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David Huerta
David Huerta
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La columna de David Huerta se ocupa de diversos temas de la cultura contemporánea y no tan contemporánea; el apartado "otras cosas" del nombre del espacio, le permite a Huerta --poeta y comentarista político-- hablar lo mismo de música, que de pintura y vida cotidiana. El también escritor ha publicado más de 10 libros de poesía y es un apasionado lector de los autores del Siglo de Oro español.

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18 Agosto 2010 03:10:00
Por las universidades
Converso con mi amigo y colega Jorge Maza, profesor en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, acerca de las crecientes amenazas a las instituciones de educación superior en nuestro país. Me dice Jorge: “No son nada más las universidades, nuestras universidades; son también las escuelas de educación básica y media”.

Le respondo: “Yo creo que se trata de los mismos problemas, en diferentes ámbitos, conectados unos con otros, y todos ellos con el resto de la sociedad, de la comunidad de la que formamos todos parte, estudiantes, maestros, investigadores”. Los dos coincidimos en este punto: sin educación pública en todos los niveles, el país está perdido. Claro: no cualquier tipo de educación, sino un sistema funcional de enseñanza y de aprendizaje en el que haya auténtica formación, información suficiente y aun más que suficiente, discusión permanente y fecunda.

Este año se cumple un centenario universitario: el de la creación de la Universidad Nacional, animada por Justo Sierra; para alcanzar la autonomía faltaban todavía algunos años, 19: los que transcurrieron de 1910 a 1929. Ahora, las universidades públicas son parte fundamental de la comunidad mexicana; algunos no piensan lo mismo: creen, como cierto senador panista apellidado Madero, que la UNAM y las otras instituciones públicas de educación superior le cuestan demasiado a la nación y deberían desaparecer. Ese individuo y otros como él preferirían la abolición de esos conglomerados de escuelas y su reemplazo por organismos privados para unos cuantos. No deben prevalecer.

He sido profesor universitario una parte mínima de mi vida: desde el año 2005, en que fui recibido generosamente por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México; desde febrero de 2010, soy también profesor en la UNAM. Mis ideas sobre la educación superior en México no son, pues, desinteresadas; pero debo decir cuanto antes que el interés que anima a esas formulaciones mías no es, en absoluto, un interés egoísta: pienso en las cantidades ingentes de talento que circula por ahí, muchas veces desperdiciado; aprovechado, en cambio, tanto como se puede, en nuestras universidades. Tal es el interés de profesores como Jorge Maza: la educación como un cimiento de la vida, de la vida vivida con el mayor sentido imaginable.

La mayor parte de mi vida ha estado consagrada a la literatura y al periodismo. Puedo decir que ahora uno de los motivos centrales de mi existencia es la enseñanza. Por eso no podré nunca coincidir con individuos como el senador panista Madero, enemigo declarado de la educación pública. Me temo que querer explicarles a personas como él el valor de las universidades públicas sería tiempo perdido; comoquiera, estos renglones también están dedicados a ellos.

Defendamos a las universidades públicas. Sus enemigos están ahí, a la vista; son poderosos y explícitos -algunas veces, vociferantes.
21 Julio 2010 03:16:09
Una imagen de Tácito
En un diálogo con el crítico literario Darío Villanueva, en el remoto año de 1975, el escritor Juan Benet fue interrogado sobre algunos autores latinoamericanos; entre otros, sobre el genial uruguayo Juan Carlos Onetti. Benet no se mostró muy entusiasmado ante los libros de Onetti; le parecía, dijo, “un escritor muy triste”, y a continuación explicó algo un poco desconcertante: para tristezas e impresiones fuertes, prefería mil veces leer a Tácito, el historiador romano.

Esta declaración me suena, curiosamente, a la vez pedante y saludable. Pedante, porque ante una obra moderna (la de Onetti), Juan Benet se sitúa, decididamente, como un curioso del pasado remoto y parece desdeñar la actualidad literaria; saludable, porque muestra con absoluta claridad su afición a los clásicos. No voy a explicar por qué me parece saludable la afición a los clásicos.

La historia vista por los antiguos difiere en infinidad de puntos de la historia vista desde épocas posteriores, como la nuestra, separada de la Roma imperial por dos largos milenios. Aquí sólo quiero referirme a una imagen extraordinaria: sólo un breve pasaje de los Anales, la obra máxima de Tácito. Lo he escogido para ilustrar las vueltas y revueltas de la historia. Creo que comporta una lección impresionante e ilustra de manera estremecedora cómo lo que estaba puesto en un orden -un mundo entero: Roma- puede desplazarse a los polos opuestos.

Es conocimiento común, al alcance aun de la mente menos informada, que el emperador Nerón mandó quemar la ciudad de Roma. Eso no lo sabía Tácito; todo parece indicar que esa ignorancia no significaba en modo alguno mala fe por parte del cronista, Imperialista de suyo. En los Anales, el historiador refiere la culpa criminal, sin mayores averiguaciones, de esos bárbaros llenos de extraños ritos que “infestaban” la Roma neroniana: los cristianos, seguidores de un personaje excéntrico a quien Tácito llama “Christus”, ejecutado oportunamente, como agitador, en la administración de Poncio Pilatos, en una lejana provincia, donde el “imperio fatigado” comenzaba a declinar en las confusas orillas del Oriente.

La imagen que quiero recordar aquí está registrada con frialdad imparcial por el historiador. Cuenta Tácito que los cristianos “incendiarios” fueron castigados de mil maneras: torturados, crucificados, encarcelados. Pero los cuerpos exánimes de los cristianos crucificados fueron víctimas, además, de un castigo póstumo y cruel hasta lo inimaginable: ejemplarmente, se prendió fuego a sus cadáveres, desplegados en un “triunfo” fúnebre, siniestro, sobre las colinas. Tácito anota: la capital del imperio quedó bastamente iluminada por aquellas antorchas humanas.

Pasarían pocos siglos para que todo cambiara. ¿Roma? Ahora es la ciudad de la Cristiandad y del papado, y allí puede uno ir a conocer las ruinas de los altivos y violentos generales, cónsules y emperadores.
23 Junio 2010 03:40:40
Los encabezados de Monsiváis
Los géneros periodísticos tienen, como todo, una jerarquía; los del periodismo literario o “cultural” no son una excepción a esa regla jerárquica. Los hay de primera: el ensayo de la actualidad libresca, en el que se comentan tres o cuatro obras de aparición reciente con el mismo tema, en un texto reflexivo y analítico de largo aliento, sería quizás el mayor, pero no tiene lugar, desde luego, en las planas de los diarios sino en las páginas de revistas y suplementos. La reseña bibliográfica es un género de batalla y en él hicieron sus primeras armas algunos escritores que más tarde fueron críticos o ensayistas con credenciales propias. Hay géneros tan secundarios que ni siquiera necesitan firma de autor. Carlos Monsiváis (1938-2010) consagró a “la Redacción” como el autor de sus columnas humorísticas de crítica política y de costumbres declarativas en nuestro país; desde luego, todo mundo en México sabía que él era esa Redacción. Pero aquí no diré nada sobre esa faceta de su trabajo; esta columna está dedicada a un género diminuto: el de los encabezados de artículos y reseñas que Monsiváis fraguaba con ingenio y a veces con auténtico genio.

Para encabezar un comentario sobre el Macbeth de Roman Polanski, Monsiváis urdió esta formidable tirada, evocadora de los gritos de los voceadores en las calles de la Ciudad de México: “¡Extra, Extra! ¡Mareado por su mujer, tasajeó a su patrón!” Es uno de los resúmenes más puntuales, mexicanos y populacheros de la historia escocesa recreada por Shakespeare. Al cabecear un ensayo politológico de Rolando Cordera sobre el destino de los ideales de la cursimente llamada “gesta de 1910”, Monsiváis escribió esta petición: “A quien encuentre la Revolución Mexicana: Favor de devolverla”.

En la época en la que me tocó verlo trabajar en la redacción de un suplemento, atestigüé cómo Carlos Monsiváis se inclinaba sobre el texto en cuestión, lo leía a una velocidad fulgurante y escribía rápidamente, en cualquier hoja de papel, la frase exacta para encerrar sinópticamente el contenido de la colaboración. Si recuerdo bien, a un texto sobre Carlos Castaneda y uno de sus libros chamánicos, le puso el siguiente encabezado: “Soy soldado que levita, de esos de la esotería”, y para cabecear una crónica de Ariel Rosales sobre Iron Butterfly invocó nada menos que a Amado Nervo: “In-A-Gadda-Da-Vida, nada te debo; In-A-Gadda-Da-Vida, estamos en paz”.

El encabezado monsivaisiano que prefiero, sin embargo, es al mismo tiempo literario y político, y está formulado en forma de pregunta: una pregunta límite, fronteriza, radical, ante el panorama de nuestras alternativas electorales. El escritor Héctor Manjarrez había escrito una reseña sobre cierta edición de Robert Musil; Monsiváis la leyó y le puso este encabezado extraordinario, válido para cualquier elección, incluida la futura de 2012: “¿Quién vota por el hombre sin atributos?”

26 Mayo 2010 03:16:18
La prosa de la Montaña Fría
Hace unos meses vi, en devedé, una cinta de Hollywood titulada Regreso a Cold Mountain. No me disgustó; pero tampoco me pareció una gran experiencia cinematográfica o narrativa (suelo decir que a mí el cine me parece hijo directo de la novela, hija a su vez de la poesía épica). Lo que no sospechaba es que la historia que cuenta esa película está contenida en una de las mejores novelas de los tiempos recientes: esa novela se titula sencillamente Cold Mountain y su autor se llama Charles Frazier, autor de los Estados Unidos. Debí saberlo, pues en algún momento de los créditos apareció la mención explícita de la obra literaria; y aun cuando suelo leer la retahíla enorme de los créditos al final de las películas, esa vez pasé el dato por alto.

La historia contada en la película es, en términos generales, la misma del libro de Frazier; pero ¡qué diferencia abismal! Es la enésima ocasión en que compruebo la distancia enorme entre la literatura y el cine, en favor de aquélla. En primer lugar, el lenguaje, o mejor dicho: el idioma, el mismo idioma inglés de Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau y Walt Whitman, pero con una diferencia fundamental; con esto quiero decir lo siguiente: se trata del inglés hablado en los Estados Unidos entre la población del sur de ese país en el siglo XIX, en la época de la Guerra Civil. La epopeya odiseica del protagonista -entiendo que se trata de un antepasado de Charles Frazier- está contada con ese idioma popular un poco áspero, hirsuto, lleno de inflexiones insólitas, ajenas al inglés al que estamos más o menos acostumbrados; en manos de Frazier, adquiere una belleza insólita y una capacidad enorme para recrear el mundo de la guerra, con todas sus vertientes y significaciones.

Las descripciones de Cold Mountain cubren un diapasón muy amplio: animales, paisajes, personas, fisonomías y psicologías, hechuras humanas, entornos salvajes, plantas, rocas, polvo, agua; también acontecimientos de toda índole, en primer lugar escenas de una violencia a veces terrible. En menos de 400 páginas Frazier nos mete de lleno en el abigarrado mundo de sus protagonistas y en sus escenarios habituales o extraordinarios: la caminata portentosa del soldado W. P. Inman, los trabajos de las mujeres Ada y Ruby, la música rota y conmovedora de Stobrod, la maldad aniquiladora de Teague.

Charles Frazier debe andar cerca de los 60 años de edad, y Cold Mountain, publicada en 1997, es su primera novela: el hecho es sorprendente pero no debería serlo, pues ¿acaso hay una edad para publicar el primer libro? Me parece que no, contra toda esa mitología acerca de la necesidad de pasar por una extraña etapa de “autor joven”. Frazier es un desmentido de esos estereotipos. Es un escritor extraordinario y si él no extraña sus obraz primerizas nosotros tampoco deberíamos extrañarlas, a la luz de un libro magistral como su novela primeriza.

14 Abril 2010 02:02:42
El testigo principesco
En 2006, la editorial española El Acantilado publicó “Las Memoria de ultratumba” de François-René de Chateaubriand (1768-1848). Debo haber adquirido los cuatro volúmenes, encerrados en su correspondiente caja, un año o dos más tarde, en una librería mexicana, desde luego.

Con todas las interrupciones y accidentes imaginables, hace algunas semanas terminé de leer esta obra magnífica y puedo asegurar que ha sido un tremendo viaje a las entrañas mismas de la Europa posterior a la Revolución Francesa y a todas sus secuelas, comenzado por el Terror de 1783 y pasando por el mundo convulso de Napoleón Bonaparte, sus hechos y su sombra gigantesca sobre el mundo y sobre la historia.

El vizconde Chateaubriand quiso titular sus memorias como lo hizo porque hubiera preferido que se dieran a conocer póstumamente, pero eso no fue posible debido a una serie de percances editoriales y de pequeñas y grandes traiciones. El libro había sido concebido como el testamento de una vida llena de acontecimientos e ideas: escrito para ser leído después de muerto su autor, éste tuvo que ver cómo comenzaba a circular, impotente ante la violación ineluctable de sus deseos.

“Las Memorias de ultratumba” forman uno de los testimonios autobiográficos e históricos más completos de nuestras bibliotecas. Tiene dimensiones y características oceánicas: es extenso y profundo; en sus orillas y playas se animan poblaciones hormigueantes entre las cuales destacan decenas de personalidades y rostros analizados con una admirable variedad de humores; islas, acantilados y arrecifes coralinos —es decir: episodios menores, apuntes y reflexiones— son los signos de puntuación y las señales rítmicas de su andadura discursiva. El océano del libro es el de la vida de Chateaubriand, quien deletrea sus navegaciones con una avidez formidable. El título de la obra combina, con un acorde fúnebre, a los dos grandes protagonistas de sus páginas: la muerte y la mente. La Revolución sella la primera; los recuerdos, la segunda.

Chateaubriand o el testigo principesco del mundo secular. Sin resentimiento, explora las hazañas y los excesos de Bonaparte, su ídolo y su enemigo, como dentro de una caverna de luces y sombras enormes. Da noticia abundante, estereoscópica, de su vida viajera (América, el Oriente, Europa). En una perspectiva auténticamente cósmica, reflexiona sobre el “genio del cristianismo” y lo hace caritativamente, como un humanista comprometido de veras con los destinos de la fe evangélica.

Al final de la lectura de este orbe escritural, queda en nuestra memoria el resplandor de una joya perdurable: el estilo de Chateaubriand, gran escritor romántico afiliado a las claridades y el orden del clasicismo, narrador de aliento profético, visionario de la historia y de la política, cortesano y solitario, personaje y juez, nómada y patriota, representante del antiguo régimen y enamorado de la democracia.
06 Enero 2010 04:04:33
Mil años de poesía española
Suelo referirme a las antologías como “bibliotecas portátiles”. Así las veo, así las leo: como cúmulos de textos -a veces meras acumulaciones, amontonamientos, cuando son malas- en donde puede uno ir escogiendo lo que más le atrae, intriga o por cualquier razón despierta su interés en seguir leyendo la obra de un autor de una manera más satisfactoria, en libros individuales o de plano en sus obras completas.

En mi caso, como en el de miles de lectores de antologías, éstas me han servido como puertas de entrada o como grandes ventanales para descubrir escrituras valiosas. “Ajá”, decimos por ejemplo, “este poeta antologado aquí, Carlos Pellicer, escribe realmente muy bien; me voy a conseguir sus libros y lo voy a leer en serio.” Eso no significa que la lectura de una antología no sea un asunto serio y de alcances considerables; lo es, en sus términos: los de una visión panorámica de un periodo histórico-literario, de una corriente, de un país o de una lengua.

En un contexto muy amplio, apenas hay una antología tan estimulante y tan llena de panoramas incitadores, en el horizonte de la cultura literaria de nuestro idioma, como la de Francisco Rico, titulada “Mil años de poesía española”, que ahora, a fines de 2009, alcanza su tercera edición, corregida y sensiblemente aumentada. La autoridad de su autor principal, el sabio profesor Francisco Rico, está fincada en el conocimiento profundo de los temas y en sus métodos como lector y como editor, ya avalados por sus extraordinarias ediciones cervantinas, entre muchas otras; además, Rico ha contado con la colaboración de especialistas distinguidos: José María Micó, Guillermo Serés, Miguel Requena y Juan Rodríguez.

La contribución de José María Micó a Mil años de poesía española es de primera magnitud: sus “Notas sobre la versificación castellana” son una magnífica presentación sinóptica de su tema. Un lector bisoño de veras aprende leyendo ese breve compendio de métrica.

La edición de noviembre de 2009 de este libro, hecha por la casa editorial Baklist, suma 500 páginas a la edición anterior, de la editorial Planeta; se trata ahora de un volumen de más de mil 500 páginas en total. Es en la parte moderna donde ese incremento se hace sentir con mayor fuerza: incluye toda una nueva generación.

La noción de “poesía española” está claramente restringida, en la obra de Rico y sus colaboradores, a un ámbito nacional, peninsular; con dos excepciones notables: sor Juana Inés de la Cruz -súbdita española, comoquiera- y Rubén Darío, figura ineludible en el ámbito de la poesía hispánica. Si uno entiende el sentido de esa circunscripción, la antología le resultará enormemente atractiva y, en el caso de los profesores de literatura, también de gran provecho y utilidad. Necesitará, claro está, complementar sus lecturas de estas páginas con panoramas poéticos de otros ámbitos, fundamentalmente latinoamericanos.
25 Noviembre 2009 04:07:48
El águila y la luna
Vimos un águila en las alturas de la ciudad. Estaba sobre un farol del alumbrado público y parecía medir los alrededores con una indiferencia ducal. En un primer momento, creímos que se trataba de un halcón; pero al acercarnos descubrimos la talla magnífica del ave. “Un pájaro, un gran pájaro, allí, sin moverse: ¡míralo!” Vimos el águila durante cinco o siete segundos. Luego pasamos, raudos, en nuestro auto, debajo de la percha de su descanso momentáneo.

El plumaje lustroso no reveló su color en la penumbra envolvente y grisácea de la hora-cero, esa atmósfera borrosa, ese ámbito de luces ambiguas; pero era sin duda una vestidura parda y dorada. Creímos advertir un movimiento milimétrico de la cabeza y también creímos imaginar que veíamos el pico acerado; pero fue todo demasiado fugaz, demasiado repentino. Bastó para que dijéramos: “Nunca olvidaremos el águila descubierta de pronto en las alturas de la ciudad.”

Al día siguiente, volvimos a las alturas de la ciudad. Habíamos estado a punto de ser engullidos por una muchedumbre: la masa vociferante que se acercaba a un estadio de futbol, flanqueada por otra multitud, las de los policías a pie y a caballo que vigilaban a las miríadas de los aficionados. Por una especie de milagro, combinado con la buena disposición de una persona que nos dio un “aventón”, pudimos alcanzar nuestro auto, estacionado en las cercanías del estadio. Nos despedimos de la muchedumbre futbolera con un suspiro de inmenso alivio.

Avanzamos por las calles oscuras rumbo al segundo piso, el mismo lugar del encuentro portentoso, la noche anterior, con el águila. La oscuridad nocturna era extraña: nuberíos desgarrados cruzaban el cielo metropolitano en diversos puntos de la bóveda, desorden cósmico jaspeado de extrañeza. De pronto la vimos: la luna. Apenas por encima del horizonte, dorada y levemente enrojecida, enorme, aunque no llena; no el disco blanco, plano e inocuo de las noches indiferentes, sino el satélite muerto repleto de señales ominosas. Una luna magnífica. Un objeto para el miedo y la veneración. “Mira, mira la luna.” Tampoco olvidaremos esa aparición sobre el Valle Metafísico.

Águilas siempre hay en el Valle de México y casi siempre es visible la luna. Pero pocas veces las vemos: a las águilas, a la luna. Las aves emblemáticas de nuestro país, con la consabida serpiente atrapada en el pico, viven y cazan y se reproducen en los árboles altos y en las serranías adjuntas; no las vemos, sin embargo, pues en pocas ocasiones dirigimos la mirada hacia su hábitat natural: las alturas. Otro tanto puede decirse de la luna. Desde el segundo piso, no obstante, puede uno contemplar a veces esas presencias casi milagrosas.

Dos apariciones inesperadas nos conmovieron profundamente. En medio de tantas dificultades, penas, fracasos y zozobras, sirvieron como algo más que una distracción: fueron una especie de alivio, de bálsamo.



11 Noviembre 2009 04:00:40
Pequeño homenaje a Willie Nelson
A finales de los 70, escuché por primera vez un disco de Willie Nelson: Stardust, un álbum que me dejó lleno de admiración por este cantante estadounidense de, ahora, más de 70 años de edad, auténtica leyenda de la música popular de su país, sólo comparable con Johnny Cash o Bob Dylan. Me mantuve fiel a ese primer disco y lo he atesorado a lo largo de los años; claro, ahora tengo un CD, pues el disco de vinilo desapareció de mi modesta discoteca doméstica en las vueltas de los años.

En este 2009, un regalo espléndido me ha puesto ante los ojos y los oídos un testimonio de la madurez de ese texano de un talento diáfano, realmente único. Un querido amigo me obsequió el DVD del concierto Outlaws & Angels de Willie Nelson, celebrado en 2004; es una velada musical en la que varios amigos y colegas de Nelson se reunieron para cantar, hacer música y rodearlo de afecto y reconocimiento.

Confieso mi poco apego a la música country de Estados Unidos; pero agrego de inmediato que es un desapego con varias excepciones, la primera de las cuales es el propio Nelson. Además, él es mucho más que un cantante o intérprete de la música de los ranchos y las granjas de ese país: es un cantante de una versatilidad asombrosa. En Stardust, por ejemplo, interpreta un puñado de tonadas en la plena tradición de las baladas románticas de mediados del siglo XX; se trata de un disco fundamentalmente romántico, repleto con esas hermosas modulaciones atenoradas que Nelson es capaz de imprimir en sus interpretaciones.

Algunos meses antes de conocer ese DVD había adquirido un disco en el que había una canción interpretada por Nelson y uno de los principales músicos jamaiquinos de reggae: Toots Hibbert. Ambos aparecen en Outlaws & Angels cantando esa pieza: “Still is still moving to me”, compuesta por ambos. Es un reggae muy hermoso, con la síncopa perfecta, perfectamente magnética, de tantas piezas de Bob Marley y Peter Tosh.

Los músicos de ese concierto de 2004 es formidable: de Carole King a Bob Dylan, pasando por Keith Richards y Rickie Lee Jones. La aparición de Keith Richards, el más llamativo de las Piedras Rodantes, es exaltante. El maestro de ceremonias del concierto fue el actor James Caan, de imborrable memoria por su actuación en la primera película de la saga del Padrino.

Willie Nelson tiene una apariencia no menos llamativa que la de Keith Richards: su cabellera entre rubia y canosa le llega a la cintura; pulsa una guitarra medio desbaratada, con un agujero tremendo en la tapa y su fisonomía toda es la de un hombre ajeno a las convenciones pequeñoburguesas dominantes. Debe decirse que cuando uno escucha ese instrumento desastrado se convence de que está ante un músico de alta calidad: es un excelente guitarrista. Su voz es, sin embargo, el centro cristalino de su talento. Una voz inolvidable. La voz de un gran artista.



14 Octubre 2009 03:00:22
En memoria de Cintio Vitier
En 2002, leí en Guadalajara un puñado de cuartillas sobre el ganador del entonces llamado Premio Juan Rulfo: un homenaje al poeta cubano Cintio Vitier. Él estuvo en la ceremonia; al final me dio un gran abrazo y yo le regalé aquel texto para que hiciera con esas palabras mías lo que le pareciera mejor: archivarlas; Vitier las entregó en la redacción de la revista Casa de las Américas, donde unos cuantos meses más tarde las publicaron llenas de errores, tantas, que me hicieron sospechar no poca mala fe (un ejemplo de esas fallas de edición: me hacían decir los editores de la revista que sor Juana Inés de la Cruz había sido ¡una poeta peruana!). Esa especie de “boicot” a mi texto sobre Vitier tenía su explicación, creo, en el hecho de que mencionaba ahí a algunos jóvenes críticos, admiradores del poeta, exiliados de la Cuba de Castro. Me pareció de elemental justicia intelectual hablar de esos cubanos fuera de Cuba porque para mí no están excluidos de la cultura de su país por el hecho de estar fuera de él.

El tema de mi homenaje a Cintio Vitier fue un libro suyo de 1958, por desgracia poco leído; esa fue, precisamente, la razón de haberlo elegido como tema de mi intervención. El libro se titula Lo cubano en poesía y constituye uno de los más hermosos ejemplos de eso que tanta falta nos hace, en América Latina, para entender nuestra historia; no nada más nuestra historia literaria, sino nuestra historia a secas. Cintio Vitier consiguió darnos una lección de poesía y de discernimiento crítico -esta frase es un poco pleonástica- ante los hechos, las imaginaciones y la inteligencia entre nosotros, cubanos, mexicanos, latinoamericanos en general.

De su poesía se ocuparon otros ponentes en Guadalajara en 2002. Me pareció que valía la pena destacar uno de los horizontes principales del trabajo literario de Vitier y ese libro de crítica e historia era una muestra mayor de sus empeños. A mí me enseñó mucho y es un libro al que recurro continuamente para extraer datos y puntos de vista, valoraciones y perspectivas: se trata de un libro útil y erudito.

Vitier perteneció a la generación unida en torno de la revista Orígenes, una de las tres grandes revistas literarias de nuestro hemisferio hechas en español; las otras dos son, como se sabe, la mexicana Contemporáneos y la argentina Sur. Sin esas publicaciones periódicas la historia de nuestra literatura no se podría entender.

El poeta se hizo crítico y nos ayudó a leer mejor, a entender mejor. Un largo periodo de su vida estuvo enmarcado en la transformación experimentada en Cuba a partir de 1959, con el triunfo de la revolución. Los compañeros de generación de Vitier tuvieron actitudes ambiguas ante el régimen de Fidel Castro. Vitier, en cambio, se pronunció con todo fervor como uno de sus escritores totalmente adictos al gobierno.

Cintio Vitier nació en 1921. Murió el pasado jueves 1 de octubre.
30 Septiembre 2009 03:10:17
Yeats y Brecht en Balderas
Los crímenes del Metro Balderas, el viernes 18 de septiembre, me hicieron recordar pasajes de poemas que resultan iluminadores desde el punto de vista de la moral social. Son dos versos de William Yeats, poeta irlandés y otros dos de Bertolt Brecht, poeta alemán.

Creía yo que los versos de Yeats pintaban a la perfección cierto estado de cosas en el mundo y en especial entre nosotros; dicen así esos versos: “Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores / están llenos de intensidad apasionada”. Es una visión desoladora de la sociedad; pero resultó desmentida por la conducta de don Esteban Cervantes Barrera, soldador de Chalco que intervino con una valentía soberbia para desarmar al imbécil homicida y en ese acto formidable -que, no tengo la menor duda, a la vista de la filmación que hemos visto, salvó a mucha gente- perdió la vida; otro tanto puede decirse del policía Víctor Manuel Miranda Martínez, que fue asesinado en el cumplimiento de su deber. Esteban Cervantes Barrera actuó con convicción ante la “intensidad apasionada” de uno de esos peores de los que habla Yeats; él mismo estaba lleno de una apasionada intensidad, pero de un profundo signo altruista. Un hijo de Cervantes Barrera habló de cómo su padre era incapaz de ver con indiferencia que se cometiera una injusticia.

Brecht escribió en su “Loa de la duda” lo siguiente: “Frente a los irreflexivos, que nunca dudan, / están los reflexivos, que nunca actúan”. Ante esos versos de Brecht, pensé en la cantidad inmensa de personas que no intervinieron en los hechos del Metro Balderas ese viernes, como lo hicieron Miranda Martínez y Cervantes Barrera. Cierto: es explicable y hasta cierto punto justificable esa pasividad -indistinguible de la indiferencia-, por el miedo devastador ante un hecho monstruoso como el que presenciaban en ese momento. No pondría yo a esas personas en el número de los “peores” del poema de Yeats, de ninguna manera; pero no deja de llamar la atención lo bien que parece quedarles el segundo verso brechtiano: son los reflexivos que no actúan; es como si hubiesen pensado, en una especie de consideración instantánea: esto no me concierne, no me toca y por lo tanto no me conviene actuar. En cambio, debido a su textura moral, el señor Cervantes Barrera -sin dudarlo, pues había reflexionado sobre la necesidad imperiosa de actuar en momentos como esos- intervino y lo hizo de una forma admirable. Fue una decisión que le costó la vida.

Los habitantes de la Ciudad de México quedaron hondamente impresionados por lo ocurrido el pasado viernes 18. La vida en la metrópoli es difícil. Para muchos, es intolerable. A veces decimos: “Es demasiado, no se puede vivir así”. La vida en nuestra ciudad sí vale la pena, desde luego: una de las razones para decirlo es que hay entre nosotros personas como el policía Miranda Martínez y don Esteban Cervantes Barrera.

24 Junio 2009 03:14:17
Un caos tipográfico
En uno de sus inteligentes artículos, hace algunos años, el escritor Carlos Chimal —narrador de raza y lúcido divulgador de la ciencia— planteó lo que, si recuerdo bien, llamaba él “una estandarización a la baja” de nuestras costumbres tipográficas.

El fenómeno denunciado por Chimal se estaba produciendo en el ámbito de las computadoras: los programas para el “procesamiento de palabras” despliegan una cantidad ingente de posibilidades —esto es incontrovertible. Pero puestas esas posibilidades en relación comparativa con la tipografía tradicional, mostraban, más temprano que tarde, sus limitaciones.

El diseñador Cristóbal Henestrosa demostró la mansedumbre universal de los usuarios de computadoras ante lo que éstas les ofrecen en el terreno de la tipografía, es decir, por lo pronto, en el repertorio de fuentes disponibles: la inmensa mayoría de quienes escribimos cotidianamente en computadora nos resignamos, sin pensarlo siquiera, a los tipos que esos programas nos ofrecen; las fuentes más utilizadas son tres o cuatro, de la familia Times o Helvética. Y esto sucede a pesar de las enormes posibilidades que la tecnología pone a nuestra disposición.

La facilidad para montar textos se traduce en una bonanza de “diseños” creados a tontas y a locas. Es lo que se llama desktop publishing: cualquiera puede hacerlo con dos miligramos de mecanografía y un mediano programa de procesamiento de palabras, más tarde metidas en programas de edición. El resultado está a la vista: un caos descomunal en el manejo y la difusión del lenguaje escrito. Puede verse en estos tristes días de campañas electorales rumbo a la jornada de los comicios de julio; pero ya había estallado en los engendros de la publicidad de todo tipo, en los últimos lustros.

Los partidos políticos han hecho gala de esta “estandarización a la baja” denunciada por Chimal. No solamente los candidatos y sus organizaciones deforman y degradan el idioma hasta extremos desesperantes de estupidez; sino que, también, aprovechan lo peor de la publicidad comercial y lo utilizan para sus fines, todo ello en el marco de sus dizque propuestas.

Todo esto es desolador por donde se le vea. En varias dimensiones fundamentales el caos estéril de las campañas políticas muestra la cara más pobre de nuestra convivencia: ideas nulas expresadas en un lenguaje vacío puesto en letras “diseñadas” con una tontería apenas imaginable.

Escritores como Carlos Chimal y tipógrafos como Cristóbal Henestrosa no permiten, empero, que perdamos toda esperanza. A su lado, otros escritores y artistas tratan de conservar entre nosotros la inteligencia y la sensibilidad. Es monstruoso cómo los partidos han echado a perder tantas cosas en nuestro país: la educación, la ética, el sentido comunitario, el significado de la expresión “servicio público”. Pequeños focos de resistencia siguen existiendo; están vivos y activos. Ojalá crezcan y prevalezcan.

10 Junio 2009 03:48:23
Hacia Rubén Darío
En el año 2005, los lectores de poesía celebramos el centenario de un libro extraordinario: los Cantos de vida y esperanza (1905), de Rubén Darío (1867-1916). Esos lectores formamos lo que Juan Ramón Jiménez llamó “inmensa minoría”; sería difícil formar con ella un partido político, pero la “política del espíritu” que ejercemos y que a la vez es fundamento de nuestras convicciones, configura un espacio en donde vivir vale la pena. La mención y la cita de Juan Ramón tienen todo que ver con el libro rubendariano: el poeta andaluz colaboró con su maestro centroamericano para darle su forma final a esa obra. Él, Jiménez, y otro gran poeta español, Antonio Machado, eran los más aventajados discípulos de Darío en España; su maestro los admiraba, y de esa admiración queda testimonio en algunas dedicatorias.

Para una mayoría no tan inmensa, Rubén Darío y su poesía no son ya un problema: para esa mayoría, esos poemas y su autor son reliquias desactivadas y “museificadas” por el ímpetu de las vanguardias. Eso, en el mejor de los casos; en los peores, hay seudo-argumentos hasta de inspiración racista: léanse las páginas de Luis Cernuda, llenas de resentimiento, en las que ese otro poeta andaluz dice, poco más o menos, que el nicaragüense era sólo un indio de América deslumbrado por las baratijas que importó de sus lecturas francesas. Apenas puede creerse de un hombre que pasa por ser muy inteligente y muy esclarecido; sin olvidar que recrea un puñado de necedades de todo un señor profesor de Oxford, C. M. Bowra, para abonar su “crítica”. Bowra, no obstante, es menos insidioso que Cernuda, aunque no menos racista. Si hablo de resentimiento, me refiero a un hecho que, por lo menos en mi lectura, se trasluce en las páginas de Cernuda: éste apenas puede vivir con el hecho de no ser un poeta como Darío.

Darío y la formidable empresa artística que él echó a andar —el modernismo hispanoamericano—, empero, siguen interrogando muchos presupuestos de la creación poética entre nosotros. Mencionaré uno de ellos: el problema de la forma. Como los poetas de los siglos de oro, Darío renovó el verso en castellano. Uno de sus poemas más célebres de Cantos de vida y esperanza, la “Canción de otoño en primavera”, utiliza un tipo de verso que alcanzaría su madurez en un libro plenamente moderno, el Estravagario (1958) de Pablo Neruda: ese verso es el raro eneasílabo, resonante en el estribillo y en su verso capitular: “Juventud, divino tesoro”.

Rubén Darío renovó las formas del verso castellano y el hecho está documentado con amplitud en los estudios pertinentes de Tomás Navarro Tomás, estudioso de la métrica. Lo interesante, en una perspectiva más compleja aún, es la precisión, la libertad y la originalidad, con las cuales Darío fue capaz de llevar a buen término esa valiosa renovación. El lector puede comprobarlo con la lectura desprejuiciada de Cantos de vida y esperanza.
13 Mayo 2009 03:16:34
Extraños días de asueto
Solamente una vez en mi vida escuché a un dirigente político proponer un programa de acción cuyo primer punto estratégico era solamente “pensar”. No recordaré aquí nombres ni circunstancias; pero sí diré cuánta satisfacción me produjo esa propuesta de actividad política.

Pensar… Suena extraño, ¿no es verdad? Es extraño. ¿Quién tiene tiempo, si hablamos honradamente, de pensar? El poder de hacer algo con nuestro tiempo libre —una libertad estrambótica, ocio forzado— era un buen programa político dentro de la casa, en medio del encierro: poder de decidir lo factible para cada uno, a lo largo de tantas horas vacantes, quizá muchas más que las de las vacaciones o los “puentes”.

Los días epidémicos nos dieron esa oportunidad y cada uno sabrá si cumplió esa tarea posible en las extrañísimas semanas de asueto obligatorio, por los cuales hemos atravesado los mexicanos en el abril y el mayo de 2009, repletos de tan variados descontentos.

Otra actividad relacionada íntimamente con el pensar, la lectura —o su variante más hedonista: la relectura—, era la otra posibilidad a mano en esas jornadas, teóricamente vacías. Me temo, empero, que ver la televisión con avidez pecaminosa —y no seré yo el que lance la primera piedra para acusar a nadie; los partidos de la UEFA son irresistibles—, era una posibilidad más tentadora para las muchedumbres indefinidas.

Así las cosas: pensar, leer, releer. Y no se diga que semejante trío de posibilidades pertenece únicamente al ámbito del trabajo intelectual, o por mejor decir: de los intelectuales. Una vez oí decir a un escritor que no me entusiasma especialmente algo que me hizo aplaudirlo: leer —buenos textos, libros valiosos, se entiende— es algo que todos, absolutamente todos los que podemos, deberíamos hacer. ¿Hay alguna ley no escrita pero poderosa que impida leer u ordene no leer a los ingenieros, a los bailarines, a los albañiles que saben hacerlo, a los fisioterapeutas, a las marchantas del mercado del barrio, vaya, a los políticos que padecemos? No, esa ley no existe. Existe, en cambio, una ley no escrita que casi nadie observa: la obligación de nutrir el espíritu y la inteligencia, el deber de no conformarse con lo “ya sabido”, con lo “ya aprendido”.

Cuántas veces hemos oído decir a un profesionista, título en ristre: “Ya terminé de estudiar; ahora, a incrustarse en el mercado de trabajo, a ganar dinero y a olvidarse de libros, ideas y todas esas necedades”. Deberíamos ser estudiantes perpetuos. ¿Deberíamos? Sí, si estamos dispuestos a obedecer esa ley no escrita acerca de la inteligencia, tan descuidada por falta de tiempo, el tiempo del que dispusimos a manos llenas en esos días.

Acaso estas consideraciones intempestivas no tienen sentido. Estoy dispuesto a concederlo, a mi pesar. Sospecho, no obstante, que muchos aprovecharon la oportunidad y algo se encendió en muchas mentes durante los días de asueto. Ojalá.
29 Abril 2009 03:17:56
Encuentro con Eloísa
Eloísa es un testigo de primera línea en esos afanes de la cultura latinoamericana, en su vertiente insular, durante el siglo pasado

Si algún día yo escribiera unas memorias, le daría un lugar discreto, pero sin duda importante, al encuentro que tuve con Eloísa Lezama Lima en la ciudad floridana de Miami, el pasado mes de enero de este año. Estuve por allá para asistir a un congreso de tema juanramoniano en donde presenté una esforzada ponencia. Nunca me cansaré de decir que Juan Ramón Jiménez no es sólo el autor de Platero y yo, sino uno de los poetas más grandes del siglo XX en cualquier lengua.

Dos amigos españoles —un amigo poeta y una sobrina nieta de Juan Ramón— concertaron la cita y yo “me pegué”. Pero quizás exagero: mi amigo poeta, el admirable Alfonso Alegre, le mencionó a Eloísa que iría yo con ellos y ella se acordó de mí: su hermano José, el inmenso poeta cubano, se carteó conmigo un par de veces y ella tenía presente mi nombre y el de mi padre, quien fue buen amigo de Lezama Lima durante largos años.

La visita tenía el siguiente cometido: que Eloísa conociera a Carmen Hernández-Pinzón, la sobrina nieta de Juan Ramón. Hay que recordar aquí la fecunda visita de Jiménez a Cuba en 1936 y los frutos de su contacto con la poesía isleña de entonces: encuentros diversos, un coloquio formidable con Lezama Lima, una antología avalada por el prestigio, ya entonces inmenso, del poeta andaluz. Los Lezama Lima —José y la propia Eloísa— se contaron entre los principales amigos del poeta de Moguer: Juan Ramón era su ídolo y ellos lo trataron muy bien en La Habana.

Eloísa tiene más de ochenta años de edad pero conserva una lucidez diamantina, conversa con elocuencia y vive con los ojos bien abiertos. Su inteligencia es, para decirlo rápidamente, despierta y luminosa. Nos recibió con gestos de no fingido cariño e interés. Está llena de curiosidad y su memoria no está, digamos, “museificada”, sino más bien como nutrida de reflexiones diversas. Así, nos habló de Juan Ramón con una enorme plasticidad: podía uno ver, a través de sus palabras, a aquellos poetas en el Caribe de los años treinta, el español y los jóvenes cubanos, Cinto Vitier, Fina García Marruz, José Lezama Lima.

Eloísa es un testigo de primera línea en esos afanes de la cultura latinoamericana, en su vertiente insular, durante el siglo pasado. Los poetas cubanos estaban unidos en torno de la extraordinaria revista Orígenes. Esa publicación es tan importante como la mexicana Contemporáneos y la argentina Sur: documentos de la literatura viva y activa de cada momento, en cada uno de esos países. Sin exageración, puede afirmarse que Juan Ramón Jiménez estuvo en la mejor compañía imaginable en Cuba. La visita a Eloísa fue breve, como debía ser.

Nos despedimos de ella y nos llevamos una serie de imágenes de la Cuba de Juan Ramón. El fantasma benévolo de José Lezama Lima presidió el encuentro. Poeta muy diferente de Juan Ramón, fue sin embargo su magnífico interlocutor y uno de sus discípulos latinoamericanos más brillantes.
01 Abril 2009 03:21:19
Modesta defensa de la filología
Entre los filólogos, como en cualquier profesión, hay de todo: buenos, mediocres, espléndidos y hasta geniales. Pero los filólogos se han convertido —al lado de los “académicos”, entre cuyas filas se forman muchos de ellos; como los “teóricos”, también— en los villanos a modo de la literatura en esta época tan poco curiosa y tan desmañada.

Entre nosotros, la razón de este curioso fenómeno está a medias oculta pero alguna relación tiene con el positivismo del siglo XIX, mal afamado en México por culpa del porfirismo. En la buena crítica académica, cualquier lector puede aprender mucho de literatura; quienes disienten de estas opiniones suelen defender con brío inexplicable nebulosidades evocadoras de la docta ignorancia, la ciencia infusa y el romanticismo más chirle.

Uno se cansa de oír los consejos de la escuela del sonambulismo: “ten cuidado con los filólogos, los teóricos, los académicos”, “desconfía del rigor excesivo”, “no hace falta demasiado seso ni demasiado estudio para ocuparse de poesía”. El complemento o seguimiento perfecto de esas advertencias es la siguiente serie de consejos, en mi opinión auténticamente siniestros: “lee de cualquier manera y guiado siempre por tu solo instinto”, “entiende como puedas, aunque entiendas mal: tu intuición es lo más valioso”, “para la poesía es necesaria una dosis considerable de irracionalismo y ni siquiera medio gramo de metodología”. Luego uno se pregunta por qué los poetas tienen una imagen tan cochambrosa entre la gente común y silvestre.

Es como si se nos recomendara hacer las cosas con una especie de santo descuido, bendecido por los manes de la espontaneidad, la antisolemnidad y todas esas zarandajas tan de moda en México y en el mundo, y tan dañinas, tan desencaminadoras.

Todo esto es consecuencia de varios malentendidos superpuestos, combinados y ofrecidos al público inocente en dosis variables, siempre perniciosas. He aquí un malentendido sobre la poesía: ésta es un asunto del corazón, de la sensibilidad vagabunda, y nada tiene que ver con las maquinaciones de la razón, ni por asomo. Otro malentendido: la filología es una actividad puramente mental, en el mejor de los casos, o mecánica, en el peor; es enemiga acérrima de la inspiración y se ocupa solamente de etiquetas y clasificaciones acaso útiles para los maestros de escuelas pero ajenas totalmente a las tareas de la creación literaria.

Diré cuanto antes que prefiero leer un buen artículo filológico sobre el Arcipreste de Hita que un poema neblinoso de esos que siguen hablando del crepúsculo y la pena minúscula del “vate”, triste herederos de la batalla pasada. Eso para no hablar de tantas novelas “geniales” que para mí son puras gansadas.


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18 Marzo 2009 03:43:15
Los 70 años del gran poema de Gorostiza
En la reciente Feria del Libro del Palacio de Minería, celebrada a fines de febrero, hubo dos mesas redondas dedicadas a comentar públicamente el gran poema de José Gorostiza, Muerte sin fin, publicado en 1939, con motivo de su septuagésimo aniversario. Fueron diez los ponentes; es decir, tantos como secciones o cantos tiene el poema gorosticiano.

Los participantes en las mesas son poetas con una notable capacidad de discernimiento crítico; en este sentido, y en muchos otros también, son dignos herederos de Gorostiza. Pongo aquí sus apellidos en el orden en que fueron participando los viernes 20 y 27 de febrero: Fabre, Rivera, Hurtado, Landa, Bracho, para los primeros cinco cantos; para los siguientes: Uribe, Cross, Boone, Gallardo y Deltoro. Escucharlos fue una experiencia inolvidable para todos los presentes. Todos aprendimos; todos nos llevamos algo bueno de esa escucha.

Desde el primer, memorable endecasílabo (“Lleno de mí, sitiado en mi epidermis”), hasta el final diabólico, verso número 775, Muerte sin fin recorre, con una tenaz lucidez y una soberbia voluntad artística, mil facetas de la creación y la destrucción del universo a partir de una imagen sencilla: un vaso lleno de agua. De esa agua surgen la divinidad y los cuerpos, el remolino de los seres y los delirios del sueño, los prodigios de la naturaleza y las complicaciones de la metafísica, los reflejos de la mente y los quebrantos del espíritu y de la carne.

Fue inevitable citar en varias ocasiones el trabajo de Arturo Cantú, lector y estudioso de la obra gorosticiana, y autor del libro En la red de cristal. No todos los diez ponentes coincidieron con los puntos de vista y los métodos filológicos de Cantú; pero en buena medida de eso se trataba. Las mesas para celebrar los 70 años del poema de Gorostiza estuvieron, por ello, animadas por una voluntad de comprender y de exponer visiones propias, originales y, muchas de ellas, francamente audaces.

El poema gorosticiano no es una composición literaria que se da fácilmente ni se ofrece diáfanamente a la comprensión inmediata de sus lectores. Es un poema difícil, y por ello, según la máxima del poeta cubano José Lezama Lima (“Sólo lo difícil es estimulante”) tanto más lleno de suscitaciones y desafíos. Las mesas redondas de la Feria de Minería estuvieron a la altura del poema.

Muerte sin fin apareció, así, iluminado desde diversos ángulos. Los poetas mexicanos que participaron en las mesas le hicieron el mejor homenaje: lo asediaron con inteligencia y lo revisitaron con ideas, calas interpretativas, valoraciones y análisis. Lejos estuvieron de agotar sus riquezas conceptuales y artísticas.

04 Marzo 2009 04:40:15
Los ensayos de Coetzee
No es común que un autor literario sea también un crítico de primer orden. El narrador sudafricano J. M. Coetzee es ambas cosas. Sus novelas lo han convertido en una celebridad mundial, sobre todo después del otorgamiento del Premio Nobel en 2003; fue el segundo escritor de su país en ganarlo: antes, en 1991, lo obtuvo la escritora Nadine Gordimer.

Ya lo admiraba desde que leí Esperando a los bárbaros, ahora todo un clásico, pero Coetzee es uno de esos narradores que me simpatizó profundamente en cuanto me di cuenta de cuánto y cómo le interesa la poesía. No quiero decir, ni mucho menos, que sea una regla, pero en el caso de muchos narradores notables, tengo para mí que su destreza como fabulistas y el brillo de sus obras les vienen, en buena medida, de su afición a la lectura de poesía.

En Coetzee se dan juntas una penetración crítica notable y una sensibilidad muy honda ante las manifestaciones estrictamente lingüísticas: de ahí el valor de sus ensayos críticos en los dos libros de ese género que de él conozco. Habría que agregar, en estos contextos, su libro sobre la censura; pero no estoy totalmente seguro de que quepa en esa circunscripción genérica, la del ensayo de crítica literaria —debo decir, sin embargo, que sus observaciones sobre Zbigniew Herbert y Osip Mandelstam, para sólo hablar de algunos poetas que estudia en ese libro, son de una extrema lucidez.

Los libros de Coetzee que aquí comento se titulan Stranger Shores (2001) e Inner Workings (2007). Los temas de los ensayos incluidos en esos tomos son, en su mayoría, de literatura moderna, y especialmente de narradores; pero también hay textos sobre teóricos sociales, poetas y memorialistas. El ensayo inicial de Stranger Shores es toda una declaración de principios y su asunto es el clasicismo: Coetzee se pregunta qué es un clásico y formula su compleja respuesta a partir de su propia experiencia de angloparlante excéntrico, no europeo; las ideas de Coetzee tienen una relación directa con la experiencia de muchos intelectuales, o simples lectores, en la periferia de las culturas metropolitanas.

En cada uno de esos libros, Coetzee se ocupa de escritores latinoamericanos, los mejores: Borges y García Márquez. Es una lástima que su extraordinario apunte sobre el español Juan Ramón Jiménez y Platero y yo no haya sido incluido en esos libros; que yo sepa, sólo fue publicado en el excelente suplemento bibliográfico Hoja por hoja. El ensayo sobre Borges es panorámico y el dedicado a García Márquez trata de la novela breve Memorias de mis putas tristes; ambos son de gran calidad pero el segundo es más incisivo.

El mérito de Coetzee es un rasgo que debería distinguir el trabajo intelectual: la independencia de sus ideas, juicios y opiniones. En este sentido, es ejemplar; no lo es menos por su escritura, severa y cortante, de una extraña belleza y expresividad, como en sus mejores narraciones.
24 Diciembre 2008 04:09:38
El idioma inglés
Con el triunfo de Obama, al parecer, ya no tendremos que padecer los maltratos a la lengua de William Shakespeare cometidos por los halcones del gabinete del señor Bush

El triunfo del senador Barack Obama en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, el pasado 4 de noviembre, es una de las pocas noticias alentadoras y esperanzadoras del año 2008. El discurso de victoria del candidato triunfante fue una pieza oratoria serena y concisa, lo contrario del triunfalismo chirle de los políticos de la actualidad, en cualquier país; tan sólo eso bastaría para alimentar un moderado optimismo. Por lo menos, ya no tendremos que padecer los maltratos a la lengua de William Shakespeare cometidos por los halcones del gabinete del señor Bush. Estos renglones quieren únicamente celebrar la cultura de lengua inglesa a la luz del triunfo de Obama.

Hace algunos años propuse que, en lugar de defender el idioma español en México, con esas ridículas comisiones e iniciativas organizadas de vez en cuando en nuestro país, más nos valdría defender el inglés de los perpetradores de subtítulos y doblajes. Un pasatiempo que terminaba por volverse una especie de tormento para algunos, como yo, empeñados en registrar las pifias de los traductores salvajes, consiste en anotar los errores cometidos a granel en la televisión y en el cine. Las tristes listas de esas equivocaciones garrafales terminaban, más temprano que tarde, en el cesto de la basura, arrojadas ahí con el desaliento de quien se ha propuesto vaciar el mar con una cuchara y se da cuenta de la monumental inutilidad de sus afanes.

Leer en inglés es una de las formas elementales de la vida intelectual. Algunos integrantes de la izquierda mexicana se rehúsan a aprender inglés con el argumento absurdo de que se trata de la “lengua del imperio”. Se les olvida que también es la lengua de los grandes poetas y novelistas, herederos simultáneamente de Cervantes y de la literatura isabelina; pero, claro, ese olvido cabe perfectamente en la cuenta del antiintelectualismo de esas huestes dizque revolucionarias. Digámoslo de esta manera: abajo Bush y su graznido impenitente, arriba los escritores admirables de esa cultura y de ese idioma.

En mis clases, muchos alumnos se sorprenden cuando les cuento cómo el Quijote tuvo sus mejores seguidores en Francia y, sobre todo, en Inglaterra, no en España. Hubo que esperar al siglo XX, a los grandes fabulistas de América Latina, para que la lengua española desplegara, como se debe, las enseñanzas de Miguel de Cervantes Saavedra y de los autores de los siglos de oro. No sería exagerado afirmar que ningún narrador de lengua inglesa, desde el siglo XVII, resulta ajeno a la lección cervantina.

Una porción inmensa de la cultura moderna, en todos los terrenos del saber, se difunde y se preserva en ese idioma. Ocuparse de aprender inglés y de dominarlo tanto como se pueda es una obligación de cualquier espíritu mínimamente esclarecido. Ahí, en esa actividad, hay recompensas de toda índole. Por lo demás, es una medida de autodefensa y de supervivencia.
10 Diciembre 2008 04:15:48
No ir a Guadalajara
Italia, que fue el país invitado este año a la Feria Internacional del Libro, es uno de mis favoritos; he llegado a sospechar que, de una manera callada, produce los mejores escritores del mundo.

En ocasión memorable, un conocido crítico literario describió la feria librera de Guadalajara como “el infierno”.

Sus razones tenía: ahí solía encontrarse a mundo y medio, amigos y enemigos y conocidos, ese tout Mexique llamado así por los librescos afrancesados que acuden en tropel a la Feria Internacional del Libro (FIL) que se organiza en la capital de Jalisco todos los años y comienza a fines de noviembre, se prolonga durante nueve días extenuantes y deja diferentes tipos de crudas en los asistentes: la del día siguiente de una pachanga ruidosa de semana y media, con todas sus consecuencias físicas y con frecuencia morales; la de quien se compró un montón de libros y se lamenta con amargura del gasto inmisericorde, además de que no compró, con las decenas de volúmenes adquiridos, el tiempo para leerlos; la del expositor-editor que regresa a su ciudad con un bagaje sangriento de números rojos; la de los escritores que una vez más fueron ignorados en su genio… pues a la presentación de su obra magna acudieron dos personas y un perro despistado; la de los reporteros culturales que perdieron la oportunidad de hacerle preguntas de ocho columnas a la celebridad a la que entrevistaron. La lista podría prolongarse en muchas direcciones. También está la cruda de quienes no fueron a Guadalajara por diversos motivos y suspiran a la espera de que se cumpla el año y, ahora sí, consigan ir a la próxima.

La primera vez que fui a la FIL comprendí al crítico citado al principio. En menos de 20 minutos saludé más personas que a lo largo de seis meses en la ciudad de México; eran de todas las cataduras imaginables: simpáticos y detestables, admirados y nada recomendables, sosos y chistosísimos, inteligentes y lerdos. Lo de menos era la variedad; lo impresionante era el número: un reparto de miles. Recuerdo la sensación de ahogo; tuve que salir atropelladamente del local inmenso para respirar y poder volver en mí, pues, la verdad, me sentí atropellado y enajenado, desencajado.

“Así que así es la FIL”, me dije; “¡repámpanos!”, agregué. Confieso que aprendí a pasarla bien y he vuelto varias veces a partir de entonces. Este año me hubiera gustado ir, pero no me sentía con fuerza ni con ánimos para aguantar el remolino. Italia, país invitado este año, es uno de mis favoritos y en estos años he llegado a sospechar que, de una manera callada, produce los mejores escritores del mundo. Razoné que prefería quedarme a repasar mis Ariostos y mis Petrarcas y mis Dantes.

La FIL me recuerda otra broma que aquí parafraseo (el original no habla de libros, sino de los cuadros de una exposición): en la feria de Guadalajara hay demasiados libros y no puede uno ver a la gente como quisiera. Siempre hay que citar, también parafraseándolo, a Borges y su Poema de los dones: para muchos el paraíso se cifra en una biblioteca, en una buena librería o en una feria como ésa.

12 Noviembre 2008 04:55:51
La Virgen en Zacatecas
Guardado durante siglos, este año comenzó a circular la edición de las “Décadas panegíricas”, libro de poemas consagrado a la Virgen, escrito por Joseph Mariano Bezanilla

En 1906, el cronista de Zacatecas José G. Palacios describió con fervor las apariciones novohispanas de la Madre de Jesús “rodeada de esplendores en la pendiente del Cerro de la Bufa”. La estrella matinal, la dueña de las fuentes cristalinas, se convirtió en la patrona de la ciudad en su advocación de Virgen del Patrocinio. A ella, a esa virgen milagrosa, se encomendó la ciudad de las minas, del “cielo azul” y la “tierra colorada”, según la describió López Velarde.

A fines del siglo XVIII, el presbítero Joseph Mariano Bezanilla le consagró a la Virgen un libro de poemas en castellano y en latín: las Décadas panegíricas. El manuscrito estaba guardado hace siglos en la biblioteca de la catedral; de ahí lo rescató el historiador José Arturo Burciaga. Hizo las tareas paleográficas correspondientes, escribió la jugosa introducción del libro y dotó de notas la obra del presbítero poeta. En este 2008 fue puesta en circulación la estupenda edición de las Décadas.

El valor poético de la obra de Bezanilla es desigual pero no es posible ignorar esta obra que nos habla desde el fondo de los siglos. Hay en sus versos una pasión genuina y no poca destreza compositiva; alternan en sus escrituras los versos tradicionales: el octosílabo del romancero, con los versos italianos de la revolución garcilasiana. Son perceptibles las huellas de un aficionado a la lectura de poemas barrocos, muy fuera de la época misma; faltaba poco para el movimiento de Independencia y los extraordinarios sermones marianos de fray Servando Teresa de Mier. El testimonio de Bezanilla se nos ofrece a contrapié de las corrientes más poderosas y transformadoras de la época, en ambos hemisferios: sus Décadas son contemporáneas de la Toma de la Bastilla.

Los poemas de Bezanilla merecerían un estudio crítico de índole literaria, que ciertamente no tuvo lugar en el libro del doctor Burciaga, su descubridor y editor, pues el interés de éste era de tipo histórico. El rescate en sus dos vertientes —la histórica y la poética— tiene méritos indudables y los zacatecanos y mexicanos en general deben gratitud al doctor Burciaga por su brillante investigación.

La edición de los poemas de Bezanilla incluye algunos anexos que ayudan a entender la época. Uno de ellos es una serie de instrucciones para decir sermones y pronunciar panegíricos desde el púlpito; se trata de una lectura deliciosa.

El arte del sermón se ha perdido; para comprobarlo, basta con escuchar a cualquier cura de hoy: cansinos, faltos de convicción, incultos. Antes, esas artes merecían todos los cuidados. El predicador no debe escupir a los escuchas, leemos en esas instrucciones; si tiene catarro, no debe agitar su pañuelo sucio ante el auditorio, sino guardarlo discretamente en la ancha manga de sus ropajes sacerdotales. No debe rezar el panegírico “lamentándose como cantan los búhos y cuervos” ni “sonar los artejos de los dedos”.
17 Septiembre 2008 03:29:00
Un documentalista extraordinario
El productor británico, David Attenborough, quien desde 2006 le dio su voz a la serie llamada “Planeta Tierra”, podría definirse también un creador de cultura o con una palabra muy noble: educador

Hace unas semanas, leí en un libro del científico británico Richard Dawkins, hombre admirable, que el documentalista David Attenborough es el hombre más respetado de Inglaterra. No lo sé de primera mano, porque no vivo en esa isla, pero no tengo ninguna razón para dudarlo; ahora, además, por lo que a continuación contaré, puedo entenderlo todavía mejor.

Si Attenborough viviera en México, sería admirado sin reservas, creo. Sucede, empero, que el campo de trabajo que tanta fama y consideración pública le ha ganado, no tiene cultivadores en nuestro país: el documental, casi siempre de tema científico, de divulgación, ejecutado con una maestría que roza lo artístico.

Attenborough es hermano de Richard del mismo apellido, director y actor de cine. Ha trabajado durante largos lustros y décadas en la BBC de Londres, como productor y creador de alguna de las series de televisión pública de mayor prestigio; fue uno de los funcionarios de la BBC que siempre creyó en el proyecto de Kenneth Clark que dio origen a la célebre serie “Civilización”. Ha estado en el origen y en la ejecución de muchas otras series documentales. En años recientes, desde 2006, le dio su voz a la serie “Planeta Tierra”, que en México es trasmitida por el canal 11, del Instituto Politécnico Nacional.

Vale la pena decir dos palabras sobre la BBC (British Broadcasting Corporation), creada en Inglaterra en los años 20 como una emisora radiofónica; ese sería el sentido original de “broadcasting”, luego ampliado. Las siglas significan más o menos, entonces, “corporación británica de difusión”. La palabra “broadcasting” indica al mismo tiempo las trasmisiones radiofónicas y televisivas; equivale, aproximadamente, a “estación” o “emisora”. La BBC es el modelo o paradigma de estaciones como Radio Universidad o la desaparecida —nunca lo lamentaremos bastante— XELA; y de los canales 11 y 22; lo es, por supuesto, de parecidas empresas culturales o de servicio social en todo el mundo. La programación de la BBC es y representa lo contrario de la Hora Nacional, tan gris y aburrida, lazo de unión entre todos los mexicanos: todos nos unimos en el gesto de apagar el radio cuando comienza, según reza un chiste conocido.

David Attenborough ha sido figura principalísima en la BBC. Aun cuando está doblada en las trasmisiones mexicanas, “Planeta Tierra” conserva el espíritu de ese ejemplar divulgador británico de la ciencia y la cultura; quiero decir: aquí no escuchamos su voz, pero percibimos su presencia. Aquí recomiendo esa serie como una de las mejores que he visto. Podría ponerse al lado de “Cosmos” de Carl Sagan, la mencionada “Civilización” de Kenneth Clark o “El ascenso del hombre” de Jacob Bronowski.

He llamado a Attenborough “documentalista”; también podría llamarlo creador de cultura, o con una palabra muy noble: educador. ¿Cómo negarse a estar cerca de su obra viva?

03 Septiembre 2008 03:26:00
El profeta Solyenitzin
El testimonio de Solyenitzin sobre el infierno estalinista no es único pero es ineludible. Para quienes lo leímos hace ya muchos años, casi a escondidas, fue una sacudida

La muerte de Alexander Solyenitzin (1918-2008), el pasado 4 de agosto, en la casi víspera de cumplir los 90 años de edad, deja una huella profunda en el espíritu de nuestra época. Una huella problemática, en algunas zonas incomprensible: su legado moral e intelectual; pero de su misma complejidad extrae la memoria de Solyenitzin su valor inmenso.

En buena parte de la izquierda de México, país donde alientan y prosperan muchos estalinistas de antigua o de última hora, los libros y las arengas del escritor ruso significan, sencillamente, la obra de un traidor o la de un delirante: su denuncia de los campos del universo concentracionario soviético es, a los ojos de estos dómines de la izquierda dizque ilustrada, una exageración en el mejor de los casos, una mentira flagrante y perniciosa, en el peor.

Pero las cosas no son así, por desgracia; el Archipiélago Gulag, expresión acuñada con genio por Alexander Solyenitzin, existió; no hay manera sensata de negarlo. Es increíble que haya necesidad de decirlo una y otra vez a causa de la cortedad de la memoria.

El testimonio de Solyenitzin sobre el infierno estalinista no es único pero es ineludible. Para quienes, pertenecientes a la izquierda, lo leímos hace ya muchos años, casi a escondidas, fue una revelación y una sacudida; así leíamos también a los “renegados”, es decir: los disidentes del proyecto totalitario encabezado por Stalin, por sus ideólogos y propagandistas. Hay que reconocer la eficacia de ese inmenso aparato de persuasión ideológica y de golpeteo moral: si uno dudaba aunque fuere un tantito de las bondades del “padre de los pueblos” o de la grandeza del proyecto socialista tal y como lo concebían los soviéticos y el Partido Comunista de la Unión Soviética, era digno de todas las acusaciones y condenas. Hubo necesidad de desestalinizarnos; una de las mejores vías para ello fueron los libros de Solyenitzin.

El profetismo de este escritor ruso es parte de su zona oscura. De la sangre y las tradiciones de la Rusa profunda —es decir: ese enredo o entrecruzamiento de culturas y modos de la fe—, sacaba este escritor la sustancia de sus lamentaciones y condenas, tanto del Oriente soviético y del comunismo, como del decandentismo occidental. Algo tenía de pope y de mujik iluminado, de chamán; sus fulminaciones no eran tan fáciles de comprender. Ahora, gracias en buena medida a investigaciones como las de Orlando Figes, historiador inglés de la cultura rusa, tenemos esas herramientas intelectuales.

Quiero llamar la atención sobre el genio literario de Solyenitzin. Sus libros son auténticas obras maestras. Además de su valor testimonial, quedarán como escritos de una formidable fuerza expresiva. Era, por supuesto, heredero en línea directa del conde Tolstoi y del angustiado de la Perspectiva Nievsky: Fiódor Dostoievski. Será recordado y leído como uno de los grandes de la literatura moderna.
20 Agosto 2008 04:00:01
Olimpismo y versificación
Un verso, escrito o dicho, es un enunciado regido por principios rítmicos; el ritmo, en el verso español, está marcado por el lugar de las sílabas tónicas, es decir, por el acento

Hace unos días, cuando preparaba esta columna, pensé dedicarla a un tema urgente: mi boicot personal a los Juegos Olímpicos de este año en China. Lo reconsideré, tomando en cuenta las preocupaciones innecesarias que iba yo a infligirles a los funcionarios del olimpismo internacional. He preferido, entonces, abordar un tema de la mayor actualidad: la versificación, la métrica.

Ocurre que los jóvenes que están a punto de iniciar alguna de las carreras literarias en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM ignoran cuán poco les van a enseñar sobre estos temas y de qué manera les harán falta para comprender el sentido de muchas obras, no sólo poéticas o no nada más escritas en verso. Hay, entre esos muchachos universitarios, algunos, empero, que sí están al tanto de esa carencia en los programas de estudio, y buscan salirle al paso. Por eso, una tarde me reuní con un puñado de ellos para ponerlos al tanto de algunas nociones elementales.

Debo decir cuanto antes que en la Facultad de Filosofía sí hay maestros preocupados y ocupados con estos asuntos. Uno de ellos, José Luis Ibáñez, me invitó el año pasado a conversar con un grupo de sus estudiantes de teatro; la sesión fue muy productiva. (Una convicción que anima mi trabajo es: si quieres aprender sobre un tema, prepara y da una clase sobre él).

La clase que preparamos con los jóvenes de primer ingreso fue informal por el espíritu de camaradería que la animaba pero muy seria en su abordaje del tema de la versificación. Pusimos lejos de nosotros, por lo pronto, las formas mixtas o anfibias: el poema en prosa, la prosa poética. Distinguimos entre prosa y poesía; y entre verso y prosa. Dibujamos en el pizarrón un rectángulo: una hoja de libro, de revista o de un periódico como EL UNIVERSAL; en ese rectángulo puede haber prosa: párrafos compactos, llenos, con una “mancha tipográfica” muy densa, o poesía: renglones más cortos, renglones “mochos”. Esos renglones son los versos; pero hay algo mucho más importante que su cortedad o menor tamaño en la página impresa, en comparación con los párrafos de prosa: el ritmo. Un verso, escrito o dicho, es un enunciado regido por principios rítmicos; el ritmo, en el verso español, está marcado por el lugar de las sílabas tónicas, es decir, por el acento. ¿Qué es el acento? Una elevación o intensificación de la voz.

Así seguimos durante dos horas. No sé cuánto aprendieron mis amigos; pero yo repasé con gusto ideas que me sirven continuamente en mis salones de clase, en mis lecturas solitarias y hasta en la composición de algunos esforzados “poemoides”, como le gusta llamar a los poemas mi maestro Gerardo Deniz.

El verso medido y rimado tiene muy pocos adeptos en la actualidad. A quienes se le oponen —los versolibristas— les explico que vale la pena saber quién o qué es su adversario.
06 Agosto 2008 04:40:01
El último puritano
Gould renunció a los conciertos y se dedicó a grabar y a reflexionar sobre el mundo, el sonido, la tradición y el sentido de las innovaciones artísticas

La invención de los devedés —y antes, las cintas VHS— ha cumplido y perfeccionado un sueño de los melómanos: tener en la sala de la casa a los ejecutantes. Ese invento me ha permitido disfrutar del genio en acción de uno de los artistas que más admiro: el canadiense Glenn Gould (1932-1982), pianista fuera de serie y auténtico revolucionario del arte moderno, tan transformador, en lo suyo, como Pablo Picasso o Ígor Stravinski en sus campos respectivos.

Las historias sobre Gould forman un venero inagotable. Son parte de su leyenda, hecha por partes iguales de anécdotas y estampas extrañas, y de su capacidad interpretativa; ésta no se reducía al virtuosismo acrobático con el que a veces confundimos el talento de un intérprete musical: Gould tenía ideas profundas y originales sobre el arte en general, la música en particular y, todavía más específicamente, los conciertos “en vivo”. Esas ideas y su puesta en práctica en los memorables conciertos de este hombre lo situaron un poco en el margen del establishment musical; también lo alejaron de las salas de sus presentaciones públicas para confinarlo en los estudios de grabación —la tecnología se convirtió en una de sus pasiones. Gould renunció a los conciertos y se dedicó a grabar y a reflexionar sobre el mundo, el sonido, la tradición y el sentido de las innovaciones artísticas.

En plena Guerra Fría, Gould viajó a la Unión Soviética; allí causó una verdadera conmoción entre los músicos. Les mostró un mundo de música y de ideas que ignoraban. Hace poco vi en el canal universitario de televisión un programa con una especie de reportaje histórico sobre esa visita: quedé azorado. Gould consiguió algo muy grande en la URSS: abrir puertas y ventanas para toda una generación de pianistas y de compositores. Las autoridades, aunque oficialmente distanciadas del estalinismo, mantenían actitudes cerradas ante el arte; no estaban muy lejos del nazi-fascismo en este terreno, y la vida tan complicada de Shostakovich lo muestra con patetismo. Gould fue un vendaval en ese país de sonámbulos. Quedé hondamente conmovido por el programa.

Como muchos admiradores de Gould, poseo algunas de sus grabaciones de las Variaciones Goldberg de Bach. Ahora he podido verlas, interpretadas por él, en mi televisión gracias al devedé que las contiene, con imágenes de estudio durante una grabación de los últimos años. También pude conseguir una película muy hermosa sobre la vida y la obra de Gould; es un testimonio dirigido por su amigo y seguidor Bruno Monsaingeon, quien lo llama en un libro “el último puritano”. Los textos de Gould me deslumbran y me desesperan: lo primero por su evidente inteligencia, tan original; lo segundo, por mi propia culpa: sus exposiciones de técnicas compositiva o interpretativa me dejan fuera de la jugada, por mi ignorancia musical. Lo que entiendo, empero, es enormemente valioso para mí.

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