27 Agosto 2012 03:00:58
Aprender a ser felices
Durante nuestros años que estuvimos en la escuela primaria, secundaria, y otros estudios, aprendimos un amplio campo de materias: biología, aritmética, historia, etc. Pero jamás se nos enseñó cómo aprender a ser felices. ¿Será que la felicidad no necesita ser aprendida y que se trata de una cuestión natural y simple?

¡Qué increíble: si queremos enseñarnos a conducir un automóvil, a pintar, estamos dispuestos a que se nos enseñe y a realizar esfuerzos para aprender; y en cambio, no consideramos que sea necesario aprender cómo alcanzar mayores grados de felicidad!

La realidad, es que todos los seres humanos abrigamos una poderosa tendencia a buscar la felicidad, tal y como lo escribió Aristóteles en su obra, Ética a Nicómaco. De hecho, todo lo que hacemos es en vista a lograr la mayor felicidad posible. Incluso, cuando hacemos cosas que nos causan dolor físico o emocional, es con el fin de alcanzar futuros placeres o ventajas. Nuestra tendencia a la felicidad nos mantiene durante toda la vida practicando el supremo principio de las ciencias: “Ensayo y Error”.

Desafortunadamente, el “Ensayo y Error” , tratándose de nuestra individual felicidad, es muy difícil poder calificarlo y precisarlo, pues no se trata de algo que pueda pesarse, medirse y comprobarse. No, sino que todo lo que está implicado con nuestra personal felicidad es una cuestión muy compleja, pues el observador es la misma persona observada. Y en éste sentido, nos convertimos en jueces y parte interesada, independientemente que todos los factores de la felicidad son muy subjetivos.

Aun así, con todas las dificultades anteriores, la lucha por la felicidad es tan importante que no debemos dejarla exclusivamente en manos del “Ensayo y Error”: me equivoque y fui infeliz, pues bien, ahora corrijo y adelante. La cuestión es mucho más compleja que éstas sucesivas pruebas, hipótesis y comprobaciones, de si lo que pensamos y hacemos nos está conduciendo o no, a la felicidad.

En un terreno tan resbaladizo como éste, debemos de acudir a las grandes enseñanzas de los pensadores de la humanidad que han estudiado a fondo el tema de la felicidad. Y así, no dependeremos solamente del “Ensayo y Error”, sino que a nuestra propia experiencia de la vida, acudiremos en ayuda de los pensadores que se han dedicado a éste tema. Al igual, que si padecemos una enfermedad del corazón, no solamente acudiremos a nuestra experiencia, en el sentido de alimentarnos sanamente, sino que acudiremos a un médico cardiólogo.

Los psiquiatras Newman y Berkowitz, que han tratado a cientos de pacientes desdichados, nos dicen que cada uno de nosotros esperamos que la felicidad se nos manifieste espontáneamente, sin comprender, que debemos “hacer algo” de nuestra parte. Estos dos psicoanalistas nos dicen:

“En primer lugar, debemos tener consciencia de que probablemente hemos estado desencaminados en nuestra búsqueda. La fuente no se haya fuera de nosotros, sino en nuestro interior. La mayoría no hemos empezado siquiera a explorar nuestras propias fuerzas potenciales; obramos sin utilizar toda nuestra capacidad. Y continuaremos haciéndolo mientras esperemos que alguien nos de las llaves del reino. Debemos convencernos de que el reino está en nosotros mismos y que ya poseemos las llaves”.

En muchos sentidos, seguimos siendo niños, aun y cuando ya seamos jóvenes o estemos en la edad adulta. Y es en el terreno de la felicidad en el que muy a menudo nos comportamos como niños: pareciera, que estuviéramos esperando que nuestros padres nos dieran permiso para poder ser felices. Quisiéramos que se nos empujara a fin de empezar a vivir nuestra vida con una gran plenitud.

Pero las cosas no suceden así. Solamente nosotros somos los que en realidad podemos autorizarnos a luchar a favor de nuestra felicidad. Es cierto que nadie nos enseño a ser felices ni en la escuela ni en la vida. Pero nosotros ya hemos practicado en demasía el “Ensayo y Error”, y aun así, sentiremos que algo nos falta.

En verdad, que la fuente de nuestra felicidad reside dentro de nosotros, pero eso en nada, excluye que observemos a las personas felices y les preguntemos a qué deben su dicha. También, la lectura de las grandes novelas de la literatura universal, constituyen muchas universidades juntas sobre el arte de vivir.

Aprendamos cómo han llegado a ser felices tantas personas que nos rodean. Platiquemos con ellas y empecemos a descubrir nuevos mundos. Las conversaciones inteligentes, constituyen un saber inmenso; simplemente los otros pueden estar dispuestos a abrirnos de par en par las ventanas de su alma.

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24 Agosto 2012 03:00:16
Buen uso de nuestras capacidades
Ser “productivos” significa expandir nuestras actitudes y respuestas emocionales, intelectuales y sensoriales. Significa luchar constantemente por realizar nuestras potencialidades naturales. El Poeta Griego Píndaro, lo expresó magistralmente: “Ojalá llegues a ser el que eres”.

El “que eres” a que se refiere Píndaro es toda persona que ya lleva en su nacimiento una serie de capacidades y habilidades; las lleva de manera potencial, es decir, con la capacidad de materializarlas en su vida. Llegar a ser el que eres, es lograr con nuestra conducta, lo que nuestras capacidades muy personales nos reclaman.

Unos, nacieron con las capacidades para pintar, esculpir; otros, están dotados para la mecánica o las matemáticas; algunos, nacieron con capacidades para el comercio, las ventas, o los negocios, etc. Ser productivos, consiste en orientar nuestras capacidades, emociones, para aplicarnos con toda fidelidad en aquello que se “nos da”, como decimos coloquialmente.

Generalmente, la palabra “productividad” se asocia a la creatividad, y particularmente, a la creatividad artística, como la música, el teatro, la pintura, danza, escultura, poesía, etc. De hecho, todo artista con la expresión de su arte nos demuestra contundentemente, que es “productivo”. Y esto es cierto, pero no lo es, el creer que solamente el artista lo es.

Podemos carecer por completo, de capacidades artísticas, y aun así, ser altísimamente “productivos”. Por ello, es necesario saber con precisión, qué es y qué no es, ser productivo. Si el cerebro de una persona no está dañado, o si no sufre de severas perturbaciones emocionales, todo ser humano está dotado de lo necesario para llevar una vida altamente productiva.

Inclusive, personas que sufren de serias perturbaciones emocionales, llegan a lograr una productividad impresionante. Pintores, poetas, actores de teatro y cine, novelistas, a pesar de sus perturbaciones han sido un ejemplo de productividad.

Uno de los rasgos más característicos de una persona no productiva, es aquella que es muy activa, pero que su actividad no brota de su carácter independiente y de acciones que la motivan, sino que actúa en una actitud de sumisión y de dependencia: sus acciones nacen de reglas sociales que estima “tiene que aceptar”. Actúa por un sentido de falsos deberes; o bien, impulsada por el miedo a transgredir una serie de reglas religiosas.

Hay personas, que aparentemente actúan productivamente, como por ejemplo, quienes actúan con base en profundas pasiones de celos, avaricia, masoquismo, sadismo, codicia, miedos. En estos casos, estas pasiones no nacen de una mente libre, sino de un cerebro atormentado por irracionales y ciegas pasiones que le impiden actuar con libertad y creatividad. Inclusive, personas de una gran “productividad material”, no son productivas en el significado exacto del término, pues sus acciones son intransigentes, obsesivas y dañinas. Un verdugo que mate a personas con gran eficiencia, por supuesto, que no es productivo.

El genocidio de más de 6 millones de judíos, ese espantoso Holocausto del nazismo, esa eficiencia para asesinar en las cámaras de gas, ese orden preciso y eficiente de los carceleros del Holocausto, no fue en ningún sentido actos productivos de los nazis.

Se pueden realizar actividades de una sorprendente generación de riqueza, pero con una total improductividad: las altísimas ganancias económicas que obtienen los usureros, las elevadas ganancias derivadas de negocios ilícitos, la riqueza surgida por explotar a obreros, las desorbitadas utilidades económicas por monopolizar productos alimenticios y venderlos a precios forzados, etc.

El ser “productivo” no está relacionado con el éxito material o profesional, pero tampoco lo excluye. Un médico que preste sus valiosos servicios profesionales a favor de la sociedad, será mucho más productivo que otro médico que “explote” comercialmente y con ventaja, sus capacidades extraordinarias como cirujano.

Quisiera dejar claro que ser “productivos” consiste esencialmente en trabajar en aquellas actividades que “se nos da naturalmente”. Consiste también, en una actitud saludable de orientarnos ante el mundo y las personas. Ser productivo, es poner nuestras emociones, inteligencia, fuerza física, voluntad, al servicio de los demás; consiste en actuar libremente, y no obligados por dogmas estériles y ciegos.

Seremos “productivos”, cuando lo mejor de nosotros se oriente a un sano proceso de vivir. Lo productivo se mide no por el éxito material, sino por el ejercicio noble y saludable de nuestro carácter.

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22 Agosto 2012 03:00:31
Yo soy el responsable
“Yo, soy yo, el que lo ha hecho”, escribió el poeta Virgilio, definiendo brillantemente cuando una persona se responsabiliza de algo que ha hecho. Cuando cada uno de nosotros nos damos cuenta de nuestras responsabilidades, estamos creando conscientemente nuestro propio destino y estamos influyendo en la configuración del destino de otras personas.

¡Asumir nuestras responsabilidades es hacernos cargo de nuestros problemas, sentimientos, éxitos, fracasos y sufrimientos! ¡Imposible que podamos gozar de salud mental y de alcanzar la felicidad, si huimos e ignoramos nuestras concretas responsabilidades!

Cuando una persona sufre de trastornos emocionales y de conducta, y se somete a psicoterapia, será casi imposible su curación si previamente no está dispuesta a asumir su cuota de responsabilidad. Pero cuando la persona se empecina en exonerarse de la responsabilidad que le corresponde, y además sólo responsabiliza a otros, no podrá haber cura alguna.

Conocer y comprender la naturaleza, el contenido y el alcance de nuestra responsabilidad, se convierte en una de las cuestiones más fundamentales para la salud mental y el éxito humano de toda nuestra vida. No es nada sencillo querer saber el grado de nuestras responsabilidades concretas, pues ello nos conduce a vivir la realidad y a responder por cada uno de nuestros actos. Y querer conocer la realidad de cada cuestión importante de nuestra vida, es enfrentarnos a verdades frecuentemente muy dolorosas y a realidades mucho más profundas e importantes de lo que habíamos pensado.

¡Sin embargo, no hay opción: o continuamos eludiendo nuestras responsabilidades, o las afrontamos! Sólo que para afrontarlas se requiere de una gran valentía, y de asumir una de las decisiones más esenciales de nuestra vida. Y además, es necesario que estemos plenamente conscientes, que las responsabilidades fundamentales que eludamos, después, al paso del tiempo, nos provocarán sufrimientos muchísimo más profundos que si las hubiéramos afrontado en su tiempo. Y con la absoluta seguridad de que abandonarnos en la irresponsabilidad, jamás nos conduce a la felicidad ni nos permite gozar de salud mental y de poder actuar con eficacia en la configuración de nuestro destino personal.

Asumir la responsabilidad de nuestros actos y omisiones constituye una acción “plenamente humana”, que se deriva del núcleo de nuestro espíritu, a través de nuestra voluntad libre. Nuestra voluntad libre es un instrumento poderosísimo para refrenar pasiones desbordadas y tendencias genéticas muy fuertes que juegan en nuestra contra, como pueden ser, la proclividad genética a la compulsión sexual, a los juegos de azar, a los estupefacientes, a la ira, y a las conductas peligrosamente agresivas.

No solamente gozamos de la capacidad para ejercer nuestra voluntad libre y así poder configurar nuestro futuro, sino que además, es cierto, como lo dijo el filósofo francés Sartre, que “estamos condenado a la libertad”. Si estamos condenados a una “potencial” voluntad libre, el problema es mucho mayor, pues no pasar de la “potencia” al “acto” de nuestra voluntad libre, sería traicionar muy probablemente, el más poderoso instrumento de nuestro espíritu: el negarnos a ejercer nuestra libertad.

Sí, el problema es mucho mayor si estamos condenados a ser libres, pero el premio de ejercer nuestra libertad es incalculable en beneficios. Primeramente, toda nuestra existencia estaría siendo guiada por acciones plenamente humanas, surgidas del núcleo de nuestro espíritu.

Si nos fijamos bien, cuando sufrimos de algún trastorno emocional que nos impide funcionar eficazmente en el ejercicio de nuestra voluntad libre, se debe a que no conocemos los límites, o conociéndolos, los ignoramos, de alguna cuestión crucial. Es muy parecido en los trastornos emocionales que padecen los niños cuando no conocen cuáles son sus límites. Parece que los humanos necesitamos como el aire para vivir, de conocer los límites que se nos imponen. Por esta razón, con mucha mayor frecuencia, es más peligroso para una nación la “anarquía” que la “tiranía”. En la tiranía, conocemos por experiencia los límites del tirano, mientras que la “anarquía” siempre termina rompiendo todos los límites, sin saber jamás hasta dónde van a llegar las cosas.

A cada uno de nosotros nos sucede algo similar: cuando nuestros padres nos imponían límites buenos o absurdos, sabíamos cómo podíamos cumplirlos, y ya teníamos la experiencia de la intensidad del sufrimiento por cumplirlos. En cambio, cuando una persona ya rompió los límites y no le importa ningún tipo de limitación, entra a una “anarquía de ideas, sentimientos y conducta” de consecuencias y sufrimientos impredecibles.

Si bien es cierto que cada año se incorporan nuevos sistemas terapéuticos que discrepan radicalmente unos de los otros, la verdad, es que todos estos sistemas comparten la idea y se empeñan en una cuestión fundamental: en su compromiso de que lo terapeutas de esta diversidad de sistemas ayuden a sus pacientes a reconocer y a responsabilizarse por sus actor y omisiones. Todos los terapeutas cuentan con la experiencia de que si sus pacientes no están dispuestos a asumir las responsabilidades que la vida les impone permanentemente, no habrá posibilidad de cura alguna ni de ningún tipo de crecimiento emocional.

Dostoievski, escribió: “Si no hay Dios, todo se vale”. Y yo me permito agregar: “Si todo se vale, es imposible la responsabilidad, la salud emocional y la felicidad”.

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20 Agosto 2012 03:00:30
Distorsión de sí mismos
No estoy conforme con mi situación, y es que la gente no me ayuda; si estuviera mejor preparado, mis cosas estarían mejor.

Pero también, escuchamos quejas en sentido contrario: lo que pasa, es que la gente no me valora; ¡si realmente conocieran todas mis cualidades, otra cosa sería!

La realidad, es que todos los seres humanos gozamos de algunas cualidades particulares muy valiosas, pero, o no nos hemos dado cuenta de ellas, o simplemente no las hemos explotado como deberíamos hacerlo. Y también, todas las personas, sin ninguna sola excepción, padecemos de debilidades y defectos.

Comúnmente, algunas personas sufren de una grave distorsión de sí mismos: se sienten inferiores y sin cualidad alguna, por lo que no tienen el menor ánimo para emprender lo que sueñan. Y en cambio, otros, creen que son un regalo que Dios le hizo a la humanidad; se sienten “hechos a mano”, y con ellos se rompió el molde.

Estas dos visiones: los que se sienten inferiores, y los que se creen superiores, padecen de una distorsión de su personalidad. Para los que se sienten inferiores, que es el mayor porcentaje, nada mejor que lleven por escrito un inventario de tantas acciones valiosas y éxitos que han logrado a lo largo de sus vidas, pero que sus sentimientos injustificados de inferioridad no les permiten “verse” como realmente son: personas muchísimo más valiosas de lo que siempre han pensado.

“A veces la inferioridad es simplemente falta de información” (Eugenio d´ Ors).

También, quienes se sienten inferiores, hagan un inventario de sus serios errores que han cometido y de la forma cómo aprendieron de esas experiencias. Se darán cuenta, que muchas conductas equivocadas en las que incurrieron ya no las cometen ahora. Tomarán conciencia de que han aprendido mucho de la vida y que ahora son mejores personas y mucho más eficaces. Por vez primera, caerán en la cuenta de que grandes errores de su pasado son la causa de muchos de sus triunfos actuales, gracias a que supieron aprender de sus “malas experiencias”.

Pero el que se siente inferior, por lo general no aprecia que ha aprendido mucho de la vida, y que en realidad, goza de muchas más cualidades de lo que ha creído. Y es que pensar “mal de uno mismo” llega a convertirse no en una simple etiqueta que nos cosemos a nuestra alma, sino que se convierte en una “sentencia condenatoria” que destruye nuestra vitalidad física y las propias fuerzas de nuestro espíritu.

La persona que se siente inferior, carece de razón para ello, pues no se percibe con claridad. ¿Y cuántas veces, estas personas ante un situación extrema sobresalen de una manera que deja pasmados a los demás? Y es que en esas circunstancias extremas, rompe con sus propias barreras y se atreve a “todo”; y al atreverse, pone en juego cualidades que negaba tener.

La persona que se siente inferior (y que, por supuesto, no lo es), tiene el gran inconveniente de que no puede adaptarse a la realidad, pues aun cuando la realidad les indique que son mucho más valiosas de lo que piensan, el que se siente inferior difícilmente alterará su autoimagen negativa.

Estoy convencido de que toda persona que se siente incapaz y poco valiosa, sí puede cambiar su percepción de sí misma, siempre y cuando se proponga como una de las tareas fundamentales de su vida, el llevar por escrito un inventario de su éxitos pasados y presentes.

Aquel que siente que su vida es poco valiosa, que se proponga mirar con objetividad tantos logros que ha obtenido y tanto bien que ha hecho a tantas personas, pero que jamás nada de esto acude a su memoria.

Nuestro sentimiento de inferioridad podemos cambiarlo con base en emprender “nuevas conductas”, y a darnos cuenta que muchas de nuestras actuales conductas son mucho mejores de lo que hemos pensado. ¡Reconozcamos nuestras aptitudes! ¡Borremos las grabaciones de nuestros discos cerebrales que equivocadamente nos acusan de inferiores, pues ello no es cierto! ¡Ya dejemos de castigarnos y de sentirnos culpables de una manera que ha sido absolutamente injusta! Si nos lo proponemos en serio, en cuestión de meses habremos reconstruido nuestra verdadera autoimagen, y no esa imagen falsa que tenemos de nosotros como cuando nos vemos en los espejos de las ferias, que distorsionan por completo nuestra imagen física.

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17 Agosto 2012 03:00:19
Siempre insatisfechos
¿De verdad somos tan ingenuos para creer que la riqueza económica y el cumplimiento de todos nuestros deseos nos pueden proporcionar la felicidad? Imposible. La felicidad depende de factores muy distintos a los deseos saciados y a los cofres de tesoros.

El científico de la Universidad de Michigan, Ronald Inglehart, dirigió una encuesta mundial a fin de conocer cuáles poblaciones del planeta eran las que alcanzaban las más altas tasas de felicidad. Para Inglehart la investigación tuvo “una conclusión sorprendente” ya que “en general se creía que era casi imposible elevar el nivel de felicidad de todo un país”.

Si se tratará de dinero y de satisfacción de deseos, Japón, el segundo país más rico del mundo, Francia el quinto país más rico, o Estados Unidos, el país número 1 en riqueza general, deberían haber sido los que alcanzaran el porcentaje de felicidad más alto. La encuesta estudió a 97 países, y de ellos, Japón ocupó el lugar 43 en felicidad; Francia, la posición 37; y Estados Unidos, quedó en el número 16.

En cambio, Dinamarca ocupó el primer lugar, Puerto Rico el número 2 y Colombia la posición 3. El Salvador con el número 11, Guatemala con la posición 17 y México con el número 18. En cada uno de estos tres últimos países mencionados, más de la mitad de sus poblaciones viven en la pobreza.

Tampoco sería cierto que los países con mayor pobreza son los más felices; de hecho, aunque no se investigó en el estudio que comento, no hay duda que las naciones cuyas poblaciones son las más infelices, se encuentran en los países más pobres del mundo, como son las naciones del Subsahara de África.

Pero es un dato de sobra importante, el saber que en Japón, la segunda nación más rica del planeta, cuya expectativa de vida es la más alta con 79.8 de años para lo hombres y 85 años para las mujeres, su felicidad sea muy precaria. En cambio, Puerto Rico y Colombia ocupan los sitiales número 2 y 3 de felicidad entre todos los pueblos de la tierra. Esto me hace pensar que Schopenhauer está en lo cierto cuando en su obra “El Arte de Ser Feliz”, escribió en la regla no. 26, lo siguiente:

“Poner una meta a nuestros deseos, frenar nuestras apetencias, domar nuestra ira, tener siempre en mente que el ser humano no puede alcanzar más que una mínima parte de todo lo deseable y que muchos males son inevitables: así podremos soportar y renunciar”.

Por su parte, el inmenso poeta Horacio de la Roma Antigua, escribió en una de sus Epístolas: “Mientras emprendes una obra, lee y consulta siempre a los doctos acerca de cómo puedes llevar la vida con la mente serena, que el deseo siempre necesitado no te atormente”.

Debemos luchar por lo que anhelamos y tratar de desarrollar nuestras vocaciones y capacidades. Es algo muy cierto. Pero esto es muy distinto a darle rienda suelta a nuestros deseos, a nuestras pasiones y ambiciones.

La historia nos ha demostrado que los deseos desenfrenados y las ambiciones no tienen fin, y que aún cumpliéndose, el hombre no quedaría satisfecho.

Una de las reglas fundamentales para nuestra felicidad, consiste en saber que los seres humanos somos perpetuamente insatisfechos y que aún realizando una gran cantidad de nuestros deseos, es imposible que ello nos pueda hacer felices. Así como en la religión Católica, todo recién nacido padece ya del llamado pecado original, de la misma manera, todo ser humano al nacer trae el sello de la perpetua insatisfacción.

Y esto es así, por el mero hecho de ser personas, pues el serlo trae implícito la precariedad, limitación, debilidad y permanente incompetencia de todo ser humano. Y si no, pongamos a los tres seres humanos que en su tiempo, cada uno de ellos fue el hombre más poderoso y rico sobre la tierra, y según ellos, fueron infelices en muchas etapas de su vida. La riqueza conjunta de los 100 más grandes millonarios del mundo de hoy en día, no sería nada ante los tres hombres más ricos y poderosos que ha dado el mundo: Alejandro Magno, Julio César y Napoleón Bonaparte. Ellos dispusieron a su antojo del rumbo de naciones enteras, de la vida de millones de personas y de todas las riquezas conocidas, y al final, cada uno declaró que no había logrado realizar sus ambiciones. Alejandro Magno sintió que no había concluido sus conquistas; Julio César lloró al comparase con Alejandro Magno; y Napoleón decía que Europa era una ratonera.

¡Aceptemos nuestras limitaciones y debilidades! Aceptemos que siempre estaremos insatisfechos; vivamos con mesura en una dorada medianía, arrancándole a la vida tantos frutos de serenidad y de alegría que todos los días nos ofrece.


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15 Agosto 2012 03:00:56
Arrogancia enfermiza
¡Dime lo que quieras, que al cabo, lo que por un oído me entra por el otro me sale! O como el niño caprichoso, que mientras la mamá lo regaña, él se tapa los oídos.

Lo anterior, que nos parece un absurdo, con alguna frecuencia lo hacemos todos, pero con otras formas: simplemente no le damos ningún valor a lo que el otro nos está diciendo. La esencia de la convivencia humana y del trabajo en común es la disposición de ser comprensivos con los demás. Si nos creemos dueños de la razón y si pretendemos imponerles a los otros nuestros puntos de vista sin previamente haberlos escuchado, estaremos faltándoles al respeto. Nadie puede tener siempre la razón. El que cree tenerla padece de una seria distorsión de sí mismo.

Querer tener siempre la razón implica padecer de una irracional intransigencia, de una radical incapacidad para el diálogo, y de una arrogancia enfermiza. El escritor francés Jean Rostand, en su obra “El Matrimonio”, escribió: “Permítete el lujo de ceder cuando tienes razón, a cambio de saber ser intransigente cuando no la tienes”.

El querer tener siempre la razón implica despreciar los argumentos de los demás; se puede tratar de un desprecio grosero o de un desprecio cortés, pero siempre se tratará de un desprecio. Y todo desprecio lleva una fuerte carga de intolerancia. El escritor italiano Giacomo Leopardi, en su obra “Pensamientos”, expresó: “Ningún defecto humano es más intolerable ni menos tolerado que la intolerancia”.

Cuando nosotros pretendemos imponer nuestros puntos de vista, y a medida que notamos que el otro empieza a exponer argumentos convincentes, a nuestras primeras reacciones de fría intransigencia empiezan a surgirnos sentimientos de frustración y de enojo. Si la discusión continúa y nuestros argumentos van apareciendo a los ojos de todos como argumentos débiles, nuestro enojo comienza a expresarse en gestos, en un volumen mucho más alto de nuestra voz, se nos sube a la cara el color rojo de la sangre y ya estamos a un paso de empezar a insultar.

Esto sucede con mucha frecuencia en los matrimonios y en las relaciones de los padres con sus hijos. Si uno de los cónyuges quiere siempre imponer sus opiniones, terminará por opacar al otro cónyuge, lo sojuzgará y seguramente lo humillará. Pero si el cónyuge en vez de opacarse por el miedo responde, el matrimonio vivirá permanentemente como un buque al que con frecuencia le entra agua y hay que tirarla al mar para que no se hunda: el matrimonio vivirá en relaciones enojosas y destructivas casi todo el tiempo. Y lo mismo sucede en el caso de las relaciones de los padres con los hijos, cuando se vive en ese vicioso clima de intransigencia.

En el núcleo de toda persona que “siempre” quiere tener la razón, si observamos cuidadosamente su carácter, advertiremos que padece de varias deficiencias. Por lo general, se trata de una persona insegura y miedosa. Pretende disfrazar su inseguridad imponiéndose ante los demás. Si fracasa en su intento, su inseguridad se vuelve más patente ante sus propios ojos, lo que la sume en un sentimiento muy agudo de inseguridad; sentimiento que querrá compensar fallidamente al tratar de imponerse la siguiente vez.

Mientras trata de imponer sus puntos de vista, internamente se siente desasosegado y temeroso, razón por la que puede empezar a gritar y a amenazar. La persona transigente actúa de manera diferente: se siente segura de sí misma, y si sus puntos de vista no son los adecuados, acepta las opiniones de los demás y siente que no pasa nada. Fijémonos bien en lo siguiente: todos los “fanáticos”, principalmente fanáticos religiosos y políticos, padecen de la más grave intolerancia e intransigencia. Si revisamos la historia universal, no encontraremos a un solo fanático religioso o político que hubiera sido comprensivo, transigente y tolerante.

Lo malo de las personas que siempre quieren tener la razón, no sólo la quieren tener en lo que ellos podrían llamar temas importantes de la vida, sino que la quieren tener en todo. Y es que para ellos, el solo hecho de “querer tener siempre la razón” es uno de los temas fundamentales de su existencia, sin darse cuenta que ese no es un tema de la “vida”, sino una “ruptura” de su carácter.

Aun en las personas más modestas en cuanto a sus oficios, posiciones sociales, cultura, el querer tener siempre la razón constituye una verdadera tragedia para ellas y para las personas que están más cercanas. Y es que se trata de personas malhumoradas, excesivamente sensibles, con las que hay que medir y pesar las palabras que les vamos a decir. La fragilidad de su carácter aparentemente fuerte, las hace ser desconfiadas y poco cooperativas.

Este tipo de personas pueden llegar a curarse, pero esto será imposible si no llegan a aceptar su grave deficiencia. Y no sólo aceptar su problema de una manera intelectual, sino aceptarlo emocionalmente. Y además, que después de ambas aceptaciones tendrán que trabajar por meses o años, a fin de cambiar radicalmente su conducta. Si no se da un cambio en la conducta, de nada servirá la aceptación intelectual y emocional de su serio problema.

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13 Agosto 2012 03:00:29
La razón y el saber
Todos, en algún grado, padecemos de una tendencia perversa de nuestra mente. No somos ángeles, y como humanos, en “potencia”, podemos ser lo peor o lo mejor, pero siempre dentro de los límites de nuestra imperfección natural de seres humanos.

San Pablo decía, que sabiendo nosotros lo que era lo mejor, hacíamos lo peor. Mefistófeles, personaje de Goethe en su obra “Fausto”, representa el espíritu del Mal y también la tendencia perversa de la mente. Quiere inducirnos al mal, pero a la vez, sin quererlo, nos conduce al bien. Mefistófeles representa también “los desafíos de la vida”.

En un momento de la obra “Fausto”, Mefistófeles se dirige a “Fausto”, siendo ambos los personajes centrales de la obra, y le dice: “Desdeña la razón y el saber, supremas fuerzas del hombre; déjate afirmar, por el espíritu de mentira, en las obras de ilusión y prestigio”.

Mefistófeles (espíritu del mal) quiere que “Fausto” anule sus capacidades más sublimes y que destroce su vida. Y para esto, le aconseja que desdeñe la razón y el saber, aun y cuando éste espíritu diabólico reconoce que la razón y el saber constituyen las “supremas fuerzas del hombre”.

La “razón” consiste en nuestra facultad para discurrir. Por medio de la razón expresamos nuestros pensamientos y podemos ser capaces de conocer la verdad. Para Descartes, uno de los filósofos más importantes que ha dado la humanidad, la razón es nuestra facultad más importante de que gozamos como seres humanos. Para éste pensador, todas las personas gozamos de ésta facultad en alto grado, lo que nos capacita para forjarnos una vida altamente productiva y satisfactoria.

El “saber”, consiste en tener noticias de alguna cosa, en ser expertos en alguna rama del conocimiento; estriba también, en ser muy capaces y astutos. Dice el pensador Gracián, que el que no sabe es como andar a ciegas. Para Gracián, el saber es como poseer muchos ojos y poder ver mucho.

Muy seguramente, los bienes más importantes para una persona son el saber y la virtud. Quien sabe una materia a fondo, es capaz de vivir dentro de una acción productiva y altamente provechosa. Por ello, la educación de la inteligencia y de nuestro espíritu es lo único que puede proporcionarnos armonía en el conjunto de nuestra existencia.

Mefistófeles desea ardientemente que “Fausto” se pierda en la vida y fracase. Y por ello, le pide que se guíe por “el espíritu de mentira”. La mentira es la expresión contraria a la verdad. Y las personas que con toda conciencia hacen del mentir una forma de vida, destruyen la verdad, haciendo ineficaz a la razón que es una de las supremas capacidades humanas.

También Mefistófeles le recomienda a “Fausto”, que persiga las “obras de ilusión y prestigio”. Ésta es una de las maneras más eficaces para malbaratar nuestra existencia: hacer a un lado lo que más importa, y dedicarnos a aquello que creemos que nos dará prestigio, solo por el mero prestigio y la falsa ilusión.

Cuando nos domina la ilusión, nos comportamos como el sediento en un desierto: que el sol reflejado en la arena lo hace engañarse creyendo ver lagunas de agua, donde sólo existe arena ardiente.

Nuestras ilusiones que no van acompañadas de objetivos muy concretos y valiosos, son un mero juego de espejos que nos ocultan la realidad. Perseguir “obras de ilusión y prestigio”, como lo pide Mefistófeles, es ir directamente a la trampa del engaño, a la ruina y a una vida desaprovechada.

Debemos de ser muy cuidadosos con el manejo de nuestra vida: de por sí, padecemos genéticamente de una fuerte tendencia a forjarnos ilusiones vanas. Todos los fraudes y engaños se basan en esa tendencia muy humana de querer creer en lo fácil, en lo provechoso, aun cuando no implique de nuestra parte ningún esfuerzo ni el uso de nuestra razón y saber. Será por esto, que a todo nos gusta los actos de “magia”: quedar deslumbrados por lo que aparece ante nuestros ojos como si fuera la más pura verdad. ¡No seas iluso!, se nos aconseja, pero en realidad, todos lo somos de alguna o de otra manera. Somos ilusos en lo que más queremos, y por ello es tan fácil que se nos engañe en lo que más anhelamos y queremos escuchar.

Y en la obras de “prestigio” nos sucede lo mismo: pretendemos el prestigio gratuito y fácil, idéntico a las más cándidas de las ilusiones. Debemos ser muy cautos: tengamos a la razón y al saber cómo facultades supremas tal y como nos lo aconseja Goethe. Que sepamos, que nuestros genes le han dado a nuestro espíritu una poderosa tendencia para lanzarnos de manera indómita e imprudente a una serie de actividades y empresas en las que no ha operado nuestra razón y saber. ¡Que nuestra razón y saber vayan siempre por delante!

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10 Agosto 2012 03:00:05
Pasiones infernales
Cuando estamos coléricos, perdemos el uso de la razón dada la vehemencia de la ira. La ira, la cólera, se visten de rojo, su color preferido; será por eso, que con frecuencia la sangre es el testigo de sus perturbadas acciones.

A la cólera le gusta ultrajar honras, calumniar, destrozar matrimonios, golpear hijos, ensangrentar a conocidos y desconocidos. La cólera destroza el juicio, y en su impetuosidad, llega al crimen mismo. Un proverbio danés dice, que “Actuar preso de la ira es como embarcarse durante una tempestad”.

Lo importante, consiste en conocer las causas fundamentales de la cólera, pero no con el propósito de tener un conocimiento sobre éste desvarío, sino con la finalidad de cambiar radicalmente nuestra conducta colérica que tanto daño causa a otros y a nosotros mismos. ¡No es cierto que no podamos suprimir nuestra demente cólera en la inmensa mayoría de los casos! Si no pudiéramos terminar con ésta bestial conducta, muchas sociedades ya se hubieran extinguido.

Todos los conocimientos sobre nosotros mismos de nada nos sirven si no tienen el propósito de hacernos mejores personas.

El conocimiento de nuestros vicios, tienen como objetivo el asumir compromisos para el cambio, para practicar una terapéutica del alma.

No descarto, que nuestra herencia genética sea desigual en todas las personas: en algunos, biológicamente habrá una mayor predisposición para los estallidos y acciones de cólera, pero aun así, la ira no es un hecho constitucional de nacimiento de las personas, no es como el color de la piel o la estatura; es, a lo más, una tendencia biológica con mayor o menor fuerza, pero siempre modificable.

Lo que sí está comprobado, es que el niño, joven o adulto colérico, está afectado de ésta pasión, en virtud de que desde niño fue humillado y rebajado por sus padres. En la misma medida en que sus educadores maltrataron y sojuzgaron al niño, en esa medida, ya de jóvenes y adultos, la persona colérica reaccionará con todos aquellos individuos que él considera que da alguna forma están actuando con él como actuaban sus padres en la niñez. En la gran mayoría de las veces, el colérico se equivoca al creer que lo están sojuzgando y rebajando en su valer.

El colérico, muy poco objetivo, tiende a exagerar desmesuradamente lo que él considera como un insulto o sojuzgamiento. Es la cólera, el caldo de cultivo más apropiado para todo tipo de males y crueldades, siendo el extremo, los asesinatos, torturas, y todo tipo de agresiones extremadamente violentas. Boccaccio, en su obra “El Decameron”, escribió: “De todos los vicios, el que nos precipita en los peligros y las desgracias mayores es, a mi juicio, la cólera. No hay ninguno que subyugue y ciegue más a nuestra razón”.

La cólera es una monstruosa bestia, con un corazón de fuego, entrañas de hiena, colmillos de murciélago, y con sed por la sangre. Cólera engendradora de injusticias, venganzas, y de eternos arrepentimientos.

Solamente cuando el colérico se da plena cuenta de los graves o gravísimos daños que comete con sus explosiones irracionales de ira, estará en el inicio de su curación. Y es que la cólera, como enfermedad del alma, es curable.

La persona colérica no se conecta bien emocionalmente con los demás, pues infundadamente supone que podrían dañarlo. Cuando de todo esto empieza a ser consciente, es el momento en que el iracundo principiará a saber que su cólera es el producto de la deficiente educación sentimental que recibió en su infancia. Como en su niñez sólo conoció la severidad, gritos o golpes de sus padres, cree obstinadamente, que con gritos, golpes o suma dureza, es como podrá salir adelante en un mundo que le parece tan agresivo y hostil.

Pero ya, el colérico sabe que está mal. Éste rayo de luz constituye para el iracundo toda una sorpresa: de pronto, empieza a darse cuenta, que ni el mundo ni las personas son tan hostiles como le han parecido siempre. Esta nueva consciencia lo capacita para emprender una de sus aventuras humanas más fantásticas de toda su vida: empieza a acercarse a los demás sin enfado, sin su extremada sensibilidad; le nacerá el deseo de confiar en otros, dará cabida al diálogo con su cónyuge y sus hijos; en fin, entrará a un mundo que le era totalmente desconocido: comprenderá que ha sido injusto con sus seres más queridos, que los ha humillado, porque inconscientemente quiso vengarse del maltrato de sus padres.

El colérico puede curarse por completo, pero para ello necesita emprender día a día una serie de acciones. Primero, apuntar en tarjetas visibles, un espejo, su escritorio, la idea de que su cólera no es biológica, sino que fue el resultado de una mala educación en su niñez, en la que sus padres no fueron tan culpables, pues también a ellos los educaron de esa manera.

El colérico debe erradicar su actitud día a día, proponiéndose una conducta enteramente nueva y diferente: esforzarse en no agredir, en escuchar, tolerar. Desde los primeros días, empezará a disfrutar enormemente de un mundo que desconocía.

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