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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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31 Marzo 2013 02:00:18
Iglesia católica
La iglesia católica llegó a su máxima celebración, la pascua de resurrección. Lo hizo con dos Papas, uno emérito y otro recién designado. Y lo hizo en medio de diversos conflictos que, según los medios, provocaron la renuncia de Benedicto XVI, o al menos le ayudaron a decidirse.

La iglesia católica se crea, propiamente hablando, en el Concilio de Nicea, en el año 325, cuando Constantino decide utilizar la religión creada alrededor de un profeta judío y ampliada al resto de la humanidad por un romano perseguidor de judíos, Pablo. Para Constantino es una forma de construir legitimidad en un imperio que se viene abajo. Aunque para entonces ya se habían separado nominalmente las dos mitades del imperio Romano (Oriente y Occidente), será en los años siguientes cuando esa separación se haga totalmente real. Y ocurrirá dividiendo a los cristianos del imperio en dos: Católicos y ortodoxos. Otras denominaciones, mucho más pequeñas, habían ido apareciendo alrededor del Mediterráneo, y algunas de ellas sobreviven hasta el día de hoy.

Creada por el emperador, la Iglesia heredará la estructura territorial del imperio, de ahí las diócesis, y mantendrá su posición como legitimadora, a veces de forma fraudulenta (como con la Donación de Constantino), a veces por su peso real. El momento de la madurez ocurre con la coronación de Carlomagno, la Navidad del 800, que asocia a los imperios del centro de Europa con el papa por un
milenio.

Sede de la legitimidad durante todo ese tiempo que llamamos Edad Media, la Iglesia es una institución de ese tiempo. Mantiene una estructura aristocrática-feudal, procedimientos medievales, y creencias que se fueron desarrollando en esas épocas y poco se han movido: El celibato, la Inmaculada Concepción, y las definiciones teológicas de Dios y la Trinidad. En esa construcción mental se hace difícil incorporar buena parte de lo que la humanidad ha construido en los últimos 500 años, y la Iglesia lo sufre.

Hay una discusión que parece irresoluble acerca de si la ciencia y la fe son compatibles. Me inclino por el no. No es fácil tener dos fuentes diferentes de verosimilitud que con frecuencia son contradictorias. Pero más allá de las creencias, lo que se desmorona es la institución.

A pesar de lo que creen muchas personas, modernizar la Iglesia no es nada sencillo. Estoy convencido de que la modernización implica su desaparición. A diferencia de lo que ocurre con las denominaciones genéricamente llamadas “protestantes”, que son un producto del Renacimiento (así Lutero haya sido todavía medieval), y tienen estructuras menos verticales, autoritarias y machistas, la Iglesia católica depende de esa estructura. Eso, creo, es precisamente lo que Benedicto entendía. La supervivencia de la Iglesia requería la recuperación de su esencia medieval. Y ésa es la razón de que tantos llamen a Ratzinger un conservador, sin comprenderlo.

Sólo en el Islam y en la Iglesia se mantienen monarquías absolutas. Sólo en esas áreas existe una palabra divina superior al conocimiento obtenido de la realidad.

Las instituciones medievales fueron desapareciendo en el tiempo. En 1806, frente al derrumbe del Sacro Imperio, Hegel veía el fin de la historia. En 1914, con la Primera Guerra, las últimas huellas de la aristocracia fueron borradas. En Occidente, el único monarca con poder es el Papa. Pero él, que daba legitimidad a los demás, hoy carece de ella. ¿Cómo hacer legítima esa estructura en el mundo del siglo XXI?

Benedicto XVI lo intentó. Quiso recuperar la esencia medieval al mismo tiempo que enfrentaba las enfermedades contemporáneas de su Iglesia: Financieras, sexuales, de poder. Su inmenso intelecto fue insuficiente, y hoy regresa, esperamos, a la escritura.

Le toca ahora a Francisco, Jorge Bergoglio, argentino y jesuita, intentar algo al respecto. Ya veremos cómo decide enfrentar este problema que parece insoluble. Su país, su orden y su selección de nombre son sumamente interesantes. Sin embargo, como hemos dicho, el gran problema de la Iglesia católica, su anacronismo, no parece tener solución: Si se moderniza, desaparece; si no, también.

http://www.macario.mx @macariomx
15 Febrero 2011 04:03:36
Educación deducible
Por lo relevante de la noticia, preferí pasar para el jueves la reseña de otro libro más de los que ahora estoy comentando con usted cada semana. A partir de ahora, lo que pague usted por la educación de sus dependientes económicos, desde preescolar hasta media superior, podrá deducirse de sus ingresos brutos para el cálculo de impuestos, hasta llegar a un límite que va de los 14 mil 200 pesos para preescolar hasta los 24 mil 500 para la preparatoria, bachillerato o media superior.

Con esto, la educación se acerca al estado que guardan los gastos médicos y los gastos funerarios, que son deducibles ya, pero no recuerdo que tengan límite alguno. Puesto que tanto la salud como la educación se supone que son obligaciones del Estado, parecería que hacer deducibles los servicios educativos debería haber ocurrido hace mucho tiempo.

Esta decisión tiene varias cosas a favor. Primero, justamente el que se equipare a los gastos médicos. Segundo, que reduce el costo educativo y por lo mismo puede impulsar la demanda. Tercero, que puede ser muy útil para fiscalizar a las escuelas (tendrán que otorgar recibos en forma, y por lo tanto tendrán que declarar impuestos). Esto puede resultar muy importante cuando finalmente se cobre IVA a los servicios educativos, si la idea de reforma fiscal sigue por ese camino.

En contra, el argumento fundamental tiene que ver con la famosa equidad. Al hacer deducibles los servicios educativos se está apoyando a quienes tienen ingresos suficientes para enviar a sus hijos a educación privada, y no pública, de forma que se acaba ayudando a quienes no son los más pobres. En el fondo, este argumento implica que los servicios educativos que otorga el gobierno son, necesariamente, menos buenos que los privados.

De otra forma no se entendería por qué quien puede pagar más optaría por hacerlo. Si ambos servicios fuesen exactamente igual de buenos, y el público es prácticamente gratuito, no tendría sentido para los padres pagar escuelas privadas. Si el argumento de que la deducibilidad beneficia a los menos pobres es cierto, lo es porque la educación pública es menos buena.

En parte por eso, me imagino, hay topes para la deducibilidad. Topes que sin duda serán efectivos, puesto que existen muchas escuelas que cobran bastante más que las cifras que le mencionaba al inicio. Los topes también tendrán la ventaja de impedir que se abuse de las deducciones.

Regreso a los puntos en contra. Fuera del tema de la equidad no imagino ninguna otra queja en contra de la deducibilidad. Y puesto que el tema de equidad no puede sostenerse a menos que se acepte implícitamente una menor calidad en la escuela pública, entonces ya no resulta tan poderoso. Tal vez el argumento podría modificarse aduciendo el carácter redistributivo del gasto educativo.

Esto partiría de imaginar que se da un servicio menos bueno en la educación pública en ciertas regiones menos pobres del país, porque se apoya más a las regiones pobres. El artículo del mismo lunes 14 de febrero de Elba Esther Gordillo en las páginas de EL UNIVERSAL dice lo contrario. Así que tampoco por acá podemos llegar muy lejos.

Resulta entonces que esta decisión de hacer deducible la educación no pudo tomarse antes porque hubiese sido imposible sacarla adelante en el Congreso, pero no por otra razón. Es decir, si en lugar de promulgar un decreto el presidente, su partido hubiese intentado promover la deducibilidad en la Cámara de Diputados, nunca lo hubiera logrado. La razón es precisamente el argumento de equidad al que nos hemos referido, que el PRI habría sostenido contra viento y marea, o si no quiere lugares comunes, contra cualquier argumentación, por más sólida que fuese.

Así lo han hecho con las reformas fiscal, energética, laboral, etc. Son sus creencias y basta con ello. Aunque hay que aclarar que Beltrones aseguró, ayer mismo, que la propuesta de la deducibilidad es del PRI. ¿Qué no gobernaban todo hace apenas unos años?

Si la deducibilidad permite que un grupo de personas decida salir del sistema público y moverse al sistema privado, habremos ganado con ello, porque eso reducirá la presión de demanda sobre la escuela pública, liberando recursos. Pero eso también reduce los ingresos del gobierno, evidentemente. Si educar a un niño o niña en la escuela pública tiene un costo equivalente a los topes que pusieron, entonces el gobierno pierde, cuando mucho, 32% por cada niño que se mueva. Gana el 68% restante en recursos liberados.

Pero como ya tenemos un porcentaje importante de niños y niñas en educación privada, ese costo, digamos, ya no se compensa. Sin embargo, resulta que el porcentaje de niños y niñas en escuelas privadas no es muy grande: según el INEE apenas 9% de los alumnos de primaria, y el 8.3% de los alumnos de secundaria asisten a escuelas privadas.

El porcentaje es muchísimo mayor en preescolar, a pesar de la brillante idea de los legisladores de hacer ese nivel obligatorio hace ya algunos años. En consecuencia, el costo para el gobierno de la deducibilidad será, cuando mucho, equivalente al 3% del gasto total en educación. Con todo, seguiremos siendo el país de la OCDE que más gasta en este rubro.

En suma, la medida de la deducibilidad de la educación tiene varios puntos a favor, mientras que en contra sólo tiene el argumento de equidad, que como veíamos, sólo resulta cierto cuando se asume una calidad inferior en la escuela pública. Y si el problema es ése, pues lo que tenemos que encontrar es una solución para él, y no esconderlo mediante un mayor gasto (que, por cierto, no resolverá el problema por sí mismo).

Sin embargo, la decisión tuvo que tomarse mediante un decreto y no, como debería haberse hecho, a través del Congreso. Nos ahorramos una discusión inútil y los gritos y lamentos de los de siempre. Sobre la calidad de la educación, platicaremos próximamente.

04 Febrero 2011 04:55:42
Sin remedio
En 1995, en medio de una muy profunda crisis económica, el PRI, que todavía controlaba el sistema político mexicano, tuvo que subir el IVA de 10 a 15%, para corregir el grave error cometido por Carlos Salinas y Pedro Aspe, unos años antes, de reducir impuestos en un país que a duras penas cierra sus cuentas públicas. Dos años después, el PRI perdió el control de la Cámara de Diputados, y con ello desapareció el régimen de la Revolución Mexicana.

Desde entonces, ese partido cree que fue el alza del IVA lo que provocó su derrota. Y es que la otra explicación, que ya el país estaba cansado del régimen, y que no los había echado antes porque los votos no se contaban, no la pueden aceptar. Es más, ni siquiera la pueden imaginar.

Este terror a los impuestos, pero especialmente al IVA, jugó su parte en la fallida reforma fiscal de 2003, en la minirreforma de 2007, y la nonata desde entonces. Y hoy reaparece en el PRI de la Cámara de Diputados que de golpe rechaza lo que sus correligionarios del Senado proponían. Es decir que el PRI se ha convertido en el mayor obstáculo a las finanzas sanas.

Puesto que se trata de un miedo cerval, no hay que buscar explicaciones racionales a su comportamiento. Peor aún, de nada serviría explicarles a los diputados del PRI la complicada situación en que se encuentran las finanzas públicas, la presión de gastos producto de las prebendas que ellos otorgaron cuando controlaban todo, o la previsible caída en los ingresos petroleros. Esto lo entienden bien los senadores de ese partido, y por eso su propuesta de reducir la tasa del IVA a cambio de ampliar la base. Una medida económicamente insuficiente, pero políticamente útil, que abre posibilidades al siguiente gobierno. Un gobierno que, por cierto, muchos priístas consideran ya suyo.

Mauricio Merino comentaba el miércoles, en estas páginas, el comportamiento de los partidos explicado precisamente como un tramado de decisiones racionales, lo que es indudablemente una buena manera de interpretar. Hay sin embargo que agregar a la racionalidad estos elementos que no lo son tanto para tener una perspectiva más completa: el terror del PRI al IVA, el rencor de parte de la izquierda, comportamientos que tienen explicación, aunque no sean, en sí mismos, racionales.

Al incorporar estos otros elementos, digamos, no-racionales, descubrimos que tenemos un problema más grande del que muchos creen (no cambia, sino fortalece las conclusiones de Merino). Se piensa que el estancamiento que hemos vivido desde 1997 tiene su origen en la falta de una mayoría en el Congreso, de forma que bastaría con obtenerla (por los votos o por las reglas), para empezar a tomar decisiones que saquen al país del marasmo.

Lo que ocurre con el PRI nos muestra que aún si ese partido tuviera mayoría en el Congreso no podríamos tomar decisiones. Resulta que el PRI no es monolítico. Nos acordamos del PRI anterior a 1997, pero ése no era un partido político, era el brazo electoral de un régimen político autoritario, y eso ya no existe. Si alguien cree que basta con que el PRI (o para el caso, cualquier partido) gane la Presidencia y la mayoría en las cámaras para salir adelante, vea desde ahora que eso no ocurrirá.

Insisto en que el dilema político en que estamos consiste en dos visiones del mundo que atraviesan a los tres partidos principales, de manera que hay en realidad seis fuerzas políticas diferentes, que sin embargo los electores no podemos reconocer. Al votar por el PRI, PAN o PRD, uno puede haber elegido un candidato que quiere modernizar a México, o puede haber elegido a otro que quiere volver a intentar lo que alguna vez funcionó. Y se enterará del tipo de candidato que eligió cuando ya sea demasiado tarde.

Todo indica que, por tercera ocasión, la elección de 2012 consistirá en un referéndum entre lo nuevo y lo viejo. Y si lo “viejo” se asoció en el 2000 con el PRI y en 2006 con Andrés Manuel López Obrador, el año próximo le tocará nuevamente al PRI, específicamente a ese PRI que ocupa la Cámara de Diputados. Quedará entonces claro el grave error estratégico de Peña Nieto en sus alianzas internas.

Lo importante para nosotros, sin embargo, no es la Presidencia, sino el Congreso. Es determinante que podamos identificar a los candidatos que están dispuestos a transformar a México, para votar por ellos. Más allá de los partidos, lo que necesitamos hacer es construir una coalición liberal dispuesta a tomar las decisiones. Antes de que tengamos que hacerlo, como en 1995, en medio de una profunda, muy profunda crisis económica.

http://www.macario.com.mx Twitter: @mschetti

Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
07 Enero 2011 04:52:03
Cambio de época
Los mexicanos solemos atender poco lo que ocurre fuera de nuestro país. Nos encanta mirarnos el ombligo, y llegamos a pensar que los demás hacen lo mismo con el suyo, y hasta con el nuestro. Luego nos sorprende enterarnos de que nadie tiene mucho interés por México, y que lo poco que ven de nosotros es lo espectacular.

Mientras nosotros estamos concentrados en ver cómo se reparte el botín político, las migajas que queden de este país, en el resto del mundo ocurren muchas cosas y, especialmente ahora, se vive un proceso de cambio de la mayor importancia, que haríamos bien en atender.

Como todo el mundo sabe, China ha crecido muy rápido por ya muchos años. Empezó en 1979, cuando Deng promovió un cambio fundamental de orientación en la economía de ese país, que suele describirse con la famosa metáfora del gato: no importa de qué color sea, sino que cace ratones. A partir de entonces, China, guiada por Deng, se convierte en el primer país que abandona el colectivismo, la apuesta antiliberal del siglo XX. Con algunas dificultades al principio, para los años 90, China ya estaba creciendo a dos dígitos, ritmo que ha mantenido por prácticamente 20 años. Recuerda un poco el milagro japonés en la posguerra, o el coreano hacia los años 70. Esos son milagros.

Durante el año pasado, China superó a Japón en tamaño para convertirse en la segunda economía del mundo, y todo parece indicar que, si no ocurre algo verdaderamente extraño, se convertirá en la economía más grande del mundo alrededor de 2025: en 15 años. Estados Unidos dejará el primer sitio que ocupa desde fines del siglo XIX. Es un cambio de época.

Evidentemente, tener una economía grande no significa ser grande. Todavía China se mantiene en una etapa inicial del proceso que Japón y Corea siguieron previamente: manufacturas baratas, de mala calidad, que 10 años después son un poco menos baratas, pero mucho mejores, y una década más y son líderes en calidad, tecnología y precio. Japón vivió ese proceso de 1960 a 1980, Corea con 10 años de retraso. China lo inicia propiamente en el 2000 (cuando la burbuja dot com le abrió el espacio, a costa de México). Van a la mitad.

Para competir en serio por el liderazgo mundial, no basta producir bien, es necesario ser también líderes en las otras dos fuentes del poder: la creación de conocimiento y la fuerza militar. En ambos, China está mucho más atrás de lo que su tamaño económico podría hacer pensar. Pero cada vez menos rezagados.

Desde hace dos años, China ha empezado a cuestionar, en los hechos, el control absoluto de los mares por parte de Estados Unidos. Lo hace cerca de sus costas, pero cada vez más ampliamente, en particular en el mar del Sur de China. Se espera que boten su primer portaaviones en este año, tal vez el próximo, y que puedan producir media docena más en el resto de la década. China es ya el segundo país con mayor gasto militar en el mundo, medido en dólares, aunque todavía muy lejos de Estados Unidos.

En cuanto a la creación de conocimiento, no sabemos muy bien cómo anda China, pero las cuatro ciudades que participaron en el examen PISA en 2009 (Shanghai, Macao, Hong Kong y Taipei, ciertamente no todas exactamente China, por el momento) están en los primeros 10 lugares. Son ciudades, no un país, así que la comparación no es exacta, pero algo indica. Más interesante aún, China registra ya más patentes que Corea y la Unión Europea, y sólo es superada por Japón y Estados Unidos en este indicador, determinante en la creación de valor. Y 60% de las patentes registradas en China son solicitadas por chinos, un nivel 10 puntos superior al de Estados Unidos. Los datos son de 2006.

Finalmente, aunque es totalmente cierto que por encima de un determinado nivel de ingreso por habitante, las presiones democratizadoras suelen crecer, también lo es que los países asiáticos han logrado administrar esas presiones, manteniendo gobiernos más autoritarios que en Occidente sin mayor problema.

Este proceso de cambio será determinante en los próximos 50 años, en muchas dimensiones. Siguiendo el ejemplo de China, muchas naciones se han deshecho de sus creencias colectivistas y también están creciendo muy rápido. Y como la cobija crece más lentamente, habrá quien se quede al aire.

Vale la pena considerarlo.

http://www.macario.com.mx Twitter: @mschetti

Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
04 Enero 2011 05:06:46
Los números del 2011
Empecemos por los números que acertamos: el crecimiento durante 2010 acabará alrededor de 5%, y la inflación ligeramente debajo de ese nivel. En ambos casos nos salieron bien las cuentas. Nos falló, afortunadamente, la producción de petróleo, que estimábamos en 2.4 millones de barriles diarios, y promediará casi 2.6, es decir, 200 mil más de lo que pensábamos hace un año. Gracias a eso, las exportaciones de crudo no son de 900 mil barriles diarios, como habíamos pronosticado, sino de 1.3 millones, porque además de que no hubo una reducción grave en la producción, Pemex ha decidido reducir la producción interna de petrolíferos para mantener las exportaciones elevadas.

El otro elemento del pronóstico que no tuvimos correcto, también afortunadamente, fue la elevación de precios de bienes primarios, que no ocurrió en el transcurso del año pasado, sino hasta el último tercio. Como resultado de estas dos fallas de estimación, el peso está mucho más fuerte de lo que se esperaba. De hecho, inició este año colocándose en 12.25 por dólar.

Para este 2011, las estimaciones de crecimiento de la economía mexicana rondan 3.5%, aunque hay ya muchos que esperan que supere 4%. Esta columna no lo cree así, y nos quedamos con el tres y medio como punto de referencia. Como ocurrió el año pasado, volvemos a colocar como focos de atención la producción de petróleo en México y el proceso devaluatorio del dólar a nivel mundial, que implica la elevación de precios de bienes primarios. Usted dirá que como no le atinamos el año pasado, repetimos porque algún día le atinaremos. No es así, hay razones que explican la insistencia.

Por el lado de la producción de petróleo, en verdad estamos caminando por el borde del precipicio. Nos acostumbramos a extraer de ese recurso el dinero que no producimos, y ahora hay que sacar petróleo literalmente debajo de cualquier piedra, y eso puede hacerse por un breve tiempo solamente. Los datos de noviembre muestran que Cantarell cerrará el año con una contracción superior a 30% en su producción de petróleo (me refiero a Akal, el manto importante del activo Cantarell). Para aminorar el impacto de esa caída, Pemex ha logrado que los pozos adyacentes produjeran más durante 2010, pero desde septiembre la producción de esos pozos también está cayendo. El otro gran activo petrolero, Ku-Maloob-Zaap, alcanzó su máxima producción en el año que acaba de terminar, y no se ve posible que se mantenga en ese nivel durante el actual. En suma, a pesar del gran esfuerzo de Pemex por recuperar todos los pozos posibles y evitar una caída mayor en la producción, para este 2011 volvemos a pronosticar que la producción promediará 2.4 millones de barriles diarios.

Es conveniente comentar la estrategia de Pemex de mantener las exportaciones por encima de 1.3 millones de barriles, a costa de reducir el consumo interno de petróleo, es decir, la producción nacional de petrolíferos. En noviembre tuvimos el consumo interno de petróleo más bajo desde 1984: 895 mil barriles diarios. En consecuencia, tuvimos la mayor importación de gasolina en la historia: 461 mil barriles diarios, 57% del consumo de gasolina en ese mes. De hecho, en 2010 prácticamente la mitad de la gasolina consumida en México vino del exterior, aunque el consumo total del combustible apenas ha crecido. La producción nacional se redujo de 470 a 420 mil barriles diarios promedio, un nivel que no se veía desde 2003. Por eso reitero la importancia de estar cuidando el comportamiento de la balanza petróleo-combustibles durante el año.

En cuanto a los bienes primarios, en el primer día de mercado de 2011 el petróleo se colocó en 92 dólares el barril, el maíz en 250 dólares la tonelada, y el trigo en 300 dólares. Más o menos así empezó 2008: con el petróleo un poco arriba de los noventa dólares, el trigo en 300 y el maíz en 200. El punto máximo de precios, que se alcanzó en el verano de ese año, incluyó un barril de petróleo en 134 dólares, la tonelada de trigo en 400 y la de maíz en 270. Nada muy lejos de lo que se percibe hoy, sobre todo porque la razón detrás de ese incremento en precios, que es la devaluación del dólar, está funcionando nuevamente.

A diferencia de 2008, ahora podría uno pensar en una demanda más controlada, porque ahora no hay ya esas burbujas especulativas de entonces. Pero en realidad, para 2008 las burbujas ya estaban desinflándose, aunque eso no fuese tan claro para todos sino justo en el verano de ese año. Los precios de los bienes raíces iniciaron su caída en verano de 2006, y la construcción en enero de 2007. Es decir que para 2008, si había todavía jalón de demanda, no venía de Estados Unidos. Ni de Europa. El sospechoso usual es ahora China, pero recordemos que ese país no importa cantidades relevantes de maíz o trigo, ni de bienes de consumo. Sí compra, y mucho, bienes de inversión. Es decir, lo importante en el comportamiento de los precios internacionales no es propiamente la demanda, sino la unidad de cuenta: la devaluación del dólar, pues.

Bueno, pues así pinta 2011. No será un mal año en materia económica, pero nos va a tener en el borde de la silla conforme los precios internacionales suban, China tenga complicaciones financieras internas, y empiece a crecer el descontento social en Europa por las medidas de austeridad. A eso tendremos que sumarle nuestras distracciones propias, y tendremos un año muy interesante. Mientras todo eso ocurre, espero que para usted éste sea un año lleno de salud, y con suerte, de bienestar económico. Va a haber, es cosa de que no lo deje pasar.
31 Diciembre 2010 05:00:21
A las causas
México, se supone, se dedicó el siglo XX a acabar con la pobreza y la injusticia, porque para eso hubo una Revolución. Al menos eso dice nuestra fábula. Sin embargo, ya hemos comentado que al celebrar cien años, no hay gran diferencia entre la realidad y lo que la fábula establece como las causas de la lucha armada. No regreso al tema de la Revolución y su régimen, no se preocupe. Más bien me interesa mostrar que los problemas no se resuelven por sus síntomas, sino por sus causas.

Es lugar común que los grandes problemas de México son la pobreza, el desempleo y más recientemente, la violencia. En realidad éstos no son problemas, sino síntomas y por eso no pueden resolverse directamente. La pobreza es resultado de que producimos poca riqueza, y esta poca está muy mal distribuida. El desempleo resulta de una incapacidad productiva, que a su vez es resultado de diversas causas. La violencia es producto de varias deficiencias que podemos resumir como falta de estado de derecho.

Entender la diferencia entre las causas y los síntomas es de la mayor importancia si se quieren resolver los problemas. No hay manera de acabar con la pobreza si no se incrementa la generación de riqueza y se distribuye mejor. Es decir, no hay programas sociales que sirvan de algo (salvo para obtener votos, claro). No hay manera de generar empleos si no se incrementa la productividad. No hay forma de acabar con la violencia sin obligar al cumplimiento de la ley.

A pesar de que esto suena obvio, durante los cien últimos años no hemos querido resolver las causas, sino que nos hemos concentrado en los síntomas. De ahí la multitud de programas sociales que sólo han producido parásitos acostumbrados a vivir del presupuesto; de ahí el despilfarro “generador de empleos” de los años 70 que todavía estamos pagando; de ahí los brotes de violencia que tenemos con cierta periodicidad (fines de los 50, los 70, los últimos cinco años). Observe usted que estos tres flagelos, como les suelen decir, pobreza, desempleo y violencia, tienen en su origen en causas que corresponden a la incapacidad de México de comprometerse con la modernidad. No me refiero a lo moderno como actual, sino a la época iniciada en el siglo XVII en Europa Occidental, que la España de aquel tiempo rechazó. Rechazo que heredamos, a pesar del gran esfuerzo de los liberales del XIX, destruido por la mentada Revolución.

La escasa generación de riqueza, su mala distribución, la falta de productividad y el rechazo a la ley fueron características comunes de todas las culturas, civilizaciones o grupos previos a la modernidad. Es sólo en los últimos tres siglos que los humanos hemos enfrentado esas condiciones por considerarlas inadecuadas. El tránsito de esas sociedades a las modernas, implicó una pérdida para quienes tenían privilegios, pero una ganancia para la sociedad en su conjunto. Bueno, pues eso mismo hay que hacer ahora.

Por eso el camino a la prosperidad pasa por olvidar esas diferencias aparentemente “progresistas” que hacemos con pobres, indígenas, marginados, y demás. Se trata de establecer reglas iguales para todos los mexicanos, frente a la ley y frente al mercado, y el primer paso es reconocernos todos como iguales. Y si es necesario, forzar un piso mínimo de igualdad para ello. Que este 2011 sea un gran año para todos, tal vez el inicio de un país de mexicanos, y no de grupos y comunidades.
17 Diciembre 2010 04:50:31
Arenas movedizas
Pues ya se nos acabó el año. Precisamente el año de los festejos, de Centenario y Bicentenario. Ah, y de una década sin el PRI. Se acaba igual que todos, o un poco peor, si consideramos que no logramos salir de la inercia que nos va hundiendo poco a poco. Cerramos el año sin poder designar dos consejeros del IFE y un ministro de la Suprema Corte; sin reforma laboral, que ya ni se presentó; sin reforma de competencia, atorada de forma inusual; lo dicho, la inercia, las arenas movedizas en las que todos los esfuerzos lo único que hacen es hundirnos más.

Insisto en una tesis que mantengo desde hace muchos años: el problema es la ausencia de un régimen político en México. El anterior, el régimen de la Revolución, terminó su existencia en septiembre de 1997, cuando pudo instalarse una Cámara de Diputados sin mayoría del PRI. Desde entonces, las reglas y valores que regulaban el acceso, uso, distribución y abandono del poder, dejaron de tener consenso. Y ésa es la definición de un régimen político. Desde entonces, el Presidente ya no es la piedra angular de un sistema corporativo construido alrededor del nacionalismo revolucionario. Desde entonces hemos tenido que utilizar las leyes sólo para comprobar que no tienen ningún sentido, que la Constitución no sirve y que el tramado institucional que tenemos no permite tomar decisiones, ni procesar conflictos.

Se puede argumentar que el nacionalismo revolucionario fue abandonado antes, pero es una discusión nada sencilla. De lo que no parece haber duda es que después de 1997, efectivamente, ya no hay un consenso entre los actores del poder, ni sobre los valores básicos, ni sobre las reglas entre ellos. Bajo el régimen de la Revolución había un discurso coherente, justiciero y populista que daba cobertura a un sistema político profundamente autoritario, que concentraba el poder en el presidente de la República, jefe de gobernadores, Legislativo y Judicial, jefe también de sindicatos, centrales campesinas y organizaciones empresariales, último tomador de decisiones del poder económico, coercitivo y persuasivo del país. Monarca temporal.

Desde 1997, el Presidente ya no es sino lo que la Constitución dice, y ahora sabemos que no dice nada claro, a juzgar por el número de controversias constitucionales que enfrentamos cada año. Desde entonces, los actores se han independizado: ya no hay jefe del Congreso, ni de la Suprema Corte, ni de los gobernadores. Las viejas corporaciones (sindicatos, centrales, empresarios) hoy son “poderes fácticos”, como gustan de llamarles. Cada grupo intenta mantener los privilegios heredados del viejo régimen y, de ser posible, incrementarlos. Sin reglas claras de cómo procesar estos conflictos, la relación social se deteriora paulatinamente.

Es ya lugar común culpar a los políticos del estancamiento, despreciarlos, pero esto no sólo es injusto e inútil, es equivocado. Un régimen político es, en el fondo, un acuerdo de los actores del poder acerca de cómo procesar sus conflictos, de cómo administrar el poder mismo. Sólo una parte de ellos son políticos profesionales, otros son líderes sindicales o campesinos, otros más son empresarios, y unos más detentan el poder persuasivo: medios, academia, iglesias, grupos colegiados. Todos ellos, unos más que otros, colaboran en el deterioro: buscando incrementar su cuota de privilegios, nos hunden más en las arenas movedizas.

Si bien la formalización del acuerdo corresponderá a los políticos profesionales, su construcción ocurrirá, si ocurre, fuera de la esfera de la política. Si no logramos que los sindicatos y centrales campesinas se democraticen; si no logramos que los empresarios compitan; si no logramos que medios y académicos superen sus limitaciones mentales, no habrá políticos que puedan transformar a México.

Los periodos de interregno, como se suele llamar a estas etapas sin reglas claras, tienen sólo dos formas de terminar. Una es mediante una restauración autoritaria, no necesariamente del viejo régimen, pero sí de una versión renovada de él; la otra es a través de una consolidación democrática, gracias al acuerdo básico de los actores del poder, que coinciden en ese método para procesar sus conflictos.

Después de 13 años, empieza a parecer imposible que este acuerdo ocurra de manera espontánea. Necesitará un detonador, que no puede ser otro que una profunda crisis económica. Cuando ésta ocurra, ya tendremos otra fecha para los festejos seculares. Una vez más, México festejará sus derrotas.

http://www.macario.com.mx Twitter: @mschetti

Profesor de Humanidades del ITESM-CCM


07 Diciembre 2010 04:04:34
No se cae
El indicador consiste en una cifra que se encuentra entre cero y 100 unidades, que apunta a un crecimiento industrial cuando supera los 50 puntos, y a una contracción en caso contrario. El IMEF ha construido este indicador para México, y existe desde enero de 2004, con un desempeño bastante bueno.

En los últimos meses, el IMEF estimaba que la actividad económica (o más específicamente, industrial) presentaba señales de desaceleración. Después de un par de meses muy buenos en marzo y abril, desde mayo el indicador se mantenía por debajo de los 54 puntos, y el dato de septiembre llegaba ya a los 52.5.

En octubre hubo una pequeña mejoría (53.2 unidades), pero ahora el dato de noviembre resulta espectacular: 54 puntos. De hecho, el IMEF titula su boletín con la frase: “la economía muestra un dinamismo inesperado”. Es decir, en contra de lo que parecía ya una tendencia al estancamiento, hay señales de que noviembre fue un mes fuerte.

Esta buena señal coincide con lo que el reloj económico de INEGI apunta en su último dato, que es al mes de septiembre, en donde el indicador coincidente estaba en terreno de expansión, como lo había estado desde junio, pero ahora también el indicador adelantado regresó a esa área, después de haber pasado varios meses (también desde junio) en el espacio de desaceleración. Y aunque no tenemos el dato aún de octubre en este indicador adelantado (porque falta aún el tipo de cambio real), todo indica que estaremos también en ese mes en terreno de expansión.

Para el indicador coincidente, hay sólo tres de seis datos para el mes de octubre, pero todos positivos, y los tres que faltan (actividad industrial, actividad económica, y ventas al menudeo) muy probablemente serán igual de positivos. Para noviembre no hay todavía ningún dato, por eso el indicador del IMEF resulta pertinente. Si bien no nos indica el comportamiento de toda la economía, sino sólo de la industria, es de gran ayuda para confirmar la otra información que INEGI aporta en su indicador coincidente.

Con esta información, prácticamente ya terminando el año, me parece que es ya un hecho que el promedio de crecimiento en el año superará los 5 puntos, así sea por una centésima. Un muy buen crecimiento que si bien no anula por completo la caída del año pasado, de más de 6 y medio, nos acerca un buen trecho en esa recuperación. De confirmarse el próximo año el crecimiento de 3.5% que estiman los menos optimistas (incluida esta columna), para mediados de año habremos ya recuperado la actividad económica que teníamos en 2008.

Para los que gustan del vaso medio vacío, esto significa tres años perdidos, y con el crecimiento poblacional que tenemos ahora (porque, como sabemos, hubo 4 millones más de mexicanos que no esperábamos), el ingreso por habitante estará todavía por debajo del máximo alcanzado en 2007. Efectivamente, así será.

Este comportamiento positivo de la economía (que no hace milagros, y por eso nunca se llena el vaso), es percibido por la población de forma que la confianza del consumidor se encuentra en niveles de 90 puntos, que no se veían desde mediados de 2008, cuando empezó a percibirse la inminente crisis, y la confianza de los consumidores se desplomó de los niveles superiores a cien puntos que se veían desde 2005.

La confianza del productor, en cambio, se encuentra en 102 puntos, un nivel que nunca antes había alcanzado (el indicador existe desde 2004, tampoco es tan antiguo).

Es decir que si bien los consumidores ven las cosas bien, los productores las ven con mucho más optimismo.

Y ese optimismo tiene fundamentos, como lo muestra la información de INEGI e IMEF que hemos visto, pero también tiene efectos, en el sentido de incrementar las posibilidades de inversión frente a un futuro que se percibe mejor que el presente.

Indudablemente, la economía mexicana tiene muchos problemas, y muchos obstáculos que nos impiden crecer como deberíamos. También es cierto que, sin importar el nivel del crecimiento que alcancemos, habrá quienes no cosecharán, y habrá quienes no podrán mejorar su nivel de ingreso. Por eso siempre puede despreciarse cualquier buena noticia con el argumento de que es insuficiente. Pero después de una crisis global como la de 2009, y frente a las tragedias que están sufriendo países como Grecia e Irlanda, no me parece nada malo lo que está ocurriendo en México. Incluso en comparación con Estados Unidos, que no logra reducir su desempleo, las cosas van bien en nuestro país.

Ahora, si queremos que vayan mejor, pues habría que tomar las decisiones necesarias para ello, que en muchas ocasiones hemos descrito aquí. Así que, para los que prefieren el pesimismo y la negatividad, enmascaradas de realismo, habrá mucho en los siguientes años para que “llenen su tenatito”. Para los demás, que preferimos ver lo positivo y enfatizarlo, tal vez haya menos. Pero lo que haya, se lo platicaré con gusto.
18 Noviembre 2010 04:08:32
Un presupuesto en serio
De hecho, se terminó el proceso por la mañana del martes, después de una maratónica sesión debido a cosa de 80 “reservas” que hicieron los diputados del decreto de Presupuesto.

De esas reservas, la más importante, en recursos y en recto político, fueron los 4 mil 400 millones de pesos que la CNC reclamaba desde el viernes. Por eso no pudieron los diputados terminar el sábado e irse a descansar. Pues a pesar del retraso, y de las presiones de la CNC, los millones no les llegaron. Así, la apuesta que hacía esta columna el martes fue errada. Afortunadamente.

Es interesante notar que los diputados discutieron y negociaron la asignación de cerca de 100 mil millones de pesos, que sin duda es mucho dinero, pero que en comparación con el Presupuesto, no pinta. Éste suma 3.5 billones, de manera que los cien mil millones reasignados representan apenas 3% del total, menos de 1% del PIB.

Visto al revés, 97% del Presupuesto ya ni se discute, nomás se aprueba. A lo mejor no está tan mal que sea así, porque si con el 3% tardaron tanto en ponerse de acuerdo, no les alcanza el año para resolver el cien por ciento. Fuera de broma, el que no haya discusión acerca de 3.4 de los 3.5 billones no es buena cosa. Si bien hay que celebrar que la CNC no se haya llevado esos 4 mil 400 millones que servirían para control clientelar, hay que recordar que el PEC de campo y desarrollo sustentable supera los 260 mil millones de pesos, 60 veces más dinero.

Otra vez, no estoy seguro de ello, porque no tenemos mediciones de todo, pero buena parte de lo que se gasta en esos rubros no es otra cosa que subsidios. Transferencias de recursos de parte de todos los mexicanos a ciertos grupos, ya sea porque tienen hectáreas que alguna vez sirvieron para sembrar granos (como en Procampo), o porque viven en áreas rurales (Alianza para el Campo), o por lo que sea. La pertinencia, justicia o eficiencia de esas transferencias no se discute, y vía Sagarpa, transferimos 50 mil millones de pesos a esos grupos. Otra vez, a lo mejor así debe ser, pero a lo mejor no, y no lo discutimos.

Sobre Procampo se han presentado ya varios estudios que muestran claramente que, si éste es un programa de desarrollo social, es regresivo. Le entrega más dinero a los más ricos, o menos pobres. Ahora bien, si este programa no es de desarrollo social, sino de índole productiva, entonces estamos tirando la mitad del dinero, al entregarlo a unidades de producción muy ineficientes. Tal vez deberíamos desaparecerlo y crear dos programas diferentes: uno para promover la producción (subsidiando, como se hace en muchas partes del mundo), y otro para compensar la pobreza rural.

Y, para no seguir con lo rural, habría que hacer algo similar con otros rubros del presupuesto. Por ejemplo, determinar de una vez por todas cuántos maestros realmente existen y cuánto cobra cada uno. No olvidemos que, aunque suene extraño, los maestros no cobran su sueldo vía cheque o transferencia bancaria, se les sigue pagando en sobre. Y, adivino, es el SNTE el que los reparte.

O vayamos al espacio paraestatal. Pemex produce apenas 2.5 millones de barriles diarios, más o menos lo mismo que Petróleos de Venezuela, PDVSA, pero lo hace con el triple de empleados. Y no estoy comparando con las petroleras del imperialismo, sino con la del prócer del populismo, y mire, somos tres veces menos eficientes.

Éstas son las discusiones presupuestales que hay que dar, pero que es imposible que ocurran en los dos meses que tradicionalmente se ocupan para el presupuesto. Son discusiones de fondo, que requieren mucho más tiempo, pero sobre todo mucha más decisión. Los simples siempre se quejan de lo que gana el presidente, o los secretarios, como si eso fuese relevante en términos del presupuesto. No es así. Se puede discutir si sus sueldos son altos o bajos comparando responsabilidades con otros gobiernos, o con organizaciones del mismo tamaño en el sector privado, pero es otro tema.

Finalmente, tenemos que discutir el papel de los gobiernos locales. Se trata de un asunto que supera el ámbito presupuestal, pero que lo determina. Como bien decía Ezra Shabot el lunes en estas páginas, no hay forma de pedir a la población un mayor esfuerzo fiscal si antes, o al mismo tiempo, no establecemos controles en el ejercicio del gasto. Controles serios, que empiezan por tener una contabilidad homogénea en las entidades federativas, que siguen por tener métricas para los diferentes rubros, transparencia en el ejercicio del gasto, y terminan en sanciones severas, realistas y reales.

Todo eso hay que resolver, porque lo que tenemos sigue siendo pura inercia de los presupuestos que nos heredó el viejo régimen, que ya no existe, y cuya lógica ya no tiene sentido en el México actual. Y se trata de una discusión de muchos meses, que seguramente no ocurrirá antes de la elección de 2012. Tengo la impresión que, para entonces, discutiremos bajo mucha presión. Pero tal vez sólo así se tomen las decisiones difíciles.

21 Octubre 2010 03:19:42
Más de la clase media
La esencia del pequeño, pero muy ilustrativo trabajo de De la Calle y Rubio es que hoy en México tenemos una clase media que, si hacemos caso a lo que la gente misma piensa, alcanza 80% de la población. Para no quedarnos sólo con lo que nos dicen estos autores, comparamos el martes su información con trabajos más cuantitativos, publicados por el PNUD, y concluíamos que la medición de quién es clasemediero y quién no depende, obviamente, de la definición de este término, que no es nada claro. Usando sólo el ingreso de las personas, las mediciones de la clase media pueden ir de poco más de 30% a poco más de 60% de los mexicanos. En cualquier caso, también estos estudios del PNUD indican que ha habido un crecimiento notable en la clase media en México de inicios de los 90 en adelante.

Más a favor de este crecimiento en la clase media lo aporta el trabajo de Gerardo Esquivel publicado en el volumen Declining Inequality in Latin America: A Decade of Progress? editado por Luis Felipe López Calva y Nora Lustig y publicado por la Brookings Institution. En el capítulo dedicado a México, que escribe Esquivel, la conclusión es bastante sólida: la desigualdad en México se ha reducido de mediados de los 90 en adelante. Las razones: una mejora en la relación salarial entre trabajadores calificados y no calificados, sumada a un incremento notorio en transferencias: remesas, Procampo y Oportunidades.

Es decir, los argumentos de De la Calle y Rubio soportan perfectamente el análisis metódico y cuantitativo. La evidencia dura económica indica que efectivamente hay un incremento en la clase media durante las últimas dos décadas, y en donde hay controversia es en la cantidad de personas que podemos calificar como clasemedieros, nada más. Uno podría decir que ése es el centro de la discusión, pero no es así. El centro del análisis de De la Calle y Rubio es que hoy vivimos en un país diferente, mucho más de clase media que en cualquier época anterior. Y eso, precisamente, es lo mismo que concluyen los trabajos más técnicos que hemos analizado.

Pero De la Calle y Rubio presentan mucho más información que el puro dinero, porque ser de clase media no es un asunto financiero, sino de consumo, que no es lo mismo. Si alguien se considera de clase media, actuará muy diferente de si se ubica a sí mismo en otro grupo social. La clase media, me parece, es más un asunto aspiracional, que implica un patrón de consumo muy diferente al de otros grupos sociales. Y esto incluye las ofertas políticas que los clasemedieros van a comprar.

El cambio en el consumo es brutal, lo decíamos el martes: ahora 80% de la población vive en casa propia, gracias en parte a que hoy tenemos más de 20 veces más créditos hipotecarios que en los 70. Y las casas en que vivimos los mexicanos son mucho mayores. Hoy 52% de la población vive en casas de 3 o más habitaciones; en 1960 esa proporción no llegaba a 20%. En otras palabras, la mitad de los mexicanos que nacieron en una casa de uno o dos cuartos tiene hoy una casa mayor para su familia. ¿Hay o no avance?

Y las viviendas no sólo han mejorado en tamaño, sino en calidad de vida. De 1970 a la fecha, las casas con drenaje han pasado del 32 al 86%; con agua corriente, de 59 a 93%, y con electricidad, de 42 a 98%.

Hoy hay cinco veces más autos en circulación que a inicios de los 80. Y esto nos ha complicado la vida con la importación de gasolina, por cierto, y con el tráfico, pero el cambio es también muy importante. En 1980 había un auto por cada 17 habitantes, hoy hay uno por cada cinco.

En nada más 15 años, la superficie de ventas en las tiendas ha pasado de 4.7 a 17.4 metros cuadrados por habitante, y las tiendas departamentales han crecido 44% en los últimos diez años. Con todo y crisis, hay más espacio para el comercio, pero también para el entretenimiento, que ha pasado de 218 establecimientos de espectáculos públicos en 1991 a 735 en 2007: se multiplicaron por más de tres veces en tres lustros.

Y en telecomunicaciones y cómputo, el cambio ha sido mucho mayor, evidentemente. Hace veinte años había 7 líneas telefónicas por cada cien habitantes, hoy hay 92. Las computadoras con acceso a Internet han pasado de 3 a 6 en menos de diez años; la televisión de paga ha crecido tres veces en menos de 15 años.

Como le busque uno, no hay salida: México tiene hoy muchas más personas en clase media, como la quiera uno definir, que en cualquier época pasada. Si les pregunta uno a ellos, 4 de cada 5 dirán que son clase media. Si les pregunta a los economistas, dirán que sólo 2, tal vez 3, deberían clasificarse ahí. En cualquier caso, esa clase media era mucho menor hace 20 años, y todavía mucho menor hace 40. Pero, como lo hemos comentado en otros espacios, buena parte de los políticos y los opinadores no se han dado cuenta de ese cambio, y creen que el país sigue siendo el mismo de los años 70 o tal vez de los 80.

Pues resulta que no, que ni siquiera somos parecidos al México que entró al TLC. Y para todos los que insisten en los graves costos de ese acuerdo, ahí están los datos que indican exactamente todo lo contrario: México ganó muchísimo con el TLC, empezando por una clase media mucho mayor.

El que no entienda lo que Luis De la Calle y Luis Rubio explican en “Clasemediero”, se llamará a sorpresa con los cambios que viviremos los próximos dos años. Así que más vale ir leyendo…

15 Octubre 2010 03:58:24
Incapaz de decidir
Las reformas necesarias para transformar a México en una economía muy exitosa son muy claras. Es necesario terminar con los privilegios que impiden el uso adecuado de los recursos con que contamos. Pero esos privilegios los tienen grupos que los recibieron a cambio de sostener al régimen autoritario que nos gobernó durante el siglo XX, y no están dispuestos a soltarlos así nada más.

El único que puede terminar con esos privilegios es el mismo que los otorgó: el Estado. Sin embargo, el Estado actual no es el mismo de antes. En tiempos del régimen de la Revolución era monolítico, centrado en la figura presidencial, y estructurado mediante corporaciones. Hoy no existe la concentración de poder, ni en una persona, ni en un grupo, de forma que el Estado no tiene la fuerza para imponer cambios a los grupos privilegiados.

Para lograrlo, sería necesario que ese Estado concentrara el poder mediante la negociación entre los grupos que hoy lo tienen distribuido: el Presidente, el Congreso, los gobernadores. Esto, sin embargo, ha sido imposible desde 1997, es decir, desde que el poder se dispersó.

En grandes números, el PRI es el factor más importante en este poder distribuido. Tienen un poco más de la mitad de las gubernaturas, y así ha sido en todo el periodo de dispersión. Han mantenido, también desde entonces, cerca de 40% de las curules del Congreso, y han bloqueado las reformas que podrían liberar las fuerzas de la sociedad, fortaleciendo a los grupos privilegiados. Esto requiere una explicación.

La evidencia de que las reformas son no sólo necesarias, sino urgentes, es abrumadora. El impulso que nos dio el TLCAN, y que nos ha permitido sobrevivir, se terminó a mediados del gobierno de Fox. Desde entonces, estamos estancados mientras el resto del mundo avanza. En términos relativos, nos rezagamos, y muy rápido. Si sumamos a ello que el gran proveedor de recursos, el petróleo, difícilmente aportará dentro de un par de años, la situación es grave. Sólo quienes ven el mundo a través de creencias no perciben esta situación.

Si es claro que requerimos modificar a fondo la cuestión fiscal, laboral, energética, de competencia, educativa, la pregunta entonces es por qué el PRI se ha opuesto a ello. Sin duda entienden la urgencia, así que hay algo más que los detiene. Imagino tres hipótesis.

Primera: reformar hoy implicaría un costo político para el PRI y una victoria para el Presidente, que podría trasladar, al menos en parte, al PAN, poniendo en riesgo el regreso del PRI a Los Pinos. Segunda: como se acostumbra en política, si no hay necesidad de decidir, hay que posponer. El PRI no sabe qué puede impulsar y qué no, de forma que deja todo para después de 2012, cuando espera estar en Los Pinos, y entonces priorizar. Tercera: reformar implica romper con los grupos creados desde el régimen de la Revolución, matriz del PRI mismo, de forma que sería un suicidio.

La primera hipótesis implica que después de 2012 tendríamos reformas en México, ganase o no el PRI la Presidencia, puesto que aun perdiendo ya no tendría sentido oponerse. La segunda es parecida, pero con la desventaja de no saber cuáles reformas podrían impulsarse. La tercera es el intento de restauración autoritaria que tanto preocupa.

Tengo la impresión de que al interior del PRI, estas tres hipótesis son una realidad. Hay, detrás de ellas, grupos políticos enteros. Puesto que la segunda hipótesis no es otra cosa que una indecisión entre la primera y la tercera, esto implica que el PRI está dividido en dos grandes grupos: el que quiere reformar y el que quiere regresar. Sin ser un espejo, la división entre senadores y diputados coincide a grandes rasgos con estas hipótesis. Y porque así ha sido la historia reciente, cada hipótesis no sólo tiene su fracción parlamentaria, sino su candidato.

En otras ocasiones hemos descrito a la sociedad entera, decidiendo entre estas dos opciones: cambiar o regresar. Quienes están convencidos de que en el siglo XX fuimos un fracaso, quieren terminar con lo que nos llevó hacia allá: los privilegios de los grupos. Quienes están convencidos de que ese camino, el nacionalismo revolucionario, sigue vigente y es correcto, quieren terminar con los muy pequeños cambios que ellos llaman “neoliberales”.

Ya vivimos este enfrentamiento en 2006, pero no logramos que ahí terminara. Lo vamos a tener que resolver en 2012, porque el partido político más grande ha resultado incapaz de decidir qué quiere. Tal vez porque no es, ni nunca fue, un partido político.

http://www.macario.com.mx Twitter: @mschetti

Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
28 Septiembre 2010 03:01:44
La posguerra
Comentamos la semana pasada los treinta años de estancamiento que siguieron a la salida de Porfirio Díaz, que terminaron hacia fines de los años treinta. Ahora veamos los treinta años de crecimiento, desde 1940 en adelante.

Hubo varias razones para crecer, una de ellas que ya llevábamos mucho de estancamiento. Pero hay otras más importantes. Una viene del exterior: la gran demanda que provocó la II Guerra Mundial, que no pudimos aprovechar por completo, pero que sí nos ayudó a iniciar una etapa de crecimiento que después será mejor, en la posguerra, gracias al acuerdo internacional conocido como Bretton Woods, el balneario de montaña en donde se firmó. Este acuerdo tuvo como resultado la creación del Banco Mundial (entonces llamado diferente) y el Fondo Monetario Internacional. Había la intención de crear también una organización internacional de comercio, pero esto no pudo lograrse ya que los latinoamericanos nos opusimos. Finalmente, Estados Unidos creó por su cuenta el Acuerdo general de aranceles y comercio (GATT), que después se transformó en la Organización Mundial de Comercio, OMC.

Pero además de estas organizaciones, lo que Bretton Woods logró fue un acuerdo financiero internacional que mantuvo estabilidad financiera en todo el mundo occidental durante un cuarto de siglo, dando como resultado la mejor época en la historia económica mundial. América Latina aprovechó algo de eso, pero no tanto como hubiese podido si en lugar de experimentar con una nueva versión de mercantilismo (sustitución de importaciones, le llamamos), hubiésemos entrado de lleno a la competencia.

Pero algo logramos. México, por ejemplo, logró crecer prácticamente al 3% anual por habitante en esos años, que es exactamente lo mismo que creció el mundo entero. Por eso no es buena idea llamar a esos años “milagro económico”, porque apenas si logramos alcanzar el promedio mundial.

Las razones internas de ese crecimiento tienen que ver con los treinta años de estancamiento previo, como hemos dicho, pero también con los recursos ociosos con que contábamos. No debemos olvidar que en 1911 México era el país más industrializado de América Latina, y que la Revolución no destruyó ese capital instalado, de forma que todavía 30 años después había capital para crecer. Más importante aún, teníamos mucho terreno disponible para sembrar, porque no habíamos poblado el país entero.

Entre 1940 y 1970, el crecimiento de las hectáreas sembradas en México es de 3% anual, en promedio, mientras la población crecía al 2.7% cada año. Adicionalmente, el capital instalado crecía al 3.5% cada año. Este crecimiento muy parejo de las tres variables nos da como resultado que el ingreso por habitante crecía al 3% cada año. Para comparar con las tres décadas previas, entre 1910 y 1940 las hectáreas sembradas crecían apenas 0.7% anual, el capital creció cero, y la población al 0.3% anual. El resultado, un crecimiento del ingreso por habitante de 0.3% anual.

Desafortunadamente, para 1965 nos habíamos acabado el terreno, y de entonces en adelante no hemos podido añadir más hectáreas (hay 22 millones de hectáreas cultivables en México, de las casi 200 millones de territorio). En esos años, la economía debió haber tomado un camino diferente, pero el régimen de la Revolución, que necesitaba ese crecimiento para mantener su control sobre las corporaciones que lo sostenían, optó por crecer con base en endeudamiento. De 1965 a 1982 la deuda externa de México pasa de 2 a 80 mil millones de dólares, mientras que el PIB crece de 21 a 250 mil millones de dólares. La deuda se multiplicó por 40 mientras la economía lo hacía por 10. En 1982, todo se vino abajo.

De hecho, mientras que el crecimiento de 1940 a 1970 puede entenderse como algo “sano”, en tanto que se van utilizando recursos ociosos que permiten producir más, de 1970 en adelante lo que se hace es totalmente absurdo. Sin embargo, incluso entre 1940 y 1970 no hay crecimiento en la productividad en México. Producíamos más porque éramos más personas, con más tierra y más capital, pero no por ser más productivos. Así, cuando la tierra ya no crece, el crecimiento de la economía se tuvo que reducir. Para evitar esa caída en el crecimiento es para lo que se contrata deuda, pero eso no genera productividad, y ni siquiera un crecimiento que compense la deuda. Como es evidente por los datos, la deuda crece 4 veces más rápido que la economía, y nadie aguanta esos ritmos por mucho tiempo.

Es importante que quede claro que aún en el mejor momento de crecimiento económico en México la productividad no crecía. Y es importante porque el único crecimiento verdaderamente útil es el que está basado en la productividad. Si hoy tenemos problemas para incrementar la productividad, no es porque sea un asunto de los últimos diez años, o de los últimos veinticinco: es algo que ha ocurrido, al menos, desde 1910, como los datos lo evidencian.

El jueves que termina el mes, terminamos nuestra revisión de la historia económica retomando un poco de los años setenta, y las crisis que vinieron después. Y podremos entonces regresar a los temas de coyuntura, que dejamos fuera para aprovechar los festejos del bicentenario.
19 Agosto 2010 03:23:31
La gran transformación
El martes comentaba con usted acerca del empleo y los jóvenes, y concluíamos que, entre otros factores, hay un desfase entre lo que requieren las empresas y lo que las escuelas enseñan

El lunes, en el blog Economía 2.0, le presentaba datos acerca de la velocidad a la que avanza el procesamiento de información, y de cómo muchos de los efectos de esa transformación no los estamos entendiendo. Entre ellos, el desempleo estructural que provoca. Hoy permítame robarme el título de un famoso libro para combinar ambos temas: La gran transformación (Karl Polanyi), aunque sólo será el título.

Empiezo por recordar que los seres humanos tenemos cierta predilección por los negros futuros. A cada rato sale alguien anunciando el fin del mundo. Hace siglos, esas predicciones tenían que ver con el enojo de algún dios, pero como no hay dios, pues no hubo enojo y no se acabó el mundo. Más recientemente, digamos en los últimos dos o tres siglos, las inminentes tragedias se asocian al progreso: provocará escasez de alimentos (Malthus), provocará grandes revoluciones (varios socialistas utópicos), y nuevamente, hace apenas cuarenta años, provocará escasez de alimentos (Ehrlich, Club de Roma). El caso es que tampoco se ha acabado el mundo. Es más, lo que se va acabando es la pobreza, aunque todavía nos falte mucho para eliminarla por completo.

Si bien las amenazas del fin del mundo en la época antigua no tenían base alguna, las más recientes han sido resultado de la preocupación de personas inteligentes, con sólidos conocimientos de la ciencia existente en ese momento. Así fue como Malthus calculó que no se podría alimentar a una población que crecía rápidamente, por ejemplo. No consideró la posibilidad de que la producción de bienes pudiese ser muy diferente a la que él conocía, y con ello suficiente no sólo para alimentar mejor a la población de entonces, sino a la actual, que es seis veces mayor.

Prácticamente todas estas negras profecías resultan de pronosticar con base en el comportamiento pasado. Como usted se imaginará, en realidad no tenemos más que el pasado para hacer cualquier pronóstico, pero es precisamente para eso para lo que sirve la teoría. Sin ella, el pronóstico no es más que prolongar el pasado. Con ella, podemos entender la dinámica del cambio, y entonces pronosticar un poco mejor. Así ocurrió con los pronósticos del fin del mundo para el año 2000, hechos en los 60, y creo que así pasará con las negras profecías del cambio climático. Lo que no quiere decir que el tema no sea de la mayor importancia, sino sólo que, además de lo que ha pasado, tenemos que considerar las decisiones que se pueden tomar.

Todo esto tiene que ver con el tema del empleo y los jóvenes, porque precisamente el mundo del futuro se construye desde hoy. Y es en ese mundo en el que estos jóvenes van a vivir. Sin embargo, así como predecimos simplemente prolongando lo que vivimos, así hacemos con los jóvenes: les enseñamos a hacer lo que nosotros hicimos. O peor, lo que aprendimos, que es lo que vivieron algunas personas antes que nosotros. Y luego nos sorprendemos de que no encuentren empleo.

Si los humanos hemos logrado sobrevivir, si hoy tenemos el mejor nivel de vida de toda la historia de la humanidad, es precisamente porque hemos logrado hacer las cosas cada vez mejor. En términos económicos, somos mucho más productivos. Pero ese hacer mejor las cosas significa hacerlas, cada vez, ligeramente diferente. Y los que resultan más productivos en ese ambiente ligeramente diferente son los más exitosos. Si le suena parecido al mecanismo de la evolución, le suena bien.

En un ambiente de profunda competencia entre diferentes formas de producir, la más exitosa sobrevivirá, en tanto ese ambiente se mantenga. Cuando cambie, muy probablemente será otra forma la exitosa, y así continuaremos. Con un poco de suerte, eternamente.

Pero si nosotros nos aferramos a formas de producir que ya no están en su ambiente nos condenamos nosotros mismos a la extinción. No en el sentido absoluto de la naturaleza, pero sí a una mediocridad que usted puede constatar nada más viendo por la ventana. Si México le parece mediocre, ahí tiene usted la respuesta.

Hoy podemos alimentar a casi 7 mil millones de seres humanos porque tenemos mejores semillas (incluso modificadas genéticamente), porque tenemos sistemas de información y transporte más eficientes, y porque tenemos mercados financieros que reducen los riesgos para los productores. A cambio, hay riesgos en la reducción de diversidad en las semillas, en el costo del combustible para el transporte y en el uso de los mercados financieros para especulación. El resultado neto, sin embargo, es profundamente positivo.

El ejemplo puede ayudar a entender la diferencia importante con el pasado: hoy el valor agregado de un producto se reparte en muchos mercados: financiero, informático, logístico, biotecnológico (o nanotecnológico). Más importante aún, hoy vivimos una incertidumbre distinta. Hasta hace cien años, la duda era si habría comida para el año siguiente. Hoy la duda es si seremos competitivos mañana. Hace cien años, frente a esa duda no había nada que hacer, la naturaleza decidía. Hoy, frente a la nueva duda, todo está en nuestras manos.

Pero eso significa que se requieren personas muy diferentes a las de antes. Ya no es muy útil contar con personas que buscan empleo, sino con personas que buscan generar valor. No sirve mucho tener personas que saben hacer algo, sino personas que saben aprender. En verdad es un mundo muy diferente, aunque el cambio haya sido tan paulatino que no lo notamos.
12 Agosto 2010 03:36:26
Forzar la recuperación
Comentábamos el martes acerca del ahorro y el crecimiento. Así como cuando usted ahorra deja de consumir, así la economía en su conjunto, cuando ahorra, deja de crecer. No es el ahorro lo que impulsa la economía, al contrario, la detiene

Lo que promueve el crecimiento es la inversión, y el ahorro puede convertirse en inversión, pero puede no hacerlo. O puede transformarse en malas inversiones, y resultar un despilfarro.

Puesto que el ahorro reduce el crecimiento, si dejamos de ahorrar vamos a crecer más. Se trata sin duda de un crecimiento “artificial”, en el sentido que ocurre porque cambiamos nuestra forma de consumir, haciéndolo en el presente en lugar de en el futuro. Dicho de otra forma, cuando una economía crece porque la gente deja de ahorrar, lo que está ocurriendo es que se crece hoy a cambio de dejar de crecer en el futuro. Y cuando este crecimiento a través de menos ahorro ocurre rápido y dura algunos años, el resultado es siempre una profunda recesión.

En México, esto nos pasó en los primeros años de los 90. Después de una década espantosa, en 1989 parecía que México se convertía en una nueva estrella entre las economías emergentes. Ya habíamos logrado reducir la inflación a niveles manejables, casi sin costo en crecimiento y empleo; el dólar por fin se estabilizaba; y mejor aún, habíamos abierto nuestras fronteras desde 1986, de forma que miles de productos que no conocíamos se podían encontrar, literalmente, en cualquier esquina.

Para quienes no vivieron ese momento, vale la pena recordar cómo en la década de los 80 vivimos en México la falta de algunos productos básicos. Hubo años en que no había azúcar, y otros en que no había leche. Llegamos incluso a no tener pasta de dientes, porque no se podía importar el estaño para hacer los tubos de aquel entonces. Si no había productos básicos como éstos, mucho menos podía uno comprar bienes de lujo como televisiones de color, refrigeradores de dos puertas, lavadoras y secadoras, aparatos de sonido. Teníamos cinco marcas de autos, cada una con tres o cuatro modelos, y eso era todo.

Cuando la inflación se controló y la apertura empezó a funcionar, para 1989, ocurrió un fenómeno muy interesante. Había personas que iban a la frontera, compraban los productos que arriba le mencionaba, y los ponían en su cochera a la venta. Uno se encontraba en cualquier calle con una cochera en que había dos o tres televisiones, un par de refrigeradores, algunos otros electrodomésticos, y unas cajitas de dulces y chocolates estadounidenses. Y los encontraba a precios sorprendentes: más baratos que los que podía encontrar en las tiendas, de calidad muy inferior.

Esa apertura fue la que destruyó industrias enteras en México. Varios años antes del TLC, la producción de juguetes, muebles, textiles, desapareció en pocos meses frente a una competencia muy superior. Se trataba de industrias que habían sobrevivido en México porque no tenían competencia externa. Y aunque en los años a que me refiero los aranceles no eran bajos, era tanta la diferencia en precio y calidad, que incluso pagando impuestos de 40 y 50%, era preferible lo importado a lo nacional.

Después de una década de miseria, los primeros años 90 fueron una fiesta. Nos sentíamos en el primer mundo, y gastamos como si tuviéramos. Pero no teníamos. Lo que ocurrió es que dejamos de ahorrar. Esa reducción en el ahorro permitió que la economía creciera, simplemente por el incremento en el consumo. Aún considerando que buena parte de ese consumo se iba a importaciones, la economía alcanzaba a crecer tres o cuatro puntos al año. Hasta 1994, cuando el deterioro político hizo dudar de la estabilidad de ese crecimiento, y dejamos de tener el financiamiento externo que nos permitía comprar importaciones sin medida. Ésa es la crisis de 1995.

Puesto que uno nunca quiere aceptar errores propios, había que conseguir culpables para esa crisis, y los villanos favoritos fueron los banqueros. Y claro, el presidente de la República. Si era todopoderoso, debió haber evitado la crisis y no lo hizo. Por eso Carlos Salinas es el ex presidente más odiado en México, porque nos hizo ver el primer mundo de cerca, y luego lo perdimos.

Exactamente lo mismo que nos pasó a nosotros en aquel entonces le pasó a Estados Unidos en la primer década del siglo XXI. Gastaron como si tuvieran, y no lo tenían. Y como tampoco ellos quieren aceptar que gastaron de más, culpan al sistema financiero de sus cuitas. Hoy sufren, como sufrimos nosotros en 1995, por no poder pagar sus hipotecas. Y exigen que el gobierno los rescate, aunque hayan comprado casas que no podían pagar. El problema es que el gobierno es sólo el intermediario entre los que pagan impuestos y los que se gastan el dinero, de forma que cualquier rescate significa quitarle a unos para darle a otros. ¿A quiénes se les quita y a quiénes se les da? Es la gran pregunta fiscal de siempre, pero más grave en estos casos.

Cuando un país tuvo una recesión como producto de una reducción en su ahorro, tiene que volver a ahorrar para resolver sus problemas. Mientras lo hace, la economía se contrae. Forzar la recuperación mediante más gasto del gobierno significa mantener el exceso de gasto, ya no a través de las personas, sino a través del gobierno. Es decir, es impedir la solución del problema. Sin duda, en el momento de la crisis, es importante que el gobierno impida un ajuste brutal, incrementando su gasto e incurriendo en déficit. De eso no hay duda.

Pero mantener ese gasto durante varios años, porque la economía no crece, es querer mantener los excesos previos. Regresando al muy manido ejemplo de la borrachera, es querer curar la cruda con más alcohol. No dudo que ayude momentáneamente, pero va a resultar mucho peor, y muy pronto.

Aunque parezca muy duro, cuando uno está en problemas por haberse excedido, hay que aguantar y limitarse. No buscar quién pague nuevos excesos.
10 Agosto 2010 03:30:39
Ahorro y crecimiento
"Hay muchas cosas que ocurren en la economía que van en contra de la intuición y de las creencias. Por eso las discusiones económicas entre cuates suelen complicarse, porque el famoso sentido común no siempre va en la dirección correcta "

Tal vez el caso más notorio de esa dificultad sea el del ahorro. Estamos acostumbrados a pensar que el ahorro es algo bueno, porque permite acumular para cuando haga falta. La famosa fábula de la hormiga y la cigarra enseña precisamente eso. Sin embargo, cuando se ve la economía en su conjunto, el ahorro no es algo “bueno”. Cuando las personas ahorran lo que están haciendo es consumir menos de lo que podrían. Precisamente la parte de su ingreso que no consumen es su ahorro. Pero eso significa que una parte del ingreso del país no se está utilizando para consumir y, por lo tanto, las ventas son menores de lo que podrían ser. Es decir, cuando en un país crece el ahorro, la economía se contrae. Visto así, resulta que incrementar el ahorro de las personas tiene un costo en el crecimiento.

Esto no tiene nada de sorprendente si recordamos que ahorrar es exactamente eso: reducir nuestro gasto de hoy para tener mayor gasto en el futuro. Pero por alguna razón extraña, nos parece que a nivel agregado podríamos tener un resultado diferente, es decir, incrementar al mismo tiempo el ahorro y el crecimiento. Bueno, pues eso no se puede.

Por ejemplo, una gran cantidad de personas, incluso muchas que escriben en periódicos, no sólo en México, sino en muchos países, incluyendo diarios tan famosos como el New York Times o el Financial Times, insisten en que debemos reducir nuestros niveles de consumo, y al mismo tiempo demandan que se reduzca la tasa de desempleo. Es decir, quieren que al mismo tiempo crezca el ahorro (porque el consumo se reduce) y que crezca la economía (para reducir el desempleo). Bueno, pues no se puede.

Ambas peticiones pueden ser correctas. No dudo que los humanos consumimos de manera exagerada, cosas que no necesitamos y cosas que desperdiciamos, pero si reducimos nuestro consumo entonces habrá menos ventas y, por lo tanto, menos empleos. Me dirán que eso no es así, porque se pueden producir otras cosas. Pues no, porque nadie produce cosas que no se venden (salvo los gobiernos, claro). El movimiento a favor de un menor consumo tiene varias virtudes, pero también tiene costos, y el más importante de ellos es que implica una reducción de la economía.

El ahorro es dañino para el crecimiento, aunque puede después más que compensar esos daños. Cuando el ahorro se transforma en inversión, entonces produce crecimiento, y si la inversión resulta exitosa, producirá más crecimiento en el futuro del que se perdió en el presente al ahorrar. De eso se trata el ahorro, de que en el futuro podamos tener más de lo que perdimos en el presente. Nada más que para que eso ocurra el ahorro tiene que transformarse en inversión, y eso no es nada simple.

Si usted ahorra, pero guarda su dinero bajo el colchón, cuando lo quiera gastar comprará menos de lo que hubiese comprado antes de ahorrarlo. La inflación se comerá sus ahorros. Si lo guarda en el banco, en alguna de las cuentas que permiten retirar en cualquier momento, le pasará lo mismo, porque las tasas que pagan son menores a la inflación. Por eso, cuando uno quiere ahorrar en serio, el dinero lo tiene que poner en eso que ahora se llama “fondos de inversión”. Pero estos fondos pueden ganar o perder. Si todo sale bien, usted ganará, pero puede no salir bien. Incluso los mejores fondos de inversión (como los que usted puede utilizar a través de su Afore) pueden tener momentos espantosos, como ocurrió a inicios de 2009. En estas inversiones, en el largo plazo no tendrá usted problema, pero sí hay momentos de miedo.

La razón por la que estos fondos pueden dar más rendimiento, pero también implican más riesgo es porque se trata precisamente de inversiones. Y las inversiones son riesgosas. Siempre. Por eso transformar ahorro en inversión no es un asunto trivial.

Todo esto que le comento viene a cuento porque hay algo que al parecer no se entiende en este proceso de recuperación de la economía mundial. Como usted recuerda, el origen de la crisis fue un exceso de gasto de los habitantes de las economías más grandes del mundo: Estados Unidos, Inglaterra, España, etcétera. En esos países, la economía crecía, las tasas de interés eran bajas y la gente fue incrementando su consumo. Por ejemplo, en Estados Unidos el ahorro de las personas normalmente estaba entre 8 y 10% de su ingreso. Esta tasa empezó a caer en la segunda parte de los años ochenta, y esa caída fue en parte responsable de la etapa de expansión más larga en Estados Unidos a partir de 1991. La reducción en el ahorro no se detuvo ni con la crisis de 2001 (la recesión “dot com”). Para 2005, el punto más bajo de ahorro, la tasa era de 1.4% del ingreso.



Si consideramos que además de ahorrar las personas se endeudan, el ahorro neto fue negativo desde 2001 hasta 2007, sumando casi 21% del PIB estadounidense. Es decir, durante esos siete años los vecinos se gastaron más de lo que ganaban, y por eso su economía crecía. Exactamente el movimiento opuesto al que ocurre cuando uno ahorra, y la economía deja de crecer.

Bueno, pues cuando los agarró la crisis, sin ahorros y con deudas espeluznantes, los estadounidenses se espantaron, y llevan dos años ahorrando. Todavía no llegan al nivel de 8% de los años sesenta, pero ya están en 6% de su ingreso. Además, han reducido su endeudamiento en estos dos años en casi 9% del PIB. Indudablemente esto es bueno, porque les permite sanear sus finanzas y ahorrar para su vejez, algo que todos debemos hacer. Pero mientras lo hacen, el consumo cae, las ventas caen y la economía deja de crecer.

En consecuencia, si la economía estadounidense no crece no es problema de que falten estímulos del gobierno, o de que se tengan que bajar impuestos. Es que los hogares estadounidenses están corrigiendo sus excesos de los años anteriores. Pero ya no hay espacio, le sigo el jueves.

27 Julio 2010 03:15:56
Viene la presión
"Si usted ha seguido esta columna por algún tiempo, sabrá que tenemos una preocupación permanente con el petróleo."

En realidad, no con el petróleo por sí mismo, sino por su importancia para el equilibrio de las cuentas en el país. Las cuentas del gobierno, pero sobre todo las cuentas externas. Si, por puro milagro, usted recuerda las primeras publicaciones de Economía Informal, allá por 1993, comprenderá muy bien nuestras razones.

La principal dificultad de la economía mexicana es que no producimos lo suficiente. Así, cuando la economía crece, y la gente tiene dinero y demanda más bienes, no los podemos producir y las importaciones crecen muy rápidamente. Las exportaciones no pueden hacerlo al mismo ritmo (precisamente porque no producimos bien), y tarde o temprano tenemos un déficit que no podemos financiar, y viene una crisis. Este fenómeno lo hemos visto desde los años 60, y es el origen de las crisis de 1976, 1982 y 1994. De hecho, fue precisamente en vísperas de esa última crisis que Economía Informal hacía tanto énfasis en el déficit en cuenta corriente, que no era financiable. Y no lo fue.

La preocupación que tenemos con el petróleo, decíamos, no tiene tanto que ver con el hidrocarburo en sí, sino en su impacto en las cuentas del país. No nos damos cuenta, pero son las exportaciones de petróleo lo que nos permite importar mucho más de lo que exportamos. Desde 2006 las importaciones superaron a las exportaciones por más de 30 mil millones de dólares cada año, hasta que la crisis de 2009 (que no fue nuestra) limitó esa diferencia. En esos años, del 2006 al 2008, el petróleo permitió que tuviésemos ese gran déficit en el resto del comercio sin mayores contratiempos. En cada uno de esos años el saldo del petróleo menos los combustibles superaba 20 mil millones de dólares, de forma que el déficit total no era demasiado grande. Aún así, creció de 6 mil millones de dólares en 2006 a 17 mil millones en 2008. Hubiese superado los 20 mil millones el año pasado sin la crisis.

En lo que va del año, el saldo de petróleo menos combustibles casi alcanza 8 mil millones de dólares, que no es una mala cifra, pero que es 20% menor a la que se obtuvo en el primer semestre de 2007, cuando los precios de esos bienes eran parecidos a los de hoy. Sin embargo, ya el dato del mes de junio no es tan bueno. El saldo de petróleo menos combustibles será de cosa de 800 millones de dólares (no tenemos aún el dato de importaciones de combustibles, pero la estimación es razonable). Fuera de los meses más complicados de la crisis, en el primer semestre de 2009, no habíamos tenido un mes con un superávit tan pequeño en este renglón desde 2001, cuando el precio del crudo era menos de la mitad del de hoy.

Se puede argumentar que las exportaciones de crudo en junio fueron muy bajas, porque en mayo se exportó más allá de lo normal, pero aún considerando ambos meses en conjunto, el saldo de petróleo menos combustibles apunta, cuando mucho, a 15 mil millones de dólares anuales. Es 25% más bajo de lo que fue hace apenas tres años, con precios similares. Afortunadamente, el déficit en el resto del comercio no ha recuperado los niveles previos a la crisis.

Para 2011, si todo sigue como hasta ahora, el comercio exterior del país se habrá recuperado casi por completo. Afortunadamente, estaremos exportando más que antes de la crisis, gracias a los ajustes de producción, especialmente en la industria automotriz. Sin embargo, el déficit del resto del comercio para el próximo año ya estará en los niveles previos a la crisis, es decir, entre 35 y 40 mil millones de dólares. En cambio, el saldo positivo de petróleo menos combustible difícilmente alcanzará los 10 mil millones de dólares. Aún manteniendo la producción de petróleo en el nivel actual, algo que no parece posible, el incremento de importaciones de combustibles continuará reduciendo este superávit.

Todo lo anterior no implica que vayamos a tener una crisis en 2011 como las que vivimos en 1976, 1982 o 1994. Incluso es posible que libremos el 2012, pero indudablemente ya estaremos en el camino que originó las crisis mencionadas: un incremento en importaciones que no puede compensarse con exportaciones. Puesto que en el resto de la cuenta corriente las cuentas prácticamente se equilibran (ingresos de remesas contra egresos de servicios financieros), el déficit comercial no tiene otra forma de financiarse que con ingresos de capital. Los ingresos de capital, y las reservas internacionales, son capaces de aguantar un déficit en cuenta corriente por un par de años, pero no por mucho más tiempo, si este déficit supera el 3% del PIB. En dólares, más o menos 30 mil millones al año.

Reitero, ni este año ni el próximo tendremos un déficit en cuenta corriente de esa magnitud, pero todo apunta a que lo alcanzaremos hacia finales de 2011 y seguramente en 2012. Como decíamos, entre los ingresos de capital y las reservas internacionales el riesgo de una crisis en ese año se diluye mucho, pero la presión para el siguiente gobierno será muy grande.

Como en 1993, conviene saberlo con tiempo, porque se puede actuar. En aquella ocasión no se hizo nada, pensando que el NAFTA resolvería el problema. No dio tiempo, y menos cuando 1994 se convirtió en un año nefasto. Hoy se pueden tomar decisiones, aunque los equilibrios políticos indiquen lo contrario. Pero no actuar tendrá un grave costo, y hay que hacerlo evidente desde ahora.

23 Julio 2010 03:04:19
La seguridad de todos
El miércoles, el editorial de EL UNIVERSAL describía con toda claridad el meollo del problema de la seguridad: una proporción significativa de la población no se convence de que enfrentar a la delincuencia organizada es un imperativo moral, político y jurídico. En los tres años y medio de este gobierno, la decisión de lanzar toda la fuerza del Estado contra la delincuencia ha sido calificada como una estrategia errónea, ha sido medida en miles de muertos, y ha transformado las primeras planas de los periódicos en un recuento de víctimas, sin orden ni concierto, sin contexto, sin análisis ni explicación alguna. Los medios, como bien dice el editorial, tampoco se han convencido de que la decisión sea correcta.

Hay muchas razones por las cuales puede ocurrir esto. No hay que dejar de lado la animadversión que provoca el presidente Calderón, y que al momento de tomar posesión alcanzó niveles preocupantes. Tal vez por ello, varios comentaristas insisten en que la decisión de enfrentar a la delincuencia tiene como explicación principal un intento de legitimación de Calderón. Sin embargo, esta hipótesis se sostiene más de la animadversión que de la evidencia, como ya hemos comentado en otras ocasiones.

Pero abona también en la duda de muchas personas la ausencia de explicaciones gubernamentales. La mejor que tenemos se publicó apenas hace unas semanas, como un desplegado firmado por el presidente mismo, pero con más de 40 meses de retraso, y no es totalmente clara. Y, sin duda, el elemento más importante en la incertidumbre es una violencia que, en lugar de reducirse, sólo crece, prácticamente duplicando el número de muertos cada año.

Pero el origen del descreimiento va más allá de las deficiencias de la estrategia, de su comunicación, de las interpretaciones de los comentaristas o los medios. Los mexicanos no queremos creer en la lucha contra la delincuencia organizada por dos razones fundamentales. La primera es que no creemos en las reglas ni en su cumplimiento. Parte de los costos de no entrar en la modernidad es que no consideramos necesarias las reglas, porque no queremos que se nos apliquen a todos de la misma manera. O dicho de otra forma, no queremos aceptar que todos somos iguales. Por eso no hay manera de que tengamos un estado de derecho en México, y por eso mismo, la ley nos parece algo optativo. Y por eso a muchos les parece absurdo que el Presidente haya decidido usar la fuerza legítima del Estado para obligar al cumplimiento de la ley.

La segunda razón es que la delincuencia organizada todavía no golpea a los centros demográficos más importantes del país. Hasta hace muy pocos meses, prácticamente no ocurrían eventos espectaculares asociados a la delincuencia organizada en el DF, Estado de México, Puebla, Querétaro, Hidalgo, Tlaxcala, Puebla, Guanajuato, y sólo ocasionalmente en Morelos, Guerrero y Veracruz. Algo similar ocurría en el sur: Oaxaca, Chiapas, Tabasco, y la península de Yucatán entera. Y más de dos terceras partes de la población vive en esas regiones. Incluso en el norte del país, en donde la delincuencia organizada tiene una historia más larga, el modus vivendi propio de la corrupción y del rechazo a las reglas que hemos mencionado, había hecho pensar a muchos que se podía vivir con la delincuencia en la casa.

Pero la dinámica propia de los distintos grupos de la delincuencia fue elevando los niveles de violencia desde hace ya varios años, y fue borrando la poca autoridad de quienes se corrompieron con ellos, hasta dejar regiones enteras del país sin rastro del Estado. Y no es fácil imaginar lo que significa vivir en esa situación brutal.

No debemos engañarnos, la situación es muy grave. La insistencia de los mexicanos de vivir en un mundo sin reglas, lleno de grupos privilegiados que abusan unos de otros, siempre culpando a los demás de una sociedad que no funciona, nos llevan muy rápidamente a un precipicio. El fenómeno de la inseguridad no es independiente del problema económico ni éste puede entenderse por separado de la disfuncionalidad política.

En el fondo, todo surge de la incapacidad de aceptar esa modernidad que hace ya siglos transformó al resto del mundo. Pero esto no va a cambiar: seguiremos buscando culpables en los demás, seguiremos tratando de abusar de los demás, y terminaremos destruyendo el país de los demás, que es el nuestro.

http://www.macario.com.mx twitter: @mschetti

Profesor del ITESM - CCM

15 Julio 2010 03:11:33
Futuro a debate: la economía
Uno es de la autoría de Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda, titulado Un futuro para México (Futuro) y el otro es un documento preparado por la organización Sociedad en Movimiento con el apoyo de la fundación Konrad Adenauer, bajo el nombre México a Debate (Debate). Ambos textos comparten buena parte del diagnóstico y las propuestas, y con ambos coincide esencialmente esta columna. Es por ello que consideramos muy importante su difusión y discusión.

Entramos ahora al tema económico, que Futuro pone como su primer punto. De arranque, nos dice este documento que tenemos que “cambiar la meta nacional de combatir la pobreza a la meta nacional de crear riqueza (sin abandonar lo ganado en programas para la población más desprotegida).” Y para crear riqueza, nos dicen, lo que hay que hacer es quitar las trabas que hoy impiden a los mexicanos desarrollar todo su potencial: trabas en el mercado laboral, falta de competencia, obstáculos en trámites y leyes, etc. El mayor énfasis de Futuro está en los privilegios que distintos grupos tienen y que impiden a los demás producir como podrían. Son privilegios de líderes sindicales y campesinos, de empresarios oligopólicos, de funcionarios corruptos e ineficaces.

Por su parte Debate propone cuatro líneas que coinciden en esencia con Futuro: 1. Organización de los mercados y competencia; 2. crecimiento y empleo; 3. mercado laboral; 4. productividad y competitividad. En el primer punto se concentran precisamente en promover la competencia (con mayores atribuciones a la Cofeco, por ejemplo) y abrir aún más el comercio internacional, mientras que en el tercero promueven reformas laborales que permitan contratación más fácil y amplia de la que hoy tenemos (no muy diferente de la reforma laboral que está hoy en el Congreso). El segundo punto parece más bien reminiscencia de épocas pasadas, pero en realidad Debate propone “crear un clima favorable a la inversión privada, (…), apoyar empresas para la reconversión productiva”, que son ideas más modernas, junto con algunas ideas de siempre, como fomento al campo, que vienen de un pasado inútil.

En ambos documentos hay mucha insistencia en la productividad. Creo que ése es el punto más importante en materia económica para el futuro de México. Tanto la mayor competencia como la liberación de los mercados tienen sentido si promueven la productividad. En ambos se comenta que la productividad se ha estancado, pero me parece que ambos cometen el error de creer que hubo un momento en que la productividad sí crecía, y eso no es cierto. Se trata de un error común, por cierto, porque casi no tenemos estudios recientes de productividad que se vayan antes de 1980. Puesto que muchos de los que estudian este tema lo que quieren es demostrar lo mal que nos ha ido con el “neoliberalismo” y fechan su inicio en 1982, entonces hacen el estudio para probar su creencia. Y efectivamente, de 1980 o 1982 en adelante la productividad en México es nula. Me refiero a lo que los economistas llaman “productividad total de los factores” que es lo que importa. Es cuánto crece una economía descontando el mayor uso que haya hecho de capital, trabajo u otros factores productivos.

Lo que me interesa argumentar con usted es que la productividad total de los factores en México es prácticamente nula en los últimos cien años. No es que hayamos hecho las cosas mal desde 1982, las hacíamos mal desde 1910. De ese año hasta 1940, el crecimiento económico fue exactamente cero (per capita), de forma que poco puede uno hablar de productividad en esos treinta años. De 1940 a 1965, cuando tuvimos el llamado “milagro económico mexicano”, la productividad total de los factores también es nula: el crecimiento resulta de más capital, más tierra y más trabajadores. De 1965 a 1982, el crecimiento de la economía se explica, en más de la mitad, por deuda externa, y lo restante no alcanza siquiera a compensar el incremento en mano de obra del periodo, de forma que tenemos productividad negativa. Y de entonces en adelante, ya lo comentábamos, las cosas no son mucho mejores.

Esto quiere decir que la economía mexicana fue un fracaso en el siglo XX, y que todo el crecimiento que tuvimos respondió a un mayor uso de factores productivos, no a mayor productividad. Esto es muy importante entenderlo, porque implica que prácticamente todas las medidas de política económica que se han usado en los últimos 100 años han resultado ineficaces. Esta columna insiste en que eso se debe a un error de entrada: no hemos querido que este país sea moderno, en el sentido que toma la palabra modernidad con los cambios del siglo XVI en adelante.

Por eso la secuencia que hemos utilizado para analizar Futuro y Debate, porque el punto de partida de nuestros errores es negarnos a vivir en la modernidad, lo que significa que no queremos una sociedad en donde todos seamos iguales, se nos mida de acuerdo con nuestros propios méritos, y se nos deje competir (y fracasar) libremente en el mercado. Queremos una sociedad de estancos, en donde el origen determine el éxito de las personas, y en donde se nos proteja de todo mal. Bueno, pues ese tipo de sociedad y ese tipo de economía no pueden funcionar en el siglo XXI, como no funcionaron en el siglo XX.

Si queremos un futuro mejor, es necesario que aceptemos este punto de partida indispensable. Futuro y Debate tienen razón: el éxito económico depende de la libertad de los mercados y de la competencia entre iguales. De eso depende, también, una productividad que no hemos logrado crear en un siglo entero. No hay mal que dure cien años, dice el refrán, hay que cumplirle.

29 Junio 2010 03:52:27
Tenencia
El digamos tiene que ver con que en realidad sí habrá tenencia, pero la pagarán los distribuidores de autos, que luego compensarán ese pago con su ISR. Un equilibrismo contable para hacer más fácil el asunto al gobierno, y más complicado a los vendedores. Pero para quien va a comprar su coche, pues no es relevante.

La tenencia ha sido un impuesto que ha molestado mucho a la clase media que compra autos, sobre todo en el norte del país, en donde diariamente se compara con Estados Unidos, que no tiene un impuesto equivalente. Como siempre se recuerda, este pago se impuso para tener un financiamiento adicional para los Juegos Olímpicos de 1968, y luego se quedó. Precisamente debido a ese carácter temporal del derecho, a que afectaba principalmente a la clase media y a que era más notorio en el norte del país, el tema de eliminar la tenencia fue siempre bandera del PAN. Por eso el presidente Calderón, cuando era candidato, prometió que eliminaría la tenencia.

Al llegar al poder, el presidente Calderón se dio cuenta de que esto de quitar impuestos ni es fácil, ni es inteligente, de forma que, para no quedar mal con sus promesas, lo que hizo fue anunciar el fin de la tenencia, pero para el 2012, su último año de gobierno. Sin embargo, el gobernador de Querétaro, recientemente elegido y priísta de origen, eliminó la tenencia en su estado para este año. Poco después, el gobernador de Coahuila hizo lo mismo, y en estas elecciones, varios de los candidatos del PRI anunciaron que seguirían los pasos de sus colegas. En un muy razonable intento de evitar que le quitaran una bandera de toda la vida, el Presidente se adelantó y ya la eliminó.

Pero ahora viene el asunto económico, porque la parte política pues ya se la arrebataron entre todos. Los ingresos por tenencia para el gobierno federal suman 21 mil millones de pesos al año, cinco veces más que el impuesto sobre automóviles nuevos (ISAN). Es lógico, puesto que es un impuesto que se cobra a todos los autos en circulación con menos de diez años de antigüedad, que son ocho o nueve veces más que los que se venden anualmente. Además, las entidades federativas aprovechan el cobro de la tenencia para adicionar un derecho por control vehicular, o servicios, que varía en cada caso, pero que no es una cantidad despreciable.

Aquí vienen los problemas de coordinación: si el gobierno federal elimina la tenencia, los estatales ¿van a eliminar los derechos por control vehicular? Pueden hacerlo, pero perderán ingresos que no es fácil compensar. Por otro lado, hay una lógica en que el gobierno cobre esos derechos, si con ello está financiando algunos servicios indispensables, como la pavimentación, los semáforos e incluso a los policías de tránsito.

Por otra parte, el impuesto de tenencia era totalmente distribuible, de forma que esos 21 mil millones de pesos el gobierno federal sólo los cobraba, pero quienes lo gastaban eran los gobiernos estatales. Durante 2011, que es el año de adelanto al anunciado fin de la tenencia, que en realidad ocurrirá para 2012, el gobierno federal va a sacar esos 21 mil millones del ISR (por eso la acreditación de los distribuidores). Para el siguiente año, no sabemos qué se va a hacer.

Es peor cuando recordamos que algunos gobernadores, que ya se van, se gastaron por adelantado las tenencias. Fidel Herrera, de Veracruz, bursatilizó los ingresos por tenencia de los próximos 30 años, si mi información no es errónea. Pero si ya no hay tenencia a partir de 2011, habrá que pagar de cualquier manera a quienes adelantaron dinero. Algo similar ocurre en Oaxaca, en donde también se aplicó el mismo sistema. Para que no quede duda, se trata de que algunas personas (físicas o morales) adelanten el dinero que el gobierno cobraría en los siguientes años, a cambio de una cierta ganancia. Es un mecanismo que se utiliza en muchas partes, pero en este caso se hizo sobre un impuesto que ya no existirá. Para más claridad: es deuda, pura y dura.

Los 21 mil millones de pesos de tenencia, que ya no pagarán quienes compren autos a partir de 2011 (y con mayor seguridad, a partir de 2012), representan cosa de 0.15% del PIB. No es gran cosa, pero tampoco está claro por qué el gobierno que menos recauda en el mundo quiere recaudar aún menos. Como dijimos antes, es una demanda antigua de los panistas, que recientemente se apropió el PRI. Pero aunque los partidos demanden este tipo de cosas, eso no quita lo absurdo de ellas.

Sería importante que pensáramos en un impuesto que compense estos ingresos pero que además tenga alguna utilidad adicional, como por ejemplo ambiental. La tenencia no ayudaba mucho al menor uso del coche, pero un impuesto a la gasolina sí podría hacerlo.

Además, le costaría más a quien más contamina. Hace algún tiempo sugería esta columna que fijáramos el precio de la gasolina con base en el precio internacional (o el promedio estadounidense, o algo así) más un impuesto. De hecho, por muchos años así funcionó, hasta que el muy rápido crecimiento de los precios de combustibles en 2008 no sólo borró el impuesto, sino que lo convirtió en subsidio.

Podríamos fijar el precio, como decía, al nivel internacional, y establecer un impuesto de 10%, con fines ambientales y de recaudación. Ya me dirán que no, porque todo se lo roban, y porque ya pagamos mucho, y todo lo que siempre dicen. Y, como siempre, les contestaré que México es el país que menos recauda en el mundo, y que hemos vivido por treinta años gastando lo que Cantarell nos dio. Y como ya se acabó Cantarell, ni le busquen, van a tener que pagar impuestos en serio. Mientras más rápido empecemos, será mejor.
25 Junio 2010 03:57:51
La estética de Monsiváis
Ha muerto Carlos Monsiváis, y decenas de colegas han narrado anécdotas vividas con él y le han expresado su admiración. Fue, sin duda, gran cronista y una persona agradable, pero me parece, sin embargo, que no se le reconoce lo más importante, lo que explica su enorme popularidad: Monsiváis fue la estética del México de fin de siglo. O lo que es lo mismo, era la representación de la sociedad, en particular la del altiplano.

Dice Bourdieu que la sociedad se reproduce a través de su estética: aprendemos desde niños lo que nos va a gustar, y a través de ello mantenemos la estructura social sin pensarlo ni entenderlo. El México del régimen de la Revolución por eso fue tan exitoso en su reproducción, porque logró construir una estética propia, una escuela artística nacional que transmitió un discurso nacionalista que era el sincretismo de lo indígena, lo religioso, lo comunista y lo eternamente prometido.

Sin embargo, las imágenes de los muros nunca se cumplieron, y en su lugar fuimos construyendo un esperpento de sociedad: profundamente injusta, dividida, derrotista, en la que crecen juntas la miseria y la opulencia obscena, en donde son simultáneos el desprecio y la sumisión. Esta dicotomía perenne triunfadores/derrotados, modernos/tradicionalistas, sumisos/despreciativos, es el alma nacional de la segunda parte del siglo XX.

Es una combinación, casi siempre desafortunada, de vestidos cuyo diseño puede tener varios siglos pero cuya tela es producto de la tecnología reciente; de arreglos personales copiados de modelos con un desplante físico totalmente distinto; de colores que no combinan entre sí, según los cánones; de objetos inanes en sí mismos, pero que al observarse juntos no pueden sino dejarnos estupefactos.

Pero esa sensación va desapareciendo con el tiempo, y se transforma en algo distinto. Su repetición, en todo lugar y momento, hace que poco a poco la vayamos identificando con nosotros mismos, es nuestra identidad. Eso somos, kitsch omnipresente y omniabarcante. Y no podemos sentirnos en casa si no está, sobre la televisión, el bordado de la abuela y sobre él, el florero de vidrio lila con un perenne girasol de plástico.

Pero si bien la estética (así sea esta sincrestética) se aprende, en el fondo nos es inaceptable, porque es un continuo enfrentamiento con criterios, yo diría naturales, de lo que puede combinarse. Y logramos lo que otras culturas ni siquiera sueñan: poner juntos mariachis y cabellos envaselinados, sombreros charros y vestimenta vampiresca, zapatos tenis y escarapelas, grandes cantidades de piercing alrededor del tatuaje de la Virgen de Guadalupe.

Nuestra sincrestética nos sigue, además. Logramos transformar amplios espacios de la Unión Americana en reductos del kitsch mexicano, que se supera en territorio extranjero. Y eso nos diferencia de los estadounidenses y fortalece la identidad. Somos la cultura del kitsch, de la sincrestética, de la combinación sin gusto, del permanente conflicto.

No podemos sentirnos en casa sin la presencia de esta amenaza estética, pero es imposible sentirse en casa frente a ella. Por eso, me parece, acabamos siendo una sociedad en permanente conflicto. Por eso nos imaginamos al mismo tiempo como una nación triunfadora pero un país derrotado. Por eso vamos arrastrando tradiciones sin sentido hacia una modernidad que también carece de él. El sentido lo encontramos en la combinación inaceptable, insoportable pero insustituible.

Porque, a 200 años de distancia, la cultura nacional es un hecho, y no es ni el academicismo del porfiriato ni el muralismo del siglo XX. No es ni el Zarco, ni los Contemporáneos. Ni tampoco es Paz o Fuentes o Pacheco. México es Frida, es Monsiváis, es el girasol de plástico en el florero de vidrio lila en el bordado de la abuela encima del televisor, es el rebozo de fibras sintéticas, es la construcción a medio hacer de bloques grises y varillas oxidadas cubiertas con botellas de vidrios de colores, es el montón de basura (también de colores) en cada esquina, en cada arroyo, al borde de la carretera, enfrente de la escuela.

Eso es México, no las imaginaciones o esperanzas, no los proyectos o planes, es esta palpable evidencia de sincrestética, esta vibrante y sorprendente amalgama de sentidos contrapuestos, contradictorios, chocantes, que sin embargo tienen un sentido de conjunto. Un sentido a la vez atractivo y repulsivo. Un sentimiento de hogar acompañado de una sensación de reclusión y tortura.

Eso, creo yo, era Monsiváis. El alma de un momento de México, y se ha ido.

http://www.macario.com.mx twitter: @mschetti

Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
24 Junio 2010 03:06:31
Oferta y demanda
"Se publicaron los datos de Oferta y Demanda agregadas en México, para el primer trimestre del año. Esta información es muy útil porque, además del PIB, importaciones y exportaciones, que ya conocemos, detalla la manera en que se utiliza el resto de la oferta, es decir cómo se demanda en el país"

Aunque tenemos ya una serie mensual para la Formación Bruta de Capital Fijo (la inversión), los datos del consumo y su separación entre sector público y privado sólo podemos conocerlo con la publicación a que nos referimos.

Por ejemplo, esto nos permitió saber que el gobierno efectivamente aplicó un esfuerzo para reducir el impacto de la crisis que vino de fuera. Durante 2009, los únicos rubros que crecen en la demanda agregada son el consumo de gobierno y la inversión de gobierno. El primero creció poco más de 2% en 2009, mientras que la inversión pública lo hizo en casi 11%. No sólo hubo mayor gasto durante el año pasado, sino que además se concentró en infraestructura, que es lo que debe hacerse. Medido en puntos del PIB, el gasto del gobierno creció en un punto y la inversión en 0.8 puntos. Esos dos puntos son poco frente a la caída de 6 y medio del PIB, pero el gobierno mexicano no tenía mucho margen.

Bueno, si esto ocurrió en 2009, en el primer trimestre de 2010 las cosas son muy diferentes: el gasto del gobierno apenas crece, y la inversión pública se reduce. Y puesto que la inversión privada no ha recuperado el crecimiento, hay una caída en el conjunto. Finalmente, sí hay un pequeño crecimiento en el consumo, de 2.8% en tasa anual, pero muy lejano de compensar las caídas vividas el año pasado.

De hecho, si comparamos con el 2007, el PIB del primer trimestre está abajo por casi 3%, el consumo todavía más que eso, 3.4% por debajo de su nivel en aquel año. Nuevamente, sólo el gasto del gobierno y la inversión pública muestran crecimiento (4 y 16%, respectivamente). Las exportaciones están ya al mismo nivel (el primer trimestre de 2010 contra el 2007) pero las importaciones caen casi 6%.

Lo que esto quiere decir es que todavía en el primer trimestre de este año la crisis se sigue sintiendo, y lo único que la ha aminorado un poco ha sido el esfuerzo del gobierno. Puede ser insuficiente para muchas personas, pero sin duda existe. Sin embargo, como ya decíamos, en este año se va retirando este apoyo, y todavía el resto de la economía no toma la estafeta. Si acaso, las exportaciones, pero no la inversión privada, ni el consumo.

Gracias a que el consumo y la inversión privada no crecen, las importaciones están creciendo menos que las exportaciones, y por eso la diferencia que mencionábamos hace un momento, con las exportaciones prácticamente iguales que las de 2007, pero las importaciones por debajo en 6%. Conforme la inversión crezca, y el consumo se recupere, lo mismo pasará con las importaciones, que volverán a crecer más rápido que las exportaciones, y nos empezarán a preocupar.

Eso es algo que hemos comentado en muchas ocasiones. Desde mediados de los 60, cuando México crece, el déficit comercial lo hace con mucha rapidez, y pronto nos quedamos sin dólares suficientes para financiarlo. No es algo que sólo le ocurra a México, en todos los países, el crecimiento del ingreso implica un crecimiento en las importaciones. Nuestro problema es que no logramos hacer crecer las exportaciones, ya no digamos al mismo ritmo, sino siquiera a uno que no nos complique la vida tan rápido.

Ésta es la mejor demostración de que el problema económico de México no es de demanda, y por eso las recetas keynesianas no tienen ningún sentido para nosotros. No lo tenían desde aquella época, y no por eso los años 60, en que estas políticas se aplicaron con amplitud, nos llevaron a una crisis casi terminal en 1982. Sólo Cantarell impidió que nos hundiéramos de manera definitiva.

Cada vez que alguien insiste en que lo que pasa es que nos falta impulsar el mercado interno, lo que en realidad dice es que quiere un incremento en la demanda (impulsado por el gobierno, claro). Y eso sólo nos lleva más rápidamente a un problema de cuentas externas. Lo que tendríamos que hacer en México es impulsar la productividad, pero eso no sabemos hacerlo. No es que no se sepa en otras partes del mundo, es que nosotros en México no sabemos cómo. No porque seamos tontos, sino porque nunca lo hemos hecho, y no queremos hacer las cosas necesarias para ello.

Menos regulación, mejor educación, más infraestructura, más competencia, son condiciones básicas para incrementar la productividad. Hacerlo, sin embargo, exige esfuerzos que rechazamos: pagar impuestos, hacer la reforma laboral, meter en orden a los privilegiados, sean los maestros o los empresarios. Y sin eso, pues no hay mucho que hacer. Ya le comentaré, en otra ocasión, cómo es que México no logró incrementar su productividad en todo el siglo XX, y cómo es que hoy no podemos hacerlo por exactamente las mismas razones.

De momento, lo importante es que la información de oferta y demanda nos indica que todavía el sector privado no alcanza a salir de la crisis, y que cuando lo haga, lo veremos reflejado en un mayor déficit comercial. Y esto ocurrirá con un menor colchón petrolero. Vamos a ir siguiendo esta información, para que no lo tome desprevenido.
18 Junio 2010 03:17:09
El abismo
En este país nadie respeta la ley, eso es sabido. Lo nuevo es que hay evidencia de que el gobernador de Veracruz es un delincuente electoral: no sólo desvía recursos a la campaña de su candidato, sino que prácticamente dirige su campaña. La evidencia, grabaciones ilícitas, no podrá ser utilizada en ningún juicio, de forma que Fidel Herrera se sumará a Mario Marín, gobernador de Puebla, quien también cometió delitos, fue grabado, pero no pudo ser procesado.

Con algo de suerte es posible que, a partir de la evidencia de las grabaciones, logren los partidos de oposición en Veracruz encontrar pruebas documentales que les permitan litigar su caso. Si toda la evidencia pudiese demostrarse, seguramente lo que correspondería es que se le retirara el registro al PRI como partido local. Para quienes tenían alguna duda de cómo es que el PRI ha logrado recuperar su votación, las grabaciones de Herrera deben aclarar todo: como lo hizo por décadas, el PRI financia sus campañas con recursos públicos. Es decir, usa los impuestos que usted paga para seguir en el poder.

De ahí viene la llamada “marea roja”, que tan útil fue para que el PRI ganara Yucatán hace un par de años; de ahí viene la repentina popularidad del gobernador mediático; de ahí viene la mayoría que hoy tienen en la Cámara de Diputados.

Esto es grave, porque se utilizan los recursos que deberían servir para proveer bienes públicos para un fin político. Pero es más grave aún que no nos demos cuenta de que la delincuencia organizada tiene su origen en esta actitud de las autoridades que desprecian la ley. No es necesario que un gobernador esté coludido con la delincuencia organizada para que ésta florezca, basta con que sea, como Fidel Herrera, un gobernador que desprecia la ley. En una entidad en la que ni siquiera el gobernador respeta la ley, nadie lo hará. Todos querrán abusar de los demás, y tarde o temprano lo harán de manera organizada. Los alcaldes, como su gobernador, desviarán recursos. Los policías, como su alcalde, extorsionarán a los ciudadanos. Y éstos, que no pueden defenderse, ni siquiera se dan cuenta de que no podrán tampoco elegir a sus autoridades, porque desde el poder se manipularán sus preferencias, con dinero pagado por ellos mismos.

Indudablemente, es una tragedia. Y no se limita a Veracruz, aunque la evidencia provenga de ahí en este momento. Sospechas y rumores han sobrado en las elecciones locales anteriores, y aún en éstas, pero lo que no teníamos eran evidencias contundentes, como lo son las grabaciones. Que, como ya se dijo, no podrán utilizarse judicialmente.

La espiral descendente en que estamos no podrá detenerse si no enfrentamos en serio nuestro pasado. Es urgente que nos detengamos un momento y reconozcamos que México fue un fracaso en el siglo XX gracias al régimen de la Revolución, que fue un régimen autoritario, corrupto y corruptor, con una orientación comunista en sus principios ideológicos. Cuando ese régimen dejó de existir estructuralmente, no hicimos la crítica necesaria, no tomamos decisiones para dejarlo atrás, y por eso mismo no podemos avanzar.

Mientras los mexicanos sigamos actuando bajo la lógica del viejo régimen no podremos avanzar. Si hoy la inseguridad y las matanzas nos amenazan, reconozcamos que su origen está en un sistema político profundamente corrupto, como lo muestra Fidel Herrera. Es imposible que el Estado enfrente a la delincuencia organizada si sus más altos funcionarios desprecian la ley como este gobernador, como Mario Marín, como Ulises Ruiz, y ponga usted los que faltan.

Si nos preocupa la pobreza y el estancamiento económico, reconozcamos que su origen está en esas viejas formas de pensar que sostuvieron al régimen autoritario que nunca hizo nada por reducir la pobreza ni por hacer a México competitivo. Reconozcamos que el experimento del siglo XX fue un fracaso, y procedamos a construir un camino alternativo.

Lo más complicado de esta espiral en que estamos es que no parece que podamos salir de ella con las herramientas que tenemos. Si las elecciones son manipuladas en los estados como ahora es evidente, ¿cómo podríamos cambiar el rumbo del país, si son los gobernadores los personajes de mayor poder político en México? No importa quién gane la Presidencia en 2012, no podrá resolver nada con el herramental jurídico y político que hoy tenemos.

Tal vez sea el momento de hacer lo que dejamos pendiente: el juicio del viejo régimen y la fundación de un país nuevo. Como siempre, el problema es ¿con quién se hace esto?

http://www.macario.com.mx twitter: @mschetti

Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
17 Junio 2010 03:08:57
Contra todos los pronósticos
El Mundial es un evento suficientemente grande como para que incluso las grandes empresas financieras del mundo le dediquen tiempo

Goldman Sachs publicó un amplio estudio de las selecciones que participan en este evento, que incluye estimaciones de lo que puede ocurrir. Es un trabajo interesante en el que aparecen una o dos páginas por selección, explicando no sólo las fortalezas y debilidades futbolísticas, sino también dando una perspectiva general del funcionamiento de las economías. A diferencia de los Juegos Olímpicos, en donde hay una relación más cercana entre funcionamiento de la economía y número de medallas, en el futbol el asunto es más difuso.

Sin duda, buena parte de la culpa de esto es de Brasil, y un poco menos de Argentina, que acostumbran tener equipos muy competitivos, aunque sus economías no lo sean. Es cierto que Brasil es ahora una de las promesas económicas, pero lo ha sido en muchas ocasiones anteriores. Y Argentina, como sabemos, tiene la historia económica más triste de los últimos cien años.

En los 18 mundiales que se han jugado antes de éste, Brasil ha estado en siete finales, lo mismo que Alemania, e Italia ha estado en 6. Argentina ha jugado cuatro finales, y han jugado dos Checoslovaquia, Francia, Hungría, Holanda y Uruguay. Inglaterra y Suecia han jugado una cada uno. Doce selecciones únicamente. En cuanto a triunfos, Brasil tiene cinco, Italia cuatro, Alemania tres, Argentina y Uruguay dos cada uno, Inglaterra y Francia, uno cada uno.

Las tres economías más grandes del mundo hoy en día, Estados Unidos, Japón y China, no pintan en este deporte. Alemania, hasta hace poco la tercera economía mundial, pero hoy en cuarto lugar, es indudablemente la segunda mejor selección de futbol, históricamente hablando. Pero Brasil, el mejor equipo del mundo, tiene una economía bastante rezagada en comparación. México, con una economía similar a Brasil, desafortunadamente tampoco pinta en este deporte, aunque lo lamentemos profundamente.

Puesto que la economía no ayuda a explicar el futbol, lo que nos queda son los apostadores. En el documento de Goldman Sachs al que me he referido, se incluye una tabla que tiene las probabilidades de triunfo en el Mundial, de acuerdo con esta empresa, la clasificación de la FIFA y las apuestas que se tenían al 4 de mayo. No puedo ponerle aquí toda la información, pero en lo que respecta a México, tanto la FIFA como Goldman Sachs pronosticaban que pasaríamos a segunda ronda. Los apostadores preferían, el 4 de mayo, a Uruguay por encima de México. Para que no se confíe mucho, en el grupo B la FIFA y Goldman Sachs pronosticaban que Argentina y Grecia pasarían a segunda ronda, mientras que los apostadores preferían a Nigeria en segundo lugar. Después del primer enfrentamiento, parece que Corea del Sur va a cambiar las cosas.

De hecho, este fin de semana, después del primer juego de todos los grupos, ya cambiaron las apuestas (estoy usando el mismo sitio de apuestas que utilizó Goldman Sachs para su estudio:
http://www.ladbrokers.com). Ahora el pase de Argentina se da prácticamente como un hecho, y Corea del Sur aparece ya como segundo lugar de grupo, muy por encima de Nigeria. En el grupo A, la calificación de Francia tiene cosa de 50% de probabilidad, y Uruguay y México están casi empatados, con un tercio de probabilidades cada uno. Pero un poco más para Uruguay

Cosa interesante, a pesar de que los apostadores dudan que México pase a la segunda ronda, y están ligeramente a favor de Uruguay, para ganar el Mundial tienen otra perspectiva. Pagan 66 a 1 si México gana el Mundial, pero pagan 80 a 1 si lo gana Uruguay. Yo creo que es una muestra más del gran descubrimiento de Amos Tversky y Daniel Kahneman: los seres humanos tenemos grandes problemas con las probabilidades.

Pero si quiere usted saber quién puede ganar el Mundial, los apostadores ponían, antes del inicio, en primer lugar a España y ligeramente abajo a Brasil. Estos equipos se enfrentarían, sin embargo, en semifinales. En tercer lugar estaba Argentina (aunque creo que no consideran el lastre que es Maradona), y en cuarto lugar Inglaterra. El quinto equipo en las preferencias de los apostadores era Holanda, y después ya se separaban mucho los siguientes. Todo esto, antes del Mundial. Ahora, Brasil va en primero y Argentina en segundo. España ha pasado al tercer lugar, y empatados detrás están Alemania, Inglaterra y Holanda.

De acuerdo con algunos estudiosos, la mejor forma de pronosticar es utilizando un mercado de apuestas, porque se conjunta la opinión de muchas personas, que están dispuestas a ponerle dinero a su opinión. Hay mucho de cierto en esto, pero también hay que recordar que la información adicional se va incorporando poco a poco, y va ajustando los precios. Inglaterra perdió un lugar después de su primer juego, lo que permitió a Argentina convertirse en el tercero en las preferencias.

La segunda ronda de enfrentamientos, que empezó ayer, seguramente nos acercará mucho más al resultado final de este Mundial. Para México, todo se define hoy frente a Francia, porque independientemente del resultado, es el partido que mostrará a un equipo con posibilidades de éxito o a uno que pronto regresará a casa. Las apuestas se inclinan por Francia, esta columna por México, y usted sabrá el resultado cuando lea estas líneas, o poco después.

La victoria no se parece a nada.
15 Junio 2010 03:37:27
El juego del hombre
No recuerdo quién le puso este sobrenombre al futbol, aunque sí recuerdo haberlo escuchado en la voz de Ángel Fernández, legendario cronista de este deporte.

De acuerdo con las encuestas, 7 de cada 10 mexicanos están completamente concentrados en el Mundial, con poco tiempo para hacer otras cosas, como por ejemplo leer esta columna. Y no crea usted que sólo los mexicanos perdemos la cabeza con este evento, es un fenómeno mundial.

Aunque no es nada fácil medir adecuadamente el número de televidentes a escala global, las cifras que hay indican que el futbol es lo que más convoca audiencia. La cifra más común para televidentes de la final del Mundial pasado es de 638 millones, más de 10% de los habitantes del planeta. Algo así se espera para la final de éste. Y si suma usted todos los partidos, la cifra debe ser varias veces mayor. La FIFA cree que diez veces, de forma que más de 6 mil millones de televidentes verán algún juego.

Hay sabios que podrán explicarle las razones por las cuales vemos deportes en televisión: porque nuestros genes están preparados para la competencia, porque nuestro sentido de grupo así lo manda, porque es un fenómeno que conjuga arte y simplicidad, porque es un deporte que puede jugarse en cualquier parte con sólo un balón. Es más, si añora usted a los marxistas avinagrados, hasta puede conseguir una explicación que mezcle religión, alienación, y control desde la burguesía. Más allá de las razones, la verdad es que el Mundial atrae mucha atención.

Y esta atención significa negocio, claro. Si hay muchas personas viendo algo, hay espacio para comunicar, y ese espacio vale oro. Cuando son cientos de millones de personas, esta frase es literal: es oro. Pero igual que en el caso de los televidentes, las cifras son elusivas. Según la prensa, la FIFA va a recaudar cosa de 3 mil 500 millones de dólares con el Mundial. Cosa de 2 mil 500 millones en derechos de transmisión de los eventos, y el millardo restante a través de patrocinios. Es dinero que se obtiene durante los cuatro años del proceso, y que incluye derechos para mundiales futuros, pero aún así es una cantidad muy importante. En 2009, por primera vez en su historia la FIFA obtuvo más de mil millones de dólares de ingresos, que se transformaron en casi 200 millones de dólares de ganancias. Nada mal para una “organización sin fines de lucro” como está registrada la FIFA en Suiza.

Para el país anfitrión, las cifras son igualmente difíciles de encontrar. Lo más razonable que he visto habla de alrededor de 10 mil millones de dólares que habrá invertido Sudáfrica en la realización del evento. Es una cantidad importante para un país con un PIB de 280 mil millones (más o menos una cuarta parte de México) que tiene que repartirse entre poco más de 50 millones de personas. El PIB por habitante, como puede usted deducir, es de la mitad del que tenemos en México. Es, también, un país con una distribución del ingreso mucho peor que la nuestra (aunque no lo crea, hay más de veinte países con peor distribución que México, todos en África y América Latina, claro).

Debido a estas cifras, para muchos no ha sido una buena idea que el Mundial se celebrara en Sudáfrica, pero es el único país de ese continente que podía organizarlo. No es el mejor gobernado en el continente (es Botswana, su vecino), ni el de mayor PIB (que es Egipto). Pero Botswana es muy pequeño (treinta veces menor, todo su PIB no alcanzaría para organizar el Mundial), y Egipto no está en su mejor momento como para garantizar un evento de este tamaño. Así es que si se quería tener un Mundial en África, Sudáfrica era la única opción.

No creo que esté claro aún cuánto gana un país si organiza un Mundial, o unos Juegos Olímpicos. Hasta que nos tocó a nosotros, los Olímpicos eran la puerta de entrada al primer mundo. De hecho, creo que seguimos siendo los únicos que organizamos estos Juegos y después no cumplimos. El caso comparable es la URSS, que después se vino abajo. Eventos de este tamaño tienen un elevado costo para el país anfitrión, que sólo puede recuperarse si la infraestructura es aprovechable: comunicaciones y transportes, la villa olímpica, los estadios y gimnasios, etcétera.

Es también un gran acto de relaciones públicas para la sede, indudablemente, pero para aprovecharlo se requieren muchas cosas adicionales que no todos los países logran concretar. A México los Olímpicos y el Mundial le dieron gran exposición, que permitió que la locura del presidente Echeverría, quien cosechó en su momento, alcanzara dimensiones globales, con grandes costos para el país. Pero, con otra persona en el cargo, pudo haber sido totalmente diferente. Recuerdo este caso porque Jacob Zuma, el presidente sudafricano, tiene con qué competir con don Luis.

Un mercado adicional que se acelera es el de las apuestas deportivas. Como usted sabe, en otros países esto es legal, y común. Y hay un mercado de apuestas en Internet que también aprovecha eventos de esta magnitud. Entre los apostadores, las calificaciones de la FIFA, y modelos econométricos especiales, hay quienes le dedican tiempo a imaginar lo que pasará en estas cuatro semanas. Lo mismo que hacemos todos nosotros en pequeñas quinielas entre amigos, pero en grande.

Puesto que México juega este jueves, y para no amargarle desde 48 horas antes, dejo para entonces una revisión de las cifras, incluyendo las posibilidades que le dan a México estos tres grupos: la FIFA, los economistas, y los apostadores.
08 Junio 2010 03:36:57
Ley y economía
En la noche del domingo o madrugada del lunes, la Policía Federal tomó las instalaciones de la mina de Cananea

Hasta ese momento, estaban bajo el control de los mineros que iniciaron una huelga hace unos años, en solidaridad con su líder sindical, Napoleón Gómez Urrutia. Durante esos años, el sindicato y la empresa pelearon en juntas de conciliación y tribunales acerca de la validez de la huelga, pero jurídicamente ese asunto terminó hace ya algunos meses. El sindicato no logró demostrar la validez de su movimiento, y la justicia permitió a la empresa declarar cerrada la mina y terminado el contrato colectivo. Visto así, el sindicato no podía retener las instalaciones, y lo que hizo la policía fue recuperarlas para su legítimo propietario.

Detrás de este conflicto hay todo tipo de personajes con mala fama, no sólo el líder sindical, pero independientemente de la fama de los involucrados, el asunto legal ya estaba terminado, y el sindicato debió devolver la mina hace ya varios meses. No lo hizo, los desalojaron, y ahora el “sindicalismo” dice que rompe con el gobierno. Me refiero a la nota que publicó EL UNIVERSAL Online desde las 12 del día de ayer: los sindicatos rompen con el gobierno, refiriéndose a telefonistas, el SME y la CNC, entre otros.

Es decir que los organismos gremiales no aceptan el fallo de la justicia, y que harán política para impedir que se cumpla. Me imagino que entre otras cosas se manifestarán por las calles de la ciudad de México, y con un poco de mala suerte destruirán algún otro bien nacional, como lo hicieron los señores del CNTE con la puerta de la SEP. Esta actitud explica mucho de nuestro atraso, económico y político. La ley no importa, lo que importan son los privilegios del grupo, y para defenderlos hay que usar todas las herramientas posibles, así esto ocurra fuera de la ley, porque a fin de cuentas nadie la hace cumplir.

Justo en esta semana la Suprema Corte estará discutiendo el dictamen de la investigación realizada con relación a la terrible tragedia de la guardería ABC, que costó la vida de 49 niños y daños severos a cien más. Este dictamen extiende la responsabilidad de la tragedia hasta el exdirector del IMSS y el exgobernador de Sonora bajo el argumento de que lo que hacen o dejan de hacer los subordinados es responsabilidad de su directivo. En ese mismo dictamen se sostiene que esto es un cambio de paradigma en la aplicación de la justicia, porque hasta ahora eso no ocurría.

Hay argumentos a favor y en contra de la extensión de la responsabilidad como se hace en el dictamen. Por un lado, parece una buena idea que los políticos tengan responsabilidad en sus decisiones. Por otro, parece imposible que un funcionario de alto nivel tenga control absoluto de lo que ocurre en su dependencia. Aplicando este mismo criterio, el ministro Ortiz Mayagoitia, presidente de la SCJN y al mismo tiempo del Consejo de la Judicatura, sería responsable de las acciones y omisiones de los jueces venales que desafortunadamente siguen existiendo, porque él no ha desarrollado las políticas públicas que permitan acabar con ellos. O, en el caso de la destrucción de la puerta de la Secretaría de Educación, el responsable sería Marcelo Ebrard, por la omisión de sus policías frente a los desmanes, que no ocurrieron únicamente en esta ocasión, sino que ocurren todos los días, si bien no siempre dañan bienes históricos.

La magnitud de la tragedia de la guardería nos hace pensar que no debería quedarse sin castigo y, debido a su gravedad, debería involucrar a políticos de muy alto rango. Por eso el dictamen que establece responsabilidad al actual director del IMSS, al anterior (que es secretario de Estado) y al gobernador del estado, ha sido muy aplaudido. Me parece que más como “cacería de brujas” que por su solidez jurídica. Otras decisiones de la corte, como la solicitud de proceso al jefe de Gobierno del DF por desacatar órdenes de la misma corte, fueron rechazadas por muchas personas con gran vehemencia. Muchos hoy aplauden a la corte con igual emoción.

Y éste es el problema: resulta que la ley está sujeta a la opinión mayoritaria, a las presiones políticas, a los tiempos de los medios de comunicación, a la violencia de los involucrados, a lo que usted guste. Y cuando la ley se aplica o no dependiendo del poder de los involucrados, no hablamos de estado de derecho, sino de un estado de fuerza.

Indudablemente una sociedad puede funcionar bajo ese estado de fuerza. De hecho, la humanidad ha vivido la inmensa mayoría del tiempo en este tipo de estados, en los que los más fuertes abusan de los más débiles no sólo con la violencia, sino con una ley que funciona a su modo. El problema de este tipo de estados es que no permiten ni la democracia ni el crecimiento económico. Permiten muchas otras cosas, como la permanencia de los mitos, la estratificación de la sociedad, la extracción de rentas, por poner unos ejemplos.

Es posible que el dictamen del ministro Zaldívar se pueda convertir en el parteaguas de la política nacional, y desde esta semana la ley se aplique sin distingo, empezando por los políticos de mayor rango. Es posible, pero muy improbable. Es más probable que sirva para tranquilizar conciencias quemando unas cuantas “brujas”, mientras seguimos a expensas de lo que los poderosos quieran hacer con nosotros: sindicalistas, empresarios, maestros, campesinos, organizados para extraernos rentas, sostenidos por viejos mitos y separados de los demás porque forman parte de la casta divina de este país.

Tal vez esta columna se equivoque, y estemos al borde de un nuevo México. En las vísperas del pleno estado de derecho. Sería maravilloso cometer un error como éste.
04 Junio 2010 03:18:37
El imperio de la ley
La detención del candidato de la alianza de izquierda a la gubernatura de Quintana Roo, Greg Sánchez, pone nuevamente en la agenda el tema de la incredulidad en la justicia mexicana. A pesar de los indicios públicos, la investigación, e incluso denuncias en prensa de periodistas de esa tendencia ideológica, los partidos que impulsaban a Greg sostienen que se trata de una acción política.

Y ese argumento es aceptado por millones de mexicanos, porque tenemos una historia de impartición selectiva de justicia. Puede ser que éste no sea el caso, pero otros ha habido, y recientemente. Y no sólo es que la justicia se haya usado para cuestiones políticas, sino para todo. En México la justicia no es ciega, ni es expedita, ni es nada.

Creo que no nos damos cuenta de cuánto importa esto. Los efectos de tener un sistema de justicia impredecible son ubicuos y graves. Si algo mantiene a México en el permanente subdesarrollo es precisamente la ausencia del estado de derecho, propiamente hablando.

Sin duda la primera evidencia de esto es la dificultad que tiene el mismo gobierno para enfrentar a la delincuencia organizada, que aprovecha la debilidad del sistema de justicia para su beneficio. Sobran historias de delincuentes que han sido detenidos para casi de inmediato quedar en libertad, merced a dificultades técnicas, o a abogados e incluso jueces corruptos. Y si hoy contamos los muertos en decenas de miles, buena parte de este costo social tiene su origen en este fallido sistema judicial.

Pero una evidencia más frecuente, si bien menos violenta, es la violación permanente de la ley en las calles de nuestras ciudades. Desde los franeleros privatizadores y los millones de vendedores ambulantes hasta los restaurantes que ocupan las banquetas, o los antros que venden alcohol a menores. Y por si fuese poco, todos estos grupos de ilegales son tan dueños de las calles que las pueden cerrar cuando gusten, para defender sus privilegios, sin que haya gobierno que lo impida.

El impacto no se queda ahí. El sistema financiero mexicano no funciona precisamente porque el sistema de justicia lo impide. Otorgar un crédito en México es un acto casi suicida, porque cobrarlo se vuelve una epopeya. Por eso la banca no puede dar créditos, porque para compensar su riesgo debería hacerlo a tasas muy elevadas, y eso no es posible. En consecuencia, sólo dan créditos muy seguros (gracias a modificaciones legales muy recientes), o muy caros (como las tarjetas de crédito). Y como con eso no alcanza, la banca mexicana acaba financiándose con comisiones. El peor de los mundos.

Como es evidente, no tener un estado de derecho produce costos muy elevados. Está en el origen de la violencia desatada, de la fractura social y del estancamiento económico. Es decir, México no puede avanzar sin resolver este problema. No se preocupe tanto por la reforma política, o la energética, o incluso por las reformas de seguridad. Mientras el sistema de procuración, impartición y administración de justicia sea lo que hoy tenemos, servirán de muy poco.

Pero resolver este problema no debería ser imposible. Por ejemplo, hoy contamos con una Suprema Corte muy diferente de la que conocimos en tiempos del régimen de la Revolución. Es perfectamente posible construir un sistema judicial diferente, si así lo queremos. No va a ser un asunto rápido, pero basta con empezar para que la dinámica social cambie.

Es claro que el origen de este sistema judicial corresponde a la aplicación discrecional de la ley en el régimen autoritario del siglo pasado, por lo que su solución debería ser igualmente clara. Es necesario iniciar con la aplicación de la ley, de forma paulatina pero consistente. No se puede, de golpe, hacer que todos cumplan leyes que no conocen ni entienden, pero le garantizo que las conocerán y entenderán conforme vean que deben hacerlo. Para que esto funcione, es importante que el Poder Judicial proceda a una revisión de su estructura y procedimientos, que vaya acompañada de un mayor presupuesto. Tampoco esto es cosa del otro mundo.

Sugiero, por ejemplo, un grupo de trabajo del Consejo de la Judicatura, que construya un plan para su propia reestructuración, y sugerencias de cuáles leyes, y de qué manera, empezarían a cumplirse en México sin discrecionalidad. Como de costumbre, sólo en caso de que haya algún interés por lograr que este país sobreviva.

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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
03 Junio 2010 03:00:07
Se va el futuro
El martes pasado comentaba con usted acerca de la posición de los rectores universitarios (en el evento llamado Universia) con respecto a considerar la educación superior como un “bien público”, opinión falsa bajo la definición económica, y que no tiene sentido usando el habla de todos los días.

Pero el mismo día que escribía ese texto se publicó la lista de las 500 supercomputadoras del mundo, que resulta muy interesante.

Como todas las listas que se publican en los medios, tiene sus asegunes. El más importante, según los que saben, es que hay computadoras más grandes que no son públicas, ni lo serán en un buen rato, y por eso no se pueden incluir. Es decir que esta lista corresponde a las 500 supercomputadoras públicas, pero hay otras, secretas o al menos confidenciales, que serían mayores. No afecta mucho a lo que quiero comentarle, que es que en esa lista no estamos. De esas 500, no tenemos una. Brasil sí, tiene una sola, pero que está en el lugar 86, medida en rapidez. Estados Unidos tiene cosa de la mitad, y tienen más de 20 China, Alemania, Francia y Reino Unido. Con poco menos de 20 están Japón y Rusia, y con menos de diez (pero más de cinco): Italia, India, Arabia Saudita, Suecia, Canadá, Suiza, Nueva Zelanda y Polonia. Corea del Sur tiene menos, pero son muy rápidas. Tienen menos de cinco: Austria, Holanda, Finlandia, España, Noruega, Dinamarca, Israel, y con una sola está Brasil, como decíamos, pero también Eslovenia, Hong Kong, Singapur, Sudáfrica, Turquía e Irlanda.

Las más lentas de esas 500 máquinas puede hacer poco menos de 25 teraflops (billones de operaciones de punto flotante por segundo). De acuerdo con notas de prensa, la supercomputadora de la UNAM, que se estrenó a inicios de 2007 y se llama KanBalam, alcanza 7 teraflops. En su momento, hace tres años, sí estaba entre las 500 (dice la nota que la número 126).

De acuerdo con la nueva lista, cosa de la mitad de las supercomputadoras se utilizan para investigación y para cuestiones académicas, y de la mitad restante, una parte no menor se utiliza para actividades que podemos calificar de manera parecida: geofísica, software, clima, aunque parte de ellas sin duda se orientan también a cuestiones comerciales.

Uno podría decir que no es necesario tener supercomputadoras para hacer ciencia, porque una herramienta de ese tamaño es excesiva para una gran cantidad de preguntas académicas. También se puede argumentar que el cloud computing puede sustituir a una supercomputadora para otro segmento de investigaciones. Ambas cosas son ciertas, pero también es cierto que, para ciertos problemas, no hay nada como una supercomputadora. La pregunta relevante es si tenemos problemas de esos. A lo mejor no, y por eso no necesitamos la máquina. Pero entonces yo me preguntaría por qué no tenemos esos problemas.

El martes pasado, esta columna insistía en que tenemos que resolver la educación básica (específicamente la secundaria) para poder tener una base científica en el futuro cercano. Hoy, sin embargo, critico que no tengamos una herramienta que sólo es útil para ciertos investigadores. Aunque parezca, no hay contradicción entre estas dos críticas. Es necesario, para en verdad producir conocimiento, contar tanto con recursos humanos como técnicos, y en ambos estamos rezagados.

Brasil, que es el país con el que mejor podemos compararnos, tiene su supercomputadora (doce veces más rápida que la de la UNAM), tiene 4 universidades entre las 500 más importantes del mundo (nosotros una), y cada año 1.5% de sus jóvenes de secundaria alcanzan nivel de excelencia. De los nuestros, sólo el 0.3%. No es por molestar a nadie, pero en materia de investigación somos mucho menores que Brasil. Sorprendentemente, es un país con más pobreza y desigualdad que nosotros, y en el que un mayor porcentaje de sus jóvenes termina la educación básica sin saber leer ni escribir, y tiene varios de los mismos problemas que nosotros, ampliados. Pero en materia de producir conocimiento, nos lleva ventaja, y no poca.

Reitero mi propuesta para revolucionar la educación en México, que tiene parecido con lo que ocurre en Brasil. Puesto que no es posible corregir el sistema educativo completo, hagamos un esfuerzo por incrementar el número de jóvenes que sobreviven a la secundaria, creando un sistema de escuelas secundarias de alta calidad, utilizando la experiencia positiva de la Secundaria Anexa a la Normal, para captar a 5% superior de las pruebas ENLACE de primaria (cosa de 100 mil niños y niñas). Estamos hablando de dedicar 3 mil secundarias a este esfuerzo, repartidas en el territorio nacional, en donde trabajarían los mejores profesores y recibirían a los mejores alumnos. No habría discriminación de ningún tipo con esta medida, porque sería puramente meritocrática. El niño que esté en el 5% más alto de ENLACE tendrá la opción de estudiar la secundaria en este sistema. Sin importar su nivel socioeconómico o cualquier otra característica personal.

En seis años, el nivel de los jóvenes que llegan a las universidades sería sustancialmente mayor, y en diez tendríamos, ahora sí, mejores egresados de educación superior. Diez años después, tendríamos investigadores, bien preparados y capaces, que podrían sustituir a todos los que hoy hay. En un solo año. Porque perdemos a los investigadores desde la secundaria, no en la universidad, a la que ya llegan destruidos.

Claro que hay que invertir en investigación, para competir en un mundo que depende del conocimiento, pero la mejor inversión es en los recursos humanos, y hay que hacerla en el momento adecuado: en la secundaria.

01 Junio 2010 03:46:50
Educación superior
En la reunión de universidades celebrada en nuestro país, Universia, el presidente Felipe Calderón sostuvo que:

“La definición de la educación superior como un bien público, refrendada en el Primer Encuentro de Rectores Universia, no significa que la iniciativa privada no participe o no colabore con ella; muy por el contrario”, según nota de Jorge Ramos y Nurit Martínez, aparecida en adelanto en la página electrónica de EL UNIVERSAL ayer lunes a las 11:31 de la mañana.

Más adelante, el Presidente reconoció que hay un gran rezago en este nivel educativo, además de otros lugares comunes que, no por ello, dejan de ser falsos, o al menos equívocos.

En primer lugar, definir la educación superior como bien público no tiene sentido. Para los economistas, un bien público es aquél que es no rival y no excluible, es decir, que no importa cuánto consuma una persona de él, su oferta no se reduce (eso es “no rival”) y que cuando se oferta, no hay manera de excluir a alguien de recibirlo (eso es “no excluible”). El mejor ejemplo es la señal de televisión abierta: si usted la ve, la señal de otros televisores no se reduce, y cuando la estación emite la señal, todos los que tienen su receptor pueden verla. No se puede eliminar a uno u otro de los receptores.

Precisamente por ello, este bien que le llega a todos y que no se agota no puede tener un precio positivo, y por eso se llama “bien público”. Indudablemente, la educación superior no es esto. No existe una oferta de este bien que pueda darse a todos sin caída en calidad. Incluso mediante los muy interesantes experimentos de cursos abiertos en internet, no permiten convertir a la educación superior en “bien público”, porque si bien son muy útiles para socializar el conocimiento, no cumplen el requisito de control de calidad implícito en un título superior.

Tal vez no están pensando en términos económicos los rectores al hablar de bien público, sino más en el habla cotidiana, lo que sería muy grave por tratarse de las máximas autoridades universitarias, que podrían y deberían cuidar mucho su lenguaje. Pero supongamos entonces que se refieren a un tipo de bien que debería ser accesible para todo público. Esta parece ser la acepción a que se refieren los rectores, que desde al año pasado no sólo califican a la educación superior como un bien público, sino como un derecho humano fundamental.

Si la idea es esa, entonces el asunto es más grave: no entiendo por qué podría suponerse que todos deben tener un título universitario. Existen miles de actividades que no requieren, en absoluto, que alguien ocupe cinco años de su vida en las aulas. Estudiar una carrera profesional para dedicarse a alguna de estas actividades implicaría, entonces, un grave costo, social y personal.

La educación es un sistema meritocrático por definición. En donde este supuesto no se cumple, la educación simplemente no sirve, como en México, o para el caso, en toda América Latina. Si bien la educación básica es, sin lugar a dudas, un derecho humano fundamental, lo mismo no puede decirse de la educación superior. Se entiende que los rectores quieran ser tratados como secretarios de Educación, o quieran que su fuente de trabajo alcance mayor importancia, pero esta definición es una barbaridad.

La única manera de que la educación superior sea accesible a todos es que deje de ser superior. Simple y llanamente, no todos los seres humanos están llamados a estudiar una carrera profesional, por su vocación o por su capacidad. Entiendo, y comparto, el interés de que no sean razones económicas las que impidan a una persona estudiar una carrera. Pero no puedo compartir la idea de que cualquiera está capacitado por la naturaleza para tener un título.

Lo que ocurre cuando uno quiere ampliar artificialmente el número de graduados es lo que hoy podemos ver en México: miles de licenciados que no saben leer ni escribir, miles de ingenieros que no saben resolver una derivada, miles de médicos que son un riesgo público. Y es que en eso acaba uno cuando quiere hacer todo público, en dañar a la sociedad.

Como escribía el viernes en la primera sección, estamos en plena economía del conocimiento. Éste es el factor de producción que más valor agrega hoy en día. Es imperativo que América Latina participe en la creación de conocimiento, y México en particular. Pero eso no ocurre teniendo más profesionistas, sino mejores, y eso sólo ocurrirá si logramos resolver los problemas en la educación básica que destruyen a potenciales estudiosos años antes de que lleguen a la universidad.

Eso deberían pedir los rectores: una mayor y mejor inversión en educación básica que los dotase de mejores aspirantes. Pero eso no da brillo social, ni mayores presupuestos. Por eso lo que piden son más recursos para ellos, sabiendo que sus resultados serán igual de malos, así tengan más dinero, porque no hay magia, cuando un alumno llega a la universidad sin poder leer bien, ya no hay nada que hacer.

Seamos serios: lo que necesitamos resolver es la educación básica, impulsando desde ese nivel a los niños que tienen madera para convertirse en profesionistas. No todos la tienen. Muchos podrán dedicarse, para mejor provecho suyo y de la sociedad, a las miles de actividades que no requieren perder el tiempo en un salón en el que no entienden nada.

El beneficio social de la educación superior no ocurre cuando todos pueden entrar en ella, sino cuando de ella salen personas capaces, que pueden multiplicar el bienestar de la sociedad gracias a los conocimientos que han adquirido. De ahí el valor de los títulos, que garantizan (o deberían hacerlo) que las personas que los ostentan efectivamente han adquirido esos conocimientos. Cuando eso no ocurre, los títulos pierden su valor para la sociedad. No se pregunte entonces por qué ahora un título no garantiza un empleo, la respuesta es evidente: no lo valen.

28 Mayo 2010 03:38:35
Competir por el futuro
El jueves pasado se publicó en ScienceExpress un artículo firmado por 24 investigadores, encabezados por Craig J. Venter y Hamilton Smith, en el que se describe un evento de la mayor importancia. Se logró construir, así como suena, una bacteria artificial. El equipo científico fue capaz de construir una secuencia de DNA de más de un millón de bases y sustituir, por completo, el DNA original de una bacteria. Es una célula artificial, diseñada por computadora, construida por seres humanos.

Cabe recordar que Craig Venter es una figura de la mayor importancia en algo que no es exactamente ciencia ni tecnología, sino ambas. Venter y Smith lograron secuenciar el genoma de la bacteria Haemophylus influenzae en 1995, y fue Craig Venter quien obligó al gobierno estadounidense a invertir en serio en la secuenciación del genoma humano. La idea de Venter era utilizar una técnica no muy aceptada por otros científicos (expressed sequence tags). Cuando los institutos nacionales de salud estadounidenses bloquearon esta posibilidad, Venter creó una empresa propia (Celera Genomics), consiguió financiamiento privado, y retó al mundo diciendo que él y su equipo lograrían la secuenciación del genoma humano antes que los demás. Finalmente el gobierno estadounidense logró convencer a Venter (y a otros gobiernos) para que éste fuese un proyecto único internacional, que logró su objetivo en 2003.

Por otra parte, este miércoles Apple superó en valor a Microsoft, al menos por unos momentos, por primera vez en la historia. Apple vale 227 mil millones de dólares (25% del PIB de México, nada más como referencia). A diferencia de Microsoft, una gran empresa construida sobre un software más bien mediano, Apple ha logrado construir un portafolio de productos muy diverso, con un diseño de muy alto nivel, y ha cambiado con ellos la vida de millones de personas. Especialmente con el iPod y su software asociado iTunes, que ha redefinido el mercado de la música.

El factor de producción que genera más valor agregado es la información. Una secuencia de ceros y unos está detrás de la música que escuchamos en iPods y las películas que vemos en iPads. Una secuencia de ceros y unos está detrás de la primera célula artificial.

La velocidad del cambio debería sorprendernos. Si bien el conocimiento es el elemento clave en la forma en que Europa se convirtió en el continente exitoso a partir del siglo XVI, no cabe duda que hay momentos de gran aceleración: en el siglo XIX en los transportes, en el siglo XX en la electrónica, y desde los años 80 el conocimiento genera ya más valor que cualquier otra cosa: trabajo, capital, lo que usted guste.

Para competir por el futuro, es necesario competir por la creación de conocimiento. México no puede hacerlo, no tanto porque no invirtamos en ciencia y tecnología, sino porque no invertimos en educación básica de manera adecuada. Muchos, sobre todo los investigadores, quieren un mayor gasto en la parte final de la creación de conocimiento: educación superior, investigación, etc. Pero no es ahí en donde estamos fallando seriamente, sino en la secundaria. De poco nos serviría incrementar el gasto en un lugar al que ya prácticamente no llega nadie. México logra producir menos de 10 mil jóvenes capaces cada año (de entre 1.8 millones) al salir de secundaria.

Independientemente de muchas otras cosas, me parece que deberíamos tomar una decisión urgente para elevar el número de potenciales investigadores (a los que eventualmente habrá que dotar de recursos abundantes). Esta decisión consiste en abrir la oportunidad a los niños mejor evaluados al final de la primaria para dedicarse a estudiar en serio. Esto significa establecer un grupo de escuelas de excelencia, a la que sólo tendrían acceso los niños mejor evaluados, en las que se utilizarían las mejores prácticas que tenemos (por ejemplo, las de la Secundaria Anexa a la Normal: más tiempo, más atención, más involucramiento de los padres). Podríamos, con un poco de esfuerzo, dedicar 3 mil escuelas a este proyecto, captando 100 mil estudiantes.

En seis años, estos niños, habiendo escapado al poder destructor del sistema educativo actual, transformarán las universidades. En 10, estaremos llenando posgrados en el mundo. En 20, México podrá por fin empezar a competir. Es un proyecto que puede transformar a México, que no debe costar mucho y que puede atraer capital privado con facilidad. Pero sólo si queremos competir por el futuro, claro.

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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
21 Mayo 2010 03:40:03
¿Qué queremos?
El viaje de Calderón a Estados Unidos, centrado en la discusión de la ley 1070 de Arizona y el narcotráfico, me parece que obliga a pensar, seriamente, qué queremos hacer con México en el futuro. Indudablemente, los dos asuntos mencionados son relevantes para ambos países, por razones distintas. EU necesita millón y medio de personas adicionales cada año, durante al menos los próximos 15, para mantener su economía funcionando. Están llegando al retiro los nacidos en la generación más populosa de ese país, los baby boomers, y no hay cómo reemplazarlos. La mitad de esa cantidad la pondrá México, legal o ilegalmente. Para todos es preferible encontrar un mecanismo que garantice esa fuerza de trabajo, y al mismo tiempo la seguridad interna del país que los necesita. Lo único que necesitamos definir es cómo queremos llegar a ese acuerdo, y para ello necesitamos saber qué queremos hacer de México.

Algo similar ocurre en el tema de la seguridad. El tráfico de drogas no se va a acabar, ni siquiera con legalizaciones parciales. Es posible, según creen algunos, que ni siquiera sea deseable buscar su eliminación. Lo relevante, sin duda, es limitar las actividades de la delincuencia organizada, acotarlas, establecer límites que no pongan en riesgo la operación del Estado ni el funcionamiento normal de la sociedad. Eso es lo que se ha complicado en los últimos 15 años, la definición de los límites. A eso debe limitarse la acción directa del Estado, pero de ahí hay que partir para la construcción de un Estado estable. Nuevamente, se requiere una definición clara de parte de México.

Lo que no podemos seguir haciendo es culpar a EU de los males mexicanos. Es cierto que los migrantes ilegales sufren en aquel país, pero son migrantes porque nuestra economía no les ofrece opciones. También es cierto que el tráfico de drogas depende fundamentalmente del consumo estadounidense y de las armas que allá se consiguen, pero el tamaño de la delincuencia organizada en nuestro país debe tanto o más a la corrupción de nuestras autoridades, policiales y políticas.

Es decir que, en el fondo, los problemas de la vecindad tienen que ver con los vecinos. Con ambos. Y nuestra casa no está en tan buenas condiciones como para andar criticando la ajena. Y no la tenemos en orden porque no sabemos qué orden queremos. Porque debería ser claro que la economía mexicana, para ser exitosa, lo único que requiere es que la liberemos. Pero no lo es, porque los mitos con que nos adoctrinaron desde niños son demasiado fuertes. De manera increíble, los mexicanos siguen creyendo las mentiras mediante las cuales fueron controlados durante décadas. Siguen defendiendo las creencias que les metieron en su mente para poder extraerles recursos para beneficio de los ganadores de las guerras civiles. ¿O de dónde cree usted que salió la fortuna de ex presidentes y ex gobernadores? De usted, de su familia, de sus amigos, que han financiado las rentas de empresarios oligopólicos, líderes sindicales, centrales campesinas, y claro, políticos.

Sin liberar la economía mexicana (de sindicatos corporativos, empresarios oligopólicos, etc.) no hay manera de que podamos generar los empleos que necesitamos, de forma que más de medio millón de mexicanos tendrán que seguir emigrando, año tras año, al país vecino. Y si no queremos que los maltraten, tenemos que acordar algo con ellos. Pero nada de lo que ofrezcamos será creíble, si no podemos siquiera ordenar nuestra casa.

Lo mismo sucede con la delincuencia organizada. Es claro que es un problema común, pero no es tan claro que nosotros realmente queramos enfrentarla. Porque eso obligaría a un control serio de nuestro sistema financiero, pero eso descobijaría a los políticos que hoy siguen moviendo recursos para su beneficio, a los empresarios que no pagan impuestos, a toda la clase media que le anda buscando cómo esconder sus ingresos. ¿En verdad queremos resolver el problema? ¿En verdad queremos cumplir la ley? No parece que sea así, y al menos en Estados Unidos no están convencidos.

México tiene que decidir por cuál camino se mueve. El del siglo XX, el que fue un fracaso, solamente sigue existiendo gracias a los mitos y creencias que un pésimo sistema educativo logró imbuir en las mentes de todos. Si queremos seguir en ese camino, está garantizado que también mantendremos con Estados Unidos la relación que hoy tenemos: de subordinación y dependencia. No por la economía, sino porque seguiremos siendo expulsores de mano de obra y, sobre todo, un país de corruptos que no quieren cumplir la ley. Eso, hay que reconocerlo, no es culpa de los vecinos.

Nosotros somos los que tenemos que decidir. Ahí cuando quieran.

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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
23 Abril 2010 03:59:32
Instituciones y mayorías
Al leer, el martes pasado, un muy buen artículo de María Amparo Casar en el que realiza una comparación bastante concluyente acerca de la formación de mayorías y la construcción de acuerdos, pensé que puede ser interesante ofrecer algo de lo que sabemos con respecto al impacto de las instituciones en el desempeño de las sociedades.

Sabemos que la decisión entre sistema presidencial y parlamentario tiene un impacto en el tamaño del gobierno: más grande y con más impuestos en este último. Algo parecido ocurre entre mayoría y representación proporcional, esta segunda forma de elegir parece promover mayores gobiernos con más impuestos. Parece haber más gobernabilidad en los regímenes parlamentarios, con mayor número de partidos, pero ciertamente los sistemas de mayoría no necesariamente llevan a bipartidismo. Los sistemas de mayoría promedian un menor déficit, pero también un menor gasto social (Persson y Tabellini).

Estos impactos derivados del tipo de sistema de gobierno, como puede verse, son interesantes, pero poco relevantes para la mayoría de la población. No podemos, por ejemplo, encontrar una clara relación entre sistema de gobierno y crecimiento de la economía, pero sí tenemos evidencia, más o menos fuerte, de que algunas instituciones han sido determinantes en el desempeño de largo plazo de las economías. Posiblemente el elemento más importante tiene que ver con educación. Los países que tenían un porcentaje relevante de alfabetismo a inicios del siglo XIX son hoy todos desarrollados. Hoy, que podemos medir muchas más cosas, sabemos que hay una clara relación entre habilidades cognitivas y crecimiento de la economía. Hanushek y Woessman sostienen que es precisamente la falta de habilidades cognitivas en América Latina la gran explicación de nuestro fracaso económico.

Otra institución de gran importancia, que permite identificar las naciones que se han convertido en democracias, es la amplitud del voto. Las naciones que más rápidamente ampliaron el derecho a votar a inicios del siglo XIX son democracias hoy en día. Todavía más atrás, puede encontrarse una fuerte relación entre el tipo de estructura económica establecida entre el siglo XVI y el XIX y la situación actual, tanto en términos de democracia como de desempeño económico. Los lugares que fueron plantaciones, es decir, estructuras profundamente verticales dependientes de la esclavitud o servidumbre, no pueden aún convertirse en democracias, ni pueden tener un buen desempeño económico, sin importar si fueron colonias inglesas, francesas, holandesas, españolas o feudos eslavos (Engermann y Sokoloff).

Las instituciones (reglas) que tienen un impacto sobre el desempeño económico, sin embargo, tienen también impacto político: quienes se benefician de un cierto arreglo no desean que éste cambie, y aun cuando el centro de gravedad de la política se orientase a las reformas, hay la necesidad de acordar con quienes perderán, estableciendo compromisos metalegales para garantizar que el cambio sea pacífico (Acemoglu y Robinson).

En suma, las reformas que pueden tener un impacto relevante en la vida diaria de los mexicanos, como la de Competencia Económica y la Laboral, no pueden aprobarse porque el equilibrio político no está a su favor (¿por qué el PRI reformaría el sistema que creó?). Sin embargo, este equilibrio no va a modificarse mediante una reforma política. Sin importar el tipo de sistema, la distribución de poder político actual sería más o menos igual, y lo mismo los actores, por lo que el impacto de la reforma política en el desempeño de la sociedad sería prácticamente nulo.

El problema de fondo del país es que tenemos una sociedad estratificada con base en privilegios económicos y sociales de diversos grupos que no están dispuestos a prescindir de ellos. Esos privilegios implican una extracción de recursos al resto de la sociedad. Por eso la persistencia de la mala distribución del ingreso. Por otra parte, el carácter estratificado de la sociedad implica que ésta no es meritocrática, es decir, que en México no importa mucho lo que una persona haga o lo que sepa, importa su origen social, o en último caso sus logros, así hayan sido ilegales (producto de la corrupción o el crimen). Por eso el sistema educativo no tiene solución.

Una sociedad anacrónica como ésta no dará lugar ni a democracia ni a crecimiento económico. Por eso nos atoramos en ambas cosas. Las reformas que ayuden a cambiar esa sociedad son las importantes. Lo demás se ajustará solo.

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Profesor de Humanidades ITESM-CCM
09 Abril 2010 03:38:20
Medios
Esta semana me parece que confirma que uno de los actores que menos ha aportado al proceso de cambio político en México son los medios de comunicación (el otro es la academia). Desde el uso faccioso de los medios públicos estatales en Hidalgo y Veracruz hasta la inexistente entrevista a un capo por parte del decano del periodismo “de avanzada”, pasando por el uso y abuso del caso Paulette.

Habrá opiniones al respecto, muy diversas, empezando por quienes, desde los mismos medios, defienden su derecho a hablar de lo que sea y como sea, con la excusa de que “es nota”. No sé si quienes estudian a los medios han caído en cuenta que este argumento es circular: nota es lo que los medios consideran que el público quiere saber, y eso es lo que ofrecen. El público no tiene otra opción que seguir lo que los medios han decidido. La nota es una profecía autocumplida.

La democracia depende de manera determinante del flujo de información, y los medios son el principal instrumento de este flujo en las democracias modernas, todavía. En consecuencia, la definición que toman acerca de la agenda noticiosa es el centro sobre el que se construye la discusión pública. Cuando esta agenda está limitada por el poder, como en los casos estatales mencionados; cuando pierde el sentido de la información en busca de oportunidad y protagonismo, como en la entrevista; o cuando la agenda se reduce al sentimentalismo y morbo, no hay información para la democracia, hay control, confusión o distracción de las masas.

Ésa era la función de los medios en el régimen autoritario, y desafortunadamente no hemos podido transformarla. Los medios sólo le han añadido a ello una vocación por la acusación desde la cual han buscado transformarse en el referente moral de la sociedad. No una postura crítica, sino acusadora; no un referente democrático, sino moral.

El resultado son encabezados agresivos, pero sin sustento; conductores que pontifican y que no escuchan a sus entrevistados, suponiendo que es deber del periodista decidir lo que puede o no decir su contraparte; notas que no pueden tener seguimiento porque el medio ni siquiera investigó lo suficiente. Es un periodismo que sigue correspondiendo a un régimen autoritario, pero en el que son los medios quienes quieren asumir el papel del centro del poder. Autoritarismo mediático, si quiere.

Por eso la relación entre los medios y el poder no ha cambiado, sigue siendo subrepticia, oscura, de negocios. Los medios estatales, en buena parte del país, siguen funcionando exactamente como lo hacían en tiempos del viejo régimen, mientras que los medios nacionales lo que han cambiado es la dirección de la relación: ahora ellos quieren imponerse al poder. Pero la relación es la misma.

Por eso la discusión pública no puede salir de los mismos temas: parroquiales, pobristas, demagógicos, sentimentales, circenses a fin de cuentas. No podemos poner a México en perspectiva, porque sólo nos vemos el ombligo; no podemos discutir a fondo los temas relevantes, porque todo siempre acaba explicado por la pobreza; no podemos hablar en serio, porque es políticamente incorrecto decir con todas sus letras que muchos medios siguen vendiéndose a los políticos, mientras otros se dedican a comprarlos, no podemos decir con toda claridad que las leyendas del viejo régimen ya no tienen cabida en la democracia, no podemos reconocer el fracaso que es México.

No queremos aceptar que lo hemos destruido entre todos por mantener creencias absurdas, por fingir respeto a manifestaciones populares que no lo merecen, por evitar la discusión franca y abierta sobre las opciones que tenemos y los costos que cada una implica. No, nos basta con erigirnos en jueces sacando frases de contexto, usando cifras que no entendemos, esgrimiendo ejemplos absurdos.

La estructura empresarial de los medios de comunicación es la misma del viejo régimen, pero no parece estar ahí el principal obstáculo. Creo que los periodistas tienen que hacer un verdadero esfuerzo por analizar su participación en la sociedad actual, aplicando esa crítica que dicen ser capaces de hacer a sus propias creencias y actitudes. Reitero, no es posible la democracia sin el flujo de información, de forma que los medios son indispensables para la construcción de ciudadanía y para el éxito de la democracia. Hasta hoy, son también parte, y no menor, del fracaso. Como lo es la academia. Somos, pues.

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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
26 Marzo 2010 03:23:17
La mayoría del miedo
Puesto que el problema es que no se puede llegar a acuerdos, la solución es imponer una sola visión. Eso es lo que propuso el gobernador Peña Nieto en estas páginas, ni más, ni menos. Y a su favor se han inclinado algunos que promovían la reforma política enviada por el presidente sólo un par de semanas antes. Intelectualidad de veleta, parece.

La imposición de una sola forma de ver las cosas suele resultar muy costosa. A nosotros nos costó mucho, un siglo perdido. Hay quienes creen que es peor la indecisión de los últimos diez años, y prefieren por ello regresar al pensamiento único. Y ajustan el propio para que coincida.

Pero en realidad el asunto es más grave, porque el problema no es ése. No es que no se puedan construir acuerdos por una falla institucional. Aunque sin duda podríamos tener un tramado institucional que favoreciese la negociación, insisto en que lo que está detrás es un conflicto entre dos formas de ver el mundo. En los hechos, aunque tengamos tres partidos somos bipartidistas: los que quieren regresar a lo conocido y los que quieren avanzar.

Puede resultar sorprendente que alguien quiera regresar a un régimen autoritario, corporativo y corrupto, pero así es. Millones de mexicanos siguen creyendo que se vivía mejor entonces, en parte porque ya no se acuerdan (o no lo conocieron), y en parte porque así es la fe cuasireligiosa que logró imbuir el régimen de la Revolución en sus súbditos-feligreses. Tantos como son, ya no alcanzan a ser la mayoría, y por eso la insistencia de su precandidato en que el control legislativo se lo dé la chicana jurídica.

Hoy son mayoría los que no quieren regresar al experimento de la economía mixta, del autoritarismo político, de la administración de la delincuencia organizada. Pero esta mayoría no tiene una idea común. No la puede tener porque a su interior están las diferentes opciones que una nación moderna tiene, el universo político de las democracias occidentales, con su izquierda y su derecha. Pero para que estas posibilidades aparezcan es necesario primero que lo antiguo termine de irse. Por eso no era buena idea negociar con ese pasado la construcción del futuro, como es evidente diez años después.

La propuesta de otorgar mayoría artificial a una fuerza política tiene como objetivo bloquear esta posibilidad. Puesto que quienes quieren avanzar están más dispersos, lo que se busca es aprovecharlo para intentar la restauración. Porque no es otra cosa lo que puede esperarse del priísmo agrupado en torno a Peña Nieto y Beatriz Paredes. Lo han dicho con toda claridad: nada de reformas fiscales, laborales, energéticas. Es más, ni siquiera reforma política, salvo la mayoría artificial, que esperan ganar con lo que queda de nacionalismo revolucionario.

Son congruentes, no cabe duda, porque las reformas que hoy niegan las han negado siempre. Desde 1965, cuando el país ya no daba para más, se negaron a modernizarlo. Para ello ejercieron la represión contra quienes fuese necesario, endeudaron al país hasta ponerlo al borde de la insolvencia, y compraron las voluntades de millones de mexicanos a costa del deterioro universitario y el gigantismo estatal. Pudieron salvarse del repudio y la destrucción gracias a que encontramos petróleo para pagar ese endeudamiento y para sobrevivir unos años más. Estuvieron a punto de acabar con el país, y hoy quieren intentarlo de nuevo. Y para no fallar, quieren una mayoría en el Congreso.

La virtud de la democracia es precisamente la pluralidad, y ése es el valor que debemos defender. Argumentar que es necesario acabar con ella a cambio de decisiones es una tontería suprema. Llevamos 45 años sin tomar las decisiones, más de treinta de ellos bajo un régimen autoritario que tenía mayoría absoluta y calificada, y diez bajo un intento de transición pactada infructuoso. No me digan que lo que se necesita ahora son mayorías artificiales para decidir.

Tal vez la peor herencia del viejo régimen es el miedo de los mexicanos a hacerse cargo de su futuro, resultado del corporativismo. Sólo ese miedo, o el interés, explicarían darle una mayoría artificial a un grupo político, cualquiera que éste fuera.

Necesitamos mejores reglas para facilitar acuerdos, eso es seguro. Pero sobre todo necesitamos el enfrentamiento definitivo entre el pasado y el futuro de México. Y ese enfrentamiento sólo puede ser pacífico a través de la pluralidad democrática. No hay que tenerle miedo al conflicto, que es natural en la sociedad. Hay que darle cauce, para eso es la democracia.

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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
16 Marzo 2010 03:17:18
Preparar la vejez
Ya en varias ocasiones hemos comentado con usted en estas páginas la importancia de acordarse de que uno envejece, si tiene suerte

Ahora me encontré en la red un texto publicado originalmente en el US News and World Report firmado por Emily Brandon que sostiene que, en Estados Unidos, una pareja que se jubila a los 65 años enfrentará, en el resto de su vida, un costo de salud de casi 200 mil dólares, por encima del seguro de gastos médicos mayores. Se trata de cuestiones no cubiertas en los seguros, deducibles, y cosas por el estilo. No se incluye en esta cifra el costo de enfermería en caso de necesitar cuidados adicionales. La reportera menciona que estas cifras provienen de un estudio de Prudential, empresa que conocemos en México y que se dedica, entre otras cosas, al financiamiento de largo plazo.

Coincidentemente, he recibido preguntas en últimas fechas con respecto a la forma en que se calculan las pensiones, por lo que pensé que podría ser una buena idea regresar al tema de cómo prepararse financieramente para la vejez, no tanto por los que vamos ya llegando, sino por los que todavía tienen tiempo de hacerlo.

El costo al que me refería en el primer párrafo debe ser un menor en México, pero no es una cantidad despreciable. Una certeza de la vejez es que es menos saludable que la juventud, cosa en la que no se repara cuando uno es joven. Una pareja joven, por ejemplo, tiene una preocupación mayor por tener recursos para los estudios de los hijos que por guardar recursos para su vejez, y hace bien. Pero conforme los hijos crecen, y los gastos por educación terminan, muchas parejas piensan que ese dinero es ahora un excedente que puede gastarse en lujos pospuestos. En realidad, es un dinero que puede convertirse en el seguro de salud de la vejez.

Los gastos de salud en la “plenitud”, como ahora le dicen, son equivalentes al costo de los estudios superiores de los hijos, como es evidente por la cifra mencionada antes. Si usted está pensando dedicarle una cierta cantidad a que su hijo o hija pueda asistir a una universidad para su carrera o maestría, haga exactamente el mismo cálculo para que usted pueda asistir al hospital cuando sea mayor. No lo tome a broma, porque sí va a ir.

Es importante hacer esta bolsa para la salud porque la pensión que usted recibirá no va a ser muy grande. Y sacar de ahí para la renta, para comer y para el doctor no es una buena idea. Algo dejará de pagar, porque no le va a alcanzar. Todavía hoy, y por unos años más, buena parte de los que se jubilen lo harán con las leyes anteriores.

Si usted trabaja en la iniciativa privada, su jubilación se calcula usando la ley de 1973, siempre y cuando haya empezado a cotizar en el IMSS antes de 1997. Con base en esa ley, la pensión que recibirá estará entre los 2 mil y los 18 mil pesos mensuales, redondeando. Pero antes de que se emocione, si usted gana hoy 5 mil pesos mensuales o más, la pensión será de la mitad de su sueldo actual, también redondeando.

Para alcanzar esa pensión, por cierto, tiene usted que cumplir 65 años de edad y acumular una buena cantidad de semanas cotizando. Siquiera unas mil (20 años) para que pueda usted alcanzar esas cifras que le comento, que no son ninguna maravilla. En pocas palabras, lo mismo que le he dicho desde hace algunos años: no confíe en el sistema de pensiones porque no le va a alcanzar el dinero. Le van a dar algo, pero no es mucho.

El sistema de Afores, que puede resultar bueno, de momento aún no lo es. No lo es por varias razones, pero la más importante al día de hoy es que todavía lleva pocos años, y la cantidad que se deposita en estos fondos es muy pequeña. Si quiere usted tener una idea de cuánto necesita acumular en su Afore para vivir a su gusto, pruebe la calculadora que ha estado promocionando ING (
http://www.ingtunumero.com.mx), que es una buena referencia. Tiene usted que poner su género, edad, edad a la que se piensa retirar y la cantidad que quisiera tener al mes, y le devuelve la cantidad que debe tener ahorrada para ello. Y ya después promocionan sus productos, cosa normal.

Al menos para tener una idea, le conviene ver el dichoso número. Porque luego queremos retirarnos ganando más o menos lo mismo, y no hemos ahorrado nada. Y si no hay nada ahorrado, pues no hay nada de pensión. O mejor dicho, nada más la del IMSS, que ya vio usted que no es muy grande que digamos.

Espero poder presentarle, en una próxima entrega del blog Economía 2.0, algunas gráficas que le permitan hacer mejor su estimación de cuánto debe ahorrar, porque este espacio no me lo permite, pero mientras llegamos a eso, le recuerdo aquella fórmula que una vez le sugerí para determinar la cantidad que debe ahorrar: su edad menos veinte es el porcentaje de su ingreso que debe usted ir guardando, ya sea en comprar una casa o en ahorros de largo plazo. Si tiene 30 años, guarde el 10%; si tiene 50, guarde 30%.

Si me dice usted que no puede ahorrar, porque apenas la va librando, lo entenderé, pero usted también tendrá que entender que, dentro de unos años, lo único a lo que podrá aspirar es a la pensión del IMSS. Si usted trabaja en el gobierno y cotiza para el ISSSTE, está en una mejor situación, pero tampoco crea que muy holgada. El ISSSTE da pensiones mayores que el IMSS, en promedio, porque los salarios de cotización son mayores y porque las prestaciones del gobierno son superiores a las de quienes trabajamos en el sector privado, victorias de la Revolución. Pero, insisto, tampoco es como para retirarse millonario (no con la pensión, quiero decir).

Quienes hoy tienen menos de 40 años, aunque en el futuro también podrán optar por su jubilación en las condiciones que estamos comentando ahora, es muy probable que ya no lo hagan, porque su Afore les puede permitir una mejor jubilación. Más todavía si hacen aportaciones voluntarias. Al respecto, Consar tiene una calculadora que permite ver qué puede pasarle a la Afore si uno mejora la que tiene y si hace aportaciones adicionales relativamente pequeñas, pero que son ahorro: http://www.consar.gob.mx/calculadoraV4/index.asp.

Váyale pensando, que aquí le iremos consiguiendo más información para que tome usted la mejor decisión posible. Es su vejez.
05 Marzo 2010 04:43:28
Mientras discuten
Por el momento, parece que todo el mundo está dedicado al asunto de las reformas, las alianzas, las elecciones y el futurismo. Gran cantidad de energía social destinada a luchar por el poder, a través de la modificación de las reglas, de la asociación temporal, de los votos, o de las apuestas, pero todo por alcanzar o mantener el poder. Un poco sin tener idea de para qué, más allá de la satisfacción personal y grupal. Porque mientras estas luchas se dan, el país sigue a la deriva, un poco manteniendo el rumbo de la inercia, otro poco resintiendo mareas y corrientes, a los bandazos que la mar dirige.

Mientras discuten, el país sigue medio trabajando con las reglas vigentes, que no se hicieron para que fuésemos exitosos, sino para sostener a un régimen autoritario. No hablo de reglas políticas, hablo de todas las reglas que tenemos.

Mientras discuten, seguimos en la peor tragedia imaginable: estamos destruyendo a nuestros jóvenes. Me parece que no hemos aquilatado el tamaño del drama educativo en México, y por eso, aunque ya alguna vez hemos hablado de él, vale la pena volverlo a hacer.

Hoy tenemos 14 millones de niños en primaria y más de 6 millones en secundaria, con una cobertura que supera al 90%. Todos van a la escuela en México, al menos a la educación básica, pero de muy poco les sirve. Dos de cada tres jóvenes que terminan este nivel no pueden hacer más que seguir instrucciones simples: son incapaces de resolver problemas con un mínimo grado de dificultad (PISA 2003). La mitad de quienes terminan secundaria es incapaz de entender argumentos científicos (PISA 2006). De acuerdo con Hanushek y Woessman, un poco más de la mitad de los egresados de secundaria en México son analfabetas funcionales. Mismo nivel de Argentina, aunque mucho mejor que el de Brasil, si quiere sentirse menos mal.

En este momento se encuentra en secundaria el grupo poblacional más grande de nuestra historia. En dos años, la población en ese nivel escolar empezará a decrecer, como lo viene haciendo la primaria desde el 2000. México deja de ser un país joven, ése es el famoso bono demográfico. La desgracia es que al mayor grupo que ha pasado por la escuela le ha tocado un sistema educativo inútil.

Permítame plantearle la otra parte del problema, que normalmente no vemos. México no está preparando un grupo dirigente. No es sólo que tengamos una gran proporción de analfabetas al final de la secundaria, que por sí mismo es grave, sino que no tenemos un grupo de excelencia que pueda convertirse, años después, en el liderazgo de todo tipo que requiere un país de este tamaño: investigadores, tecnólogos, empresarios, políticos, maestros, periodistas.

En los mejores sistemas educativos del mundo (Finlandia, Japón, Corea, Taiwán, etcétera) entre 15 y 20% de los jóvenes que terminan secundaria se encuentra en este nivel. En México no llega a medio punto porcentual. En Brasil, fíjese, es tres veces mayor que en México. Nosotros producimos cada año, en el mejor de los casos, 10 mil egresados de secundaria que tienen potencial para convertirse en ese liderazgo al que me he referido. Corea produce 125 mil cada año, de una población escolar tres veces menor. Estados Unidos, con uno de los peores sistemas educativos de los países desarrollados, produce 250 mil personas en este nivel, de una población escolar del doble de la nuestra (Pritchett y Viarengo). Más claro aún: los estudiantes mexicanos que están en el 5% superior apenas podrían aprobar en Corea. El 95% reprobaría.

Yo sé que parte de las creencias heredadas del nacionalismo revolucionario es que la educación no debe producir personas exitosas, sino simples promedios. Los buenos estudiantes son despreciables, porque son élite, y eso va contra nuestra naturaleza. Bueno, pues visto desde esa perspectiva, nuestro sistema educativo funciona: ya no hay élite. Por eso es tan difícil construir un verdadero sistema de ciencia y tecnología en nuestro país, no sólo por falta de recursos financieros, sino humanos.

Para los simples, bastaría con quitar a Elba Esther para resolver este problema. No es así. No sé siquiera si serviría de algo. El fracaso educativo no es más que otra muestra de un fracaso social pleno: se trata de un sistema hecho para inocular en los niños la adoración por el nacionalismo revolucionario, no para educar para la competencia y el éxito. Por eso nuestros hijos dedican el doble de tiempo del promedio de la OCDE a estudiar ciencias sociales. Para que sean buenos súbditos y creyentes.

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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
26 Febrero 2010 04:51:36
La generación del NO
Hace unos días, casi un centenar de personas publicaron un desplegado con el título “La Generación del No”. Con el respeto debido a los firmantes, a la mayoría de los cuales profeso admiración, y cariño personal a algunos de ellos, me parece que se equivocan.

La idea de que se trata de una generación fracasada, me parece, la inició Ciro Gómez Leyva, aunque el epíteto con que titulan el desplegado es de la autoría de Federico Reyes Heroles. Referirse a una generación, si es en el sentido de Ortega y Gasset, que después aplicó con ingenio Luis González y González a nuestro país, tendría que incluir en el calificativo no sólo a los políticos, sino a empresarios, comentócratas, militares y científicos, por lo menos. Ya Felipe Calderón se lo hizo notar a Ciro en una entrevista, y tenía razón.

Pero más allá de esta descripción generacional, el llamado a los políticos para que decidan es un poco extraño. ¿Se piensa acaso que no han decidido por falta de ánimos, por distracción, por simple flojera? Porque si esa falta de decisión corresponde más bien a un problema de fondo, entonces no veo cómo el desplegado pudiese tener alguna utilidad. Y me parece que es éste el caso: la falta de decisiones en México es producto de un problema de fondo.

De acuerdo con los firmantes, hemos dejado de decidir hace 13 años. Me imagino que la última reforma que reconocen es la que creó el IFE, de forma que entendería que se concretan al tema político. Entonces debieron reconocer que además de no tener reformas en esos 13 años, sufrimos una contrarreforma, producto del enojo del PRD después de la elección del 2006. (Seamos justos, varios de los que firman el desplegado rechazaron esa reforma en su momento, y algunos iniciaron un recurso jurídico en su contra.)

Si las reformas a las que hacen referencia no se restringen al ámbito político, sino que incluyen todas aquellas que pudiesen hacer competitiva nuestra economía, entonces habría que analizar por qué éstas no han ocurrido. Y cuando lo hacemos, con una única excepción, veremos que todas las reformas han sido bloqueadas por el PRD, acompañado en varias ocasiones por el PRI, de manera abierta o a trasmano. La excepción es la reforma eléctrica de 1998, que el PAN rechazó. Valdría la pena recordar que en ese mismo 1998 ese partido aprobó la creación del IPAB, que ya era un costo político alto.

Es decir que la Generación del No a que se refieren los firmantes no abarca a todos los políticos. Se reduce a aquellos que, efectivamente, han votado en contra de las reformas o han impedido su presentación durante los últimos 15 años. Trece, pues, si nos quedamos en lo político. No se requiere demasiado esfuerzo para encontrar a este grupo, reitero. Incluye a la casi totalidad del PRD y a una parte del PRI, que hoy coincidentemente es la inmensa mayoría de la fracción parlamentaria de ese partido en la Cámara de Diputados. Son ellos quienes impidieron la reforma fiscal en 2003 y nuevamente en 2009, quienes deformaron la reforma energética, quienes han impedido la presentación de una reforma laboral. No son otros, son ellos.

Queda entonces claro quiénes forman parte de esa Generación del No, de forma que no entiendo por qué no decirlo sin ambages. Si lo que los firmantes desean es un cambio profundo del funcionamiento de nuestra política y nuestra economía, podrían empezar por ser mucho más claros. O es que tal vez no coinciden con esta secuencia lógica, y podrán entonces dar ejemplos que demuestren mi equivocación. Porque puede uno culpar a Vicente Fox y a Felipe Calderón de muchísimas cosas, pero la responsabilidad de que no hayamos hecho las reformas que tanto necesitamos no termina en ellos. Ni siquiera, me parece, tienen parte relevante de ella.

Reitero que el problema es la incapacidad de salir de esa forma de pensar que llamamos nacionalismo revolucionario, que se refleja en no poder explotar el petróleo como país civilizado, ni poder cobrar impuestos como es debido, ni destruir el corporativismo obrero, ni terminar con los subsidios a los campesinos, ni meter en orden a la educación pública, hasta los más altos niveles. Esta mentalidad se mantiene en el PRD y en buena parte del PRI. Y es eso lo que ha impedido las decisiones. No la buena o mala fe de un grupo generacional de políticos. Hay que llamar a enterrar la Revolución, dejémonos de subterfugios.

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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
23 Febrero 2010 04:01:17
Ganadores y perdedores, 2009
Ya se publicó el PIB de 2009, y resultó con una caída de 6.5%, un poco mayor que la de 1995 (6.2% con las cifras nuevas)

Varios medios han privilegiado esta comparación, de donde habrá muchos que deduzcan que en el año pasado sufrimos la peor crisis de la historia. Bueno, todo depende de cómo midan.

En términos de valor agregado, así es, los dos años fueron espantosos, pero uno de ellos fue peor por 0.3%. Si medimos por inflación, devaluación, empleo, pérdida de patrimonio, no hay duda de que 1995 fue mucho, pero mucho peor. Pero cada quien con sus comparaciones.

Lo que quiero compartir con usted hoy no es precisamente eso (ya el jueves hablaremos del empleo) sino cómo se distribuyó el golpe. Como siempre ocurre, a unos les va peor que a otros, e incluso en el año pasado, con todo lo malo que fue, hubo quien ganó, y ganó en serio.

Déjeme empezar por los ganadores, pues. En primer lugar, la minería, que en 1995 cayó casi 3% y en 2009 subió nada más 25%, ganador de calle. Con menos suerte, pero todavía con números positivos en un año tan malo, la industria fílmica y musical, que en 1995 cayó más de 9% y ahora subió 3%.

Algo parecido le ocurrió a la mensajería y correo, que creció 2%, frente a una caída de 8% hace 15 años. Los hospitales también tuvieron un año razonable, casi 5% de crecimiento frente a una caída de casi 4% en 1995. Y prácticamente ahí le paramos con los ganadores.

Van ahora los que perdieron, pero mucho menos que hace 15 años. No es que les haya ido muy bien, pero comparando con cómo les fue entonces, pueden darse por bien servidos. La construcción esté en este caso. En 2009 tuvo una contracción de 7.5%, que es mayor incluso que el PIB, pero en 1995 su caída fue de 25%. Y es que ahora, como decíamos no tuvimos ni crisis bancaria, ni inflación desatada, como en aquel entonces.

A las comunicaciones les ocurre algo similar, cayeron casi 11% en 1995 y ahora tuvieron un pequeño crecimiento de 1.6%, que no está nada mal. Los servicios varios (reparación, limpieza, etcétera) cayeron 3%, pero en 1995 habían caído 12%. Los servicios artísticos y los financieros tienen una suerte similar, cayeron 3% este año, frente a más de 8% en 1995. Les fue mal, pero comparativamente, no tanto.

Los que salieron más o menos igual de mal en 1995 y 2009 son: el turismo (11% de caída en 1995, y 10% en 2009), el comercio (13 y 15%, respectivamente), el transporte (6 y 8%), el alquiler de bienes muebles, incluyendo marcas y franquicias, que en 1995 cayó 8 y ahora 10%.

Y ahora sí, los que realmente tuvieron un año espantoso: la fabricación de equipo de transporte (autos), que cayó 22% en 1995 y ahora promedia 27% de contracción. La fabricación de prendas de vestir, que duplicó la caída de 5% de 1995, el alojamiento, que también duplica su caída de 1995, que en su caso fue de 6%, la confección que triplica la caída de 4% para casi llegar a 12% en 2009, y lo mismo le ocurre a la madera.

Pero todavía nos falta. Los servicios educativos, que en 1995 crecieron casi 3%, ahora tienen una caída de 4.5%. Lo mismo ocurre con los servicios inmobiliarios.

La fabricación de equipo de cómputo y similares, que en 1995 prácticamente la libró (ni creció ni se contrajo), ahora tiene una caída de casi 19%. Y la industria metálica básica, que en 1995 creció 4%, ahora cae prácticamente 20%.

Como puede verse, en esta danza de cifras, no fue igual 2009 para todos. Sin duda, en el promedio tuvimos una contracción muy importante, similar a la de 1995, como decíamos, e incluso un poco mayor. Pero el golpe fue muy diferente ahora.

En lugar de convertirse en casi la tumba de la construcción, como ocurrió hace quince años, ahora a quien más fuerte golpeó fue a la industria manufacturera, en particular a quienes exportaban más a Estados Unidos, como la industria automotriz y de cómputo.

La razón es muy clara. Mientras que en 1995 la crisis fue nuestra, y nuestro sistema financiero fue el que se hundió, arrastrando a la construcción, ahora la crisis fue de Estados Unidos, que nos dejó de comprar. Por lo mismo, la recuperación que inició a mediados de 2009 se nota más en los sectores que más habían caído en la primera mitad del año. De cualquier forma, siguen muy debajo de como estaban antes de la crisis, y por eso el promedio del año arroja esas cifras tan terribles.

Como quiera que sea, la crisis tocó fondo en julio, y de entonces para acá las cifras son mucho mejores. En cosa de unos meses, si Grecia o Portugal no se hunden, es posible que varias de las actividades económicas estén ya al nivel previo a la crisis. Otras tendrán que esperar hasta fines de año, y unas más es posible que no vuelvan al nivel previo sino hasta dentro de dos años.

El impacto de esta crisis en el empleo, y de cómo esta lenta recuperación puede impactar otras variables sociales, lo tenemos que dejar para próximas colaboraciones.
18 Febrero 2010 04:30:15
Juárez, la economía también cuenta
Macario Schettino
Economía Informal


La espantosa matanza de jóvenes en Ciudad Juárez parece haberse convertido en un punto de inflexión, al menos en lo que corresponde a la estrategia que se aplica en esa ciudad en la lucha contra el crimen organizado

Puede ser una buena idea, pero hay que trabajarla, porque muchas personas creen que basta con hablar de tejido social o cohesión social para que estas cosas aparezcan de la nada.

Permítame aportar unos datos que creo que son importantes para entender una dimensión de lo que ocurre en Juárez. No dicen todo, pero algo dicen. Me refiero a la información de empleo en la industria maquiladora. Tal vez usted recuerde que al cierre del sexenio de Vicente Fox se decretó la desaparición de esa industria, que fue sustituida por una cosa llamada industria maquiladora y manufacturera de exportación (IMMEX). Entre otros problemas que produjo este decreto, nos desapareció la información de la maquila, que desde entonces ya no pudo ser producida por INEGI, al no existir ya un grupo de empresas claramente identificado. Afortunadamente, ahora el INEGI vuelve a publicar la información, aunque ahora corresponda a ese nuevo conjunto IMMEX, que no es exactamente lo mismo que antes, pero de algo nos sirve. Esta nueva serie inicia en julio de 2007, así que tenemos perdidos seis meses, y tenemos un problema de incompatibilidad. Pero hagamos caso omiso de esos dos detalles por el momento.

En Ciudad Juárez, el empleo de la industria maquiladora en 1990 era de 122 mil personas, y creció a un ritmo de poco más de 7% anual desde entonces hasta 2000, cuando la recesión estadounidense (la burbuja dot com, si se acuerda de ella) detuvo ese crecimiento. A partir de 2001, para complicar más las cosas, hubo una migración de maquila hacia China, porque les empezó a salir más barato producir desde allá. En el punto máximo, en octubre de 2000, había 264 mil puestos de trabajo en la industria maquiladora de Ciudad Juárez. La migración de las maquilas llevó a una caída que tocó fondo en julio de 2003, con poco menos de 190 mil empleos. De entonces en adelante hay nuevamente crecimiento que alcanza su máximo en octubre de 2006, con 242 mil empleos. Los meses de octubre son siempre los máximos de la maquila, por el calendario de producción anual.

De ahí se nos rompe la serie, y cuando la recuperamos, en la segunda mitad de 2007, existen 214 mil empleos en la IMMEX de Ciudad Juárez. Y entonces llegó la crisis, la gran recesión de 2009, que en realidad inicia desde el año anterior. El punto mínimo vuelve a ocurrir en el mes de julio de 2009, con 155 mil empleos.

Veamos lo que ha ocurrido. Del máximo de empleo en octubre de 2000 a julio pasado, la pérdida de empleos es de más de cien mil, que es cosa de 40% del empleo que había en la primera fecha. Y note que no hablamos de la crisis actual, sino de una secuencia de dos recesiones: la de 2001 y la de 2009, lo que significa que en Ciudad Juárez tuvimos entre 50 y 100 mil personas desocupadas. No personas cualesquiera, sino personas que habían tenido un empleo en la maquila, y que después ya no lo tuvieron. Y que no debieron esperar dos o tres meses para recuperarlo, sino que una década después no lo habían vuelto a tener.

En 2000, según el censo de INEGI, había un millón 218 mil 817 personas en Ciudad Juárez, y más de 740 mil tenían algún tipo de seguridad social, 60% de cobertura, muy significativo si recordamos que la cobertura nacional en ese año era de 40%. Para el conteo de 2005, la población había crecido en 100 mil habitantes, más o menos lo mismo que la cobertura, que en ese alcanzó 62%, pero frente a 47% a nivel nacional. Sin embargo, aunque el censo registra estas 800 mil personas trabajando, un incremento de 100 mil en cinco años, en ese mismo lapso la maquiladora había perdido 50 mil empleos.

Debe haber muchas razones detrás del crecimiento de la violencia en Juárez. Tal vez entre ellos esté, como piensan muchos allá, la intervención del Ejército. Pero es más probable que haya factores socioeconómicos que están funcionando como caldo de cultivo para el crecimiento del crimen organizado, que es la causa última de la violencia, no la presencia del Ejército. Éste puede no estar siendo eficiente, o incluso pueden hacer las cosas muy mal, pero la violencia proviene de la delincuencia, no hay que olvidarlo.

El caldo de cultivo de esa violencia debe estar aprovechando esas 100 mil personas que estuvieron en la maquila y fueron expulsadas por la crisis económica de 2001, y hasta la crisis de 2009 no habían podido reintegrarse. Reitero, deben existir muchos elementos que ayuden a entender el fenómeno de la violencia, pero me parece que el empleo en la industria maquiladora debe ser uno de los más importantes. Y es un fenómeno que lleva 10 años, no algo que ocurrió antier.

Ahora, para que esas 100 mil personas vuelvan a trabajar, es necesario que la violencia no impida la inversión. Si queremos una nota positiva, de julio a noviembre el empleo en las IMMEX de Juárez había crecido en 15 mil plazas, que no son pocas. Yo creo que en la estrategia que se quiera plantear para reconstruir el tejido social en Juárez, el impulso a las maquiladoras debe ocupar un lugar preferencial.
09 Febrero 2010 04:22:39
El destino
Cuando el destino nos alcance, se llamó una película de hace muchos años, muy buena, pero mejor por su título

El destino siempre nos alcanza, como si viviésemos en el teatro griego o la ópera. No hay manera de evitarlo, y a veces el esfuerzo por hacerlo sólo nos lleva a caer en sus manos antes de lo esperado.

México tiene su parte de enfrentamientos con el destino. Insistimos en actitudes y decisiones que no podían más que llevarnos al fracaso, y ahí llegamos. Entre las recientes necedades: López Portillo apostando al país entero en la búsqueda de una riqueza faraónica que no llegó, Salinas haciéndolo por una salvación que vendría de fuera, y que llegó muy tarde. Y parece que ahora vamos a intentar nuevamente engañar al destino, apostando a que no se nos van a acabar los dólares. Pero el destino no falla.

Gran ejemplo nos da ahora Europa. España, Portugal y Grecia están al borde de la catástrofe. Los últimos dos, países pequeños, pueden ser un problema para la Unión Europea en su conjunto. España, para todo el planeta. El origen de sus problemas es el mismo de nosotros, en los tres ejemplos que le comentaba: un déficit excesivo en la cuenta corriente. Como usted debe recordar, la cuenta corriente mide todas las transacciones de bienes y servicios de un país con el resto del mundo: comercio exterior, turismo, utilidades de inversión extranjera, remesas, etc. Cuando esta cuenta tiene un déficit, esto significa que están entrando divisas por movimientos de capital que permiten financiar ese déficit. Estos ingresos pueden ser inversión extranjera directa, si tiene uno suerte, o pueden ser préstamos o inversión de cartera, que siempre son riesgosos para el país que los recibe.

Por más de 10 años, los tres países mencionados han tenido un déficit en su cuenta corriente bastante serio. España alcanzó el nivel que para México garantiza la crisis (déficit en cuenta corriente equivalente a 5% del PIB) hace cinco años. Portugal lleva 15 años con un déficit equivalente a 8% de su PIB, y Grecia el mismo tiempo, pero con un déficit promedio equivalente a 10% de su PIB. Estos dos países no tuvieron una crisis en ese tiempo nada más porque son parte de la Unión Europea, y eso les permite tener una moneda estable, el euro, sin hacerse responsables de nada. España no puede hacer algo así porque por su tamaño es más fácil de detectar y de ser castigada por el mercado.

Pero ya se les acabó el tiempo y el destino los ha alcanzado. En Grecia, la Unión Europea va a actuar como si fuese el FMI, y piensa rescatarlos a cambio de un plan de ajuste que ya está provocando serios conflictos sociales. En España, es el propio gobierno el que actúa, y promueve la elevación de la edad de jubilación en dos años, así como cambiar la base de cálculo (el promedio de los últimos 15 años trabajados) en 10 años. En pocas palabras, España va a reducir el ingreso de todos sus próximos jubilados para evitar una catástrofe. En Portugal, el intento del gobierno de hacer algo parecido fue derrotado en su Parlamento, lo que elevó su nivel de riesgo en la semana pasada de manera notable.

Como ha ocurrido con otros problemas financieros en esta crisis global, el origen no está en los mercados financieros, sino que la crisis los desenmascara y fuerza a su solución. Solución que no es otra que eliminar la fuente del desequilibrio. En todos los casos, el problema viene de gastar más de lo que se produce, de querer vivir mejor de lo que se puede. Casi siempre porque los gobiernos, para ganar votos, otorgan prebendas a distintos grupos, pero sin tener los recursos para ello. No les cuesta ningún trabajo elevar el déficit del gobierno para ello, porque el problema vendrá después. No lo olvide, un déficit del gobierno siempre significa que en el futuro se tendrá que pagar, y con intereses. Cada peso que usted gasta sin haberlo producido es un peso menos para sus hijos y para su jubilación.

Bueno, pues griegos, portugueses y españoles se han comido el dinero que pensaban tener en su jubilación, y el dinero que pensaban que sus hijos ganarían. Por eso no alcanza para pagar las pensiones, y no se pueden generar empleos. Hay excusas de todos lados, sin duda. En Grecia, por ejemplo, sufren de los mismos males que en México: una pésima distribución de la riqueza y una incapacidad de recaudar por parte del gobierno.

Sin importar mucho las excusas de cada grupo, es seguro que esto le costará mucho a los tres países. Si la distribución de los costos no se puede resolver fácilmente, se hará por el método difícil, que es el que resulta de la fuerza. Manejar mal ese proceso puede ser algo verdaderamente preocupante.

Además de estos tres países que están en problemas, no olvide a Irlanda, que como Islandia, enfrenta una crisis financiera por el gran crecimiento que tuvieron sus bancos en la década pasada. Estos bancos no pueden pagar sus obligaciones, y eso pone al gobierno en problemas. Islandia prácticamente quebró el año pasado, e Irlanda tiene hoy una deuda externa que equivale a 10 veces su PIB, la mayor parte de ella de los bancos. Y el resto de Europa no está en mucho mejor condición: Italia, Francia, Alemania, Inglaterra, Holanda y Bélgica tienen una deuda muy elevada. Tanto externa como de gobierno. Y todos esos países sufren más que España, Portugal o Grecia el problema del envejecimiento de la población, y la consiguiente dificultad para financiar las pensiones.

En pocas palabras, el destino siempre nos alcanza. Incluso a los más poderosos. Alcanzó a Estados Unidos el año pasado, y alcanza a Europa en éste. Si creemos que nosotros vamos a engañarlo, creo que nos equivocamos.

04 Febrero 2010 04:51:48
Gasolina
Como usted posiblemente recuerda, en esta columna tenemos una preocupación muy seria con respecto al comportamiento de la cuenta corriente de nuestro país

La cuenta corriente mide todas las transacciones de bienes y servicios que tiene un país con el resto del mundo, y en nuestro caso ha sido el origen (o el síntoma) de las grandes crisis que hemos vivido desde mediados de los años 70.

En 1976, luego en 1982 y finalmente en 1994, el déficit en cuenta corriente de México superó 5% del PIB, y el resto del mundo dejó de prestarnos dinero. Este nivel de 5% parece ser el punto en el que los demás empiezan a dudar de que podamos pagar y nos dejan de prestar, provocando que no tengamos otro remedio que corregir el déficit reduciendo nuestra demanda de importaciones, que sólo puede lograrse con una corrección muy fuerte en el tipo de cambio y una contracción del ingreso de los mexicanos. Con una crisis, pues, como las de esos años.

Por esa razón, durante ya varios años hemos seguido con detalle el comportamiento del petróleo y los combustibles, debido a que ha sido el petróleo el que ha permitido que podamos importar mucho más de lo que exportamos sin que caigamos en un déficit muy grande. Ocasionalmente, ni siquiera el petróleo nos ha salvado de ajustes, como ocurrió en 1982 y 1994, pero desde entonces hemos podido tener un déficit en el resto del comercio de hasta 28 mil millones de dólares sin ningún problema, porque el petróleo lo ha financiado.

Esto, sin embargo, es lo que se está acabando con gran rapidez. Por un lado, la producción de petróleo ha caído seriamente en los últimos años, lo que ha implicado una reducción muy importante en las exportaciones, y obviamente en los ingresos. Por otro, nuestras importaciones de gasolina han crecido a gran velocidad. Según las cuentas de esta columna, en este año se cierra la pinza, y las exportaciones de crudo no alcanzarán a pagar las importaciones de gasolina. En ese momento, todo el déficit del resto del comercio se convertirá en déficit en cuenta corriente, y estaremos al borde de un ajuste como los comentados previamente.

El origen de esto es una cosa que se ha dado en llamar “enfermedad holandesa”, porque la primera vez que se describió fue con el gas natural en Holanda. Cuando un país tiene un recurso que puede exportar en gran cantidad, y que le genera un fuerte ingreso de dólares, esto provoca que el resto de la economía se haga menos competitivo, porque sobran dólares para poder importar, y esto hace que la moneda nacional se “sobrevalúe”. En español, gracias a las grandes exportaciones de petróleo el peso está en 13 por dólar, y no en 20. Por eso, podemos comprar muchas cosas que con un tipo de cambio a 20 pesos por dólar no compraríamos. Pero eso ha hecho, en 30 años de excesos petroleros, que ya no haya mucha industria nacional, de forma que no será nada fácil sustituir esas importaciones, en caso de no tener los dólares para pagarlas.

Por eso es tan importante seguir con detalle no sólo lo que pasa con el petróleo, cuya producción parece que ha dejado de caer, al menos a la velocidad a la que lo hacía, sino también la gasolina, cuya demanda sigue creciendo muy aceleradamente, y que se refleja de inmediato en importaciones, porque ya hace rato que saturamos nuestra capacidad de producción.

Algo extraño ocurrió a partir de 2001, que la demanda de gasolina empezó a crecer más rápido que la economía. Para que se dé una idea, entre 1994 y 2000 la gasolina crecía dos o tres puntos menos que la economía en su conjunto, mientras que a partir de 2001 hemos tenido un comportamiento inverso, la demanda de gasolina crece un par de puntos por encima de la economía en su conjunto. A veces mucho más, como en 2009, cuando la economía se contrajo en 7% mientras que la demanda de gasolina se quedó estática. Eso hace una diferencia precisamente de siete puntos entre las dos.

Este crecimiento de la demanda ha hecho que pasemos de 500 mil barriles diarios de gasolina que consumíamos entre 1993 y 1997 a prácticamente 800 mil en los dos años pasados. Si este 2010 la demanda crece un par de puntos más que la economía, como lo ha hecho en los últimos 10 años, sería cosa de esperar que nos acerquemos mucho a los 850 mil barriles diarios. En México producimos 450 mil, de forma que lo demás hay que importarlo.

De acuerdo con estadísticas de Naciones Unidas, esto significa que en el consumo de gasolina para transporte, México es el tercer país del mundo, sólo por debajo de Estados Unidos y Japón. De 2000 para acá, rebasamos a Rusia, Alemania y Canadá, y somos el país de más rápido crecimiento entre los grandes, sólo debajo de China. Este país ha tenido un incremento en el consumo de gasolina para transporte de 65% de 2000 a 2007, mientras que México ha crecido en 41%. Más todavía, mientras que en 2000 México consumía la mitad de la gasolina que consumía Japón, en 2007 ya alcanzábamos tres cuartas partes.

Este crecimiento acelerado de la demanda de gasolina es de la mayor importancia, decíamos, porque la estamos pagando con dólares que nos da el petróleo y que en otras épocas sirvieron para pagar otras importaciones, que tenemos muchas. Para fines de este año, importando 400 o 450 mil barriles diarios, nada más para pagarlos necesitaremos 600 mil barriles de petróleo. Y si consideramos las otras importaciones de combustibles, incluyendo aceites, gasoil y gas, natural y LP, ya no nos alcanzan los 900 mil barriles de crudo que estaremos exportando a fines de año. Eso dicen los datos.

07 Enero 2010 04:48:14
Gasolina
El alza en el precio de combustibles, especialmente en gasolina, ha causado gran alharaca. Como de costumbre, los políticos aprovechan esta decisión para jalar agua a su molino

La oposición descalifica de todas las formas imaginables el alza: causará inflación, es una traición al Congreso, empobrecerá a la población, y ahí póngale lo que guste. Es normal, así es la política y no debería sorprendernos. Pero también se puede analizar este asunto con menos emoción y un poco de números, para ver si es tan mala como dicen.

El consumo de gasolina en México ha crecido a gran velocidad en los últimos años. De hecho, sólo China ha tenido crecimientos similares. De 2003 a 2007, ambos años incluidos, el crecimiento en la demanda de gasolina en nuestro país ha crecido a un ritmo promedio superior al 6% anual. Gracias a ello, pasamos de consumir 600 mil barriles diarios en 2003 a 760 mil en 2007. Puesto que la producción nacional no se ha movido en todo ese tiempo, todo ese incremento se ha ido a importaciones. Así, mientras que en 2003 importábamos 150 mil barriles diarios, para 2007 superábamos los 300 mil. Se duplicaron las importaciones en esos cinco años.

En 2008, el crecimiento de la demanda se moderó un poco, debido a la menor actividad económica, y apenas superó el 4%. Y en 2009, con la recesión, no hubo crecimiento. Sin embargo, tampoco se contrajo el consumo de gasolina, a pesar de que la economía lo hizo en 6 o 7%. De enero a noviembre del año pasado, consumimos casi 790 mil barriles diarios, lo que significa importaciones de 340 mil barriles, frente a una producción nacional de 450 mil. Más grave aún, en octubre y noviembre de 2009 ya hay un crecimiento frente a los mismos meses del año anterior, lo que apunta a que esperemos un incremento de cosa de 30 mil barriles diarios adicionales en este año, y muy posiblemente en el siguiente. Falta ver si la ampliación de Minatitlán, que debería aportar 50 mil barriles diarios a la producción nacional, finalmente entra en actividad, y con eso las importaciones dejan de crecer.

Las importaciones de gasolina son muy importantes, porque cada barril de gasolina nos cuesta cosa de 30% más de lo que vale un barril de petróleo de mezcla mexicana de exportación. En 2006, ese sobreprecio era de 70%, y ha bajado conforme el precio del crudo sube, porque no es fácil trasladar ese incremento a los consumidores a nivel internacional. Dicho de otra manera, si el precio del crudo se estabiliza, el margen de la gasolina sube, de forma que para no tener sustos, debemos imaginar que ese margen rondará, en estado estable, el 50%. Por cada barril de gasolina que importemos, debemos exportar 1.5 barriles de crudo, pues. Haciendo la misma operación para los demás combustibles y aceites, por cada barril de gasolina importado, hay que exportar 3 barriles de crudo. Si estamos importando 340 mil barriles de gasolina, nada más para no tener sustos, tenemos que exportar un millón de barriles de petróleo. En eso estamos ahora, y no hemos tenido mayores problemas porque el margen de la gasolina, como decíamos, se ha reducido gracias a la volatilidad de los precios del crudo.

En consecuencia, elevar el precio de la gasolina tiene la ventaja de que debe, si no reducir su consumo, al menos reducir el crecimiento en el consumo. Esto debimos hacer en 2008, en lugar de subsidiar, como lo hicimos, una demanda excesiva de gasolina con un subsidio implícito muy elevado. Y esto nos lleva a la segunda razón por la cual el alza en precios es conveniente. A diferencia de lo que pasa en otros países, en México la gasolina la vende una empresa del Estado, y lo hace a un precio que se determina por cuestiones administrativas, que no tienen que ver con lo que ocurre en el mercado. A veces, el precio internacional sube tan rápido, como entre 2006 y 2008, que el precio administrado no alcanza a seguir, y el Estado acaba perdiendo dinero (es decir, usted, que debe subsidiar a quienes usan la gasolina). Por el contrario, frente a caídas rápidas del precio del crudo, puede ocurrir que el Estado obtenga ingresos extraordinarios por no bajar el precio de la gasolina (algo que hace muchos años que no pasa en México).

Al elevar el precio de la gasolina, el gobierno logra dos cosas: que la demanda no crezca demasiado rápido y que sus ingresos no se reduzcan. A cambio, tiene el costo de presionar la inflación, y sobre todo, el costo político de recibir insultos por todas partes.

Es interesante notar que frente a un incremento muy pequeño en el precio, los insultos son de buen tamaño, lo que nos lleva a preguntarnos, ¿por qué no subirlo más, si de cualquier manera se iban a enojar? Si es debido a las presiones inflacionarias, tampoco parece una razón tan relevante, puesto que mantenemos todavía una inflación bastante moderada. Esta columna hubiera preferido una mayor alza desde 2008, para evitar los grandes incrementos en la demanda que hemos sufrido, y preferiría un mayor precio hoy, para reducir el riesgo que tenemos en las finanzas públicas. Eso de que los impuestos se utilicen para subsidiar a quien tiene automóvil no suena a una política distributiva muy brillante.

Como hemos ya comentado, estamos en tiempos de cambio muy profundo, aunque muchos no lo vean. Valdría la pena que tuviésemos políticas más inteligentes, con subsidios mucho mejor dirigidos, y con incentivos claros en la dirección que necesita el país. En el caso que nos ocupa, hacia una menor demanda de combustibles. En suma, bienvenida el alza, y ojalá fuese mayor.

05 Enero 2010 04:00:55
Año 2010
Empezamos 2010, después de un año bastante malo. El peor, si lo medimos en términos de la actividad económica en lo general

Pero no es tan malo en cuestión de empleo (se perdieron más puestos de trabajo en 1995, por mucho), ni en asuntos monetarios (la inflación se mantuvo por debajo de 6% durante todo el año, y terminamos prácticamente en 4%, frente a los más de 50 puntos en 1995 o los 100 de 1982). De hecho, el impacto social de 2009 es mucho menor que cualquiera de las crisis previas desde López Portillo, aunque sigue siendo relevante, sin duda.

Pero ya se acabó ese año, y empieza 2010, que para los que gustan de las casualidades numéricas, debería ofrecer un nuevo caso de revolución, como los vividos en los dos siglos anteriores. En esa esperanza, magnifican la crisis de 2009, como si eso fuese a permitir que sus afanes revolucionarios se concretaran. Pero eso de que las crisis económicas llevan a revoluciones no es tan cierto. En la de 1910, no hubo crisis alguna en años anteriores. La más cercana, la de 1907, ya se había terminado. No había inflación, ni pérdida de empleo o capacidad de compra. No había nada en particular, sólo las elecciones de ese 1910, con un candidato viejísimo.

Pero regresemos al presente. Este año debe ser razonablemente bueno, aunque muchos lo vean como un simple rebote estadístico. Para quienes ven incrementarse sus ventas cada mes, el rebote es más que eso, y para quienes tuvieron que enfrentar paros técnicos y ahora tienen trabajo todos los días, lo mismo. Es cierto que la mayor parte de las actividades económicas siguen por debajo del nivel que tenían entre junio de 2007 y junio de 2008, el punto más alto de las economías en todo el mundo, pero también es cierto que hoy todas las actividades en México han superado los bajos niveles de marzo a junio de 2009. Falta mucho, pero hay una recuperación clara.

La inflación sigue sin ser una amenaza seria, a pesar del incremento en tarifas públicas con que iniciamos el año, especialmente en gasolina. El Banco de México había estimado cosa de 5% para el año, y no creo que vayamos a tener una cifra muy diferente por un par de centavos más en el litro de gasolina. Así pues, con la economía en recuperación, lenta, y la inflación controlada, no hay mayor razón para preocuparse por la economía, al menos durante la primera mitad del año.

Hacia delante, las cosas pueden cambiar dependiendo de la producción de petróleo, que como usted sabe es el elemento central de nuestra economía. Los datos de producción a noviembre indican una recaída que, de momento, reduce la posibilidad de estabilidad en Cantarell y, en general, en la producción total de crudo. Esta columna sigue pensando que terminaremos el año con una producción promedio de 2.4 millones de barriles diarios, lo que sólo nos permitirá exportar 900 mil barriles diarios, en promedio. Eso reduce mucho los ingresos de dólares, que además tienen que compensar las importaciones crecientes de gasolina. Por eso son tan absurdas las críticas al alza en el precio del combustible.

Fuera del problema de producción de petróleo, el otro elemento a tener en cuenta es el nivel de precios de los bienes básicos, o commodities. El petróleo ya anda en los 80 dólares por barril, y junto con él van los granos, los metales, y otros bienes que pueden darnos un susto, como ocurrió entre 2006 y 2008. No por fallas internas de nuestra economía, sino porque así funciona el sistema global, pero a fin de cuentas es lo mismo, hay que tener cuidado.

Como puede usted ver, existen más señales buenas para 2010 que malas, aunque cada quien puede ver lo que guste. Sin duda habrá crecimiento, pero será moderado. Habrá inflación, pero también moderada. Habrá crecimiento en el empleo, sin duda muy pequeño comparado con el millón y medio de puestos de trabajo requeridos. Si usted quiere ver el vaso medio lleno o medio vacío, está en su derecho. Hay de dónde.

Los riesgos, reitero, tienen que ver con nuestra producción de petróleo, por un lado, y con el nivel de precios de los bienes básicos en los mercados internacionales. Fuera de esos dos núcleos de riesgo, no parece existir nada que debiese preocuparnos. Puede darse una recaída en la recuperación, pero no se ve tan probable; puede darse un fenómeno asociado al terrorismo, pero tampoco se percibe de alta probabilidad. Y tampoco ve esta columna ni estallidos sociales ni revoluciones en marcha. Pero, como siempre, el futuro no puede conocerse.

Mientras va avanzando el año, esta columna prefiere pensar en que 2010 será un buen año, en lo general, y concentrarse en el factor de riesgo más claro que tenemos: el petróleo. Seguiremos insistiendo en que debemos corregir la dependencia que tenemos de esa materia prima tanto para las finanzas públicas como para las cuentas de divisas. Las decisiones que tomemos para corregir esa dependencia, y lo que hagamos para promover la competitividad del país, es lo verdaderamente importante. Pero para los que gustan de ver vasos medio vacíos, pueden aprovechar, que no tendremos cifras alegres por un rato.

Para esta columna de vasos medio llenos, es preferible desear a todos un feliz 2010, que ya iremos desgranando la información que vacíe los vasos.
01 Enero 2010 04:46:54
El año del centenario
Iniciamos el año del Centenario. Regresamos al cabalístico número 10, aunque al momento de escribir estas líneas no tengo información todavía de ningún levantamiento que quiera emular al de los zapatistas de 1912 o de 1994. Espero que cuando usted lea esto sigamos sin tener ese tipo de levantamientos, que han mostrado una y otra vez su inutilidad, y su alto costo. Pero no tenga duda de que sí hay diversos grupos, todos pequeños, que creen que no se puede desaprovechar un año como éste.

Durante los últimos meses del año que acaba de terminar, a través de todo el país, tuve la oportunidad de participar en diversos eventos en los que nunca faltó alguien que preguntaba acerca de esta irrevocable calamidad de los años 10. Tal vez por ello resultó tan creíble el chantaje de los grupos de interés en la discusión del presupuesto: o más presupuesto o estallido social, dijeron tanto los campesinos como la universidad pública. Y el chantaje les funcionó: estos dos productos del corporativismo mexicano obtuvieron más centavos para el año del entenario.

Mientras muchas personas se preocupaban por esta cábala, casi nadie parecía al tanto del comportamiento de la producción de petróleo en México, de su hundimiento. Es decir que les preocupaba más un mito numérico que un hecho comprobado. Porque si de algo deberíamos estar preocupados en este año es precisamente del fin de nuestra abundancia. No es broma, en los últimos 45 años los mexicanos hemos consumido, cada año, entre 5 y 10% más de lo que producíamos, y todo lo pagó el petróleo. Cantarell, para ser más específico. Y ya se acabó, como deberíamos saberlo todos.

Es decir que en este año del Centenario tendremos que reducir nuestro consumo, o incrementar nuestra producción, nada más para seguir como siempre. Ya no para vivir mejor, sino nada más para no empeorar demasiado. Durante el siglo XX, sólo logramos crecer cuando agotábamos algo: entre 1940 y 1965, la tierra disponible; de 1965 a 1980, el crédito internacional; y desde entonces, el petróleo. Hoy ya nos acabamos todo: tierra, crédito y petróleo, y no nos queda más que ponernos a trabajar, aunque se oiga fuerte, y más en el 1 de enero.

En realidad, lo que hoy enfrentamos debimos haberlo enfrentado en 1980, pero Cantarell nos salvó. Por 30 años. Pero nada dura para siempre, y esas tres décadas de tregua que tuvimos han llegado a su fin, y no parece que tengamos otra salida que resolver lo que hemos hecho mal durante tantos años. No nada más estos 30, sino los 50 previos.

Cuando México construyó su régimen político en los años 30, lo hizo siguiendo la lógica que entonces parecía viable: el corporativismo. Todos los países hacían lo mismo en esa época. Los países europeos, sin embargo, terminaron el experimento en la Segunda Guerra Mundial, mientras que los latinoamericanos lo hicieron con dictaduras militares. El único régimen corporativo que logró sobrevivir cinco décadas fue el nuestro, gracias a la brillante combinación con el presidencialismo y con el nacionalismo revolucionario.

El problema de esa duración es que un régimen corporativo exige una permanente redistribución de riqueza, del país entero hacia los grupos que sostienen al régimen, las corporaciones. Esa persecución permanente de rentas impide construir una economía creadora de riqueza, y por eso México no la crea. No imagine usted que nuestro problema con el crecimiento es un asunto reciente, México en realidad sólo pudo crecer, decíamos antes, cuando tuvo algún recurso excedente que agotar.

Este año del Centenario, si tenemos suerte, debería ser el año en que abandonemos, de manera definitiva, los residuos del régimen de la Revolución. Este año deberíamos tomar las decisiones que nos transformen en una economía creadora de riqueza, que limiten (y pronto eliminen) las transferencias a las corporaciones, y que por fin liberen nuestras mentes de esos mitos que hoy nos detienen.

Precisamente por eso, porque espero que así sea este 2010, le puedo decir de todo corazón: feliz año.

http://www.macario.com.mx

Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
08 Diciembre 2009 04:27:59
Más de migrantes
La semana pasada comentamos aquí acerca de las remesas, para aclarar una cifra que sonaba a tragedia sin serlo

Ahora permítame ofrecerle más información acerca de los migrantes, que le parecerá sorprendente, y sí es cierta. Hace un par de semanas, la fundación BBVA Bancomer, en voz de Adolfo Albo, anunciaba que lo que los mexicanos pagan de impuestos en Estados Unidos duplica las remesas que mandan a México; 53 mil millones de dólares para lo primero, 25 mil para lo segundo. Estas cifras, y mucho más, aparecen en el interesante documento Situación Migración México de noviembre 2009, que puede usted encontrar fácilmente en internet (no pongo la dirección porque es muy larga).

El estudio, le decía, es muy interesante e ilustrativo. No sólo habla de esas dos cifras mencionadas, sino de en dónde están los mexicanos que viven allá, a qué se dedican, qué está ocurriendo con las actividades económicas en que participan, y mucho más. Si quiere saber con detalle lo que realmente implica la migración de México a Estados Unidos, este documento le puede ser muy útil. Por cierto, en términos de lo que puede ocurrir con las remesas, coincide con lo que aquí comentábamos la semana pasada: hay una caída, no un desplome, y habrá una recuperación durante 2010.

Pero lo que me interesa aprovechar de ese estudio es la estimación del impacto de nuestros compatriotas en la economía del vecino país, que en 1994 era de 2.2% del PIB (del suyo), pero para 2008 alcanzó la nada despreciable cantidad de 3.8%. En dólares, esto significa que los 12.5 millones de mexicanos que viven allá produjeron casi 550 mil millones de dólares. Lo digo de nuevo, nada despreciable, porque en ese mismo año los 105 millones de mexicanos que vivíamos acá produjimos poco más del doble: 1.07 billones de dólares. Si lo quiere ver por persona, resulta que nosotros teníamos un PIB por habitante de 10 mil dólares anuales en 2008, mientras que quienes se fueron a Estados Unidos tenían cuatro veces más: 40 mil dólares cada uno. Estos cálculos los hago con dólares corrientes, pero si ajustamos por el efecto de los diferentes precios internos de cada país (PPP le llaman), el PIB por mexicano en Estados Unidos es poco más del doble del PIB por mexicano en México.

Hay mucho que preguntar después de estas cifras. Pero antes de hacerlo, permítame darle la noticia que me parece más importante. Los prácticamente 120 millones de mexicanos que somos teníamos un PIB total de 1.6 billones de dólares en 2008, una pizca por encima del PIB de España, y un poco debajo de Rusia en ese mismo año. México, o mejor dicho, los mexicanos, éramos la novena economía mundial el año pasado, antes de la crisis. En unos meses más sabremos cómo nos fue durante 2009, pero podría apostarle que somos hoy la octava economía mundial, sin importar nuestra autoflagelación de siempre.

Ahora las preguntas: ¿por qué un mexicano en Estados Unidos produce más del doble de lo que produce en México? ¿Por qué no enviamos más? ¿Por qué no hacemos un acuerdo con el país vecino para establecer mecanismos que garanticen un flujo ordenado y seguro de mexicanos hacia Estados Unidos y de norteamericanos hacia México (se sorprendería de la cantidad que vive ya en México)? Más a fondo, ¿por qué no enseñamos inglés en serio a los mexicanos?

Muchas preguntas que no son nada sencillas de responder. A excepción de la primera, me parece que la respuesta a todas las demás tiene que ver con nuestra incapacidad mental. La respuesta a ellas es el bloqueo que tenemos para darnos cuenta de que nosotros escogimos mal el camino, y nos ha llevado adonde tenía que llevarnos, al fracaso. Y como hay que hacer siempre que se equivoca uno de camino, no queda más que desandar y corregir, o mejor dicho: primero reconocer que tomamos la ruta errónea, regresar y tomar la correcta. No culpo a quienes decidieron, allá en los 30, cuando no era nada sencillo saber que el camino estadounidense era preferible al soviético o al italiano (que eran las opciones reales de entonces). Sí culpo a quienes, desde entonces, no han sido capaces de reconocer el error. Y más a quienes hoy mismo siguen necios.

Pero ensayemos respuestas a la primera pregunta. ¿Por qué un mexicano en Estados Unidos produce más del doble que quedándose aquí? Lo primero que tenemos que saber es si hablamos de los mismos mexicanos, y me parece que no es así. La migración, especialmente la ilegal, no es una decisión sencilla. Quienes la toman tienen más valor, más confianza en sí mismos, y sin duda más urgencia que quienes no la toman. En consecuencia, sería razonable esperar que los más productivos (o con potencial de serlo) serán quienes emigren, de forma que si mandáramos al resto de los mexicanos a Estados Unidos (es un experimento mental, no se violente) no mantendríamos esa diferencia de producción.

De cualquier manera, este factor no debe eliminar todo el efecto. Entonces, hay una serie de circunstancias que permiten que un mexicano sea el doble de productivo en Estados Unidos, en promedio, de lo que puede lograr en México. Con pura teoría neoclásica, esto debe responder a la diferente dotación de capital entre ambos países. Con perspectiva institucional, esta diferencia es resultado de los distintos costos de transacción entre ambos, es decir, del marco institucional que en México impide garantizar los derechos de propiedad y por lo tanto reduce la cantidad de capital instalado, y la capacidad de apropiarse de los resultados del trabajo.

En combinación, respondería lo siguiente: la incapacidad de garantizar los derechos de propiedad en México implica que el riesgo es mucho mayor, por lo que el capital exige una mayor tasa de ganancia en nuestro país que en Estados Unidos. En una economía abierta, sólo es posible tener una mayor tasa de ganancia mediante salarios más bajos. En suma, es la falta de garantías a los derechos de propiedad en México lo que provoca los salarios bajos. Frente a estos salarios, la opción de los trabajadores es salir del mercado formal, aprovechando la falta de garantías a los derechos de propiedad, con lo que se alimenta nuevamente el ciclo: la informalidad crece, reduciendo los salarios, haciendo crecer la informalidad, reduciendo los salarios, y así hasta que la informalidad ocupe todo el mercado, sinónimo económico del Estado fallido. Vamos en dos terceras partes, ya falta poco.

03 Diciembre 2009 04:20:03
Remesas
El dato de remesas en el mes de octubre le ha parecido sorprendente a muchas personas

La caída en octubre, con respecto al mismo mes del año pasado, es de prácticamente 35%, y eso parece confirmar los dichos amenazantes de hace un año, de analistas e incluso funcionarios, acerca de un derrumbe en el envío de dinero de los mexicanos que viven en Estados Unidos a sus familias, cuando no de un regreso masivo. En realidad, ni regresaron masivamente los migrantes ni redujeron tanto sus envíos, de forma que hubo que esperar hasta este mes para que apareciera un dato que pudiera alimentar la visión catastrofista de tantas personas. Pero la mala noticia para ellos es que, en realidad, la cifra no es tan grave.

Lo que ocurre es que en octubre del año pasado los envíos de dinero fueron extraordinarios, de hecho, la mayor cantidad que han enviado los mexicanos a sus familias en toda la historia. En ese mes, posiblemente viendo que la crisis los pondría en dificultades, enviaron casi 400 dólares en cada remesa, monto sólo superado en diciembre de 2000, cuando cada una de ellas alcanzó 410 dólares. Pero en octubre pasado las remesas fueron casi 6.7 millones, de forma que el flujo total al país alcanzó 2 mil 636 millones de dólares, que es el máximo que han enviado los compatriotas.

Por eso, cuando se compara ese mes extraordinario con uno normalito y bajo, pues la caída suena brutal, pero no lo es. En este mes de octubre pasado, los migrantes enviaron a sus familias más o menos lo mismo que han estado mandando cada mes durante 2009: 300 dólares. En realidad, unos centavos menos que eso, y por primera vez se rompe el nivel de 300 dólares por envío desde 2003. Efectivamente, es una cantidad baja, pero no es una catástrofe.

En cuanto a la cantidad de remesas, el nivel sí es el promedio del último año, cosa de 5.6 millones de envíos durante el mes. En cuanto al monto enviado, casi mil 700 millones de dólares, es comparable con el primer trimestre del año. No hay, pues, un derrumbe en los envíos, sino una comparación que confunde.

Durante 2009, los mexicanos que viven allá han reducido tanto el número de envíos que hacen como la cantidad promedio que mandan. En ambos casos, tenemos una caída de 8% comparado con lo que mandaban entre 2006 y 2008. El efecto conjunto es, pues, de cerca de 16% de contracción. Mandan menos, porque algunos han perdido su trabajo y otros han visto reducidos sus ingresos. Sin embargo, si consideramos que el tipo de cambio se ha corregido, comparando también con 2006-2008 prácticamente 20%, pues resulta que las familias están recibiendo, en pesos, más dinero que en los años previos. No mucho más, pero sí cosa de 4% adicional, suficiente para compensar por la inflación de este año, si quiere comparar con algo.

A como van las cosas, le decía, la caída en remesas para 2009 será importante, de 16% al menos, pero posiblemente incluso de 20%. Eso, en términos globales, es decir, como ingreso de dólares al país, no pinta mucho. En cambio, a nivel micro sí puede tener consecuencias. Sin duda hay familias que hoy no están recibiendo nada de sus emigrados, y muy probablemente estén en serias dificultades económicas. Pero, visto desde los promedios, eso no parece ser una situación general. Puesto que la migración ocurre mucho a través de “racimos”, es decir, se van varios miembros de una familia, o incluso un grupo grande de una comunidad, a una misma ciudad en Estados Unidos, trabajando en una misma actividad o incluso una misma empresa, lo que puede estar ocurriendo es que haya comunidades enteras hoy que no están recibiendo dinero. Pero, nuevamente, no es el caso general. Espero que los gobiernos locales hayan estado al tanto de esta situación y hayan actuado para mitigar los problemas.

En cualquier caso, este fenómeno se irá corrigiendo en los próximos meses, conforme la actividad económica en Estados Unidos se recupere. Poco a poco los compatriotas recuperarán su empleo, o su nivel de ingreso, y volverán a mandar cantidades superiores a los 350 dólares, y el número de remesas regresará a los 6 millones mensuales. Más todavía, no olvidemos que Estados Unidos va a requerir grandes cantidades de mano de obra en los próximos años que ellos mismos no pueden proveer. Les urge que lleguen más mexicanos, no siempre para recoger cosechas o preparar comidas, sino también para otras actividades: más trabajadores de la construcción, electricistas, técnicos, enfermeras, y con mayor frecuencia en los próximos años, profesionistas en diversas disciplinas.

Estados Unidos necesita cada vez más a México, así como nosotros seguimos necesitando de ellos. Entender esto, y actuar en consecuencia, nos puede resultar rentable a ambos. Incluso en la peor crisis que han tenido los vecinos en los últimos 80 años, nuestros compatriotas siguen allá, y buena parte de ellos sin problemas extraordinarios. No se hundieron las remesas, ni regresaron multitudinariamente los migrantes. La gran catástrofe que nos anunciaban diversos analistas y funcionarios no ocurrió, porque no tenía por qué ocurrir. Y ni siquiera las cifras de octubre les dan algo de razón, como hemos visto.
19 Noviembre 2009 04:44:47
La muerte de la Revolución
Seguimos con nuestra revisión del número de “Nexos” de noviembre que, como le decía el martes, me parece un excepcional punto de arranque para el debate nacional del año del Centenario

Acerca de los nudos que atrapan a México en el presente, hablamos el martes pasado. Hoy revisaremos las respuestas de cinco intelectuales a la pregunta: ¿qué no ha muerto de la Revolución Mexicana?

Jean Meyer abre el debate con su texto titulado “Un siglo de dudas”, en el que sostiene que “La Revolución Mexicana es una invención (legítima, normal, natural) a posteriori de los políticos, ideólogos, historiadores. Y nos encontramos atrapados entre la necesidad de conservar algo de memoria (…) y la necesidad de ‘acabar de una vez para siempre con ese culto reaccionario del pasado’ (Marx dixit).”

Así es, una invención posterior que, en opinión de esta columna, ha resultado sumamente costosa, pero que no es fácil derruir, dice Meyer citando a Mauricio Tenorio, puesto que hay que “sembrar dudas pero con la conciencia clara de que ‘la nación y su Revolución son una memoria colectiva que no controlamos ni historiadores, ni políticos.”

El segundo texto corresponde a Alan Knight, quien ha escrito la mejor historia de la Revolución Mexicana, en opinión de esta columna. Knight también refiere el carácter mítico de este proceso, e insiste en el sustrato histórico: “Un mito político exitoso necesita algo de verdad para convencer y legitimar. No se puede engañar a todo un pueblo todo el tiempo, como dijo Lincoln.” Yo preguntaría, ¿cuánto sustrato histórico es necesario para engañar a un pueblo por 100 años? Pero no me toca hacerlo.

Knight cierra su texto argumentando que tal vez la mejor manera de ver el significado actual de la Revolución sea biológica/genética: la Revolución dejó de constituir un organismo funcional hace décadas, pero sus ideas y símbolos todavía circulan como materia genética disponible en el cuerpo político mexicano. Tal vez, diría esta columna, los parásitos también suelen sobrevivir reproduciéndose del cuerpo huésped.

Javier Garcíadiego, hoy presidente de El Colegio de México, concentra su texto en el análisis de los festejos anteriores, el Centenario de la Independencia, festejado por Porfirio Díaz poco antes del inicio de la Revolución; los 50 años de la Revolución celebrados en 1960, en el apogeo del régimen de la Revolución; los 75 años, recordados en medio de la debacle del régimen y oscurecidos por los terremotos de 1985.

Llega así a una serie de preguntas acerca de 2010 y de la manera en que podremos celebrar: ¿quién controlará el Zócalo? ¿Serán muchos los que quieran repetir la historia cíclica del año 10 en México? Y puesto que no se podrán construir grandes obras en este Centenario como sí ocurrió en el anterior, las preguntas con que cierra Garcíadiego apuntan más a cómo querríamos celebrar el siguiente centenario que el actual.

José Antonio Aguilar Rivera hace gran énfasis en el carácter antiliberal del régimen de la Revolución, y de las ideas que de él derivan y siguen existiendo: la creencia de que la amenaza de violencia puede convivir con las instituciones de un país consolidado (implícita en el nombre del PRI), la creencia en valores superiores a la ley, creencias que responden a ese régimen corporativo y antidemocrático.

Finalmente, Adolfo Gilly titula su texto “Un mito que se transfigura,” y en él actualiza su propuesta de la revolución interrumpida de hace unas décadas, transfigurándola en una forma de resistencia, la esencia de la historia cultural hoy en boga. Así, la Revolución fue “una insubordinación radical contra uno de los sucesivos órdenes de la dominación y la opresión (…) una ruptura violenta e intempestiva de una institución estatal (…) una forma política de la dominación que los subordinados ya no aceptaban”. Lo que no aclara Gilly es cuándo o en dónde ocurrió eso. Sólo en el mito, respondería esta columna, porque no en México hace 100 años, o poco menos. Gilly, finalmente, no responde nunca a la pregunta que convocaba los textos, porque considera que no tiene sentido. En sus palabras, “los mitos nacidos de la vida no se mueren”. Como en aquella revolución interrumpida, hay buena pluma pero nada más. Historia sin hechos, datos ni referencias.

En cualquier caso, la selección de autores merece por sí misma un reconocimiento: hay el intelectual que privilegia el sentimiento, el que enfatiza la historia de bronce, el que agota los archivos, el que usa anteojeras ideológicas y el que percibe una lucha de ideas de largo plazo. Y no están en orden, le dejo a usted el trabajo de acomodarlos.

Lo que parece ya claro es que la Revolución Mexicana es, precisamente, un mito, creado y fomentado por quienes resultaron finalmente ganadores de la serie de guerras civiles provocadas por la salida de Díaz del poder. Es un mito tal vez natural (Meyer), o con sustrato histórico (Knight), o nacido de la vida (Gilly), pero es un mito. Tres historiadores de la Revolución que hoy ven al mito, pero que hace un par de años no lo hacían.}

Un mito que, a pesar del derrumbe de las estructuras políticas del régimen, sigue vivo, no sabemos si porque “nació de la vida” o porque tiene un sustrato histórico suficientemente fuerte, o simplemente porque quienes destruyen los mitos son los mismos que los crean: intelectuales y políticos, y a diferencia de los creadores de hace décadas, pujantes e innovadores, los destructores de hoy son más bien temerosos de enfrentar esas creencias populares.

Tal vez será porque en aquel entonces desde el poder político se prohijó la creación del mito, y hoy la lucha por el poder político aún vive de ese mito. Y enfrentar al mito, al pueblo, y al poder político, no es cosa que guste mucho ni a políticos ni a intelectuales.

Lo que da longevidad a los mitos no es que nazcan de la vida o tengan sustrato histórico. Lo que los aleja de la muerte es el temor de los enterradores.
17 Noviembre 2009 04:34:59
Los nudos de México
Estamos a un año del festejo del Centenario de la Revolución, y a sólo 10 meses del Bicentenario de la Independencia

Por diversas razones, me parece que el que corresponde a la Revolución tiene mucho mayor importancia, y por eso creo que el número de la revista Nexos de este mes de noviembre es excepcional. La revista le dedica los dos bloques principales a la discusión del pasado y el futuro, mientras que en su Agenda se concentra en el presente. Me parece que vale la pena dedicarle toda la semana a este Nexos que puede significar un punto de arranque para el debate nacional. Así, hablaremos hoy de esa agenda del presente, y el jueves próximo de la revisión del pasado que cinco intelectuales han hecho alrededor de la pregunta ¿qué no ha muerto de la Revolución Mexicana? En la colaboración del viernes próximo, justo el 20 de noviembre, hablaremos del futuro que plantean Aguilar Camín y Castañeda en el artículo principal de este número de Nexos.

La Agenda de Nexos de noviembre se titula “Los nudos de México”, y se analizan ahí cuatro de los obstáculos más importantes al desarrollo nacional: energía, banca, telecomunicaciones y el trabajo improductivo. No me detengo en el asunto energético, que es de mi autoría, porque en estas páginas ya hemos comentado en varias ocasiones al respecto. El texto acerca de la banca lo escribe Carlos Elizondo Mayer-Serra, y hace énfasis en el que él considera el problema principal del sistema bancario mexicano: los bancos no prestan suficiente.

La razón de ese crédito insuficiente, sin embargo, no es tan fácil de encontrar. Como Elizondo recuerda, la banca en México ha funcionado igual de mal en manos privadas, públicas, o con mayoría extranjera como lo es hoy. Tradicionalmente, el crédito bancario en México fue inferior a 10% del PIB hasta inicios de los 90. Su rápido crecimiento (de 10% a 30% del PIB) entre 1990 y 1994 fue precisamente causa y síntoma de la crisis de 1995. Rápidamente regresamos al nivel tradicional, que a duras penas ha ido creciendo en los últimos años. Elizondo encuentra parte significativa de la explicación de este bajo nivel de crédito en dos elementos: por un lado, la elevada demanda de parte del gobierno, que permite a la banca ingresos seguros, aunque no muy elevados; por otro, la debilidad de los derechos de propiedad, que impiden a los bancos una mínima seguridad sobre lo que prestan.

Elizondo Mayer-Serra tiene toda la razón. De hecho, es precisamente la debilidad de los derechos de propiedad el origen del muy alto riesgo de prestar dinero en México. Compensar este riesgo obliga a tasas de interés muy altas, que en sí mismas inhiben el crédito. Puesto que con esas tasas no se puede prestar, los bancos, para sobrevivir, prefieren prestar al gobierno, aunque sea con una ganancia muy baja, y financian todo lo demás a través de comisiones. Esto lo ha mostrado Stephen Haber, en su colaboración al libro de Michael Walton y Santiago Levy que ya hemos comentado aquí: No Growth Without Equity. Si queremos una banca más eficiente, es en el marco jurídico en donde debemos trabajar. Si quiere un ejemplo de éxito, basta ver lo que ha ocurrido con los créditos hipotecarios, después de las reformas de 2001.

El tema de telecomunicaciones es analizado por Gerardo Esquivel, quien de entrada reconoce la gran complejidad del asunto. Se trata de un negocio de muy elevados costos de entrada y con economías de escala, alcance y red muy significativas (es decir, mientras más grande se es, más grande se puede ser). Frente a la concentración de este mercado, Esquivel plantea dos caminos. En el primero, se trataría de replantear la estructura actual del mercado, modificando la regulación y eliminando las ventajas que hoy tienen algunos jugadores (Televisa frente a los cableros, Telmex frente a los demás proveedores). Sin embargo, Esquivel considera muy complicado este camino, de manera que propone como alternativa una secuencia de reformas paulatinas, pero en la dirección de fomentar la competencia: dejar entrar a todos en todos los mercados, si me permite el brusco resumen, pero condicionando ese proceso a un mejor comportamiento de cada uno de ellos. Comportamiento que puede promoverse, añadiría yo, con una Comisión de Competencia y una de Telecomunicaciones con mucha más fuerza legal.

Finalmente, Luis de la Calle, colega de estas páginas, presenta un texto llamado “El trabajo improductivo” como aquel libro de Zaid de hace ya varios lustros. El texto sostiene que debemos multiplicar por cinco nuestra productividad en los próximos 20 años (meta factible, creo yo). Para lograrlo, propone cinco grandes medidas: 1. incentivos que premien la excelencia y respondan a las necesidades del consumidor; 2. mercado laboral flexible; 3. empresarios innovadores y capacitados que asuman riesgos; 4. un sistema educativo que se traduzca en productividad; 5. vinculación entre universidades, gobierno e industria.

Pueden parecer recomendaciones obvias, pero no lo son. Luis de la Calle hace énfasis en cómo estas medidas implican, en el fondo, transitar de un sistema económico basado en rentas hacia uno que dependa de la generación de valor agregado. Eso nos ha impedido por décadas ser un país exitoso. En sus palabras: “En México, la longeva dupla de rentismo y proteccionismo llevó a (…) esperar que se vendiera lo que se produce, y no a producir lo que vende”. Esa es la gran falla del famoso mercado interno mexicano: que todos quieren vender las cosas que producen, y a eso le llaman fomento y apoyo. Pero rara vez tratan de producir lo que la gente quiere comprar. Por eso cuando se abren las fronteras, las empresas quiebran; y cuando podemos exportar, resulta que no tenemos nada que ofrecer. Lo que producimos no lo quiere nadie. Y lo que quieren no lo producimos.

Como puede ver, los obstáculos son claros, y las soluciones no son nada del otro mundo. Si quiere verlo en palabras de Guillermo Ortiz, gobernador del Banco de México, unas pocas reformas bastan para convertirnos en una economía exitosa. Y lo único que frena esas reformas es el peso del pasado, del que hablaremos el jueves, siguiendo el debate propuesto por Nexos, ¿qué no ha muerto de la Revolución Mexicana? ¿Qué es lo que nos sigue deteniendo?
10 Noviembre 2009 04:21:02
La quinta economía
Se publicó el lunes. Una nota medio perdida proveniente de la Cumbre de Negocios de Nuevo León. Una declaración del director gerente del Banco Mundial, Juan José Daboud

Este director sostiene que México puede ser un polo de desarrollo después de la recesión. Según él, después de China e India, en Asia, en América Latina, “México puede ser un importante polo de desarrollo”.

Pero la nota está perdida entre opiniones de Carlos Slim y Lorenzo Servitje, entre dichos de alzas en las tarifas telefónicas y quejas sobre el desempeño económico de América Latina. Y los comentarios que había recibido ayer lunes por la mañana confirmaban la razón por la cual no podemos ser la quinta economía mundial. Todos burlones, todos rechazando la posibilidad de que México pueda ser ese polo de desarrollo que el señor Daboud percibe.

Y es que precisamente es ésa la razón por la que no podemos ser un polo de desarrollo, ni la quinta economía mundial. Porque ni siquiera podemos imaginarlo. La inmensa mayoría de la población no se da cuenta del tamaño de México en el mundo, y por lo tanto no puede siquiera comprender lo que significa nuestro país.

Rusia, India, España, Canadá, Brasil, Australia, México y Corea del Sur son los países que podrían, por su tamaño actual, competir por ser las economías más grandes del mundo en los próximos 30 años. Sustituirán a Inglaterra, Francia, Italia y Alemania, e incluso posiblemente a Japón entre los primeros cinco lugares. Sólo China y Estados Unidos, que hoy están en esas posiciones, seguirán ahí dentro de tres décadas con seguridad. Los otros pueden ser fácilmente desplazados.

De los ocho países mencionados, no todos tienen posibilidades reales de competir. Rusia no tiene ya futuro en esta competencia, mientras que España, Canadá y Australia es muy probable que no puedan superar el tamaño que hoy tienen. Quedan sólo cuatro economías compitiendo por dos o tres lugares: India, Brasil, México y Corea del Sur. Por cuestiones demográficas, India seguramente estará entre los elegidos, mientras que muy probablemente Corea del Sur no lo logrará. Es decir que, casi inevitablemente, México estaría entre esas cinco economías más grandes del mundo.

Pero eso parece ser inaceptable para los mexicanos. La simple posibilidad de ser un polo de desarrollo en este proceso de recuperación que acaba de iniciar es rechazado como si fuese algo no sólo imposible, sino impensable. Es increíble la capacidad de autoflagelación de nuestra sociedad.

México cuenta con 120 millones de personas, 15 millones de ellos viviendo en Estados Unidos, pero con fuertes lazos con nuestro país. Producimos, los 105 millones de acá, cosa de un billón de dólares al año (un millón de millones). Si contamos a los que están allá, considerando que tengan un ingreso inferior al promedio de Estados Unidos, pero sin duda superior al promedio nuestro (porque si no ya se hubiesen regresado), hablamos de medio billón adicional.

Nada más considerando eso, los mexicanos representamos la octava economía del mundo.

Lo que muy probablemente piensan muchos que no creen en que México será la quinta economía mundial es que no tenemos el ingreso por habitante que tiene Estados Unidos, o cualquier país occidental. Pero ése no es el tema. China tiene un ingreso por habitante muy inferior al nuestro, y es la tercera economía mundial, y la gran admiración de muchos.

La India, o Brasil, que tanto se promociona hoy, están también por debajo de México en ingreso por habitante, la India por mucho. Y ya sé que me va usted a decir que no es tanto el ingreso por habitante, sino la distribución, y que México es un país muy desigual. Pues sí, pero Brasil es peor que nosotros, y ya lo ve, rumbo a competir en serio por ser la quinta, la cuarta o la tercera economía.

Si quiere usted excusas para no ser exitoso, hay de sobra. Ya le mencioné al menos dos: que no importa ser una economía grande porque el ingreso por habitante es bajo; que no importa el ingreso por habitante porque la distribución es mala; añada las que guste, que por excusas no hay que parar.

Es sólo que usted, como millones de mexicanos, no quiere tener éxito. No quiere que la economía mexicana sea la quinta del mundo, ni quiere competir en verdad con otros grandes países. Le tiene usted miedo al éxito, porque implica responsabilidad, y usted, como millones de mexicanos, aprendió desde niño que la responsabilidad es cosa de los poderosos, y no de usted. Es usted producto del régimen de la Revolución Mexicana, que se instituyó para abusar de usted y para mantenerlo sometido a los grupos de interés: a los sindicatos, a las centrales campesinas, a los empresarios amigos del Estado, a las universidades públicas, a todos esos grupos que se han dedicado a extraer rentas de los demás y que han impedido que México sea esa quinta economía mundial desde hace décadas, como debió haberlo sido.

Lo único que nos impide tener éxito, ser una economía más grande, con más ingreso por habitante y mejor distribución es nuestra incapacidad mental. Ni siquiera podemos imaginarlo. Peor, cuando alguien nos lo dice, lo sentimos como una burla. Nosotros mismos nos detenemos, porque así aprendimos desde niños. Porque así se nos enseñó, para que no exigiéramos cuentas a esos grupos que vivían de nosotros.

Y que lo siguen haciendo.

Claro que México puede ser la quinta economía mundial. Ni siquiera hay que crecer mucho para lograrlo. Pero no lo seremos, ni seremos nada, mientras no podamos entenderlo y aceptarlo. Mientras no reconozcamos que el fracaso que hoy somos es producto de la manera en que manejamos el país durante el siglo XX. Mientras no aceptemos que la Revolución Mexicana no nos dio más que miseria, abuso y, sobre todo, engaño.

No hay mal que dure 100 años. Nos queda uno.
05 Noviembre 2009 04:54:45
De la reforma fiscal
El martes le proponíamos aquí algunas ideas acerca de la reforma fiscal que deberíamos discutir de inmediato

Ese mismo día, varios personajes políticos hicieron un llamado en la misma dirección, al grado que las ocho columnas de EL UNIVERSAL de ayer fue “Llaman a debatir, ya, reforma fiscal”. Vale la pena entonces continuar algunas ideas al respecto.

La reforma fiscal puede hacerse con muy diferentes niveles. Podemos simplemente resolver la dependencia que hemos tenido del petróleo, sin modificar mucho el nivel de gasto del gobierno; podemos incrementar ese gasto para tener recursos para cosas que no hemos hecho, pero que pueden ser importantes; o podemos, de plano, modificar a fondo lo que hacemos en México, y con base en ello calcular cuánto vamos a necesitar y de ahí establecer el nivel y tipo de impuestos a cobrar. El orden de estos niveles es precisamente su dificultad.

Hay muchas personas que siguen diciendo que el gobierno debería gastar menos, pero ya hemos comentado en varias ocasiones que eso no tiene sentido. No cabe duda que hay que eliminar todos los gastos abusivos, pero no olvide que todos ellos existen porque hay grupos que, en un momento u otro, lograron convencer al poder de que debería gastar en ellos. Ahí están también los partidos políticos, que insisten en que deben ser financiados por el erario, para evitar que la plutocracia gobierne en México (¿?) y para evitar infiltración del crimen. Si estos dos riesgos no existen, entonces no vale la pena gastar en ellos. Si existen, habría que ver cuánto dinero es razonable para los gastos de los partidos. Igual que en este caso, sígase con las centrales campesinas, con los sindicatos, con los programas de apoyo y fomento a empresas, con los subsidios a universidades, y todo lo demás.

En cualquier caso, nuestra primera decisión es si queremos seguir gastando más o menos lo mismo de siempre. Como referencia, le digo que no hay ningún país civilizado que gaste menos de 30% del PIB (nosotros gastamos 23%). Puede ser que seamos el país con mejor administración del mundo, y por eso nos basta con menos dinero, pero la verdad no lo creo. En consecuencia, es necesario que incrementemos el gasto al menos hasta ese 30% del PIB. No sólo por esta referencia que le he dado, sino porque necesitamos mantener y elevar el gasto en varios renglones. Gastamos, por ejemplo, 6% del PIB en educación, pero casi nada en Ciencia y Tecnología; gastamos cosa de 5% del PIB en salud, pero será necesario incrementar este gasto para las necesidades de una población más vieja y menos saludable, como será la que tendremos pronto. Y necesitamos gastar mucho más en seguridad, tanto nacional como pública, en impartición de justicia, en servicios públicos y en infraestructura. No olvide que además tenemos una muy fuerte presión de las pensiones. Por eso tenemos que apuntar 30% del PIB en gasto público en un periodo razonable.

Ahora que si queremos hacer cambios de fondo, le recuerdo la propuesta de Santiago Levy, que ya una vez analizamos en este espacio, que consiste en construir un sistema único de salud fusionando al IMSS, ISSSTE y otras instituciones de salud y seguridad social con el Seguro Popular, de forma que se separe el empleo de estos servicios. Al hacerlo, nos quitamos de encima el problema de la informalidad, y evitamos la competencia absurda entre estos dos sistemas, uno pagado por los trabajadores formales, y el otro financiado por todos. A esta propuesta, esta columna le sumaba la idea del ingreso básico garantizado. Todos los mexicanos, por el simple hecho de serlo, a partir de los 18 años recibirían 500 pesos mensuales.

El seguro popular ampliado más el ingreso básico haría redundante el seguro de desempleo. Todas estas prestaciones tendrían que financiarse con el pago de impuestos, pero liberaríamos al mercado laboral de muchas rigideces que hoy lo hacen muy complicado.

Aunque parezca algo difícil de hacer, no lo es tanto si uno quiere realmente modernizar al país. De golpe, todos los trabajadores formales tendrían un aumento salarial de cosa de 25%, porque eso es lo que están pagando al IMSS y ya no tendrían que pagarlo.

A cambio, tendrían una elevación de impuestos, con lo cual financiarían el seguro popular. Al final, todos los trabajadores formales acabarían ganando, porque hoy pagan el IMSS y además el seguro popular de los informales. Estos últimos, en cambio, no pagan nada. Con el sistema de salud unificado, todos pagarían. Parte de las rentas que los informales extraen de los formales habrían desaparecido.

En cuanto a los impuestos, ya los comentábamos el martes: basta con cobrar bien predial y agua en los municipios para obtener 2% del PIB que esos mismos municipios podrían gastar en servicios de calidad. Y el financiamiento general del gobierno puede cubrirse con un impuesto al consumo y otro al ingreso, como decíamos entonces.

En el fondo, eso no es un problema. Lo que detiene una reforma fiscal es precisamente la definición de qué queremos corregir, y esto depende de las visiones que se tienen sobre el país. Y, como hemos dicho en muchas ocasiones, hay dos diferentes, incompatibles, que hoy ocupan grandes espacios de la política.

Una visión es la tradicional del México del siglo XX, que genéricamente hemos llamado “nacionalismo revolucionario”, que campea en el PRD y en el PRI de la Cámara de Diputados. La otra es una visión liberal (no neoliberal, como acostumbran descalificarla) que es más popular en el PRI de la Cámara de Senadores y en parte del PAN. Hay otras perspectivas, sin duda, pero mucho menos importantes en términos numéricos y de poder político. Una visión tradicionalista-conservadora en parte del PAN, e ideas radicales en algunos políticos de muchos partidos.

Pero la definición de lo que haremos en México se sigue dirimiendo entre los vestigios de las creencias revolucionarias y el desdibujado liberalismo. Así ha sido desde hace buen rato, y así será en los próximos años.
22 Octubre 2009 03:50:14
No entendieron
Pues los diputados del PRI decidieron los impuestos sin entender lo que ocurre. Para ellos, resultó más importante su propia interpretación de lo que los votantes quieren que las necesidades de esos votantes

No pudieron comprender que la situación financiera del gobierno mexicano es sumamente delicada, y que posponer decisiones difíciles es un riesgo innecesario. Para ellos, la posible interpretación de la contribución del 2% como un IVA a alimentos y medicinas fue determinante.

No fueron a preguntarle a sus votantes, ni nada por el estilo, sino simplemente supusieron que había un riesgo de que alguien pudiera interpretar la nueva contribución como un incremento al IVA, o mejor dicho, como una extensión de ese impuesto a alimentos y medicinas. Y ese riesgo les pareció mayor, es decir más importante, que la posibilidad de una profunda crisis financiera en los próximos meses.

Lo que no han comprendido los legisladores, y muchos mexicanos, es que una época ha terminado. Se acabó el petróleo, y ya no podremos financiar nuestros gastos con los ingresos que éste generaba. La producción todavía alcanza para nuestro consumo interno, y podemos aún exportar, pero cada vez menos. Pero ahora tenemos que financiar nuestros gastos con impuestos, y esto no había ocurrido desde hace 45 años, de forma que nadie puede recordar cómo hacerlo.

Pero sin intentar recordar nada, ni preguntar nada, el PRI simplemente ajustó todos los números que pudo (crecimiento, precio del petróleo, déficit) y elevó el IVA en un punto, haciendo evidente que nunca entendieron la oportunidad que la contribución del 2% les ofrecía. Lo interpretaron siempre como si fuese un IVA, y por eso su propuesta. No vieron que esa contribución les ofrecía la posibilidad de financiar adecuadamente al gobierno sin enfrentar a sus votantes ni a sus documentos básicos. Y al no verlo, pusieron en riesgo a la economía nacional, y con ello a sus posibilidades de regresar a la presidencia.

Fuera de esa contribución, las demás propuestas del Ejecutivo fueron aprobadas, algunas con pequeños ajustes. Pero no tienen mucha importancia. Es cierto que dan recursos, pero ninguna de estas propuestas modifica la estructura fiscal, lo que sí hacía la contribución, porque permitía ampliar la base de recaudación. Nos permitía a todos los mexicanos, ricos y pobres, apoyar el desarrollo nacional, en contra de la discriminación flagrante del IVA actual, que impide a quienes menos tienen aportar para su propio beneficio y lograr con ello que los que más tienen aporten aún más.

Al no aceptar esta contribución, el PRI se complica la vida solo, porque dentro de unos meses, cuando sea evidente la necesidad de recursos, y cuando quede claro que no hay manera de sacar las cuentas de 2011, ya no podrá aceptar con facilidad un impuesto general, o una contribución, al haber rechazado la que hoy se proponía. Por el contrario, de haber aceptado el 2%, esto le hubiese abierto la posibilidad, en unos meses más, de alterar la relación entre esta contribución y el IVA, sin por ello enfrentar ni a sus votantes ni a sus documentos básicos, como decíamos. Pero no lo hicieron, y en unos meses veremos los resultados.

Pero hay otro tema que vale la pena comentar acerca de la aprobación de la Ley de Ingresos en la Cámara de Diputados, y es la toma de tribuna de parte de un grupo de diputados, muy pequeño, cuya capacidad de comprender parece totalmente nula. Aunque se entiende que un legislador debe tener toda la libertad de expresión posible, y por ello el fuero especial, que estrictamente se limita a las opiniones, no parece razonable extender esta libertad de expresión a la libertad de bloqueo de las actividades parlamentarias.

Es una muy perversa confusión, que ese movimiento autodenominado de izquierda utiliza con frecuencia. En su opinión, bloquear a los demás es una simple expresión, aunque sea una flagrante violación a los derechos de los demás, y una provocación, porque no se puede impedir la acción de los demás si no es ejerciendo violencia, aunque parezca pasiva. Y esta violencia no es libertad de expresión, sino un intento golpista.

Lo único que lograron fue posponer por unas horas las decisiones, y es lo único que lograrán, además de enajenarse la voluntad de los votantes, ya pocos, que tienen. Allá ellos, pero sería muy útil empezar a considerar acciones en contra de estas provocaciones, que no son libertad de expresión, sino abuso de la paciencia de los demás.

Pero el tema fundamental es la tremenda irresponsabilidad de los diputados priístas, que no han podido comprender lo que ocurre en la realidad, y que han dejado pasar una gran oportunidad para resolver problemas que serán inmanejables en el futuro. Un futuro muy cercano, previo a 2012, que puede cancelar nuevamente las posibilidades de este partido de regresar a Los Pinos.

Pero, como decíamos al principio, no estamos entendiendo lo que pasa: ni corregimos la estructura fiscal como deberíamos, ni ordenamos la vida política nacional, ni tomamos las decisiones que son cada vez más urgentes.
16 Octubre 2009 03:49:45
Decisión y creencias
Sabemos, desde hace casi medio siglo, que no existe ningún ordenamiento de preferencias para una sociedad. Es decir que no existen decisiones que puedan gustar a todos, ni tenemos todos las mismas preferencias acerca de algún tema, sea éste el que fuera. A lo mejor usted piensa que eso es obvio, pero no lo es, al grado de que se sigue hablando de “el interés nacional”, “el bien común”, y otras palabras similares.

La decisión de extinguir Luz y Fuerza del Centro ha tenido un apoyo mayoritario en la población, según las encuestas publicadas, pero también ha sufrido críticas, no sólo de quienes resultaron directamente afectados por ella, el SME y sus muchos aliados, especialmente en la izquierda radical, sino también de opinadores de diverso signo.

Pero es difícil criticar una decisión tan aplaudida por el público, de forma que no queda más que aceptar que efectivamente Luz y Fuerza era un pozo sin fondo, pero se argumenta que eso también fue culpa de su administración, es decir, en última instancia el gobierno; se dice que el tema pudo resolverse mediante negociación, y no haciendo uso de la fuerza pública; o se sostiene que, de ser verdadera la intención del gobierno de atacar la ineficiencia, tendría que haberse empezado por Pemex o el SNTE, pero esos son sus aliados y por eso no los tocan.

No cabe duda de que los problemas en las empresas del gobierno se deben a mala administración y privilegios sindicales. Es más, esos problemas son en realidad resultado de la manera en que se construyó el Estado en México, el régimen de la Revolución, que se sostenía en el poder con la ayuda de las corporaciones, a las cuales les pagaba con prebendas. En el caso de los sindicatos, los salarios elevados, prestaciones exageradas y pensiones impagables que vemos en el caso de Luz y Fuerza; en el caso de los campesinos, con tierras y subsidios; en el caso de los empresarios, con mercados cerrados y bajos impuestos; y en el caso de los intelectuales, con universidades, contratos y reconocimientos. Todos sostenían al régimen y éste los sostenía a todos. Nada de lo que hoy pasa en México es resultado de generación espontánea.

Precisamente por eso, porque esos privilegios no pueden sostenerse, no hay otra manera de resolver el problema que eliminándolos. Algunos sindicatos han aceptado cambios en sus contratos colectivos o en sus pensiones, que han impedido una quiebra general del Estado, pero falta mucho más. En el caso de Luz y Fuerza, esto no había ocurrido, ni había ninguna razón por la cual esperar un cambio de actitud de su sindicato. Proceder mediante mesas de negociación hubiese sido una irresponsabilidad mayor.

Pero no hay decisión que guste a todos, decíamos al inicio, y así será con ésta. Y tampoco habrá forma de argumentar seriamente, porque a pesar de la historia del SME, habrá quien diga que se trataba de un sindicato dispuesto a negociar. Y lo mismo ocurre con el tema de los otros sindicatos del Estado, también llenos de privilegios e ineficientes, que unos pensarán que debieron haber sido enfrentados antes de Luz y Fuerza. No habrá manera de que acepten que este caso era, por mucho, el más grave y por lo tanto el más urgente de resolver.

Y es que, a final de cuentas, los seres humanos apelamos a las creencias cuando ya no tenemos datos, argumentos o razones. Y las creencias son parte indisoluble de nosotros, son el armazón con el que entendemos al mundo. Primero modificamos la realidad que nuestras creencias. Y para todos aquellos que crecieron repitiendo las mentiras revolucionarias, que se aprendieron de memoria eso de las victorias laborales y la permanente lucha por la justicia social, para todos ellos no se trata de defender a un grupo privilegiado, sino a su propia razón de ser. Y no hay nada de malo en ello, pero hay que entenderlo como lo que es.

Algo similar ocurre con los empresarios que se defienden frente al intento de cobrarles más impuestos, o con quienes no pueden aceptar los impuestos generalizados. Cada quien defiende sus intereses, por un lado, y sus creencias, por otro. Y como la forma en que se construyó México generó precisamente grupos de interés y sólidas creencias, debería ser totalmente claro por qué no podemos tomar decisiones en nuestro país.

Es un problema que deriva de la forma como pensamos, y no de la realidad misma, lo que impide enfrentar los grupos de interés con la fuerza necesaria. Por eso, la decisión de extinguir Luz y Fuerza es mucho más importante de lo que parece a primera vista. Las decisiones que sigan lo mostrarán, o la convertirán en un simple exabrupto sin sentido.

http://www.macario.com.mx

Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
06 Octubre 2009 03:42:13
A los impuestos
Una vez instalada la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados, inicia en forma la discusión de los impuestos, que deberá terminar este mismo mes.

Según la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria (art. 42. V), los diputados deben dictaminar y aprobar la Ley de Ingresos a más tardar el 20 de octubre, y los senadores el 31 del mismo mes. Así que no hay mucho tiempo para discutir asuntos irrelevantes, y hay que entrar rápidamente en materia.

De acuerdo con los ingresos que se definan en esta ley, se podrán construir los gastos, lo que genéricamente llamamos presupuesto, que podrán discutir los diputados (ellos solos) hasta el 15 de noviembre, cuando deberán aprobarlo. Si en el acuerdo de Ley de Ingresos se tiene poco dinero, pues será poco lo que podrán acomodar en el presupuesto. Y, como sabemos, todos quieren gastar más en el gobierno, porque todos consideran que su trabajo es fundamental para el país. Es natural que así sea.

Vale la pena de una vez aclarar el asunto del déficit, porque los gastos pueden ser mayores que los ingresos y el faltante financiarse con deuda. El gobierno ha propuesto que este déficit sea de 0.5% del PIB, cosa de 60 mil millones de pesos. La mera propuesta de un déficit es ya un asunto interesante, porque la Ley de Presupuesto y demás que ya mencionamos considera al déficit algo que debe ocurrir sólo ocasionalmente, para no complicar la situación financiera del país. Hacienda aprovecha la oportunidad que da la ley, y ofrece incurrir en déficit, pero en un déficit pequeño.

Desde la oposición se dice que se trata de un déficit demasiado pequeño, y que no estaría mal que fuese mayor. A favor de este argumento aducen que la mayor parte de los países grandes del mundo están incurriendo en déficit para este año fiscal, con el objetivo de enfrentar la recesión. Dicen bien, así están haciendo muchos países (aunque no todos). Pero eso no implica que nosotros debamos hacer lo mismo. Y no debemos hacerlo por dos razones. La primera es que el problema de la recesión no es nuestro, y la solución a esa recesión tampoco. Si nosotros quisiéramos compensar el impacto de la recesión global con nuestros propios recursos, haría falta que el gobierno fuese tres veces mayor para que hubiese algún efecto. Es decir, no es cosa de un déficit, por muy grande que sea.

Más importante aún, nosotros no podemos enfrentar la recesión con un déficit mayor porque nuestro déficit ya es suficientemente grande. Desde inicios de los noventa la contabilidad gubernamental en nuestro país ha oscurecido la definición del déficit, y en realidad lo que se publica como tal no es lo que deberíamos considerar. El verdadero déficit del gobierno es una variable llamada “requerimientos financieros del sector público”, que para el 2010 se espera de 3.3% del PIB. Ése es el verdadero déficit, y ya no es tan pequeño. Podría ser mayor, sin duda, si tuviésemos seguridad de que podremos pagarlo en el futuro, pero eso es precisamente lo que no tenemos.

A diferencia del resto del mundo, que enfrenta una recesión, nosotros lo que enfrentamos es una severa caída en los ingresos del gobierno. La razón, ya lo hemos comentado en muchas ocasiones, es la caída en la producción petrolera. Hemos ido ajustando al alza nuestros gastos, aprovechando el crecimiento en el precio del petróleo, hasta “acostumbrarnos” a un ingreso petrolero como el de 2008, que fue de 9 puntos del PIB (cosa de 1.1 billón de pesos). Ese año produjimos 2.8 millones de barriles diarios que pudimos vender, en promedio, a 84.40 dólares cada uno, lo que significó casi 86 mil millones de dólares. Este año apuntamos a 53 mil millones de dólares, que es una caída importante, y para el 2010, si el precio del barril se estima en 54 dólares, los ingresos serán inferiores a 50 mil millones. Es posible que tengamos un precio mayor, pero eso implicará también importaciones de gasolina más cara.

Más grave aún, es que esta cantidad irá cayendo a un ritmo de 10% anual en el futuro previsible, es decir, al menos hasta el 2016. Para entonces, los ingresos petroleros apenas serán 3% del PIB, no los nueve que fueron el año pasado. Esa diferencia es la que necesitamos cubrir de alguna manera. No se ve posibilidad alguna de que la producción de petróleo se mantenga (aunque Pemex insista en ello), mucho menos de que crezca. Puede ser que el precio del barril suba, pero eso tiene el costo del alza en la gasolina que ya mencionábamos. La última posibilidad es la devaluación del peso, que transformará esos dólares en más pesos que podremos gastar. Claro que eso significa una espiral inflacionaria que no creo que queramos enfrentar.

Por eso no queda más remedio que pagar más impuestos. Ya en la última semana hablamos de cómo podría reducirse el gasto, pero usted recordará que la única posibilidad seria que teníamos era enfrentar duramente a los sindicatos del estado, esto es, Pemex, CFE, Luz y Fuerza, IMSS, etc. No estaría nada mal que lo hiciéramos, pero no se me ocurre que eso pueda pasar en este mes de octubre, de forma que no veo cómo podríamos incluir ese escenario en la Ley de Ingresos que hay que tener terminada para este mes.

Con base en lo que le he comentado hasta aquí, me parece que los diputados tendrán que considerar con toda seriedad la propuesta del gobierno para el presupuesto de 2010. Sin duda existen varias opciones muy atractivas que podríamos incorporar paulatinamente, pero que no pueden llevarse a cabo en tres semanas. Acerca de esto le platico en la próxima colaboración, porque ésta ya se acabó.
01 Octubre 2009 03:33:42
Economía Informal
El martes comentaba con usted acerca de las ideas de un lector sobre cómo reducir el gasto y mejorar los ingresos del gobierno.

Una idea, sin embargo, se nos quedó pendiente por el espacio. El lector sugería que se eliminaran las transferencias a los gobiernos estatales y municipales, con la salvedad del 10% más pobre de los municipios, es decir, 250 de los 2 mil 500 que tenemos en el país, en números redondos.

Esta idea es impracticable de entrada por razones que en un momento le comento, pero conceptualmente me parece del mayor interés. Puesto que vivimos en una República Federal, lo lógico sería que las entidades federativas y los municipios (que se dicen libres) recaudaran sus propios ingresos para financiar sus gastos. Así ocurre en todos los países federales del mundo, en donde los gobiernos locales recaudan entre 20 y 40% del ingreso total gubernamental del país. Pero nosotros siempre hacemos las cosas mal, y en realidad no somos una República Federal, sino central. Por eso, desde hace décadas, el gobierno federal recauda y administra los dineros de las entidades. Esto le permitió al gobierno central, por todo ese tiempo, controlar a los gobiernos locales, porque sin dinero no se puede hacer política.

Esto terminó en 1998, cuando el Partido Acción Nacional (PAN) logró, como partido de oposición, que hubiese mecanismos claros de transferencia de recursos a las entidades, de forma que el gobierno central no los tuviese controlados. Hoy, diez años después, el PAN se lamenta, me imagino, de esa decisión inicial, que con el tiempo ha crecido hasta llegar a que el 35% del gasto federal sea transferencia a gobiernos estatales y municipales. Y con ese dinero no tenemos ni transparencia ni vigilancia.

Los gobiernos locales, en consecuencia, no recaudan, porque cobrar impuestos es impopular, así que le dejan al gobierno federal ese costo, y esperan sus transferencias, que como están reguladas por ley, no pueden ser alteradas por el gobierno central. Convertimos a la secretaría de Hacienda en vil cobrador y mensajero de los 32 virreyes, pues. Los gobiernos estatales tienen la excusa de que no tienen impuesto que cobrar, porque apenas tienen atribuciones para cobrar derechos de tránsito, impuesto sobre nómina, y alguna otra cosa por ahí. Los gobiernos municipales, en cambio, tienen dos fuentes de ingreso muy importantes: los impuestos a la propiedad y los derechos por uso de agua, que podrían financiar, sin ninguna dificultad, todos los gastos del municipio. Pero no los cobran bien, porque no tienen para qué. Les basta con levantar la mano.

Sin embargo, estos gobiernos municipales tienen un problema: la forma en que el gobernador distribuye los recursos no está en la ley, así que el virrey sí ejerce control sobre los munícipes. Basta ver cómo se ganaron las elecciones de 2009 en varios estados, particularmente priístas, en donde los gobernadores sí saben controlar usando los recursos de la sociedad. Los viejos tiempos, pues, pero ahora en versión local.

Los impuestos a la propiedad aportan, en los países civilizados, entre 2 y 4% del PIB. Digamos que en México pudiesen ser de 3% del PIB, pero son diez veces menores. Si se cobrara bien, aportaría casi 15% del presupuesto federal, de forma que no habría necesidad de transferir un centavo a los municipios, y podríamos hacer lo que nuestro lector recomendaba: sólo darle recursos a los municipios más pobres, que no pueden tener prediales o impuestos sobre adquisición de inmuebles, o derechos sobre herencias, en cantidad suficiente. No creo que bastara con 250 municipios, tal vez hablamos de 500, pero sólo a ellos. Esto podrían hacerlo los diputados a la voz de ya, estableciendo un calendario de tres o cinco años en que se redujeran las transferencias y se diese la asesoría necesaria para construir un catastro moderno y cobrar bien ese impuesto, que debería pagar todos los servicios públicos.

El caso del agua es todavía más importante, porque no sólo se trata de cobrar un servicio, sino de establecer incentivos que nos permitan usarla de manera razonable, y no tirándola como lo hemos hecho por décadas. Un metro cúbico de agua cuesta entre 10 y 12 pesos, pero lo cobramos a 2 en el DF, y a cinco en algunas otras entidades. La diferencia de precio no es un subsidio que ayude a los más pobres, como siempre dicen, sino una forma de provocar derroche de un recurso sumamente escaso. Es una tontería. Cobrar bien el agua permitiría cuidarla, pero también aportaría recursos muy valiosos a los estados (que son los que cobran el agua merced a acuerdos con los municipios).

Finalmente, me parece que la idea de tener recaudación centralizada tiene virtudes administrativas, pero no hace bien políticamente. Si las entidades quieren ser soberanas, pues que se lo ganen, cobrando sus impuestos. Podemos mantener los impuestos al ingreso centralizados (ISR-IETU-IDE) y descentralizar el cobro de impuestos al consumo, de forma que quien quiera subsidiar a sus pobres y cobrar tasa cero de IVA, pues que lo haga, pero que vea cómo financiar lo que le falte. El IVA recauda cosa de 3.5% del Producto Interno Bruto, que si lo enviásemos a los estados, liberaría al gobierno central de las transferencias que hace (puesto que toda la parte municipal ya estaría resuelta con la propuesta de arriba).

Como puede ver, la idea del lector de eliminar transferencias a las entidades tiene mucho sentido, si la acompañamos de unos pequeños ajustes: cobro de predial y agua en serio, transferencia del IVA a entidades, y asunto resuelto.

No creo que podamos hacerlo ahora, pero se trataba de una idea interesante que valía la pena comentar con amplitud. Y al menos plantear un camino que, en unos años, puede ser de gran utilidad para el país.
15 Septiembre 2009 03:56:12
Un año
Hoy por la noche festejaremos 199 años del grito de Hidalgo, pero hoy mismo el mundo más bien estará recordando un evento mucho más reciente

Hoy se cumple un año del inicio de la Gran Recesión. El lunes 15 de septiembre de 2008 los mercados amanecieron con la quiebra de Lehman Brothers, que durante el fin de semana había hecho esfuerzos desesperados por sobrevivir, incluyendo varias peticiones al gobierno estadounidense para ser rescatada.

No fue el primer problema financiero en Estados Unidos, puesto que desde inicios de 2006 la burbuja inmobiliaria había empezado a derrumbarse, y varias instituciones habían entrado en problemas muy graves en los siguientes meses. Para 2008, prácticamente todo el sector financiero involucrado en los bienes raíces estaba en problemas graves, y el gobierno empezó a rescatar a las grandes hipotecarias. En julio, también se rescató a un banco de inversión, Bear Stearns. Por eso mismo, en algún momento el gobierno estadounidense tendría que rechazar un rescate, y fue Lehman la de la mala suerte.

Con la quiebra de ese gran banco de inversión inició la crisis global, que muy pocos entendieron desde el principio. México fue el primer país en realizar un ajuste en su presupuesto para el año siguiente, pero lo hizo subestimando el tamaño del problema. Las estimaciones del impacto, no sólo en el gobierno sino de la mayoría de los analistas, hablaban de una pequeña caída para 2009. En esta columna anunciábamos una contracción de 6% en nuestra economía que fue recibida con incredulidad. Al mismo tiempo, los catastrofistas de siempre hablaban del fin de Estados Unidos como potencia, sin entender que la crisis no era de ese país, sino del sistema global entero. Finalmente, los globalifóbicos anunciaron el fin de una época, algo que todavía no ocurre, pero algún día ocurrirá.

La crisis ha sido analizada desde muchos puntos de vista, la mayoría de ellos poco útiles, en muchas ocasiones buscando culpables más que tratando de entender el fenómeno. Quienes creen que el Estado debe tener más intervención en la economía concluyeron rápidamente que la crisis era producto de esa ausencia gubernamental en los mercados, es decir, el nefasto neoliberalismo. Lo que nunca ha quedado claro para estas personas es que buena parte del problema que dio origen a la crisis fue causado precisamente por los gobiernos mismos.

En esta columna lo habíamos analizado en varias ocasiones desde el año 2000. El problema tenía que ver con señales inadecuadas del mercado a los consumidores. Señales que el mercado no podía dar precisamente porque el Estado lo impedía. La agresiva política comercial de China, que requería mantener subvaluada su moneda para seguir exportando en cantidades astronómicas, le obligaba a deshacerse de los dólares que obtenía como resultado de esas exportaciones. China decidió invertir en los mercados estadounidenses para ello, provocando una tasa de interés demasiado baja. Después del derrumbe de las torres gemelas en 2001, la Reserva Federal (Greenspan) decide bajar también la tasa de interés de corto plazo para evitar una mayor recesión. La combinación de estas dos decisiones gubernamentales dio como resultado una tasa de interés demasiado baja, que en consecuencia provocó el incremento en el precio de los activos fijos, es decir las casas.

Por eso los estadounidenses veían que las casas subían de precio de manera absurda, mientras que la tasa de interés era también absurdamente baja. Este incremento aparente en la riqueza de las personas les llevó a incrementar su consumo de forma proporcional. La burbuja puede verse en el comportamiento financiero de los hogares, que reducen su ahorro a cero e incrementan su deuda aceleradamente a partir de 2000. Entre ese año y 2008, los hogares estadounidenses tienen un exceso de consumo por sobre su ingreso que suma 20% del PIB de ese país. Ésa es la crisis y ése es el tamaño del rescate financiero que hubo que hacer.

Hay detrás del problema una gran cantidad de fenómenos que, sin ser la causa final del problema, sin duda lo agravaron. La manera en que se manejaron las hipotecas, la construcción de paquetes inmobiliarios, la emisión de Credit Default Swaps (CDS) que nadie entendía ni podía evaluar, la consiguiente explosión en derivados. En todos estos casos, se puede pensar que más regulación impediría que estas cosas ocurrieran. Esto no es necesariamente cierto, ni tiene que ver nada con la crisis, como explicamos arriba. Pero para quienes temen al mercado, estos problemas han sido los sospechosos de siempre.

En México hemos tenido otros problemas. Primero, que nuestro gran cliente dejó de comprar, y por eso nuestra industria cayó casi como la de ellos. Segundo, que tenemos una economía todavía muy centrada en la industria, y por eso el impacto en el PIB es mayor en México, aunque el impacto en la industria es mayor en Estados Unidos. Tercero, que a varios genios financieros en nuestro país se les ocurrió apostar por la revaluación del peso durante 2008, llevando a sus empresas al borde de la quiebra.

Como quiera que sea, la Gran Recesión inició hace un año, y llegó al fondo en primavera. Las cosas se van acomodando, y tendremos una recuperación moderada, que no podrá alcanzar los niveles de consumo previos porque esos niveles de consumo eran absurdos: respondían a unas decisiones gubernamentales, chinas y estadounidenses, que era insostenibles. La Gran Recesión terminó, y es momento de poner atención a otras cosas.

En Estados Unidos, el tema ahora es cómo financiar los siguientes veinte o treinta años, y por eso el sistema de salud está en la mira. En México, el tema es que se acabó el petróleo y necesitamos encontrar una manera de sostener al país, porque desde hace treinta años vivíamos de eso, y los quince previos vivimos de la deuda externa. Eso es lo que hay que discutir, no la Gran Recesión de hace un año, que ya ha terminado.
20 Agosto 2009 03:18:40
Los corruptos
Le decía que la corrupción en México es resultado de la recuperación del patrimonialismo gracias a la Revolución. Se le llama patrimonialismo a la creencia de que un puesto público es propiedad de la persona que lo obtiene

Este sistema era así, efectivamente. Durante ese largo período que llamamos Edad Media, el puesto lo obtenía una persona que había ganado el favor real por su destreza en el combate, o incluso en contra de la voluntad del rey.

Después del siglo XVI, y prácticamente hasta inicios del XIX, los puestos en el gobierno se compraban, porque de esa manera el Estado garantizaba un ingreso, y a cambio permitía al comprador utilizar el puesto para obtener la máxima ventaja posible.

A partir del siglo XIX (antes en el caso de algunos países), esta concepción del trabajo público se fue sustituyendo por la versión moderna, en la cual el puesto de un funcionario es simplemente un espacio administrativo, bien definido en las reglas. Este proceso de cambio del patrimonialismo a la burocracia moderna ocurrió a diferentes ritmos en diferentes lugares. En América Latina, prácticamente inicia en 1870, cuando la globalización de aquel entonces nos permite hacer un primer esfuerzo de modernización ya como naciones independientes.

En México, sin embargo, este proceso se vio interrumpido cuando Porfirio Díaz se negó a transmitir el poder de manera inteligente, y abrió con ello un periodo de inestabilidad que terminó con una guerra civil debido al asesinato de Madero a manos de Huerta. Esta guerra civil provocó que quienes ganaron por las armas los puestos públicos los consideraran como de su propiedad. Regresamos al patrimonialismo. Ésa es la razón por la cual nuestro país tiene una fama de corrupto prácticamente sin parangón entre las naciones que tienen más de un siglo de antigüedad.

El patrimonialismo, que al estar fuera de su tiempo se convierte en pura y simple corrupción, fue el elemento aglutinador del régimen de la Revolución Mexicana. Había corrupción para todos, grandes y pequeños. Se trataba de obtener ventajas mediante el acceso a un espacio gubernamental. No hay duda de que mientras más alto el puesto más grande el patrimonio, pero no crea usted que sólo los grandes políticos han vivido de la corrupción.

Son millones los mexicanos que han obtenido ventajas por ingresar al gobierno. Es el caso de quienes tienen su plaza en los sindicatos de gobierno (SNTE, IMSS, CFE, Pemex, Luz y Fuerza, ISSSTE, etc.) que tienen una ventaja sobre los demás por trabajar para el gobierno, y no es una ventaja menor. Ganan, en promedio, el doble de quienes trabajan para las empresas privadas, tienen prestaciones que superan ese margen, y cuando se jubilan obtienen pensiones que suelen estar entre dos y cinco veces por encima de un puesto similar en la iniciativa privada. Para que no quede duda de que consideran su puesto como de su propiedad, heredan su plaza a sus hijos o sobrinos. Y no hablo de unos cuantos corruptos, sino de prácticamente 4 millones de mexicanos. No tengo duda de que ellos no se ven a sí mismos de esta manera, y que muy probablemente se molesten con este columnista, pero si la corrupción nos parece algo inaceptable, es inaceptable siempre, y no nada más cuando lo hacen otros.

La cantidad de dinero que estos 4 millones de mexicanos obtiene, sin haberla ganado, supera por mucho la corrupción de los grandes políticos. Porque al ser tantos lo poco que les toque resulta mucho. Pero los grandes políticos logran amasar fortunas que duran varias generaciones. Es posible rastrear las construidas por Álvaro Obregón, Aarón Sáenz, Plutarco Elías Calles, Abelardo Rodríguez, por mencionar a la primera generación. También se puede dar seguimiento a los grandes empresarios de aquellas fechas que se asociaron con los distinguidos políticos que he mencionado para mantener su riqueza y acrecentarla: antiguos porfiristas, nuevos revolucionarios, magnates locales. Si lo hace, tendrá usted una lista casi íntegra de nuestra aristocracia actual (alguno ha de faltar). Todos hicieron uso de los puestos del gobierno para obtener su riqueza. Unos porque ocupaban el puesto y otros porque se hicieron socios de ellos para aprovecharlo. Hubo cientos de formas para esta corrupción: deslinde de terrenos, construcción de carreteras, licitación de concesiones, privatizaciones y nacionalizaciones. En todas hubo redistribución de riqueza, de nosotros a ellos.

Si somos honestos intelectualmente, no nos quedará más que aceptar que la corrupción ha sido un elemento fundamental de la legitimidad del Estado mexicano. Precisamente por eso no se puede argumentar que un gobierno corrupto no es legítimo, y por tanto no se le deben pagar impuestos. Se puede, sin duda, decir que esto es ya inaceptable, y que si el gobierno quiere más impuestos le vamos a exigir el fin de la corrupción, en lo humanamente posible. Pero eso implica que aceptemos que el patrimonialismo se termina en todo nivel: no más plazas heredadas en los sindicatos de gobierno, no más pensiones superiores, no más prebendas ni privilegios. Y si esto queremos, hagámoslo en todo sentido: no más diferencias frente a la ley, no más manifestaciones públicas para impedir el Estado de derecho, no más uso de las placas políticas para vivir por encima de la Ley.

¿Puede México dejar atrás la corrupción? ¿Puede convertirse en un país moderno? Hay 4 millones de mexicanos, incluyendo a 32 gobernadores, que tienen la respuesta. Hay unos pocos miles de empresarios, unas decenas de miles de profesores universitarios, unos cientos de periodistas, que tienen la respuesta. Ahora ya sabe usted a quién debe preguntarle por el futuro de México.
13 Agosto 2009 03:04:56
Destino
No hay mal que dure 100 años, dice el refrán, pero tampoco hay bien que lo logre. Durante 30 años pudimos vivir del petróleo, pero eso se ha terminado

En 2010 la producción de petróleo de México será un millón de barriles diarios (mbd) menor a la de 2006, o a la del promedio 2000-2006, que es igual. En lugar de producir 3.2 mbd, produciremos 2.2. Pero como consumimos cosa de millón y medio, las exportaciones caerán brutalmente, de 1.7 a 0.7 mbd.

En ese mismo lapso, las importaciones de gasolina pasaron de 120 a 320 mil barriles diarios. Para el próximo año, lo que exportemos de crudo nos permitirá pagar la gasolina importada, y quedará un poco, pero muy poco. Cuatro mil millones de dólares, comparados con los 15 mil que obtuvimos en promedio entre 2000 y 2006, o los más de 22 mil millones cada año entre 2006 y 2008.

Pero todo esto ya lo sabe usted, y también que ésa es la razón por la cual el secretario de Hacienda dijo el martes que tenemos un boquete histórico en el presupuesto. Este año nos faltaron 480 mil millones de pesos, y para el próximo faltan 300 mil. Una parte del faltante de este año es la caída de la economía, mucho mayor que la pronosticada por Hacienda, que implica una reducción en la recaudación, pero otra parte es la falla común en el pronóstico de producción de Pemex. Dijeron que no iba a caer la producción, y sí cayó. Y caerá para el próximo año, y para los próximos 10. Para 2015, cuando la famosa refinería entre en funcionamiento, no tendremos siquiera petróleo para alimentarla.

Bueno, frente a este problema no queda más que reconocer que México debió hacer una reforma fiscal a fines de los años 60 y que no la hicimos por irresponsables. Primero porque la deuda le permitió a Echeverría y López Portillo posponer la decisión, y después porque el petróleo nos permitió fingir demencia. El daño causado a México por la irresponsabilidad de los dos gobiernos mencionados, y los cinco siguientes es, ése sí, histórico.

Pero eso es pasado, y lo peor que podríamos hacer es tratar de revivirlo, endeudando de nuevo al país o confiando en la recuperación de la plataforma petrolera. Lo que hay que asumir es que necesitamos financiar nosotros mismos el país que queremos construir. No hay de otra. Por eso la propuesta que le hice en estas páginas en los últimos días, una combinación de ingreso mínimo y cobertura universal de salud y seguridad social financiado con un IVA parejo de 18%. Pero esa propuesta no está dirigida a resolver el boquete del que habla el secretario, sino que se trata del piso social necesariamente previo a la reforma recaudatoria, que en este momento le presento.

La segunda parte de la propuesta, que será menos atractiva para muchos, consiste en corregir el impuesto sobre la renta. Por un lado, se trata de desplazar la curva que tiene la tasa de impuesto que hoy va de 2 a 28% para que la tasa máxima se eleve a 35%. No hay nada que ocultar, se trata de un alza de impuestos, pero manteniendo en lo posible la progresividad actual. Sin embargo, este incremento en impuestos debe acompañarse de la derogación del subsidio al empleo que hoy tenemos y que cuesta cosa de 40 mil millones de pesos anuales, sin que tengamos una idea muy clara de sus beneficios. Tengo la impresión de que se trata de un subsidio a las empresas que no tiene ningún sentido económico. Esta corrección del impuesto con la eliminación del subsidio mencionado permitiría un incremento en recaudación de 125 mil millones de pesos anuales. Este incremento al impuesto para las personas físicas también se aplica a las personas morales, es decir a las empresas. Para que funcione, debe ir acompañado de un incremento proporcional en el IETU, que es el mecanismo que el gobierno implementó para cerrar los inmensos huecos que tiene el ISR. Las empresas aportarían un incremento similar al mencionado para las personas físicas.

Finalmente, es necesario que el gobierno deje de subsidiar a lo tarugo: ni el agua, ni la electricidad ni mucho menos la gasolina deben tener subsidios. Lo único que logra una política de subsidios en estos bienes es promover el desperdicio, con un daño ambiental inmenso. Y además nos cuesta.

El metro cúbico de agua debe costar 10 pesos, porque eso cuesta; la gasolina debe venderla Pemex al menos 2% por encima del precio promedio al que la compra (sea propia o importada); y la electricidad debe venderse al precio que corresponda, sin subsidio alguno. El único caso en que me parece que puede justificarse un subsidio es a la electricidad en los estados más calurosos durante el verano, pero éste podría financiarse con una sobretarifa en el resto del año, y para todos los consumidores.

Las propuestas que le presento aquí tienen como objetivo que el Estado tenga recursos mínimos para financiarse, pero al mismo tiempo rompen la estructura clientelar y corporativa que está en el origen de nuestros problemas. En consecuencia, me imagino que será inaceptable para muchas personas que no pueden romper sus cadenas mentales. Será cosa de que esas personas tengan propuestas alternas viables, algo que me parece imposible de lograr, pero que espero a ver.

Las propuestas comentadas, debido al gran cambio que significan, no podrían implementarse de golpe, ni en un año. Se requeriría un periodo de ajuste de al menos cinco años para que funcionaran por completo. Si un paquete como éste se aprobara, y hubiese un compromiso convincente de que se alcanzará en cinco años, México podría endeudarse para cerrar sus cuentas en ese período sin poner en riesgo ni el grado de inversión ni la capacidad de pago. Pero el compromiso debe ser convincente.

También esto es posible. Un cambio de esta envergadura requiere un acuerdo de las fuerzas políticas que puede plasmarse en la Constitución, lo que implicaría que cambiar esto en el futuro exigiría un nuevo acuerdo de todos. Para eso son las crisis históricas, para tomar decisiones históricas. Claro, para los presidentes y Congresos que entienden lo que es eso.

31 Julio 2009 03:27:34
Invertir en seguridad
Seguridad y lucha contra el narcotráfico no son exactamente la misma cosa. Tampoco son totalmente independientes, pero debemos pensarlos por separado para entenderlos.

La seguridad de las personas, y sus bienes, es una responsabilidad básica del Estado. Para muchos, empezando por Hobbes, es incluso la única responsabilidad clara. La lucha contra el narcotráfico, o más genéricamente, contra la delincuencia organizada, es en realidad un movimiento de autodefensa del Estado. Mientras en el primer caso somos los ciudadanos los amenazados, en el segundo es el mismo Estado el que está en riesgo.

Por eso la guerra lanzada por este gobierno al narcotráfico: porque en la segunda mitad de 2006 la delincuencia organizada cruzó la línea de ser una simple amenaza a la ciudadanía a convertirse en una amenaza al Estado. Un competidor que controlaba zonas importantes, impartía justicia, un protoestado delincuencial. Aunque, para algunos, no haya de otros.

Para los ciudadanos, el problema importante no es ése, sino el otro, la seguridad común y corriente. Reitero, no se trata de un fenómeno totalmente independiente del otro. En muchos lugares, la delincuencia organizada ha diversificado su actuación para intervenir directamente, o para controlar, los delitos contra la ciudadanía: extorsión, asalto, secuestro. Delitos que producen dinero.

Al final, para nosotros eso no tiene mucha importancia. Si detrás de quien nos agrede está una organización o no, no es tan relevante. Nosotros, simples ciudadanos, quisiéramos tener alguna garantía de que nuestra vida y nuestros bienes no están permanentemente en riesgo. Y en eso el Estado mexicano ha fallado. Siempre ha fallado, pero desde los años 70 esas fallas han sido cada vez más dolorosas.

Los expertos tendrán explicaciones de por qué ha ocurrido esto y cómo podría resolverse, pero me parece que hay algo que se puede aportar. Hace unas semanas mi familia fue víctima de un asalto que, afortunadamente, sólo implicó la pérdida de algo de dinero, documentos y un auto. Este evento me ha permitido ver, así sea tangencialmente, el funcionamiento del sistema de seguridad y procuración de justicia.

Tal vez no debería sorprenderme, pero lo que me he encontrado ha sido un puñado de personas verdaderamente interesadas en cumplir con su trabajo: ministerios públicos, policías judiciales, secretarios, todos haciendo su parte de manera amable y eficiente. Califico: amable en ese terrible ambiente no es cosa menor; eficiente en nuestro sistema legalista, tampoco. Trabajan en condiciones lamentables, con mobiliario destruido, con equipos insuficientes, en locales más propios para bodega que para atención al público. Trabajan también con sueldos muy reducidos. Gran injusticia, me parece, pagar poco a quienes reciben nuestra confianza. Los hacemos responsables de cuidarnos, en nuestros bienes y nuestras vidas, pero no los hacemos merecedores de una vida razonablemente desahogada.

Para enfrentar a los protoestados delincuenciales, el Estado mexicano decidió utilizar al Ejército, y rápidamente comprendió que no podría encomendársele esa tarea sin recompensar adecuadamente sus servicios. Enhorabuena, hoy los militares tienen ingresos significativamente mayores, y sobre todo prestaciones que les permiten considerar dedicar su vida a esa carrera. Las deserciones han bajado de manera muy importante.

Para enfrentar el problema de seguridad, es necesario que el Estado mexicano lo considere igualmente importante. Si lo hace, tendrá que darse cuenta de que el sistema de procuración, impartición y administración de justicia tiene serios problemas. Hay un problema de diseño que lo hace inherentemente ineficiente, problema que hemos heredado de la justicia colonial, pero sin duda lo hemos aumentado. Hay problemas elementales de organización y coordinación. Todo esto puede resolverse, lo comentaba hace ya unos años en estas páginas, con un poco de trabajo, organizando mejor los flujos de información, definiendo mejor los requerimientos, haciendo más rápidas las decisiones.

Pero al final hay un problema de inversión. No estamos gastando lo necesario en nuestro sistema de seguridad y justicia. Y lo vuelvo a decir, de manera independiente de la lucha contra la delincuencia organizada, que es un problema del Estado y no directamente de la ciudadanía. Para nosotros, los ciudadanos, lo importante es que el sistema de justicia castigue a quienes nos dañan. Esto no puede ocurrir cuando un Ministerio Público tiene cientos de averiguaciones, que pasan a un juez con miles de procesos, con presuntos culpables que pueden pasar años en una cárcel sobrepoblada sin tener sentencia.

Nos faltan cárceles, nos faltan jueces, nos faltan ministerios públicos, secretarios, judiciales. Y nos falta que tengan el equipo necesario para hacer su trabajo. Y que puedan considerar su dedicación a la justicia como una carrera.

Al no invertir lo necesario en seguridad y justicia, cometemos el mismo error que tenemos en educación y salud. Pagamos en especie lo que nos negamos a pagar en efectivo. Pagamos en inseguridad, en pésima educación y poca salud lo que no queremos pagar en impuestos.

Quienes cuidan de nuestras vidas y bienes merecen ser reconocidos. Está en nuestro propio interés hacerlo.

http://www.macario.com.mx

Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
30 Julio 2009 03:41:04
Pobreza eterna
El Universal ha dedicado varios días a reportar lo ocurrido con Procampo a 15 años de su inicio. La amplia información, sin embargo, requiere un poco de análisis que puede ayudarnos a comprender mejor lo que ocurre no sólo con ese programa, sino con todo lo relacionado con el campo en México

A diferencia de lo que uno creería, la Secretaría de Agricultura (y etcétera) no está hecha para que el campo produzca más, sino para administrar la pobreza rural.

Si usted revisa las funciones que tiene esta Secretaría en la Ley Orgánica de la Administración Pública no podrá menos que coincidir conmigo. Ninguna mención a producir más o mejor, ni a garantizar el abasto de alimentos (ésa es función de la Secretaría de Economía, aunque Agricultura colabora). Es más bien una especie de secretaría de desarrollo social rural, que lo que ha hecho es mantener en la pobreza a millones de mexicanos durante décadas.

EL UNIVERSAL ha hecho hincapié en la pésima distribución del Procampo, que acaba en manos de quienes más hectáreas tienen. Bueno, pues así fue diseñado desde el principio, y así funciona. No es que se haya distorsionado con el tiempo, ni que lo hayan utilizado los funcionarios de hoy o ayer para beneficiar a sus amigos, como dice el PRD. No, es un programa hecho, desde e l principio, para eso. En el inicio, se daba un dinero por hectárea sembrada de maíz, trigo, frijol y algunos otros granos. Después, a cambio de que estuviera sembrada de algo. Más tarde, a cambio de que hubiese estado sembrada alguna vez. El caso es que se trata de dar dinero a quien tiene tierra.

Esto puede sonar bien, pero está mal. Al darle un dinero a un campesino que tiene una hectárea, o menos, lo que estamos haciendo es encadenarlo a un pedazo de terreno que nunca le permitirá vivir, ya no digamos bien, sino simplemente sobrevivir. De esta manera, lo que logra este programa, como todos los demás que tenemos para el campo, es mantener a los que viven en él en la situación previa: si eran pobres, lo seguirán siendo. Si no lo eran, seguirán como estaban. Los grandes ranchos, las extensiones con riego, los sembradíos empresariales, siguen siendo exitosos; los miserables siguen siendo miserables. Y todo eso nos cuesta a los demás.

Hace bien EL UNIVERSAL al divulgar esta información, ya muy conocida por los que se dedican a esto. Ya tiene años que John Scott, investigador del CIDE, demostró con toda claridad que los programas sociales en México, en su inmensa mayoría, no sólo no reducen la pobreza, sino que la profundizan. Eso pasa con todos, todos, todos los programas para el campo, con la mayor parte de los subsidios a la educación (notoriamente con la educación superior pública, que amplía la pobreza, no la reduce), con los sistemas de pensiones (en esta última encuesta de ingreso gasto de INEGI, la razón por la cual se amplía la desigualdad es precisamente por las pensiones).

Los programas que sí atacan la pobreza son Progresa-Oportunidades-Vivir mejor, los subsidios a educación básica (aunque la educación, ya lo hemos visto, no sirve), y alguna otra cosita por ahí. La inmensa mayoría del dinero que supuestamente usamos en México para ayudar a los pobres no los ayuda a ellos, sino a los demás. Como lo hemos dicho en otras ocasiones: ayudan a los organizados: universidades públicas, sindicatos, centrales campesinas, empresarios.

México se construyó como Estado posrevolucionario para extraernos riqueza a quienes no estamos organizados y entregársela a quienes sí lo estaban y sostenían a ese Estado. No hay que darle vueltas al asunto. Pero parece imposible aceptar una verdad como ésta, del tamaño del monumento a la Revolución, para que no me acuse de procatólico si digo que es del tamaño de una catedral. El régimen de la Revolución construyó un país desigual desde el principio. No sabemos si más o menos desigual que el anterior, porque no tenemos suficiente información para saberlo, pero sí es totalmente claro que la Revolución nunca tuvo, en los hechos, intención alguna de mejorar la situación de los menos favorecidos. Por el contrario, les extrajo recursos (cuando se podía, en impuestos; cuando no, en especie).

Por eso, a 100 años del inicio de la Revolución, este país sigue siendo esencialmente igual al que era, es decir, similar a los demás países latinoamericanos: estancado, con pésima distribución de la riqueza y el ingreso, con millones en pobreza. No hablamos de poco tiempo: es un siglo entero. Muchos países lograron transformarse por completo en menos de la mitad de ese tiempo. Nosotros, los latinoamericanos, no podemos.

Y la explicación es muy sencilla: no podemos cambiar porque no nos damos cuenta de que tenemos que hacerlo. Peor aún, cualquier intento de cambio nos parece despreciable. Queremos seguir con lo mismo, creyendo que ese camino nos lleva a una mejor situación, cuando la evidencia indica lo contrario. Y no poca evidencia.

Sobrarán los que digan que Procampo no funciona porque los neoliberales, y los despreciables panistas, lo crearon o distorsionaron para ello. Bueno, pues que nos digan esos mismos personajes qué programa rural sirvió, en el transcurso del siglo XX, para reducir la pobreza. La misma Reforma Agraria, con mayúsculas, como corresponde, no sacó de la pobreza a nadie. Pero dirán que fue porque los gobiernos posteriores a San Lázaro la interrumpieron, porque nunca hubo financiamiento, por lo que usted guste y mande. No funcionó porque se pensó mal: el general creía que era muy fácil trasladar la propiedad privada de un hacendado a propiedad común. No se le puede culpar, en los años 30 millones de personas creían que las cooperativas eran cosa sencilla de organizar. No lo son: los humanos no cooperamos fácilmente. En esta serie que hemos iniciado acerca de los obstáculos al desarrollo, los subsidios al campo, y en general las transferencias que buscan reducir la pobreza, son uno de los obstáculos mayores. Se trata de dinero que se extrae a quienes producen para entregárselo a quienes no lo hacen. ¿Cómo es que esto podría generar riqueza? Sólo la fe puede explicarlo.

28 Julio 2009 03:30:54
Un cuento de horror
Hemos hablado ya de la educación y la situación laboral como elementos que obstaculizan

En ambos casos, el origen de los problemas no es reciente, sino bastante lejano: la manera en que se construyó el régimen político posterior a la Revolución. El sistema educativo tuvo como objetivo principal adoctrinar a los mexicanos para garantizar la legitimidad de los revolucionarios. Había que convencer a todos de que la Revolución había tenido sentido, porque sólo hasta 1939 se logró recuperar el nivel de vida que se tenía en 1910. Y eso de perder 30 años, dos generaciones de las que definía Ortega y Gasset, no es cualquier cosa.

Para eso sirvió el sistema educativo mexicano, para transmitir un paquete de cuentos a los niños que les forzara, ya de grandes, a aceptar como legítimo al gobierno emanado de la Revolución, y a tomar como correctas ideas que cualquier persona en otra parte del mundo habría considerado absurdas. Hasta la fecha, así sigue siendo, y millones de compatriotas, sin darse cuenta, siguen envueltos en el cuento.

Para lo que no ha servido el sistema educativo es para dotar de herramientas a los mexicanos para competir. El mismo cuento lo impide, porque éste se transmite de la única manera posible: autoritariamente. Si usted deja a los niños pensar críticamente la versión de historia nacional que se les imparte, muy rápidamente estaría en serios problemas para sostenerla. Que la Revolución fue porque había problemas económicos en México, ¿cuáles? Los datos dicen otra cosa. Que fue porque había muchos pobres, ¿cuántos son muchos?, ¿eran más que antes, más que después? Si eran los mismos, por qué entonces se les ocurrió la Revolución en ese año y no antes o después. Que Benito Juárez defendió a la patria del imperialismo extranjero, ¿y el tratado McLane-Ocampo? Y si se le ocurriese hablar de la historia más reciente, del siglo XX por ejemplo, sus problemas no tendrían fin. Para que este cuento pudiese ser aceptado era imprescindible que se le memorizara y que no se le cuestionara. Más aún, esto daba la actitud adecuada para vivir en un régimen autoritario: sumisión. Y así produjimos generación tras generación de mexicanos muy patrioteros pero sin capacidad de pensamiento mínimamente crítico. Y sin ese tipo de pensamiento, como sabemos, no se puede competir.

Un ejemplo muy interesante de esta formación inadecuada es la enseñanza del inglés. Tenemos frontera con Estados Unidos, la frontera más activa en el mundo, por cierto. Pero los mexicanos no hablamos inglés. Encuentra usted un mayor porcentaje de angloparlantes en muchos otros países. De hecho, las empresas que quieren invertir en México han tenido problemas para encontrar suficientes profesionistas con un dominio razonable de ese idioma. Algunas han preferido instalarse en otros países, por esta razón. Sigo sin saber si nuestra falta de inglés es producto de la baja calidad del sistema educativo o si es una respuesta, consciente o inconsciente, de nuestro odio tradicional al vecino que nos arrancó la mitad del territorio. Ah, por cierto, otro caso interesante en nuestra historia: el único momento que fuimos verdaderamente federalistas en México fue precisamente cuando nos invadieron. Y hoy.

Bueno, este inmenso obstáculo a la competitividad se suma a ciertas características de nuestra legislación laboral para dar como resultado una mano de obra cara e ineficiente. Este bajo nivel de capital humano, al sumarse a una infraestructura también muy mala, da como resultado una productividad miserable. Y eso es lo que provoca que no podamos crecer. Ahora que estamos en una crisis profunda, usted ha visto todo tipo de declaraciones de los políticos insistiendo en que el gobierno tiene que hacer algo para que el país crezca. ¿Como qué podría hacer el gobierno? Si el problema es que tenemos infraestructura y capital humano muy escasos, pues tendría que invertir en ello. Bueno, pues eso está haciendo el gobierno: invertir en infraestructura.

Pero no se resuelven problemas de décadas en meses, ni en infraestructura ni en educación. Y menos cuando buena parte de los mexicanos, políticos, empresarios, obreros, no quieren que se resuelva. Hay muchos que aceptan que la educación no funciona, y aseguran que basta con defenestrar a Elba Esther Gordillo para que esto cambie. Eso es una tontería monumental. Si el gobierno, de alguna manera, quita a la maestra del liderazgo del SNTE, ¿qué va a pasar? ¿De pronto todos los profesores se convertirán en demócratas, maestros por vocación, mártires de la educación? De ninguna manera. Los que son maestros por vocación lo han sido en este sindicato y lo serán de cualquier forma. Y los que no, pues no lo serán jamás.

La esencia del cambio tiene que ver con el rechazo al cuento revolucionario. Cuando los profesores enseñen a pensar a los alumnos, entonces habremos cambiado el sistema. Pero, ¿cómo podría un profesor enseñar esto, si no lo sabe? Entonces habría que capacitar a los maestros, pero eso implica que ellos mismos acepten que lo que enseñaron por décadas era una gran mentira, y que lo que deben enseñar a los niños y jóvenes es a pensar por sí mismos. ¿puede un maestro autoritario hacer esto? No, no puede.

El cuento revolucionario forma parte inseparable del sindicalismo corporativo, y en consecuencia los dos deberán desaparecer al mismo tiempo. Lo comentábamos el jueves pasado: desaparecer la seguridad social (IMSS) y acrecentar la protección social (Seguro Popular, Afores y adultos mayores) financiada por IVA generalizado, eliminar la cláusula de exclusión (es decir, permitir la libre asociación sindical), y eliminar el cobro de cuotas directo a nómina, nos llevaría a un mundo laboral totalmente distinto. Pero eso implicaría borrar definitivamente el legado revolucionario, y por lo mismo no es inteligible a las generaciones de mexicanos dañados por el sistema educativo.

Una vez más, hasta que lo aceptemos: nuestro problema no es ni económico ni político. Es mental. Nuestra percepción del mundo está tan dañada por el cuento revolucionario que no podemos construir soluciones políticas ni tomar decisiones económicas racionales. Es muy sencillo de explicar, extremadamente complicado de resolver. Por cierto, del Procampo le comento el jueves.
21 Julio 2009 03:44:17
Más pobres, que comen más
El jueves pasado se publicó la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares (ENIGH) para 2008. El viernes, con base en esa información, el Coneval estimó que la pobreza en México había aumentado entre 2006 y 2008

La pobreza alimentaria pasó de 13.8% a 18.2%, y la pobreza patrimonial de 42.6% a 47.4%. La misma ENIGH reportaba una caída en los ingresos de prácticamente todos los deciles (grupos de 10% de la población), pero diferenciada, de forma que también la distribución del ingreso resultó dañada en ese periodo.

Sin embargo, parece que tenemos problemas mayores con los números, y en realidad no hay un incremento en la pobreza, ni nada que se le parezca. Entiendo que esta afirmación molestará mucho a quienes gozan cuando las cifras son malas, porque pueden culpar a la derecha, al neoliberalismo y al imperialismo yanqui de nuestros problemas. Yo más bien culparía a quienes hacen los números, y no con mucho cuidado.

Si uno revisa las cifras publicadas por INEGI, se encuentra con que la caída en el ingreso proviene de un rubro: transferencias en especie. Resulta que si se evalúan los ingresos de los hogares sin considerar transferencias, la distribución del ingreso no sólo no empeoró, sino que mejoró notablemente entre 2006 y 2008. El coeficiente de Gini, que es un índice de desigualdad que va de cero (total igualdad) a uno (máxima desigualdad), pasó de 0.5 a 0.485. De hecho, es el menor índice desde 2000, que es la comparación que INEGI publicó. Dicho de otra manera, la distribución más igualitaria en lo que va del siglo, y muy probablemente la mejor en la historia.

El problema viene cuando se incorporan las transferencias. Hay de dos tipos: monetarias (Oportunidades, Procampo, adultos mayores, remesas, etc.) y no monetarias (autoconsumo, regalos, servicios asociados a programas de gobierno, etc.). En las primeras, también hay un incremento entre 2006 y 2008, en términos reales. De hecho, en los cuadros publicados por INEGI el jueves pasado, hay un error monumental en el valor de las transferencias provenientes de Oportunidades: en lugar de registrar 4.2 millones de hogares, reportan 1.1 millones; y en lugar de 7 mil 600 millones de pesos, sólo aparecen 2 mil 300 millones. Puesto que ese dinero se concentra entre los deciles II a V, las cosas cambian, y bastante.

El error puede encontrarse porque INEGI publica el detalle de la encuesta, lo que llaman “microdatos”, de forma que uno mismo puede reconstruir toda la información, aunque es un proceso tardado. De cualquier forma, ya INEGI está enterado del problema y no dudo que en unos días se publique una revisión.

A final de cuentas, el problema aparece únicamente en transferencias en especie, que no es un rubro que pueda uno medir adecuadamente. De hecho, la forma en que la encuesta lo mide es preguntando como cuánto cree el respondente que vale lo que recibió. Por ejemplo, si le regalaron una camisa, el encuestador le pregunta ¿cuánto cree que le hubiera costado si usted la hubiese comprado? Imagínese usted las respuestas…

Para evaluar la pobreza, Coneval no utiliza este renglón, precisamente porque es extremadamente dudoso. Lo que hace esta institución es calcular la línea de pobreza con base en el costo de los alimentos, y con eso verificar si el ingreso de los hogares alcanza o no para comprar una canasta determinada. Puesto que entre 2006 y 2008 hubo un gran incremento de precios en alimentos, precisamente, pues la cantidad de personas que ganan por debajo de la línea de pobreza alimentaria se incrementa.

Pero aquí viene otra información de la misma encuesta que hace dudar de esta forma de cálculo. Si uno revisa cómo gastan los mexicanos, resulta que todos comieron más y mejor en 2008 que en 2006. Ciertamente, incrementan su gasto en cereales, porque estos subieron de precio, pero también lo incrementan en carne, leche y huevo. Todos los grupos de población incrementan su consumo de estos alimentos, salvo los deciles III y IV (los que están entre 20% y 40% más pobre del país).

Recordemos que las personas modifican su consumo dependiendo de su ingreso. Mientras más rico es alguien, menos gasta en alimentos y más en educación y diversión, por ejemplo. Así, si vemos que los mexicanos gastan más en alimentos, podríamos pensar que efectivamente empobrecieron. Pero esto no es correcto: al interior de los alimentos, las personas están gastando más en proteínas, que no es precisamente el comportamiento de una persona que empobrece. Si efectivamente hubiesen empobrecido los mexicanos en esos dos años, el consumo de carne, leche y huevo se hubiese reducido. Pues eso no ocurre, reitero, salvo en los deciles III y IV.

Peor aún, el gasto en educación crece, en términos reales, en casi todos los deciles, incluyendo esos dos que le menciono, y más interesante aún, el crecimiento más importante en renglones de gasto ocurre en esparcimiento. A lo mejor me van a decir que frente al empobrecimiento lo único que queda es la fiesta, pero no es así. Si todos los mexicanos gastaron más en esparcimiento, y buena parte de ellos también en educación, entonces los mexicanos fueron más ricos en 2008 que en 2006. O menos pobres, si quiere, que es lo mismo.

No cabe duda de que en México hay una profunda desigualdad: en ingreso, en riqueza, en oportunidades de desarrollo, en todo. Tampoco hay duda de que esa desigualdad, sumada a la mediocridad de nuestra economía, da como resultado un grupo de mexicanos, tal vez 15%, en la miseria, y cosa de la mitad en pobreza de diverso grado. Eso no se discute en esta colaboración. Lo que preocupa es que un conjunto de problemas de medición lleve a conclusiones absurdas, como es frecuente que ocurra en este país.

Si la pobreza se ha ido reduciendo, aunque sea poco a poco, es en buena medida porque no hemos destruido la estabilidad económica. Si hoy los políticos se aprovechan de los errores de INEGI y de las sutilezas estadísticas de Coneval, en poco tiempo hasta eso habremos perdido. Más vale que corrijan los errores de una vez.
16 Julio 2009 03:13:04
El problema laboral
Hemos hablado ya de educación, y decíamos entonces que ésta y la cuestión laboral tienen una gran relación. No es posible mejorar la educación sin hacer lo mismo en el mercado de trabajo, so pena de generar desequilibrios mayores.

Como con la educación, en el mercado laboral nuestros problemas provienen del viejo régimen. Si la educación sirvió como mecanismo legitimador del autoritarismo de la Revolución, el mercado laboral se creó como soporte de ese mismo autoritarismo. De hecho, el sindicalismo mexicano no es, como en muchos países de Europa, resultado de la organización de los trabajadores, sino imposición del Estado. Fue el régimen el creador de los sindicatos que agruparon a los trabajadores por obligación, y no por libre voluntad de éstos. Y es de ese origen de donde nos vienen los problemas actuales.

Aunque en la Constitución de 1917 aparece ya un gran artículo destinado al trabajo, fue hasta 1931 cuando se creó la legislación correspondiente, la Ley Federal del Trabajo (LFT). En ese año, estábamos en medio de la Gran Depresión, de forma que esa ley lo que busca es defender los puestos de trabajo, no crearlos. Ya viene en ella el germen que aprovechará Lázaro Cárdenas: el corporativismo.

Cuando Cárdenas asume la presidencia, el hombre fuerte en México era Plutarco Elías Calles. Ya había controlado a tres presidentes (todos ellos de menos de dos años en el puesto), y esperaba controlar al nuevo. Cárdenas utiliza a los trabajadores para deshacerse de Calles, provocando movilizaciones monumentales. En 1935, el primer año de gobierno de Cárdenas, 50% de los trabajadores está en huelga en algún momento del año. Es con esa movilización que se construye el verdadero régimen revolucionario, al estilo del fundador de este tipo de regímenes en el mundo: Benito Mussolini.

En 1936 se consolida el movimiento obrero con la fundación de la CTM, que no controla todos los sindicatos del país, pero sí es la fuerza mayoritaria. Quedan restos de la CROM, la primera gran confederación, y existen sindicados de industria que no están dentro de la CTM. Prácticamente no hay nada más. En ese mismo año, Cárdenas acelera la movilización agraria, que servirá de contrapeso a los obreros, y al año siguiente nacionaliza la industria petrolera, sume a la CTM y la CNC dentro de un nuevo partido, corporativo, y se decanta por su secretario de Guerra para la candidatura presidencial. El régimen se ha construido.

De ahí en adelante, los trabajadores en México estarán organizados no porque les convenga, sino porque el régimen así lo requiere. Para mantenerlos contentos, ese mismo régimen les irá dando algunas cosas, no muchas. Le toca más a los sindicatos del gobierno, y menos a los del sector privado. A veces parecen grandes cosas, como la fundación del IMSS, que acaban resultado menos buenas con el tiempo. En el largo plazo, los trabajadores de México viven cada vez peor. No desde la aparición del neoliberalismo, como se cree, sino desde que se acaba el excedente del que vivía el régimen, allá a mediados de los 70.

Santiago Levy escribió recientemente un libro acerca del problema que significa el IMSS, no exactamente como institución, sino el concepto mismo de seguridad social en México. Para nosotros, la seguridad social está asociada a los servicios de salud, y también a varias de las características de la LFT, especialmente a la indemnización por despido. Es decir, que cuando un trabajador es afiliado al IMSS está uno, al mismo tiempo, contratando un instrumento de ahorro de largo plazo (la pensión), un seguro de gastos médicos, y un seguro de despido. No se puede contratar cada cosa por separado, sino todo junto.

Este paquete de seguridad social no es barato. En la estimación de Levy, ronda 33% del salario, que acaba costándole al trabajador. Es cierto que una parte la paga el empresario, pero este costo laboral adicional es trasladado al trabajador vía la reducción de nómina. Es lo que se llama incidencia: el verdadero pagador de un impuesto no es necesariamente quien primero lo paga, sino el último que lo paga. Si usted puede trasladar el impuesto a alguien más, será ese alguien el verdadero pagador.

Puesto que un trabajador en México cuesta, en realidad, 33% más de lo que parece a primera vista, los que contratan trabajadores intentan reducir el número para no pagar tanto. De esa manera, trasladan finalmente el costo a los trabajadores.

Ahora bien, ese costo resulta mayor que los beneficios que el IMSS aporta a los trabajadores, según Levy, y me parece que tiene razón. Resulta que cuando se enferma alguien de la familia, las clínicas están saturadas y no atienden, a veces no hay medicinas, o lo que usted quiera, pero al final los beneficios no son tan atractivos. Por eso, muchas personas prefieren ser contratadas sin IMSS, a cambio de que se les pague más. Y ésa es la economía informal que no medimos como tal. Hoy en México, de 43 millones de personas que están trabajando, 14 están el IMSS y poco más de 3 millones en el ISSSTE, 15 millones son informales o subocupados como los define la ENOE, de forma que nos quedan 11 millones de mexicanos que ni son formales ni son informales (en la definición de la encuesta). Estos son los que prefieren no pagar IMSS, con tal de que su sueldo sea un poco mayor. No son ambulantes ni limpiavidrios, son personas que intentan resolver el problema laboral de México.

La informalidad, entonces, es resultado de una falla institucional muy seria. Falla que se amplía con las decisiones recientes de promover mecanismos de asistencia social universal. Pero de esto platicamos el martes, para tener la idea completa.
14 Julio 2009 03:35:18
La solución
El tema educativo siempre genera gran discusión, y lo que hemos estado comentando en este espacio no es excepción: muchos comentarios

Vamos a terminar hoy con esto, porque es necesario analizar los otros obstáculos al correcto desempeño de México, que son menos importantes, pero no despreciables. Y terminaremos siguiendo dos tipos de mensajes que varios amables lectores han enviado a la columna. Los dos tienen que ver con cómo solucionar el problema educativo que ya hemos descrito a grandes rasgos. El primero propone que México avance invirtiendo más en educación superior y en ciencia y tecnología.

Esta idea suena bien, pero es equivocada. No porque no se deba invertir en esos renglones que son fundamentales para el éxito de largo plazo, sino porque para que una inversión en ellos tenga sentido es necesario resolver antes varios problemas. El sistema educativo mexicano tiene muchos defectos, y uno de ellos es la educación superior. Se cree que dándole más dinero a las universidades públicas, en particular a la UNAM, el país va a ser más exitoso en este nivel educativo. Desafortunadamente, no es cierto. Las universidades poco pueden hacer cuando los jóvenes que llegan a ellas no pueden leer ni escribir, como es el caso hoy en México. Menos cuando la estructura de la universidad pública responde a las decisiones de los años 70, cuando el objetivo era controlar a los jóvenes, y no prepararlos para competir. Las universidades públicas en México son extremadamente costosas, y sus resultados son, en lo general, bastante malos. Suele usarse a la UNAM como ejemplo de lo contrario, argumentando que ahí se realiza un gran porcentaje de la investigación nacional. Lo que nunca se analiza es cuánto nos cuesta esa investigación. Peso por peso, hay muchas instituciones mucho más eficientes que la Nacional, empezando por la verdadera gloria de la investigación en México, el Cinvestav del Instituto Politécnico Nacional (IPN).

Peor aún, se confunde, en el caso de la UNAM, educación superior con investigación, y aunque son cosas cercanas, no son iguales. La Nacional produce un puñado de buenos estudiantes, por toneladas de personas incapaces de producir, pero a veces con título. Lo mismo ocurre con muchas universidades de provincia. En todos los casos, el costo de cada estudiante es similar al de una universidad privada de las más caras, pero no lo pagan los jóvenes, sino todos nosotros. De hecho, éste es uno de los subsidios más inequitativos que existen, según lo ha estudiado John Scott, profesor del CIDE y quien mejor ha analizado cómo las transferencias profundizan o aminoran la desigualdad en el país. La universidad pública no reduce la desigualdad, la incrementa, porque quienes llegan a ella no son los más pobres, sino que forman parte del 20% o 30% más rico de la población. Es un subsidio de todos hacia los más ricos, aunque estar en el 30% más rico no parezca ser rico (cosa de 8 mil pesos mensuales por familia).

El segundo tema, muy cercano a éste, tiene que ver con la exigencia de varios lectores acerca de una propuesta de solución al problema educativo. Ya habíamos comentado que cualquier solución exige la intervención del sindicato de profesores, porque es imposible resolver esto sin ellos y ellas. Por el contrario, su colaboración sería extraordinaria en muchos casos.

La dificultad de resolver este tema tiene que ver con la definición misma del sistema educativo. Para nosotros, por la forma en que se utilizó a la educación como soporte del régimen autoritario, legitimado con un discurso pobrista y justiciero, la educación es una especie de derecho natural que tiene como fin igualar a todos. Esto es totalmente incompatible con la educación como base de la generación de riqueza, que implica que el sistema educativo debe ser totalmente meritocrático.

Un sistema meritocrático significa que los niños y jóvenes van avanzando conforme pueden, y no nada más por estar presentes en el salón. Es decir, se requiere que, año tras año, tengamos un cierto número de reprobados que deberán repetir el año. Más duro aún, una vez superada la educación básica, para la que prácticamente todos los seres humanos deberían estar capacitados, cada año adicional de educación sólo debe ser accesible para quienes puedan aprovecharlo.

Este tipo de sistema educativo nivela sólo hasta los primeros 10 años de escolaridad, pero ya no garantiza a nadie terminar la preparatoria o la universidad. En este tipo de sistema, los exámenes van filtrando a quienes pueden avanzar y quienes no deben hacerlo. Esto no tiene nada que ver con la educación pública o privada, gratuita, sin fines de lucro o vil negocio, tiene que ver con el puro y simple mérito académico. Exámenes que deben realizarse al término de la educación básica, para tener acceso a la media superior; al término de ésta para entrar a la universidad, y al término de los estudios superiores para poder titularse.

Eso hacen los países civilizados, con diferentes métodos, para garantizar, en lo posible, que quien tiene un título tiene detrás los conocimientos mínimos para ejercer su profesión. Pero si todo mundo es licenciado, empieza uno a dudar del valor del título de marras. En México estamos apenas utilizando algunos exámenes para evaluar a las universidades, pero que no son determinantes en la obtención del título. Los hay para permitir a los jóvenes médicos continuar hacia la especialidad, pero no para retirarles un título con el que pueden causar mucho daño.

La solución al problema educativo de México es reconocer que la educación no puede ser un derecho absoluto. Debe serlo hasta terminar los primeros diez años, y después debe ser total y absolutamente meritocrático. Pero, para nuestra mentalidad medieval, eso suena inaceptable. Círculo vicioso: sólo la educación puede modificar nuestra mentalidad, pero sólo un cambio de mentalidad puede darnos educación en serio. Por eso es un obstáculo tan difícil de salvar.
07 Julio 2009 03:46:07
Los próximos tres años
Durante algunas semanas hemos estado analizando lo que ocurre en la economía mexicana para encontrar los temas que requieren trabajarse y olvidarnos de los que no sirven de mucho, aunque se hable de ellos con frecuencia.

Logramos definir una agenda conformada por capital físico (infraestructura), capital financiero y capital humano como los elementos que generan riqueza. Y competencia como elemento fundamental para evitar ineficiencias.

Detrás de esto, sin embargo, decíamos que es imprescindible contar con las reglas sociales que promuevan estos diferentes capitales y la competencia, porque de otra manera nunca van a existir. Entre estas reglas, hicimos énfasis en la cuestión laboral. Finalmente, establecimos los mercados más importantes, por su impacto en la economía completa, y en los capitales mencionados: sistema financiero, sistema educativo, energía y comunicaciones.

La idea de tener esta lista es, como le decía, analizar qué debemos hacer en cada uno de los renglones. Y así le haremos, aunque me parece que muy probablemente se convertirá en un ejercicio más bien académico, puesto que la composición que se obtuvo de la Cámara de Diputados en la elección del domingo apunta a que no tendremos muchas decisiones. La gran cosecha del PRI, sumada a su alianza con el Verde, le darán prácticamente la mayoría, de forma que serán ellos quienes decidirán si se cambian o no las cosas. Y esto no parece que pueda ocurrir, puesto que todo cambio tendría un costo político directo para ese partido. Una distribución más pareja permitiría distribuir el costo. Por ejemplo, para tener IVA generalizado (con cualquier variante) deberá ser la mayoría del PRI la que apruebe la decisión, de forma que le tocará todo el enojo popular. Lo mismo si se quiere tener una Comisión de Telecomunicaciones más fuerte, o si se quieren quitar un par de cláusulas en la Ley Federal del Trabajo para evitar que los sindicatos actúen de manera corporativa.

Adicionalmente, por si no fuese suficiente el tema del costo, está el origen de los obstáculos, que es precisamente el partido en cuestión. Si quiere, porque el PAN nunca ha podido hacer reformas de fondo, pero así es.

Sin embargo, aunque sea sólo para dejar constancia de cuáles son nuestros obstáculos, pues le vamos a seguir con el tema. Así ya sabrá usted por qué se nos complica la vida, aunque no podamos resolverlo en el corto plazo.

El elemento más importante en nuestra falta de competencia es el capital humano. No sólo nos impide crecer más rápido, sino que también perpetúa la desigualdad. Ya lo comentamos hace un par de semanas aprovechando la publicación de un texto de Hanushek y Woessman: es la escasez de habilidades cognitivas en América Latina lo que, según estos autores, explica la falta de crecimiento.

En los exámenes internacionales que hemos presentado, que no son muchos, nos encontramos en niveles muy alejados del mundo civilizado. La mitad de los mexicanos es analfabeta funcional al terminar la secundaria, y menos del uno por ciento se encuentra en niveles de excelencia. En Brasil hay más de ambos grupos, por su diferente manera de manejar su sistema educativo. En la India pasa algo similar. Estos dos países cuentan con una proporción de estudiantes en nivel de excelencia significativamente mayor que la nuestra, aunque también tengan más analfabetas funcionales.

Al no contar con habilidades cognitivas suficientes, los mexicanos que acceden al mercado laboral no pueden competir adecuadamente, de forma que se convierten en presa fácil del sistema corporativo. Una vez agarrada una chamba, lo importante es no perderla, así que un sistema laboral como el nuestro funciona de perlas. Nuestra Ley laboral está hecha para defender puestos de trabajo, no para crearlos. De hecho, muchas personas creen que el sistema educativo mexicano es malo precisamente para no poner en riesgo al corporativismo, o de manera más amplia, al viejo régimen. En esta perspectiva, el régimen de la Revolución habría creado un sistema educativo ineficiente para evitar que su legitimidad, endeble, se pusiera en duda.

Es una tesis atractiva, pero yo no estoy seguro que sea cierta. Tiene mucho de teoría de conspiración, y no está fácil encontrar evidencia para sustentarla. Sin embargo, es muy común escucharla.

Antes de 1980 teníamos un sistema educativo muy concentrado en las ciudades, que daba servicio a un porcentaje muy pequeño de la población. Apenas el 20% de los jóvenes en edad de estar en secundaria podían incorporarse a ese nivel educativo, y conforme era mayor el nivel, menor la capacidad. En la década de los 70 empezó a crecer rápidamente el sistema de universidades públicas, que en muchas ocasiones incluían bachilleratos, de forma que esto permitió también ampliar la cobertura en secundaria (sin convertir a la media superior en cuello de botella, con los riesgos sociales que eso significa). En la década de los 80 la cobertura creció hasta 50%, alcanzó 70% en los 90, y ronda ya el ciento por ciento en estas épocas.

Sin embargo, el crecimiento acelerado que esto implicó puede haber reducido significativamente el nivel del profesorado y por lo tanto los resultados del proceso educativo. La verdad es que no lo sabemos bien, porque nos falta evidencia de lo que ocurría antes. Sí sabemos que el principal problema lo tenemos en la secundaria, aunque puede ser simplemente que en la pubertad se hacen evidentes las fallas previas.

En cualquier caso, lo que está claro es que nuestro problema principal tiene que ver con el capital humano, y todo indica que el sistema laboral no es un fenómeno independiente. Dicho de otra manera, no se pueden resolver estos problemas por separado, so pena de crear un conflicto entre ellos: jóvenes más preparados que no pueden ser captados por los mercados, o mercados más eficientes que no tienen “material humano” de calidad para surtirse. Le seguimos…

06 Julio 2009 03:31:32
Regreso al pasado
Resulta difícil comentar acerca del futuro Congreso cuando no tenemos cifras razonables para ello. Las encuestas de salida mostraron gran variación, pero sobre todo un elevado número de no respuestas, algo que en este tipo de ejercicios no es común. Peor aún, con una cuarta parte de las casillas computadas en el PREP, los resultados no tienen mucho en común con las encuestas.

Con esa información, sin embargo, todo indica que los mexicanos optamos por regresar a 2003. La votación resultó muy parecida a la de entonces.

Hace seis años, el PRI, en coalición con el Verde, obtuvo 45% de los votos. Hoy, la votación sumada de ambos partidos resulta muy similar. El PAN, en 2003, alcanzó 30% del voto, y queda ahora muy cerca de ello. La diferencia grande acaso la veamos en el PRD, que en 2003 obtuvo casi 20% del voto, mientras que en esta elección se queda muy lejos, entre 12 y 14 puntos. Sin duda, una parte de ellos se fue al PT y Convergencia, siguiendo a López Obrador. Estos dos partidos obtienen, sumados, tal vez seis puntos en esta elección, frente a cuatro puntos que podemos tomar como su base, de las pocas elecciones en que participaron de forma independiente. Así, López Obrador le arranca al PRD apenas un par de puntos de la votación. Poco, sin duda.

En diputados de mayoría, el PRI (y su alianza parcial con el Partido Verde) alcanzaría 170 distritos ganados, por 85 del PAN, 37 del PRD y tres de la alianza PT-Convergencia. Al distribuir los diputados de representación proporcional, el PRI tendrá cerca de 230 diputados (tal vez 260 con el Verde), poco más de 150 el PAN y apenas 70 diputados por el PRD. De nuevo, una distribución muy parecida a la de 2003.

Así pues, uno podría esperar en principio lo mismo que ocurrió en la segunda mitad del sexenio pasado: nada. Un profundo estancamiento en las decisiones de largo plazo, y sólo esperar que pase el tiempo, mientras se llega a la elección presidencial que, como de costumbre, será muy diferente de las intermedias. Así ha pasado en las dos ocasiones anteriores, y muy probablemente ocurra en 2012.

La diferencia importante es que han pasado seis años desde 2003, y en esos seis años México ha ido perdiendo terreno en prácticamente todas las áreas económicas. Como en otras ocasiones lo hemos comentado, no dan las cuentas para 2010, ni mucho menos para los siguientes dos años. Es decir, tenemos que enfrentar retos mucho mayores ahora, pero optamos por elegir una Cámara de Diputados que estructuralmente estará incapacitada para decidir.

Cuando digo que elegimos es porque lo hicimos todos: unos votando, otros anulando su voto y muchos sin siquiera presentarse a las casillas. Pero todas son elecciones. Mención especial merece la anulación del voto, que ronda 6.5% a 7%, al menos tres puntos por encima de lo ocurrido en 2003. Si estos ciudadanos que optaron por anular su voto fueran un solo partido, habrían ganado su registro y 15 diputados, que no es poca cosa. Pero al anular su voto, lo que hicieron fue repartir las diputaciones entre los demás.

Quedan pendientes ahora los ajustes internos en los partidos. El gran conflicto entre López Obrador y Nueva Izquierda al interior del PRD y PT-Convergencia es sin duda el más notorio. Pero no será menor el reacomodo priísta, que al ganar tantos distritos reduce el número de plurinominales y altera el equilibrio entre los grupos, y sin duda al interior del PAN que, como en 2003, tendrá que corregir sus errores para competir en 2012.

Frente al tamaño de los retos, la elección obliga a los partidos a un esfuerzo de negociación muy importante. No es claro que estén a la altura, pero no nos queda más que esperar, y ver.

http://www.macario.com.mx
02 Julio 2009 03:27:10
Para empezar
Analicemos, con algo de detalle, lo que impide que México sea un país exitoso en términos económicos, es decir, un país con ciudadanos con buen nivel de vida.

Y voy a definir así el éxito, sin entrar a grandes discusiones acerca de las bondades o perjuicios del consumismo, la orientación materialista, y todo lo demás, que es importante, pero no para el tema que quisiera discutir con usted.

Para que un país tenga ciudadanos con buen nivel de vida es necesario que haya suficiente riqueza y que esté razonablemente bien repartida. No se puede repartir lo que no hay, y no creo que haya duda al respecto, pero tampoco está en el interés de una nación que las mayorías no tengan nada y que sólo unos pocos tengan mucho. Esto no es bueno por razones de todo tipo: económicas, porque si esta mala distribución se combina con poca riqueza, habrá un porcentaje importante de personas que no van a poder contribuir al crecimiento; políticas, porque los que tienen poco son fácilmente comprados; éticas, porque como decía el poeta, nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo estricto.

Sin embargo, una vez claro que no se debe tener una distribución muy desigual, no es fácil saber qué tan igualitaria debe ser ésta. Los países civilizados, en lo general, tienen una distribución que podemos suponer como la “ideal”. En ellos, el 10% más rico tiene ingresos de entre cinco y 10 veces más que 10% más pobre de la población. Son 50 naciones en las que el coeficiente de Gini, la medida más común para la desigualdad, va de 25 a 37 puntos. Este coeficiente valdría cero en perfecta igualdad y 100 en perfecta desigualdad. Entre esas 50 naciones no están Grecia, Italia, Canadá, Estados Unidos, Reino Unido, o Portugal, y sí están Japón, Corea del Sur, India y buena parte de Europa del Este. No hay ningún país latinoamericano en ese grupo.

Para que pueda tener una idea de cómo estamos nosotros, el país más “igualitario” en nuestro subcontinente es Jamaica (12 veces el ingreso) y Trinidad y Tobago (14 veces). De los que hablamos español, Nicaragua (16 veces) y Uruguay (19 veces). Los demás estamos peor. En Argentina el 10% más rico de la población tiene un ingreso 40 veces mayor que el 10% más pobre, en México es de 45 veces, en Perú de 50 y en Brasil de 68 veces, nomás.

Aclaro que esta información no es totalmente útil, porque los ingresos de los que se habla no son los mismos para todos los países. En México, por ejemplo, dependiendo de la definición de ingreso que tomemos, el valor va de 25 a 45 veces. Pero sin importar la exactitud de la definición, sí es claro que hay un grupo de países con una distribución más razonable (los 50 del principio), otros con una distribución menos buena, y otros con una pésima distribución, y ahí estamos nosotros: México y prácticamente toda América Latina. Y nuestro acompañante de siempre, África. Ya hablamos de cómo los 150 años de diferencia en independencia no parecen haber servido de nada.

Bueno. Ya está esa primera dimensión del objetivo, falta la segunda: riqueza para distribuir. Hoy, si México distribuyese perfectamente el ingreso entre todos los mexicanos tendríamos para vivir exactamente el ingreso por habitante del promedio mundial. Esto es más o menos lo que tienen como ingreso quienes viven en el decil VII, es decir, entre 30% y 40% más rico, que igual podría decirse entre 60% y 70% más pobre, como usted guste. De poco nos serviría distribuir mejor, como lo ilustra India, con una excelente distribución de muy poco.

Cómo generar riqueza es la gran pregunta de los economistas desde hace más de 200 años. El libro de Adam Smith se trata precisamente de eso, y desde entonces se ha hecho mucho trabajo para entender bien qué sirve y qué no. En los últimos 20 años, el avance en este tema ha sido impresionante, y ha servido para afinar ideas que Smith ya había planteado pero que no sabíamos qué tan ciertas eran. Hoy sabemos que la producción de riqueza es resultado de una economía de mercado en la que el capital fluye bien, en donde no hay ineficiencias que se trasladen de productores a compradores, y en donde hay capital humano abundante. En menos palabras: capital, capital humano y competencia.

Sin embargo, para que esas cosas existan (factores de producción, le llaman los economistas), es necesario que existan ciertas reglas sociales. De otra manera, al no tener reglas claras, la sociedad no invierte, ni en capital físico ni en capital humano, reduciendo la productividad de dichos factores, y por lo tanto la acumulación de riqueza. Es decir, si la sociedad no establece reglas claras, acaba siendo más pobre.

Si lo que se requiere es tener capital físico, capital humano y competencia, entonces podemos establecer lo que requerimos analizar: el sistema financiero, el sistema educativo, y el nivel de competencia en aquellos elementos que más afectan la economía en general: comunicaciones y energía. Por muchos años, se agregaba a esto el campo, pero me parece que hoy esto no tiene mucho sentido. Sin embargo, sí conviene analizar el campo en otro renglón: los subsidios. Y lo mismo se aplica para sindicatos y universidades. Y los subsidios son relevantes porque son, directamente, transferencias de riqueza de un grupo (los que pagan impuestos) a otro (los que reciben el subsidio). Esto puede tener racionalidad económica o social, pero puede no tenerla, y por eso es necesario revisar también ese tema.

Finalmente, para cerrar el análisis, tendremos que estudiar qué pasa con el mercado laboral, porque ahí tenemos la confluencia del capital humano, los subsidios, y una regulación que ha provocado que dos de cada tres trabajadores sea, en términos estrictos, informal.

Bueno, ya está el esqueleto del análisis que realizaremos con usted las próximas semanas. Gracias por acompañarnos…
30 Junio 2009 03:26:31
Crecimiento y equidad
El jueves pasado comentaba que apareció el libro No growth without equity?, que me atreví a traducir como “ni crecimiento ni equidad”, aunque una traducción más evidente parecería ser la que un lector-comentarista (Etor Alexander) propuso el mismo jueves: no hay crecimiento sin equidad

Preferí la que escribí el jueves por la tendencia que tengo a ver las fallas actuales como resultado de malas decisiones del pasado. Tendencia que puede ser la mejor forma de ver lo que nos ocurre, pero que podría ser un simple sesgo, producto de la forma en que he trabajado el tema en los últimos años. Evidentemente, me parece que es lo primero, pero en las ciencias sociales suele uno equivocarse.

No voy a detallarle el libro, porque se trata de 11 textos especializados que no son susceptibles de un resumen que les haga justicia (más la introducción), pero sí le diré de qué tratan. El libro parte de que el poco crecimiento de México en los últimos 30 años es un acertijo que no es fácil explicar, pero del que ofrecen, casi de inmediato, una buena descripción: “Argumentamos que México se caracteriza por un equilibrio de distribución de rentas, autosustentable, y que ése es el principal obstáculo para impulsar el crecimiento y una desigualdad reducida” (p.11). Eso, exactamente.

El libro consta de cuatro partes, la primera conceptual, con tres textos interesantes, pero que no me parece que sean indispensables para nuestro objetivo; la segunda, muy interesante, incluye dos trabajos, uno de Isabel Guerrero, Luis Felipe López-Calva y Michael Walton, muy heterodoxo en su forma de ver el tema, que sostiene bastante bien el tema del libro: hay desigualdad por la existencia de mecanismos que redistribuyen rentas, y el otro de Carlos Elizondo, acerca de las instituciones que sostienen esa redistribución y la dificultad de modificarlas.

La tercera parte analiza el mercado laboral (dos textos, de Levy y Maloney) y el mercado de capital (Haber sobre los bancos), mientras que la cuarta se enfoca en dos mercados muy específicos cuya falta de competencia es un problema para todos: telecomunicaciones (dos textos, de Del Villar y Noll) y energía (de Lajous).

Conforme tengamos posibilidad, comentaremos con usted algunos de estos textos con más detalle, pero ahora no conviene hacerlo porque, como le decía, no vamos a hacer justicia a los trabajos en tan pequeño espacio, y nos vamos a salir de una interpretación general del libro que, me parece, es mucho más útil en este momento.

Lo primero es que libros como éste son de la mayor importancia, aunque el público al que van dirigidos sea limitado. Pero hay una desventaja en estos trabajos que nos ha impedido tener un marco de referencia que nos permita enfrentar seriamente el problema.

Regreso a mi tendencia: efectivamente el problema económico de México es que tenemos un equilibrio de redistribución de rentas, pero eso no se construyó en las últimas tres décadas, que es el espacio de análisis del libro. El régimen de la Revolución es un régimen de redistribución de rentas. Dicho de otra manera, así se hizo el México moderno, para redistribuir dinero de quienes no están organizados a quienes sí lo están. Porque los grupos organizados, corporativos, fueron creados para sostener al régimen, y fueron pagados con privilegios y con redistribución de rentas que se le quitaban, y se le quitan, a quienes no están organizados.

Es decir que desde 1938 México vive en un régimen construido no para crecer, ni mucho menos para promover la equidad, sino para mantener en el poder a un grupo, sostenido por corporaciones que, a cambio, recibieron privilegios de los que han vivido desde entonces. En consecuencia, si se quiere que México sea un país con crecimiento y con equidad, es indispensable destruir ese sistema de distribución de rentas, o lo que es lo mismo, es indispensable acabar con los privilegios de los distintos grupos.

Ahora bien, la identificación de esos grupos y sus privilegios no se logra adecuadamente en el libro que mencionamos. Posiblemente no era su intención, pero de cualquier manera es un elemento fundamental para cualquier propuesta seria. Habría que empezar detallando los diferentes grupos sindicales y las prebendas que tienen; los mercados no competitivos (por razones de Estado) y los costos que implican para los consumidores; los mecanismos de redistribución desde el gobierno con fines de legitimación, como los subsidios al campo y a las universidades (que John Scott ha trabajado detalladamente). Y, además de ello, habría que hacer un trabajo serio con respecto al patrimonialismo en nuestro país, no sólo quejándonos de la corrupción de los gobernantes, sino analizando los mecanismos por los que ésta existe y su relación con los empresarios, que siempre fingen santidad.

Los grandes problemas nacionales, como decía aquél, no aparecieron de la nada, ni lo hicieron en las últimas tres décadas. Se trata de un experimento que fracasó rotundamente, que pudo funcionar durante apenas 30 años mientras los recursos ociosos se ocupaban, pero que desde mediados de los años 60 se ha sostenido de manera muy costosa: primero con endeudamiento externo y después con el petróleo, que debió pagar la deuda previa y mantener al país.

Aprovechando el trabajo del libro mencionado, entre otras fuentes adicionales a mi propio trabajo, intentaré ofrecerle en estas páginas el esqueleto de ese análisis tan importante: ¿quiénes son los que viven de nuestro trabajo y cómo logramos que dejen de hacerlo? Aquí le seguimos…
26 Junio 2009 03:47:17
Elegir el futuro
El lunes nos dijo el Foro Económico Mundial que somos todavía menos competitivos. Lugar 60, entre 134, pero lo desafío a imaginar cuáles son esos 60 países más competitivos que México. Se le van a acabar los nombres rápidamente. El miércoles, fue la OCDE la que nos anunció que la caída de nuestra economía será de 8%, la peor, junto con Estonia, entre los países que esta organización analiza. La peor crisis global de la historia reciente nos pega mucho más fuerte porque no somos competitivos.

Pero lo más grave es lo que viene, sin duda. Después de haber vivido del petróleo por tres décadas, ya no podremos hacerlo. Los ingresos que nos dará el crudo el próximo año apenas alcanzarán para pagar los combustibles que importamos, y nos sobrarán 4 mil, tal vez 5 mil millones de dólares. La quinta parte de lo que esta balanza energética nos aportaba hace dos años. No nos va a alcanzar para cubrir el déficit en el resto del comercio, por mucho, y el valor del peso dependerá de que obtengamos 25 mil millones de dólares en inversión extranjera directa. Pero esta inversión no va a llegar si seguimos cayendo en el índice de competitividad, o peor, si las empresas calificadoras nos bajan el nivel, como han amenazado, precisamente porque la caída en producción de petróleo no sólo amenaza las cuentas externas, sino también las finanzas públicas. Nos faltan ahí 300 mil millones de pesos, nomás para mantener el gasto en condiciones razonables.

Habrá muchos que usarán esta información para desacreditar lo que México ha hecho en los últimos 25 años. En su óptica, esto demuestra el fracaso del neoliberalismo y del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Y su argumento es fácil: no hemos crecido, hemos tenido crisis, no somos competitivos, no logramos nada, pues, frente al 6% o 7% de crecimiento anual que México mantuvo desde los años 50 hasta fines de los 70. Es un argumento fácil, pero falso.

En realidad, lo que hoy enfrentamos es lo que construyó el régimen de la Revolución. Si hoy el mercado laboral nos coloca en el lugar 110 de 134 en el índice del Foro Económico Mundial, no es por medidas tomadas en estos últimos años, sino por la manera en que el régimen construyó un sindicalismo corporativo para sostenerse en el poder. Si hoy estamos en el lugar 90 en innovación es porque ese régimen creó y mantuvo empresarios ineficientes, a los que no cobró impuestos y a los que les mantuvo un mercado cerrado, para que abusaran de los consumidores. Si estamos en el lugar 74 en educación superior se debe a esas universidades que el régimen creó para darse legitimidad y a las que entregaba miles de millones de pesos cada año sin ninguna medición de desempeño, sin pedir nada a cambio, más que lealtad.

Las fallas de la economía mexicana no son nuevas, no empezaron con la globalización o el neoliberalismo: son fallas creadas por el régimen de la Revolución, no porque se haya distorsionado o desviado ese régimen, sino porque así fueron hechas desde el principio. El régimen descansaba en una estructura corporativa, de obreros, campesinos, empresarios y universidades, que tenía que pagar. Y la pagaba con rentas que extraía al resto de la población. Y bajo ese sistema la única posibilidad de crecer es teniendo recursos adicionales, que al principio provinieron de más hectáreas sembradas, hasta que el terreno se acabó en 1965, y entonces hubo que recurrir a la deuda externa, hasta que el país quebró en 1982, y desde entonces vivimos del petróleo, que ahora se termina.

Por eso he escrito en varias ocasiones que México tiene sólo dos caminos: modificar por completo la estructura económica y aspirar a ser la quinta economía mundial, o convertirse en un Estado fallido. No hay términos medios, aunque parezca muy extraño, porque ese espacio de en medio ya lo agotamos. No es cosa de parches en materia fiscal, o pequeños acuerdos laborales, es necesario entrar a fondo, y muy rápido.

Aunque el régimen de la Revolución desaparece en 1997, la estructura económica que creó se mantiene. No ha podido eliminarse porque no ha habido mayorías desde entonces. Hemos vivido un interregno muy largo: 12 años sin poder tomar decisiones de fondo. El fin del régimen no se ha acompañado de la creación de uno nuevo, y las inercias nos van matando.

No ayudará en nada anular votos en este proceso. Lo que urge es tener una mayoría modernizadora que pueda impulsar el cambio profundo. Y, por muchos defectos que pueda usted verle, es el PAN el partido que más probabilidad tiene de promover esta mayoría, junto con una fracción del PRI (la dirigida por Beltrones) y una del PRD (Nueva Izquierda), que son más difíciles de identificar para el votante. Asegúrese de votar por alguno de ellos, si quiere usted un futuro para México.

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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM

25 Junio 2009 03:19:26
Ni crecimiento ni equidad
El martes comentaba con usted acerca de la relación que encuentran dos investigadores (Hanushek y Woessman) entre la falta de habilidades cognitivas y el estancamiento en América Latina.

Se trata de un documento de trabajo que fue publicado hace pocos días, pero que proviene de un documento mayor, publicado por el Banco de México en enero pasado. Ese mismo martes era nota en los periódicos el informe del Foro Económico Mundial sobre competitividad para nuestro país, en el que se reflejan otros elementos en los que fallamos: rigideces en el mercado laboral, problemas con la seguridad, obstáculos a la creación de empresas y un largo etcétera.

Sin embargo, también quisiera aprovechar para comentarle de un libro publicado hace pocas semanas por el Banco Mundial que recoge las versiones definitivas de ponencias presentadas en 2007 por destacados investigadores mexicanos y extranjeros acerca, precisamente, de nuestro tema. El libro se titula No growth, without equity, que me parece que puede traducirse como se titula esta colaboración: ni crecimiento ni equidad.

Prácticamente todos los textos del libro son de gran valor. El único que me parece desigual es el de Adrián Lajous acerca de Pemex, que subestima el problema que enfrentamos en este renglón, como es común entre quienes han trabajado en esa empresa. El resto de los artículos es muy ilustrativo de los problemas que enfrentamos, aunque no consideran el tema educativo, del que hablamos la semana pasada.

Los temas tratados van del marco institucional a las telecomunicaciones, pasando por un texto muy llamativo acerca de los privilegios que tienen diferentes grupos en la sociedad. Es, pues, un libro que vale la pena comentar con detalle, y por eso prefiero proponérselo para la próxima semana y dedicarle unas líneas a la información que se nos ha ido acumulando sin que podamos analizarla.

Específicamente, me interesa comentar con usted el dato del comercio exterior, que se publicó el miércoles, y que es el primero acerca del comportamiento económico del mes de mayo. Nuevamente, hay un pequeño superávit, producto de la gran contracción que estamos sufriendo, que repercute más en importaciones que en exportaciones. Sin embargo, la caída del mes de mayo es ligeramente inferior a la de abril, lo que nos permite pensar que la contracción económica en la industria, que es la gran importadora de nuestro país, será similar a la que tuvimos en ese mes.

Como ya habíamos comentado en otras ocasiones, en esos meses, abril y mayo, estaríamos tocando fondo, y parece que se confirma esta situación. La caída en ambos meses, en la industria estará alrededor de 10%, y en mayo se sumará un serio golpe en los servicios, resultado de la influenza. En consecuencia, este segundo trimestre, que casi terminamos, tendrá una contracción mayor a la del primero, pero será el punto más bajo de la crisis global que enfrentamos. En junio, este mes, el turismo ya se ha recuperado bastante, y varias ramas de la industria empezarán a tener una caída menor, que es precisamente a lo que nos referimos cuando hablamos de recuperación.

Sin embargo, este proceso no implica que vayamos a tener crecimientos importantes en los próximos meses, ni nada parecido. Y lo que sí vamos a tener, muy pronto, es presión en las divisas, porque en cuanto empiecen a mejorar las ramas industriales las importaciones crecerán más que las exportaciones, y en las cuentas del gobierno, debido a los menores ingresos petroleros. Estos temas, que ya hemos comentado en otras ocasiones, son determinantes para 2010.

Por eso hemos iniciado esta discusión acerca de las fallas estructurales de la economía, porque ellas son las que serán determinantes en los próximos años. De hecho, en los próximos meses. Nada más pasen las elecciones, estaremos discutiendo, otra vez, las reformas estructurales, y para ello es necesario que entendamos bien de qué se tratan y por qué son relevantes.

Y eso es precisamente lo que hemos visto en las últimas semanas: hay problemas que vienen desde hace décadas, y que no pueden resolverse a menos que estemos dispuestos a modificar a fondo nuestro comportamiento.

Ya hablamos del costo terrible que significa la educación, específicamente la falta de habilidades cognitivas, pero, decíamos entonces, eso no es todo.

Tenemos problemas con sindicatos corporativos, con empresas monopólicas y con diversos grupos que no permiten que el país avance. Y de todo ello hay que hablar, y lo iremos haciendo en estas páginas…
23 Junio 2009 03:07:55
Educación y crecimiento
¡Sorpresas te da la vida, ay Dios! Dice la famosa canción, y así es. Llevamos como tres semanas comentando aquí acerca de las dificultades de América Latina con el crecimiento, y justo la semana pasada se publicó un documento de trabajo en la National Bureau of Economic Research con una interesante hipótesis


El documento tiene el número 15066 (lo puede encontrar en
http://www.nber.org/papers/w15066) y fue escrito por dos autores que ya hemos comentado en esta columna: Eric Hanushek y Ludger Woessman, que llevan ya varios años estudiando a profundidad la relación entre calidad de la educación y economía en el mundo.

Este documento de trabajo se titula Escolaridad, habilidades cognitivas y el rompecabezas del crecimiento latinoamericano. La idea básica es que el problema que tenemos en nuestro continente con el crecimiento económico se explica, por completo, por lo reducido de las habilidades cognitivas de nuestros hijos en la escuela. En palabras de Hanushek y Woessman: “En los términos más sencillos, mientras que América Latina ha tenido un desempeño escolar razonable, lo que los estudiantes en realidad saben es comparativamente muy bajo. El desempeño de los estudiantes en los exámenes internacionales, tanto en América Latina como en África Subsahariana está en el fondo de los rankings internacionales.”

Ellos mismos dicen: “un eslabón perdido crucial en la explicación de por qué América Latina pasó de ser razonablemente rica al principio de la posguerra a relativamente pobre hoy está en sus bajas habilidades cognitivas. Este eslabón también ayuda a explicar las variaciones en el desempeño económico a través de América Latina.”

La demostración de estos dichos la realizan Hanushek y Woessman con base en los exámenes internacionales que han presentado países latinoamericanos, que no han sido muchos. De los 46 exámenes que se han realizado en el mundo entre 1964 y 2006, los países de América Latina han participado en sólo 16 ocasiones. Nuevamente les dejo la palabra a los autores: “como un resumen simple, de las 59 ocasiones en que un país latinoamericano ha participado en un examen internacional de desempeño estudiantil (contando diferentes materias y grupos de edad por separado), el lugar promedio fue 36.9 de un promedio de 41.5 participantes (en donde una porción significativa de los lugares debajo fueron de otros países latinoamericanos).”

Al realizar una comparación del crecimiento económico con este desempeño escolar, lo que encuentran Hanushek y Woessman es que, “en el agregado, el pobre nivel en habilidad cognitivas explica totalmente el pobre crecimiento de Latinoamérica en la posguerra”. Más aún, “no sólo este bajo nivel en habilidades cognitivas explica la falta de crecimiento de América Latina relativo a otras regiones en el mundo, sino que provee mucho de la explicación de las variaciones en el desempeño económico al interior del subcontinente”.

Estos dos autores, como le decía antes, llevan mucho tiempo estudiando la relación entre calidad educativa y crecimiento económico. De hecho, a ellos les debemos, en buena medida, la forma como ahora se ve la educación dentro del análisis económico: no como años de estudio, sino mediada por la calidad. Hacia fines del siglo pasado, la idea de que la educación era importante para el crecimiento cayó en desgracia, cuando se vio que más años de educación no estaban teniendo ningún impacto en el crecimiento. Pero cuando ellos lograron demostrar que la educación no es asunto de tiempo, las cosas cambiaron.

Por eso los exámenes internacionales, como PISA, han adquirido mucha más importancia, y por ello en México se ha hecho un esfuerzo considerable para medir ya la calidad de manera rutinaria, a través de la prueba Enlace, entre otros instrumentos. No se trata de que los niños estén en la escuela, sino de que aprendan. Pero eso no está ocurriendo en México. En el análisis que estos dos autores realizan, México se encuentra en un nivel alto en América Latina, pero nos superan Costa Rica (por mucho), Brasil, Chile y Uruguay, y empatamos con Colombia. Estamos por encima del resto.

A diferencia de los autores mencionados, no estoy convencido de que las habilidades cognitivas expliquen todo el problema del crecimiento, pero no me cabe duda de que, en el largo plazo, sin estas habilidades no hay productividad posible, y sin ella, no hay crecimiento. Me parece que hay otros elementos en nuestro arreglo social que llevan, simultáneamente, a mal desempeño en estas habilidades y en crecimiento económico. Otros elementos que también acabo de encontrar en un muy buen libro publicado hace pocas semanas por el Banco Mundial, ¿No crecimiento sin equidad?, coordinado por Santiago Levy y Michael Walton, que de hecho iba a comentar con usted, pero que tuvo que esperar debido a este documento de trabajo que apareció sorpresivamente.

Así pues, un elemento más en nuestra búsqueda del porqué hacemos mal las cosas. Y es un elemento de la mayor importancia: nuestros niños y jóvenes van a la escuela pero no aprenden a aprender. Eso es lo que significa que sus habilidades cognitivas son escasas, no cuentan con suficiente razonamiento, atención, intuición, y otras habilidades que les permitan obtener conocimiento. Aprenden a memorizar y repetir, pero no a pensar. Por eso más de la mitad de ellos termina la secundaria en analfabetismo funcional, y menos de uno de cada 100 en condiciones de seguir aprendiendo al nivel de excelencia.

Es la gran tragedia nacional, más allá de si ella sola explica nuestro fracaso económico o no, sobre el que seguiremos comentado aquí.

19 Junio 2009 03:37:45
Superioridad moral
Por ahí he visto que dicen que anular el voto es antidemocrático. No es correcto. En teoría, un ciudadano mexicano está obligado a votar, pero no hay sanción por no hacerlo, de forma que va a votar el que quiere hacerlo. Y si ninguna opción le gusta, puede optar por escribir el nombre de su candidato en la boleta, aunque ese voto no contará, según jurisprudencia. Malas leyes, sin duda, producto del difícil proceso político que hemos seguido en México en nuestra reciente democratización.

La decisión de un ciudadano de anular su voto es perfectamente democrática, aunque sea políticamente poco útil. Lo que ya no lo es tanto es la promoción de esa anulación con el argumento de que los políticos y sus partidos son un hato de inútiles y malas personas. Reitero lo que he escrito antes: la promoción del voto nulo tiene detrás el supuesto de que la clase política es moralmente inferior, y ahí sí la democracia se pone en riesgo.

Cuando un grupo actúa en política convencido de ser moralmente superior a los demás, la base de la democracia, la igualdad, se pone en riesgo. El gran avance en Occidente, que posibilitó la democracia como hoy la conocemos, fue separar las decisiones políticas de la religión, que suele ser fuente de creencias morales muy extrañas. Por eso quienes actúan en política convencidos de su propia superioridad moral son, en realidad, profundamente conservadores, sin importar su posición en la geometría política.

El caso extremo más reciente de esta superioridad moral es, sin duda, López Obrador, y por eso este escribidor fue tan vehemente en su contra durante la campaña de 2006. La superioridad moral que este político considera tener raya en la demencia, como lo ha mostrado con claridad su más reciente desplante en Iztapalapa. Por eso propone “salvar a México”, porque parte de una posición moral en la que él se considera absolutamente superior a todos los demás. A partir del martes pasado, “Juanito” es inferior a López Obrador porque deberá renunciar al cargo de delegado, en caso de ganar; Ebrard es inferior, porque deberá proponer como sustituta a la señora Brugada; la Asamblea Legislativa del DF es inferior, porque deberá ratificar las órdenes del iluminado.

Se requiere mucha ofuscación para pensar que este político y sus seguidores son demócratas. No es así, y tal vez por ello son tan vehementes en sus ataques a los demás: lo hacen desde una posición superior. Ellos son buenos, y quienes no coincidimos somos malos.

La creencia en la superioridad moral, propia o de grupo, es una de las grandes amenazas para la democracia. Este sistema político parte de la idea de que todos, absolutamente todos, tenemos exactamente el mismo peso en la vida política. Los mismos derechos, que nos permiten transferir la capacidad de decisión a nuestros representantes, bajo ciertas reglas. En México, estas reglas son bastante malas, como todos sabemos, y han empeorado en lo que va del siglo.

El proceso de liberalización política que nos llevó a la democracia en 1997 se desvió en 2003, no hay duda de ello, pero pocos levantaron la voz entonces. En diciembre de ese año, a propuesta del Partido Verde, se hizo una reforma electoral que cerró las pocas posibilidades que había para una competencia política libre en México. Se duplicaron los requisitos para poder hacer un partido nuevo, y se bloquearon los resquicios para candidaturas independientes, entre otras cosas. Escribí entonces: “Estamos en manos de una caterva de bandoleros, ignorantes o cobardes, que cada uno elija su saco. No son capaces de tomar decisiones para fortalecer el país, pero sí para garantizar su negocio. Eso es lo que cuidan, no el bienestar del país o de las mayorías. Irresponsables” (“Los usurpadores”, 13-I-04).

Pero una gran cantidad de personas, incluyendo muchos comentócratas, no consideraron tan importante este viraje, tal vez porque entonces estaban bajo la égida del iluminado, y por lo tanto compartían esa superioridad moral que los hacía inmunes a las leyes electorales. Peor todavía, la pésima reforma electoral de 2007, que continuó el camino de sobrerregulación de la anterior, ocurrió como moneda de cambio en un Congreso que tenía que negociar una reforma fiscal y una energética. Al final, perdimos todos: las reformas económicas fueron limitadas, y la electoral ha sido un fracaso. Pero eso, me van a perdonar, es lo que pasa en las democracias: las leyes resultan del equilibrio de fuerzas en el Congreso. Todos votamos por esa Legislatura que hizo lo que hizo, y anular el voto de hoy no borra el voto de ayer.

Es obligación de todo aquel que crea en la democracia denunciar esta tendencia a la superioridad moral. No importa de quién se trate: sea el caudillo conservador, los locutores de la televisión o los colegas comentócratas. Cuando algunos creen que son superiores, la democracia está en riesgo. Y no existe sistema político preferible en el mundo moderno. Nos costó mucho llegar adonde estamos como para perderlo por esa profunda religiosidad de los conservadores de izquierdas y derechas.

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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
18 Junio 2009 03:35:52
Incapacidad
Aunque hay muchos datos nuevos en cuestión económica, vamos a seguir con esta pequeña serie acerca de las dificultades de México en el mediano plazo, porque, la verdad, es mucho más importante.

Sin embargo, este lunes en el blog Economía 2.0 le ofreceré una actualización de la recesión. Mientras, quisiera recordarle que el problema económico de México es de oferta, no de demanda.

Con esto quiero decir que no es que no compremos, sino que no producimos lo suficiente. Este punto de partida, así de sencillo como lo ve, no es generalmente aceptado. Para muchos, precisamente para quienes consideran que vivíamos mejor antes de 1982, como vimos hace un par de semanas, el problema de México es de demanda, es decir, piensan que nos falta capacidad de compra, y no de producción.

Esta diferencia es fundamental, porque de ella deriva toda la concepción de política económica. Si pensamos que la demanda es el problema, entonces la solución es “keynesiana”, en esa versión vulgar del trabajo del Lord británico: basta con que la gente tenga más dinero para que la economía funcione bien, y por lo tanto lo que debe hacer el gobierno es gastar, comprando bienes o contratando personas, por encima de sus ingresos. Al mantener un déficit, el gobierno le da más a la sociedad de lo que le quita vía impuestos, y esto provoca un exceso de demanda que, según esta lógica, promueve el crecimiento de la economía.

Sin embargo, esta idea es errónea al menos desde mediados de los sesenta, como también ya le he comentado. Desde entonces, el déficit del gobierno, pequeño o grande, ha provocado el crecimiento de la demanda, pero esto en lugar de promover el crecimiento económico lo que ha generado es un desbalance que se reflejó en alta inflación y en un elevado déficit en cuenta corriente. Me explico: si la demanda es mayor que la oferta de bienes, hay dos posibilidades, o suben de precio los bienes para que se equilibre el mercado, o conseguimos los bienes en otra economía, es decir, los importamos. El primer mecanismo es precisamente inflación, y el segundo es el déficit en cuenta corriente. Sufrimos un problema inflacionario mientras la economía estaba cerrada (hasta 1986-88) y después un problema de cuenta corriente (en 1995).

Nuestro problema no es que nos falte comprar, sino que nos falta producir, y por eso este tipo de políticas “keynesianas” sólo nos han generado más complicaciones. Para resolver los daños de esas políticas, se aplicó una medicina dura: buscar superávit en las cuentas del gobierno, que en un país que no paga impuestos, sólo puede lograrse con menor gasto. Pero como buena parte del gasto está capturada por distintos grupos que fueron obteniendo “victorias laborales”, lo que se redujo era lo que menos conflicto implicaba: infraestructura y, sobre todo, la calidad de los servicios prestados.

Para desgracia de todos, este fenómeno ocurrió precisamente cuando llegaba al máximo la burbuja poblacional, de forma que se redujo el gasto mientras había más necesidades, y el gasto por persona se desplomó, en seguridad, en educación, en salud, en lo que usted guste. Así, los excesos de los años setenta se convirtieron en la miseria de los ochenta. Y aunque después ya no hemos tenido grandes variaciones en este renglón, la pura crisis inflacionaria de 1995 provocó un serio incremento en pobreza.

Pero, reitero, el origen de estos problemas, y la falla de las medicinas tiene que ver con nuestra incapacidad para producir, no con un déficit de consumo. Los mexicanos compramos, y compramos mucho, ése no es el problema. Lo que pasa es que no producimos, ni suficiente, ni con la calidad adecuada. No es muy difícil demostrar esto, basta con ver cómo cada vez que hay un incremento en el ingreso de la población, las importaciones crecen a un ritmo tres veces mayor. Una parte creciente del gasto se destina a bienes hechos fuera de México, y en un mercado libre, esto significa que no estamos siendo competitivos, es decir, no producimos con la calidad y precio adecuados para ganar participación de mercado.

Como siempre, esto no es así para todos los bienes, sino que es la tendencia general. Hay algunas cosas que estamos haciendo bien, o incluso muy bien, y por eso hemos logrado incrementar nuestras exportaciones a un gran ritmo (aunque inferior al que han tenido las importaciones). Por ejemplo, somos buenísimos para producir frutas y verduras, y hemos incrementado significativamente nuestras participación en el mercado estadounidense en estos productos. Somos buenos para producir autos, y por eso se han instalado aquí muchas plantas de capital estadounidense, europeo y japonés. En este momento, esas plantas no están funcionando, pero es un asunto transitorio, y no tengo duda que para el próximo año estaremos creciendo de manera importante en la producción de automóviles. Y hay muchos otros ejemplos de que sí podemos tener éxito, pero no es la situación general.

Si hay ejemplos exitosos, pero no son generalizados, entonces debemos tener ciertos obstáculos que en los ejemplos mencionados no han sido tan graves, pero que sí lo son para la mayoría de las actividades económicas. Esos obstáculos que nos impiden producir son, en el fondo, los culpables del mal desempeño económico de México durante el siglo pasado y, por lo tanto, de que muchos mexicanos sigan viviendo en situación miserable. Dicho al revés, si lo que nos interesa es reducir la pobreza y crecer, entonces hay que encontrar esos obstáculos y eliminarlos.

Si usted está pensando que no puede ser tan sencillo el asunto, tiene razón. Veremos los obstáculos en la próxima colaboración, y entonces se dará usted cuenta de por qué no han podido eliminarse. Es más, por qué a veces ni siquiera se perciben. No hay que inventar el hilo negro para que México sea exitoso, pero tampoco se puede hacer caso omiso de doscientos años de teoría económica y de cien años de evidencia concreta. No es regalando dinero como los países crecen, es produciendo bien. Y para producir bien, sólo necesitamos encontrar lo que nos falla, y proponernos corregirlo.
16 Junio 2009 03:50:53
Otra forma de ver lo mismo
Le comentaba que América Latina tuvo un pobre desempeño económico durante el siglo XX, y que eso ameritaba una respuesta

Ya sea que ese pobre desempeño sea resultado de los abusos del imperialismo yanqui, o de decisiones erróneas tomadas en nuestro subcontinente, es necesario saber si ya salimos de eso y si podremos, en este siglo XXI, hacer las cosas de otra manera.

Sin embargo, ahora permítame ver lo mismo desde otra perspectiva, que incluso le parecerá contradictoria, pero no lo es. La idea de que América Latina es una entidad no es un asunto trivial. Compartimos muchas cosas, pero no todas, y posiblemente ni siquiera lo esencial. Todas las naciones que llamamos latinoamericanas fuimos colonia del imperio español (incluso Brasil, puesto que Portugal, por varios años, fue parte del imperio), en todas se implantó el catolicismo y todas hablamos español (ahora sí, salvo Brasil). Todos nos independizamos a inicios del siglo XIX (Brasil no, por cierto), y todos hemos sufrido a Estados Unidos.

Pero ese todos, cuando lo ve uno con cuidado, se convierte en algo menos compartido de lo que parece a primera vista. El Caribe, por ejemplo, recibió a los españoles antes que los demás, y prácticamente todos quienes vivían en las islas antes de la llegada de los europeos desaparecieron en muy pocos años. Las islas tuvieron que repoblarse con población del continente y, sobre todo, con africanos traídos como esclavos. La inmigración forzada de africanos fue muy diferente en la América continental. Llegaron más adonde más útiles eran (recuerde que eran mercancía, aunque eso hoy nos resulte chocante): a las plantaciones. En consecuencia, los lugares que fueron destinados a plantación tienen una composición humana muy diferente al resto.

Segunda diferencia importante es la permanencia de la población “original”. Así como en el Caribe prácticamente desaparecieron todos, sobre todo por las enfermedades, así ocurrió en el llamado “cono sur”, donde las pocas comunidades fueron desaparecidas en el siglo XIX conforme inmigraban millares de europeos. Fenómeno que no ocurrió en otras partes de América Latina, o lo hizo con mucha menor intensidad (como en México). En nuestro país, Centroamérica y la región “andina”, la población indígena sí logró sobrevivir. Perú, Bolivia, Paraguay y Ecuador siguen teniendo una proporción de indígenas muy significativa, y no han logrado, además, procesos de integración adecuados (aunque a muchos la integración misma no le parece algo adecuado, por cierto).

Así, resulta que en América Latina tenemos regiones muy diferentes. México, solo, tiene una historia que no comparte con ningún otro país. Fuimos el primer virreinato y, por mucho, el más importante para el Imperio. Desde Chiapas hasta Nicaragua, es una región diferente, que incluso a su interior tiene diferencias muy significativas. No es lo mismo Chiapas, que como quiera ha participado en algo del proceso de México, que Guatemala, aunque comparten la mezcla poblacional y buena parte de las instituciones (es decir, las reglas sociales). Tampoco se parece El Salvador a sus vecinos, un país pequeño, pero con una población indígena muy pequeña, una isla mestiza, si quiere usted.

Más al sur, hay ciertos rasgos compartidos entre Colombia y Venezuela, pero no muchos. Más cercanos, en la construcción poblacional e histórica, están Ecuador, Perú y Bolivia, sobre todo estos dos últimos, que por mucho tiempo fueron una sola nación. Aunque su trayectoria es distinta, yo agruparía a Paraguay con ellos, por la importancia de la población indígena, entre otras razones. Finalmente, Chile Argentina y Uruguay son países europeos colocados en este continente, con población mestiza, pero con una mayor proporción de criollos que en otras regiones. Brasil es cuento aparte, y no sólo por hablar portugués. Como México, es muy grande y diverso, y hay regiones en su interior.

En consecuencia, hablar de América Latina como una entidad no parece tener mucho sentido. Es cierto que compartimos algunas cosas, pero nuestras diferencias son también relevantes. De hecho, me parece que pesan más, al final, las diferencias que los parecidos. A todos nos costó mucho trabajo deshacernos del Imperio, y en todos los casos las naciones latinoamericanas en realidad nos convertimos en colonias de nosotros mismos: los grupos privilegiados durante la Colonia lograron mantener su posición después de la Independencia, de forma que nos deshicimos de España, pero no de la Colonia.

Pero es precisamente ese proceso el que nos va diferenciando. Cada nación inicia un proceso diferente partiendo de esa base “compartida”: una región controlada por un grupo que había conseguido privilegios durante la colonia y que logra establecerse como élite, para lo cual incluso se dividen regiones en naciones (en la zona andina, en Centroamérica, Perú y Bolivia). Estos grupos, enriquecidos en la lógica precapitalista van a aprovechar el momento de crecimiento mundial bajo el control británico (1870-1914), y van a hacer algo que sí nos diferencia de otros países: ellos mismos se convierten en capitalistas.

Este proceso no ocurre en otras partes del mundo. En toda Europa, por ejemplo, los industriales (capitalistas) van a desplazar a los nobles (terratenientes) entre los siglos XVIII y XIX. En Estados Unidos, el enfrentamiento entre estos dos grupos se resuelve, en buena medida, con la Guerra de Secesión (1861-1865). Pero en América Latina esto no ocurre: son los mismos terratenientes los que se convierten en industriales, con lo que logran mantener sus privilegios, pero sin que se transformen en su esencia las culturas nacionales. De esta forma, América Latina se industrializa en manos de terratenientes, con la lógica de éstos, y con el marco institucional propio de la época previa.

Tal vez por ello América Latina no logra ni el despegue productivo ni la reducción en la desigualdad que sí ocurrieron en Europa y Estados Unidos en el siglo XIX, y en parte de Asia durante el siglo XX. Hay que seguirle…
12 Junio 2009 03:58:49
Adolescentes que votan
Las primeras elecciones razonablemente democráticas ocurrieron en 1997. En ellas, el PRI perdió el control de la Cámara de Diputados, y se derrumbó el régimen de la Revolución. En 2000, el PRI perdió la Presidencia, pero las expectativas insatisfechas en ese gobierno llevaron a que en 2003 la elección fuese poco concurrida. En 2006, finalmente, tuvimos un proceso muy polarizado que terminó con gran enojo de quienes no ganaron, y adujeron un fraude del que jamás pudieron ofrecer una prueba. Doce años de elecciones razonablemente democráticas.

En estos tiempos acelerados, a los 12 años ya se está en plena adolescencia: todo molesta, nadie nos entiende, el mundo está en contra nuestra. Algo así, según parece, ocurre con algunos ciudadanos, que con apenas 12 años de ejercer su voto en condiciones razonables han decidido hacer un berrinche, instalados en su adolescencia ciudadana. No me gustan las imágenes que hacen coincidir la vida social con la de un individuo, pero en este caso no parece haber mucha duda.

Llevamos 12 años de que terminó el régimen anterior, y no hemos podido establecer bases sólidas para uno nuevo. En esos 12 años no se han podido tomar decisiones de largo plazo, porque las reglas políticas no lo han permitido. En estos 12 años no hemos tenido mayoría en el Congreso. Esto no hubiese ocurrido si tuviéramos un régimen parlamentario, pero tampoco si nuestro régimen presidencial fuese bipartidista, como lo es en el único país en que este tipo de régimen funciona: Estados Unidos. Sin mayoría, del gobierno o de la oposición, no hay proyecto político que pueda implementarse, y simplemente va pasando el tiempo.

En esta docena de años, hemos tenido la suerte de que la economía no se derrumbara. Hoy enfrentamos una crisis global, que nos pega muy duro, pero que no ha sido resultado de nuestras propias decisiones. Es decir, hemos administrado estos 12 años razonablemente bien, pero no hemos tomado decisiones de fondo.

La Legislatura que inició en 1997 no podía hacer mucho: la lucha política hacia el 2000 y la novedad del pluralismo impedían decisiones profundas. Las dos legislaturas del sexenio de Vicente Fox tampoco pudieron decidir, pero por otras razones. El PRI estaba seguro de no haber perdido el primer lugar, estaban convencidos de que sólo le habían prestado a Fox la Presidencia, y que la recuperarían en 2006, como lo reconoció Beatriz Paredes en el más reciente aniversario de ese partido. No tenían incentivo alguno para negociar, pero tampoco tenían con quien hacerlo. Vicente Fox decidió muy rápidamente no mover demasiado las cosas, porque no se sentía con la fuerza política para tener éxito, y la poca que tenía la perdió en Atenco.

La primera Legislatura, en la historia de este país, que actuó de manera autónoma y tomó decisiones es la que está terminando su existencia. La única comparable es la primera de la República Restaurada, allá por 1867. Los actuales diputados y senadores, así como los ve usted, pudieron discutir sobre temas muy importantes del país y tomar decisiones. Malas decisiones en casi todos los casos, pero en comparación con más de un siglo de subordinación, es sin duda un avance.

Pero esto resulta insuficiente para las “buenas conciencias”, como las llamó Mauricio Merino el miércoles aquí mismo. Para quienes gozan de esa superioridad moral (como dijimos hace una semana), los políticos son los causantes de todos nuestros males, todos ellos son iguales y no hay más remedio que hacer berrinche. No se puede hacer más que lo que se hace con los adolescentes: allá ellos. La adolescencia se cura con el tiempo, aunque no sé si ocurra lo mismo con el símil al que nos referimos.

Sí hay un problema serio en la política mexicana, y es la incapacidad de construir nuevas reglas de operación. Varias de estas reglas están en la mente de algunos de los proponentes del voto nulo: candidaturas independientes, eliminación de plurinominales, reelección legislativa. Otras son un poco más técnicas, pero igualmente importantes: veto presidencial, legislación obligada, construcción de mayorías. Las reglas que hoy tenemos son producto de un régimen autoritario que fue cediendo espacios hasta que se derrumbó: no fueron hechas para la democracia, por eso no funcionan.

Pero eso no se arregla anulando la opinión, sino al contrario. Igual que la adolescencia no se supera anulando al mundo, sino aceptándolo como es. Hay dos caminos para avanzar: que un partido obtenga mayoría para poder impulsar un proyecto político o que quienes tienen energía renovadora la utilicen para promover una coalición que actúe como mayoría. Habrá quienes digan que esto es imposible, que los partidos no escuchan. Están equivocados: los partidos ya han propuesto iniciativas en la línea que mencionamos. Lo que no ha podido hacerse es construir mayorías alrededor de ellas, en buena medida porque ese ánimo anulador, que hoy de pronto surge, ha brillado por su ausencia durante estos 12 años. Menos berrinche, más presión.

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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
11 Junio 2009 03:03:59
Los problemas
América Latina tuvo un desempeño económico deplorable durante el siglo XX. De los países para los que tenemos datos del siglo entero (recuerde que la mayoría de las naciones de hoy no existían hace 100 años), somos los peores.

Para ser justos, los peores dos países en el siglo, según los datos de Angus Maddison, son Rumania y Sri Lanka (antes Ceilán), que crecen a una tasa promedio anual de 0.77% y 1.02%. Me refiero al PIB por habitante en todos los casos. No tenemos datos para países en África, pero el continente en su conjunto tiene una tasa de crecimiento promedio anual de 0.90% durante el siglo, en medio pues, de los dos países mencionados.

Después de eso, ya vamos nosotros. El peor caso es Argentina, como usted ya sabía, porque es legendaria la riqueza de ese país al inicio del siglo pasado, y muy conocidos sus problemas de los últimos años. Argentina creció 1.13% cada año durante el siglo XX. Apenas unas centésimas por encima, la India, que al inicio del siglo era colonia británica, poco antes de la mitad se separó, y después sufrió una escisión (de donde surgieron Pakistán y Bangladesh). Uruguay es el siguiente en la lista, con un crecimiento de 1.27% (siempre promedio anual del siglo).

El siguiente caso es lo que Maddison llama “ex Unión Soviética”, que para inicios del siglo XX era el Imperio Ruso, luego fue la URSS, y terminó el siglo convertido en más de una decena de naciones, promediando una centésima más que Uruguay durante el siglo. Nueva Zelanda crece 1.34% anual durante el siglo y Albania 1.40%.

Siguen Hungría y Bulgaria, con 1.45 y 1.48% respectivamente, Indonesia con 1.49%, y el Reino Unido con 1.51%. El Imperio Británico, el más poderoso del mundo al inicio del siglo XX, es hoy sólo economía importante, pero nada más. Y otro latinoamericano: Chile, con 1.56%, mismo ritmo que Polonia. Por encima de 1.6%, Checoslovaquia (que no existía al inicio del siglo, ni existe ahora), Yugoslavia (mismo caso), y luego Colombia y México empatados con 1.67%. Por encima de 1.7%, Australia, Bélgica, Perú (1.73%) y Suiza. Los dos grandes éxitos latinoamericanos en el siglo: Brasil, 2.12% promedio anual, y Venezuela, 2.36%. Este último, a pesar de que cierra el siglo con el mismo PIB por habitante que tenía en los años cincuenta.

Es decir, entre los países que menos crecen durante el siglo XX estamos los latinoamericanos, apenas por encima de África (a pesar de que ese continente estuvo totalmente colonizado la mitad del siglo), y abajito de los restos del Imperio Ruso y el Imperio Británico. Lo interesante es que nosotros ya llevábamos un siglo, años más años menos, independizados. Los demás, no.

Sin embargo, muchos estudiosos han siempre argumentado que América Latina ha fracasado debido a su carácter “colonial” frente a Estados Unidos. No creo que ésta sea una buena forma de interpretar lo ocurrido, porque los otros países con bajo desempeño eran colonia en verdad, no metafóricamente, o económicamente, o como lo interpreten estos estudiosos. Tal vez podría uno comparar lo que nos ha ocurrido con algunos de los países de Europa del Este (Rumania, Hungría, Bulgaria, Checoslovaquia y Yugoslavia, que mencionamos arriba). Esas naciones iniciaron el siglo dentro del Imperio Austro-Húngaro, fueron independientes después de la I Guerra Mundial, y satélites soviéticos después de la II. En cierta forma son, como les dicen muchos, “periferia” y por eso no habrían podido crecer. Pero algo parecido podríamos decir de Dinamarca, Noruega, Suecia y Finlandia, que eran países más bien pobres al inicio del siglo, nunca forman parte del “centro”, pero sin embargo tienen gran éxito durante el siglo XX. Más todavía, no creo que la relación entre América Latina y Estados Unidos pueda equipararse con la que tuvieron los países de Europa del Este y la Unión Soviética. Por mucho que odiemos a los estadounidenses, hablamos de dos cosas totalmente distintas.

Pero si no hay una explicación externa a nuestro mal desempeño, entonces lo único que queda es una explicación interna. Es decir, algo hicimos mal los latinoamericanos que nos impidió crecer. Peor aún, algo hicimos verdaderamente mal, porque a pesar de arrancar el siglo en mejor condición que África, que las Colonias Británicas, o que los estados subordinados a los Habsburgo, lo acabamos igual o peor que ellos.

Ahora bien, cualquiera diría que ésta es una discusión académica, o peor, bizantina, y que es algo pasado que no merece un espacio en este periódico. Yo creo que es al revés, que esta discusión deberíamos tenerla en los medios de comunicación, y no entre académicos, porque de ella depende que América Latina no tenga otro siglo perdido. Porque si la razón por la cual tuvimos un mal desempeño es interna, habría que averiguar si ya desapareció solita, porque si no es así, entonces urge desaparecerla.

Los primeros cincuenta años del siglo, América Latina creció más rápido que el promedio mundial, y más rápido que Europa Occidental. Prácticamente al ritmo de los países que Maddison llama “retoños occidentales”: Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Pero después de la II Guerra, en nuestros años milagrosos, aunque crecimos, ya no fuimos tan exitosos. Europa Occidental nos ganó por mucho (y estoy eliminando el efecto de la Guerra). De hecho, para 1980 América Latina había logrado lo mismo que cualquier otro. Pero para entonces habíamos acumulado una cantidad de problemas internos que estallaron en esa década para colocarnos, al final del siglo, en el deplorable lugar que hemos comentado.

Es decir que no sólo México se hunde después de 1980, es un problema de todo el continente. ¿Es coincidencia? ¿es resultado de los abusos del imperialismo yanqui? ¿o es más bien que los países latinoamericanos hicimos más o menos lo mismo obteniendo todos muy malos resultados? Si esta última es la opción correcta, ¿ya dejamos de hacerlo? Creo que ésta es la discusión más importante para América Latina, y específicamente para México. Por eso insisto en ella.

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09 Junio 2009 03:55:55
Las fechas
Mi amigo y colega Pepe Barrera comenta con respecto al artículo del jueves pasado, en donde planteamos algunas ideas acerca de las dos interpretaciones principales con respecto al desempeño económico de México en tiempos recientes


En primer lugar, sugiere que consideremos que la etapa previa a 1982 debe dividirse en dos, de 1953 a 1974, y de entonces a 1982, porque hay un cambio significativo en la política económica: el endeudamiento.

Su segunda observación tiene que ver con el cambio del modelo, que esta columna insiste en colocar en 1986. Barrera, que participó en el gobierno de aquel entonces, sostiene que había ya la intención de reducir el papel del Estado desde diciembre de 1982, es decir, con la llegada del nuevo gobierno.

Finalmente, Pepe hace notar un elemento clave en todo lo que ha ocurrido en México en las últimas décadas, la explosión demográfica, que en la década de los 80 será una carga adicional a los problemas financieros.

Decidí tomar como punto de partida para esta colaboración los comentarios de mi amigo porque me parecen de gran importancia. Primero, efectivamente la explosión demográfica debe incorporarse en el análisis, y lo haremos próximamente, cuando analicemos el crecimiento con más detalle. Por ahora, creo que debemos discutir las fechas que usamos de referencia para entender el comportamiento de la economía mexicana, porque precisamente de la definición de los cambios y las continuidades es de donde podemos construir una evaluación de las decisiones que se tomaron, y aprender de ellas.

No cabe duda que el gobierno de Miguel de la Madrid, que llega en diciembre de 1982, está marcado por la crisis, y específicamente por las decisiones de López Portillo en su sexto Informe de Gobierno: nacionalización bancaria, control de cambios, y macrodevaluación. La situación era verdaderamente grave, y su causa más evidente, en ese momento, eran las pésimas decisiones tomadas por los dos gobiernos previos, que habían contratado deuda externa para sostener proyectos faraónicos. No creo que pudiese haber alguna otra línea de decisión en ese momento que reducir el tamaño del Estado. Lo que no era nada fácil era determinar cómo hacerlo, y eso no pudo resolverse sino hasta 1986, cuando la nueva crisis, producto de la caída del precio del petróleo y los terremotos de 1985, obligaron a De la Madrid a finalmente decidirse entre los dos grandes bloques de su gobierno. Y decidió por Salinas, provocando la expulsión de Silva Herzog, y pocos meses después la aparición de la Corriente Democratizadora del PRI. Es decir, es en 1986 cuando las dudas en la dirección del país se disipan, queda claro que entramos en una etapa “neoliberal”, y la molestia que esto causa en parte del PRI alcanza para construir una nueva fuerza política, el PRD.

Aunque antes de 1986 hay algunas medidas que pueden calificarse de neoliberales, no son ni muchas ni muy importantes. El proceso de consolidación de paraestatales, por ejemplo, está más guiado por las obligaciones frente al FMI y la escasez de dólares que por cualquier decisión integral de política económica. Lo mismo ocurre con los intentos de apertura, que en 1985 son controlados por el Banco de México a través del grupo que fija aranceles y permisos de importación, pero su impacto en el comercio es, si acaso, muy reducido. Hay que esperar al ingreso al GATT, en 1986, y sobre todo al Pacto de Solidaridad Económica, en diciembre de 1987, para percibir un cambio en el comercio exterior.

Ahora bien, no sólo esta fecha merece discusión, sino también la que determina el cambio de aplicación al interior del modelo previo. El proceso de endeudamiento que nos llevó a la crisis de 1982 no inicia en 1974, sino en 1965. En ese año, el inicial del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, las cuentas del gobierno ya no cuadran como antes. México se ha sumado a la corriente mundial que promueve el Estado de bienestar, y empieza a crecer el gasto social. Para la memoria de Díaz Ordaz, él es el primer presidente de la Revolución en tener un gasto social relevante, algo mucho más importante, creo yo, que sus culpas en Tlatelolco.

Sin embargo, este incremento en el gasto no va acompañado de una mayor recaudación, y la deuda empieza a utilizarse como mecanismo de financiamiento del déficit. La deuda se duplica durante ese gobierno, y pasa de 10% a 12% del PIB. No se compara, claro, con el incremento durante Echeverría, que cierra su sexenio con 22% del PIB en deuda externa. Pero tampoco había, en los 60, la inflación mundial ni los fondos prestables a los que Echeverría tuvo acceso. Es decir, efectivamente el endeudamiento de México, a partir de 1974, es clave en el derrumbe posterior, pero, me parece, no representa una diferencia significativa con lo que se hacía antes.

El abandono del modelo previo ocurre en 1965, porque en ese año dejamos de tener un crecimiento de 6% en la producción agrícola, que sostenía 6% de crecimiento económico; las ciudades empezaron a llenarse de migrantes, y la explosión demográfica, en realidad, ocurre en ese momento, porque los servicios que el gobierno mexicano daba eran para las ciudades. Los mayores requerimientos de la población y la menor producción obligaban a cambiar el modelo de la Revolución, empezando por una reforma fiscal. De hecho, la reforma se trabajó en esos años, y se entregó al presidente electo, Luis Echeverría, quien decidió no aplicarla.

Los problemas que habían empezado en 1965, y que no se enfrentaron entonces, tampoco se enfrentaron en los 70. El incremento de la deuda, primero paulatino, se volvió un torrente cuando hubo disponibilidad de fondos en el extranjero. Sobraban dólares en el mundo, y nosotros los necesitábamos.

Este cambio en las fechas, por cierto, implica derrumbar algunos prestigios, y tal vez por ello no es tan fácil aceptarlos. Pero creo que los datos obligan a hacerlo. Le seguimos.

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