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Gabriel Guerra
Gabriel Guerra
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Es presidente y director general de Guerra Castellanos y Asociados, empresa líder en temas de comunicación estratégica. Tiene una amplia experiencia en asuntos internacionales, habiendo vivido y estudiado en Israel y la antigua República Democrática Alemana, donde sus padres fueron representantes de México. Habla español, inglés y alemán, y tiene conocimientos básicos de francés y ruso. En el sector público fue agregado cultural en la embajada de México en la antigua Unión Soviética; agregado de prensa en la embajada de México en Alemania Federal y cónsul general de México en Toronto. Fue también director de información internacional de la Presidencia de la República. Escribir a: [email protected] | www.gabrielguerracastellanos.com

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02 Enero 2012 04:19:39
Despropósitos de año nuevo
Yo estaba de lo más tranquilo ante la llegada del 2012, queridos lectores, confiado en que las mentes más brillantes habían dado al traste con la teoría/profecía del fin del mundo según los mayas (o según los que dicen que le entienden a lo que los mayas quisieron decir hace siglos). Pero de repente, conforme el reloj avanzaba, caí en cuenta de que más allá de su capacidad para predecir el futuro o el fin del mundo —algo cuestionable dado que no predijeron su propio fin— los mayas contaban con información privilegiada.

Imaginemos por un momento que un oráculo maya en lo que hoy es Yucatán o Campeche o Quintana Roo haya tenido acceso, por un instante, a la edición de algún periódico de finales del 2011, o al de hoy en que ustedes leen esto, dos de enero del 2012. Una vez superada su sorpresa ante los avances y retrocesos que la tecnología ha ocasionado al mundo del siglo XXI, el sacerdote maya repararía en que este es un año de renovaciones políticas, en el que decenas de países cambiarán a sus gobiernos mediante un mecanismo confuso y contradictorio llamado “elecciones”. Uno de esos países es el que ocupa el territorio en que nuestro oráculo se encuentra en ese momento, otros dos son de los más grandes del mundo: lo que hoy conocemos como Rusia y los Estados Unidos, entre muchos otros que harán lo propio.

En Rusia vería una farsa en la que presidente y el primer ministro se turnan el cargo, que no el poder, que ése está siempre en las mismas manos; mientras el que era el segundo país más poderoso del mundo se entrampa en el autoritarismo y la corrupción, y da paulatinamente marcha atrás a las reformas que lo llevaron hace tiempo de la dictadura a la democracia. Su arsenal nuclear y sus riquezas próximamente de nuevo en manos de gobiernos que sólo respondan a sus propios intereses y no a los de la sociedad que dicen representar.

En EU, el oráculo maya se iría de espaldas al ver el estado actual de la contienda. Una vez superada la sorpresa de encontrarse con que el país de los esclavos ahora tiene a un presidente negro (los mayas no sabían decir afroamericano) que lo rescató de la quiebra y el colapso económico y lo sacó de una guerra imposible de ganar, vería que Barack Obama se encuentra ahora como recompensa con el rechazo de la mayoría de la población.

Ya digerido eso, nuestro viajero echaría un vistazo a los contendientes opositores: a la cabeza un empresario mormón, Mitt Romney, que fue un gobernador relativamente moderado y ahora se quiere presentar como un conservador hecho y derecho. Pisándole los talones una larga fila de personajes de colección: Newt Gingrich, el hombre que quiso correr a un presidente por sus infidelidades mientras él mismo sostenía un amorío, ahora ya en su tercer matrimonio y con un historial amoroso no apto para menores, parece el más solido y experimentado de los que van a la zaga de Romney, pero su vida personal y su trayectoria en Washington le pesan.

Ron Paul, un “libertario” que cree en los complots de dominación mundial de los banqueros y los judíos, propone suprimir al banco central, es decir la Reserva Federal, y acepta el apoyo de grupos e individuos de la derecha más radical, incluyendo a algunos que proponen ejecutar a homosexuales y a racistas, antisemitas y/o separatistas estadounidenses. Rick Perry, gobernador de uno de los estados más grandes y relevantes, que tiene lapsus que pondrían a sudar a cualquiera, y que en los momentos en que su memoria funciona habla de militarizar la frontera con su vecino, y muestra su devoción religiosa promoviendo la intolerancia: sugiere expulsar a los indocumentados mexicanos, cerrar las clínicas que ofrecen legalmente opciones de planeación familiar y reinstaurar practicas discriminatorias de homosexuales en las fuerzas armadas.

Asustado, el viajero maya se habría dirigido al sur, al país que “alberga” hoy en día a sus descendientes, tan sólo para horrorizarse ante el espectáculo de una precampaña electoral en la que uno de los candidatos apela a la desmemoria colectiva, otro la practica y otros tres se pelean el sello de aprobación de su partido a fuerza de patearse por debajo de la mesa sin ofrecer mucho más que lugares comunes.

El emisario maya seguramente regresó a su tiempo y le dijo a los suyos: “vi el arranque del 2012, y a ese paso y con esos personajes, seguro no terminan el año”.

Así se escriben las leyendas.
 
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Internacionalista

19 Septiembre 2011 03:08:45
Israel en el laberinto
Como pocas veces desde su fundación, Israel está hoy en una encrucijada: alejado del gobierno de su principal aliado, enfrentando la frustración e impaciencia de sus propias clases medias exasperadas ante la crisis económica, perdiendo amigos a pasos acelerados en la región y con una relación prácticamente rota con los palestinos moderados.

Son ya muchos años de que las políticas del gobierno israelí han estado encaminadas precisamente al rincón en el que han encerrado a su país. La tozudez, la obstinación y la falta de previsión dejan hoy a la más antigua y sólida democracia de la región en la poco envidiable condición de principal damnificada de la “primavera” del mundo árabe.

Esta semana el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas, solicitará a la ONU su incorporación como Estado miembro de pleno derecho, con todos los derechos y obligaciones que eso conllevaría, y con todos los severos inconvenientes que esta medida generará a Israel en primera instancia, y a Estados Unidos de rebote.

La iniciativa de Abbas representa una habilidosa jugada diplomática de un hombre debilitado dada la fuerte oposición interna que enfrenta por parte de los radicales y frecuentemente violentos seguidores de Hamas y sus nulos avances en sus intentos por avanzar por la vía de las negociaciones con Israel. Limitado a administrar (que ni siquiera a gobernar) sólo a una parte —Cisjordania— de los territorios palestinos, y con su legitimidad severamente cuestionada por los residentes de Gaza, Abbas se anota un punto, aunque sea simbólico. Y es que su planteamiento pasa por el Consejo de Seguridad de la ONU, donde EU ha anunciado ya que lo vetará, con todo el costo para su imagen e influencia en el mundo árabe, y aun suponiendo que fuera aprobado, no tendría efectos inmediatos.

Donde sí tendrá impacto es en las negociaciones empantanadas. Por razones imputables a ambas partes, las negociaciones para lograr un acuerdo para un Estado palestino y para satisfacer las exigencias de seguridad de Israel están paralizadas desde hace un año, y la relación del gobierno de Netanyahu con sus vecinos se ha deteriorado a pasos acelerados: no cuenta con embajadores en tres naciones claves: Turquía, Jordania y Egipto.

El caso de Turquía es ilustrativo: tras la publicación del reporte de la ONU acerca del incidente en el que comandos israelíes mataron a varios activistas de un navío turco que buscaba romper el bloqueo naval sobre la Franja de Gaza, el gobierno turco exigió una disculpa a la que se negó Netanyahu. Turquía decidió rebajar al mínimo el nivel de su relación diplomática con Israel, anotándose puntos en el mundo musulmán y sin duda en casa. Una pérdida importante para Israel, que contaba a Turquía entre sus pocos amigos en la región.

Más preocupante para Israel es lo que sucede en Egipto, pues tras el colapso del régimen de Mubarak la solidez de sus tratados de paz y la cooperación en seguridad fronteriza están en duda, bajo fuerte presión de grupos islámicos y/o antiisraelíes que tienen cada vez mayor peso en la incierta y cambiante circunstancia política del país. Si a eso sumamos el incidente en que cinco policías egipcios fueron muertos accidentalmente por fuego israelí y el asalto a la sede de la embajada de Israel en El Cairo, víctima de actos vandálicos y de la ineficiencia de la policía local, vemos los riesgos.

Con el mundo árabe mucho más preocupado y ocupado en contener el resurgimiento islámico y la creciente irritación de quienes sienten que el avance democrático ha sido insuficiente, Israel es un cómodo chivo expiatorio, el villano favorito al que todos pueden recurrir cuando se trata de contener y aplacar (o distraer) a los inconformes locales.

Pero el gobierno de Netanyahu parece empeñado en ser el villano favorito. Su tratamiento de los territorios palestinos ocupados se ha recrudecido, con un aumento de presencia militar y creciente apoyo a los colonos judíos que se han ido asentando en los territorios ocupados, en una anexión de facto. La construcción de cercas y murallas aumenta el enojo palestino, se acendra la línea dura de colonos y se aleja cualquier perspectiva de arreglo.

Durante años Israel ha apostado al mantenimiento del statu quo, y contó para ello con el apoyo irrestricto de Washington y con la aceptación tácita de sus vecinos. Hoy que Egipto está en plena transición y los regímenes en Jordania y Siria enfrentan oposición interna, la alianza formal o informal con Israel pierde valor y más bien se vuelve un lastre. Por su parte, si EU quiere mantener un mínimo de credibilidad e influencia en la región, tendrá que ser un poco menos obvio en su actitud ante el conflicto y el reto que hoy le ha planteado Abbas.

A Israel le quedan dos caminos: el que lo ha conducido a la situación en que se encuentra es la obstinación, seguir intentando todo lo que no ha funcionado, ahora ante un entorno menos propicio. Y el otro: de abrirse un poco, de poner la pelota del otro lado de la cancha, obligar a los palestinos y de paso a sus vecinos árabes a que demuestren si son o no de verdad sus palabras.

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20 Junio 2011 03:40:16
Indignados allá y acá
A casi un mes de que las elecciones municipales y autonómicas en España se vieran opacadas por el surgimiento del así llamado 15-M, un movimiento de inconformidad con los partidos y con el estado actual de la política y la cosa pública, los “indignados” salieron de nuevo a la calle y abarrotaron plazas para darle seguimiento y continuidad a sus reclamos.

El detonador inmediato de las movilizaciones es tal vez la crisis que azota a Grecia y tiene con el alma de un hilo a españoles, portugueses e irlandeses, pero la toma de posición de miles y miles de individuos de todas condiciones y edades tiene mucho más que ver con el cansancio y el resentimiento acumulados hacia un sistema que ya no les responde, no les representa, no los considera.

Las consignas callejeras, las pancartas hechizas expresan muy bien el sentir de los “indignados”. Aquí, en una muy pequeña selección, algunos ejemplos: “Es una estafa, no es una crisis”. “Respeto”. “Caminemos juntos contra la crisis y el capital”. “Parados, moveos”. “Pienso, luego estorbo”. “Así, no”. “Dormíamos y despertamos”. “Que no, que no, que no nos representan”.

Algo tiene esta movilización que ha capturado el interés y la imaginación de muchos, y es que no se limita a las marchas de protesta, sino que ha adquirido muy rápida y espontáneamente un componente de organización social admirable. Los acampados en Madrid crearon Comités de Alimentación, de Limpieza, de Comunicación, de Respeto. La prohibición al proselitismo a favor de partidos políticos específicos funcionó, aun cuando el movimiento nació justo una semana antes de las elecciones. Y finalmente, la disciplina se extiende también a la renuncia a las figuras o los voceros públicos. No hay aquí rostros, han dicho los “indignados”, hay ideas…

¿Y la violencia? La ha habido verbal, pero ha estado prácticamente ausente de las manifestaciones, con algunas lamentables excepciones, de ambas partes (fuerzas del orden e “indignados”) en Barcelona. El movimiento se ha sabido hasta ahora desmarcar de los provocadores, pero se sabe amenazado por ellos, y también por el riesgo de que la frustración acumulada y que aun no encuentra respuesta se pudiera desbordar.

Los partidos, los políticos, los empresarios, los banqueros, no saben bien a bien qué hacer con ellos. No es fácil cooptar a un movimiento sin dirigencias visibles y con demandas por un lado dispersas y diversas y por el otro totalmente antagónicas a cualquier interés del establishment. La España moderna nunca había vivido algo así, tan alejado de las convenciones de las democracias maduras y establecidas, tan cercano a las desordenadas revoluciones del Magreb, del norte de África, del mundo de la espontaneidad y el desorden…

No está siquiera mínimamente claro cuál será el rumbo que tomen los “indignados”, el impacto real y duradero en la vida pública española, pero ya de entrada han marcado un antes y un después en la manera de expresar, organizada y civilizadamente, su inconformidad, su malestar, su insatisfacción.

¿Tendremos, de este lado del Atlántico, algo que aprenderles? Las circunstancias son totalmente distintas, dirán algunos. No tenemos crisis económica como la de allá, aunque no tienen ellos una guerra como la de acá; no estamos tan “maduros” como ellos, pero tenemos más motivos para protestar… Todo, como siempre, según el color del cristal por el que se mira.

Yo lo que veo de este lado es un sistema de partidos mucho más esclerótico, mucho menos representativo, un diálogo político ya no digamos de sordos, sino de individuos y organizaciones a los que no les interesa ni siquiera la apariencia del diálogo o del debate, a las que no les preocupa la polarización de la sociedad, que sólo ven por sus intereses de corto plazo y por el rédito político-electoral-propagandístico de sus acciones y declaraciones.

Mientras nos sumimos en una competencia de porquerías retóricas relacionadas con la justicia, el Estado de derecho o el combate al narcotráfico, perdemos de vista los grandes asuntos que nos agobian como país. La pobreza, el lastimero estado de la educación, el desempleo, la brecha ya no sólo entre ricos y pobres, sino entre quienes tienen acceso a las nuevas tecnologías para el trabajo y el aprendizaje y los que no, y por lo tanto quedarán cada vez más rezagados.

Pero por eso nadie se indigna en nuestro país. Los reflectores no están ahí.

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24 Enero 2011 04:27:36
¿Dónde está la izquierda?
Imaginemos, queridos lectores, un país en el que más de la mitad de la población vive en la pobreza, en que una cuarta parte o más sobrevive en la miseria, donde la procuración de justicia es ineficiente y parece reservada para los pudientes, la educación pública es tan mala que quien puede paga la privada, y el sistema de salud no alcanza, pese a sus mejores intenciones, a cubrir adecuadamente a quienes más lo necesitan.

Imaginémonos, aunque nos parezca lejano e imposible, un país en el que tanto las políticas sociales como la educación y las elecciones reciben presupuestos multimillonarios, no obstante lo cual, la pobreza aumenta tanto cuantitativa como cualitativamente, en el que no hay parámetro serio en el que los niveles educativos mejoren, y las elecciones siguen siendo materia de disputa política y frecuentemente jurídica, y ni siquiera la carísima credencial para votar es totalmente confiable.

Pensemos después, como parte de este ejercicio hipotético y fantasioso, que esa misma nación concentra a muchas de las grandes fortunas individuales y empresariales del mundo, incluida la principal, y que los precios de los bienes y servicios responden lo mismo a intereses y acuerdos empresariales que a la ley de la oferta y la demanda; que un enorme sector de la población no es siquiera sujeta de crédito y que las pequeñas y medianas empresas parecen ser enemigas a combatir más que factores de crecimiento y desarrollo. Ah, y un lugar en el que los pocos que pagan impuestos son contribuyentes cautivos que no ven una correlación entre lo que pagan y lo que reciben a cambio; en el que los servicios públicos son deficientes, insuficientes y con frecuencia, pretexto para la corrupción o la extorsión por parte de quienes deberían proveerlos.

No es que la riqueza por sí misma sea mala, ni que la desigualdad se pueda combatir por decreto, pero en este país imaginario, la gente sabe que es más fácil avanzar transando que trabajando; que una plaza sindical o burocrática vale más que un título universitario, y que obedecer las leyes y las normas es, en lugar de meritorio, motivo de burla y escarnio para quienes han hecho carrera y fortuna al margen de las reglas. Y que la movilidad social es un mito: las brechas sociales se agrandan conforme lo hacen las tecnologías modernas; si antes la escuela pública representaba un reto, ahora, con el avance de la informática, se convierte en un verdadero pantano del cual es difícil, si no es que imposible, emerger.

En esta nación de juguete, que por supuesto sólo existe en nuestra imaginación, la gente emigra masivamente. Hasta una cuarta parte de su población está fuera de sus fronteras, y no es que sean ni flojos ni mucho menos ignorantes o ineficientes. En cuanto cruzan sus fronteras (hacia afuera, claro), generan rápidamente riquezas y valor agregado, y se convierten en una de las principales fuentes de divisas y en uno de los pocos factores de amortiguamiento social, de paliativo a la pobreza y la falta de oportunidades en sus comunidades de origen. Y a pesar de los maltratos, persecuciones y discriminación de que son objeto, se sienten más seguros y mejor recompensados fuera que dentro de su país, ese país del que sólo estamos elucubrando, lejana como sería una realidad así a la nuestra.

En un lugar como el de marras, lo lógico sería que la izquierda —por llamar de alguna manera a quienes más se preocupan por las desigualdades y disparidades socioeconómicas— tuviera una presencia significativa, fuera la conciencia nacional, si no es que una alternativa creíble para gobernar, para corregir o revertir muchas de las aberraciones arriba descritas, para procurar una nación más justa o por lo menos un poco menos dispareja, más cercana a los intereses de las mayorías.

Y no es un asunto ni de moral ni de justicia, sino de simple y llano sentido común: un país que permite y tolera que se excluya de la vida económica a la mitad o más de su población; que acepta que su población descienda en la escalera educativa y se vuelva menos competitiva, se condena a sí mismo a la irrelevancia, a ser un segundón, a no aprovechar sus múltiples oportunidades.

Pero cada quien tiene lo que se merece, y este país ficticio tiene una izquierda igualmente ficticia, más preocupada por liderazgos mesiánicos y rencillas personales que por las causas que deberían ser las suyas.

Pobre país, que ni a conciencia social llega. Menos mal que no es el nuestro…

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Internacionalista


17 Enero 2011 04:48:32
Locos peligrosos
Los medios de comunicación estadounidenses están consumidos por las secuelas del atentado contra la congresista Gabrielle Giffords, en el que perdieron la vida seis personas y quedaron heridas más de una docena. Entre intentos vanos por comprender los posibles motivos del atacante, e interpretar adecuadamente sus múltiples síntomas de inestabilidad mental hasta un análisis sobre el tono del discurso político y la polarización en EU, no hay lectura que no se haya intentado desde, prácticamente, todos los frentes.

Desde el aspecto médico, existen numerosos indicios de que Jared Loughner, un muchacho solitario que había tenido numerosos roces con las autoridades, representaba un peligro para sí mismo y para la sociedad. No obstante las múltiples señales de alerta, nadie hizo nada para darle atención especializada, ni tampoco para evitar que estuviera en una posición para adquirir un arma de fuego tan letal como la que le sirvió para su asesinato masivo. Un personaje que había sido expulsado de su colegio por su conducta errática, que hacía que los empleados bancarios se pusieran en alerta cada vez que pisaba el banco y que tenía antecedentes de delincuencia juvenil, pudo, sin problema alguno, comprar una pistola Glock con un cargador de 31 balas (!) que más parece una metralleta, y que, dicho sea de paso, ha recibido publicidad gratuita a raíz de este trágico acontecimiento.

Desde hace tiempo, sabemos que el sistema de salud pública en EU parece más necesitado de atención que sus pacientes, y esto aplica particularmente a las enfermedades mentales, cuyo cuidado ha disminuido de manera preocupante desde los recortes presupuestales de Ronald Reagan, que nunca han sido corregidos ni a nivel federal ni local, y que han dejado en el desamparo a miles y miles de personas con todo tipo de padecimientos, sin que además exista una mínima coordinación ni con las instancias de procuración de justicia, ni mucho menos con el laxo y perversamente libertario sistema de venta de armas, industria que parecería tener en el bolsillo a políticos y legisladores de todos los partidos y tendencias. De qué tamaño será el monstruo armamentista que ni siquiera la liberal Giffords, del ala izquierda moderada de los demócratas, se oponía a la legislación de su estado, donde se puede incluso entrar a un bar armado, siempre y cuando uno no consuma alcohol.

La National Rifle Association es probablemente uno de los grupos de interés más influyentes y eficaces a la hora de avanzar sus causas y oponerse a cualquier intento de control legislativo. A través de una campaña permanente de cabildeo y recaudación de fondos, la NRA puede convertirse en factor decisivo en muchas campañas electorales locales y federales, y es raro el político que se opone frontalmente a su agenda. Si bien tiene mayor peso y encuentra más simpatía y empatía entre los republicanos, muchos demócratas “moderados” no se animan a hacer suya la bandera del control de la venta y portación de armas, o de la restricción aunque sea de las llamadas “armas de asalto” (es decir, metralletas, subametralladoras y similares), cuya limitación expiró en 2004 y no fue renovada por el Congreso.

El atentado de Tucson ha provocado no sólo duelo y dolor en EU, sino también introspección y un saludable debate acerca de los límites que debe tener la retórica agresiva y venenosa. Una de las mayores usufructuarias de ese estilo, Sarah Palin, no se hizo ningún favor cuando poco después de la matanza subió un video a YouTube denunciando a sus críticos más que al ataque en sí, y hablando con una ignorancia e insensibilidad que no sorprenden pero sí ofenden. Sin embargo, muchas de las muestras de contrición de los políticos se han centrado en el uso de la palabra y no en el uso y abuso de las armas.

Es malsana la retórica agresiva, sin duda, y poco bien le hace a una sociedad un estilo tan divisivo como el que presenciamos hoy en día en EU, o para ese caso, en México. Pero prácticamente nadie se ha puesto a reflexionar en serio, ya no digamos a actuar, con respecto al asunto central: en una nación en la que cualquiera puede hacerse de un arma de fuego y donde resulta más fácil conseguir una pistola semiautomática que un empleo, no son las palabras las que matan: son las armas y las balas que se venden en los hipermercados.

Eso, más que cualquier otra cosa, es lo que está de locos.

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Internacionalista

10 Enero 2011 04:06:20
Violencia y política
Tan antiguas como la historia de la humanidad, la violencia y la cosa pública han ido de la mano, acompañándose simbióticamente, como lapas recíprocas que no pueden separarse porque se requieren mutuamente.

Si le hiciéramos caso a José Saramago en su novela “Caín”, podríamos decir que el vínculo inicia desde los tiempos de Abel y su hermano, cuando este último recurre a la violencia fratricida por no obtener el favor divino en una primera versión (novelada y ciertamente heterodoxa) del uso de la fuerza para hacerse de poder o posición de ventaja.

Muchos siglos después, el teórico militar alemán Carl von Clausewitz afirmó que la guerra no es sino la continuación de la política por otros medios, frase que ha acompañado a soldados y generales en batalla, y a políticos en sus campañas electorales.

El uso y el abuso de la fuerza militar con fines electorales están bien documentados, y si bien con frecuencia pueden tener resultados desastrosos para quien lo propicia (como en los casos de Nixon y Carter), también puede dar una patente de corso a un mandatario que tal vez de otra manera no tendría mayor futuro, como en el más reciente caso de George W. Bush. Pero el éxito militar puede o no dar larga vida a un gobernante, como en el caso de Winston Churchill, quien ganó la guerra tan sólo para perder las siguientes elecciones y se reivindicó unos años después volviendo al poder.

Esta malsana unión se da también en la violencia física o legal que gobiernos o partidos utilizan para llegar al poder o conservarlo. Desde la violencia de Estado hasta la segregación racial, étnica, social o religiosa practicada por regímenes de lo más diversos, el uso de la fuerza no legítima, constituye con frecuencia la piedra angular de países enteros.

La demagogia y el populismo son herramientas frecuentes en los estuches de monerías de los políticos profesionales, y resulta muy fácil cruzar la línea invisible que separa la verborrea de la incitación a la violencia. La intolerancia, característica de la naturaleza humana, se ve acrecentada cuando el discurso promueve las divisiones y ensalza las diferencias, cuando se busca más denigrar al contrincante que afirmar lo positivo propio.

Encontramos esta deplorable tendencia en todo el espectro ideológico. No es una cuestión de derechas o izquierdas, sino de sentido de responsabilidad y de madurez cívica y pública. Un candidato, un partido, que promueven o toleran el discurso del odio y de la división son corresponsables de los actos que de ello resulten.

Lo vimos en México, durante el proceso electoral del 2006, cuando la retórica incendiaria de varias de las campañas contribuyó a un clima de crispación que venturosamente no se desbordó, pero que tuvo al país entero con el alma de un hilo. Las divisiones, profundas, tocaron no sólo a grupos sociales, sino a amigos y familiares cercanos, que no vieron en sus diferentes posturas, punto alguno de acercamiento, de interés común. Hay quien hoy se lamenta por los bloqueos y manifestaciones que siguieron a la disputada elección, ignorando tal vez deliberadamente que la violencia se quedó, por fortuna para todos, sólo en le retórica y no en los hechos.

No todos son tan afortunados. En Paquistán, un gobernador que se oponía a la aplicación estricta de la ley islámica fue acribillado por su propio guardaespaldas, y el asesino fue recibido entre vítores y pétalos de rosa por la multitud en una horrorosa muestra de lo que puede ser el fanatismo religioso desbordado.

Del otro lado del mundo, a unos kilómetros de nuestro propio país, una congresista estadounidense fue víctima de un atentado y sobrevivió milagrosamente. El atacante, que había dado muestras de inestabilidad mental, pudo sin problema alguno hacerse de un arma, y muy probablemente se alimentó del discurso incendiario de grupos radicales de derecha que han hecho su agosto en EEUU a raíz de la llegada al poder de Barack Obama, a quien acusan lo mismo de ser extranjero que musulmán que un agente comunista encubierto. La congresista es una mujer joven, progresista, firme opositora a las leyes racistas y discriminatorias de Arizona. Estaba, y aquí es donde todos debemos reparar, en una lista de “blancos electorales” difundida por la mismísima Sarah Palin, literalmente ilustrada con gráficos que insinuaban la mirilla de un rifle… El discurso del odio puede tener ecos lamentables.

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27 Diciembre 2010 04:47:15
Migrantes en peligro
Las tragedias recientes que involucran a migrantes centro y sudamericanos en México han puesto en evidencia no solamente la absoluta incapacidad operativa y falta de sensibilidad humana y política de nuestras instancias migratorias, sino algo mucho más grave: el desdén con que tratamos un asunto que nos debería tocar todas las fibras jurídicas, diplomáticas y, sobre todo, humanas.

México ha sido siempre un país de migraciones, en el que los recién llegados dieron forma a lo que hoy llamamos nuestra patria. Desde los aztecas, que de ser cierta la leyenda atravesaron el estrecho de Bering y luego cruzaron lo que hoy es América del Norte —en una travesía inversa a la que hoy realizan sus descendientes, ironía de ironías—, y los españoles, que a la buena o a la mala iniciaron el mestizaje, hasta los europeos del siglo XX que tanto enriquecieron cultura, educación y sociedad mexicanas, casi no hay rincón del mundo desde el cual no hayan llegado individuos a integrarse al complejo telar de la mexicanidad.

Esclavos africanos importados por los europeos primero, deportistas y académicos después; chinos que llegaron unos directamente y otros escapando la esclavitud simulada que soportaban en EU y Canadá; japoneses, indios y malayos, la contribución de Asia va mucho más allá de los cafés de la calle de Dolores o los cuentos sobre la Nao de China, están ahí, en el liceo japonés, en nuestro gusto por su comida, en los rasgos de muchos de nosotros.

Cuando pensamos en la migración europea nos viene a la mente la española, por supuesto, pero las colonias francesa y alemana, con sus respetadas escuelas; la británica, que aunque menor en número nos ha dejado aprendizajes que ya quisiéramos propios, y la de los refugiados europeos que, unos huyendo de la penuria económica, otros de la persecución del fascismo y del nazismo, tanto le han dado a México en su humildad, su esfuerzo, su perseverancia y su amor por este país.

No hay recuento de nuestras inmigraciones que pueda estar completo sin la de los muchos latinoamericanos que hoy ayudan a definirnos: los que llegaron en el sueño bolivariano originario y los muchos que se acogieron a las alguna vez generosas tradiciones de asilo político y humanitario mexicanas, sin olvidar a los que después hallaron aquí refugio contra tormentas de la economía moderna y de paso oxigenaron nuestras ideas y actitudes.

Miles y miles de centroamericanos se encontraron no solo con sus hermanos de sangre en Chiapas, sino también con una política de refugio que aunque imperfecta permitió la sobrevivencia y repatriación de miles y miles que de otra manera tal vez habrían tenido destinos más tristes. Sin olvidar en este recuento a los norteamericanos que por distintas razones viven hoy en México y que transmiten tal vez mejor que nadie a sus lugares de origen lo que en realidad acontece.

México siempre ha recibido a migrantes. Unos temporales, otros permanentes, otros sólo de paso. Algunos llegaron pensando que esta sería una escala temporal mientras podían volver a casa, para descubrir después que aquí, en México, estaba su verdadero hogar. Muchos vieron aquí un espacio en el que era posible pensar, creer y vivir en relativa libertad, no obstante los mitos y las leyendas sobre la “dictadura perfecta”, que tal vez no lo era tanto que para ellos era preferible a la verdadera, y harto imperfecta, represión de sus lugares de origen.

Yo he tenido la suerte de encontrarme en la vida con muchos de ellos, les he aprendido y me he visto en su espejo: son admirables ciudadanos de nuestro país, independientemente de su situación migratoria o el pasaporte que utilicen, y creo que son mucho más mexicanos que quienes nacimos aquí: ellos escogieron, decidieron, ser mexicanos. Los aquí nacidos lo somos por accidente.

Hechos como estamos por las migraciones y las mezclas, siendo además exportadores masivos de migrantes, pocas cosas deberían importarnos más que el bienestar y la seguridad de los modernos peregrinos. Es una vergüenza lo que tienen que padecer nuestros paisanos que sin papeles sobreviven en las sombras estadounidenses. Es mucho y con razón lo que eso nos indigna, pero son pocas las voces que se levantan para protestar y reclamar los abusos y vejaciones de los que tienen la mala fortuna de atravesar nuestro territorio.

Nación que olvida de dónde viene jamás sabrá hacia dónde va.
08 Noviembre 2010 04:35:24
Periodismo de guerra
No es asunto fácil el tratar de definir el papel que le toca desempeñar a los medios de comunicación en tiempos de conflicto armado, menos aun el que le corresponde a los periodistas en lo individual, cuando unos y otros se adentran, voluntariamente o no, en los pantanos de las guerras.

Hay, por supuesto, de guerras a guerras. No es lo mismo lo que hicieron y dejaron de hacer muchos medios estadounidenses o algunos que se llaman internacionales durante la invasión y ocupación de Irak, cuando acompañaban literalmente a las tropas de su país, “empotrados” (embedded, es el eufemismo traducido al inglés) con los batallones de sus compatriotas, reportando un sólo lado de lo que acontecía, a lo que hacían otros periodistas con mayor libertad e independencia, obligados o deseosos de dar una perspectiva un tanto más amplia de la compleja e incómoda realidad.

Nada que ver tampoco con los peligros que enfrentan diariamente numerosos periodistas independientes, muchos de ellos iraquíes, tratando de investigar y divulgar lo que cotidianamente sucede en ese conflicto que tantos han querido declarar concluido y que se resiste a terminar, comparados con la ciertamente frustrante, pero mucho más confortable y segura vida profesional de los “corresponsales de guerra” que literalmente no salen de las zonas de seguridad en Bagdad.

Hay diferencias —clases sociales, dirían algunos— que separan y dividen el trabajo informativo en situaciones de guerra, no sólo en lo que sus medios les permiten o no hacer, sino también en el grado de involucramiento personal de los periodistas, trátese de Irak o Afganistán o de las luchas que se libran diariamente en África, o de tragedias humanitarias que van de la mano con algún conflicto armado, a veces acrecentadas por él, otras más, parte de la macabra estrategia de uno o más de los participantes, que han aprendido —por primitivos o bárbaros que sean— a utilizar a su favor a los medios de comunicación formales e informales.

Asistí a un debate acerca de la libertad de prensa la semana pasada en el Foro de Biarritz, en que europeos y latinoamericanos (y muchos mexicanos) discutieron acerca de ese y otros temas. Lo primero que me llamó la atención es la manera tan distinta en que cada quien encara el problema, y cómo mientras más lejos los balazos y las amenazas directas, mayor la hipérbole. Escuché un relato estrujante pero sobrio de alguien que está literalmente en las trincheras, mientras que alguien más nos platicaba de “un país que vive la peor violencia de su historia”, en el que ostensiblemente nadie se encuentra seguro y que debe todos sus pesares a la “guerra del gobierno” contra el crimen organizado. ¿Visiones válidas las dos? Válidas sin duda, pero no por ello igualmente centradas u objetivas.

Otras voces nos recuerdan cómo fue la situación de los medios en Colombia, donde literalmente ninguna casa editorial estaba a salvo en los peores tiempos de su guerra intestina; otros, desde la perspectiva europea, se preocupan más por el futuro de los medios en un entorno en el que la letra impresa está amenazada, no por las balas de los criminales ni por el Estado, sino por los nuevos medios de comunicación, los electrónicos, los digitales, los gratuitos. Y de repente alguna voz centroamericana o del Caribe reseña lo que son las represiones y las limitantes que los gobiernos pueden imponer al periodismo libre.

Yo me quedo con deseos de escuchar algo que está en la mente de muchos de nosotros, pero que no encuentra aún el eco necesario, a pesar del llamado que a ello hizo algunos meses atrás Federico Reyes Heroles y que es una sacudida a nuestras conciencias: cuáles son las obligaciones de los medios mexicanos, no ante una guerra ni mucho menos una guerra civil (que esto que vivimos no lo es), sino enfrentados como estamos al terrorismo en su más pura, simple y brutal expresión.

Los medios, la sociedad, los partidos, los así llamados líderes de opinión y todos los ciudadanos que queremos vivir, no sólo en paz, sino en un país de leyes en que pueda más el derecho que la violencia, estamos obligados a reflexionar acerca de cuál es el enemigo común, quiénes los malos en esta película de horror en que parece que estamos viviendo, y cómo evitar, todos, que los verdaderos enemigos de la sociedad y del Estado ganen, no sólo las calles y las plazas, sino la guerra por las conciencias y las ideas de los mexicanos.

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Internacionalista
25 Octubre 2010 03:50:23
Los archivos de Irak
Cuando en 1971 el analista Daniel Ellsberg “filtró” a los medios un extenso y detallado estudio acerca de la estrategia y el proceso de toma decisiones del gobierno estadounidense en la Guerra de Vietnam, el mundo se sorprendió no sólo por su osadía, sino por las revelaciones de tal dimensión y alcance que apresuraron, sin lugar a dudas, el eventual retiro de EU de esa malhadada parte del mundo.

Ellsberg, un ex funcionario de alto nivel del Pentágono, tenía un profundo conocimiento del involucramiento del gobierno de su país y del rumbo equivocado que llevaba en esa guerra que tanta muerte y destrucción ocasionó en el Sureste asiático y tanto daño a la imagen de EU en el mundo, por no hablar siquiera de las profundas heridas y divisiones que provocó a la sociedad estadounidense. Denunciado y llevado a juicio por el gobierno, Ellsberg se salvó de ir a prisión pese a ser considerado “el hombre más peligroso de EU”.

Los “Documentos del Pentágono”, como fueron llamados, marcaron un antes y un después en la Guerra de Vietnam y la perspectiva estadounidense, pero tuvieron un impacto mucho mayor y de gran trascendencia, pues cambiaron para siempre la visión acerca del deber ciudadano y periodístico en EU. A partir de ese momento fue que ciudadanos y periodistas asumieron como propia la obligación de denunciar los abusos, los excesos, los errores del poder y de los poderosos. No es aventurado afirmar que fue ahí que la histórica relación de complicidad y tolerancia mutua entre los medios y el así llamado “establishment” de EU cambió para siempre.

Pasar al escándalo de Watergate y la posterior defenestración del presidente Nixon fue una consecuencia lógica de esa transformación y, de nuevo, el papel de los medios fue fundamental: así como la publicación en el Washington Post y el New York Times de los “Documentos del Pentágono” le dio a la filtración su verdadero impacto, la detallada y valiente cobertura de los abusos de Nixon y los suyos permitió poner en su lugar a la oficina más poderosa del mundo y a su inquilino: la Casa Blanca y el presidente de EU, que terminó renunciando en medio del oprobio generalizado.

Casi 40 años después, Wikileaks, un sitio de internet dedicado a divulgar y publicitar “filtraciones”, como lo indica su nombre en inglés, ha hecho públicos casi 400 mil documentos relacionados con el que algunos consideran el nuevo Vietnam estadounidense: la Guerra en Irak.

Ya a finales de julio, esa organización había divulgado unos 70 mil textos acerca de la intervención estadounidense en Afganistán, causando revuelo y una serie de recriminaciones por parte del gobierno de EU, que acusó a Wikileaks, entonces, como lo ha hecho nuevamente ahora, de poner en riesgo la vida de soldados estadounidenses y de sus aliados, instándolo a “devolver” los documentos filtrados, y provocando una cacería de brujas en contra de sus integrantes y directivos, muy particularmente, de su cabeza principal, Julian Assange, quien ha enfrentado un acoso digno de un criminal en serie y no de un “revelador de secretos” o whistleblower, para usar el término que se ha popularizado en inglés.

Desde su relativamente reciente creación en 2006, Wikileaks ha puesto de cabeza al mundo de la inteligencia militar y el periodismo y, de paso, se ha convertido en un auténtico dolor de cabeza para gobiernos secretistas o autoritarios alrededor del globo. Prohibido el acceso al sitio de internet en países como China o Tailandia, muchos otros lo ven con temor o reserva, como queriendo que nunca se ocupe de ellos.

Los “Archivos de Irak” no son quizá tan escandalosamente reveladores como algunos esperaban, pero sí dan testimonio de miles de muertes de civiles que no habían sido dadas a conocer; abusos de parte de las fuerzas del orden y/o del ejército iraquí; y lo más preocupante tal vez, el papel que han jugado los llamados “contratistas militares”, que no son otra cosa que mercenarios del siglo 21, que se conducen todavía hoy en Irak con la más absoluta impunidad y falta de control por parte de los gobiernos de esa nación y del de EU.

La relevancia de los documentos revelados por Wikileaks va más allá de su contenido: tiene que ver con la obligación ética y moral que tienen los ciudadanos del mundo, desde la trinchera que les toque, de denunciar y difundir los abusos del poder. Ojalá el ejemplo sea contagioso.

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Internacionalista

11 Octubre 2010 03:09:12
El asco
No es este, amables lectores, un artículo acerca del gobernador de Jalisco ni de sus filias y fobias. No se merece el personaje el espacio ni la atención, y nada han hecho quienes me leen para merecer que les ensarte yo ese tema para arrancar la semana.

Pero su más reciente exabrupto sirve para reflexionar un poco más a fondo acerca de la repulsión que algunos sienten por aquello que es diferente y que no alcanzan a comprender, ese rechazo casi irracional que muchos tienen para aquellos a los que no consideran dignos de un trato digno, o de una interlocución de iguales, o con méritos para sentarse a la mesa a discutir, a debatir, a ser parte de la agenda de “su” sociedad, de “su” nación.

Por supuesto que el asunto más visible y notorio a últimas fechas en México es el que se refiere a la homosexualidad, trátese de los matrimonios entre personas del mismo sexo o del derecho que esas parejas tengan a adoptar. Las expresiones de muchos sectores conservadores en contra de esos derechos se pueden entender, y forman parte del debate sano en todo país acerca de cuáles deben ser las normas de conducta que rijan la vida en sociedad.

Nada de malo tienen los argumentos de uno y otro lado en estas discusiones que tocan fibras tan sensibles y tan profundamente personales, y es saludable que este tipo de asuntos se aireen, que no se queden guardados en la gaveta por temor a herir susceptibilidades o a ofender a las buenas o malas conciencias. Las sociedades maduras enfrentan sus desacuerdos, incluso los más profundos, y los resuelven por diversas vías, casi todas institucionales, aunque atendiendo más a los principios jurídicos y de libertades que a los de satisfacer a las mayorías a costa de las minorías.

El problema surge cuando las partes en controversia deciden que es por la ruta de la denigración y la descalificación moral o personal como deben conducirse, ya sea por convicción o por cínica estrategia.

Poco hay que decir acerca de quienes, como simples ciudadanos, expresan aun las ideas y conceptos más retrógrados o cargados de odio. Si bien ese tipo de manifestaciones no pueden agradar a quienes, como yo, piensan que es en la diversidad donde se configura una sociedad incluyente, abierta y participativa, a fin de cuentas es también en la libertad de expresión donde debemos todos coincidir.

Así pues, ¿qué tiene de malo que un gobernador o un ministro de culto diga lo que sea, cuando sea y como sea?

Quienes ejercen algún tipo de liderazgo, sea político, religioso, espiritual o económico, deberían tener un mayor grado de responsabilidad cuando critican, denuestan o reprueban. No es una obligación legal, pero sí lo es ética y de congruencia elemental: no es apropiado que un representante de una iglesia condene ciega y furiosamente a quien no sigue sus preceptos o los mandamientos de su religión. Y no es correcto porque orilla a muchos de los fieles de dicha denominación religiosa a reprobar, a excluir, a discriminar a quienes piensan o actúan distinto. Pero allá ellos y su fe y su congruencia.

En lo que toca a los funcionarios públicos, electos o no, la cosa es muy distinta. Para empezar, un gobernante tiene la obligación de gobernar para TODOS, no sólo para su clientela o sus simpatizantes. Si eso aplica en materia de políticas públicas, imagínense, mis lectores, si debe o no aplicar para asuntos de moral pública. No es correcto, desde ningún punto de vista, que un gobernante exprese rechazo, aversión o asco por sus gobernados, sean o no una minoría, sean o no aceptados socialmente, sea o no popular su proveniencia o pertenencia, su filiación. No es correcto tampoco que un gobernante haga uso de recursos públicos para beneficiar a la iglesia a la que él pertenece, ni para satanizar a quienes discrepan de ella, ni para, de una u otra forma, incitar al odio, al rechazo, a la exclusión de cualquier grupo, por cualquier motivo.

Los gobernantes olvidan con frecuencia que están obligados con TODA la sociedad. Cuando leemos que un régimen totalitario o fundamentalista reprime a sus disidentes o a quienes profesan una religión, no dudamos en condenar tales actos. En esta ocasión no estamos hablando de Irán y los ayatolás, ni de China y el Partido Comunista, ni de la Junta que desgobierna Myanmar; no. Estamos hablando de nuestro país, de nuestros conciudadanos y, por supuesto, de nuestros impuestos, que son los que mantienen a personajes como el de marras.

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Internacionalista

27 Septiembre 2010 03:36:07
Vivir en el infierno
A casi cuatro años de iniciada la campaña frontal y abierta de combate al crimen organizado, muchos se preguntan hacia dónde va esa “guerra”, cuál es su sentido y su propósito, cuáles sus consecuencias para la sociedad, para el país, para los individuos que se enfrentan cotidianamente a una situación totalmente inédita y cuyo desenlace parece incierto.

En las últimas semanas, varios acontecimientos han subrayado estas dudas y cuestionamientos, que a veces son de coyuntura, y otras, son existenciales.

Algunas capturas de personajes de altísimo perfil vinculados al narcotráfico, son señal de aliento y llamado a la perseverancia para quienes creen que esta es la ruta obligada si queremos acabar con el imperio de la ilegalidad en que nos encontramos sumidos, mientras que los críticos de la estrategia gubernamental guardan un discreto y a veces incómodo silencio al respecto.

El asesinato de un colaborador de El Diario de Juárez, por otra parte, puso de relieve una vez más los enormes riesgos que corren los comunicadores en todas partes del país, pero especialmente en las que podríamos llamar zonas de conflicto, y las implicaciones que eso tiene no sólo en términos de la seguridad de los individuos o los medios de comunicación afectados, sino para el ejercicio de las libertades de todos nosotros.

El editorial publicado por El Diario de Juárez, en el que plantea una “tregua” a quienes controlan la plaza y les pide “Indíquennos, por tanto, qué esperan de nosotros como medio…”, causó reacciones desmedidas por parte de las autoridades y de un sector de la opinión pública, que condenaron el planteamiento e instaron a “no pactar” con el crimen organizado, mientras que periodistas de México y de todo el mundo vieron en la carta abierta del diario juarense, un grito desesperado, no de rendición, sino de auxilio, una manifestación de desesperación y de impotencia que no sólo hace eco del temor en el que viven miles de colegas comunicadores, sino también la zozobra de sus familias y de las comunidades a las que sirven y en las que viven.

Al día siguiente, El Diario cometió un gazapo de leyenda cuando publicó sin las debidas confirmaciones y verificaciones unas declaraciones totalmente inverosímiles del presidente del PAN, César Nava, en que apoyaba la postura del periódico y llamaba a “hacer un pacto con la delincuencia organizada”. La pifia periodística, producto de un engaño tal vez travieso o tal vez criminal, opacó por momentos el debate acerca del tema de fondo, que es el del papel y las obligaciones de los periodistas y los medios de comunicación cuando se enfrentan a circunstancias extremas en las que no sólo corre peligro su vida, sino que están borrosas las líneas que deberían separar a las autoridades legalmente constituidas de las que para todos efectos prácticos se han convertido en amos y señores de diversas plazas, en las que el Estado ya no es capaz de garantizar la seguridad de sus ciudadanos, parte fundamental del pacto social merced al cual damos al gobierno obediencia (y nuestros impuestos) a cambio de algunas certezas básicas.

Finalmente, está la película El Infierno, que se mantiene aún en cartelera y que retrata de manera despiadada, mas no exenta de humor e ironía, la situación en que viven o sobreviven algunas comunidades en las que la ley que impera es la del narcotráfico, y ni siquiera esa, porque cuando hay una guerra por la plaza, no hay quién verdaderamente mande. Todos están a expensas de lo que la fortuna les pueda deparar, inermes ante el poderío de cárteles cuyos únicos límites son los que les impone el cártel de enfrente.

Frente a todo esto, yo me quedo con algunas reflexiones que sólo plantean más preguntas y cuestionamientos:

¿De qué me perdí o en qué momento los malos en este país dejaron de ser los malos? ¿Cómo es que pocos —muy pocos— de los críticos de la estrategia gubernamental proponen alternativas realistas? ¿Alguien verdaderamente cree que los cárteles estarían en paz si no se les combatiera? ¿Alguien sinceramente piensa que deberíamos volver a la simulación y complicidad del pasado?

Muy peligroso plantear una tregua con el crimen organizado, que no conoce límites, pero todavía más aventurado condenar a quien reacciona así por el justificado temor por su vida y su profesión. Que lance la primera piedra quien esté libre de miedos y quien sea capaz de proteger y defender a los amenazados y aterrorizados…

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Internacionalista

20 Septiembre 2010 03:45:35
Hace 25 Años
El 19 de septiembre de 1985 la Ciudad de México se estremeció ante una de las mayores catástrofes naturales de que tengamos recuerdo. Edificios enteros se vinieron abajo, aplastando entre los escombros a millares e incontables millares de personas que no encontraron ya no digamos una digna sepultura, sino ni siquiera un lugar en el registro oficial de las muertes, ese del que tanto se sospecha intentó minimizar las cifras como si así se pudiera borrar el daño sufrido.

La lenta respuesta gubernamental asombró a propios y extraños, no solo por el aparente pasmo de las autoridades (que no de los miles de rescatistas y empleados de gobierno que desde el primer momento reaccionaron como mejor pudieron) sino porque el mito del control y la omnipresencia del aparato del Estado cayó como uno más de los edificios del centro de la capital mexicana. Mientras que las ambulancias y los vehículos particulares iban y venían transportando heridos, herramientas y víveres, el gobierno se debatía entre aceptar o no la ayuda extranjera, organizaba sobrevuelos en helicóptero para un presidente de la República que solo cimbraban las estructuras que seguían en pie y ponían en peligro a víctimas y rescatistas, y reforzaba la sospecha que para entonces ya era certeza de que al régimen le faltaban manos, talento y sobre todo tamaños para enfrentar una crisis de la magnitud de la que había arrasado con buena parte de la Ciudad de México.

El sismo que la sacudió cimbró también las estructuras cívico-políticas de un país que batallaba ya para encontrar una salida al nudo ciego de la estabilidad a toda costa que había impuesto a lo largo de décadas el régimen priista y que de alguna manera se justificaba bajo el pretexto de la eficacia, del poderío y la capacidad del gobierno para atender los principales retos nacionales. Si bien ese mito ya estaba desgastado tras las sucesivas crisis financieras de fin de sexenio de Echeverría en 1976 y de Lopez Portillo en 1982, fue más notoria su incapacidad para atender lo que era sí un desastre natural, pero también un asunto en el que de cualquier autoridad se espera ver que se agrande frente a la adversidad, cosa que claramente no sucedió, y que la gente por todos lados notó.

Y fue así como se comenzó a escribir una de las páginas más relevantes de la sociedad mexicana en tiempos recientes, la del momento en que por necesidad, ante el vacío de autoridad y de autoridades, los ciudadanos, los jóvenes y hasta los niños tomaron su propio destino en sus manos, se encargaron de tareas de rescate, de acopio y distribución de alimentos, ropa y medicinas, armaron sus campamentos de ayuda primero y de supervivencia después, sacaron a sobrevivientes de los escombros tras haber removido una a una, en largas cadenas humanas, las piedras que los tenían atrapados, de la misma manera en que, inconscientemente al principio, levantaban una a una las lozas del paternalismo gubernamental y de la pasividad ciudadana que hasta entonces eran el sello de nuestro país.

No se estilaba en ese tiempo en México hablar de la sociedad civil, pero fue sin duda ahí donde se forjó un ánimo, un espíritu de participación social y de corresponsabilidad ciudadana que poco antes estaba tal vez latente, pero que no se observaba más allá de casos aislados, casi individuales, que rayaban en lo heroico, así como fue heroica la respuesta de la sociedad mexicana en un momento que auténticamente puso a prueba no solo al gobierno, sino al país todo.

No creo exagerado afirmar que es el 19 de septiembre de 1985 cuando se plantan las semillas de lo que vendría a ser la rebelión de los votantes en 1988 que estuvo a un tris de acabar con la hegemonía electoral del PRI y que demostró que el coloso no solo era ineficiente en sus tareas de gobierno: más importante aún, era vulnerable en las urnas con todo y sus malas prácticas de entonces. A partir de ahí, el sistema de partido casi único estaba herido de muerte.

Hoy, en medio de las celebraciones y las lamentaciones del Bicentenario, agobiados como estamos todos por la violencia que sacude diariamente al país, conviene que regresemos la mirada un poco al pasado reciente, a ese en el que todo parecía condenado por siempre a permanecer igual, y que se transformó en la nación democrática, plural y vibrante que es hoy México. Con problemas enormes, con grandes rezagos y retos, pero sin duda un país mejor que el que éramos hace apenas un cuarto de siglo.

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Internacionalista

06 Septiembre 2010 03:14:29
Un país de mentiras
Hace apenas unos años, los mexicanos creíamos que nuestra nacionalidad nos confería atributos y cualidades que nos hacían muy diferentes de los demás, que el nacionalismo que llevábamos dentro nos permitía sentirnos, como en el corrido, superiores a cualquiera, o por lo menos inmunes a los riesgos de la globalización o a la pérdida de valores que observábamos, no sin cierta vanidad, en nuestros vecinos o rivales históricos.

Sucesivos gobiernos se dieron a la tarea de fomentar este nacionalismo con todas las herramientas a su alcance: glorificando y maquillando la historia nacional, fomentando la adoración de santos laicos que supuestamente inculcarían en adultos, jóvenes y niños valores de una mexicanidad que nadie alcanzaba bien a bien a definir pero que todos buscaban avanzar. El “ser mexicano” era una cualidad que iba mucho más allá del folclor, que se presentaba como una virtud innata, a la que sólo se accedía por la terrestre vía del nacimiento, a la que ningún otro podía llegar por más tiempo que hubiese vivido en el país, por más que renunciara a otra nacionalidad, a otra patria, a sus orígenes.

Así construimos una serie de fetiches alrededor de lo hecho en México y de los nacidos en México, una de las muchas paradojas que hoy somos: un país de xenófobos que reclama buen trato a sus migrantes; de intolerantes que exige tolerancia a sus peculiares hábitos y costumbres; de racistas que condenan la discriminación en otras partes del mundo… Una nación de hipócritas que proclaman su patriotismo a los cuatro vientos mientras que lo minan todos los días desobedeciendo las más mínimas y elementales normas de conducta ciudadana.

Esta patria de doble moral y simulación perfeccionó las fórmulas de autoengaño que tanto nos gustan: la dictadura que no lo era; la censura que lo mismo pagaba que pegaba; la prosperidad que empobrecía a millones; las políticas sociales que enriquecían a unos pocos; la libertad de expresión que se cuidaba de sí misma; la vocación religiosa de los pecadores; la mojigatería de los libertinos; los sermones moralistas de los más corruptos; las quejas contra los impuestos de los evasores; la voluntad democrática de los autoritarios…

La hipocresía del viejo régimen permeó todas las estructuras sociales y también muchas de las individuales, aunque tal vez fue al revés: ¿será posible que no haya sido el antiguo sistema el que pervirtió a los mexicanos, sino que más bien somos los mexicanos mismos los que pervertimos a cualquier sistema que se nos pone enfrente?

A 10 años de la llegada de la alternancia en el poder no se observan demasiadas diferencias ni en la vida pública ni en la privada, ni en la política ni en la sociedad. Hay honrosas excepciones, claro, y avances que son más producto de la natural evolución que de algún cambio dramático y radical en el ADN de los mexicanos, pero sigue siendo el nuestro un país de simulaciones, de caciques, de actitudes y actos antidemocráticos, de corrupción, de impunidad, de ejercicio selectivo de la justicia, de favoritismos en el sector público y privado, de pretextos, de fallas individuales que conducen a fracasos colectivos, de absoluta falta de responsables.

Porque nadie es culpable de nada: en México vivimos en un universo paralelo en el que no hay consecuencias: ni para el funcionario público que es omiso en sus labores ni para el empresario que defrauda a proveedores y usuarios ni para el legislador que no cumple su tarea ni para el impartidor de justicia que es selectivo en su trato, ni para el pastor religioso que convoca y provoca divisiones y heridas en vez de buscar la unión y la hermandad espiritual.

¿Por qué es así? Como siempre, buscamos respuestas que no lo son, que sólo alimentan el engaño que procuramos porque nos permite evadir nuestras responsabilidades individuales y atribuirle nuestros males al destino, a la religión, al viejo o nuevo sistema, al partido político que sea el villano del momento.

Hace unos días, en una reunión, alguien se atrevió a preguntar si alguno de los presentes no había violado ninguna ley, norma o reglamento en los últimos 30 días. Ninguna mano se levantó, lo cual habla de la sinceridad de los asistentes más que de sus fallas. Ahí, en ese espejo, nos vemos todos, todos los días. Mientras no podamos, algún día, levantar la mano, seguiremos siendo lo que somos hoy: un país de mentiras con ciudadanos de mentiras…

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Internacionalista
16 Agosto 2010 03:24:51
Fidel, el hermano incómodo
Algo hay que reconocerle a Fidel Castro: a los 84 años de edad recién cumplidos, tras una larga convalecencia de la que pocos pensaron que saldría vivo, enterrados casi todos sus contemporáneos y junto con ellos —compartiendo panteón— los ideales e ideologías por que lucharon, el personaje sigue siendo capaz de alborotar a más de un gallinero…

En las últimas semanas Fidel se ha dedicado a reaparecer en escena, como si volver tras tan larga ausencia se tratara del regreso de unas vacaciones y no de un episodio médico que puso en riesgo su vida. Con una actitud casual que evidencia lo deliberado de su actuar, Fidel se ha dejado retratar en los más diversos entornos y poses, ha tomado el micrófono frente a quien lo quiera escuchar y recibido multitud de elogios en público e indudablemente alguna recriminación en privado por su retorno que no tiene nada de accidental.

Ya hace unas semanas, a propósito de la liberación de un número de disidentes cubanos presos y su inmediato exilio a España se había especulado sobre la súbita y coincidente oleada de apariciones y declaraciones del hermano mayor del presidente Raúl Castro, a quien cedió oficialmente los bártulos en 2008 aunque para efectos prácticos ya lo había hecho desde el 2006. Raúl, quien ha intentado un tímido e incierto camino de reformas, en las que se nota más todo lo que ha dejado de hacer que lo que efectivamente ha logrado, no puede sentirse cómodo con el regreso a escena del hermano que siempre lo opacó, desde los albores de la Revolución hasta su enfermedad, y que ahora de nuevo proyecta una sombra que todo lo nubla y confunde en Cuba.

Si bien lo verdaderamente relevante del retorno de Fidel es la manera en que impactará el proceso de apertura y transición política que intenta desarrollarse en Cuba, lo que ha atraído los reflectores es un artículo, publicado en dos partes, en que se refiere extensamente a México y que ha generado tal revuelo aquí en nuestro país que pareciera que lo escribió el Profeta o algún oráculo. El escrito de Fidel no aporta nada realmente novedoso ni de valor noticioso: en él se refiere lo mismo a las elecciones en México del 2006 que —más veladamente— a las de 1994, haciendo clara referencia a las acusaciones de fraude que ensombrecieron a ambas, para después pasar a citar y alabar extensamente un libro de Andrés Manuel López Obrador, a quien presenta como el hombre que “será la persona de más autoridad moral y política de México cuando el sistema se derrumbe, y con él, el imperio…”, en lo que es un atrevido vaticinio, además de que dice que ganó las elecciones presidenciales, descubrimiento un tanto tardío que tal vez podamos atribuir a su enfermedad y larga ausencia del mundo de la política.

Además de citar extensamente a AMLO, Fidel Castro se refiere a su más reciente pasión: el riesgo de una guerra nuclear por las presiones de EU y Occidente a Irán, y a propósito de nada afirma que la contribución de López Obrador “a la lucha para evitar que Obama desate esa guerra será de gran valor”. En la segunda parte de su largo texto, Fidel Castro relata desde su perspectiva el “affaire Ahumada” y compra por supuesto el argumento del complot, aunque hay que decir que las palabras de aliento de Fidel al tabasqueño son demasiado poco y demasiado tarde, a más de que bien poco le abonan al ya declarado candidato a la Presidencia en el 2012, que tuvo ya que tomar cuidadosa distancia de ellas.

Hasta ahí todo normal: Fidel haciéndose presente, declarando barbaridades, metiéndole el pie a su hermano menor, nada nuevo bajo el sol del Caribe. Lo que no entiendo es la manera en que el gobierno mexicano y muchos analistas se han desgarrado las vestimentas y desgañitado para criticar o descalificar a alguien que no lo necesita. Fidel Castro —qué triste decirlo después de todo lo que alguna vez representó— es apenas un remedo del gran líder revolucionario, y sus credenciales democráticas son tales que cualquier crítica suya a nuestros procesos electorales debería ser vista como un elogio.

Lo que sí sabe Fidel, todavía, es cómo hacerse presente e importante, cómo ser noticia, cómo alebrestar y provocar para sumar puntos a su causa, cualquiera que ésta sea. Y nuestra clase política, para variar, le ha hecho el caldo gordo en vez de pensar en cómo replanteamos nuestra relación con un país (que no necesariamente con su gobierno, y menos con su ex…) que nos resulta de gran importancia si es que algún día aspiramos a ser una potencia regional.

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Internacionalista
02 Agosto 2010 03:50:14
El Vietnam de Obama
La filtración de decenas de miles de documentos secretos sobre la guerra en Afganistán, además de recordarnos el célebre caso de los “papeles del Pentágono” durante la Guerra de Vietnam, ha colocado al gobierno de Barack Obama a la defensiva en términos políticos y diplomáticos, pero sobre todo ha puesto de manifiesto la imposibilidad de ganar una guerra de cuyos alcances y objetivos nadie tiene certeza plena.

No pocos han comparado a Obama con John F. Kennedy, por el carisma de ambos y por haber roto en su momento con barreras que parecían inamovibles. Kennedy el primer católico en llegar a la Casa Blanca, Obama el primer afro-americano en hacerlo. Ambos más apreciados fuera que dentro de su país, y teniendo que sortear conflictos internacionales con la capacidad de transformar al mundo.

Kennedy parecía tener menos profundidad —gravitas, le llaman algunos— que la que tiene Obama, juicio imposible de corroborar pues la muerte prematura del primero no permite ahondar demasiado en sus capacidades de estadista, más allá de su manejo de la crisis de los misiles en Cuba, que muy cerca estuvo de desembocar en una guerra nuclear, y de su entrada un tanto involuntaria a la guerra que marcaría a toda una generación de estadounidenses y que se convertiría en el símbolo del “americano feo” (el “Ugly American” de la película del mismo nombre en la que Marlon Brando destacó como un gran actor), la Guerra de Vietnam.

Frente a recomendaciones totalmente opuestas de sus consejeros, Kennedy optó por una solución intermedia que a la larga terminaría siendo la peor: una continuación y escalamiento de las políticas de su antecesor Eisenhower, que permitió el involucramiento militar directo de EEUU en un conflicto del que a duras penas pudo salir, bastante mal librado por cierto, casi quince años después, y cuyas secuelas marcarían durante mucho tiempo más a la política interna y exterior de Estados Unidos.

Algo mucho peor le sucedió a Obama, pues se encontró al llegar a la presidencia con dos guerras en curso, ambas iniciadas por su antecesor y ambas terriblemente complicadas, tanto por las circunstancias particulares del adversario y del país en que se desarrollaban como por el origen y justificación (o falta de justificación) de cada una: Afganistán e Irak.

El primer caso era por mucho el más simple: de ahí había salido la orden, el entrenamiento y el financiamiento para los ataques del 11 de septiembre del 2001; Osama bin Laden y Al Qaeda tenían si no el control cuando menos una influencia significativa sobre el gobierno; y finalmente el Talibán/gobierno, encabezado por fundamentalistas retrógradas, era un candidato idóneo para la condena internacional. Desde el maltrato cotidiano a las mujeres hasta la aberrante destrucción de dos majestuosas e históricas estatuas de Buda en Bamiyan, lo menos malo que se podía decir del Talibán es que sus dirigentes vivían en el siglo XVI.

Nadie en Occidente guardaba simpatía alguna por ese régimen y ni siquiera en el mundo musulmán se escuchaban muchas voces que lo defendieran, menos aun después de los actos terroristas perpetrados por Al Qaeda en suelo estadounidense. La rápida intervención militar de EEUU y sus aliados para derrocar al Talibán contó con un apoyo casi unánime en el mundo, hasta que George W. Bush y los suyos decidieron que había presas más apetitosas, y premios mayores, en Irak. No me extiendo en una historia ya bien conocida más que para anotar que al invadir Irak el gobierno estadounidense descuidó la operación y la estrategia en el frente afgano, porque no contaba con los recursos militares para pelear esas dos guerras al mismo tiempo.

Hoy Barack Obama ha logrado zafarse prácticamente de Irak de manera razonablemente decorosa dadas las condiciones, pero está empantanado en Afganistán, donde ni su estrategia de aumentar radicalmente el número de efectivos ni los intentos para estabilizar al país han dado resultados, además del costo político en Estados Unidos, cuya opinión pública siente que están perdiendo y que no tienen nada que hacer ahí. Curiosamente, la táctica que más promete en estos momentos es la del asesinato selectivo de dirigentes de la insurgencia talibana, que podría tal vez llevarlos a la mesa de negociaciones, convirtiendo así su derrota aplastante de hace nueve años en una victoria relativa.

Tanto tiempo, tantas vidas, tanta destrucción, para llegar a esto. Como decimos en México, para que tanto brinco, estando el suelo tan parejo…

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12 Julio 2010 03:38:56
¿Y ahora que?
Han pasado ya diez años del parteaguas que fue la elección presidencial del año 2000, y nos encontramos frente a un escenario que pocos se habrían imaginado.

Las primeras sorpresas se dieron por todo lo que NO sucedió cuando salió el PRI de Los Pinos. Las expectativas generadas en torno al cambio eran tales que ni siquiera hacía falta que el presidente entrante las alimentara, pero lo hizo y con ello puso la mesa para las posteriores desilusiones. Es tarde para lamentarnos por todo lo que no sucedió y todo lo que colectivamente dejamos de hacer como país, pero tal vez es un buen momento para reflexionar acerca de lo que viene ahora.

Las lecciones de la más reciente jornada electoral no tienen desperdicio. Independientemente de las simpatías y antipatías de cada quien, no parece haber mucho que celebrar para la mayoría de los actores involucrados, excepción hecha, por supuesto, de los candidatos ganadores (al menos los no impugnados) y de uno que otro factor de peso extraordinario, como pudiera ser el caso de la lideresa de facto del magisterio y del partido Nueva Alianza, Elba Esther Gordillo.

Los supuestos tres grandes partidos son los principales perdedores. El PRI, por más que intente hacer sumas y restas que demuestren su triunfo, ha perdido a un número muy significativo de futuros votantes, si es que nos basamos en la premisa (o en la añeja práctica) del voto corporativo o inducido en las zonas más pobres o marginadas del país. Salir del palacio de gobierno en Oaxaca y Puebla no solo implica tener dos gobernadores menos de los esperados, sino también perder el acceso a recursos políticos, económicos, sociales y electorales que desde ahora resultarán cruciales para decidir las elecciones presidenciales en el 2012. De las cuatro grandes reservas de votos para esa lid a la que todo ha apostado, el PRI solo conserva Veracruz, a duras penas, y parcialmente a Chiapas. Y al argumento de que perdió tres pero recuperó tres, solo puedo decir que, con todo respeto a cada una de las entidades federativas, no es lo mismo ganar Aguascalientes, Tlaxcala y Zacatecas que perder Oaxaca, Puebla y Sinaloa.

En el PAN se felicitan porque les salió bien la apuesta de las alianzas, y triunfaron coaligados (o colgados) en los tres estados mencionados, pero olvidan convenientemente que ninguno de los candidatos ganadores es ni lejanamente panista, y que sin alianzas el partido en el poder no gana ni un volado. Logró desbancar al PRI en tres estados importantes, es cierto, pero no ganó propiamente en ninguno de ellos, y está por verse si el comportamiento futuro de esos tres gobernadores será lejanamente afín a los intereses del PAN o del gobierno federal.

Algo parecido sucede en el PRD, donde no solo no ganan un volado, sino que además ven cómo se fortalece en Oaxaca una corriente que ha sido y probablemente siga siendo muy cercana a Andrés Manuel López Obrador, quien no deja duda de que viene con todo y por todo para el 2012. Por si eso fuera poco para la dirigencia del PRD, sus magros resultados en algunas entidades del norte de México hacen risible su pretensión de ser un partido nacional.

Para el gobierno federal viene un periodo aun más complicado en su relación con las principales fuerzas políticas, pues los priístas verán con cada vez mayor sospecha cualquier intento de diálogo o negociación, los perredistas empezarán a ver las barbas de sus vecinos cortar y los panistas se darán cuenta de que la ruta para conservar el poder es cada vez más cuesta arriba. Los incentivos para lograr reformas estructurales o cambios de fondo en asuntos de interés nacional son consecuentemente menores con cada día que pasa.

Ha ganado, tal vez, la sociedad, que pudo demostrar en algunos casos que SÍ es posible vencer a los candidatos del sistema, y que SÍ hay consecuencias —a veces, al menos— para quienes han hecho del descrédito y el desprestigio una forma de vida. Las derrotas contundentes de los candidatos del PRI en Oaxaca y Puebla lo son también de sus gobernadores que felizmente pronto ya no lo serán más: Mario Marín y Ulises Ruiz han cosechado lo que sembraron.

Y ha ganado también, y esto es algo verdaderamente bueno, la incertidumbre. Quienes pensaban que tenían una candidatura o el poder en la mano han visto lo volátil, lo pasajera que es la fama antes de su debido tiempo.

Han terminado para muchos los días de cantar victoria, y comienzan ahora los de trabajar duro por alcanzarla.

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Internacionalista
05 Julio 2010 03:50:48
Elecciones en la sombra
Este domingo se celebran elecciones en el que tradicionalmente ha sido el año crucial —política y electoralmente hablando— de cada sexenio: el cuarto año, en el que más gubernaturas se deciden, en que el poder presidencial llega a su punto culminante.

Eso era, por supuesto, en la época del presidencialismo priísta, cuando el poder se medía no sólo en función de su ejercicio, sino también en función del calendario: una suerte de curva en que el poder del titular del Ejecutivo iba en ascenso constante hasta tocar techo en el susodicho cuarto año, a partir del cual comenzaba un paulatino declive interrumpido sólo por el pico del proceso de la selección del candidato presidencial, donde el presidente en turno tenía su última probada de gloria.

No faltaba obviamente el mandatario que buscaba subvertir el orden natural de los tiempos políticos, como José López Portillo cuando nacionalizó la banca en los últimos meses de su administración, en un acto que además de pernicioso para el país resultó ofensivo para su sucesor, Miguel de la Madrid, quien se quedó con las manos atadas durante su sexenio por el acto impulsivo de López Portillo.

Con la llegada de la alternancia a la Presidencia, tan anticipada por muchos como la panacea democrática que ahora a tantos ha decepcionado, los tiempos y calendarios políticos se han ido trastocando, pues el jefe del Ejecutivo no tiene ya el control absoluto sobre el Congreso y los principales gobiernos estatales y municipales y por consecuencia los vaivenes del poder tienen menos que ver con fechas y tiempos y mucho más con las crudas verdades de la realpolitik.

Pero no es sólo el Presidente de la República el que ha ido perdiendo el lugar preponderante que antiguamente ocupaba en el escenario. Lo mismo le sucede a los partidos políticos y a otros antiguos factores influyentes, como las centrales sectoriales (sindicales, campesinas, empresariales) y a los así llamados líderes de opinión, lo mismo que a los medios tradicionales de comunicación, que ven con creciente preocupación cómo la información fluye en paralelo o incluso al margen de ellos, y que los presupuestos publicitarios y propagandísticos encuentran nuevos destinos, nuevos beneficiarios.

La jornada electoral del 4 de julio del 2010 pasará a la historia por el lamentable hecho de que se trata de la primera que oficialmente transcurre bajo la sombra de la violencia del narcotráfico y el crimen organizado. Si todavía hace poco tiempo nos preocupaba la amenaza de esa violencia, hoy ya forma parte lamentable de las muchas prácticas que nos hacen un país único a la hora de organizar y llevar a cabo procesos electorales. Por una parte contamos con una infraestructura de primer nivel, con costos que corresponden o superan la capacidad instalada, pero por otro lado nos enfrentamos a las más primitivas y burdas tácticas que hacen de las elecciones en México una burla o, en el mejor de los casos, un acto de fe. El acarreo, la compra de votos, los regalos y las despensas, la manipulación antes, durante y después de la votación, el uso y abuso de la información y las denuncias y acusaciones... En resumen, la paulatina pérdida de la credibilidad en el proceso electoral, tanto tiempo después de que supuestamente habíamos superado los vicios que dieron origen al término de la “democracia perfecta” acuñado por Vargas Llosa. Sólo que hoy ya no es exclusivamente el PRI el que comete las tropelías, pues el mayor impacto de la “democratización” del país consiste en que el antiguo partido en el poder perdió el monopolio de la corrupción y las trampas.

Por si no fuera eso bastante para desmotivar al más optimista, nos topamos ahora con que la violencia se ha posado sobre las urnas y las papeletas electorales, y que el gran elector ya no es ni el presidente, ni los partidos, ni los medios ni mucho menos, nomás faltaba, el votante. No, ahora hay un nuevo factor de poder con el que tendremos que lidiar, gracias al silencio y la complicidad acumuladas durante décadas por nuestros políticos, policías, empresarios y ciudadanos. Todos hemos contribuido, por acción y por omisión, al estado de cosas en que nos encontramos.

Los resultados de las votaciones de este domingo quedarán para el anecdotario mientras no seamos capaces de ponerle un alto a los nuevos poderes fácticos que poco a poco se apoderan del país.

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21 Junio 2010 03:03:39
Muertos vivos
Como por un inescrutable designio, dos de las plumas más importantes para generaciones de iberoamericanos y de mexicanos se extinguieron en un lapso de horas, separados sólo por el Atlántico y por un breve paréntesis que sirvió para agudizar el duelo que muchos sentimos.

José Saramago y Carlos Monsiváis marcaron, cada uno a su manera y en su momento, a sus naciones y tuvieron un impacto mucho más profundo y trascendente que el de sus respectivas obras literarias. Fueron ambos personajes comprometidos más allá del arte y la literatura, que se metieron a fondo y hasta las entrañas de los problemas políticos y sociales que les interesaban y preocupaban.

No pretendo hacer la reseña biográfica ni bibliográfica de ninguno de los dos, pues ambas ya han sido ampliamente cubiertas por muchos otros mejores que yo. Quisiera más bien enfocarme a un aspecto que si bien ya ha sido explorado no acaba de quedar resuelto: el del papel del intelectual, y particularmente del intelectual crítico y comprometido, en nuestras sociedades.

Comienzo por el caso de Saramago, no sólo porque la cronología así lo indica, sino porque quiero dejar a Monsiváis para el final de estas reflexiones.

Dicen que biografía es destino, y el caso del premio Nobel portugués así lo confirma: un hombre de modesto origen que siempre supo de dónde venía y para qué estaba en este mundo. Su obra nunca olvida sus raíces, su pobreza, su condición de excluido del banquete que se preocupa siempre más por los que como él no están invitados al festín que por tratar de ingresar al salón de los ricos y famosos. No fue Saramago un cortesano, no temió decir lo que pensaba ni ser congruente con sus ideales y con su ideología, pero tampoco fue lo suyo la ortodoxia ni la obstinación. Cuando fue momento de marcar su distancia con el régimen cubano lo hizo sin caer en los golpes de pecho de otros que creyeron que en la apostasía política estaba la salvación de sus almas, o de sus futuros.

Saramago fue congruente en su ateísmo, en su comunismo, en su compromiso con los débiles y desposeídos, en sus denuncias de injusticias que en más de una ocasión le valieron ser blanco de críticas y descalificaciones de parte de quienes desde el poder desprecian a las ideas a la vez que son zalameros con sus autores. Pero Saramago no buscó nunca, como no lo deberían hacer los grandes pensadores, la aceptación de las élites ni del poder establecido. Ahí radicó su mayor fortaleza, junto con su pluma genial que a tantos despertó…

Quisiera decir que fui amigo de Carlos Monsiváis, pero lo dejaré en que fui lector, admirador, y cercano en mente y en espíritu a todo aquello que él representa. Tuve el privilegio de tratarlo y de conocerlo, y no me parece para nada exagerada la afirmación de que con él se ha ido una parte importante, fundamental, de la conciencia y la visión crítica de esta nación. Su manejo del humor y la ironía le permitieron diseccionar a la sociedad y la clase política mexicanas, sin perder en ningún momento la profundidad hiriente de su análisis. Pocas mentes tan lúcidas y tan rápidas como la suya, pocas conciencias tan claras, pocos ánimos tan decididos a defender principios, valores, y de incorporar a SU agenda a los excluidos.

Lo prolífico de Monsiváis se manifestó en todos los aspectos de su vida, desde sus lecturas y su afición por el cine hasta su vocación de coleccionista, pero sobre todo de hombre de ideas, de conceptos, de toma de posiciones.

Su muerte congregó a sus admiradores de antaño y también a algunos de ocasión, de esos que en vida denuestan y a la hora de las honras fúnebres se suman al coro adulador. Expuso también la muerte de Monsiváis algunas de las muy profundas fracturas que persisten en la sociedad mexicana: políticas, ideológicas, de clase social, de creencias, de tolerancias e intolerancias. Lo ilustra la discusión acerca del sitio adecuado para rendirle homenaje, como si una figura como la suya aumentara o disminuyera por el recinto en el que se le despide…

Para muchos jóvenes mexicanos la figura de Monsiváis podrá parecer lejana, pero lo que no saben algunos de las nuevas y de las no tan nuevas generaciones, es que muchas de las libertades y de los espacios para la reflexión y el debate que hoy damos por sentados se deben a personajes que, como Carlos, no temieron al escarnio ni a la condena de las buenas conciencias, pues sabían que la única conciencia que importa es la que cada quien lleva adentro.

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Internacionalista
14 Junio 2010 03:33:46
Muerte en la frontera
La muerte de dos mexicanos a manos de agentes de la patrulla fronteriza estadounidense ha puesto de manifiesto en días recientes la creciente hostilidad que de aquel lado de la frontera existe contra nuestros paisanos, así como el riesgo de que la violencia, una vez desatada, sea difícil de controlar y acotar.

No conozco aun las medidas disciplinarias o judiciales que las autoridades de EEUU vayan a aplicar a los agentes involucrados en el violento sometimiento que condujo a la muerte de Anastasio Hernandez en California ni al balazo en la cara que recibió el adolescente Sergio Adrian Hernandez en territorio mexicano cuando un agente de la Border Patrol le disparó para repeler “una agresión con piedras” de parte del propio Sergio Adrián y sus compañeros.

Lo que sí me queda claro es que estos dos homicidios no son incidentes aislados ni mucho menos accidentes o excesos individuales por parte de agentes excesivamente celosos de su deber, sino que parecen responder a la creciente confianza que algunos políticos, servidores públicos y miembros de las fuerzas del orden en EEUU sienten cuando aplican “mano dura” a los mexicanos o a lo que tenga que ver con México.

El clima adverso no es producto de la casualidad o de una coyuntura. Coincide con una ya prolongada tendencia de la cobertura informativa y la postura editorial de muchos medios estadounidenses que podríamos catalogar de derecha radical, que han hecho de la xenofobia y la satanización una herramienta por demás atractiva y útil no solo para satisfacer a su público y aumentar sus ventas, sino también para beneficiar a aquellos políticos que comparten sus ideas (si es que así podemos llamarlas) y sus posturas extremas que van más allá de los temas migratorios y abarcan otras muchas esferas de la vida pública de EEUU.

Esa corriente, que siendo amables podríamos llamar insensata y que algunos calificarían de insana, es decir demencial, está fortaleciéndose con cada día que pasa en EEUU, promoviendo toda suerte de teorías de conspiración y animando a un sector creciente que piensa que su país está bajo ataque desde dentro más que desde fuera, que su presidente no los representa y que los ilegales y los extraterrestres (coincidentemente a ambos se les llama “aliens” en inglés, solo que los humanos son “ilegal aliens” y a los marcianos nadie los acusa de violar la ley) están poco a poco adueñándose de la nación más poderosa del mundo.

Para muestra, un botón: de acuerdo a una reciente encuesta de la reputada firma Harris, una proporción importante (32%) de los estadounidenses tiene la impresión de que Barack Obama, es musulmán; el 25% cree que no nació en EEUU y por lo tanto no debería ser el presidente; un 23% lo considera anti-americano y, lo más impresionante, el 14% de los encuestados (y el 24% de los republicanos) cree que Barack Obama es el Anti-Cristo. Si eso piensan de su propio presidente imagínese lo que creerán de nosotros…

Si sumamos a los loquitos con los racistas y con los oportunistas, tenemos un autentico caldo de cultivo que puede resultar, y ya lo está haciendo, en uno de los climas más adversos a los intereses mexicanos en EEUU en décadas. La deteriorada imagen de México, que acusa golpes todos los días por las noticias generadas por la guerra contra e narcotráfico pero sobre todo por las evidencias ubicuas de la corrupción e ineficacia que nos agobian es aprovechada por quienes quisieran crear una suerte de movimiento de lo nativo, paradoja de paradojas pues los únicos nativos que realmente tiene EEUU viven predominantemente en reservaciones.

En fin, lo cierto es que México debe prepararse para tiempos malos en EEUU. A las resistencias a debatir una reforma migratoria en serio se añade la Ley Arizona; a las preocupaciones por la violencia de nuestro lado de la frontera se suma la impunidad jurídica y/o política para quienes agreden a los nuestros; y a todo ello se agrega uno de los puntos más bajos de influencia y peso especifico de México en los centros de poder estadounidenses.

La reciente visita del presidente Calderón a Washington fue positiva y afortunada, pero mal haríamos en creer que con eso basta para revertir una tendencia que ya viene de antes y que solamente se acrecienta con el paso del tiempo.

“México” y “mexicano” se están volviendo malas palabras en EEUU. Más vale que hagamos algo al respecto mientras todavía queda tiempo.

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Internacionalista
07 Junio 2010 03:26:21
Fiasco en Gaza
Pocas veces un país que se precia de ser democrático y civilizado comete una pifia tan mayúscula, tan absurda y tan adversa a sus propios intereses como en la que acaba de incurrir Israel con el violento abordaje del navío turco que formaba parte de una flotilla humanitaria que se dirigía al territorio palestino de Gaza.

La justificación estrictamente legal del incidente ocurrido en aguas internacionales puede ser discutida hasta el cansancio: el gobierno israelí alega que los ataques que lleva a cabo Hamas, la organización político/religioso/militar/terrorista que controla Gaza, contra blancos civiles en Israel (incluidas viviendas y escuelas) resultan en un conflicto armado que le permite y justifica el bloqueo marítimo y terrestre. Los palestinos argumentan que dicho bloqueo es ilegal e inhumano, y al menos en esta segunda parte tienen algo de razón: mantener a un millón y medio de personas aisladas y en las más precarias condiciones de vida bajo el pretexto de impedir el ingreso de armas es un exceso.

No dudo ni por un momento que a Israel le asiste la verdad cuando dice que Hamas es un ente terrorista que busca la destrucción del Estado judío. Así lo ha señalado una y otra vez pese a numerosos llamados para que modere esa posición extrema y fanática, que daña la causa palestina y sus aspiraciones para llegar a constituir algún día un Estado propio que agrupe a los palestinos que viven tanto en la Franja de Gaza como en Cisjordania, bajo el control del mucho más moderado Mahmoud Abbas, presidente nominal de la Autoridad Nacional Palestina.

Es perfectamente razonable que Israel busque controlar y limitar el ingreso de armas y materiales peligrosos a un territorio controlado por un enemigo mortal, pero me cuesta trabajo creer que un país tan avanzado militar y tecnológicamente, cuyos servicios de inteligencia son la envidia de Occidente, no pueda idear mecanismos más eficaces y menos agraviantes que un bloqueo total que sólo permite la entrada de la más elemental ayuda humanitaria, y que limita –por sólo dar un ejemplo– la entrada de materiales de construcción porque se utiliza cemento en la elaboración de los cohetes artesanales que cotidianamente son lanzados por el brazo armado de Hamas.

El incidente del barco es relevante porque puso en el centro de la atención el asunto mucho mayor del bloqueo, pero también –y esto a mí me parece el tema de fondo– la manera en que Israel pretende conjugar su seguridad con la coexistencia no sólo con los palestinos, sino con el mundo musulmán en general, con sus vecinos en particular y con sus cada vez menos aliados en el escenario internacional.

Durante décadas, desde su fundación, Israel ha basado su supervivencia en el precepto de un poderío militar abrumadoramente superior al de sus enemigos, un aparato de inteligencia capaz de anticipar o frustrar la mayoría de los ataques en su contra y un tejido que combina lo religioso, lo social y de valores humanistas que han hecho de la nación judía un ejemplo en lo que a prácticas democráticas y libertades civiles se refiere, sobre todo en el convulso y generalmente autoritario Medio Oriente.

La historia de Israel ha sido siempre la de la resistencia ante la adversidad, la capacidad de sobreponerse a las peores circunstancias y de construir vergeles reales y figurados en medio del desierto. Tristemente, con el paso de los años y el peso creciente de algunos grupos religiosos radicales dentro de Israel, la política y el sentido común han ido cediendo terreno al fundamentalismo. Si bien antes la seguridad era la que todo lo dictaba, hubo momentos en que los dirigentes israelíes tuvieron la visión y la amplitud de miras para reconocer que era más fácil coexistir con vecinos y no con enemigos. Fue así que se logró la paz con Jordania y con Egipto y un estado de “no guerra” con Siria que ha persistido pese a todo. En ese mismo sentido iba el gradual pero sostenido acercamiento con Turquía, potencia regional con enorme peso en el mundo islámico y hasta antes de este incidente el principal aliado de Israel en la región.

Algo le pasó en el camino a ese modelo de nación que tantos han admirado y reconocido desde su creación. El Israel de hoy, o al menos sus gobiernos, poco tiene que ver con el fundacional, con el de tantos próceres que se propusieron y lograron en su momento construir un oasis que hoy, tristemente, parece cada vez menos lo que sus fundadores, sus amigos y sus aliados se atrevieron a soñar.

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Internacionalista
31 Mayo 2010 03:10:08
Colombia, entre el pasado y el futuro
Pocas veces en la vida de las naciones se presenta la oportunidad de escoger entre opciones tan diferentes, divergentes, como la que los colombianos enfrentaron ayer domingo.

Escribo estas líneas cuando es aún incierto el resultado de la jornada, pero todo apunta a que de entre los muchos candidatos que contendieron son dos los que pelearán el primer lugar y pasarán a la segunda vuelta: el oficialista Juan Manuel Santos y el del partido Verde, Antanas Mockus.

Los colombianos votaron para elegir al sucesor de un popular pero controvertido presidente, Álvaro Uribe, quien hizo de la política de la mano dura frente al narcotráfico y a la insurgencia guerrillera el sello distintivo de su administración. Casi ocho años después de haber asumido la presidencia, Uribe goza de altos índices de aprobación, pero pese a innegables avances no ha podido poner punto final a esos dos conflictos que sangran y desgarran a Colombia día con día.

Ni siquiera sus más fervientes simpatizantes se atreverían a cantar victoria ni en la guerra contra el narco ni mucho menos en la que la nación libra hace más de 4 décadas contra las FARC y sus aliados del FLN. No son esas guerras fáciles de ganar, como estamos aprendiendo ahora en México, pero la gestión de Uribe ha demostrado las limitaciones de anteponer a toda costa lo militar y la así llamada “fuerza del Estado” para tratar de salir avante.

Hay muchas maneras de tratar de calificar a Álvaro Uribe, y si por la de la firmeza nos vamos no hay cómo olvidar sus enfrentamientos con Hugo Chávez, la incursión armada en territorio ecuatoriano contra un campamento de las FARC en ese país, o el conflicto que Uribe y Chávez protagonizaron durante la llamada Cumbre de la Unidad Latinoamericana en México apenas hace unos meses, donde estuvieron a un tris de llegar a los golpes y a desatar un conflicto regional mayúsculo.

Otra medida del todavía presidente (y si le dedico tanto espacio es porque esta elección es en mucho acerca de su gestión) es la que tiene que ver con el respeto a la legalidad, tanto en la letra como en el espíritu e intención de las leyes, y ahí me parece que Uribe queda a deber: uno de los saldos trágicos de la guerra intestina que libra Colombia es el de las violaciones a los derechos humanos. Dirán muchos que ni los narcos ni la guerrilla los respetan, y tienen toda la razón, sólo que un gobierno —un Estado— no puede rebajarse al nivel de los criminales o terroristas que combate, so pena de perder su legitimidad y su razón de ser.

Los excesos del gobierno colombiano en esta materia quedan de manifiesto en el escándalo de los “falsos positivos”, civiles asesinados por la tropa con tal de inflar artificial y criminalmente las cifras de bajas de la guerrilla. Las cifras son estimadas, hablan de centenares o miles de muertos, muchos de los cuales fueron incluso disfrazados de guerrilleros después de su ejecución, en un horripilante ardid mediático.

El otro aspecto que pinta de cuerpo entero a Uribe es el de sus intentos por eternizarse en el poder, muy al estilo —paradójicamente— de Chávez. Uribe modificó la Constitución para poderse reelegir en el 2006, y lo trató de hacer nuevamente para contender este año, intento que fue frustrado por la Suprema Corte de Justicia colombiana. De no ser por eso, los cuatro años originales se habrían fácilmente transformado en 12 o en muchos más. Al no lograrlo optó por la fácil fórmula de nominar a su ministro de defensa con un partido político a modo.

Por eso la elección, en el más amplio sentido de la palabra, es entre el pasado, o la continuidad uribista encarnada por Santos, y el futuro, personificado por el ciertamente excéntrico Mockus, ex rector universitario y dos veces alcalde de Bogotá.

Ya habrá tiempo, de aquí a la segunda vuelta, de ocuparnos de ambos candidatos. Por el momento, Uribe puede vanagloriarse de haber colocado a uno de los suyos en la antesala de la presidencia, continuación quizás —si llega a ganar— de su proyecto. De lo que tal vez no se dé cuenta es que también ha polarizado a Colombia al grado de ponerla a elegir entre seguir con Uribe o darle la espalda y apostarle a algo radicalmente diferente.

El legado de los estadistas se mide, siempre, por como unieron a sus naciones en torno a proyectos justos y nobles. La división es una triste herencia…

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Internacionalista


24 Mayo 2010 03:07:27
Ofrenda al congresista desconocido
En su visita de Estado a Estados Unidos, el presidente Felipe Calderón oprimió botones emocionales, sentimentales y políticos. Sería prematuro sacar conclusiones definitivas de un viaje que, por lo pronto, recuperó tiempo perdido.

La cena en la Casa Blanca fue una velada magnífica, pero de mayor valía informativa para las secciones de sociales y celebridades. Los discursos de ambos presidentes ratificaron que la relación de ambos y de sus cónyuges es de primera y trasciende lo institucional. Eso es importante porque le da un impulso adicional a las burocracias que permite que las cosas fluyan más ágilmente, pero la relación personal y la química no son sustitutas del contenido.

La aduana más difícil para Calderón era la del Congreso estadounidense, uno de los principales centros de poder del mundo, a la par de la misma Casa Blanca y con códigos de acceso infinitamente más complejos y cambiantes. Fue ahí donde se decidió en 1993 el destino del Tratado de Libre Comercio que tanto Bush padre como Clinton promovieron, fue ahí mismo donde se tambaleó el proyecto más ambicioso de Obama, la reforma al sistema de salud, acotada y disminuida para poder transitar por los corredores y pasadizos del Legislativo estadounidense.

Fue ahí donde llegó FCH con un buen discurso (en inglés, para evitar gazapos de la traducción) enfocado a los temas de mayor interés para México: la migración, el tráfico de armas y el combate al narcotráfico. Su texto, sobrio y sin adornos retóricos, fue al grano y tocó fibras sensibles e hirió susceptibilidades, pero aun manteniendo los buenos modales evitó los riesgos que esa participación presentaba: la adulación excesiva al anfitrión, la omisión de los temas incómodos, o el patrioterismo ramplón. No analizaré un texto que ya muchos han desmenuzado, pero sí me detengo en las reacciones: desde las ovaciones de pie unánimes hasta aquellas en que solamente una bancada, la de los demócratas, aplaudía, pasando por algunas menciones de la soga en la casa del ahorcado al hablar de la venta indiscriminada de armas o de la responsabilidad compartida en la lucha contra el narco, o la que provocó sonrisas y aplausos entre los republicanos, al subrayar que en México no fue necesario destinar dinero de los contribuyentes para rescatar a los bancos durante la crisis de 2009.

Menos espectacular pero con una fuerte carga de simbolismo la visita al cementerio militar de Arlington y la colocación de una ofrenda floral en el monumento al soldado desconocido, en un paso que sus antecesores en Los Pinos habían evitado a toda costa y que generó controversia incluso entre algunos integrantes de la delegación mexicana, “por tratarse de un ejército que alguna vez nos invadió”.

Hay dos mensajes en esa ofrenda: que ya es hora de que guardemos los viejos agravios y sospechas en el cajón de la historia y nos dediquemos a sacar el mayor provecho posible de nuestra vecindad, de nuestra relación. No faltan ejemplos de mandatarios que han tenido el valor de sobreponer el presente y el futuro de una relación a los agravios del pasado, por reales, imaginarios o exagerados que éstos sean.

Por otra parte, reconocer a los soldados estadounidenses caídos implica también recordar a los miles y miles de mexicanos que han combatido para ese país, en la única vía que encuentran para ser aceptados rápidamente como ciudadanos. Es como decir: aquellos a los que algunos discriminan y quisieran expulsar, son los mismos que con frecuencia dan la vida por su patria adoptiva…

La visita de Calderón a Washington generó allá muchas reacciones en su mayoría positivas, como lo ilustra el editorial de The Washington Post que urge a Obama a tener el mismo arrojo que su colega mexicano, y por supuesto críticas y reacciones defensivas, sobre todo de quienes apoyan o temen oponerse a la infame ley de Arizona, como es el caso del otrora valeroso John McCain. Hay voces, sobre todo en México, que se lamentan por la falta de “resultados concretos” del viaje, como si realmente pensaran que iba a regresar con la reforma migratoria, o un plan Mérida aumentado, o sépase qué otra sorpresita bajo el brazo.

FCH alentó a algunos e irritó a otros, pero no dejó a nadie indiferente. De eso se tratan estos viajes, de cambiar —así sea milimétricamente— el rumbo de las relaciones entre países condenados a ser vecinos. El tiempo dirá, como siempre lo hace, si los virajes se dan en la dirección correcta.

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Internacionalista


17 Mayo 2010 03:21:06
Elecciones, giras, desapariciones
En un fin de semana lleno de noticias, como este que acaba de pasar, es imposible ignorar la coyuntura para dedicarse solamente a la reflexión. Si acaso, tratar de combinarlas.

La jornada electoral que se celebró el domingo en Yucatán inaugura el intenso año de votaciones que es el 2010 y también nos da primeros indicios de cómo andan los ánimos y las fortunas de cada uno de los partidos nacionales que compitieron en la península y que lo harán en algo así como una docena de entidades en todo el país en lo que resta del año.

Los primeros conteos y las encuestas de salida indican que el PRI habrá obtenido una cómoda victoria en el municipio capitalino de Mérida, poniendo fin —de confirmarse las tendencias— a un largo periodo de dominio del PAN en esa ciudad, que le sirvió de preludio en su momento para hacerse de la gubernatura en las elecciones antepasadas. Ahora las cosas parecen darse a la inversa, habiendo ganado el PRI la gubernatura recientemente y abriendo así el camino a la reconquista electoral de la ciudad principal de Yucatán.

Vendrán ahora las interpretaciones, los análisis, la repartición de méritos y de culpas. Sobrarán quienes afirmen que este es un anticipo de lo que sucederá en los demás procesos electorales en julio próximo y otros buscarán explicar que la jornada yucateca fue atípica y que no debemos leer más allá del resultado inmediato. Se antoja absurdo pretender adivinar lo que vendrá en julio o, para ese caso, en el 2012. Hace seis años cualquier vaticinio basado en los resultados electorales del momento (o, para ese caso, del año anterior y del siguiente) habría sido erróneo.

Lo que sí podemos afirmar, con base en las tendencias de la votación yucateca, es que el PRI se encuentra en un muy buen momento y trae la inercia de su lado, mientras que el PAN continúa en picada merced a sus pobres liderazgos, sus selecciones de candidatos y el descrédito generalizado de un partido que parece decidido a volver a sus orígenes, los de la oposición, al costo que sea.

Programada, aunque con menor antelación, la gira internacional del presidente Felipe Calderón, que lo llevó en primera escala a España y que culminará el próximo jueves en Washington. Yo soy de los que creen que los presidentes hacen bien en viajar y en promover al país más allá de sus fronteras, al mismo tiempo que estoy consciente de los límites prácticos que puede tener una visita como ésta, y de lo poco que en términos concretos y contantes y sonantes puede lograrse en ella. Sin embargo, celebro que el Presidente mexicano haga este viaje aunque no deja de llamarme la atención que sea hasta iniciado el cuarto año de su gobierno que se dé finalmente una visita de Estado a Washington, con todo lo que conlleva en términos de protocolo, cierto, pero también de peso político. Es mucho lo que tenemos pendiente allá y es importante que nos vean y nos escuchen. Más vale tarde que nunca.

La gira del Presidente arrancó bajo la sombra de una preocupante noticia, la de la desaparición de Diego Fernández de Cevallos en Querétaro. No se conoce al momento de escribir estas líneas el paradero del abogado, militante panista y personaje público que tanta influencia y peso ha tenido en las últimas décadas en este país. Lo que sí está claro es el impacto que ha tenido la noticia y las reacciones que ha generado en la opinión pública, entre la clase política y por supuesto hacia adentro de su partido y del gobierno federal. La abrumadora mayoría de las opiniones y comentarios coincide en la consternación y los buenos deseos, y no deja de ser llamativo que muchas de las más claras expresiones de solidaridad y apoyo vengan de antiguos contrincantes y de figuras de otros partidos políticos.

Lamentables las reacciones de otros que han tratado de sacar raja del acontecimiento o inflarse a sí mismos esparciendo rumores y versiones no confirmadas de los hechos. Observamos este fenómeno sobre todo en las redes sociales, donde leemos lo mismo muestras de gran madurez y serenidad que, en el otro extremo, de estulticia y oportunismo.

Pero antes de emitir juicios sumarios acerca de la confiabilidad —o falta de ella— de los Twitters y los Facebooks, hay que recordar que los responsables del ingenio, del talento o de la tontería son los que escriben, y los que les creen…

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10 Mayo 2010 03:22:53
Democracias imperfectas
No sé si el de Gran Bretaña sea el régimen democrático más longevo del mundo, pero es uno de los más perdurables y ejemplares, pues ha conciliado una añeja y oxidada tradición monárquica con un esquema parlamentario que es envidiable tanto por su solidez como por el debate y apertura que propicia y al que obliga.

Las últimas tres décadas fueron generosas, dándoles mayorías parlamentarias relativamente cómodas y estables que le permitieron a Gran Bretaña salir de la pesadilla del estancamiento y la inestabilidad de los años 70 para entrar a un periodo de reformas estructurales, crecimiento económico, bienestar y sólidos liderazgos políticos. En los dos extremos ideológicos de Gran Bretaña, Margaret Thatcher primero y Tony Blair después redefinieron a sus partidos y modificaron el escenario nacional e internacional que habían heredado. Se puede decir que fueron definitorios tanto para el conservadurismo de los 80 como para la socialdemocracia de los 90. Sin ellos el mundo de finales del siglo XX y la primera década del XXI hubiera sido distinto.

Margaret Thatcher apaleó a los sindicatos británicos que mantenían secuestrados a los gobiernos que le antecedieron y dio un golpe de mano en el escenario internacional con su victoria militar sobre Argentina en el por tantos motivos lamentable episodio de la Guerra de las Malvinas, o Falkland para los vencedores. De paso, sentó las bases para el crecimiento sostenido de la economía y para su reinserción en la escena europea y global, tras un largo declive que dejaba a Gran Bretaña dudando de su futuro. A un costo que para algunos fue demasiado alto, y que incluyó profundas divisiones y una aún más profunda polarización de la sociedad, la Thatcher redefinió a su país y —merced a su alianza con Ronald Reagan y a su rol en la Guerra Fría— contribuyó al rediseño del escenario mundial.

Su heredero, John Major, sin pena ni gloria entregó la estafeta a otro personaje transformador, éste en el extremo opuesto, el neo laborista Tony Blair, quien jugó un papel igualmente importante en la proyección británica pero sobre todo en la búsqueda de una nueva identidad para la izquierda europea moderna, que buscaba escapar de la camisa de fuerza del estado benefactor que ya no era ni funcional ni financiable. Blair también se acercó a Washington, pese a que sus diferencias ideológicas con George W. Bush parecían insalvables, y logró convertirse en incondicional de Washington en muchos temas, de los cuales el más notorio y a la postre devastador fue la guerra en Irak. Su uso faccioso de información para tratar de justificar la intervención militar lo dejó para siempre marcado, y afectó severamente la credibilidad de la clase política británica.

A Gordon Brown le tocó administrar la pesada herencia de las expectativas no realizadas de Blair y enfrentar el vendaval de una crisis que no esperaba. Sus buenos reflejos financieros fueron invaluables para que GB y Europa salieran relativamente bien librados del primer embate de la crisis que ahora arrecia, pero no bastaron ni para evitar daños ni mucho menos para cambiar la ya de por sí pobre valoración que de él tenía el electorado.

Pagó Brown las facturas propias y las de Blair, pero a la clase dirigente de su país no le fue mucho mejor. Ni los conservadores de David Cameron alcanzaron la mayoría que aparentemente tenían en la bolsa ni el partido Liberal Democrático pudo erigirse como una solida opción pese al atractivo liderazgo de Nick Clegg, con todo y su buen desempeño en campaña. Así las cosas, los tres partidos principales perdieron y colocaron a GB en la incómoda posición de no tener claridad política en medio de la tormenta económica.

Es incierto en este momento el desenlace de las negociaciones que llevan a cabo Cameron y Clegg, el primero urgido de un acuerdo de coalición y el segundo ansioso por lograr lo que sería una reforma profunda del sistema electoral británico, que hoy en día no contempla la representación proporcional que ambiciona naturalmente el tercer partido. Paradójicamente, mientras otros países quisieran abjurar de un sistema de representación que privilegia a las fuerzas menores, en Londres se discute la necesidad de ampliar el espectro en el Parlamento y de acotar las ventajas que en este momento tienen los dos partidos dominantes.

Algo han de saber los británicos que hoy cuestionan lo que otros anhelan…

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Internacionalista
03 Mayo 2010 03:53:13
Educando a Arizona…
No me refiero, apreciados lectores, a la genial película de los hermanos Coen de 1987 ni tampoco a la remota posibilidad de que algo o alguien pudiera hacer entrar en razón a la gobernadora o a la mayoría republicana en el Congreso de ese estado, sino a lo que ya se ha desatado a raíz de lo que está sucediendo en Arizona.

La draconiana ley aprobada por el Legislativo y promulgada por la gobernadora de Arizona ha puesto a ese estado en el centro del debate acerca del siempre espinoso tema migratorio, ciertamente en EU, pero también en nuestro país, y atraído los reflectores más allá de lo que ambos vecinos puedan opinar al respecto.

Este es un asunto que rebasa con mucho la manera en que un estado fronterizo decide enfrentar el reto de la inmigración ilegal: toca todas las fibras imaginables del ya de por sí complicado y polarizado panorama político estadounidense, se mete con el siempre sensible tema del racial profiling y de paso aborda cuestiones universales de derechos humanos, cumplimiento de la ley, desarrollo económico y social, exclusión y —por supuesto— de la congruencia de naciones que son rápidas para criticar mas no siempre para predicar con el ejemplo.

No hay hoy en México discurso más fácil o rentable que el de la condena absoluta a la ley Arizona, el llamado al boicot, la exigencia del desagravio. Políticos de todos los partidos se desgarran las vestimentas en supuesta solidaridad con nuestros paisanos en EU y particularmente con los que ahora sufrirán, sin duda, tratos discriminatorios y hostigamiento permitidos y protegidos por la nueva ley. Como si nuestros compatriotas en EU no fueran desde siempre objeto de malos tratos, vejaciones, explotación y/o discriminación por su apariencia, su origen o su falta de documentos migratorios.

La nueva ley ciertamente formaliza muchas de las conductas de que ya son víctimas silenciosas los indocumentados en EU y da carta blanca a la policía para detener e interrogar a cualquiera cuya apariencia no sea de su agrado. Sienta un grave precedente no sólo por las conductas que permitirá (o formalizará) sino porque muchas otras entidades en EU miran con interés y un dejo de envidia a los autores de la legislación, y estarán atentas al costo electoral que esto les acarree a los republicanos en ese estado.

La ley también pone de nuevo en la mesa el asunto de la reforma migratoria sin que existan aún, ni de lejos, los acuerdos políticos necesarios para llevarla a buen puerto en Washington. Acelera el debate, inflama los ánimos de ambos lados de la mesa y fortalece a los radicales a favor y en contra de una revisión profunda de las leyes y mecanismos migratorios estadounidenses, con lo cual no se favorece una discusión seria al respecto. Hasta las manifestaciones del 1 de mayo no fueron tan numerosas como en otros años, lo que muestra la falta de músculo de los hispanos en Estados Unidos.

Pero se equivoca quien piense que esto se trata solamente de Arizona o de los indocumentados mexicanos o latinos, si bien el detonador es el hartazgo y la preocupación de los habitantes de un estado que lleva una pesada parte de la carga de la migración ilegal desde México y que ven con creciente inquietud la ola de violencia que amenaza todos los días con desbordarse del sur al norte de la frontera.

Quien quiera entender las verdaderas dimensiones de este problema hará bien en leer la columna de este domingo de Frank Rich en The New York Times, en la que describe a un virus político para el que no hay acotamiento ni cura, y que se extiende como un movimiento de derecha cuyos alcances subestiman muchos dentro y fuera de EU. Los nuevos conservadores se han cubierto indistintamente con dos capas: la de “Recuperar a EU (Take Back America)” y la del movimiento del así llamado Tea Party, cuyo mensaje de desencanto con el “sistema” y con Washington ha recorrido las definiciones político-ideológicas marcadamente hacia la derecha.

Los niveles de demagogia y vociferación van en aumento en torno a este lamentable asunto, pero Rich nos advierte, con buenas razones, que estamos apenas frente a una muestra del nuevo nativismo y racismo estadounidense, que se preocupa lo mismo por los indocumentados que por los terroristas que por el hecho de tener un presidente “diferente”.

La punta del iceberg o, como dirían los cinéfilos afectos a Bergman, el huevo de la serpiente…

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Internacionalista
19 Abril 2010 03:12:36
El Papa en Malta
Benedicto XVI llega a sus 83 años como pocos quisieran hacerlo: inmersos él, su papado y la Iglesia que encabeza en una de sus más profundas crisis, una que toca la credibilidad y la legitimidad misma, una que amenaza con dividirlos y desgarrarlos internamente.

En la isla mediterránea de Malta el Papa se reunió con un grupo de presuntas víctimas de abusos sexuales, les pidió perdón y prometió que la Iglesia hará “todo lo que esté en su poder para investigar acusaciones, llevar a la justicia a los responsables y tomar medidas eficaces para proteger a los jóvenes en el futuro…”. Los reportes de prensa cuentan que el Papa tenía lágrimas en los ojos y algunos de los participantes mencionan que la reunión fue emotiva y conmovedora.

Hasta ahí todo muy bien. Es encomiable que el máximo jerarca de la Iglesia católica tome en serio acusaciones tan graves como ésas; lo es igualmente que se tome el tiempo para recibir, escuchar y consolar a las víctimas; y no lo es menos que se comprometa ante ellos a esclarecer y castigar a los culpables de dichas aberraciones. El que el Papa pueda no sólo darse el tiempo sino además encontrar el adecuado entorno espiritual y emocional para reconfortar a las víctimas es igualmente valioso, no sólo para los directamente afectados, sino también para los miles de otros afectados alrededor del mundo que hasta ahora han sentido sólo fría distancia de la Iglesia que los llama suyos.

Es ésta la primera vez que el líder espiritual de los católicos se reúne personalmente con víctimas o con acusadores desde que comenzaron los escándalos que han sacudido a los fieles desde la más humilde sacristía o iglesia de pueblo hasta la más lujosa y dorada sala del Vaticano. Por doquier han brincado denuncias, algunas añejas y archivadas o ignoradas olímpicamente a lo largo de décadas, otras más recientes, provocadas en la mayoría de los casos por la indignación de enterarse de que los suyos no eran casos aislados o exclusivos de algún cura descarriado, y algunos también, hay que decirlo, por motivos que mezclaban el dolor propio con el afán de venganza y en unos cuantos hasta el de lucro. Para decirlo con todas sus letras, quien siendo víctima optó o fue forzado por su familia o la sociedad a guardar silencio merece toda nuestra simpatía y solidaridad, pero es válido cuestionar a quien siendo víctima guardó silencio a cambio de dinero permitiendo así al criminal continuar delinquiendo contra otros igualmente indefensos.

Esto nos lleva al tema de fondo, que es el de la criminalidad de estos actos. Lejos está el pretexto de que los asuntos de la Iglesia se deben resolver en lo espiritual y dejar que la condena divina los resuelva. Los abusos por parte de clérigos entran sin duda al campo de lo terrenal, y es la justicia del hombre la que debe tratar con aquellos personajes que no sólo incurrieron en un imperdonable abuso de su posición, sino que además cometieron delitos graves que conllevan en casi todo el mundo civilizado a largas penas de cárcel y en muchos casos a la prohibición de mantener contacto con menores de edad una vez purgada la condena.

Sobra decir que no vemos todavía las largas filas de procesos judiciales que estos abusos ya ameritarían, ni mucho menos los correspondientes al encubrimiento y la complicidad —que son igualmente delitos serios— ni tampoco a la facilitación para cometer crímenes, que no es otra cosa lo que hicieron jerarcas eclesiásticos —incluido según se denuncia el propio Joseph Ratzinger— al permitir que curas acusados de abusar de menores pudieran simplemente mudarse a otra diócesis y mantener ahí contacto con menores.

Excepción hecha de la carta pastoral de Benedicto XVI a los fieles de Irlanda y su breve reunión en Malta, la respuesta de la Iglesia católica ha sido tardía, miope e insensible. En algunos casos obligada por la difusión mediática o las amenazas de acción legal, pero casi siempre a regañadientes y procurando siempre la otra mejilla del adversario o el denunciante, y no la propia.

No merecen más que una triste sonrisa los vanos y patéticos intentos de defensa que han encabezado desde el pastor personal del Papa hasta el obispo Raúl Vera de Saltillo u otros que lo mismo han buscado culpar a los medios que a la educación sexual que a la homosexualidad de los abusos.

Lo cierto es que la culpa está en los que los cometieron y en los que los protegieron. Y esos deben responder antes que nada en los tribunales. Que el juicio divino se ocupe de ellos más tarde.

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Internacionalisa
05 Abril 2010 04:39:20
Semana ¿Santa?

Para Carlos Monsiváis

Me imagino que más de uno de mis amables lectores habrá pasado su pequeño y muy personal calvario en las carreteras y casetas o en los atiborrados centros vacacionales, con lo que habrán compensado en exceso cualquier reposo obtenido en los días de asueto. Pero algunos, con inteligencia, se habrán desconectado de noticias y comentaristas, descansando cuando menos de los agobios que éstos provocan o, mejor dicho tal vez, que provocamos.

No todos han descansado en estas fechas. Las causas del desasosiego las encontramos con frecuencia en la religión misma, ya sea en sus instituciones o en sus dogmas o en quienes la interpretan de tal manera que no pueden más que llevarse a sí mismos y a otros a la confrontación de la intolerancia, que no es otra cosa que el choque de las ignorancias respectivas.

Vienen estas poco piadosas reflexiones a mi mente no sólo por los escándalos que afectan a la Iglesia católica, de los que me ocuparé en un momento, sino también por los que recientemente han marcado a otras religiones. Para donde vuelve uno la mirada hay conflictos ya generados, ya atizados por la religión o el fanatismo, y en la manera en que cada quien los aborda y busca resolverlos está la llave que da a su alma, trátese lo mismo de individuos que de instituciones o de creencias que por arraigadas se convierten —sin serlo— en letra sagrada para sus fieles.

Los ataques terroristas/suicidas en el Metro de Moscú la semana pasada y los que le han seguido en otras regiones de Rusia responden ciertamente al añejo conflicto que con el Kremlin sostienen separatistas chechenos y de otras etnias del Cáucaso, que ha cobrado incontables vidas en todos los bandos y que ha mostrado el feo rostro del terror fanático así como el que ejerce un Estado autoritario. Pero en esta ocasión hay algo más que nos debe inquietar: muchos de estos grupos se han afiliado asaz informalmente a Al-Qaeda, y le dan con ello a sus actos asesinos un remedo de justificación religiosa de la que por supuesto carecen, pero la cual se atribuyen. Así, Moscú enfrenta ahora no sólo a radicales independentistas, sino también a fanáticos religiosos.

En la que conocemos como la Tierra Santa, que lo es igualmente para judíos, musulmanes y cristianos (en estricto orden de aparición) no cesan los enfrentamientos entre israelíes y palestinos, lo mismo por el tema de los asentamientos judíos en territorios ocupados que por los ataques con cohetes rudimentarios pero letales desde Gaza contra la población civil como, en los últimos días, por las limitantes de acceso a Jerusalén para palestinos cristianos así como por choques violentos en Hebrón en torno a la llamada Cueva del Patriarca, donde yacen los restos de Abraham, venerado igualmente por judíos y musulmanes. No profundizaré hoy en este conflicto que tiene además implicaciones geopolíticas, más que para señalar el ingrediente religioso que lo permea todo y hace tan difícil encontrarle solución.

Por su parte, la Iglesia católica enfrenta una de sus más graves crisis en tiempos recientes a raíz de las numerosas acusaciones contra curas por actos de abuso sexual y contra jerarcas por su silencio cómplice y encubrimiento. El Papa Benedicto XVI, a quien debe reconocérsele su decisión de investigar muchos de estos casos en el pasado, se le presentó una gran oportunidad para abordar el tema que tanto está costando a sus fieles en conflictos de conciencia y a la institución en términos de credibilidad. Escogió no hacerlo y ni siquiera mencionó el tema en su homilía del Domingo de Resurrección, pero los suyos cerraron filas y denostaron a críticos y críticas a quienes acusan de una campaña de desprestigio para “manchar” al Papa y de esparcir “murmuraciones del momento para golpear a la comunidad de creyentes”, llegando incluso a hablar de “cristianofobia”. El propio predicador del Papa, Raniero Cantalamessa, se atrevió a comparar las críticas a la Iglesia con el antisemitismo y tuvo que retractarse ante el revuelo de su desproporcionada afirmación. Lo cierto es que ante las evidencias, muchos jerarcas eclesiásticos han optado por abrir la boca y cerrar los ojos y los oídos.

Si el empeño que algunos ponen ahora en minimizar el escándalo lo hubiesen puesto en escuchar y atender a las víctimas en su momento, otro gallo les cantaría.

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Internacionalista
29 Marzo 2010 03:27:14
Obama desatado
Hace apenas unas semanas parecía que la presidencia de Barack Obama estaba concluyendo aun antes de empezar. Sacudido por los violentos coletazos de la crisis económica y financiera; frustrado por la lentitud de una aún incierta recuperación que no hace mella al desempleo; maniatado por una activista y vociferante minoría republicana; a 14 meses de tomar posesión el presidente estadounidense no veía la suya.

Analistas y comentaristas se preguntaban qué le habría sucedido al candidato articulado, elocuente y decisivo que derrotó a la pareja presidencial de Bill y Hillary Clinton y después a la maquinaria republicana construida por George Bush. El hombre que capturó la imaginación y la esperanza de un sector mayoritario de los estadounidenses y que ilusionó a buena parte del mundo parecía desdibujado, incapaz de convertir su éxito como candidato en avances como presidente. Su partido, alicaído, no lograba hacer de su amplia mayoría una herramienta para legislar la agenda del presidente.

Por el contrario, el Partido Republicano, que parecía condenado a la irrelevancia tras su pobre desempeño en las dos últimas elecciones al Congreso en 2006 y 2008 y la avasalladora victoria de Obama, ha encontrado en su posición de minoría opositora su verdadera vocación. Unidos como pocas veces. Los republicanos han sido implacables en su trato con el presidente, congruentes hasta la incoherencia en su rechazo a todas las iniciativas de Obama, a quien lograron arrinconar no obstante la cómoda mayoría demócrata en ambas cámaras.

Después de la toma de posesión, momento histórico y memorable, el equipo de Obama comenzó a dar muestras de desconcentración. Ni su operador político por excelencia, Rahm Emmanuel, ni su trabuco de comunicación y respuesta rápida parecían capaces de articular mensajes que movilizaran en su favor a la opinión pública. Las encuestas, esas que hace un año adoraban a Obama, le dieron la espalda, lo desconocieron. El presidente del “Sí se puede” (Yes, we can) se convirtió en el del “aquí no pasa nada”, el de la Casa Blanca inmovilizada.

La timidez, la búsqueda casi obsesiva de consensos y la ausencia de un concepto unificador de su presidencia estaban convirtiendo a Obama ya en un “Pato tullido”, un Lame Duck, como se les dice a los presidentes que pierden su mayoría legislativa en los dos últimos años de su mandato. Sólo que Obama estaba apenas en los primeros meses...

La gota que aparentemente derramó el vaso de la paciencia y ecuanimidad de Obama fue la pérdida de su “supermayoría” en el Senado tras la muerte de Ted Kennedy. La derrota en Massachusetts, uno de los bastiones liberales, parecía ser el clavo que sellaba la tapa del ataúd del partido Demócrata.

Hasta que Obama despertó. Decidió, de la mano del liderazgo de su Partido en el Congreso, olvidarse de consensos y aplicar las mayorías con las que cuenta. La aprobación de la reforma al sistema de salud estadounidense, asaz incompleta, representa la más importante obra de legislación social en casi medio siglo. Independientemente de virtudes o carencias de la reforma, le pone un sello a la presidencia de Obama que nadie le podrá quitar.

Hubo quien dijo, tras esa victoria, que ya con eso Obama podía descansar tranquilo, pues su presidencia habría logrado una transformación histórica. Pero lejos de ello, el presidente parece decidido a gobernar y a utilizar el poder que tiene antes de que se le acabe o se lo acoten en las elecciones intermedias de noviembre próximo.

Entre sábado y domingo, Obama se anotó dos puntos más en la que parece ser su campaña para reconquistar el poder: anunció una serie de nombramientos que estaban atorados en el Congreso aprovechando el receso legislativo y viajó a Afganistán, donde libra una guerra de cuyo desenlace mucho está en juego para él.

Obama está de regreso, desatado, decidido a —por fin— gobernar. Ya era hora para él y para quienes habían depositado sus esperanzas de cambio en el joven presidente.

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Internacionalista
08 Marzo 2010 04:31:04
De mentiras y encubrimientos
Pocas cosas hay peores que la mentira. Genera desconfianza y desapego, crea hábito entre quien la pronuncia y quien la escucha, provoca una cascada de consecuencias ya sea en los intentos por encubrirla o los deseos de desenmascararla. La mentira rara vez se queda sola: puede ser que llegue así, pero al poco tiempo convida obligadamente a otras más, necesarias para continuar con el engaño, volviéndolo cada vez más intrincado e irreversible.

No hay vuelta atrás con ellas pues no es posible mentir por única ocasión: las mentiras a fuerza de repetirse pueden parecer una verdad, como decía Joseph Goebbels, tristemente célebre propagandista del nacionalsocialismo, pero por lo general engendran a otras mayores para encubrirse y justificarse. El de los nazis ilustra perfectamente el punto: un régimen basado en las mayores falacias de la era moderna solamente supo seguirle mintiendo a su pueblo hasta llevarlo al borde de la destrucción, a los límites del oprobio y de la indignidad humana.

No todas las mentiras tienen que ser así de monstruosas para tener un efecto pernicioso sobre la vida pública y el tejido social. Hay mentiras que hacen historia y otras que se vuelven historia, como las que fueron materia de la enseñanza pública en México, con sus héroes y villanos a la medida del régimen o del gobernante en turno, en una versión orwelliana tercermundista de cómo se reescribe la historia a modo.

Todavía peor que la mentira es el encubrimiento que busca proteger al criminal, al falseador, al que ha violado los pactos que lo obligaban. El encubrimiento se presenta con frecuencia en situaciones de excepción: en guerras o rebeliones, durante momentos de turbulencia social, o bajo la brutalidad de las dictaduras. Sucede a veces por temor, otras por indiferencia hacia las víctimas, unas más por franca y abierta complicidad. Nos vienen a la mente Ruanda y Camboya, pero también casos menos extremos pero no por ello más tolerables: el encubrimiento que permitió la adopción forzosa de los hijos de los “desaparecidos” durante las dictaduras en Chile y Argentina o la que dejaba se afirmara que las elecciones en México eran libres y democráticas o los que todavía hoy permiten y propician la censura y la autocensura en los medios de comunicación.

Escribo estos renglones pensando por supuesto en dos acontecimientos recientes que han generado revuelo y aunque de dimensiones menores a los que he mencionado arriba no dejan de tener un alto valor simbólico: me refiero a los dimes y diretes en torno al presunto pacto o convenio entre el gobierno federal, el PAN y el PRI y a las nuevas —que no novedosas— acusaciones contra Marcial Maciel, fallecido jerarca de los Legionarios de Cristo.

El primer caso supone no sólo la mentira reiterada sino también la incapacidad de las partes para lograr y mantener acuerdos clandestinos. No sé lo que me irrita más, si el cinismo con que algunos de los involucrados han pretendido engañar a la opinión pública o la estulticia con la que se han conducido para negar/afirmar/revelar y de paso confirmar lo que todos sabíamos: que las habilidades políticas son especie en extinción en este nuestro país. Lo malo no es lo secreto, vaya, ni siquiera lo perverso: lo malo es la ineptitud.

Las más recientes acusaciones contra Maciel provienen ahora de uno de sus hijos, quien afirma que su propio padre habría abusado sexualmente de él cuando era menor de edad. La respuesta ha sido dual: por un lado tratar de ocultar o minimizar los alegatos, cosa difícil en un entorno mediático tan plural y tan dado al escándalo (si bien alguno que otro medio pensó que podría callar la noticia) y por el otro buscar descalificar el testimonio ya que se dio aparentemente en el marco de un intento de obtener dinero a cambio del silencio: algunos le llaman reparación de daño, otros extorsión.

Yo prefiero decirle por su nombre. Lo hecho por todos aquellos que supieron de los abusos de Marcial Maciel (incluidos los que callaron cuando el asunto ya era público) se llama encubrimiento. Se puede tal vez entender en el caso de las primeras víctimas, pero nunca en el de quienes desde posiciones de influencia o autoridad fueron omisos en denunciar, en destapar, en impedir que esos actos siguieran ocurriendo.

Hace mal —muy mal— el que miente, pero es peor el que lo encubre, pues le permite continuar mintiendo.

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22 Febrero 2010 04:30:25
Unidad de AL: ¿sueño, posibilidad o quimera?
La elegantemente llamada Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe arrancó este domingo con ambiciosos propósitos y severos retos.

No es de ninguna manera nueva la idea de que en la integración latinoamericana está la respuesta a los múltiples problemas de atraso, marginación y desigualdad que padece históricamente la región. Bolívar fue quien primero se atrevió a esbozar el concepto, que no llegó demasiado lejos por razones similares a las que lo han obstaculizado desde entonces y hasta ahora. Los provincialismos y regionalismos no son exclusivos del subcontinente americano, pero se nos dan particularmente bien en esta parte del mundo y han sido, de la mano de la miopía y la obcecación de muchos de nuestros políticos, los causantes de que la integración regional siga siendo una muy lejana meta.

América nace impedida no sólo por la cruenta e ineficiente gestión colonial sino también por accidentes geográficos. Grandes planicies y desiertos alejaron a las tribus predominantemente nómadas del norte de los asentamientos y civilizaciones más establecidos de Mesoamérica, mientras que los estrechos y las junglas de lo que hoy conocemos como Centroamérica sirvieron como una infranqueable barrera entre las culturas más avanzadas del norte y las del sur. Los aztecas tuvieron conocimiento y uso ornamental de la rueda, sin aplicaciones prácticas por la falta de animales de carga. Mientras tanto, los incas contaban con la fuerza motriz de las bestias pero no con la herramienta que permitiera aprovecharlas al máximo. En ese aparentemente anecdótico detalle se esconde parte del misterio del relativo atraso tecnológico de los pueblos indígenas a la llegada de los europeos.

La Colonia se encargó de subsecuentes impedimentos a la libre comunicación e intercambio entre las distintas regiones, siguiendo el modelo más bien centralista de la península ibérica. Tras las independencias sucesivas en el continente predominó en América Latina la desunión y la rivalidad, lo mismo hacia adentro de las jóvenes naciones que para con sus vecinos. Para muchos la idea de la integración consistía en anexarse los territorios más apetecibles del vecino, y todavía hoy, en pleno siglo XXI, observamos disputas territoriales que se antojan imposibles de resolver, como la de la salida al mar de Bolivia.

La cumbre que hoy inicia en la Riviera Maya se da en el marco formal de una reunión del así llamado Grupo de Río, que agrupa hoy a una veintena de países de la región. A México le ha correspondido durante los dos últimos años la Secretaría Pro Tempore, y entregará ahora la estafeta a Chile, en una adecuada despedida de su presidenta, Michelle Bachelet.

A lo largo de poco más de tres años el gobierno mexicano ha procurado recuperar aunque sea una parte del mucho espacio e influencia que perdió en la que debería por naturaleza ser su zona de influencia. Los liderazgos emergentes de Brasil y Venezuela y el protagonismo de algunas otras naciones han complicado la gestión mexicana, ya de por sí impedida por el alejamiento que impulsó por acción y omisión el gobierno de Vicente Fox.

Si bien estas reuniones suelen tener un valor más simbólico que práctico, no deja de ser relevante el que México haya logrado convocar exitosamente a un encuentro que busca salidas concretas a las buenas intenciones que tradicionalmente han plagado cualquier acercamiento regional. En la medida en que esta cumbre sirva para desechar los pesos muertos de organismos regionales como la OEA y reflejar el peso específico que deberían tener las naciones de América Latina y el Caribe, será un paso en la dirección correcta.

Es demasiado pronto para vaticinar si la unidad de la región es un sueño alcanzable o una pesadilla de retórica recurrente. Se acostumbra decir que nuestro país tiene la cabeza en Norteamérica y el corazón en América Latina, pero la cumbre muestra que algunos en México saben que la personalidad múltiple puede ser provechosa: nuestra ancla debe ser el interés nacional, y éste reclama la diversificación y la diplomacia activa. No es una disyuntiva: México puede y debe mirar hacia el norte y hacia el sur simultáneamente, debe aportar y tomar de ambos lo que más le convenga.

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Internacionalista

15 Febrero 2010 04:50:19
La guerra sin fin
La pasada fue una de las más complicadas semanas que ha enfrentado el gobierno del presidente Felipe Calderón desde su llegada al poder hace poco más de tres años. La visita presidencial a Ciudad Juárez por una parte, y el agrio debate en torno a las alianzas del PAN que llevó al secretario de Gobernación a renunciar a su militancia por la otra generaron una suerte de “tormenta perfecta”.

Ambos asuntos son importantes pues presentan el avance o retroceso de 2 temas torales para el Presidente: el combate al crimen organizado y la estrategia político/electoral de su partido y gobierno de aquí a 2012. Me ocuparé hoy de lo primero.

La guerra contra el narco ha pasado a dominar la atención de la sociedad, de los medios de comunicación y de la opinión pública y publicada. Al fragor del combate y mientras las cifras macabras se acumulan, todos nos hemos vuelto “expertos” en la materia: no hay quien se abstenga de opinar en torno a si la estrategia y las tácticas son las correctas, el número y tipo de efectivos los indicados, la manera de encarar a los cárteles la adecuada.

Se dicen y se escriben los más grandes absurdos, el primero de los cuales es el que pretende que podríamos volver al estado anterior de las cosas. Quienes han abogado por “transar” con el crimen organizado o de plano por retirar unilateralmente al Estado de esta guerra parecen ignorar que una vez cruzados ciertos umbrales ya no hay retorno posible. De aquí en adelante sólo se puede o capitular de manera parcial o completa o bien continuar por la ruta de la confrontación. No quiere esto de ninguna manera decir que esta última vía sea la adecuada o que no deba sufrir modificaciones de forma y fondo, pero sí es necesario reafirmar que resulta cuando menos inocente pretender un retorno a los que algunos con nostalgia consideran los “buenos viejos tiempos”.

La guerra declarada contra el crimen organizado en México no ha rendido los resultados esperados por una variedad de razones y causas. La primera tiene que ver con las expectativas: hay guerras que es necesario librar aunque no se puedan nunca ganar, tan sólo para mantener al enemigo a raya. Es el caso de las políticas de salud pública, donde cada avance desvela nuevos retos, o el del combate a la pobreza, difícil si no imposible de erradicar pero intolerable bajo cualquier criterio. Cada paso adelante dificulta el siguiente: a mayor longevidad de los mexicanos distintas y más complejas las enfermedades que sufren, mayores las exigencias sobre el sistema de salud.

La segunda razón tiene que ver con el hecho de que nadie tenía una idea adecuada acerca del tamaño del reto, de las dimensiones del enemigo, de los requerimientos para la batalla. El primer insumo para la guerra no es el dinero, como decía Napoleón (que añadía que el segundo y el tercero eran, también, el dinero) sino la información, el conocimiento de las capacidades del adversario.

Una tercera causa es la red de complicidades en los distintos niveles de gobierno por acción y por omisión. Desde el funcionario municipal o estatal que pretende lavar sus manos o su conciencia con el mentiroso argumento de que el narco es asunto exclusivamente de competencia federal (como si el asesinato, el robo, la extorsión también lo fueran) hasta el que de plano se alía con el crimen organizado, o el que busca sacar provecho personal o político de las circunstancias, los compañeros de viaje del narco son legión en nuestro país.

Finalmente, hace falta revisar y analizar lo que se está haciendo contra el crimen organizado sin prejuicios ni tabúes. No es traición a la patria cuestionar la estrategia o la táctica: evidentemente las cosas no marchan como el gobierno y la sociedad quisieran y es momento de hacer los ajustes y correcciones que hagan falta, pero sin politizar ni mucho menos partidizar el asunto. Tan mal hace el político de oposición que se aprovecha del dolor y el temor de la sociedad para sacar ventaja como el del partido en el poder que cuestiona la lealtad y el patriotismo de los críticos.

Los duros cuestionamientos que enfrentó el presidente Calderón en su visita a Ciudad Juárez no se dieron, como decía algún experto por ahí, por el hecho de haber ido a la zona cero del conflicto. Eran inevitables, parte de la catarsis nacional que tan necesaria resulta si hemos de enfrentar sin ambages la cruda realidad: el Estado y la sociedad mexicanos están en guerra contra un enemigo poderoso, temerario, omnipresente.

No es ya un asunto de valentía o coraje, sino de la imperiosa necesidad de acabar, de una buena vez, con las simulaciones, las complicidades, el oportunismo. Es hora de revisar lo que no funciona y de corregirlo, no de salir corriendo a ocultar la cabeza bajo la arena.


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01 Febrero 2010 04:17:32
Venezuela deschavetada
Algo sucede en Venezuela: el Presidente que parecía invencible, que apenas hace once meses ganó cómodamente un referéndum que le permitiría extender una vez más su mandato, el que tenía en la palma de la mano a cada vez más aliados dentro y sobre todo fuera de su país, se encuentra súbitamente en problemas.

Los políticos que “súbitamente” se meten en líos en realidad ya lo estaban desde antes, y ese es el caso de Hugo Chávez, aspirante a presidente vitalicio de Venezuela y generador de polémicas y conflictos nacionales e internacionales. El mandatario caribeño enfrenta hoy las consecuencias de sus acciones pasadas y de su falta de previsión en el manejo político, económico y social de una nación que sigue dependiendo excesivamente de un solo producto -el petróleo- y de un solo hombre, el propio Chávez.

Venezuela cuenta con una de esas fortunas que con frecuencia se tornan maldiciones: recursos naturales abundantes que generan economías de monocultivo, empresas estatales ineficientes, corrupción y una inestabilidad que está ahí, latente, esperando solo el momento más propicio para caer sobre la cabeza de quienes se sienten con el futuro asegurado. Es eso lo que hoy le sucede a Hugo Chávez. El precio de una materia prima no puede ni debe ser el factor determinante del rumbo ni de las inclinaciones o vocaciones de un gobierno.

No es la primera vez que Venezuela se casa con el precio del petróleo creyendo que sus lazos serán indisolubles. Ya en los años setenta supieron de la bonanza y más tarde de la desgracia: la pujante clase media venezolana que se vio impulsada en esos tiempos de vacas gordas tuvo que pagar el precio del regreso a sus orígenes más humildes.

Hugo Chávez ha dominado la escena venezolana desde antes de ser presidente. Su fallido intento de golpe de estado contra el entonces presidente Carlos Andrés Perez en 1992 puso en evidencia la crisis institucional por la que atravesaba entonces Venezuela, cuyo sistema bipartidista resultaba ya inoperante no solo por las pocas diferencias sustanciales entre los partidos que alternaban en el ejercicio del poder, sino también por la corrupción e ineficiencia endémicas que agobiaban al país. Tal vez el grado de descomposición quedó plenamente ilustrado con el encarcelamiento del propio Carlos Andrés Perez, acusado de corrupción y malversación de fondos.

Desde su llegada al poder el golpista ha mostrado una y otra vez su desprecio, su desapego por las instituciones formales e informales de Venezuela. La Constitución y el Poder Judicial le han merecido el mismo respeto que los partidos de oposición o los medios de comunicación independientes. La retorica a veces incendiaria y siempre prolongada del mandatario se ha visto seguida una y otra vez por acciones de gobierno radicales y divisorias. Desde la nacionalización de importantes sectores de la economía hasta el bozal impuesto a muchos medios, Hugo Chávez ha logrado ahondar las divisiones que ya existían en Venezuela hasta volverlas insostenibles sin que en el camino se aprecie una mejoría sustancial de las condiciones de vida de sus compatriotas.

Tras la baja de los precios del petróleo, Venezuela se enfrenta a las consecuencias del gasto público excesivo, la mala administración y el énfasis en el asistencialismo que no ha logrado sacar de la pobreza a importantes segmentos de la población y sí en cambio ha provocado un alza significativa de la inflación, escasez de productos, devaluación de la moneda y ahora el racionamiento de la energía eléctrica, cosa difícil de explicar en un país petrolero.

Hoy Venezuela se encuentra en medio de una tormenta de la que no hay salida fácil, más que la institucional. Las próximas elecciones parlamentarias podrían servir para que la oposición demuestre de verdad de lo que está hecha, haga a un lado sus diferencias y aclare de una vez por todas que solo usará la vía legal para hacerse del poder. Un buen comienzo sería levantar las numerosas causas legales contra medios de comunicación independientes o críticos

Me temo que esos son solo sueños guajiros, pues tanto el presidente Hugo Chávez como la nación que encabeza se encuentran, literalmente, deschavetados.

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Internacionalista
18 Enero 2010 04:39:01
Haití: sin luz al final del túnel
Si hay un Estado fallido en el hemisferio occidental, ése es sin duda Haití, la nación más pobre de las Américas, una en la que imperan la miseria y la desesperanza, en la que no existe prácticamente ninguna institución a la cual se pueda voltear en busca de guía, de ancla, de seguridad ni certeza.

Ese párrafo, amables lectores, aplicaba a ese país antes del devastador terremoto que lo ha colocado en el centro de la atención internacional, lugar que ya merecía dado el lastimero estado de su economía y su estructura política y social y el absoluto colapso de toda semblanza de gobernabilidad y de perspectivas a futuro. Tan triste era la situación en Haití, antes de esta última catástrofe, que se le consideraba un caso perdido, un basket case, en el que más de 80% de la población vivía en situación de pobreza y la mitad en pobreza extrema.

Imposible entender lo que sucede hoy en Haití sin conocer un poco de su historia. No siempre comparto la idea de que historia es destino, pero el caso haitiano nos obliga a pensar acerca de lo que pueden combinar naciones, individuos y naturaleza para prácticamente acabar con un país.

La que sería llamada la Isla de Española fue una de las primeras avistadas por Cristóbal Colón y los suyos, marcando sin saberlo el triste destino de los aborígenes, los indios Caribe, que sumaban tal vez un centenar de miles y que fueron exterminados por completo a lo largo del periodo colonial. Territorio francés, éste fue uno de los más ricos y lucrativos de los que París controlaba en América, conquistado gracias a la ayuda de filibusteros y sometido hasta que a finales del siglo XVII una revuelta de esclavos de origen africano dio lugar a la que resultaría ser la primera y única revolución exitosa encabezada por esclavos y que daría pie a la primera república negra del mundo. Fue ahí donde nació, en 1804, Haití.

Durante poco más de un siglo la nueva nación vivió sumida en el caos y la inestabilidad, con emperadores fallidos, guerras civiles, divisiones y disputas internas que aseguraban corta e ineficaz vida a cualquier gobierno, con profundas y amargas fricciones raciales que marcaban una frontera infranqueable entre blancos, negros y mulatos, estos últimos dominantes. Los caudillos, las asonadas y las divisiones recuerdan la historia de muchas otras naciones americanas, sólo que acendradas por la ausencia de un sólido edificio social, pues a diferencia de españoles y portugueses los franceses no formaron futuras naciones, sólo explotaron en este caso un enclave de esclavos traídos ex profeso desde África.

Sin saberlo ni quererlo Haití tuvo a un “hermano mayor” preocupado por lo que ahí acontecía porque veía que la isla resultaba de importancia estratégica en sus disputas globales. Fue por eso que EU apoyó desde un inicio la gesta independentista, pues no deseaba una presencia francesa fuerte en el Caribe, y por lo que 110 años después, inquieto por la posibilidad de que Alemania —su enemigo en la Primera Guerra Mundial— se aprovechara de la inestabilidad que reinaba en Haití, decidió invadir en 1915. Las razones estadounidenses pronto cambiaron, no así sus pretextos, y los “marines” permanecieron hasta 1934, si bien el control estadounidense sobre la hacienda haitiana continuó hasta 1947.

Así como la independencia no trajo grandes beneficios, la retirada estadounidense y la segunda liberación resultaron en una creciente ingobernabilidad que llegó a su fin con el arribo al poder de un personaje que simboliza como pocos la tragedia permanente que es ese país. François Duvalier, mejor conocido como Papa Doc, ganó las elecciones presidenciales en 1957 y se convirtió en dictador vitalicio, basando su control y su poder en la temible policía secreta que con el siniestro apodo de Tontón macoutes sembraba el terror por doquier. A la muerte de Papa Doc tomó el poder su hijo Jean Claude, de apenas 19 años de edad. Baby Doc optó por seguir sus pasos, hasta que una rebelión popular lo expulsó del país en 1986.

De nuevo, golpes y contragolpes seguían a cada vano intento democrático, hasta que un hombre respetado, Jean Claude Aristide, ganó las elecciones en 1990, sólo para ser derrocado por los militares unos meses después. Ahora sí la comunidad internacional intervino y logró, con embargos comerciales y la amenaza de la fuerza militar, que Aristide regresara al poder en 1994. Todo para nada: años más tarde, habiendo sido reelecto en medio de irregularidades, Aristide (a quien algunos veían como el Gandhi haitiano) tomó la misma ruta de sus antecesores y huyó de la ira popular en el 2004.

A partir de entonces el gobierno de Haití, ahora encabezado por el presidente René Preval, ha dependido de la ONU para poder mantener al menos la apariencia del control sobre una nación empobrecida, desesperanzada, construida —como sus edificios— sobre pilares de arena.

No es ésta, ni con mucho, la primera catástrofe natural que azota a Haití, pero sin duda es la peor. La comunidad internacional se ha volcado para apoyar, pero más importante que las vidas que se puedan rescatar en las operaciones de rescate o las que se puedan salvar gracias a la ayuda de emergencia, lo que verdaderamente contará es lo que se haga para reconstruir a este país desde sus cimientos. Cualquier otra cosa será como una aspirina para este enfermo que necesita salir, de una vez por todas, de terapia intensiva.

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Internacionalista
04 Enero 2010 04:38:55
2010: lo que fue y lo que vendrá
Comienza un año que para algunos trae consigo también una nueva década. Aunque los puristas (entre los que yo me cuento) no comparten la idea de que los decenios puedan empezar en los años con 0, por la sencilla razón de que en el conteo cristiano no existió el “Año Cero”, lo cierto es que la sabiduría popular —ese maravilloso oxímoron— presume que han comenzado los dieces del siglo 21.

Sea como fuere, para México es un año de aniversarios significativos, y no son sólo los de los respectivos inicios de las luchas por la Independencia y la Revolución. Como nos da cuenta la revista Día Siete en un artículo que no tiene desperdicio, en el 2010 se conmemoran efemérides y acontecimientos que deben ponernos a pensar acerca del tipo de país en que nos estamos convirtiendo, de lo que hemos hecho y dejado de hacer (y dejado hacer) y de las consecuencias que tarde o temprano habremos de enfrentar. Sin método particular tomo algunos de los muchos botones que nos ofrece el artículo de referencia, para ayudar en nuestras reflexiones. En 2010 se cumplen años de:

-La muerte de Lázaro Cárdenas (40 años). En esas cuatro décadas la izquierda mexicana ha navegado sin brújula ni mano firme, pese a los esfuerzos de admirables mexicanos que han sufrido cárcel, persecución o cosas peores por tratar de avanzar las causas más nobles y progresistas en un país con las desigualdades que tiene México. El padre y abuelo de dos figuras contemporáneas de la izquierda fue (o es) un símbolo del México que pudo ser, y de la izquierda que pudo, o podría, tener…

-La promulgación de las Leyes de Reforma (150). Hoy México se acerca peligrosamente al ejemplo estadounidense, en que la religión juega un papel excesivo en la vida pública mientras que se aleja cada vez más del modelo europeo en que las religiones tienen todo el espacio y protección que requieren, sin necesidad de que se vuelvan parte de la litis política. Hoy que ya ni las formas se guardan, nuestros políticos (tanto creyentes como ateos) son de una intolerancia que asusta.

-La muerte de Carlos Castillo Peraza (10). Así como Cárdenas fue y es un icono para la izquierda, Castillo Peraza lo fue y sigue siendo para el movimiento conservador y para el partido quepresidió, Acción Nacional. CCP fue ante todo un pensador, un hombre enamorado de las ideas, de la lógica y de la moral, un hombre de reflexiones en un partido que en el nombre lleva a su contrario. Que falta le hace a su movimiento una mente como la de él, una crítica y autocrítica como las suyas…

-La salida del PRI de Los Pinos (10). Ya desde que perdió en 1989 la primera gubernatura se dijo que un partido hecho para ejercer el poder no podría vivir fuera de él, pero el PRI demuestra que sigue siendo el mejor para lo que fue diseñado: ganar elecciones en aras de una sola meta: el poder mismo. La ideología priista, si existió, es hoy un enigma, como lo ilustra su postura en torno a la criminalización del aborto. En cuanto a su legendaria corrupción, ya otros se han encargado de demostrar que no tenía, ni de lejos, la exclusividad.

-La (tal vez efímera) llegada del PAN a Los Pinos (10). Era iluso pensar que con el arribo de otros al poder los males nacionales se resolverían mágicamente, pero Vicente Fox tuvo su pecado original en querer hacer creer que era así, que con voluntarismo todo cambiaría para bien. Sobra decir que no fue el caso, y Fox dejó al país y a su sucesor con pesadas herencias que aplastan el ánimo y el ambiente, contaminados por un quehacer descuidado e irresponsable adentro y afuera de México.

-El terremoto de 1985 (25). Pocos acontecimientos han tenido una influencia tan profunda sobre la psique nacional, o al menos la del centro del país, como los sismos de ese macabro septiembre. Incluso para quienes lo vivieron como niños, el Temblor marcó sus vidas, su perspectiva del poder, del gobierno, de los ciudadanos. La inacción del gobierno de Miguel de la Madrid hicieron que saliera a la luz una población dispuesta a tomar las cosas en sus manos, a dejar de esperar el acto paternalista y a asumir su propia mayoría de edad. No es exagerado decir que ahí se fraguó la caída del viejo sistema, y que con todos los muchos, los incontables meritos de otras generaciones, fue la del ’85 la que abrió de una patada las puertas a la posibilidad de una mejor y más justa nación.

-La fundación de la UNAM (100). La UNAM sintetiza, pésele a los que les pesa, la identidad nacional, la diversidad, las disparidades de arranque, los talentos frustrados y los que logran su cometido. En ella encontramos el espíritu, el alma, las contradicciones internas, la riqueza de nuestro querido y no siempre bien apreciado país.

En el 2010 se celebrarán la Independencia y la Revolución con poco contenido, ya que ni hay mucho qué festejar ni nadie sabe bien a bien qué hacer con centenarios y bicentenarios de acontecimientos incompletos o fallidos. Pero, como habrán podido ver en esta limitada selección, no son ésas las únicas fechas que debemos tener en mente para explicarnos cómo fue que llegamos hasta aquí…



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Internacionalista
28 Diciembre 2009 04:28:04
Cierre de año memorable
El sorpresivo anuncio de la retirada anticipada de las tropas estadounidenses de Irak y el cierre inmediato de la base/prisión extraterritorial de Guantánamo son apenas un tejido del enorme traje que le dieron a Barack Obama al concederle el Premio Nobel de la Paz. Con estas dos medidas el mandatario estadounidense intenta hacerse merecedor de una distinción que muchos juzgaron inmerecida o anticipada. El aviso simultáneo de que encarcelará a cualquier ejecutivo de bancos rescatados que se asigne un bono superior a los cinco millones de dólares seguramente le dará un repunte de popularidad, que le durará bien poco una vez que comience el éxodo de banqueros hacia puertos más seguros desde donde operar. No la tiene fácil, pues tendrá que echar mano de su oratoria para evitar que su partido pierda la mayoría en el Congreso en las elecciones de noviembre. Al menos cuenta con muchas más herramientas que muchos de sus colegas del llamado Grupo de los 8, que buscan aferrarse a cualquier tablita de salvación. Es el caso de Canadá, donde han decidido abolir la aberrante práctica de masacrar focas al mismo tiempo que, en un acto demagogico, se le ha concedido la virtual independencia (con moneda y ejercito propios) a la provincia francófona de Québec, en un intento por apaciguar los ánimos enardecidos de los separatistas y de quienes les guardan resentimiento en las provincias angloparlantes.

Otro síntoma de estabúsqueda por anotarse puntos para ganar las próximas elecciones es del premier británico Gordon Brown, quien no sólo ha decidido romper su alianza histórica con Estados Unidos al retirar a sus fuerzas de Afganistán a partir de enero, sino que además se arriesga a la ira del Commonwealth al exigir la suspensión de los derechos de dos de sus Estados miembros: Canadá, por la ya citada acción divisionista; y Nigeria, por la participación de uno de sus ciudadanos en el fallido atentado contra un avión de pasajeros estadounidense hace un par de días. Si Brown piensa que con eso podrá apaciguar los ánimos en Washington, donde se le ve como un traidor por su recule en Afganistán, está equivocado.

Sorprende menos, en ese sentido, la renuncia de Silvio Berlusconi tras el atentado sufrido recientemente. No obstante el marcado aumento de la simpatía por él en todas las encuestas tras la agresión, y agotado tal vez por los escándalos que le han rodeado, y agobiado por los rumores de que fue una amante despechada quien planeó el artero ataque, puede entenderse la decisión del primer ministro italiano, quien asumirá plenamente sus tareas como director ejecutivo de su vasto imperio televisivo, donde —se dice— fragua su venganza.

En rumbos más templados en la misma Europa los ánimos están caldeados. El aniversario de la reunificación alemana ha llevado a grupos de comunistas nostálgicos radicales a tratar de crear una suerte de “zona liberada socialista” al sureste de Berlín, en la zona boscosa de Königs-Wüsterhausen, donde pretenden recrear a la antigua Alemania Oriental, con democracia colectiva y equipo nacional de fútbol. Fue tal vez eso lo que desató la ira de la canciller Ángela Merkel, quien ha ordenado el uso de la fuerza pública e incluso invocó la clausula de autodefensa de la OTAN para tratar de amedrentar a los sublevados, entre quienes se cuentan antiguos miembros del alto mando germano-oriental y —se cree— de la KGB.

Esa amenaza a la integridad territorial alemana palidece frente al conflicto entre Bolivia y Chile por la exigencia de una salida al mar del primero y la negativa del segundo a concedérsela. El llamado de Evo Morales a Venezuela y Ecuador para unirse a su lucha, y su oferta de cederles una rebanada del pastel le ha puesto los pelos de punta a los chilenos a la vez que ha emocionado hasta las lagrimas al siempre belicoso Hugo Chávez, quien ya ve con ilusión cómo extender esa alianza a costa de su nada paciente vecino colombiano.

Y desde Colombia el presidente Alvaro Uribe va decidido a confrontar a su inimicísimo Chávez en donde sea, incluso en Honduras, país al que ha ofrecido ayuda militar y económica a fin de consolidar lo que el llama “un dique a las aspiraciones expansionistas” del venezolano. La llegada del primer batallón de Fuerzas Especiales colombianas a Tegucigalpa para preparar la toma de posesión del presidente electo Porfirio Lobo ya ha prendido señales de alerta en la región y desatado el debate en la política exterior de nuestro país, donde las visiones enfrentadas reflejan nuestras propias divisiones: por un lado un sector de la izquierda llamando a la creación de brigadas internacionales para “defender la revolución” y a su líder Manuel Zelaya; por otro sectores ultraconservadores apoyando la acción colombiana y ofreciendo apoyo “humanitario”, incluidos libros de texto purgados de cualquier contenido científico y con bendiciones eclesiásticas. La misma Elba Esther Gordillo ha ofrecido enviar un contingente del SNTE, oferta que ha sido rechazada por todos los involucrados en el conflicto. Aparentemente el ofrecimiento tenía tal cantidad de faltas de ortografía que todas las partes tuvieron problemas para entenderlo…

Así son estos días inocentes, caros lectores. Si llegaron hasta este último párrafo se sabrán festejados hoy 28 de diciembre.

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Internacionalista
07 Diciembre 2009 04:55:44
Obama: la vida es un pantano
Las cosas no deben ser plácidas ni placenteras para el todavía relativamente nuevo presidente de Estados Unidos. Con una rapidez que no sorprende pero sí asombra, el inquilino de la Casa Blanca ha perdido en las encuestas para rebasar ya —hacia abajo— la línea psicológicamente importante de los 50 puntos de aprobación, y eso que aún no consigue siquiera una parte de su ambiciosa agenda de política interior. En lo exterior, la redefinición de la estrategia militar en Afganistán bien puede convertirse en la piedra de toque de su Presidencia y en el parte aguas para el futuro del imperio americano.

Es tal vez demasiado pronto para analizar el plan de salud de Obama, pues el debate legislativo puede transformar su propuesta y convertirla en un Frankenstein o en un proyecto transformador del sistema de seguridad social y de atención y prevención médica que está verdaderamente roto. La nación más poderosa del mundo no ha logrado acabar con la discriminación y marginación de ciertos sectores de su sociedad. Lo que en un inicio fue para los indígenas lo fue después para los negros, en menor grado para latinos y asiáticos. Pero más allá del origen étnico o nacional, persiste en EU la más terrible marginación de un amplio sector que no tiene acceso a la seguridad social.

Hasta ahí el plan de salud de Obama, con el que ya tendría para estar más que ocupado y que por sí solo bastaría para llenar cualquier ambición reformista de un presidente de nuevo ingreso.

Sigue en su lista la administración de una crisis que no fue de su hechura pero que le ha costado muy cara en el frente interno. La Gran Recesión, como ya la llaman, ha dejado secuelas que tardarán en sanar, y que seguramente afectarán para mal a los demócratas en las elecciones intermedias de noviembre del año próximo. Por más rápido que llegue la recuperación, que a diferencia de la Recesión se escribe siempre con minúsculas, los votantes descargarán parte de su ira, su rencor y sus temores en el partido en el poder, al que le ha tocado diseñar el plan para salir de la crisis, con su éxito muy limitado hasta ahora.

Pero donde Obama verdaderamente se está jugando el todo por el todo es en Afganistán. Esta guerra tiene todo para convertirse en el nuevo Vietnam. Un enemigo elusivo, un gobierno aliado desacreditado y con mínima legitimidad, una opinión pública escéptica y una definición verdaderamente amplia de lo que puede ser la derrota, y mucho más estrecha de lo que significaría la victoria.

Ya desde su campaña Obama había hecho una distinción fundamental entre Irak, a la que él llamaba una guerra opcional (a war of choice) frente a la de Afganistán, que definía como una guerra obligatoria para proteger la seguridad nacional. En resumen, en algo que lo mismo era su planteamiento de campaña que una de sus más duras críticas al entonces presidente Bush, la guerra en Irak había estado basada en falsas premisas (el supuesto apoyo de Hussein al terrorismo y su igualmente inexistente arsenal de armas de destrucción masiva), además de que sirvió para distraer la atención y recursos necesarios para combatir en donde SÍ estaban en juego intereses vitales de EU.

Un año más tarde, Obama ha anunciado decisiones, incluyendo el envío de 30 mil soldados adicionales a Afganistán, que impactarán el futuro y la duración de su presidencia así como el papel que juega EU en el mundo. De alguna manera el discurso que pronunció Obama la semana pasada es uno de replanteamientos y reconsideraciones. En él, intenta dar nuevo rumbo a una política exterior que en los últimos años había estado marcada por el maniqueísmo heredado de los tiempos de la Guerra Fría. De ese mundo de buenos y malos EU pasó a encontrar a los villanos sustitutos en el fundamentalismo islámico, al que nunca se definió bien y cuyo supuesto paraguas abarcaba demasiado, con lo cual rápidamente Washington se ganó la enemistad o al menos la suspicacia de buena parte del mundo musulmán.

Hay muchas cosas que no están claras en la estrategia en Afganistán, empezando por cosas tan básicas como la de quién es el enemigo (¿el Talibán? ¿Al Quaeda? ¿El fundamentalismo?) O la de cómo se define la victoria (¿fortaleciendo al corrupto régimen del presidente afgano? ¿Exterminando a los talibanes? ¿Expulsando a los terroristas islámicos?) ¿Se busca reconstituir al Estado afgano o sólo darle la fuerza para sobrevivir y mantener distraído al enemigo?

Hasta ahora, la presidencia de Obama se ha basado más en el valor de las palabras que en los hechos, lo cual es comprensible en una gestión que no llega aun a su primer aniversario. Hay quienes piensan que por sí mismo el cambio en el discurso de Obama lo puede hacer acreedor a un Premio Nobel. Lo cierto es que en la vida pública lo único que trasciende es la acción, no la intención. Si quiere ser recordado más allá de sus primeros cuatro años y de sus encendidos e inspiradores recursos oratorios, necesita resultados, y como en materia económica éstos tardarán, y la reforma de salud tampoco se notará de inmediato sea cual sea su desenlace, sólo le queda por el momento el recurso afgano. Curioso, paradójico, que un hombre tan alejado del cínico uso de la fuerza militar tenga ahora que depender de ella para salvar su propio proyecto político y de nación.

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Internacionalista
30 Noviembre 2009 04:52:44
Elecciones y reflexiones
Hay días, caro lector, en que no encuentra uno tema y hay que rascar en las profundidades de la mente y de las noticias, para dar con uno que resulte atractivo ya no para uno, sino para aquellos valientes que se aventuran a leer al que esto escribe.

No es ese el caso hoy. Temas e inspiraciones sobran, y entonces hay que escoger entre numerosas opciones. Vayamos por la de dos antípodas latinoamericanas, Honduras y Uruguay.

Escribo esto mientras se llevan a cabo las elecciones presidenciales en esos países, cuyos procesos electorales no podrían ser más diferentes. No pretendo meterme ni a condiciones históricas ni a diferencias socioeconómicas o de cultura política. Baste decir que en Honduras la población va a las urnas en medio de una interrupción del orden constitucional en que una de las dos facciones en pugna detenta el poder y ha amedrentado continuamente a sus adversarios, cuyo líder está refugiado en la embajada brasileña, bajo amenaza de arresto inmediato si se atreviera a salir.

No son condiciones idóneas para celebrar unas elecciones que pretenden no sólo dar una salida a la crisis política interna y conducir la transición, sino poner fin al aislamiento que agobia a Honduras a raíz del golpe de Estado. Vuelan argumentos acá acerca de si el depuesto presidente Zelaya se lo merecía, si él también había violado a ley buscando reelegirse. Hay otros que opinan que es ya demasiado el castigo para los hondureños de la calle, que amén de sufrir a sus políticos tienen ahora que pagar las consecuencias de sus desacuerdos. Otros más opinan que el hecho de que los golpistas estén aún en el poder no debería por sí mismo invalidar o restar legitimidad al proceso electoral, y citan ejemplos ciertamente exitosos como el de Chile.

Coincido con quienes piensan que bloqueos o sanciones lastiman más a la población inocente que a las dirigencias que pretenden castigar, y también con quienes apuntan que el caso chileno (o el español) son paradigmáticos. Sin embargo, el hondureño es diferente, principalmente por lo reciente del golpe y por lo que significaría dejarlo pasar impune, como todo indica que va a suceder. Hay en América Latina una antigua tentación autoritaria, que vemos reflejada en nuestro historial de golpes, asonadas, dictaduras y dictablandas, y en la reciente tendencia de presidentes que buscan mantenerse en el poder. Así lo hacen o lo han hecho en Argentina, Bolivia, Colombia, Nicaragua y Venezuela. El problema es que si no atajamos estas intentonas dictatoriales, sean del color y de la ideología que sean, pueden correr por la vía libre. Lo de Honduras sentará un precedente que puede ser funesto para todo el hemisferio.

Qué contraste con la segunda vuelta de las elecciones de Uruguay, donde todo apunta a una victoria del candidato del oficialista Frente Amplio, José Mújica, quien a sus 74 años no muestra grandes emociones ante el que parece ser su inminente triunfo. Después de haber ganado la primera vuelta y enfrentar hoy al ex presidente Luis Alberto Lacalle, declaró Mujica al ir a votar: “Esto es como bailar con tu hermana”. No conozco a su hermana, e imagino que no bailara muy bien, pero esto habla de la mesura y cabeza fría de un hombre que se dispone a ser presidente tras haber combatido al viejo sistema desde las filas de uno de los más violentos y aguerridos movimientos guerrilleros de los 60 y 70 en Sudamérica: los Tupamaros.

No sé qué resulta más interesante: si que un ex guerrillero que pasó 13 años preso haya optado por la ruta pacífica y electoral, o el que su país, su sistema y su sociedad hayan hecho posible la llegada de alguien como él a la Presidencia, con todo lo que representa la reinserción a la vida pública de este hombre y de toda una generación que bien pudo haber quedado marginada para siempre del futuro de su patria, dividida tanto o más que sus vecinos por la sangrienta dictadura que la mal gobernó tras un golpe de Estado que supuestamente buscaba promover la inversión extranjera. Si bien nunca alcanzaron la fama de argentinos o chilenos, los generales uruguayos produjeron el mayor número de presos políticos per cápita en la región.

Al concluir una jornada sin incidentes, y siendo casi un hecho la victoria de Mújica, me quedo con las declaraciones de su contrincante, quien llamó a la unidad, “gane quien gane”, lo cual es doblemente valioso en un candidato que a esas alturas del día se sabía seguramente perdedor.

Arranca ahora una edición más de la Cumbre Iberoamericana, ahora en Portugal, con la ausencia de varios mandatarios, entre ellos el hondureño, que no fue invitado, y el uruguayo, que por obvias razones se quedó en casa. Qué cuentas tan distintas rendirían, y qué gran reto para los líderes iberoamericanos decidir qué hacer para devolver a sus miembros más jóvenes a la vocación democrática y a Honduras a una normalidad que no sea aliciente para el próximo aspirante a dictador.

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Internacionalista
23 Noviembre 2009 04:32:01
De Nobeles y novatos
No hace falta ser un laureado en economía para darse cuenta de que hace mucho tiempo el modelo mexicano dejó de funcionar y que pasó de ser motivo de admiración y envidia, como lo fue en los años 50 y 60, a ser generador de controversia y malestar.

Las recientes declaraciones del Nobel de Economía Joseph Stiglitz, provocaron una pequeña tormenta por sus críticas a la conducción mexicana frente a la crisis global. Dos secretarios de Estado respondieron a las afirmaciones de Stiglitz y dieron la impresión de descalificar no sólo sus afirmaciones, sino sus conocimientos y experiencia.

El secretario de Hacienda fue quien más se explayó en su réplica y lo hizo aduciendo ignorancia del estadounidense acerca del impacto en la economía mexicana por la caída de la producción petrolera, lo cual si bien es posible resulta poco probable en un hombre como Stiglitz. El secretario de Desarrollo Social se limitó a sugerirle “leer un poquito más” del caso mexicano, como si esa lectura no pudiera hacer su crítica aún más demoledora.

Las declaraciones de Stiglitz no fueron de un desconocedor ni producto de una improvisación. Se dieron después de dictar una conferencia por lo que difícilmente imagino en él falta de conocimiento o de preparación. Su alusión dolió, pues nos comparó con Australia y Brasil, el segundo, harto cercano, recordatorio frecuente de nuestro pobre desempeño en numerosos campos, que no sólo en el económico. Dolió que afirmara que México tuvo una de las peores respuestas ante la crisis; que el programa de estímulo ha sido relativamente débil y que la política fiscal no ha sido la adecuada. La inversión, según él, debe darse no sólo en infraestructura sino en educación y tecnología; y que la estrategia de recuperación no puede consistir en esperar a que se reactive la economía de EU.

Eso suena a sentido común y viene de alguien que además de una formación académica ilustre cuenta con experiencia en la administración pública, donde dirigió el Consejo de Asesores Económicos del presidente Clinton, a más de su paso por el Banco Mundial, desde donde fue un feroz crítico del Fondo Monetario Internacional y sus “recetas” para países en desarrollo.

No es el primer premio Nobel de Economía que se refiere críticamente a la reacción del gobierno mexicano frente a la crisis. Lo hicieron recientemente sus colegas Robert Engle (galardonado en el 2003) y James Heckman (en el 2000), a propósito de las alzas de impuestos y de la rigidez de la economía mexicana, ahogada por los sindicatos y la mala calidad educativa. ¿No le bastan las opiniones de tres Nobeles, caro lector? Un cuarto, Eric Maskin (del 2007) opina que: “El análisis estándar dice que en tiempos de recesión los impuestos deben de bajar, y a veces significa que los presupuestos caen en déficit, porque el gobierno… de hecho tiene que incrementar sus gastos dentro de una recesión”.

Esta auténtica conspiración nobelaria o nobelística (sic) parece dirigida a desprestigiar a nuestra insigne patria, y a sus no menos insignes gobernantes, pero si analizamos con un poco de mayor detenimiento las declaraciones de los cuatro confabulados nos daremos cuenta de que todos señalan errores y carencias que todos intuimos o conocemos y que no son nuevos.

La política fiscal mexicana ha estado tradicionalmente orientada a financiar el gasto gubernamental, más que a estimular el crecimiento económico. Era así en los viejos tiempos del partido dominante, y justo cuando pensamos que las cosas no podrían empeorar, lo hicieron. Las antiguas misceláneas fiscales del presidente o secretario de Hacienda en turno fueron reemplazadas por las misceláneas modernas, en que diputados, senadores y gobernadores meten las manos en temas que no conocen pero sí dominan.

La falta de inversión en sectores clave, como educación, investigación, ciencia y tecnología, se ve agravada por los lamentables réditos que dan los pesos dedicados a esos rubros. No hay índice internacional en el que salgamos bien parados, y en cambio numerosos ejemplos del dispendio y desperdicio en el gasto.

La dependencia excesiva de los ingresos petroleros tampoco es noticia nueva. Sucesivos gobiernos se han negado a reconocer lo evidente: por un lado, Pemex requiere una menor carga fiscal para poder invertir y ser más eficiente y redituable. Por el otro, el gobierno tiene que buscar otras fuentes de ingreso, que no sean sólo las petroleras o las de los causantes cautivos. Un gobierno que no sabe cobrar impuestos más que a una minoría sólo logra desincentivar la inversión y la creación de empleos, además de que promueve —tal vez involuntariamente— la evasión fiscal de pequeños y grandes causantes.

En lo que respecta a la vinculación con la economía estadounidense hay factores ineludibles que no son fáciles de transformar o de esquivar, pero aun así se podría avanzar en la diversificación de nuestros mercados internacionales. Y de la simplificación administrativa y fiscal, no hay para qué hablar. Años de discurso, y las mismas trabas y dificultades de siempre. Todo eso es a lo que se han referido los cuatro premios Nobel de Economía en su complot, y vaya que si les ha llovido.

Yo no cuento con galardones ni medallas comparables. A mí me pueden ignorar, como a millones de mexicanos.

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Internacionalista
09 Noviembre 2009 04:33:18
Estos muros que (ya no) ves…
Hoy hace 20 años se abrió el muro que representaba la más profunda división que el mundo moderno haya conocido. No cayó ni por accidente ni por casualidad, ni tampoco por un hecho aislado de heroísmo ni de voluntad de apertura. Lo hizo como consecuencia de una serie de acontecimientos imposibles de planear —vaya, ni siquiera de concebir— y que vistos hoy, con la perspectiva que sólo da el tiempo, eran difícilmente concatenables.

Durante casi tres décadas, a partir de agosto de 1961, los alemanes vieron cómo el alambre de púas y el concreto atravesaban su territorio partiendo en dos lo que debía haber sido uno solo, en un altísimo precio a pagar por los inenarrables crímenes nazis y que las potencias ganadoras parecían decididas a nunca permitirles olvidar, ni subsanar. Ni siquiera el Tratado de Versalles que castigó en exceso a Alemania tras la Primera Guerra Mundial había tenido un impacto tan duradero, en apariencia eterno.

La partición original de Alemania derrotada en cuatro zonas de ocupación (americana, británica, francesa y soviética) se replicó en Berlín, con la diferencia de que al hacerlo aquí la antigua capital germana perdía soberanía y quedaba como zona ocupada aun después de la creación de los dos estados alemanes independientes, las Repúblicas Federal (RFA) y Democrática (RDA) Alemanas. Berlín quedaba así como un escenario de la geopolítica donde cada quien buscaba mostrar sus mejores cartas, ya para la propaganda, ya para el control y el dominio, ya para la influencia y la estrategia militar.

Ya hacia finales de la década de los 50 el escaparate germano-oriental perdía cotidianamente su lustre en la “votación con los pies”: la migración cotidiana de muchos de sus ciudadanos que preferían abiertamente la opción occidental a las limitaciones cotidianas que en todos aspectos de la vida imponía ya el socialismo real de la RDA. Fue precisamente ese éxodo el que llevó a la dirigencia comunista a tomar una decisión cuyas repercusiones superarían con mucho su impacto en las dos Alemanias: la construcción de lo que llamaron “El muro de protección antifascista”, una obra de represión que puso en evidencia para todo el mundo el carácter, el verdadero rostro del sistema.

Se han escrito testimonios conmovedores acerca de cómo el muro dividió a las familias, cambió vida y llevó a muchos a la prisión o a la muerte tratando de burlarlo. Ambos lados intentaron sacarle provecho propagandístico, pero evidentemente le resultaba más fácil hacerlo a los occidentales: desde la histórica visita de Kennedy en que se declaró berlinés hasta la memorable de Reagan en que conminó a Mijaíl Gorbachov a “derribar ese muro”.

Mucho mayor eran las implicaciones del muro para los habitantes de Alemania Oriental, que no sólo estaban impedidos de viajar a Occidente, sino que además vivían bajo uno de los regímenes más cerrados y represivos del mundo socialista. La de prusianos y comunistas, decía alguien, era una combinación tremenda, y peor aún si se le añadía el control soviético.

La apertura del muro se dio de manera casi accidental, en medio del maremoto de las reformas impulsadas por Gorbachov en la URSS y sus satélites, y gracias a la confusión que reinaba entre las clases dirigentes de países que estaban sólo acostumbradas a obedecer los dictados de Moscú y que no supieron qué hacer cuando de ahí surgió la orden que nunca nadie imaginó: “decidan ustedes”.

Ante las protestas multitudinarias exigiendo reformas de fondo, el gobierno germano-oriental volteó a ver al Kremlin entre deseando y temiendo la instrucción de usar mano dura, que nunca llegó. Por el contrario, la línea moscovita era la de respetar la “voluntad popular” y la esclerótica dirigencia comunista en Berlín no supo que hacer hasta que decidió dar una señal de cambio revocando las leyes que restringían los viajes a Occidente. Uno de sus voceros, confundido en una rueda de prensa, literalmente desató la avalancha humana al responder a una pregunta para la que no estaba preparado: ¿a partir de cuándo?

“De inmediato”, dijo Günther Schabowski en una errata de proporciones históricas.

El muro no cayó por eso ni fue una graciosa concesión de Gorbachov. Pero tampoco fue por una rebelión masiva ni por una “toma de la Bastilla”. Ni los alemanes derribaron el muro solos ni sus aliados de un lado o el otro de la cortina de hierro lo hicieron por ellos. El muro cayó, como después la cortina, por su propio peso, por su propia obsolescencia.

Hoy los alemanes festejan 20 años del paso que hizo posible la reunificación de su país. Se merecen la celebración y no sólo por ese día, sino por todo lo que ha sucedido desde entonces: Alemania es hoy un país moderno, abierto al mundo, profundamente europeo, democrático y liberal. Desde su primera creación, en 1860, y de todas sus versiones, la actual es con mucho la mejor: ésta es una Alemania a la que nadie tiene que temer, y a la que muchos tienen que agradecer por su vocación y su convicción de no ser, nunca más, una amenaza para sus vecinos, ni para sus propios ciudadanos.

En un espléndido recuento de testimonios del 9 de noviembre de 1989, el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung reúne voces diversas, desde las de niños que poco entendían de lo que pasaba hasta las de jóvenes que tras prepararse para huir súbitamente tenían las puertas abiertas. De todas, con la que me quedo es con la de un padre de familia que celebrando respondió a la pregunta de su hijo pequeño, de por qué era tan importante lo que acontecía: “Porque ahora Alemania tendrá una mejor selección de futbol…”

Algo así fue lo que pasó…

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Internacionalista
02 Noviembre 2009 03:51:24
El otoño que cambió al mundo
En Berlín se preparan los festejos de dos décadas de la caída del Muro, y algo más. Hace veinte años el mundo como lo conocíamos se acabó. Las certidumbres y ansiedades que generaba el conflicto Este-Oeste llegaron a su fin de una manera tan acelerada que tomó por sorpresa hasta a los mismos protagonistas del cambio.

Los alemanes han centrado su atención, naturalmente, en la caída del muro y la reunificación de su país, pero quien quiera entender todo lo que sucedió en Europa Oriental en 1989, que comenzó con el resquebrajamiento de la Cortina de Hierro, siguió con su desmoronamiento y culminó dos años después con el colapso de la Unión Soviética, hará bien en revisar los acontecimientos de ese histórico año.

Cada nación, cada pueblo, siente que es el motor de su propia historia, o al menos de aquéllo que le afecta directamente, pero el ´89 es una de las más claras muestras de que el mundo no gira en torno a un solo eje geopolítico, y de que cada decisión, cada acontecimiento, tiene repercusiones que van mucho más allá de lo que los políticos imaginan, aunque tal vez un poco menos de lo que suponen los académicos.

El año más trascendental de finales del siglo pasado comenzó, curiosamente, con el final de una etapa, la de Ronald Reagan. El presidente carismático, simplista y archiconservador se había planteado como objetivo el combate al que él llamaba el “Imperio del Mal”, ese que dirigido por la Unión Soviética desafiaba cotidianamente a Occidente, no sólo en cuanto a valores, creencias e ideología, sino también y principalmente en cuanto a influencia y dominancia geográfica, militar, política y económica tanto en Europa como en el mundo en desarrollo.

Cuando Reagan asumió la presidencia de EU todavía se hablaba de las DOS superpotencias, se pensaba que existía un mortífero equilibrio en los arsenales y el potencial de los dos grandes bloques: capitalismo y comunismo, democracia y dictadura del proletariado, libertad y represión, desigualdad y distribución de la riqueza, religión e ideología. Eran esas las antípodas, los polos opuestos que definían la naturaleza de ambos imperios, el capitalista y el soviético, sin los cuales no se imaginaba el mundo. En el primer eslabón de una larga cadena que terminaría ahogando al mundo comunista, Reagan decidió emprender una escalada militar que no sólo sorprendió y alarmó a los soviéticos, sino que los llevo a una carrera armamentista para la que no tenían ni la tecnología ni los recursos económicos y que según muchos condujo eventualmente a la bancarrota del bloque comunista.

Las cosas detrás de la Cortina de Hierro no estaban florecientes que digamos, y al mismo tiempo que en Washington un hombre decidía enfrentar el comunismo, en Moscú otro se proponía reformarlo para salvarlo. En 1985 y después de una carrera meteórica, Mijaíl Gorbachov llegó a la cima del poder a la tierna edad de 54 años, según los estándares soviéticos. No perdió tiempo en lanzar una serie de medidas que, encapsuladas bajo los conceptos de Perestroika (transformación/reestructuración) y Glasnost (apertura) sacudieron a la esclerótica estructura soviética y de paso a sus satélites.

Pero el diagnostico instintivo de Reagan era correcto: la Unión Soviética estaba quebrada, económica, tecnológica y moralmente. Gorbachov lo comprobó rápidamente, y se dio cuenta de que si quería tener la más mínima oportunidad de salvarse, el sistema necesitaba transformarse radicalmente en muy poco tiempo. Las iniciativas de Gorbachov eran las acertadas, pero llegaron demasiado tarde: ni la economía ni la sociedad respondieron al tratamiento de choque recetado por el nuevo mandamás del Kremlin, en parte porque el colapso económico era ya irreversible, en parte porque la población pasó del escepticismo en las reformas a una mentalidad de “sálvese quien pueda” que sirve para entender lo que hoy sucede en Rusia.

Para nuestro relato, lo significativo es que Gorbachov, de cara a la inminente catástrofe, decidió concentrarse en lo interno y dejar sueltos a los satélites soviéticos, que poco le aportaban y en cambio tan costosos resultaban para la URSS. Cada vez que uno de ellos volteaba la mirada –tímido o temeroso- hacía Moscú sólo se encontraba con un tácito asentimiento: hagan lo que quieran, parecía decir el Kremlin, que yo estoy tratando de salvarme solo…

Y eso hicieron. Primero Polonia, que siempre fue el hijo problemático, inició el deshielo con una virtual coalición entre el opositor movimiento sindical de “Solidaridad” y el gobierno comunista. Luego la retirada soviética de Afganistán, que hoy parece premonitoria para EU pero que en ese entonces fue vista como un gran triunfo para Occidente. No tardó mucho en seguir Hungría, que no contenta con su propia apertura política decidió algo mucho más atrevido: la apertura de su frontera con Austria, a través de la cual centenares de Alemanes Orientales comenzaron su huida hacia el Oeste.

Para cuando Gorbachov se dio cuenta de las consecuencias de todo lo que estaba haciendo ya era demasiado tarde. Polonia, Hungría y los países del Báltico se desprendían de la órbita soviética; los chinos apretaban las tuercas, y los enemigos de Gorbachov en Moscú afilaban los cuchillos. El desenlace todos lo conocemos, pero el origen estuvo en todas partes.

Fue en Moscú, en Varsovia, en Budapest, en Washington y Londres, donde se fue fraguando, a veces involuntariamente, la caída del Muro de Berlín y la liberación de los alemanes que habían vivido partidos en dos en una larguísima penitencia por sus pecados históricos.

Ahí comenzó una historia que aun no acaba de escribirse, y cuyas secuelas los pueblos de Europa todavía no terminan de ver.

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Internacionalista
12 Octubre 2009 03:54:48
Obama en el cielo…
Justo cuando algunos escépticos y descreídos pensaban que Barack Obama estaba perdiendo su magia al no obtener para Chicago la sede de los Juegos Olímpicos, apareció sobre un caballo alado el Premio Nobel de la Paz, para recordarnos que el presidente estadounidense aún las trae todas consigo. ¿O no?

Bien dice el refrán que no tiene la culpa el galardonado, sino quien lo hace Premio Nobel, y algo tiene que estar mal con una decisión que no sólo aumenta la ya de por sí enorme carga de expectativas que trae a cuestas Barack Obama, sino que además da elementos a sus críticos para recalcar que no hay demasiado mérito para él en este premio.

Sea quien sea, el presidente estadounidense en turno siempre acapara reflectores y concentra sobre sí las filias y las fobias, las esperanzas y desesperanzas de buena parte del mundo. Desde los más acérrimos enemigos de Estados Unidos hasta quienes viven inspirados por su modelo, nadie quita la mirada de lo que el inquilino en turno de la Casa Blanca haga o deje de hacer. Osama bin Laden en su cueva o los activistas democráticos en Ucrania no pierden detalle de sus palabras, de sus gestos, del simbolismo y el contenido real de sus actos.

Como pocos en la historia reciente, George W. Bush logró personificar al “estadounidense feo”, ese “Ugly American” de la novela de Eugene Burdick y William Lederer de finales de los años 50 que daría pie a la aún mejor película del mismo nombre, en la que Marlon Brando destacó como acostumbraba, encarnando a un diplomático estadounidense en un ficticio país del sudeste asiático que se da cuenta de que a más ayuda e intervención por parte de EU mayor ímpetu a la rebelión local.

Las habilidades histriónicas de Bush eran ciertamente menores que las de Brando, mas no por ello desmereció en sus intentos por recordarle al mundo lo dañina y perjudicial que puede ser la influencia estadounidense cuando está mal dirigida y peor sustentada. Ocho años de su presidencia fueron suficientes para devolver a EU a la nada envidiable condición en que se encontraba en los años 60 y 70, cuando se le veía con reserva y rechazo alrededor del mundo por sus políticas de segregación, sus agresivas acciones y su vocación unilateral. Ya que la historia se repite como farsa, el joven Bush volvió a andar sobre las huellas de sus antecesores, pero sólo en las que habían pisado algún desecho.

En buena medida el Premio Nobel de la Paz le fue otorgado a Obama no por ser quien es o por hacer lo que haya o aún no haya hecho, sino como una manera de enfatizar que Obama NO es George W. Bush, cosa que algunos perspicaces (y otros no tanto) ya habíamos captado. Claramente se trata de una reprimenda a posteriori al presidente guerrero, lo cual no está necesariamente mal, pero es en el elogio desmedido a lo que hasta ahora son solamente expresiones y gestos de buena voluntad que se pierde un poco el enfoque y el concepto de lo que el Premio Nobel representa y de lo que su creador anticipó y postuló.

Alfred Nobel fue un próspero empresario noruego, descubridor entre otras cosas de la nitroglicerina y de la dinamita, que le fueron de buen uso en sus numerosos y lucrativos quehaceres industriales. Si ya de familia le venía el vínculo con la industria del armamento, él lo condujo a otro nivel que no solamente lo volvió enormemente rico sino que también, por las razones que el lector quiera inferir, lo llevó a crear la fundación que todavía hoy lleva su nombre y que más de un siglo después continúa otorgando los premios que Alfred determinó en su testamento. Si bien en la mayoría de los casos se ha seguido su voluntad, en dos áreas los criterios han sido un tanto más subjetivos: en el de Literatura y en el de la Paz.

Aunque quisiera ocuparme del caso del de Literatura, deberé omitirlo porque aún hoy me cuesta trabajo recordar el nombre de la ganadora, ya no digamos su obra. Y eso que en el testamento, Alfred estipuló que el ganador debería ser “la persona que haya producido la obra más destacada en la dirección ideal…”, mientras que el de la Paz iría a quien “haya hecho lo máximo o lo mejor por la hermandad entre las naciones, por la abolición o reducción de los ejércitos y por la realización y promoción de congresos de paz…” (la traducción es mía).

El caso de Obama es digno de emular por muchos motivos. La manera en que supo superar los enormes retos de su origen y su entorno para progresar, su compromiso con la comunidad, su dedicación profesional y familiar, sus enormes habilidades políticas y su capacidad oratoria. Su campaña a la presidencia fue ejemplar, y desde que la asumió ha expresado o que buena parte de la humanidad deseaba escuchar. Habiendo dicho eso, a nueve meses de haber tomado el cargo, no podemos decir que haya dado a luz a algún proyecto sólido, tangible, ni en lo interno ni en la esfera internacional, que le dé los méritos que un reconocimiento como éste debería requerir.

El Comité que otorga el Premio Nobel de la Paz es designado por el Parlamento noruego y está por lo tanto politizado. Eso es inevitable y no tiene por qué ser intrínsecamente malo, pero uno esperaría de las gélidas mentes, de las frías cabezas de los escandinavos un poco menos de encantamiento por la retórica y un poco más de apego a la realidad.

No dudo que algún día pueda merecerlo, pero el premio pierde prestigio y el propio Obama se ve ya enfrentado a la crítica y el escepticismo incluso de sus partidarios —que no de sus fanáticos— que se rehúsan aún a reconocer al Mesías que aparentemente divisaron en Oslo.

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28 Septiembre 2009 03:44:28
La bomba de Irán
Las reuniones de otoño de la Asamblea General de la ONU siempre dan de que hablar, y este año no ha sido la excepción: entre la tienda de campaña del dirigente libio Muammar Gaddafi y su discurso de más de hora y media hasta el presidente iraní Mahmoud Ajmadineyad, quien logró poner los pelos de punta a muchos que creen que si en sus manos está el arsenal político, energético y militar de la República de Irán el mundo tiene mucho de qué preocuparse. Si bien Ajmadineyad fue ligeramente menos agresivo y delirante que en anteriores ocasiones (no llamó a borrar a Israel del mapa, ni negó el Holocausto, por sólo citar dos de sus temas favoritos) sí tuvo suficiente para preocupar y escandalizar a la comunidad internacional, muchos de cuyos representantes abandonaron la sala de sesiones de la Asamblea General durante su discurso.

El presidente de Irán no solo había generado expectativa por el contenido explosivo de su mensaje, sino por lo que pudiese decir acerca de un asunto igualmente combustible: el del programa nuclear iraní, que su gobierno describe como pacifico pero que es visto con gran recelo en muchas otras partes del mundo, y que ha sido motivo de acaloradas discusiones tanto en el Consejo de Seguridad de la ONU como en la Agencia Internacional de Energía Atómica.

Durante años, sucesivos gobiernos iraníes y el omnipresente liderazgo religioso han mantenido un velo alrededor de sus ambiciones nucleares y del verdadero propósito de su programa de enriquecimiento de uranio. Si bien la línea oficial ha sido consistente en el sentido de que Irán sólo busca la generación de energía nuclear con fines pacíficos, las dudas abundan, en buena parte por el aparente doble discurso de Teherán, que sumado a la belicosidad de Ajmadineyad, sus amenazas a Israel y su bien conocido apoyo a grupos militantes o terroristas en Medio Oriente aumentan las sospechas y la preocupación.

El viernes pasado el presidente estadounidense, flanqueado por su homólogo francés y el Primer Ministro de Gran Bretaña, reveló que Irán estaba operando un sitio clandestino de enriquecimiento que no había sido dado a conocer ni a los organismos internacionales ni a sus interlocutores en las negociaciones para permitir a Irán avanzar en el proyecto pacifico pero limitar cualquier riesgo de proliferación de armamento atómico. El anuncio de Obama no perdió espectacularidad por el hecho de que ese sitio era ya conocido por los servicios de inteligencia de EU hace tiempo, ya que lo que se buscaba desde la Casa Blanca era mostrar al mundo “el engaño iraní” y la reacción unida de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (EU, China, Francia, Gran Bretaña y Rusia) así como de Alemania, ante lo que muchos de ellos perciben como un largo y tortuoso camino de medias verdades y encubrimientos por parte de Teherán en su aparente afán por construir armas nucleares.

Hay especulaciones y contradicciones dentro de la misma comunidad de servicios de inteligencia en Occidente sobre lo cerca o lejos que pudiera estar Irán de contar con armas nucleares, pero en lo que no parece haber desacuerdo es en que el tono cada vez más agresivo y la creciente influencia de Irán en la región, a más de los crecientes presupuestos militares y el ocultamiento de información, parecen señalar hacia un camino que otros ya han tomado, como India, Paquistán, Israel o últimamente Corea del Norte.

Con una enorme presión interna para actuar, a Obama no le ha quedado más remedio que endurecer su tono hacia Irán, originalmente conciliador, y tratar de sumar el apoyo de Rusia y China, tradicionalmente reacios a actuar en contra de su aliado o socio. Todo parece indicar que la más reciente revelación habría cambiado las cosas, y que tanto Beijing como Moscú habrían tomado nota de la grave situación. Y es que la posibilidad de un Irán con armamento nuclear no sólo altera dramáticamente la ecuación de poder e influencia en Medio Oriente, sino que llevaría a reacciones incalculables por parte de sus vecinos árabes y de Israel, que bien podría lanzar un ataque “preventivo” contra bases militares o plantas nucleares en Irán, con quien sabe qué consecuencias para la zona y para los intentos de EU de acercarse al mundo musulmán tras múltiples fracasos.

Para Obama este es un nuevo reto y una muestra más de que no es tan fácil enfrentarse a la tozuda realidad que pretender transformarla solamente a través de la retórica que tan bien domina. Para los vecinos de Irán, tiempo de examinar sus relaciones con el que habrá de ser —con o sin armas nucleares— el actor principal e interlocutor obligado en esa parte del mundo, con dinero, petróleo, una sociedad relativamente bien educada y con aspiraciones y una clase política/religiosa que ha sabido mantenerse unida hasta el momento, no obstante retos y amenazas del exterior y desafíos internos como el que quedó en evidencia después de las muy cuestionadas elecciones presidenciales que ratificaron a Ajmadineyad pese a todas las acusaciones de fraude.

Finalmente, una reflexión: muchos lectores me preguntan si no hay una doble moral de las potencias atómicas que pretenden evitar que otros países se hagan de armas nucleares. Claro que sí hay una doble moral y una hipocresía descarada, pero no por ello podemos permitir la proliferación nuclear. No hay mayor amenaza para la paz mundial que la posibilidad de que cada vez más naciones, con gobiernos no siempre estables o racionales, ingresen a ese temido club.

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21 Septiembre 2009 03:15:51
Obama y el racismo en EU
Estados Unidos ha ejercido siempre una peculiar atracción sobre el imaginario político y social del resto del mundo. Fascinación o repulsión, encanto o rechazo, lo cierto es que lo mismo grandes pensadores como Tocqueville, que movimientos como el de los liberales mexicanos del siglo XIX o el de los neoliberales del XX; idealistas y fanáticos religiosos, o fundamentalistas y personajes nefastos como Osama bin Laden han estado prendados del imán del simbolismo estadounidense.

La nación que para muchos ha representado los ideales de libertad y democracia, de voluntarismo emprendedor, de integración y movilidad social, para otros es la imagen del racismo y la discriminación, del militarismo imperialista, del capitalismo voraz, de la arrogante ignorancia del mundo a su alrededor y del deseo —malévolo o naïf— de imponer su modelo a los demás.

Por todo ello la elección de Barack Obama fue tan significativa, pues ni siquiera los mayores detractores de EU pudieron ignorar o minimizar la relevancia de que en el país más poderoso, ese en el que apenas hace medio siglo los negros eran discriminados abiertamente, el hijo de un padre keniata pudiera llegar a la Presidencia con una copiosa y entusiasta votación. Y no sólo en el resto del mundo, también en EU resultó sorprendente para muchos que, escépticos por naturaleza o por experiencia, dudaban de que a Obama “lo dejaran llegar”.

Pecaron de optimistas e ingenuos quienes creyeron que la sola victoria de Obama, por histórica que fuera, cambiaría de fondo actitudes y prejuicios en EU, no sólo entre los blancos y los negros, sino entre las minorías que conforman el arcoiris, o el collage, de la supuesta melting pot, esa por demás ficticia olla en que, se dice, se cree, se derriten las diferencias étnicas, raciales y religiosas.

En Manderlay, una película del brillante director danés Lars von Trier, la protagonista se tropieza con un pequeño poblado en el sur de EU donde los dueños (blancos) de una finca y sus trabajadores (negros) aparentemente no se enteraron de que 70 años antes se había abolido la esclavitud. Los personajes transitan entre el escepticismo y la confusión ante la voluntad libertadora de la protagonista, quien decide romper las cadenas de los esclavos apoyándose en la fuerza que le dan sus propios guardaespaldas, para darse cuenta al final de que las ataduras son mucho más enredadas de lo que parecen, de que los ideales de libertad e igualdad suenan mejor en teoría y que los opresores y oprimidos no son siempre fáciles de distinguir o de separar entre ellos.

La película tocó fibras sensibles en EU, y para muestra la reseña del diario The New York Times, supuestamente liberal y de mente abierta, pero cuyo crítico de cine, Stephen Holder, mostró un nivel de patrioterismo y xenofobia más adecuados para Teherán o Zimbabue. Descalifica de entrada a Von Trier diciendo que nunca ha viajado a EU, como si eso fuera requisito para hacer una película al respecto, y concluye con una frase que pinta no sólo su irritación, sino lo profundo que llega el tema a los estadounidenses que desearían que su país fuera otro: “Esta película profundamente misantrópica y antiamericana insiste en que EU está gobernado por pillos y gánsteres y maldecido por la herencia de la esclavitud, cuyo veneno lo ha permeado hasta la médula…”

¿Por qué le dolió tanto a Holder el filme de Von Trier? Claramente no porque el director sea europeo o porque no conozca Estados Unidos, pero tal vez —y aquí me aventuro en la hipótesis sicoanalítica— porque refleja con una mirada ácida muchos de los prejuicios y estereotipos de una sociedad que quisiera sentir que los ha superado, pero que cada vez que mira al espejo se los encuentra mirándole de regreso.

Más botones de muestra: de acuerdo con encuestas del Pew Research Center, existe un abismo en la percepción de los estadounidenses acerca de la discriminación. A la afirmación de que NO se ha dado recientemente una mejoría en la posición de los negros en EU, sólo 31% responde que es cierta, mientras que 61% opina que no lo es. Suena bien hasta que dividimos las respuestas por raza: sólo 26% de los blancos encuestados cree que es así, mientras que un contundente 58% de los negros opina igual. Lo mismo aplica al tratamiento preferencial para minorías étnicas o raciales: 58% de los negros cree que se deberían hacer todos los esfuerzos para mejorar la situación de las minorías, sólo 22% de los blancos lo cree (
http://www.pewresearch.org).

O veamos las recientes críticas así como las expresiones de apoyo a Obama y su fuerte carga racista, a veces implícita y otras implícita. Desde la campaña presidencial y el escándalo del reverendo Wright, con su discurso contra los blancos, hasta la grosera interpelación en el Congreso, pasando por incontables argumentos que no por falaces o absurdos pierden su carga peyorativa. Y esto sucede —insisto— de uno y otro lados de la división política, partidista o racial.

Lo dice con todas sus letras el ex presidente James Carter, que algo sabrá de eso, pues su familia es del sureño estado de Georgia, que tiene su propia historia. No es el único en hacerlo: en un país conocido por su civilidad y trato respetuoso al presidente por parte del establishment no dejan de llamar la atención la forma y el fondo de los ataques a Obama, que son groseros y ofensivos.

Tal vez el problema radica en que, a diferencia de los esclavos de Manderlay que no creyeron en su propia liberación, Obama sí lo hizo, y actuó en consecuencia…

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14 Septiembre 2009 03:20:09
Obama: ¿fin de la luna de miel?
Nadie en su sano juicio pensó que duraría para siempre, pero no deja de sorprender la manera tan abrupta en que ha terminado el romance de la opinión pública estadounidense y su presidente, quien apenas en su octavo mes enfrenta ya agrias y groseras expresiones de rechazo, así como una caída estrepitosa en las encuestas.

Barack Obama ha perdido 10 puntos en los más recientes sondeos del prestigiado Pew Research Center (
http://www.pewresearch.org), que coinciden en lo general con los de otras encuestadoras serias en EU. La caída es generalizada, es decir que no está circunscrita ni es más acentuada entre hombres o mujeres, republicanos o demócratas, jóvenes o viejos. Salvo por los encuestados de raza negra, que lo califican abrumadoramente bien (aunque también muestran un ligero descenso en su aprobación) todos los demás grupos étnicos, de ingreso, educación, etcétera, se expresan menos favorablemente de su presidente que apenas hace cinco meses, ya no digamos que al principio de su mandato.

No son sólo las encuestas, sino también el despertar de la oposición conservadora, aletargada tras el vapuleo sufrido en las elecciones de noviembre pasado y que ahora ha descubierto una causa tras la cual reunirse y movilizarse, una que le permite además sacar todos sus odios, resentimientos y prejuicios para ponerlos sobre la mesa, debidamente disfrazados de justa indignación ante el supuesto atropello de Obama a los principios rectores del capitalismo y de la sociedad y el modo de vida estadounidense. Esa causa que toca además las más sensibles fibras: la reforma al sistema de salud.

Ya durante la campaña electoral habíamos observado algunos indicios del feo rostro del racismo y la ignorancia que campean en EU, y la verdad sea dicha, Obama y sus estrategas electorales supieron sortear con gran habilidad el terreno minado de los prejuicios y temores de la clase media estadounidense, que es donde más marcadas y obvias son las fobias. Ni el nombre completo del candidato (Barack Hussein Obama) ni los pérfidos rumores acerca de su religión (se dijo falsamente que era musulmán) ni las caricaturas físicas y mentales brillantemente ejemplificadas en aquella histórica portada de The New Yorker fueron suficientes para detener el impulso de una candidatura que más bien parecía proyecto nacional. Y es que Obama supo canalizar la frustración acumulada a lo largo de ocho años de Bush para hacer sentir a los norteamericanos que la esperanza del cambio era realizable, y que él era el abanderado que la podía cumplir.

Parte de la ilusión que provocó ese cambio fue la de haber superado la barrera racial que hacía imposible imaginarse a un presidente negro. El mismo Obama lo ilustró con esa mágica manera de articular las ideas en la oratoria cuando en su toma de posesión reflexionó acerca de cómo la ciudad que lo acogía y festejaba era la misma que le habría negado el servicio en un restorán a su padre apenas unas décadas antes. Para muchos estadounidenses y para todavía más extranjeros, la llegada de Obama indicaba nuevos tiempos, nuevas formas.

Pero es en casa donde ahora se complican las cosas para Obama. Al paquete de rescate económico y los actos de intervención en empresas icónicas como General Motors, bancos y aseguradoras le sigue el debate un asunto muy delicado.

Sólo para enfocar un poco sobre un asunto complejo y que no muchos entienden: EU es uno de los pocos si no es que el único país desarrollado que no brinda cobertura universal de salud a sus habitantes. Más de una cuarta parte de su población no cuenta con cobertura médica adecuada, las primas de los seguros —para quienes sí están asegurados— han aumentado al doble en los últimos nueve años y es dramático el número y frecuencia de quiebras personales, familiares o de pequeñas empresas debido al alto costo de la atención y/o la cobertura. Sólo algunos están cubiertos por el muy acotado sistema nacional (Medicare para los adultos mayores de 65 años, Medicaid para personas o familias de bajos ingresos) que con todo y eso le cuesta una fortuna al gobierno, que gasta más del 4% del PIB en esos rubros cuyos costos aumentan aceleradamente.

El sistema está obviamente descompuesto, pero hay grandes intereses que se oponen a un cambio de fondo, sobre todo en la industria de las aseguradoras y proveedores de servicios médicos. Fue ante ellos que Bill y Hillary Clinton tuvieron que capitular en 1993, con un enorme costo político para ellos y para el Partido Demócrata, que perdió humillantemente las elecciones intermedias de 1994 ante la “revolución conservadora” de los republicanos, que les hicieron después la vida imposible.

Obama parece dispuesto a evitar una repetición de ese triste episodio, pero está jugando con fuego. El tema es tan complejo y delicado y afecta a tantos que se presta fácilmente a la demagogia. Ya han salido decenas de miles a manifestarse en la capital estadounidense en contra de los planes “socialistas” de Obama.

Se acabó la luna de miel, pero a Obama le quedan más de tres años en su primer periodo. No puede ahora paralizarse, ni parece que lo vaya a hacer. Y es que allá, en EU, sí se pagan los costos políticos.

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10 Agosto 2009 03:13:38
¿Para qué sirven las cumbres?
Domingo y lunes norteamericano en Guadalajara. Tres líderes disímbolos de tres países asimétricos se reúnen para discutir cómo proteger a la región, a la que geográficamente pertenecen, de los peligros que acechan y encontrar alguna oportunidad escondida en la neblina de la recesión.

La crisis económica que azotó al más grande de los tres rápidamente se extendió por el mundo, tan rápido como la otra emergencia, la sanitaria, que generó pánico pero ni de lejos tuvo el impacto humano, financiero, político y social que ha tenido la contracción del PIB y el casi colapso del sistema bancario de la nación más poderosa del mundo, y de paso la más vulnerable y la que mayor capacidad de contagio demostró tener.

La Cumbre de Guadalajara se da bajo la sombra de la crisis, o las crisis, que cada uno de los tres enfrenta. Los temas de salud pública podrían lo mismo referirse a los brotes epidémicos que a los nocivos impactos que una recesión de este tamaño tiene sobre la vida real de las clases medias y sobre todo de los que menos tienen. Pobres hay en los tres países, pero hasta en la pobreza hay clases sociales: no es lo mismo serlo en la Louisiana de Katrina que en las reservas indígenas de Canadá, que en la sierra Tarahumara, por más que algún aguzado observador una vez me dijera, entre orondo y ufano, que “se siente más feo” ser pobre en una nación rica. Ja, ja y recontra ja. Preguntemos a los afectados y veremos que nadie quiere cambiar de lugar hacia el sur, mas sí en la dirección contraria.

La asimetría se ve no sólo en la pobreza o el impacto humano de la recesión, sino también en los márgenes de maniobra que cada país tiene para enfrentar a sus propios demonios, sean de economía, influenza, delincuencia organizada o deterioro del ambiente. Acertada o no la vía que escogió el gobierno de Obama para hacer frente al colapso de su economía demostró el enorme músculo que aún conserva Washington: mire usted que poder comprar a las empresas fallidas para sanearlas no es algo que cualquiera pueda, y menos si se llaman General Motors…

Los canadienses han escogido otros caminos, en parte porque su sistema bancario era mucho más sano que el estadounidense, en parte porque ese es su estilo. Sin embargo, el gobierno minoritario de Stephen Harper se ha topado con muchas mayores resistencias, y de hecho recurrió hace no mucho al equivalente de un golpe legislativo al literalmente obtener la suspensión de actividades del Parlamento justo antes de un voto de “no confianza” que le hubiese costado el cargo. No fue enviar tanques como lo hizo Boris Yeltsin, pero tampoco habla de su vocación democrática. Y nosotros que nos quejamos de sus malos modos cuando impuso el visado a los mexicanos…

Pero bueno, mientras atienden sus numerosos e importantes asuntos pendientes, los dirigentes de nuestros socios comerciales actúan de manera claramente distinta frente a los retos de la región. Obama parece convencido de la necesidad de intensificar y profundizar las relaciones internacionales de EU, pero particularmente en su cuadrante geográfico, dando especial atención a sus vecinos y calmando cualquier ansia proteccionista o revisionista surgida de su campaña electoral. El TLC no se toca, mandó decir ya Obama, y su cada vez más aparente vocación multilateral estará en evidencia en la reunión tapatía.

Muy distinto el enfoque de Harper, quien siguiendo los consejos y las consejas de un grupo reducido pero influyente de pensadores políticos canadienses (y hay un premio al que descifre dónde está oculto el oxímoron en esa frase) ha decidido que el rumbo de su administración debe ser el del retorno al bilateralismo, a la relación exclusiva (y excluyente) de Canadá con EU, olvidándose de la manera en que desde tiempos de Trudeau y Mulroney sucesivos gobiernos canadienses habían comprendido que es mejor un futuro de tres que uno de dos dispares.

¿Y los mexicanos? Más allá de nuestra tendencia histórica a la autocontemplación, la última década y pico ha visto cómo México despilfarró el capital político acumulado en América del Norte en los años anteriores. El vecino incómodo y distante había logrado volverse socio —así fuera sólo comercial— y sentarse a la mesa en un tono y actitud mucho más parejos que en el pasado. Fueron muchas las cosas que llevaron a que nos convirtiéramos en un interlocutor válido y aceptado, muchas las que se hicieron o se dejaron de hacer para hacernos retroceder.

Conservamos aún importancia y peso específico, si bien disminuidos, y ha llegado el momento de que reflexionemos acerca de nuestro futuro norteamericano. México tiene que darle la importancia debida a la relación con sus dos socios regionales, sin menoscabo del trabajo diplomático con otras partes del mundo, pero reconociendo que nuestra pertenencia a América del Norte no es ya cuestión de gustos o de vocaciones ni mucho menos de simpatías. El corazón y el alma mexicanos podrán o no estar en Latinoamérica, como dicen muchos, pero nuestra mente y nuestro empeño tienen que estar firmemente plantados y enfocados en la América del Norte de la que formamos parte, pésele a quien le pese. No es ni siquiera un asunto que se debiera discutir: es tan simple como la ley de la gravedad, ese poder de atracción que ejercen miles y miles de millones de dólares en inversiones e intercambio comercial, millones de mexicanos que viven allá y los muchos millones de norteamericanos que visitan México o han hecho aquí segundos hogares.

Dice Robert Pastor que esta cumbre debe ser algo más que una oportunidad para la foto. No puedo estar más de acuerdo. Es la hora de reclamar nuestro lugar y de trabajar por él.

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03 Agosto 2009 03:43:26
Metidos en Honduras
El Golpe de Estado perpetrado en Honduras por dos de los poderes legítimamente constituidos contra el tercero ha generado en nuestro hemisferio una cascada de intensa actividad diplomática, igualmente intensos debates y discusiones así como, con menor estruendo, reflexiones acerca de lo que esto significa para Honduras y para la región.

En mi caso parto de una premisa básica: ni soy ni he sido simpatizante, mucho menos admirador, del hoy depuesto presidente Manuel “Mel” Zelaya. Su conducta mientras duró en el cargo me pareció discutible en el mejor de los casos y en el peor francamente errática y confusa. No mejoraron las cosas una vez destituido: sus acercamientos con los gobiernos de Venezuela y Nicaragua sólo han reforzado las versiones de sus detractores de que se trata de un discípulo o —peor aun— de un émulo de los neo populistas y neo socialistas que gobiernan esos países.

Sus vanos intentos por movilizar a la resistencia popular serían graciosos si no se tratara de defender los principios de la democracia e institucionalidad. Sus dos ampliamente anunciados y notoriamente fallidos retornos a Honduras, el primero en un avión del gobierno venezolano y el segundo en una incursión terrestre que penetró nada menos que 15 metros a territorio hondureño antes de que el nervioso apóstol democrático diera rápida vuelta en “U”, sólo dan cuenta del carácter chabacano, timorato y bravucón de quien hoy está en la paradójica situación de ser el símbolo de la resistencia a la usurpación de los golpistas.

Pero de bufones y charlatanes está lleno el camino de la democracia, y quien lo dude que se vea en su propio espejo, o el de su propio país, para toparse con personajes que pretendiendo cambiar la historia apenas y logran cambiarse a sí mismos, frecuentemente para mal.

Volvamos a Honduras, que vive sumida en el temor y la incertidumbre después del golpe que no se atreve a decir su nombre. Y es que el gobierno de facto de Roberto Micheletti insiste, junto con sus promotores y simpatizantes, en que lo que realizaron no lo es, que haber sacado al todavía presidente Zelaya de su casa y del país por la fuerza, haber movilizado al Ejército para impedir su regreso, y haber interrumpido el orden constitucional no constituyen un golpe de Estado.

Argumentan muchas cosas en su favor, pero la mayoría de ellas se centra en la actuación de Zelaya como presidente y no en la legalidad. Presumen contar con el apoyo de todos los hondureños, lo cual los hace de entrada sospechosos, y aseguran que el hecho de enfrentarse a la comunidad internacional hace del gobierno de facto un ejemplo de valentía, cuando suele ser lo contrario. De hecho, es incalculable el daño que sufrirá la economía hondureña a causa de su exclusión de muchos organismos internacionales y del congelamiento de la ayuda internacional a ese país mientras dura la actual circunstancia irregular.

Mucho hay de criticable en la conducta previa del hoy depuesto presidente Manuel Zelaya, quien mostró su falta de respeto por las leyes e instituciones de su país al promover fallidamente un plebiscito, en un aparente intento por reelegirse, contraviniendo así la constitución. Pero la respuesta de los poderes legislativo y judicial ha sido inexcusable: acordaron con las fuerzas armadas la destitución del presidente, sin apegarse a lo que dictan las leyes, el sentido común y la decencia. Se apropiaron del poder a la mala y hoy pretenden conducir un proceso electoral para elegir al sucesor, que estará viciado de origen: nadie en su sano juicio puede confiar en el resultado de una votación realizada bajo el control de un gobierno faccioso en un país dividido y en el que los simpatizantes de una corriente política se encuentran acosados, si no es que perseguidos.

Hay quien piensa que no deberíamos preocuparnos por Honduras, que no nos afecta, que el único perdedor es Zelaya, que se lo merece, que era un populista, un aliado de Hugo Chávez, y que lo que estamos viendo ahí es la línea de batalla frente a los propósitos expansionistas del líder de la así llamada revolución bolivariana. El mismo Zelaya ha vertido gasolina sobre ese fuego con su conducta, su mal aconsejada idea de tratar de crear una suerte de milicia en territorio nicaragüense, con lo cual alimenta los temores de que se pueda propagar desde la frontera entre ambos países un nuevo conflicto armado en América Central.

No dudo ni por un instante que el gobierno de Chávez pueda hacerse ilusiones al respecto, y de que los mismos sandinistas pudiesen estar de acuerdo con esa insana estrategia, pero no es apoyando la destitución por la fuerza de un presidente democráticamente electo como se va a defender a las democracias latinoamericanos de los despropósitos de un expansionista con ambiciones de dictador continental como Hugo Chávez. Es intolerable que se quiera justificar a los golpistas como sí la democracia y la voluntad popular se pudieran aventar al bote de basura solo porque a una facción o a grupos de interés así conviene, bajo el hipócrita pretexto de defenderlas.

América Latina tiene una larga, triste historia de golpes y asonadas militares, que muchos creían ya superada. El golpe en Honduras es un recordatorio para todos de la fragilidad de nuestras democracias, de la debilidad de las instituciones, en países donde la pobreza y la ignorancia van de la mano con la concentración del poder y de los bienes en pocas manos.

Son muchas las lecciones de Honduras, pero la principal es que si la legalidad y la democracia no se defienden todos los días, tarde o temprano se impone la ley de la selva. Y bajo esa, recordemos, no siempre gana el mejor, sino el más fuerte.

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27 Julio 2009 03:03:17
La euforia
Poco se puede añadir al paso triunfal de la selección mexicana de futbol, que en una epopeya deportiva logró sobreponerse a rivales históricos como Nicaragua, Panamá, Islas Guadalupe, Haití y Costa Rica para terminar avasallando ni más ni menos que al segundo equipo (o sea la reserva de la reserva) del representante estadounidense para alzarse con el prestigiado y codiciado trofeo de la Copa de Oro.

La nación entera se paralizó para ver el partido contra EU. De costa a costa, de frontera a frontera, los aparatos de televisión transmitieron la gesta heroica de nuestros futbolistas, que lavaron el honor patrio frente a la selección B (o sea los suplentes de los suplentes) del país que tantas afrentas nos debe tanto en el balompié como en algunas otras cosas menores como guerras, invasiones e intervenciones, heridas todas que sanan tras la victoria de hoy…

Ya descienden en estos momentos legiones de mexicanos orgullosos hacia el Ángel de la Independencia, sitio simbólico de la ciudad capital que los aztecas fundaron, los españoles colonizaron, que los independentistas hicieron su capital y que muchos patriotas defendieron hasta la muerte. Todo, todo para este momento inolvidable en que un pueblo se une en torno a sus nuevos héroes, no aquellos que nos dieron patria y que tímidamente recordamos en septiembre, pues ya no todos recordamos sus nombres. Tampoco aquellos que lucharon por el México en que creían durante la Guerra de Reforma ni los que se levantaron en armas en busca de democracia y justicia que no habrían de llegarles en vida. Tampoco aquellos pequeños y grandes héroes anónimos, esos que han ayudado a construir lo poco rescatable que tiene de instituciones y valores nuestro país. No, nada de eso, ninguno de ellos. Hoy festejamos como se debe a quien se debe: a nuestros gloriosos futbolistas que lograron la hazaña impensable de derrotar a los suplentes de las reservas del gigante futbolístico de la región, al hasta hoy impasable, impenetrable e invencible EU.

Los agravios históricos, decía yo, han quedado saldados, y también los más recientes, los de los abusos y humillaciones de los migrantes mexicanos en EU, los legales y los ilegales, que viven muchas veces como ciudadanos de segunda o como indocumentados de tercera y por los que bien pocos en México se preocupan cotidianamente. Hoy ni falta que hace pensar en ellos, ya no digamos reflexionar acerca de la triste realidad de que cuando el equipo mexicano juega en EU lo hace casi siempre como si fuera el local, o sea el favorito del público, el de todos esos millares de aficionados que vitorean al representativo del país que los expulsó de su seno al no poder, no saber o no querer ofrecerles trabajo y educación dignos, un ambiente limpio y decente para sus hijos que hoy se enfundan en una camiseta de un México que nunca los hizo suyos y que hoy sólo los recuerda cuando de retórica se trata.

Muchos millones más hoy celebran no sólo el triunfo deportivo, sino también —o sobre todo— la oportunidad de olvidar por unos instantes su triste realidad cotidiana, donde la crisis económica sólo agrava las condiciones de por sí insoportables de la pobreza en todas sus facetas, de las carencias que hasta las clases medias padecen en un México que hoy se alza glorioso pero que nunca se agacha para acordarse de sus menos favorecidos, de los pobres, de los indígenas, de los niños de la calle, de las mujeres golpeadas y maltratadas, de las víctimas de la delincuencia, de los excluidos y discriminados, de los que pagan impuestos y no ven servicios, de los olvidados de siempre y de los de olvidos más recientes.

¿Habrá quien se acuerde mañana de los seis millones de pobres nuevos en donde ya teníamos demasiados? ¿Alguien recordará las deficiencias de nuestro sistema educativo? ¿Será que reflexionaremos acerca de la paradoja de que los dos partidos políticos que históricamente más hicieron por avanzar la causa de la democracia en México estén hoy uno a merced de sus tribus y el otro al de la decisión presidencial?

No. Ésa es la respuesta simple y llana, porque tampoco será tema la incapacidad conjunta del Ejecutivo y el Legislativo para reanimar a una economía que se está cayendo en pedazos a un ritmo aun mayor al de 94/95 ni la del Legislativo para poder aumentar la certidumbre jurídica, esa pomposa manera de llamar a la fe en la justicia.

Tenemos los mexicanos una muy comprensible y muy saludable propensión al festejo. Celebramos lo mismo dichas propias que desgracias ajenas, hacemos de acontecimientos menores conmemoraciones mayores, y tenemos como costumbre nacional hacer de lo pasajero lo fundamental, de lo necesario un lujo y de lo irrelevante una épica. No creemos ni en las instituciones ni en el largo plazo, pues la construcción de las primeras y la llegada del segundo suponen paciencia, constancia y esfuerzo, características que consideramos inferiores a la espontaneidad, la improvisación y los pretextos.

No puedo creer en una victoria que no sea producto de la planeación, de la consistencia, del esfuerzo sostenido y de los planes bien forjados. Lo que fácil viene fácil se va, reza un refrán anglosajón que bien haríamos en aprender y repetir.

El triunfo de la selección de futbol frente a un rival secundario no es más que una buena tarde que ciertamente puede alegrarnos el resto del día, pero no hacernos creer que las cosas —ni las nacionales ni las del futbol— están resueltas.

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20 Julio 2009 10:22:23
La depresión
Pensé originalmente dedicar este artículo sólo a la desagradable noticia proveniente de Canadá, que sorprendió a muchos con la decisión de exigir visas a los mexicanos. Sin embargo, la semana ha estado plagada de otras nuevas, incómodas, inquietantes y conducentes al desánimo y al malestar. Así pues, mis amables lectores tendrán que soportar un breve repaso de algunas de ellas antes de entrar al asunto canadiense.

Michoacán lleva la delantera en lo que a las malas respecta. La guerra contra la delincuencia ha causado estragos en ese estado, generando conflictos entre poderes, debates sobre los límites del federalismo y suspicacias acerca de la posible utilización del aparato de justicia para propósitos político-electorales o personales. Me queda claro que ahí asistimos al anticipo del sepelio del poder y la capacidad del Estado y del estado (así, con mayúscula y minúscula) para garantizar seguridad, aplicación de la ley y gobiernos que respondan al interés de la población y de las instituciones. Quien esté libre de intereses personales y políticos, o de parientes sospechosos, que aviente la primera piedra.

El anuncio de la detención de integrantes de una nueva banda presuntamente involucrada en el secuestro y asesinato de Fernando Martí aumenta las dudas sobre el aparato de justicia federal y del DF. Por más que ambas instancias disminuyan las interpretaciones de rivalidad o descoordinación, alguna miente o está equivocada. No hay cómo conciliar las dos versiones, no pueden ser dos los culpables materiales de un mismo crimen. Lo único que me preocupa más es que las dos se equivoquen: no sería la primera vez que en México se encarcela a un inocente, pero sí una de las pocas en que sucediera eso a dos simultáneamente, por el mismo caso.

De ahí vamos a algo aparentemente más trivial: un deportista que incumple con sus obligaciones y es sancionado. Tenemos dos ejemplos. Javier Aguirre, entrenador de la selección de futbol, pierde la cabeza y patea a un jugador rival. Recibe una doble sanción (multa y suspensión) que acata, además de que pide disculpas públicas y muestra después la contrición que marca a un hombre decente.

Casi al mismo tiempo el clavadista Yahel Castillo se presenta en estado etílicamente inconveniente a la Universiada. Con antecedentes similares, se le impide participar y se le suspende tres meses. No es falta menor: además de que supone indisciplina y es indigna de quien representa a su país, supone un riesgo a su vida. Pero aquí las autoridades del deporte mexicano buscan que se le perdone la falta “para no romper con su ciclo deportivo (…) por un error de juventud”. ¿El concepto de que deben existir consecuencias? Bien, gracias.

De lo trivial a algo indignante. En dos años, la pobreza en México ha aumentado dramáticamente. De acuerdo con el Coneval, “entre 2006 y 2008, el porcentaje de personas en condición de pobreza alimentaria a nivel nacional aumentó de 13.8% a 18.2%... y el de personas en condición de pobreza de patrimonio de 42.6% a 47.4%”. Son 6 millones más de pobres en dos años, y que nadie venga con el cuento de la crisis mundial, cuyos efectos apenas ahora se están resintiendo. Esto es resultado de la mala aplicación y diseño de las políticas públicas para combatir la pobreza, flagelo tan grave como el que más, que debería avergonzarnos como sociedad y obligar al Estado mexicano a una guerra de magnitud similar o incluso mayor a la que libra contra el narcotráfico.

Para tener dimensión de esas cifras, basta leer la definición de pobreza alimentaria (ingresos insuficientes para adquirir una canasta básica de alimentos, incluso si los destinaran exclusivamente para ese fin) y de la pobreza patrimonial (no contar con ingreso suficiente para satisfacer sus necesidades de salud, educación, alimentación, vivienda, vestido y transporte público). O sea, poco más de 50 millones de mexicanos no tienen para vivir adecuadamente y de ellos casi 20 millones no tienen para comer lo indispensable. Es un escándalo.

Palidece frente a eso el asunto del visado canadiense, pero no debe olvidarse pues es reflejo de lo que nos sucede en todos los frentes: descuido, olvido, impericia, impunidad…

Mientras los políticos piden cabezas o represalias absurdas, conviene ver esta medida en su grande y seria dimensión. Es un paso atrás en el acercamiento con nuestros vecinos y socios comerciales, en el proceso de integración de América del Norte. Es reflejo de la desconfianza que se nos tiene y de nuestra incapacidad para frenar actividades fraudulentas o delictivas. Es también el resultado de haber enviado a Canadá a embajadores de México sin la más mínima idea de lo que es la diplomacia ni de la relación bilateral, de haber convertido a nuestra embajada en Ottawa en refugio de políticos.

Lo que pasa en México no sólo afecta aquí; tiene un profundo impacto afuera del país: la corrupción, la violencia y la impunidad tienden ya una nube negra sobre la imagen de México, que costará mucho esfuerzo disipar.

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Analista
06 Julio 2009 03:34:08
¿Voto útil o voto fútil?
Escribo estas líneas antes de conocer los primeros resultados de la jornada electoral mexicana, tanto en lo que respecta al desempeño de los partidos como en participación ciudadana, expresada lo mismo en la votación efectiva que en las opciones representadas por la anulación del voto o la abstención.

Es mucho lo que se ha dicho y escrito ya acerca de las campañas; de la selección de candidatos; de las estrategias —o falta de ellas— de sus dirigentes; de cómo se condujeron los niveles del Ejecutivo (federal, estatal, municipal) antes de las elecciones; de sus acciones, omisiones, buenas y malas intenciones. Causó tanto o más interés y cobertura que las campañas la así llamada “contracampaña”, que buscó promover —ya veremos si exitosamente— el voto en blanco o nulo como forma de expresar la cada vez más profunda y extendida insatisfacción con el sistema de partidos y las leyes que regulan —es un decir— la vida política mexicana. El caudal de voces prestigiadas que se levantaron para llamar a esta novedosa forma de protesta deberá ser suficiente para que cuando menos partidos y candidatos electos acusen recibo y tomen en cuenta los “no votos” recibidos como si lo fueran para una nueva y diferente fuerza política, la de la inconformidad y de las ideas frescas e innovadoras.

Ni los escándalos, que vaya que fueron muchos y muy sonados, bastaron para opacar este movimiento. Afortunadamente surgieron iniciativas que permitirán un estimado más o menos certero del nivel de impacto de la “contracampaña” de la ciudadanía, que sin patrocinios ni financiamientos, sin escandalizar ni causar estragos a la ya traqueteada legalidad electoral, podría resultar en un nuevo factor a tomar en cuenta en la nebulosa ecuación electoral mexicana.

Tampoco podremos ya desestimar la abstención como mero resultado de la apatía ciudadana, más influida según se decía por el clima o las alternativas de entretenimiento deportivo del día que por el rechazo a las opciones partidistas. Ni vale tampoco ya el argumento de que la gente no salía a votar pues conocía de antemano el resultado: esos eran los viejos tiempos de la democracia simulada, que se fueron esperamos para no volver, si bien el saldo de los avances en los últimos 12 años deja qué desear.

Esa mala calificación no se debe a los incidentes de la jornada, que al momento de escribir este artículo suman legión y que quizá pueden atribuirse, al menos en parte, a la crispación que se vive a nivel nacional, agudizada en 2006 pero intensificada y agravada por los actos de muchos de los actores políticos que deberían tener mayor responsabilidad con su país. Sin distingos partidistas, sin que influyan aquí simpatías o antipatías ideológicas o personales, merecen menciones especiales las campañas de la mentira y la difamación, las que buscaron dividir a sus partidos, los manejos descarados de los dineros y de la evasión publicitaria. ¿Nombres? Ni falta que hace darlos, si todos sabemos quiénes son, dónde abrevan sus ideas y conductas que ni merecen el calificativo de malignas: son malas a secas.

Llegamos a esta jornada cargando a cuestas no sólo el encono y los rencores, sino también, y mucho más grave, el descrédito y desprestigio de una clase política que se ha dedicado tenazmente a convencer a propios y extraños de que el sistema actual, la partidocracia, la legislación incompleta e ineficiente, están todos diseñados para alejar a la sociedad y a los ciudadanos de la política, y a dejarla, como lo está ahora, en las peores manos, las de los que la practican.

Pero la desilusión y el desencanto pueden tener repercusiones positivas para la vida pública en nuestro país, siempre y cuando todos registremos bien los saldos de la jornada: votos emitidos y anulados, abstencionismo real, costos medidos no sólo en miles de millones de pesos, sino también en la percepción de lo que valen —o no— la política nacional y sus protagonistas.

Entrada ya la tarde tenemos reportes de numerosas infracciones, mayores y menores, que empañan la parte que a mí en lo personal me parecería menos relevante de este proceso: la operación, la mecánica, pues, de las elecciones. Faltan el conteo, las impugnaciones, la conformación de las cámaras, los festejos y los lamentos en estados, municipios y delegaciones. En todo ese andar tendremos un amplio y numeroso listado de quejas y denuncias que terminará dominando la cobertura noticiosa cuando en realidad pertenece al terreno de lo anecdótico.

Lo que de verdad importa, la participación o ausencia ciudadana en el proceso, puede pasar a segundo plano, lo que caería muy bien a los que no desean revisar a fondo un aparato político electoral que no está descompuesto: está roto.

Así, queda en manos de la sociedad —es decir, de cada uno de nosotros— asegurar que los votos y las voces de este 5 de julio —coloridos o en blanco, emitidos o anulados, y los de quienes decidieron no votar— no sean votos fútiles, que la participación o la falta de ella no haya sido en balde, que el aprendizaje de muchos pueda más que la tozudez y la avaricia de algunos.

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Analista
29 Junio 2009 03:27:21
Democracias frágiles
Mientras que en México debatimos y nos debatimos en torno a si votar o no votar y por quién hacerlo, otros países se dan cuenta de lo fugaz que puede ser la democracia, ese sistema que sigue siendo hoy el peor del mundo, como dijo algún día Winston Churchill, con la excepción de todos los demás.

Ya tocamos aquí el caso de Irán, donde el populista presidente Ahmadineyad parece haber consumado una manipulación electoral que le asegura la permanencia en el poder a pesar de las persistentes protestas que van siendo poco a poco acalladas por la represión del aparato estatal y de los líderes religiosos. No son menores ni la paradoja ni el paralelismo con otros políticos que se dicen del pueblo y para el pueblo y que a la menor oportunidad buscan perpetuarse en el poder aprovechándose de los instrumentos que les brinda el mismo sistema político que en el fondo tanto desprecian.

Estamos ahora, frente a un caso que podría ser similar en Honduras, y digo podría porque nadie acaba de entender lo que está pasando en ese país que apenas despertó de la pesadilla de los golpes y gobiernos militares en 1982 y que hoy enfrenta nuevamente al fantasma del autoritarismo, del golpismo y de los liderazgos iluminados. Si bien me resisto a creer que un presidente democráticamente electo deba ser removido de su cargo por la fuerza, hay indicios de que el hasta hace poco presidente Manuel Zelaya se había tornado en una amenaza similar para la democracia y la vida institucional de su país que los propios golpistas que lo han derrocado.

Ni la cronología de los hechos alcanzan para comprender lo que sucede en Honduras, ni lo que no ha concluido en Irán, ni los acontecimientos recientes en Guatemala o en Bolivia, porque van más allá de los motivos coyunturales que desataron revueltas y manifestaciones. Si bien en el caso hondureño hay una lucha política entre el presidente democráticamente electo y los demás poderes, en la que uno buscó violentar las reglas del juego para prolongarse en la Presidencia y los otros recurrieron a cualquier recurso a la mano para impedírselo, todo lo demás se inscribe en un problema estructural al que no son ajenos muchos otros países: el de la fragilidad de las instituciones y de la democracia misma.

No es novedad que las movilizaciones populares pretendan suplantar a los procesos electorales en muchas partes del mundo. Argentina lo vivió hace algún tiempo y mostró los riesgos de sucumbir ante las presiones de las turbas o de las movilizaciones organizadas. Comenzando a finales de diciembre de 2001, el país sureño sumó cinco presidentes en menos de dos semanas como resultado de una serie de disturbios que dejaron al descubierto la debilidad institucional, misma que nunca se resolvió plenamente, como lo demuestra el hecho de que se pudiera dar una suerte de reelección simulada, o de sucesión conyugal, al relevo de esposos que se dio entre Néstor Kirchner y Cristina Fernández.

En Guatemala fue el asesinato de un prominente abogado, que tuvo la previsión o la premonición de culpar en un video al presidente de la República. En Irán vemos todavía cómo los enfrentamientos en las calles no cesan y los liderazgos políticos y religiosos se tensan. Un paseo por el mapamundi nos mostraría focos rojos por doquier, pero especialmente en naciones que se encuentran en los albores de la democracia o que no han logrado construir sistemas que reflejen la disparidad y las brechas entre distintos sectores de la sociedad. Lo mismo si las divisiones son de acceso a la tecnología y de visión del mundo, como es el caso iraní; o sin son étnicas o raciales o meramente económicas, como en el caso de Bolivia, Guatemala y ahora Honduras; es evidente que la democracia formal tiene pies de barro cuando no existe una base de legitimidad de las instituciones o cuando la población es susceptible al canto de las sirenas de los demagogos.

No resulta fácil juzgar desde lejos lo que está sucediendo en Honduras, porque tristemente en América Latina es iluso pretender que la legalidad y la justicia van de la mano, o que los formalismos democráticos son conducentes al fortalecimiento de las libertades y del imperio del voto libre. Son ya legión los mandatarios latinoamericanos que han manipulado a sus democracias para reelegirse, para reformar leyes o instituciones de tal manera que son individuos los que se fortalecen mientras que las democracias se ven diluidas hasta correr el riesgo de desaparecer.

No es aceptable un golpe de Estado para deponer a un presidente democráticamente electo, pero tampoco lo es que un presidente vaya en contra de la Constitución, del Congreso y de la Corte Suprema para buscar vericuetos que le permitan la reelección. En Venezuela, un golpista frustrado se aprovechó de las libertades democráticas para hacerse del poder a perpetuidad, sin que en el trayecto haya violado abiertamente la letra de las leyes. Así que la formalidad deja mucho que desear en países que no tienen aun la solidez institucional para resistir a los tiranos o a los golpistas, sean éstos de uniforme o de traje y corbata.

Lo que hoy sucede en Honduras es una tragedia para la región, pues nos recuerda lo endebles que son, lo imperfectas que son, nuestras democracias.

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22 Junio 2009 03:54:53
¿Voto útil, voto inútil?
Si alguien hubiera dicho hace unos años que Irán podría ser un laboratorio para ver los avances y retrocesos de la democracia en países en desarrollo así como los riesgos y encantos del populismo, habría encontrado miradas escépticas. Imagínese si ese mismo alguien hubiese aventurado que México encontraría ahí puntos para la reflexión…

En 2005, los alcaldes de dos grandes capitales y centros urbanos se lanzaron en pos de las respectivas presidencias de sus países. Ambos fueron tildados por sus contrincantes como radicales peligrosos, dictadores en potencia, populistas sedientos de poder. No faltaron comparaciones con personajes como el venezolano Hugo Chávez y advertencias de los riesgos de sus potenciales victorias. Tampoco faltaron los que aconsejaban la calma y la paciencia, que no observaban esas tendencias en los dos harto populares políticos.

Con un año de diferencia, ambos se sometieron al veredicto de las urnas. Uno ganó y el otro perdió pero se negó a reconocer el resultado. Cuarenta y ocho meses más tarde, el segundo continúa en campaña, con el mismo discurso, intensificado por las acusaciones de fraude, lejano a las posturas que le hacían verse moderado mientras gobernó la segunda ciudad más grande del mundo.

El vencedor de hace cuatro años hizo mucho de lo que se temía, incluido un endurecimiento del discurso y una serie de afirmaciones que mostraron su ignorancia, su intolerancia y su capacidad para escandalizar, ofender y confundir al resto del mundo. Si dejamos a un lado a la comunidad internacional, podríamos decir que dividió y polarizó a la sociedad. Mahmoud Ahmadineyad parece haber manipulado el reciente proceso electoral provocando una revuelta popular que no da señales de abatimiento.

El advertido populista, el radical y el dictador en potencia resultó serlo. Paradojas de la vida, de los dos alcaldes de hace cuatro años, uno se dice víctima de un fraude electoral y del otro se dice que es el beneficiario de uno similar o incluso mayor.

¿Y dónde están los paralelismos entre Irán y México? En primer lugar, en lo acotado que resulta el poder presidencial. Allá por los clérigos que tienen la última palabra, acá por los poderes fácticos que limitan y estorban: sindicatos, caciques, empresarios renuentes a ceder privilegios, los medios electrónicos, los “movimientos sociales” que sólo se mueven cuando de obstaculizar se trata…

Segundo punto, la fragilidad de las instituciones públicas. No parece existir una cultura de respeto ni por las reglas del juego ni por lo que un Hidalgo habría llamado “las instituciones que nos dieron patria…”. Cierto es que en Irán la religión organizada se ha convertido en el factor de poder, que dicta lo mismo normas éticas que de conducta pública, pero lo ha hecho más a través del terror y el chantaje que del convencimiento ferviente. En México ni a eso llegamos, el Estado mexicano no tiene ni el monopolio de la fuerza ni el de la violencia ni el de la garantía de la seguridad de sus gobernados. Y nuestros partidos políticos sólo tienen el monopolio de la manipulación, así como de los dineros públicos para continuar con su aprovechamiento del fallido sistema dictado y organizado por ellos mismos.

En tercer lugar encontramos la reacción de una ciudadanía cansada de los malos manejos, de los abusos, de los excesos, de la ineficacia, de las trampas y las mentiras. En Irán han salido a las calles, retando no sólo al gobierno sino también al supremo liderazgo religioso. Independientemente de que se trate de manifestaciones de la clase media ilustrada, o de que no puedan aspirar a transformar las cosas, es innegable que han sacudido al sistema y puesto a los clérigos a reflexionar.

En México, toda proporción guardada, hay un movimiento similar en marcha, sólo que previo a las elecciones. Porque los ciudadanos están insatisfechos con la democracia mexicana, tan cacareada y costosa, que hoy se encuentra en franco retroceso.

Hay voces, muchas y muy respetadas, que animan a no votar o a anular el voto. Nos dicen que será una señal de rechazo al statu quo, que los partidos no podrán ignorar a millones de votos en blanco. Yo tengo mis reservas, porque el sistema electoral está diseñado para ignorar a esas voces en blanco, para tildarlas de errores, de confusión de los votantes y no de rechazo al proceso mismo o a los participantes en él.

Mis dudas aumentan porque no es éste un país en el que los políticos tengan un sentido de responsabilidad desarrollado, ya no hablemos de su capacidad autocrítica. Dirán que han aprendido la lección, pero intentarán continuar como siempre. En vez de ganarse el voto, los partidos se han encargado de perderlo. Los ciudadanos tenemos que encontrar la manera de rescatarlo, no para ellos, sino para que a nosotros nadie nos lo pueda regatear ni escamotear.

En Irán han salido a las calles para cambiar las cosas. En México habrá quien se quede en casa para lograr lo mismo. No sé si sea la vía correcta.

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15 Junio 2009 03:55:37
Irán: ¿conciliación o confrontación?
La participación ciudadana en las elecciones presidenciales de Irán rebasó las expectativas y los preparativos oficiales. No sólo por la asistencia a las urnas, que obligó a retrasar varias veces el cierre de casillas, sino también por la manera en que la población se interesó por los candidatos y por los resultados, llevando a la tensa situación que se vive en Teherán.

Hacía mucho tiempo que la capital iraní no vivía jornadas como éstas, sin que sean comparables con las que causaron la caída del régimen del Sha, tanto por la intensidad y la cantidad de los manifestantes como por los motivos que los han llevado a la calle.

En ese entonces una población harta del abuso y los excesos de la monarquía y de la represión y la corrupción que habían acompañado a su anunciada modernización, se volcó por todo el país para derrocar al régimen. Pero no era sólo el rechazo lo que los movía, sino también una reprimida vocación religiosa que se tradujo en la llegada al poder —literalmente por aclamación— del ayatollah Jomeini y de los clérigos que lo acompañaban.

El Imam Jomeini instauró una República Islámica, hecho sin precedente en la historia de esa joven nación y del milenario pueblo persa, caracterizado por su apertura, tolerancia y gusto por la ciencia y la filosofía. Sin embargo, la multitudinaria recepción de Jomeini a su regreso del exilio al que lo había enviado el Sha y el entusiasmo de la población permitieron una transición sin resistencia de la “dictadura iluminada” del emperador a la “democracia guiada” de los religiosos, y el referendo que convocó Jomeini para aprobarla dejó claro que esa era la voluntad del pueblo. Fue así que paso a paso los clérigos se adueñaron del poder y del control de todos los aspectos de la vida pública iraní.

Digo la vida pública porque la privada ha logrado escabullirse entre la obediencia y la simulación, entre la fe ciega y las pequeñas trampas que han hecho de lo cotidiano un juego de espejos, lo que sucede tras las cuatro paredes de los domicilios puede asemejarse a la libertad, siempre y cuando no haya vecinos indiscretos que alerten a las autoridades acerca de posibles “faltas a la moral”.

Poco después de la llegada al poder de los revolucionarios religiosos, una organizada turba estudiantil tomó por asalto las instalaciones de la embajada estadounidense y tomó como rehenes a los que se encontraban, acusándolos de espionaje, aprovechándose del resentimiento que en Irán se guardaba a EU por su rol en el derrocamiento del último gobierno democrático. La toma de la embajada y de los rehenes simbolizó para Occidente el espíritu de esta revolución, que amenazaba la relación con las potencias que alguna vez habían dominado la región.

A partir de ahí, las confrontaciones entre Washington y Teherán se volvieron cotidianas. Además fue creciendo la desconfianza de ambas partes, alimentada por las malas interpretaciones y por la lejanía que ambos se impusieron, ya que tras el rompimiento de relaciones diplomáticas ni uno ni otro podían dialogar ni pelearse con el otro.

Ahí radica buena parte de la explicación del conflicto actual en torno al programa nuclear iraní. EU y sus aliados lo ven con preocupación y temor, no sólo por las implicaciones de una nueva potencia nuclear sino también por el creciente peso específico de Teherán en la región. Washington tiene mucho de que preocuparse: su rival es cada vez más poderoso e influyente en una parte del mundo donde los intereses estadounidenses están bajo ataque constante.

Por su parte, Irán se siente agraviado por las limitantes que busca imponerle la comunidad internacional y jura que su programa tiene fines pacíficos. Su resistencia a ceder a las presiones de fuera ha sido bien recibida por la población iraní, convirtiéndose en un asunto de orgullo nacional, lo que hace imposible dar marcha atrás sin que eso se convierta en una humillación. Ambas partes se han entrampado al politizar y manipular con fines propagandísticos lo que debería ser un asunto diplomático.

Muchos analistas internacionales, estadounidenses y europeos, quisieron ver esta elección como un choque entre reformistas (liberales) y reaccionarios (tradicionalistas y religiosos). Es muy simplista la ecuación cuando los cuatro candidatos tuvieron que ser aprobados por un Consejo Electoral dominado por los clérigos y uno de ellos, el que quedó en segundo lugar, fue primer ministro y se ha mantenido en el escenario político.

El resultado de esta elección está siendo disputado por él, Mir Hossein Moussavi, y sus seguidores nos han regalado estas escenas, para algunos preocupantes y para otros esperanzadoras.

No es una revolución ni una revuelta. Lo que sucede en Irán tiene que ver con una división entre las clases medias emergentes y las clases populares. Las mismas medidas represivas utilizadas por el régimen dejan claro quién es quién: se está limitando el uso del internet, de Facebook, de los mensajes de texto por celular, herramientas favoritas de los ciudadanos modernos.

Esa brecha puede resultar más difícil de cerrar que la religiosa, pero por el momento no creo que en Irán las computadoras y los teléfonos celulares sean más poderosos que las mezquitas y los guardianes de la fe.

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08 Junio 2009 03:31:13
Obama y el uso de la palabra
Bien podría decirse de Barack Obama que es el presidente viajero. Así como en su momento Juan Pablo II recorrió el mundo buscando reafirmar y acrecentar la fe de los suyos frente a numerosos retos ideológicos y sociales, hoy el presidente estadounidense, ante circunstancias diferentes pero igualmente desafiantes, se ha dado a la tarea de esparcir su propio evangelio, el de un EU que él quisiera reinventado y en camino a la redención.

Pocos presidentes estadounidenses han enfrentado un entorno tan desfavorable como el que le toca a Obama. Otros tuvieron que lidiar con contracciones económicas devastadoras o con conflictos globales de gran magnitud, pero no me viene a la mente una situación como ésta, en la que EU libra simultáneamente dos guerras, tiene la peor imagen en el mundo del último medio siglo y —por si eso no bastara— ha llegado al borde del precipicio económico en el que se tambalea, un poco más para acá que para allá, pero todavía en el más precario de los balances.

Hoy me ocupo de la política exterior, aquella en la que los mandatarios estadounidenses más pronto pueden imprimir su sello, en la que más rápido pueden dar un giro que supere lo simbólico para meterse a los temas de fondo. Si bien EU no puede ni quiere escapar a su condición de superpotencia, lo cierto es que lo que va de este siglo ha sido verdaderamente desastroso no sólo para su imagen, sino, lo que es más importante, para sus intereses.

No se trata de criticar nuevamente la gestión de George W. Bush. Los hechos y las consecuencias hablan por sí solos, y pocas veces en su historia EU se había encontrado con tan grande brecha entre sus objetivos y la realidad, entre sus intenciones y la percepción que el mundo tiene de ellas.

Consciente de ello desde su campaña, Obama se ha propuesto transformar el estilo de la política exterior estadounidense, imprimirle un nuevo tono, cambiar rápidamente las formas para tratar de hacer después lo propio con el fondo. En Washington le llaman smart power a lo que Obama y su supersecretaria de Estado, Hillary Clinton, han planteado: una combinación de la fuerza y el poderío que nadie les regatea con la habilidad de convencer, de persuadir, a través de las ideas, los valores, el comercio y la ayuda.

Los viajes de Obama han estado encaminados justo a cambiar la percepción tan negativa que EU se había creado y a intentar nivelar el terreno de juego para que sea menos cuesta arriba el nuevo esfuerzo diplomático estadounidense. El impacto hasta el momento ha sido mayor. A donde ha ido, Obama ha encontrado la manera de decir lo que cada quien desea escuchar, trátese de Irak, donde ofreció un retiro ordenado y calendarizado de sus tropas; o de Europa, donde planteó una nueva manera de relacionarse, con mayor enfoque en el dialogo y en el multilateralismo y el desarme nuclear; o en Turquía, donde agradó con sus observaciones acerca del islam y su cuidado en torno a temas espinosos como el del genocidio de los armenios el siglo pasado; o ahora en Egipto, donde pronunció un discurso memorable tanto por lo que dijo como por lo que calló.

Casos similares, su breve visita a México y su participación en la Cumbre de las Américas, en que mostró no sólo habilidades retóricas, sino también su mano izquierda para tratar con personajes que resultaban cuando menos antagónicos para Washington, y a los que supo mantener tan cerca como era prudente y tan lejos como era necesario, a la vez que pronunciaba el discurso que todos esperaban, el del cambio de políticas y de actitudes frente a una realidad que sucesivos gobiernos de EU se obstinaban en ignorar: la de Cuba.

El impacto de este nuevo estilo es innegable, si bien muchos escépticos llaman a esperar que los hechos sigan a las palabras. No quiero hoy detenerme en cada uno de los distintos frentes que está abordando Obama, pero la conclusión que encuentro hoy va mucho más allá de lo que haya dicho o hecho en algún lugar en particular.

Creo que Obama ha logrado tres cosas fundamentales, que no tienen desperdicio sea cual fuere el desenlace de cada uno de los muchos asuntos y coyunturas que enfrenta.

En primer lugar, Obama nos ha recordado el valor de las palabras, de LA palabra no sólo en la política o la diplomacia, sino en la vida cotidiana. Habrá quien diga que hasta ahora es sólo retórica, pero justo ahí radica la importancia: con el puro discurso, Obama ha alterado la dinámica y el statu quo de muchos añejos conflictos.

Segundo, Obama ha obligado a los estadounidenses a reflexionar acerca de sí mismos, de lo que hacen y lo que han hecho en el mundo. Para un pueblo al que le han hecho creer salvador de la humanidad, eso no es cosa menor. Nada como la duda y el cuestionamiento para el poderoso.

Finalmente, esas palabras y esa retórica han roto con los paradigmas negativos que muchos tenían de EU, ese ogro que resultaba tan fácil de odiar, de descalificar, y que súbitamente asume un rostro más humano, menos arrogante, más autocrítico. Cada vez que Obama asume y reconoce alguna culpa histórica de su nación les complica la vida a sus adversarios, pues la caricatura del estadounidense malo comienza a volverse un retrato mucho más complejo y lleno de matices, y por lo tanto más difícil de descalificar.

Para quien piense que son sólo palabras, vaya que sí están teniendo efecto. Ahora, a esperar los hechos.

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01 Junio 2009 03:28:22
Las últimas dinastías
No sé lo que Marx, Engels o Lenin habrían pensado, pero los dos regímenes comunistas que sobreviven en el globo terráqueo son también de los muy pocos en que el poder real se continúa transmitiendo de manera hereditaria, ya sea de padre a hijo o de hermano a hermano, sin rubor por la contradicción entre la igualdad de todos los hombres y la aparente superioridad de algunas líneas sanguíneas. Cuba y Corea del Norte comparten eso y poco más.

La isla caribeña ha logrado bajo el mando de la familia Castro convertirse en su hemisferio en leyenda blanca o negra para muchos que la ven como el ejemplo de cómo un país puede transformarse en apenas unas generaciones. Con todas sus muchas carencias, Cuba sigue siendo una ilusión para millones de latinoamericanos y caribeños que viven en la más abyecta miseria, y si bien son muchos los cubanos que sueñan con Miami, son más los guatemaltecos, hondureños, ecuatorianos u oaxaqueños, que ya quisieran para sí las carencias relativas del nivel de vida de la isla.

Los logros y los defectos del sistema cubano dependen de las comparaciones que se hagan. Quien vea a Cuba a través del cristal de EU no tendrá que ir muy lejos para convencerse de las miserias, las injusticias y las ineficiencias del régimen castrista, mientras que quien la compare con los sectores marginados de América Latina podrá sentirse satisfecho al ver que la universalización de la riqueza (o de la pobreza) sigue arrojando resultados que no son escandalosamente inaceptables.

Hoy Cuba no representa más las ilusiones de las vanguardias latinoamericanas, pero conserva un elemento de misticismo que le permite jugar un papel en la región que va mucho más allá de su verdadera dimensión: para bien y para mal, lo que hace y dice el régimen cubano tiene un peso desproporcionado y genera reacciones igualmente desproporcionadas, lo mismo en Washington que en Caracas que en la ciudad de México. Las señales que salen de La Habana no son ya ni tan uniformes ni tan ideológicamente puras, y las reacciones que suscitan en la Casa Blanca son también menos antagónicas. Los icebergs en el Caribe comienzan a derretirse.

Del otro lado del mundo las cosas son bien distintas: la rigidez y la asepsia políticas han sido características durante décadas y donde la sucesión en el poder se dio de manera por demás organizada y programada, de padre a hijo, sin que mediara emergencia ni enfermedad. A diferencia de Raúl Castro, que ha resultado ser el más pragmático de los hermanos y el que introduce cada que puede alguna idea reformista, el heredero norcoreano, Kim Jong Il, es más rígido e inflexible que su padre Kim Il Sung, el que sí fue leyenda revolucionaria, tanto que 15 años después de su muerte sigue siendo el presidente de su país.

La herencia en Corea del Norte fue preparada a lo largo de 15 años en que Kim Jong Il fue subiendo gradualmente los peldaños del aparato político-burocrático hasta que asumió plenamente los poderes en 1993, un año antes de la muerte de su padre. Al igual que su padre, el joven Kim ha sido objeto de un culto a la personalidad difícil de imaginar en la cultura occidental y que contribuye a la leyenda que se ha tejido a su alrededor, en una mezcla que es seguramente 10 partes de invento, 10 más de ilusión y 10 de engaño.

Así como el padre fue el arquitecto del concepto del “Juche”, o autosuficiencia, y de la industrialización de su país, el joven Kim ha sido un líder enigmático y contradictorio a los ojos del exterior. Lo mismo ha encabezado iniciativas de acercamiento con Corea del Sur y Japón que promovido un agresivo plan de construcción de armas nucleares, que son hoy las que tienen a sus vecinos y a buena parte del mundo con los pelos de punta. Y es que si la proliferación nuclear en general es indeseable, la de un Estado tan cerrado y críptico como Corea del Norte resulta aún más preocupante.

Contribuye a esa inquietud no sólo el discurso radical adoptado en meses recientes sino también los rumores acerca del estado de salud de Kim Jong Il y del supuesto proceso sucesorio que se dice estaría en marcha. Según diversas fuentes occidentales, que no necesariamente pueden ser confiables pues no cuentan con información verificable, Kim Jong Il habría sufrido una embolia el año pasado y estaría en una lucha por recuperar su salud y reafirmar su control sobre el aparato estatal y militar. Para ello, según estas versiones, habría tomado dos vías paralelas y simultáneas: un endurecimiento del discurso y los actos hacia el exterior, incluyendo el rompimiento del diálogo con sus cinco naciones interlocutoras para el desarme nuclear (China, Corea del Sur, EU, Japón y Rusia) y la reanudación de sus ensayos atómicos y por otra parte una alianza política interna con su cuñado Jang Song-Thaek para nombrarlo “regente” a cambio de su apoyo para asegurar la eventual coronación de alguno de los hijos de Kim Jong Il.

Complicado y barroco, ciertamente. Preocupante también, en tanto se trata de una nueva o inminente potencia nuclear. Sólo hay un consuelo, y es que todo queda en familia…

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25 Mayo 2009 03:47:56
La verde muerte
En México somos muy dados a descubrir el hilo negro, y no contentos con nuestra falta de originalidad, le sumamos una dosis de cinismo o de oportunismo para terminar con engendros como el que ahora plantea —como eje central de su campaña— un supuesto partido ecologista.

Los anuncios y el telemercadeo verdes son maniqueos y buscan explotar el dolor y los temores de una población que, además de vivir en carne propia los estragos de la criminalidad, sufre y se atemoriza ante la aparentemente insalvable epidemia de matanzas y ejecuciones que acompaña a la guerra contra el narcotráfico.

La sociedad mexicana está justificadamente agraviada y ofendida por la delincuencia y la inseguridad, que han convertido a muchos en rehenes ya de la criminalidad real, ya de la sicosis generada por la cobertura mediática y el aprovechamiento político de un fenómeno que sólo parece agravarse. No hay día en que no despertemos con noticias aterradoras, con rumores espeluznantes, con realidades que confirman el temor que muchos sienten y padecen, que se esparce y se contagia por todo el país.

El fenómeno no es realmente nuevo. Por el contrario, parece ser cíclico y recurrente, con valles y picos estadísticos que coinciden a grandes rasgos con las igualmente repetitivas crisis económicas y/o con decisiones políticas o de seguridad que han contribuido a agravar la situación en distintos momentos de nuestra historia reciente. No hace falta ir muy lejos para recordar los negros tiempos de finales de los 70 y principios de los 80, cuando el gobierno creyó que echando mano de pillos y criminales podría combatir a los mismos, unos embozados en la clandestinidad, los otros embozados pero con uniforme.

Otra oleada se vivió después de los sismos del 85, y una aun peor tras la crisis de mediados de los 90, cuando las calles metropolitanas parecían guaridas de maleantes y los robos con violencia y los secuestros en que se mutilaba a las víctimas añadieron la bestialidad al crimen y agravaron el temor, alimentado por las historias de horror que se volvieron cotidianas, casi de competencia por ver quién conocía la peor y más aterradora.

Las dificultades económicas no son —ni con mucho— la única motivación para la delincuencia, pero si las sumamos a un sistema de procuración de justicia ineficiente y corrupto; a una cultura de la trampa y la impunidad que todo lo permea, y a la profunda desigualdad social, de oportunidades y de acceso al aparato de justicia, tenemos una mezcla que prácticamente garantiza que en México imperen la ilegalidad, la corrupción y el delito. En resumen, una cultura del crimen y un Estado que sólo promueve, por acción y omisión, el rompimiento de las leyes y del derecho.

Así, tenemos que mucho más allá de filias y fobias partidistas o ideológicas, la criminalidad se ha vuelto parte de la fibra (no me atrevo a decir que del genoma) del mexicano, parte integral de la vida en sociedad, en una cultura del rompimiento de las reglas y de premio a quien más rápido llega a la meta, no de quien lo hace por las vías correctas. Los grandes capitales, las grandes carreras políticas, los grandes éxitos mexicanos tienen que vivir siempre bajo la sombra de la duda y de la sospecha, sean éstas o no justificadas. Igualmente triste atestiguar la cantidad de casos de corrupción y de enriquecimiento inexplicable que ver cómo trayectorias intachables conviven bajo el mismo techo, y sólo resultan comprensibles para la sociedad —para la así llamada opinión pública— por las malas razones.

Es en ese clima de sospecha y escepticismo generalizados que florecen las propuestas simplistas para atacar fenómenos tan complejos y antiguos, con raíces tan acendradas, causas tan diversas, actores tan variopintos y tan integrados en la vida cotidiana que son tristemente parte de la vida nacional. Las reformas legales, las penas más severas, las cárceles de máxima seguridad, las corporaciones policiacas que cambian de uniforme y de nombre, pero no de métodos ni de complicidades, los programas nacionales, estatales y municipales, los consejos consultivos, los escándalos y las tragedias, las marchas multitudinarias, las denuncias en los medios, nada de eso ha servido por una razón muy sencilla: vivimos en la cultura del delito y de la impunidad, y no hacemos nada como ciudadanos para cambiar esa manera de ver las cosas, de actuar ante ellas.

La propuesta de implantar la pena de muerte en México es demagógica e irreal. Demagógica porque sólo busca allegarle votos a un partido que se caracteriza por sus bandazos y su mercantilismo; irreal porque el endurecimiento de penas no sirve en un país en el que el problema no radica en la condena, sino en la aplicación uniforme y justa de la ley.

Mientras no logremos resolver los problemas subyacentes de nuestro sistema de impartición de justicia y no cambiemos la actitud de una sociedad que no castiga a los corruptos y a los delincuentes con la exclusión y el oprobio, de nada sirve proponer métodos que, dicho sea de paso, han comprobado su ineficacia en la gran mayoría de naciones civilizadas.

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11 Mayo 2009 03:33:27
Lo que la influenza se llevó
No termina aún plenamente la emergencia sanitaria y ya podemos aventurar algunas primeras hipótesis acerca de lo que significará el regreso a la normalidad de un país que bien a bien nunca ha sido muy normal. Así, en pleno ejercicio del surrealismo mexicano, regresaremos a un estado de cosas que no era precisamente ideal, con cambios en nuestros usos y costumbres colectivos que necesariamente implican romper con muchas prácticas del pasado. Se trata entonces de un regreso a algo que ya dejó de existir y que aún no define su nueva conformación.

Para empezar con un balance de lo que hemos perdido, de lo que —como dice el poco original encabezado— la influenza se llevó, hay que voltear a ver a informadores, formadores y deformadores de opinión. Lo que algunos llaman círculo rojo y otros comentocracia —que no es más que un grupo cuyos números son mínimos pero cuyo impacto es desproporcionadamente mayor— ha descubierto el hilo negro durante ésta emergencia.

Reporteros mexicanos y extranjeros revelan al mundo las insuficiencias del sistema de salud mexicano, como si alguien alguna vez hubiera pensado que nuestro país tiene una red de protección digna de ese nombre. En páginas de un prestigiado diario europeo leemos que hay tratamientos para ricos y para pobres en México, que una figura pública y con dinero recibe mejor atención médica que un pobre desconocido, o que un desconocido pobre. Otros más nos despiertan del estupor de la madrugada para decirnos que en México —sí, en México— hay escuelas en las que no hay agua, que las brigadas de limpieza las integran maestros y padres de familia voluntarios, que hay empresas porcinas que operan sin cumplir con los requerimientos básicos, que no todos los hospitales están equipados para atender a los portadores del nuevo virus…

Tenemos pues como primera víctima a la inocencia de comunicadores nacionales y extranjeros, que han descubierto a un país que no conocían. Son claramente la minoría, pero como el ignorante es casi siempre el más vociferante, son los que destacan. Lo cierto, y lo triste e indignante, es que así es nuestro país.

Le siguen en la lista de bajas las costumbres higiénicas de los mexicanos. He ahí un oxímoron: las alertas sanitarias y las recomendaciones oficiales son dignas de la población de la Europa de la Edad Media: si está enfermo no le estornude encima a su vecino, no tosa con la boca abierta, no se meta las manos en la nariz, no lama el pasamanos de la escalera eléctrica del Metro ni coma palomitas de la misma bolsa del moribundo sentado junto a usted. Ah, y lávese las manos. Sí, usted, lávese las manos por favor. No tengo el dato exacto a la mano, pero me dicen que a raíz de la contingencia ha habido un abrupto descenso de las consultas por enfermedades gastrointestinales.

El sueño latinoamericano se cuenta también entre las víctimas. Para todos aquellos que veían el futuro de México en América Latina el desdén y maltrato de muchos de los países hermanos ha caído como balde de agua fría. Algunos por ignorancia y oportunismo y otros por ignorancia a secas han intentado el equivalente moderno del cierre de fronteras: la cancelación de vuelos. La imbecilidad es médica y práctica en muchos casos: basta con hacer escala en otro país para llegar a Argentina, por ejemplo, y siempre será mejor en tiempos de contingencia tener un control y seguimiento de quienes pudiesen estar contagiados en lugar de tenerlos ingresando de manera casi clandestina. Ni que decir de Cuba, de Haití, de Ecuador y Perú, que saben lo suyo en lo que a epidemias o a bloqueos respecta.

En cambio, los que han renacido son el orgullo y la indignación nacionalistas, con cada reseña y cada entrevista de un mexicano maltratado en el extranjero. Oprobioso por supuesto lo que les ha sucedido en China a nuestros paisanos, aunque casualmente hay quienes se desgarran más las vestimentas por los agravios latinoamericanos que han sido más retóricos que prácticos. En fin, cada quien su agenda oculta, pero no cabe duda de que si de atropellos se trata, los chinos llevan la delantera. Deberíamos ser más comprensivos con ellos: un país acostumbrado a mentir y ocultar información esencial para la salud pública hace bien en sospechar de los demás. El león cree que todos son de su condición…

Y el que está entre la vida y la muerte es el típico cachondeo mexicano. Esta costumbre de todos estrecharnos las manos, abrazarnos como hermanos, volvernos a dar la mano tras el abrazo, volar besos al aire con personas que apenas hemos conocido, darle el beso o la mano a quien se encuentra sentado comiendo en un restorán o a quien nos está preparando de comer, las palmadas y toda suerte de apapachos… todo eso está cayendo por la borda del barco de la emergencia sanitaria, y hay en ello —como en todo— pérdidas y ganancias.

Yo no voy a extrañar algunas de ésas muestras de afecto de perfectos desconocidos, pero hay apretones de mano, besos, abrazos y palmadas que alimentan y reconfortan. Espero que sus portadores estén debidamente desinfectados.

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04 Mayo 2009 03:31:02
Epidemia de histeria
Para Lorenzo y Lorenza Lazo, en recuerdo de Concha…

Dicen que la ignorancia no mata, “nomás ataranta”, pero no estoy tan seguro. La cantidad de tonterías que he escuchado, visto y leído a raíz de la emergencia supera con mucho mi capacidad de digestión.

México y buena parte del mundo parecen estar infectados por otro tipo de virus, que nada tiene que ver ni con las aves ni con los cerdos, pero sí mucho con los humanos. Es un virus que ataca el sistema nervioso central y provoca graves trastornos mentales, afectando la capacidad de raciocinio y el uso de la lógica elemental. Es altamente contagioso y tiene un efecto multiplicador y potenciador sobre sus víctimas, que además aumenta conforme más lejos se encuentran de otros —más reales— focos de infección.

Este nuevo virus tiene una capacidad inusitada para volver irracional al más sensato, hipocondriaco al más saludable y paranoico al más cuerdo. Entre sus primeros síntomas se cuentan la capacidad de creer cualquier teoría descabellada, de repetirla sin pena y sin filtro alguno. Quienes contraen este nuevo virus creen que todo extraño es sospechoso y posible portador de otro, el más famoso pero menos peligroso H1N1, que solamente afecta las vías respiratorias pero que hasta el momento no ha mostrado riesgos para la inteligencia humana. El primero, el virus de la histeria humana, está totalmente fuera de control y no hay antiviral ni vacuna que proteja eficazmente contra su contagio.

Sus alcances no reconocen fronteras ni clases sociales, no distinguen ideologías, nacionalidades ni profesiones. Se enferman lo mismo gobiernos como el cubano y el israelí que periodistas usualmente serios y otros que no lo son tanto; futbolistas que no siempre se caracterizan por su conducta intachable que habitantes de países desmemoriados; adquiere tintes religioso-carnívoros como en Egipto y vuelve locos a agentes migratorios en China, a aldeanos despistados en Guerrero, a políticos y politólogos, a comerciantes y mercaderes…

Conocemos todos las más obvias manifestaciones del mal, como el hostigamiento y discriminación a mexicanos, estén o no infectados por el H1N1, dentro y fuera de nuestro país. Nos escandaliza que los recluyan en China, pero en México la fobia a los habitantes del DF cunde por doquier y se dan casos, hasta ahora aislados, de agresiones físicas y verbales. Naciones o pueblos que en teoría podrían guardarnos agradecimientos históricos cancelan vuelos (Argentina y Cuba) o se mofan abiertamente de los nuestros (Chile) o ignoran toda evidencia científica (Israel).

No es que un boicot turístico cubano vaya a afectarnos gravemente, ni que la suspensión de vuelos desde y hacia Argentina vaya a tener repercusión más allá de las industrias restauranteras y de entretenimiento masculino, pero llama la atención la rapidez y la tontería de los funcionarios que decidieron esas medidas. Los salva un poco el ejemplo de Egipto, cuyo gobierno decidió sacrificar a toda la población porcina de ese país, no sé bien a bien si por preocupaciones sanitarias o para quedar bien con sus radicales islámicos…

Hay personajes públicos que creen que pueden impunemente cuestionar la realidad de una epidemia que podría convertirse en algo peor, y que no se dan cuenta de que su paranoia sólo es superada por su estulticia. Teorías de conspiración dignas de películas de los años 60 aparecen bajo el cobijo de individuos que uno creería más cuerdos, a la vez que otro sector de la población se aferra a las supersticiones para contener el contagio. El cubrebocas se convierte en amuleto mientras que el agua y el jabón son súbitamente redescubiertos por un país que se preciaba de ser limpio pero que —ahora lo vemos— fue dejando de serlo.

Del comercio mejor ni hablar. No sé si son más condenables los revendedores de cubrebocas que los acaparadores silenciosos de Tamiflu, pero me queda claro que las empresas que decidieron lanzar sus campañas publicitarias para aprovecharse de la emergencia merecen algo más que un llamado de atención. Mal hacen los vendedores de desinfectantes o de alimentos que no cuidan el buen gusto, pero resultan criminales los que promueven productos contra la gripa común anunciando que NO requieren receta médica, cuando las autoridades se han cansado de advertir contra la automedicación y cuando hasta el menos informado sabe que lo peor que se puede hacer ante un síntoma es encubrirlo con medicamentos. Quien se anuncia así, en tv abierta durante los partidos de futbol en domingo (y si la Cofepris necesita más datos para ubicarlos estamos en problemas) está poniendo en riesgo a la población.

Malas son la ignorancia y la histeria colectivas, pero peor aún el afán de lucro en circunstancias como la que vivimos. En algunos delitos se puede argumentar la locura como atenuante, pero no la estupidez.

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http://www.gabrielguerracastellanos.com
27 Abril 2009 03:34:16
Malas influencias…
La alerta sanitaria provocada por el brote de influenza en nuestro país ha despertado una serie de reacciones en la sociedad que merecen la pena un vistazo.

Evidentemente, en una situación como esta, en que es más lo que se ignora que lo que se conoce, los individuos, y a través de ellos la colectividad, buscan asideros para poder comprender lo que está sucediendo. La memoria de las sociedades suele ser corta, pero en casos como este se activan recodos de la mente que permanecían inactivos y se recuperan temores, incertidumbre y supersticiones de antaño.

El primer mal recuerdo es también el más reciente, y en este caso no hay que ir muy lejos para recordar la fiebre aviar, que con el ominoso nombre de SARS azotó a Asia y le dio la vuelta (y un buen susto) al mundo. Es apropiado que en plena edad de la globalidad una enfermedad así recorra el globo terráqueo y se asiente por igual en Hong Kong que en Shanghai o en Toronto, en la hasta ese momento plácida y lejana Canadá.

El saldo devastador del SARS no puede medirse solamente en muertos y enfermos, sino en el impacto que tuvo para las economías nacionales, regionales y locales de los lugares afectados, desde la caída del turismo en Canadá hasta los sacrificios obligados de centenares de millares, si no es que millones, de aves domésticas, pasando por el virtual estado de sitio que vivieron algunas comunidades y el aislamiento forzoso —confinamiento, podríamos llamarlo— de los individuos que enfermaron o de quienes se pensó podrían ser portadores del virus.

Distinto y menor en el impacto humano el caso de las vacas locas británicas, que tantos daños causó a la industria vacuna inglesa y que tantos buenos y malos chistes provocó alrededor del mundo. Solo la pérfida Albión podría volver locas a sus propias vacas, decían algunos, mientras que otros evocaban las incomparablemente menores locuras de los toros que tenían que soportarlas. Malas bromas aparte, ese fue un primer aviso de cómo en un mundo con fronteras cada vez más tenues las enfermedades son las que más rápidamente se ajustan a las nuevas circunstancias y requerimientos migratorios.

En México la memoria no alcanza y hay que recurrir a los libros de historia o a las hemerotecas para recordar las últimas grandes afectaciones sanitarias; aunque más profundas, están las ocasionadas por la llegada de los colonizadores, que devastaron a la población local con sus nuevas y mortíferas enfermedades, que les resultaron tanto o más útiles que sus armamentos y cabalgaduras para doblegar a los indígenas.

Algo tienen en común las pandemias modernas, y es que su demoledor impacto lo es tanto o más en el ánimo de la población que en el número de víctimas realmente afectadas por la enfermedad en turno. La movilidad lleva a la morbilidad, que a su vez conduce a la mortandad, lo cual suena a Perogrullo hasta que nos ponemos a pensar en lo infinitamente más transmisible que resulta hoy en día un virus que en las épocas de la peste bubónica o incluso la de la última gran epidemia norteamericana, la llamada gripe española, que mató a cerca de 700 mil personas solamente en EU, pero que tuvo un impacto desastroso en otras naciones de América y Europa.

Para ver cómo han cambiado las cosas, para bien y para mal, hay que ver hacia atrás: la bubónica mató a unos 35 millones en Europa en el siglo XIV; las plagas españolas a unos 3.5 millones en el México del siglo XVI, mientras que el SARS que aterró al mundo entero le costó la vida a menos de mil personas. Sin embargo, parecería haber una curva inversamente proporcional entre el número de muertos y el impacto social de estas pandemias o epidemias. La movilidad, la rapidez y la ubicuidad de los medios de comunicación hacen la diferencia entre la localización o la amplia difusión de cualquiera de estos casos.

No hay mejor prueba de ello que las calles y plazas vacías en la ciudad de México. Los centenares de casos han tenido una inmediata difusión que ha permitido que la gente tome sus precauciones y se entere de las cosas con rapidez inusitada. Lo que para algunos puede ser sobrerreacción para mí es precaución comprensible y hasta útil.

Es mala influencia la del pánico, pero peor aún la de minimizar una amenaza a la salud colectiva.

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20 Abril 2009 03:52:09
Obama descubre América
El tour hemisférico de Barack Obama ha tenido su culminación en Trinidad y Tobago, donde parece haber funcionado a plenitud la combinación de carisma y contrición que lleva el presidente estadounidense en su equipaje. Por donde va, Obama derrocha simpatía y calidez, pero su discurso agrega las suficientes muestras de humildad imperial como para que el paquete completo sea más que aceptable, entusiasmante incluso, para su auditorio en turno.

Ya en la Cumbre del Grupo de los 20 o en la reunión de la OTAN, con sus a veces escépticos aliados turcos o en Irak, en México o ante sus pares de Norte, Centro y Sudamérica y el Caribe, Obama parece dispuesto a transformar la imagen de EU a pasos acelerados. Para bien y sobre todo para mal, los ocho años de la administración de George Bush habían reforzado estereotipos y confirmado prejuicios acerca del papel de EU en el mundo. Su renuencia a adoptar políticas universalmente aceptadas, ya fuera en materia de medio ambiente (ver el Tratado de Kioto) o de respeto a los derechos humanos (la Convención de Ginebra o la Corte Penal Internacional), evidenciaron el profundo desprecio que el gobierno de Bush sentía por la comunidad internacional y por cualquier concepto que requiriera de la colaboración o participación en esquemas multilaterales. Como pocas veces antes, EU hizo alarde de su poder con una arrogancia que sólo se comparó con lo equívoco de muchas de sus posturas.

Lo que no logró en décadas de guerra fría Moscú, lo hizo Washington en unos pocos años: crear una imagen de una política exterior prepotente, descuidada de las formas, alejada de los principios fundacionales y de las normas éticas que supuestamente han guiado a EU a lo largo de su historia como nación y como potencia primero y superpotencia después. Todo lo bueno que alguna vez representó EU se hizo añicos frente a los incontables agravios que con el pretexto de la “guerra contra el terror” encabezó la administración Bush.

Así, la imagen y el prestigio de Washington cayeron a la par de su influencia en América Latina. Como pocas veces en la historia, la región to mó un tinte totalmente contrario a los intereses estadounidenses, y no me refiero tan sólo a las tendencias electorales que fueron cargándose a la izquierda, sino también a que muchas naciones relativamente más moderadas en su ideología o en sus políticas internas se fueron distanciando de EU y creando su propio espacio vital en sus respectivas zonas de influencia.

Fue ese el caso de Brasil, que es tal vez el más notorio, pero también el de Chile y Argentina, entre varios otros, que tomaron distancia sin pagar por ello precio alguno, beneficiándose en todo caso internamente por el tradicional “bono” que implica hasta la fecha (aunque eso puede estar por cambiar) el discurso contrario a EU.

Muchos mandatarios latinoamericanos ganaron puntos dentro y fuera de casa con la fácil retórica antiestadounidense, hecha aún más fácil por las acciones y omisiones de Bush, ejemplificado esto mejor que nunca en la anterior Cumbre de las Américas, la de Mar del Plata en 2005, cuyos resultados fueron desastrosos para la causa estadounidense y la de quienes quisieron en ese entonces ser compañeros de viaje de Washington.

Muy distintas las cosas ahora y no solamente por los buenos presagios en torno a la relación de EU con el gran ausente de la reunión: Cuba. Sin duda las señales de Obama y de los dos hermanos Castro son para celebrarse. El que después de décadas en las tinieblas se acepte la posibilidad real de un diálogo amplio e incluyente y que se pase de ahí a algunas acciones todavía insuficientes pero altamente simbólicas sólo puede resultar en algo bueno para la isla, para el imperio y para el hemisferio occidental.

Pero si bien el tema cubano y el saludo de Obama y Hugo Chávez fueron los más taquilleros desde el punto de vista mediático, lo cierto es que en esta primera incursión de Obama a las Américas se dio algo mucho más trascendental: al cambiar de tajo con el viejo discurso imperial y dar muestras de reconocer algunos de los vicios y errores del pasado, el novel presidente estadounidense ha dado un vuelco a la percepción de su país y de su figura en la región.

En un tono y actitud muy similares a los de su reciente gira por el Viejo Mundo, aunque con contenidos distintos, Obama ha puesto de cabeza el muy cómodo esquema del bien y el mal, del blanco y el negro (sin alusiones raciales) en el que se presentaba EU a sí mismo y en que lo veían los demás. Ni los detractores ni los incondicionales de siempre podrán volver a sus antiguas caricaturas de EU como el símbolo de todo lo bueno o de todo lo malo que sucede en el globo.

Es demasiado pronto para juzgar a Obama, hasta ahora sólo tenemos su discurso y ya llegarán los hechos. Pero lo que ya logró es incuestionable: introducir matices y tonalidades grises al viejo mapa maniqueo del mundo.

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13 Abril 2009 04:02:50
Ahí viene Obama
Tras ocho largos años en el desierto figurativo de la desatención estadounidense, nuestro país súbitamente está de nuevo en el mapa. En Washington le dedican tiempo a pensar en México, los medios de comunicación le dan espacios con los que sus corresponsales ni siquiera soñaban hasta hace poco, y los “mexicanólogos” están de moda otra vez.

La próxima visita a México del presidente Barack Obama se inscribe dentro de esta renovada atención, que debería alegrarnos a quienes durante tanto tiempo hemos abogado por un relanzamiento de la relación bilateral, y que nos hemos preocupado por la ausencia del tema en la agenda de nuestros políticos, nuestros empresarios, nuestros académicos…

No es por ser aguafiestas, pero el redescubrimiento de México por los estadounidenses no necesariamente cuadra con lo que yo al menos tenía en mente cuando argumenté que el olvido y el descuido a la relación más importante que tenemos con el exterior tendrían consecuencias negativas para el interés nacional y para la región de América del norte.

Son muchas y muy variadas las razones que nos llevaron a ese estado de cosas y no pretendo enlistarlas en este texto, en parte para no ser repetitivo y en parte para poder dedicar el corto espacio a lo que creo más importante: el qué hacer en adelante si es que queremos restablecer la política exterior como una de las herramientas que tiene México en sus intentos por salir de la bastante deplorable situación en que se encuentra.

La utilidad para las naciones de la política exterior debería ser obvia al grado de volver irrelevante el hablar de ella. En el caso de México, no es así: durante las últimas décadas la diplomacia ha sido vista como una distracción, como un asunto que en el mejor de los casos es lateral y en el peor es una pérdida de tiempo. Lo vemos en el magro y secundario espacio que muchos medios le dedican, en el desinterés con el que muchos políticos y empresarios la tratan, en la simpatía que raya en compasión de la academia, que la tolera más por el qué dirán que por su valor intrínseco.

Los hombres y mujeres que han dedicado sus vidas al quehacer internacional son, en nuestro país, más fácilmente vistos como excéntricos que como visionarios. Extraño, para una nación que ha vivido amenazada desde el exterior toda su vida independiente y que supo hacer en el pasado de la diplomacia y del derecho internacional armas de defensa que mucho le sirvieron, a falta de poderío militar, para sortear las amenazas que invariablemente surgían más allá de nuestras fronteras.

No deja de ser paradójico que hoy que el mundo es cada vez más interdependiente, que la globalización y la globalidad avanzan, que no hay nación que pueda vivir al margen, muchos en México se den el lujo de ignorar lo que a su alrededor acontece, o que si acaso le dediquen tiempo y atención sólo cuando una necesidad urgente así lo requiere.

La visita de Obama es una de esas ocasiones en que la urgencia puede fácilmente ocultar la importancia de pensar en el largo plazo. La siempre difícil y compleja vecindad entre México y EU abarca tantos y tan variados temas que no pueden ser fácilmente condensados y comprimidos. Washington lo ha hecho así porque para ellos el interés primordial en estos momentos radica en el tema de la seguridad fronteriza, ante la cada vez más clara amenaza de un desbordamiento de la violencia ligada al crimen organizado y al narcotráfico.

Así como en el sexenio pasado se enfatizó en exceso la posibilidad de una reforma migratoria que resultó como todos sabemos en un espejismo, ahora pareciera que todo el foco se coloca sobre el tema de la seguridad y la cooperación en la lucha contra el narco, cuando hay múltiples otros asuntos que tienen tal vez menor visibilidad pero no menor importancia para nuestros intereses.

En un libro de reciente aparición, el destacado analista-funcionario-editor Leslie Gelb analiza los retos de la política exterior estadounidense y aconseja a su nuevo presidente —un poco al estilo de Maquiavelo en El príncipe— que se concentre ante todo en tener una estrategia clara y definida en materia internacional, que no permita que acontecimientos y circunstancias le dicten su política exterior.

El libro de Gelb, Power Rules (El poder manda), será seguramente lectura obligada en los círculos del poder estadounidense y debería serlo también en México. Aquí no nos hemos dado cuenta de cómo piensan nuestros vecinos, ni tampoco de que al renunciar a la estrategia nos condenamos, como en tantos otros aspectos, a vivir al día.

Es hora de despertar.

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06 Abril 2009 03:40:23
La campaña contra el narco
Nadie puede dudar de la valentía del presidente Calderón al haber decidido, apenas comenzada su presidencia, enfrentar al mayor mal que puede infectar a una nación: el del crimen organizado.

Grave de por sí, esa enfermedad se agrava desproporcionadamente cuando hay de por medio sumas estratosféricas de dinero, productos como diamantes y armas, cuyo comercio ha asolado al continente africano, o drogas, con el efecto pernicioso y de todos conocido que han tenido en nuestro continente y ahora en nuestro país.

La guerra que proclamó Felipe Calderón ha sido y seguirá siendo por necesidad costosa, dolorosa, difícil de ganar. Los muertos se acumulan sin importar su bando o filiación, y aunque la mayoría hayan estado involucrados con organizaciones criminales, lo cierto es que la ubicuidad y la frecuencia de los macabros hallazgos tienen a la sociedad mexicana sumida en la zozobra, presa de la psicosis.

La decisión era ineludible. Durante demasiado tiempo sucesivos gobiernos habían cerrado la vista —por miopía, incapacidad o complicidad— ante un problema cuyas dimensiones y complejidad crecían día con día. No es un asunto de partidos ni mucho menos de ideologías: los primeros que no vieron el tamaño y el riesgo del asunto fueron los que creyeron que la verdadera amenaza a la seguridad nacional venía de la guerrilla y de los comunistas. Puestos a escoger optaron por combatir subversivos y por ignorar y hasta tolerar a los pequeños e incipientes traficantes. Al fin —se decía— que esas drogas van para los gringos...

Ésa explicación bastó para que se siguiera minimizando, postergando, justificando. De vez en vez, como cuando cayó muerto un agente de la DEA en México y dio inicio una agresiva campaña mediática en EU denunciando las redes de complicidad de éste lado, se tomaba un poco más en serio el asunto, pero siempre con el pretexto de marras: sólo somos país de tránsito, trampolín de la enorme alberca de consumo que es EU. Y la pregunta inevitable: ¿porque nosotros deberíamos de hacer algo cuando los consumidores están allá?

Habrá quien piense sinceramente que todo esto fue culpa exclusiva de los gobiernos pristas, pero tampoco se vieron grandes cambios con la llegada del PAN al poder en el 2000: por el contrario, el problema siguió creciendo y creciendo hasta que por fin se decidió hacer algo en serio a finales del 2006.

Hay suspicaces que adivinan en la determinación del entonces recién ungido presidente Calderón un afán legitimador tras los cuestionados resultados electorales, pero yo me inclino por pensar que esta guerra inició por las buenas razones, por interés de Estado.

Muchos creen que hubo errores de origen en la estrategia y las tácticas y no comparten la manera en que se arrancó ni la militarización como fórmula para suplir a las notoriamente ineficientes y corruptas policías. Están también los que advierten de los riesgos de una operación militar de incierto desenlace y elevados costos que trascienden lo económico y afectan las fibras más sensibles de la sociedad, del estado de derecho y las libertades individuales.

Hay otros más que opinan que la solución está en la legalización de las drogas, como si una decisión así pudiese darse en el vacío, como si México viviera en el aislamiento, que es lo que nos sucedería de tomar una vía que sólo deja de ser descabellada si la adoptan las principales naciones consumidoras.

Pueden estar equivocadas, pero no son las voces ni de traidores ni de aliados del narcotráfico. Son las de mexicanos que observan con preocupación lo que sucede en su país. No hay, incluso entre las discordantes, una sola que le regatee al Presidente el valor y la enjundia de hacer lo que ninguno antes que él se animó, al menos no en la misma dimensión.

Es por ello que me preocupa ver cómo se pretende hacer de la guerra contra el narcotráfico un asunto de campaña política, una herramienta propagandística, un discurso maniqueo con fines electoreros. La guerra de los partidos nada tiene que ver con la guerra contra el crimen organizado. La primera es de mercaderes, en la segunda nos va literalmente el país de por medio.

Quienes se han rebajado a utilizarla como herramienta de campaña abaratan a la política, menosprecian a los ciudadanos, insultan a los mexicanos que están pagando con sangre, con temor, con incertidumbre, los costos de ésta guerra que siendo justa corre el riesgo de trivializarse.

Los estrategas del PAN piensan que ayudan al Presidente y a su partido. Sólo así podemos subir en las encuestas, dicen, pero olvidan que con ésas maniobras ofenden a un Presidente que se ha puesto en riesgo personal, a los muchísimos hombres y mujeres de bien caídos en la batalla y a los millones de mexicanos que todavía creemos que hay cosas por las que vale la pena luchar.

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30 Marzo 2009 04:02:11
México ante el Mundo
Tres visitas, tres, marcan la agenda presidencial en días recientes, además de una reunión de grupo. Las visitas, claro está, son las realizadas a México por el presidente francés y la secretaria de Estado norteamericana, además de la de Felipe Calderón a Gran Bretaña y a la cumbre del así llamado Grupo de los 20, del que forma parte nuestro país.

De la visita del presidente francés ya se dijo y se escribió mucho, casi todo relacionado con un asunto comparativamente menor que la insistencia y tozudez de los visitantes y la falta de malicia de los anfitriones hicieron crecer. Lo cierto es que más allá del affaire Cassez la visita de Sarkozy fue importante por lo que significa un presidente como él, que ha tomado un rol importante en Europa. Que si fue más turismo, que si todavía está de luna de miel, que si se quedó en casa de quien y pagado por quien, todo eso podrá ser cierto, pero es anecdótico. El fondo de la visita era resaltar la importancia que México tiene para Francia por su papel en la región, por su presencia en Naciones Unidas y por el potencial que en Paris ven para una nación que bien podría ser —si lo quisiera— un líder y una potencia hemisférica.

El paso de Hillary Clinton por México fue un recordatorio, una lección practica, de cómo se hace política exterior. Ésa mujer, admirable por tantos motivos, es relativamente novata en asuntos diplomáticos, pero ni se le nota. Si la calidad se midiera o se diera por años, la señora Clinton estaría en problemas, pero en su caso aplica al revés aquel dicho de que “lo que natura no da, Salamanca no presta”. El talento y la habilidad política, la buena preparación y los buenos consejos que seguro recibió la llevaron a decir lo que todo mexicano quería escuchar: que en la sangrienta y desigual guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado, México no está solo.

Además de las frases afortunadas de la señora Clinton, hubo sustancia y mucha durante su viaje, incluido el muy relevante hecho de que ahora sí, por fin, Estados Unidos ha aceptado oficialmente que es parte y causa de nuestro problema y que lo tiene que ser también de las soluciones. Malinchismos y nacionalismos extremos aparte, México necesita vecinos con los que se pueda entender, con los que pueda colaborar, de los que pueda esperar y recibir apoyo en los momentos críticos. Ésa parece ser la nueva tonada de Washington, y bienvenida sea, si bien no estoy seguro de que tanto mérito haya de nuestro lado de la frontera, y es que las vociferaciones recientes difícilmente pueden haber ayudado.

Y para nada debemos ni podemos cantar victoria en lo que a la relación con Estados Unidos respecta. Quien piense que el cambio de discurso y de actitud de Washington se deben solamente a nuestra habilidad y nuestra linda cara se llevará un buen frentazo el día que despierte y se percate de que, como siempre, Estados Unidos actúa en función de sus propios intereses.

Ya está el presidente Calderón en Londres para cumplir con una visita de Estado, que por su naturaleza y por ser quienes son sus anfitriones estará llena de pompa y circunstancia. No faltará el trasnochado que se queje del protocolo, de la visita al Palacio de Buckingham o de los carruajes tirados por caballos, pero es así como los británicos reciben a sus visitas de Estado. Molestarse por eso es equivalente a que algún costarricense se quejara de que al presidente Arias se le llevó a un estadio de fútbol con más de cien mil espectadores. Así es el estadio Azteca y no se puede achicar, a pesar de los esfuerzos de algunos de los seleccionados mexicanos por empequeñecerlo.

Pero me desvío. La visita a Londres y la participación en la reunión del G-20 son una buena oportunidad para que el presidente mexicano le transmita a una nación preocupada y acongojada como la nuestra que México tiene un papel importante que jugar en el mundo y que está verdaderamente dispuesto a hacerlo.

La diplomacia podrá o no ser el tema favorito del Presidente, pero al igual que la guerra contra el crimen organizado, es una de esas cosas que se tienen que hacer. Felipe Calderón asumió, con todos los pantalones necesarios, ese primer desafío porque al país no le quedaba de otra. Con menor urgencia aparente, lo mismo pasa con las relaciones internacionales. En los momentos confusos y difíciles que vive el mundo, a México se le presenta una oportunidad y una responsabilidad: la de asumir su papel y dejar de esconderse en los viejos discursos del nacionalismo anticuado o en la arrogancia e incapacidad que fueron el sello del sexenio anterior.

La pelota está en nuestro lado de la cancha.

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23 Marzo 2009 04:04:21
¿Campaña contra México?
Al principio no lo quise creer, pues no soy dado a creer en las teorías de conspiración, pero hoy me he convencido de que es cierto, tristemente cierto. Sí hay una campaña en contra de nuestro país, caracterizada por la mezquindad, la ambición y la inquina.

La alientan los más diversos y poderosos intereses, empeñados en desacreditar a México sin importarles el enorme perjuicio a los millones de compatriotas que tienen que pagar las facturas del descrédito y el desprestigio nacional.

Desde el gobierno y los partidos se indignan y alzan la voz contra quienes sólo buscan perjudicarnos. Apunta su ira hacia los medios de comunicación, nacionales y extranjeros, que desvelan los problemas que todos conocemos de sobra; enfilan sus baterías contra los analistas que vienen de vacaciones (como si se las pudieran pagar, en estos tiempos de crisis) o contra visitantes distinguidos que hacen planteamientos incómodos.

Se indignan porque Forbes incluye a un narcotraficante entre sus más ricos, pero no porque se le haya permitido acumular esa fortuna. Les molesta que se hable de los riesgos a la integridad nacional, de la posibilidad del “Estado fallido”, pero no que un miembro del gabinete afirme que estuvimos a un tris de tener un presidente narco. Se irritan por la cobertura negativa de los medios extranjeros, pero no hablan con ellos, no dan entrevistas, ni contexto, ni perspectiva. Pero eso sí, creen que atacándolos se resuelve el problema.

Tienen razón quienes le aconsejan al Presidente hablar de una campaña en contra de nuestro país. Está en marcha día con día. Es la campaña de los sindicatos opacos que hacen mofa del concepto de la democracia y la autonomía sindical, de la transparencia y la responsabilidad del sector obrero. La campaña cuesta miles de millones de pesos que salen de los bolsillos de los agremiados y de los contribuyentes, que los líderes petroleros o magisteriales se empeñan en ocultar. Mientras tanto, la falta de productividad de Pemex o de Luz y Fuerza del Centro y la notoria falta de aptitudes de los maestros que reprueban exámenes de aptitud contribuyen al desprestigio.

Otro de los confabulados es el Banco Mundial, que en sus evaluaciones coloca a México en el lugar 32 en materia de gasto educativo. El World Economic Forum se suma al complot, afirmando que nuestro país cayó ocho lugares (al 60) en su índice de competitividad y que se coloca apenas en el 58 en el de conectividad de TI. La ONU, quién lo hubiera creído, pone su granito de arena: en su índice de desarrollo humano, que mide factores como alfabetización, esperanza de vida, matrícula escolar, poder de compra y otros, México aparece en el lugar 52. Tiene que ser desprestigio, pues no suena lógico que la doceava o treceava economía mundial salga tan mal calificada...

¿Será que nos están haciendo trampa? No es raro que lo pensemos, dada nuestra tendencia a hacer lo mismo. En materia de transparencia ocupamos el lugar 72 del índice de percepción de corrupción 2008 de Transparencia Internacional, muy atrás de países como Botswana (36) y de otras naciones de América Latina como Chile (23).

Hay más sospechosos: la encuestadora Gallup realiza periódicamente una encuesta para medir la imagen de diversas naciones entre el público estadounidense. México alcanzó apenas 51% de opiniones favorables. En palabras de Parametría, quien difundió la encuesta de marras, “... la opinión favorable de México ha tenido una caída sostenida desde 2003 o 2005, en que alcanzamos máximos históricos... de 74%. Durante prácticamente los últimos 10 años el porcentaje de opinión favorable ha estado por arriba de 60%. Cuando vemos el total de la serie, que abarca 20 años, se hace evidente que estamos en el punto más bajo de los últimos 15 años...”.

Pero no son sólo extranjeros los que confabulan, también en México se cuecen habas. Desde el gobernador que “presta” su avión hasta el que hace chanchullos electorales o que se paga sueldos y bonos estratosféricos; el empresario que quiebra a su compañía por apostarle a los derivados; el inconsciente criminal que atropella a un policía y lo arrastra más de un kilómetro; el comandante policiaco al servicio del crimen o el legislador que sirve a intereses de sus jefes, por no hablar del funcionario que no reconoce su propia ineptitud y se aferra al cargo.

Todos ellos son parte de este complot para desprestigiar a México.

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16 Marzo 2009 04:04:39
Crimen y castigo
Tres acontecimientos marcaron, en los últimos días, el tono y la agenda del gobierno federal. La visita del presidente francés Nicolas Sarkozy; las declaraciones estadounidenses acerca de la seguridad en México y la inclusión de Joaquín, El Chapo, Guzmán en la lista de multimillonarios de Forbes fueron detonadores de la hipersensibilidad, el mal humor y/o la falta de oficio de funcionarios mexicanos en una mala racha en materia de comunicación y diplomacia.

La visita a México del presidente de Francia tenía todo para ser un éxito: un mandatario articulado y elocuente, una primera dama elegante y atractiva, una relación con sólidos cimientos en la historia, la coincidencia ideológica de ambos gobiernos, contenidos en materia de cooperación, de visión del nuevo escenario mundial… La mesa estaba puesta para un banquete, pero se convirtió en una cena de negros.

La insistencia que algunos llamarán tenaz y otros considerarán necia del presidente Sarkozy de abogar públicamente por una ciudadana francesa presa en México y la falta de previsión de las instancias mexicanas hicieron que el que debía ser él más pequeño de los asuntos se convirtiera en el central de la visita.

El caso de Florence Cassez entraña un proceso que estuvo salpicado —que no necesariamente viciado— en su origen por la mala idea de convertir su detención y la de sus cómplices en un espectáculo mediático que en nada ayudó a la causa de la justicia y en cambio sí despertó suspicacias como las que son lamentablemente frecuentes en el accionar de nuestros cuerpos policíacos.

Independientemente de esas fallas de origen, está el asunto —que no es menor— de un tratado internacional que compromete a los signatarios a considerar la posibilidad de la repatriación de prisioneros a su país de origen. México se sumó a este tratado ya durante la administración actual con la idea original de beneficiarse de la posibilidad de traer de regreso al cada vez mayor número de delincuentes mexicanos, principalmente ligados al narcotráfico, que son apresados en Europa. Ironías de la vida, ahora que se pretende usar en dirección inversa para un delito igualmente reprobable, quedan ya pocas vestimentas sin desgarrarse en nuestro país.

En el olvido quedó el plato fuerte: un discurso espléndido de Sarkozy llamando a México a ocupar el lugar que le corresponde en el mundo, con los derechos y obligaciones que ese liderazgo conlleva, entendido no sólo en su participación en el Consejo de Seguridad de la ONU sino también en la necesidad de asumir la dimensión de nuestro papel en el escenario internacional. No es casual que el presidente francés, que ha adquirido gran relevancia a raíz de la actual crisis financiera internacional y que busca que su nación vuelva por sus fueros, nos invite a hacer lo propio. Por la historia de la relación y por la coincidencia ideológica con Calderón, el llamado de Sarkozy nos debería poner a pensar.

Pero eso no es lo de hoy. La estridencia se impone todos los días y el pensamiento y la reflexión quedan a un lado. Muestra de ello es la manera en que distintas instancias del gobierno han reaccionado a variados despropósitos de nuestros vecinos del norte. A la torpeza verbal de funcionarios de medio pelo en EU se ha decidido responder con todo y desde todos niveles. Lo mismo ha sucedido con una revista cuya calidad periodística nunca ha estado en duda: es mínima.

Sin embargo, el que El Chapo Guzmán aparezca en ella nos merece un grado de atención similar a un ataque terrorista o un acto de lesa majestad. El listado de los ricos de Forbes no presupone ni decencia ni honorabilidad, y la ficha de Guzmán no es apologética, se limita a describir sus actividades y el origen de su fortuna, mencionando claramente que se trata de actividades ilegales.

Ni es la revista Forbes para inspirar a nadie, ni debería ser tampoco para enfurecernos ni considerarla cabeza de playa de una supuesta campaña contra México. Si los medios o los políticos o analistas internacionales no entienden bien lo que sucede en nuestro país, vale la pena preguntarnos si es que nosotros hemos estado haciendo bien la tarea durante los últimos tiempos. Al que no se explica no siempre se le entiende.

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09 Marzo 2009 03:41:50
Sudán: ¿fin de la impunidad?
La Corte Penal Internacional ha ordenado la aprehensión de un jefe de estado en funciones, el sudanés Omar al Bashir, acusado de crímenes de guerra y contra la humanidad, aunque no —por el momento— por genocidio.

El conflicto interno que desgarra a Sudán ha captado la atención del mundo, concentrada sobre todo en el drama que viven los habitantes de la zona de Darfur, cuyo nombre figura ahora en ese nefasto listado que incluye a Sarajevo, Dubrovnik, Somalia o Ruanda, sitios donde los hombres han dejado de serlo para convertirse en la peor suerte de criminales: los que atentan contra la humanidad misma de sus victimas y —porque no decirlo— de ellos mismos.

La guerra intestina en Sudán es tan compleja y al mismo tiempo tan trágicamente simple como las arriba mencionadas. Factores raciales, étnicos y religiosos enfrentan a vecinos, amigos, familiares, que llegan al punto de no reconocerse, que cometen unos contra otros atrocidades y aberraciones que jamás habrían creído posibles, que jamás imaginarían contra otra persona, pero que aceptan con una lógica tan perversa como impecable: mi enemigo es diferente, por lo tanto inferior, por lo tanto despreciable, consecuentemente menos que humano, no merecedor del respeto elemental que le daríamos al más lejanos de nuestros semejantes.

Éste tipo de odio y encono es frecuente y se da en todas partes, por lo que nadie debe sentirse ajeno a la posibilidad de que una pesadilla similar lo visite. En escalas y con niveles distintos en el volumen más no en el fondo, vemos situaciones comparables en Europa del Este, en Asia Central, en el Cáucaso, en América Latina. Si bien un conflicto como el de Chechenia podría parecer lejano, inimaginable, no hay mucho que lo separe de -por ejemplo- las profundas divisiones y odios entre grupos indígenas en Mesoamérica, o la fractura social que vive Bolivia, o los agravios de los pueblos originarios en América del Norte, por solo hablar de nuestro hemisferio.

La gran diferencia estriba en dos factores: primero, en la capacidad que cada grupo étnico/racial/religioso tiene de armarse, de agredir y/o de defenderse; y en la respuesta del Estado, que se supone debe ser no solo garante de derechos y seguridad de los individuos y las comunidades, sino también arbitro imparcial en los conflictos y divisiones internas de una nación.

Los peores crímenes, las peores atrocidades, suceden cuando un gobierno abjura de ésa obligación y toma partido, a veces por omisión y muchas otras, horripilantes, por comisión. Fue el caso en Ruanda, en el Congo, en la antigua Yugoslavia, lo es ahora flagrante y escandalosamente en Sudán, donde el mal llamado gobierno de al Bashir ha brindado apoyo militar a bandas armadas que realizan una suerte de limpieza étnica de sus vecinos y compatriotas en el sur de ese malhadado país.

La intervención de la Corte Penal Internacional ha tenido un efecto indeseado mas no sorpresivo: la inmediata expulsión de grupos humanitarios de ésa nación y el aprovechamiento propagandístico de parte de al Bashir para tratar de encender aun más los ánimos de “su” gente, de los sudaneses “buenos”, de los que el ha apoyado con todo en la desigual lucha, en la masacre, contra los habitantes negros del sur del que supuestamente debería ser su país y no su facción.

Mientras que al Bashir atiza el fuego para utilizar cínicamente la intervención extranjera y la comunidad internacional se escandaliza por sus actos, hay un tema subyacente que es de la mayor importancia: el de los límites de la soberanía nacional cuando se trata de defender a los habitantes de un país de sus compatriotas o, peor aun, de sus propios gobernantes.

En su interesante y bien titulado libro “The Return of History and the end of Dreams”, Robert Kagan habla de un nuevo orden en el que los bloques serán menos ideológicos, pero igualmente divididos entre las naciones liberales/democráticas y las autoritarias, en que el concepto de la soberanía será uno de los campos de batalla centrales.

En Sudán tenemos una de las primeras escaramuzas.
23 Febrero 2009 04:34:59
Las consecuencias
Leemos todos los días tantas y tan malas noticias acerca de la crisis financiera internacional y sus repercusiones que pareciera un pozo sin fondo.

Si bien el panorama en otros países parece ser mucho más sombrío que en el nuestro, las discusiones localistas arrecian y entre quien critica el catastrofismo de unos y quien ve mal el optimismo de otros, nadie encuentra ni el tiempo ni la claridad para pensar un poco más allá del encabezado o de la nota trágica o positiva del día.

Esta crisis tendrá efectos que trascienden con mucho el impacto inmediato y ciertamente traumático de cierres de empresas, pérdida de empleos, devaluaciones o ahorros e inversiones pulverizadas. Lo que está en juego es la posibilidad de que el capitalismo, tan bueno siempre para reinventarse y darle la vuelta a quienes lo han dado por muerto, pueda, a la luz de la debacle actual, encontrar una salida que le asegure vigencia para el futuro.

No es cosa menor. Por todo el globo, desde Nueva York hasta comunidades pequeñas en el mundo en desarrollo, se sienten los efectos de un cataclismo que si algo ha logrado es demostrar que la globalización alcanza los puntos más remotos y supuestamente aislados.

No hay quien esté a salvo de las repercusiones: lo mismo un profesor jubilado en EU que mira aterrado cómo su fondo de pensiones pierde valor todos los días que un policía británico que creía estar haciendo una gran inversión en Islandia; un campesino mexicano que escucha que su principal sostén económico, su pariente en EU, ha perdido su empleo, que el trabajador en India que se entera de la quiebra de la empresa que lo empleaba, a miles y miles de kilómetros de distancia.

Pequeñas aldeas que sobrevivían gracias a las remesas u otrora poderosos sindicatos del sector automotriz, todos lo sufren en carne propia y ni siquiera saben bien a bien a quién culpar o a quién encomendarse.

Los presidentes saliente y entrante de EU no vieron más remedio que aventarle dinero a la crisis, y más dinero, y más y más. Un billón y medio de dólares (un trillón y medio en inglés) es lo que se ha acordado hasta el momento, y la maquinita de hacer dinero está trabajando turnos extraordinarios.

Los mismos que antes aconsejaban la prudencia fiscal y reprendían a los países tercermundistas que creían en el gasto público como motor del desarrollo son los que ahora imprimen dólares sin cesar.

La única y nada despreciable diferencia es que ellos sí son los dueños de la maquinita y que su capacidad de respuesta —en términos de hacer dinero— es absoluta y completamente ilimitada.

Ilimitados son también el rencor y la desconfianza de muchos alrededor del mundo que han puesto la vista sobre los banqueros y los grandes consorcios para culparlos y buscar algún tipo de retribución, mientras que otros se regodean con lo que parece ser el colapso de un sistema que repudian ideológicamente. Los que sobreviven en las izquierdas —extremas y moderadas— pueden encontrar satisfacción y hasta reivindicación con lo que hoy sucede, pero sólo podrán sentirse verdaderamente satisfechos si también encuentran propuestas y recetas que vayan más allá del simple regreso al pasado.

Keynes no ha muerto, claro está, pero tampoco el capitalismo moderno.

Lo que sí parece enterrado es un modelo de liberalismo a ultranza que planteaba el absurdo de mercados que se regulaban a sí mismos, de gobiernos que se replegaban sin cesar, de Estados que abjuraban de sus compromisos y responsabilidades con sus pueblos, con sus economías, con sus sociedades.

Es demasiado pronto para aventurar qué es lo que resultará del actual tiradero mundial, pero ciertamente parece configurarse una nueva y diferente forma de hacer las cosas, con mayores controles, mejores reglas y una aplicación más severa de las mismas.

El modelo de la escuelita abierta y libre terminó por agotarse: todos los alumnos acabaron haciendo lo que querían y comiéndose el lunch de los demás.

Es hora de que regresen el director y los maestros.
20 Febrero 2009 04:17:46
Vida eterna
No es un capricho personal ni una tendencia ideológica

No es un capricho personal ni una tendencia ideológica. No tiene etiquetas autoadheribles ni explicaciones simples. La búsqueda de la eternidad tampoco es espiritual. Está simple y llanamente orientada al único norte que los políticos reconocen: el poder.

El domingo pasado los venezolanos aprobaron por cómodo margen una iniciativa que permitirá la reelección indefinida de sus gobernantes, a nivel nacional, estatal y municipal. La medida, auspiciada por el presidente Hugo Chávez y sus partidarios, beneficiará también a muchos de sus rivales políticos, aunque se hayan opuesto a ella. Los perdedores serán los ciudadanos, que ahora no podrán aspirar al fin natural de los ciclos del poder, los que garantizaban que no habría plazo que no se cumpliera ni periodo que no terminara.

Los resultados del referendo convocado por Chávez fueron claros y aparentemente inobjetables y sus mismos opositores los reconocieron, aunque hayan denunciado, y con razón, la excesiva promoción e influencia gubernamental para incidir sobre la votación. Los excesos no impidieron que la oposición venezolana obtuviera uno de sus mejores desempeños desde la llegada al poder de Chávez, impulsada por un alto número de jóvenes universitarios que le dan desde ahora otro cariz a un movimiento que, con múltiples conflictos internos y contradicciones, ha buscado terminar —legal e ilegalmente— con el mandato del presidente venezolano.

Hugo Chávez es, parafraseando al clásico, un enigma oculto dentro de un acertijo. Un militar, golpista fracasado, que llega finalmente al poder por la vía democrática que tanto despreciaba y que tuvo que enfrentar tiempo después una asonada que estuvo a punto de expulsarlo de la Presidencia. A partir de entonces, Chávez se dedicó a consolidar su poder por todos los medios a su alcance, institucionales y no, aprovechando además el impulso inusitado que le dio el aumento sostenido de los precios del petróleo, que fondeó no sólo los ambiciosos programas sociales y de combate a la pobreza en Venezuela, sino también sus numerosas aventuras continentales.

Ahora que las circunstancias han cambiado y los petrodólares no alcanzan más para tanto, Hugo Chávez ha logrado su cometido: una reforma con la que puede permanecer indefinidamente en la Presidencia, elecciones de por medio, por supuesto. De contar con el apoyo popular, expresado en las urnas, sucesivas generaciones de venezolanos podrían conocer a un solo presidente durante sus vidas adultas.

Los argumentos de los promotores de la reforma suenan curiosamente similares a los de otros, que en otros países buscan lo mismo para sus presidentes: la reelección continua, indefinida. Este hombre, o mujer, es indispensable. Sin él, o sin ella, la nación no puede avanzar, no puede concretar las reformas, los cambios, las transformaciones, la renovación, la revolución, la pacificación... Sólo se puede alcanzar el progreso, sólo se puede llegar a puerto seguro, bajo su atinado mando, con su conducción, liderazgo, inteligencia, integridad, valentía, altura de miras...

Ninguno de los múltiples adjetivos arriba reseñados tiene colores o ideología, ni sello partidista, ni mucho menos un sustento objetivo que vaya más allá de la natural vocación humana por perpetuarse en el poder. Escuchamos voces similares no sólo en Venezuela, sino también en Bolivia y Ecuador, Argentina, Colombia y Nicaragua.

Derechas, izquierdas y centros coinciden en su intención, sin preocuparse por el daño, tal vez irreparable, que le están causando a la ya de por sí maltratada causa de la democracia en nuestro hemisferio.

Tanto tiempo, esfuerzo y sacrificios que ha costado llegar a regímenes en que el voto y las libertades son respetados como para que estos afanes den al traste no sólo con la alternancia en el poder, sino también con las instituciones que dependen de un sano ejercicio de controles y contrapesos.

Las reelecciones son una mala noticia para una región que apenas parecía liberada de los caudillos. Ojalá que el ejemplo no cunda, y que los gobernantes sepan cuidarse de las lisonjas que sólo buscan el beneficio de grupos e intereses particulares y no de su nación.
16 Febrero 2009 04:54:32
Medio Oriente en ruta de colisión
Las próximas semanas serán de incertidumbre en Israel, pues tocará a su presidente y a su recién electo Parlamento la nunca fácil tarea de propiciar la creación de un nuevo gobierno que responda a las expectativas de los votantes pero que también lo haga con las esperanzas y temores del resto del mundo, vecino y no, que observó con ansia e interés el desenlace electoral en ese país.

En estos momentos todo parece indicar que será la derecha, encabezada por el partido Likud, de Benjamin Netanyahu, la que forme el gobierno una vez que logre armar una mayoría parlamentaria, lo que no parece difícil dada la constelación que resultó de la votación de la semana pasada. Si todos los partidos de derecha se suben al tren de Netanyahu contarían con una cómoda mayoría en la Knesset (Parlamento) aun sin ser Likud el partido más fuerte.

Es muy común que en Israel se formen alianzas parlamentarias y muchas veces esas coaliciones son más de oportunidad que de principios, sobre todo cuando se trata de los pequeños partidos religiosos que terminan por imponer sus caprichos o su voluntad a los partidos mayores, que no pueden gobernar sin ellos. Esto ha sido particularmente notorio cuando gobiernos de centroizquierda terminan dependiendo de los judíos ortodoxos para sobrevivir políticamente.

Pero en esta ocasión ha sucedido algo mucho más grave. El fiel de la balanza lo tiene un partido, Yisrael Beitenu, cuyo dirigente y plataforma son verdaderamente inconcebibles en un país civilizado y moderno como pretende ser Israel.

Avigdor Lieberman es lo que en Israel se conoce como un “judío ruso”. Nació y creció en la antigua república soviética de Moldavia, de donde emigró hacia Israel en 1978, tras una breve carrera profesional que incluyó un periodo como parte del personal de seguridad de un centro nocturno en su país natal. Hasta la fecha habla hebreo con un fuerte acento ruso y enfocó durante mucho tiempo sus esfuerzos proselitistas hacia la importante población de origen ruso que hoy vive en Israel y que se caracteriza entre otras cosas por su laxitud en materia de estricta observancia religiosa y por su acendrado nacionalismo.

Lieberman fue un golpeador en sus inicios en el club nocturno y lo sigue siendo hoy. Muchas de sus propuestas están encaminadas ya a la expulsión o segregación de la población árabe-palestina en Israel, ya a medidas extremas en el trato con sus vecinos y especialmente con los palestinos en Gaza y Cisjordania. Las propuestas de Lieberman y su partido son tan simples —y simplistas— que han resultado atractivas para un importante segmento del electorado. A los “árabes” (léase a los palestinos que residen en Israel) hay que aplicarles pruebas de lealtad y de ser posible expulsarlos tan pronto exista un Estado palestino que los reciba. Sólo de esa manera puede Israel salvarse de su amenaza demográfica y de su inminente traición. Yisrael Beitenu plantea, además de las “pruebas de lealtad”, el negarle a los palestinos derechos de representación política o de plano quitarle la ciudadanía a cerca de un millón de israelíes de origen árabe.

En cuanto a Gaza, pues hay que bombardearla y bombardearla hasta acabar con Hamas, “como lo hizo EU con los japoneses en la Segunda Guerra Mundial”, según Lieberman. A los parlamentarios árabe-israelíes que se reúnan con representantes de Hamas “hay que ejecutarlos” como se hizo con los colaboradores nazis y a los prisioneros palestinos encarcelados en Israel “hay que ahogarlos en el Mar Muerto...”

Este es el personaje que hoy tiene en sus manos la suerte del próximo gobierno de su país y de paso la del ya de por sí endeble y frágil proceso de paz en Medio Oriente.

Pero no crean mis lectores que este hombre es un paria, relegado de la vida pública o mal visto por el mundo político. No, para nada. Avigdor Lieberman ya ha ocupado importantes carteras en distintos gobiernos y aunque hoy enfrenta una investigación por presuntos actos de corrupción, muy probablemente será actor principal del próximo gabinete.

De ese tamaño son los halcones en Israel.
09 Febrero 2009 04:35:21
El orgullo nacional
Nuestro país enfrenta retos inusitados, de dimensiones descomunales. La violencia, la inseguridad, el crimen organizado, la recesión mundial, la caída de las remesas, el desempleo en aumento, la resbaladilla del peso, la falta de acuerdos nacionales, la tensión política y el gasto absurdo que conlleva el año electoral... pero nada de eso importa: lo que verdaderamente vale, donde el orgullo patrio está en juego, es en el partido de futbol del próximo miércoles.

México contra Estados Unidos. Así. No es la selección mexicana de futbol contra su similar estadounidense, no. Se trata de un choque entre naciones en el que van de por medio agravios históricos, pérdidas de territorio, invasiones e intervenciones, vecindades incómodas, el maltrato a nuestros paisanos allá, la penetración cultural acá, la compra (o la venta) del país, las drogas que ellos nos compran y las armas que ellos nos venden...

La relación entre dos países con una frontera común tan larga y con una vecindad tan asimétrica es necesariamente compleja y difícil, pero creo no equivocarme si aseguro que es en el balompié donde encontramos las verdaderas distancias, lejanías, entre ambas naciones. Para muchos mexicanos, el encuentro del próximo miércoles equivale a una oportunidad para cobrar afrentas, borrar derrotas y afirmar la verdadera superioridad nacional en lo que sí importa. Y eso, lo que para muchos de nuestros compatriotas es lo verdaderamente relevante, eso es el llamado deporte nacional.

Siempre me han intrigado los conceptos del nacionalismo que se adhieren o se aferran a asuntos tan concretos o abstractos como la bandera, la música, la cultura popular, el idioma, la comida y —por supuesto— el deporte. En muchos países los deportistas son considerados una extensión de los valores nacionales, sean estos el tesón, la disciplina, la honestidad, la fe o cualquier otro del que la nación respectiva se enorgullezca. En México, con muy honrosas excepciones, el deporte y los deportistas sustituyen a esos valores, de tal suerte que terminamos haciendo ídolos de individuos que muchas veces son el ejemplo de todo a lo que no deberíamos aspirar: los tramposos, los suertudos, los que se sintieron mal y por eso perdieron, los que no eran lo que nos dijeron, los que son pendencieros, o bebedores, o arrogantes hasta el límite.

Unos pocos —y pienso por ejemplo en el entrenador Javier Aguirre— son gente de bien que se conduce profesionalmente, que son exitosos y conservan la modestia y el estilo y que cuando sufren un traspié no le echan la culpa a nadie, ni inventan pretextos, ni reclaman supuestas trampas, complots o excesos o falta de condimento en la comida. Son esos los que sí reflejan lo que quisiéramos que fuera nuestro país: un lugar de trabajo, de responsabilidad, de esfuerzo, de honestidad. Pero lamentablemente cada quien tiene los deportistas que se merece, y México no es la excepción.

Nuestro deporte nacional, que tiene bien poco de autóctono, es claro reflejo de todo lo que aquí acontece, y es tal vez por ello que le atribuimos tal importancia a lo que haga o deje de hacer el seleccionado mexicano, a lo que suceda cuando nuestro destino está en juego, como es el caso cada vez que se enfrenta a los estadounidenses. El caso de los jugadores naturalizados es otro ejemplo: un asunto que en cualquier otra parte es de lo más natural en México enciende pasiones y despierta al pequeño monstruo de la xenofobia y la discriminación. Yo no entiendo cómo es que puedan existir personas que exijan requisitos más estrictos para integrar un equipo de futbol que para votar o tener un pasaporte, pero claramente el hecho de que se permita —en la selección o en cualquier otro rubro— que haya mexicanos de segunda es algo que debería avergonzarnos.

Le atribuyen a Carlos Monsiváis la frase aquella de que quien no sabe de futbol y telenovelas no entiende a México. No sé si sea suya la cita, pero merece serlo. Lamentablemente, el nivel de ambas es el mismo que el de nuestra triste patria.
07 Febrero 2009 04:59:44
¿Estado fallido?
El término asusta a cualquiera. Habla de un país colapsado, sin instituciones funcionales, a merced de líderes tribales, pandillas criminales, caciques y capos. Se refiere a un gobierno incapaz de proveer los servicios y seguridades más elementales a la población, sin control pleno sobre su territorio, inerme frente a la fuerza superior de sus enemigos. Cuando escuchamos hablar de Estados fallidos pensamos de inmediato en Haití, Afganistán, Chechenia, Somalia o en alguna pequeña isla en el Pacífico. Ampliando un poco o un mucho el concepto tal vez pensaríamos en Irak, Moldavia, Georgia, incluso en Paquistán o Zimbabue, vaya, hasta en Bolivia. Pero ¿México?

De unos meses para acá, con esas coincidencias que sólo se dan donde los medios son absolutamente libres y no obedecen consignas ni se pliegan a agenda alguna, como es —dicen— el caso de Estados Unidos, los comunicadores estadounidenses han redescubierto a México.

Olvidado después del súbito ajuste de prioridades que siguió al 11 de septiembre de 2001, nuestro país ocupa de nuevo portadas de revistas, encabezados de periódicos, espacio en los medios electrónicos y en los blogs.

Lo que ahí se encuentra es negativo y alarmante, pero no es nada que no podamos leer todos los días en los medios mexicanos.

Inseguridad, delincuencia, narcotráfico, crimen organizado, secuestros, ejecuciones, corrupción, dificultades económicas, caída de remesas, problemas migratorios, pobreza, desigualdad... De hecho, de este lado de la frontera la cobertura es mucho más detallada, mucho más amplia y, por supuesto, abrumadora por la cotidianeidad con que se presenta.

Lo que sí preocupa es la facilidad, la ligereza con que muchos medios extranjeros llegan a sus conclusiones.

El mismo concepto del Estado Fallido es un ejemplo, quizá extremo, pero si nos remitimos al ya famoso artículo de la revista Forbes, que se ha vuelto simbólico de ésta nueva andanada de críticas y cuestionamientos, nos encontramos con otros ejemplos de aseveraciones aventuradas, como aquella que afirma que no hay aspecto de la vida cotidiana en México que no esté impregnado por la violencia vinculada a las drogas. ¿Será cierto, será posible?

Me da la impresión de que a muchas de las notas que se publican en el extranjero acerca de nuestro país les falta contexto, profundidad. Algunas son refritos no muy buenos de lo ya aparecido en México, otras reflejan claramente la ideología del medio que las presenta, otras más parecen influidas por corrientes de opinión o por intereses creados allende el río Bravo. Pero todas muestran claramente la incapacidad que tenemos los propios mexicanos de exponer adecuadamente nuestra situación.

Gobierno federal y gobiernos estatales, académicos, empresarios, representantes de la sociedad civil, comparten por igual las insuficiencias o el desinterés por comunicar correctamente, por explicar mejor qué es lo que está pasando aquí. Me cuesta trabajo entenderlo, pero una nación con más de 100 millones de habitantes y un PIB que se cuenta entre los más grandes del mundo en desarrollo no puede transmitir adecuadamente a su vecino, con el que sostiene una relación que sólo puede caracterizarse como vital, cuáles son los retos, las oportunidades, los peligros que enfrenta.

Decían los antiguos que no se debe nunca matar al mensajero. Los medios son eso, emisarios, y no es su culpa que seamos los mismos mexicanos, supuestamente los más interesados, los que no les damos ni la información ni el contexto adecuado para entendernos mejor y, de paso, no es cosa menor, para incidir con mayor peso y eficacia en la capital de ese vecino que es —además— la única superpotencia que queda en el mundo.

Así que no hay una confabulación para presentar solamente el lado negativo de las cosas fuera de México... ¿O sí?
02 Febrero 2009 04:27:06
Discriminación, intolerancia, xenofobia
Debe ser la naturaleza humana. No hay otra manera de entender la cantidad de tonterías y sandeces que la gente expresa —de buena o de mala fe— cuando se trata de calificar, o mejor dicho de descalificar, a los que piensan distinto o a los que de plano son distintos.

Durante el último mes he escrito en varias ocasiones acerca de la conflagración en Gaza, deteniéndome a analizar la conducta del gobierno de Israel, de Hamas, de Al-Fatah y de otros actores involucrados en el conflicto. He procurado ser objetivo e imparcial, evitando al máximo los adjetivos y sobre todo los juicios sumarios a los que somos a veces tan afectos quienes tenemos acceso a los medios de comunicación.

Me alimento de los comentarios de mis lectores, los que me llegan por correo electrónico o a mi página de internet. Si bien ocasionalmente omito responder, nunca dejo de leerlos, nunca dejo de reflexionar acerca de sus señalamientos, críticas, opiniones. Aunque invitan menos a la reflexión, leo también aquellos que se quedan en la ofensa o el insulto gratuito, materia prima de los que a falta de ideas propias o ajenas sólo pueden recurrir al denuesto. Pero, insisto, todo comentario es leído y muchas veces contestado.

El conflicto en Gaza ha despertado pasiones, odios y temores entre simpatizantes y antagonistas de Israel y/o de los palestinos. Es este un capítulo más de una interminable historia de agravios, venganzas, revanchas y rencores que se remonta a tiempos bíblicos y que no tiene solución fácil o aparente. El sufrimiento de uno es el placer perverso del otro, o al menos así parece. Quienes más fervorosamente creen en su causa son quienes paradójicamente más hacen por desacreditarla ante los ojos de los demás. Los fanáticos de cada lado se retroalimentan mutuamente hasta cerrar el círculo vicioso de la violencia y el terror, y hacen de la muerte y la privación ajena el único destino aceptable.

Me echo un clavado a los medios o a los comentarios que recibo y me topo con opiniones que sólo confirman mis peores expectativas. El odio y la descalificación, por allá y por acá. Desde el que no baja a los palestinos y/o a los musulmanes de animales salvajes hasta el que afirma que los judíos no han dado nada al mundo más que pena, todos compiten, todos se igualan en su simplismo, en su negatividad. Por un lado el supuestamente ilustrado que se alarma ante el avance de lo que llama “el fascismo musulmán”; por el otro el que denuncia el genocidio judío como si lo de Gaza y lo de Auschwitz fueran equiparables. Por cada uno que justifica la guerra, otro que justifica el terror, por cada uno que niega el Holocausto, otro que minimiza el sufrimiento de los civiles inocentes en Gaza y el sur de Israel, otro que reafirma con orgullo sus prejuicios, su chovinismo, su desprecio por los demás que no son como él...

Posdata futbolera

No puedo dejar de referirme, así sea de paso, al increíble y provinciano debate en torno a los jugadores naturalizados mexicanos que participan en la selección nacional de futbol.

Como si el representativo del balompié mexicano tuviera mayores méritos o una estatura superior a la ciudadanía de nuestra pequeña o gran nación, hay quien pretende descalificar a los no nacidos en México o considerarlos de segunda o de tercera e impedirles formar parte de ese equipo.

Lejos de mí pensar que la selección mexicana de futbol sea o deba ser ejemplo o estandarte de lo que es nuestro país. Ya bastante lamentable es el nacionalismo ramplón que nos caracteriza sin tener que añadirle las virtudes o defectos de un deporte que dice ser nacional pero que en realidad ejemplifica como pocos la globalización.

Pero lo que no es admisible es que alguien pretenda erigirse en juez de quién es o no mexicano, poniéndose por encima de las leyes y del sentido común. Quienes adoptan la nacionalidad mexicana son tanto o más mexicanos que los aquí nacidos. Ellos eligieron ser mexicanos, los demás lo somos por casualidad.

30 Enero 2009 04:01:01
Israel y el Holocausto
Hace poco más de tres años la Asamblea General de la ONU decidió designar el 27 de enero como el Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto, 60 años después de que el Ejército soviético liberó uno de los más notorios campos de concentración nazis, el de Auschwitz, en Polonia

Hace poco más de tres años la Asamblea General de la ONU decidió designar el 27 de enero como el Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto, 60 años después de que el Ejército soviético liberó uno de los más notorios campos de concentración nazis, el de Auschwitz, en Polonia. Fue significativo que la Asamblea General adoptara esta resolución por consenso, es decir, sin necesidad de someterla a votación, y que sumaran sus voces en favor de ella países árabes y musulmanes como Egipto, Jordania e Indonesia, así como la Santa Sede y, por supuesto, Israel.

Llama la atención por su ironía, empero, no sólo el largo tiempo transcurrido, sino también el hecho de que mientras que la nación liberadora (la Unión Soviética) ya no existe, el pueblo liberado cuenta con su propio Estado.

Para quien haya recorrido alguna vez uno de los campos de la muerte que sembraron los nazis en Europa o visitado museos como el de Yad Vashem en Israel, resulta inconcebible y ofensivo que hoy en día haya quien pretenda negar o minimizar ese aterrador y horripilante hecho histórico. Sin embargo, no faltan quienes, disfrazando con el manto del “revisionismo” sus prejuicios y su antisemitismo, buscan rebatir lo irrebatible, justificar lo reprobable, matizar lo incalificable.

Un ejemplo de cómo esos personajes nefastos se encuentran hasta en las supuestamente mejores familias es el del obispo lefebrista Richard Williamson, notorio entre otras cosas por negar que judíos hayan muerto en las cámaras de gas nazis, y cuya excomunión fue revocada por el papa Benedicto XVI el sábado pasado, justo antes de la conmemoración del Holocausto, demostrando un sentido muy particular de la sensibilidad política y religiosa del Vaticano.

Con mayor o menor mala fe que los “revisionistas” actúan los que pretenden equiparar otras acciones, tal vez reprobables y hasta criminales, con el Holocausto o con el término legal que mejor lo define: el del genocidio.

Desde defensores de los derechos humanos que no se dan cuenta de que calificar cualquier abuso así es trivializar el concepto, hasta activistas que pretenden hacernos creer que lo que en Gaza sucedió en días y semanas recientes se asemejó al Holocausto, yerran en su simplificación, en su generalización.

Yo no he dudado en reprobar las tácticas del Ejército israelí que tantas muertes y sufrimiento provocaron entre la población civil de Gaza, de la misma manera que critiqué las políticas terroristas de Hamas, pero me parece, además de absurdo, francamente manipulador buscar equiparar esos hechos con un acto de genocidio.

Es más, creo que quienes así se expresan incurren —por ignorancia o por descaro— en la misma falta que tantos otros antisemitas que creen que al reducir o minimizar lo acontecido a los judíos durante el negro periodo del nazismo están de alguna manera desacreditándolos.

Hay, sin embargo, un tema subyacente sobre el que vale la pena reflexionar. Han pasado ya tres cuartos de siglo desde que Hitler y los suyos comenzaron de manera sistemática a perseguir a los judíos y a otros, y más de 60 años de que el mundo pudo ver sin ambages los horrores cometidos en ese asesino frenesí. Con justa razón se ha buscado mostrar esos crímenes y recordarlos, bajo la premisa de que sólo así podrá evitarse su repetición. ¡Nunca jamás! Es ese el lema, la encomienda, el mandamiento.

Pero a fuerza de recordarlo, el Estado de Israel se arriesga a hacer que todo, es decir su conducta, sus políticas, sus ideales, sus valores, se rija y se decida en función de ese negro capítulo de la historia, de su historia. Y yo me pregunto si un pueblo como el judío, que tanto ha dado a la humanidad, puede permitirse que lo defina el más grande acto criminal, la más grande muestra de odio, intolerancia y ceguera colectiva del que tengamos memoria.

No soy nadie para juzgar: no sufrí ni en carne propia ni en mi familia esos horrores, no padecí las persecuciones o los pogromos. Pero no puedo dejar de pensar que los judíos y su patria son más, mucho más que eso.
26 Enero 2009 04:50:44
¿Crímenes de guerra?
Me cuesta mucho trabajo imaginar en una misma frase, en un mismo renglón, el nombre de Israel y el término de crímenes de guerra. No empata con el Israel que yo conocí hace ya varias décadas ni con los amigos que allá tuve y tengo, ni con el concepto que me merece un país surgido del estoicismo y el heroísmo de un pueblo sometido a innumerables persecuciones a lo largo de su historia.

A lo largo de muchos años y muchos conflictos, he seguido de cerca la trayectoria de esa todavía joven nación que en algún momento representó tanto para tantos, judíos y no, sionistas y no, que creyeron que era posible crear un Estado democrático, liberal y justo en medio del desierto. Israel era para muchos, aún lo es para algunos, la imagen del vergel en medio de la nada, del reverdecimiento de la tierra, de la esperanza del espíritu humano.

A la creación del Estado de Israel el Medio Oriente no era precisamente ejemplo de los valores de libertad, democracia, igualdad y honestidad. En parte por el legado funesto del imperio británico, en parte por la irresponsabilidad propia de naciones árabes emergentes, y más adelante por la intromisión de actores externos, la región estaba a años luz de sus orígenes como la cuna de la civilización y de los valores occidentales, de aquel lugar de nacimiento de tres grandes religiones que norman las creencias y quisiéramos pensar que las conductas de buena parte de la humanidad.

El Israel del que muchos no judíos se enamoraron, al que idealizaron, era aquel en el que florecían el libre debate y la tolerancia, en el que de las cenizas de la mayor masacre de la historia se había construido un ente que representaba —tenía que representar— todo lo opuesto de los horrores del nazismo, del fascismo, de los pogromos, de las mentiras y falsedades del antisemitismo, de la discriminación, de la marginación de los que fueran diferentes por credo, etnia o manera de pensar.

Generaciones de no judíos crecimos viendo a Israel con simpatía y empatía, reconocimos el valor que implicó no sólo construir algo de la nada, sino también soportar la agresión e intolerancia de los vecinos, defenderse día con día, crear modelos comunitarios como los kibutzim, establecer practicas políticas desusadas en el vecindario, respetar y promover los derechos de las mujeres, en fin, construir una nación que parecía destinada a ser distinta y mejor. Aún recuerdo la expresión esperanzada de un joven cuya familia —judía— había emigrado de Sudáfrica rumbo a Israel, esperanzado él de encontrar una nueva patria en la que la exclusión y el apartheid fueran cosas inauditas.

Las guerras que libró Israel contra los árabes en 1948, 1967 y 1973 (excluyo deliberadamente la de 1956) reforzaron esa imagen de David peleando contra Goliat, pero la invasión a Líbano en 1982 y la subsiguiente masacre de palestinos a manos de milicianos libaneses aliados de Israel comenzaron a cambiar la percepción que el resto del mundo tenía del conflicto. A partir de ahí las cosas se polarizaron aún más y tanto palestinos como judíos radicales se adueñaron de los controles y embarcaron a sus respectivos pueblos en una lucha sin fin y sin remedio aparente.

Hoy corre por doquier la acusación que a mí me parece increíble, inconcebible: Israel —se dice— ha cometido en Gaza crímenes de guerra, utilizado armas prohibidas como municiones de fósforo blanco, apuntado conscientemente a civiles no combatientes, violado la Convención de Ginebra...

Donde yo me imaginaba un airado desmentido, un desgarramiento de vestimentas por acusaciones tales, promesas de investigación, veo que el gobierno de Ehud Olmert ofrece protección a los soldados y oficiales acusados, y un tenue, muy tenue acuse de recibo de que “algo” podría haber pasado.

No sé, no puedo saber por ahora, si hay certeza en las acusaciones. Lo que sí puedo asegurar es que el primer interesado en aclararlas, con plena transparencia y apego a la verdad, es el propio Israel.

23 Enero 2009 04:46:14
Obama, el extranjero…
Es la extranjería mucho más que un acta de nacimiento o un pasaporte: es un sentido de identidad, de ánimo, de soledad, de individualismo, de empatía con los otros, con los que son diferentes, con los que no siempre encajan.

Desde las primarias y después en la campaña presidencial se dijo de Barack Obama que tenía nombre, apellido y aspecto de extranjero. Los más políticamente correctos lo matizaban con la expresión foreign sounding, como si por el hecho de que “sonara” extranjero la descalificación fuera menor, pero era para muchos un artículo de fe que nadie con ese nombre y esa pinta podría llegar a ser presidente de Estados Unidos.

Se equivocaron, por supuesto, en el pronóstico, porque el diagnóstico fue acertado: Barack Obama es en muchos sentidos el primer presidente extranjero de EU, y eso habrá de marcar su gestión y de paso a generaciones de estadounidenses que vivirán de cerca su mandato.

Dicen que biografía es destino, y en el caso de Obama esto aplica mucho más allá del color de su piel, que ya de por sí lo marca como perteneciente a un grupo, a un sector de la población de ese país que bien puede decir que nunca ha sido plenamente estadounidense. Pero la biografía de Obama trasciende la raza y el color de la piel, pues es una cadena de accidentes biológicos, decisiones ajenas y propias que lo convirtieron en lo que es hoy: un hombre de ninguna y de todas partes, que tal vez pueda sentirse cómodo en todo el mundo o que, por el contrario, nunca acabe de sentirse plenamente integrado.

A este hombre, hijo de keniata y estadounidense, le tocó crecer en una isla en la que era todavía más atípico de lo que hubiera sido en cualquier otra parte de EU; Hawai no se caracteriza por su homogeneidad social ni racial, pero seguramente era más común encontrarse con hijos de parejas mixtas en que alguno de los integrantes fuera local. Su paso por Indonesia seguramente fue igual de complicado, y su regreso a EU no fue el más tradicional. Sus muchas habilidades e incuestionable inteligencia le permitieron sobresalir en Harvard, Nueva York y Chicago, pero incluso en esa última ciudad no encajaba en el patrón afroestadounidense, pues ni era un hijo del ghetto ni tampoco descendiente de esclavos, además de ser, estrictamente hablando, un mulato. A diferencia de sus amigos y colegas negros —y de su hoy esposa Michelle— los ancestros de Obama no descendían del barco proveniente de África, sino de un padre poco convencional cuyo historial y destino tenía muy poco en común con los de los contemporáneos de su hijo.

Barack Hussein Obama, mulato con nombre africano que a muchos les suena árabe, nacido en los márgenes geográficos de EU, vivido en el oriente lejano al igual que en la metrópolis, alumno destacado de Columbia y de Harvard, abogado exitoso, activista social, político... No es un curriculum tradicional, pero le da esa característica de ser diferente, tan diferente.

Todavía hoy, en el supuesto arcoiris étnico de EU, una quinta parte de la población dice no conocer a personas de “raza mixta” o a parejas “interraciales”, de acuerdo con una encuesta publicada por la revista Newsweek. Una proporción similar desaprueba ese tipo de uniones y 44% de los encuestados opina que la inmigración es mala para EU. Hay cerca de 5 millones de estadounidenses viviendo fuera de su país, pero apenas 250 mil estudiaron en el extranjero en 2006-2007, siempre de acuerdo con la citada publicación.

Así es la nación que llega a gobernar Obama: diversa y multicultural por un lado, cerrada y provinciana por el otro.

El nuevo presidente de EU ha hecho de la apertura y la tolerancia banderas de su administración y lo mostró así en su discurso inaugural. Por eso me gustó tanto esa frase de su discurso en que subrayó que es el suyo un país de cristianos, musulmanes, judíos, hindúes y ateos. Es la primera vez que un presidente asume y reconoce que la grandeza estadounidense radica no sólo en la diversidad y la intensidad religiosa, sino también en la aportación de los no creyentes.

Ahí, en la laicidad y la tolerancia, está lo mejor de las democracias.
19 Enero 2009 04:19:53
Obama: lo que le espera…
El día tan ansiado por muchos y temido por algunos está por llegar. La palabra “histórica” ha sido ya tan llevada y traída que da algo de pereza utilizarla, pero tampoco hay muchos sinónimos. Lo que está por suceder mañana martes en Washington, DC, verdaderamente no tiene precedentes.

No se trata solamente de Barack Obama en sí. Apenas hace un año la idea de que un candidato negro pudiese ganar la Presidencia parecía aventurada y no faltaban las admoniciones de muchos que decían: “No lo van a dejar llegar”. Pues ya llegó, prácticamente. Está Obama en el umbral de la Casa Blanca —deliciosa ironía— y se prepara para asumir no sólo el más alto cargo de su país, sino uno de los mayores paquetes que presidente entrante alguno haya encarado en EU.

La lista de pendientes es para apantallar a cualquiera: dos invasiones/guerras/ocupaciones entrampadas en Irak y Afganistán; una crisis económica y financiera mayúscula que no parece tocar fondo; aliados en serios problemas y rivales en auge; conflictos internacionales como el Medio Oriente que afectan significativamente la imagen de su país y una opinión pública que si bien le da el beneficio de la duda también tiene puestas sobre él expectativas que superan con mucho las posibilidades y de paso la realidad.

No es fácil siquiera decidir por dónde empezar. ¿Por los bancos, que no sólo han absorbido la parte del león del rescate financiero, sino que la han usado con visión de corto plazo y egoísta? ¿Por los distintos sectores industriales en apuros que no saben bien a bien si son o serán rentables después del salvamento? ¿Por Irak y Afganistán, que se ahogan en un pantano made in USA? ¿O por el nuevo papel de Rusia, el oso que ha decidido salir de su cueva y que ahora amenaza a sus vecinos y de paso pone en riesgo la estabilidad energética de Europa?

¿Acaso por China, que es tal vez el principal acreedor de EU si tomamos en cuenta la cantidad de bonos del Tesoro y otros papeles gubernamentales que posee? ¿Tal vez mejor por la así llamada Alianza Atlántica de la OTAN, que ve cómo los intereses de sus socios europeos y los de EU son cada vez más divergentes? ¿O por su “patio trasero” latinoamericano, que es hoy más antiestadounidense que en cualquier momento desde los 60? ¿Por sus vecinos inmediatos, Canadá y México, el uno cerca de la división entre este y oeste y entre francófonos y anglos y el otro inmerso en una guerra contra el crimen organizado que debería tener angustiado a EU por el riesgo de un derrame?

Hay otros asuntos, más lejos de casa, como los proyectos y ambiciones nucleares de Corea del Norte y de Irán, o la oleada fundamentalista que arrasa con Oriente Medio y Lejano y pone en riesgo la estabilidad de docenas de regímenes cercanos a o incluso aliados de EU, desde Egipto y Arabia Saudita hasta Paquistán. Y ya que hablamos de este último, ¿qué hay del riesgo muy real de que ese país y su gobierno pudiesen colapsarse y dejar en manos de quién sabe quién su arsenal nuclear? ¿O de que la mera amenaza de dicho colapso echará a andar a los militares en India, temerosos siempre de sus vecinos y con su propio armamento atómico?

No hace falta ir tan lejos para encontrar asuntos pendientes. Con todo y el histórico (sí, ya sé, la palabrita famosa) triunfo de Obama, la sociedad estadounidense ni de lejos ha superado sus prejuicios y sus barreras sociales y raciales. Todo lo que el próximo e inminente presidente de EU representa para sus congéneres y para otras minorías en términos de esperanza y de ilusiones es lo que atemoriza a un sector silencioso que tal vez no se atreve a decir hoy en voz alta lo que piensa acerca de que “uno de ésos” los vaya a gobernar.

No sé cuánto tiempo le pueda durar a Obama el bono de su elección, cuánto tarden sus contrincantes, dentro y fuera de su partido, dentro y fuera de su gobierno, en comenzar a ponerle obstáculos y piedras en el camino, pero paradójicamente quien más le ayudará en estas primeras semanas y meses será George W. Bush, pues su solo recuerdo bastará para allegarle a Obama paciencia, comprensión y simpatías.


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