×
Luis Angel Rodríguez
Luis Angel Rodríguez
ver +

" Comentar Imprimir
25 Julio 2010 04:00:37
Las bienaventuranzas
La reflexión de este día tenemos que dividirla en dos partes puesto que la palabra de Dios en este domingo nos lo propone. Por una parte, tenemos lo que es el Padre Nuestro según San Lucas; y, por otra, en la parábola que nos describe Cristo nos dice cómo debe de ser la oración. Nosotros debemos dirigirnos a Dios con la libertad con que un amigo se dirige a un amigo, con la confianza con que un hijo se dirige a su padre. Por eso nos enseñó Jesús el Padre Nuestro. Pero no como una oración mecánica. Debe ser la oración por excelencia, puesto que Él mismo la usó para dirigirse a su Padre, y por lo tanto, descubrir en ella lo que verdaderamente debemos de descubrir en nuestro interior. Las peticiones de esta oración no deben salir a flor de boca, sino de nuestro corazón convencido de que existe un Dios que si escucha cuando somos sinceros.


EL EVANGELIO DE HOY

LA ORACIÓN. La oración es como la expansión, la continuación de la oración de Jesús. Nos introduce en su mismo ámbito de intimidad (“Padre”), asume sus ideales (“santificado sea tu nombre, venga tu reino”). Nos dirigimos a Dios como un amigo, con toda libertad y confianza. “Pedimos, buscamos, tocamos”.

Preguntémonos hoy por nuestra oración: ¿En qué ocasiones entramos en contacto personal con Dios?, ¿qué sentimientos experimentamos ante él?: De tranquilidad, de exigencia, de “indiferencia”, de enojo, etc., Etc., ¿qué cosas le pedimos? ¿O quizá hemos reducido la oración a la recitación mecánica de una fórmula? ¿Cuánto hace que no hemos orado reposadamente, que no nos hemos sumergido en este contacto vital y vivificante con Dios? ¿No podríamos aprovechar algunos momentos de las vocaciones...?

Jesús nos invita a pedir con perseverancia, sin cansarnos nunca, sino más bien cansando a Dios. No siempre nos dará Dios lo que pedimos y en la forma que lo pedimos, ya que no sabemos lo que nos conviene. ¿Y como es esto? Muy simple. Le pedimos que nos saquemos la lotería con mucha insistencia y perseverancia. Hasta le decimos cómo vamos a repartir caritativamente el dinero. Nunca nos llega nuestra petición, y hasta nos enojamos. Pero yo si les digo a todos una cosa: Si quieres probar al hombre, dale poder y dinero. No nos dará Dios la lotería, pero sí nos dará “espíritu santo”, es decir, una visión más clara de su voluntad y al mismo tiempo, ánimo para cumplirla.

“Al que llama se le abrirá la puerta”. Como comentario de esta frase, ponemos a continuación una página del Padre Moline: “Si Dios no abre de inmediato, no es porque le guste hacernos esperar. Si debemos perseverar en la oración, no es porque sea necesario un número determinado de invocaciones, sino porque se requiere cierta calidad, cierto tono de oración. Si fuéramos capaces de presentarla de entrada, sería inmediatamente escuchada.

La oración es el gemido del Espíritu Santo en nosotros, como lo dice Pablo. Pero la repetición es necesaria para que este gemido se haga un camino en nuestro corazón de piedra, lo mismo que la gotera desgasta las rocas más duras. Con repetir perseverantemente con el deseo de Dios. Él mismo está esperando este gemido, que es el único que puede conmoverlo, porque, en realidad, salió de su propio corazón.

Mientras no hayamos alcanzado a tocar esta nota, o, más bien, a extraerla de nosotros, Dios no puede ser vencido. No porque Dios se defienda, sino porque él es pura ternura y fluidez, y mientras no exista algo semejante en nosotros, al corriente no pasa entre él y nosotros. El hombre se cansa orando, pero, si persevera en vez de desanimarse, depondrá poco a poco su soberbia hasta que, agotado y vencido, consiga mucho más de lo que hubiera podido desear”.

Por eso debemos pedir a Dios -como nos enseña Jesús- que no nos deje solos, que nos ayude, que nos salve. Por eso cuando le digamos al Padre Nuestro, podemos también decirle: Señor, Padre Nuestro, Padre de todos, que se haga tu voluntad y no la de los poderosos, la de los tramposos, de los insolidarios...; que venga tu Reino, el Reino de Dios: Del Dios de los profetas y de Jesús que exige atención y justicia para el pobre, para el débil, para el inmigrante, para el huérfano, para el indefenso...; que nos dé el pan, la salud, el trabajo y la alegría para todas las mesas y todas las casas...; y, el perdón, la comprensión y la tolerancia, y que seamos liberados de todo mal y de quien inspira al mal.
El PADRENUESTRO. Para poder entender el Padre Nuestro, necesitamos entender su mística, o sea, su sentido espiritual. Y esto no debe ser cosa rara ni excepcional entre los cristianos, pues que todos saben y rezan esta oración; a menos que la recitasen sólo con los labios y teniendo su corazón distante.

Tal es lo que Jesús imputa a sus peores enemigos, los fariseos (Mt 15, 8). Cualquier cristiano tiene así a su disposición toda la mística, pues lo más alto de esta vida consiste en ser, respecto a nuestro Padre divino, “todo enseñable”, como los niños pequeños. Este Padre Nuestro que trae San Lucas, en su forma breve sintetiza en forma sumamente admirable esa actitud filial que, deseando toda la gloria para su Padre, ansía que llegue su reino (para que en toda la tierra se haga su voluntad, como se dice en San Mateo), y entretanto le pide, para poder vivir en este exilio, el don de Jesús que es la vida (1 Jn 5, 11s), “el pan de Dios que desciende del cielo y da la vida al mundo” (Jn 6, 33, 48). Por lo tanto, es la espiritualidad del Padre Nuestro la que nosotros debemos de vivir y sentir cada vez que lo rezamos. No es una simple oración por su trascendencia en las peticiones:

No puedo decir PADRE NUESTRO, si no veo a todos los hombres como a mis hermanos. No puedo decir QUE ESTÁS EN EL CIELO si lo que me preocupa son los bienes de la tierra. No puedo decir HÁGASE TU VOLUNTAD, si divido mi voluntad; si lo que me importa es lo que yo quiero. No puedo decir DáNOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA, si no gusto compartir mi pan con los necesitados. No puedo decir PERDONA NUESTRAS OFENSAS, ASÍ COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN, si mi vida es una permanente ofensa a la justicia y a la caridad. No puedo decir NO ME DEJES CAER EN LA TENTACIÓN Y LÍBRANOS DEL MAL, si cierro los ojos para no extender la mano a los olvidados y perdidos. Si huyo de mis responsabilidades como hombre y mujer, en la construcción de un mundo mejor. No puedo decir AMÉN, porque miento si no acepto todo ESTO.

Esto es lo que es el Padre Nuestro mis queridos hermanos. Su gran mística, su gran significado. No en vano la usó Nuestro Señor Jesucristo para dirigirse a su Padre. Cada vez que lo recemos vamos a ponernos a tono con Dios; vamos a armonizar con Él; vamos a conmoverlo; vamos a ser insistentes como nos lo dice la parábola de hoy, y así poder encontrar a un Dios despierto, no a un Dios dormido. Si nos ponemos realmente a pensar un poco el dormilón soy yo (o el que finge dormir para no ser molestado por los demás).

A través de la oración Dios me despierta. El “latoso” que viene a despertarme es precisamente Él.

Más que despierto, quien reza es uno que ha sido despertado. Despertar a través de la presencia de Alguien que llama a nuestra puerta y pide entrar. “Pedid y se os dará”. Dan ganas de levantarse.

Hemos rezado. Incluso hemos insistido en nuestras peticiones sin conseguir nada. Dios se ha quedado mudo. Muchas veces es difícil continuar cuando nuestras peticiones son desatendidas. Pero tenemos que tener la certeza de que somos escuchados. Y esta certeza nos coloca en otro plano. O sea, existe la seguridad de que nuestra oración llega, toca sin duda a Dios. Sucede que Dios puede dejar las cosas tal y como están (al menos aparentemente). Pero Él se pone en camino con nosotros, dispuesto a afrontar nuestra aventura, a compartir los mismos riesgos, las mismas molestias.

Con su silencio, el Señor nos dice: sigue adelante, camina y verás. El camino sigue siendo el mismo, los obstáculos también, las dificultades están aún ahí, pero tú y no eres el mismo, eres distinto si haz rezado. Tenemos que afrontar el camino de antes, pero tu fuerza no es ya sólo tu fuerza. En realidad has conseguido inmensamente más: No cosas, sino él mismo. No gracias, pero sí su presencia.

Hermanos que la confianza en el Señor sea nuestra alegría y nuestra fuerza. Pidámosle ahora a Dios, en la Eucaristía con una confianza total como si todo dependiera de él; y trabajemos con responsabilidad y honradez cada día como si todo dependiera de nosotros: De ti y de mí.
¡¡AMÉN!!
21 Septiembre 2009 04:00:08
“Imposible olvidar…”
El pasado 11 de septiembre, aniversario 35 del golpe de Estado pinochetista contra Salvador Allende, recordé a mi entrañable amigo Carlos Gabler, exilado chileno, pero también a Lina, Ignacio, Patricia, Daniel, Tania y tantos otros.

Como olvidar que el 11 de septiembre de 1973, el General Augusto Pinochet comandó disfrazado de barras y estrellas norteamericanas, el golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende para reinar sobre las tumbas de éste y de miles de chilenos durante 17 años.

En 1990, al finalizar la dictadura Pinochetista, su poder como Senador Vitalicio, caudillo de la derecha e influyente prohombre de las Fuerzas Armadas le hacía invulnerable ante cualquier cuestionamiento moral, legal y político.

A Pinochet, ni el poder religioso le conmovía. El 9 de septiembre de 1998, el arzobispo primado de Chile “…rogó a los militares golpistas que al menos en su corazón pidieran perdón por sus acciones…para que Dios les ayud(áse) a vivir con el lacerante dolor de no haber sentido ni respeto ni compasión por sus hermanos”. Pinochet rehusó pedir perdón.

El 27 de ese mes viajó a Londres, donde el 16 de octubre, el gobierno Británico accede al pedido español, del juez Baltasar Garzón, para retenerlo y estudiar su extradición para enjuiciarlo en España.

Pinochet y su equipo de abogados utilizaron toda argucia legal, médica y política para librarse de un juicio ante la historia. Los jueces lo declararon “mentalmente inhábil” para ser enjuiciado por padecer una demencia vascular subcortical que le impedía tener memorias o recuerdos de mediano y largo plazo.

Razón por la cual, el ex dictador Augusto Pinochet clamó demencia para librarse de un juicio por 75 homicidios, y pidió a sus seguidores que no se avergonzásen de él porque “era inocente” de los crímenes que le acusaban.

Finalmente, el 10 de diciembre de 2006, murió Augusto Pinochet arropado por la impunidad. Sin embargo, éste llevaba entre los pliegues de su alma podrida una carta escrita por un amigo chileno que decía:

“Don Augusto Pinochet Ugarte le deseo sinceramente un juicio justo, apegado a derecho y, en la medida de lo posible, un calabozo limpio, cómodo y digno. Ojala que nadie lo golpeé General, que nadie lo humille. Que no Le confisquen su casa y su auto ni le destruyan su biblioteca.

“Que no le venden los ojos ni lo tiren al suelo para darle patadas y culatazos. Que no lo cuelguen de los pulgares, ni le administren descargas eléctricas en los testículos, que no le arranquen la lengua, que no le hundan la cara en una pila de agua de vómito ni lo asfixien metiéndole la cabeza en una bolsa de plástico, que no le revienten los globos oculares, que no le quiebren los huesos de las manos.

“Que no le introduzcan ratas hambrientas por el ano, que no lo violen, ni lo mutilen, ni lo hagan volar a pedazos con una carga explosiva; que no disuelvan su entierro a macanazos, que no secuestren a sus hermanos ni les arranquen los pezones a sus hijas. Es decir, General, ojalá que no le hagan nada de lo que sus subordinados hicieron, bajo las órdenes y la responsabilidad suya, a miles de chilenos y chilenas y, a muchos otros ciudadanos de Argentina, España, Francia, Alemania y Suecia.

“No. Que le organicen un juicio justo y que le preparen una celda limpia y cómoda en la que pueda pasar sus últimos años sin padecer frío ni hambre. Es que si eso se consigue, general Augusto Pinochet Ugarte, la humanidad habrá dado un gran paso hacia el reencuentro consigo misma”.

La muerte, escribió Mario Bennedeti, le había ganado a la justicia terrenal, pero no a la histórica.

El juicio de Pinochet ante la historia está claro: nuestra memoria colectiva no permitirá que se repita un monstruo de tales dimensiones. Lucharemos para resistir la presencia de un Estado deforme que permea de conformidad y amnesia a nuestras almas y a nuestros cuerpos para repetir la historia sin sentido.
Nunca olvidaremos lo sufrido por ti y por tu pueblo, mi querido Carlos Gabler. Imposible.

Imposible olvidar
Los imaginé diciéndome: “Sí los aparatos institucionales borran de un plumazo la responsabilidad histórica de la dictadura pinochetista; entonces, debemos recuperar el significado de la historia no oficial que sufren en carne propia las madres chilenas de los muertos, de los torturados y de los desaparecidos politicos. Junto con los tantos exilados, dentro y fuera de Chile. Junto con ustedes que tanto aman a ese país”.

" Comentar Imprimir
columnistas