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Luis Angel Rodríguez M.E.S.E
Luis Angel Rodríguez M.E.S.E
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18 Julio 2010 03:00:48
Marta y María
En la vida del hogar hay muchas cosas que parecen necesarias: limpiar, preparar la comida, cuidar a los niños. Haciendo esto, de alguna manera es a Cristo a quien se atiende. Sin embargo, una sola cosa es necesaria para todos: escuchar a Cristo cuando se hace presente. Todo lo demás ha de ser dejado por esto. Marta ofrece a Jesús sus servicios materiales cuando él quiere entregarles las riquezas eternas. Ella trabaja y se afana y no tiene tiempo para estar con Jesús. El amor es otra cosa, Jesús es la paz, y no lo recibe febrilmente, en el hogar o en la comunidad, que deja al hombre vacío; pero Jesús quiere que lo encontremos en nuestro quehacer diario.

Jesús invita a Marta a ir a lo esencial. De la acogida a su persona quiere que, como María, pase a la acogida del Reino: de aquella realidad misteriosa, de aquel nuevo estado de cosas y de valores que Jesús viene a ofrecer a los humanos. El mismo Jesús advertía en el Sermón de la Montaña: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura” (Mt 6,33). O sea, lo que Jesús quiere decirnos a través de Marta que la atención a las cosas cotidianas no nos hagan perder de vista lo esencial: la persona es cuerpo y es espíritu.

La propuesta de Jesús a Marta de acoger el Reino implica conversión, una opción por otra escala de valores. Está en línea de aquellas otras palabras suyas tan serias: “Ay de ustedes, los que están hartos, los que tienen de todo”. Con todo esto, Jesús quiere que tengamos un corazón bueno y un espíritu despierto para asumir las actividades y los valores por los que él vivió y murió.

Allá donde nosotros lo queremos todo, Jesús se lo juega todo. Y haciéndolo nos dice que hay que perder la vida para encontrarse a sí mismo, reencontrar nuestra condición de hijos de Dios, de hermanos entre hermanos, para recrear unas relaciones y un equilibrio nuevos que nos lleven a poseer aquella plenitud, aquella profundidad preparada para aquellos a quienes ama (San Pablo).

EL EVANGELIO DE HOY
No es difícil reconocerse en Marta, que se preocupa y se afana por muchas cosas. Y quizás encontramos siempre algo que decir a propósito de María que, según nosotros, ha elegido la parte más cómoda. Y sin embargo, para Cristo, esa es la “mejor parte”. O sea, la parte de la escucha, de la contemplación, de la adoración, de la maravilla.

El evangelio de hoy nos muestra un pasaje propio de San Lucas. Nos relata un viaje de Jesús a Jerusalén, acompañado de sus discípulos. Poco antes de llegar (unos tres kilómetros antes), pasa por Betania y se presenta en casa de unos amigos a los que les une una estrecha amistad. Son tres hermanos: Marta, María y Lázaro. Aquí las protagonistas son las hermanas. Marta parece la mayor y la que se ocupa con todo esmero en atender al Señor y a los que le acompañan. El trabajo debía ser grande. Atender a un grupo tan numeroso no parece tarea fácil. Parece normal y lógico que anduviera muy afanada en disponer todo lo que era menester. María estaba sentada a los pies del Señor escuchando su palabra y totalmente desentendida de los preparativos de la comida. La mayor se dirige a Jesús con gran confianza y cierto tono de queja “¿no reparas que mi hermana me ha dejado sola en las faenas de la casa?”. Dile pues, que me ayude”. Se nota una cierta destemplanza interior en Marta.

La respuesta de Cristo también tiene el mismo tono familiar: Marta, Marta, estás preocupada, inquieta, por muchas cosas pero te estas olvidando de Mi, viene a decirle. Está desbordada por los muchos quehaceres y se está olvidando de lo esencial. Esa inquietud, esa atención, ese ajetreo, no pueden ser buenos, cuando hacen perder la presencia de Dios en el alma. Evidentemente que Jesús no hace una valoración ni de toda la actitud de Marta, ni de toda la actitud de María. Hábilmente El cambia la cuestión y apunta directamente a su alma, a su actitud interna. Tan metida, tan preocupada está por el trabajo que se está olvidando de lo más importante: la presencia de Cristo en aquella casa. ¡Cuántas veces nos podría hacer el Señor ese mismo cariñoso reproche!

Afanes, trabajos justificados, que no pueden justificar nunca el perder la presencia de Dios mientras trabajamos. El mundo de hoy corre, cada vez más de prisa. Velocidad de vértigo. Ritmos frenéticos en todos los campos. La máquina del mundo bajo el impulso del progreso, ha entrado en una pendiente vertiginosa. Pero nosotros los cristianos no tenemos por oficio correr detrás del mundo, sino más bien tenemos la misión de detenerlo. Hemos de tener el coraje de parar al hombre de hoy y de decirle a la cara algunas cosas que, en su carrera atolondrada, ha olvidado.

Decirle que correr no quiere decir crecer. Que el verdadero progreso no consiste en caminar más de prisa, sino en un desarrollo armónico de la persona. Decirle que, con tanto correr, se ha hecho distraído y atolondrado. No piensa ya en si mismo, en las propias exigencias profundas. No se da cuenta del otro y de la presencia de los otros. Decirle que en su furor consumista y eficientista, ha perdido los valores que se nos han dado gratuitamente, la contemplación, la adoración, la oración. Decirle que, en su carrera desenfrenada, ha dejado atrás al espíritu. Por eso ha terminado por perderse a sí mismo, por extraviar la propia identidad. Decirle que el aumento de conocimientos es útil solamente si va unido a un progreso de la conciencia. Que el aumento de cordura. Decirle finalmente, que, corriendo, ha perdido el sentido, el porqué, la dirección, y el significado de su carrera. No sabemos a donde vamos... pero seguimos caminando igualmente, y cada vez más de prisa.

El ambiente de una sociedad consumista nos deslumbra y tiende a hacernos, en varios niveles, esclavos de lo que tenemos y de lo que queremos alcanzar a cualquier precio. El ánimo de superación nos hace pagar a veces un precio demasiado caro, por cuanto nos incapacita para vivir a ritmo humano, disfrutando de la amistad, del tiempo libre, de un buen rato de música, de la conversión, de la lectura, de la contemplación de la belleza, del saber curiosear... inquietos por el afán de tener, de llegar a ser, de hacer... estamos destruyendo quizá la armonía interior, la paz de espíritu, el silencio creador que son básicos para vivir a la medida humana.

¿Pero estamos en condiciones de pararnos, de detenernos? Sinceramente creo que no. Somos demasiado humanos... demasiado materialista. Se nos olvida que también tenemos espíritu. No tenemos el coraje de parar al hombre porque simple y sencillamente no quiero ni que a mi me paren. Me gusta andar distraído y atolondrado porque me molesta la presencia del otro, y más si ese “otro” me ha de decir que toda mi vida debe de partir del hecho de escuchar al Señor. Se me hace tedioso leer esta reflexión porque está, tal vez, muy larga. Al cabo yo ya sé lo suficiente para saber más. (Y además, voy a misa todos los domingos). No me he dado cuenta que yo mismo he perdido el espíritu, mi propia identidad de cristiano. Para mí, en este momento, que más me importa es la ganancia del negocio que tan “inteligentemente” hice con alguien. Me importa más el placer, el poder. No me doy cuenta que he perdido, o estoy perdiendo, mis virtudes básicas de la vida cotidiana, la cordura, la paciencia, la mortificación. No me doy cuenta que me estoy empobreciendo, que me estoy perdiendo en este mar mundano. Y lo peor del caso es que no lo siento. Percibo mi vida como una cosa normal y natural. Veo que el mal, el sufrimiento, la pobreza material, entre otras cosas, son parte de la vida. Y así me enseño a acompañarme con ellas.

Pero no me detengo un poco para ver si llevo el camino correcto, si no he perdido la dirección de mi carrera. Estamos atrapados por un engranaje que nos tritura. No hay tiempo para preguntarse porqué.

Señor. Oh! Señor, que descubra mi soledad para luego poder colaborar contigo en la salvación del mundo.

ASÍ SEA...!!!
19 Abril 2009 03:55:18
Jesús se aparece en el cenáculo
“Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes"... Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonan los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar". (Jn 20, 19-31).

Algo que debemos de recordar: La fiesta de Pascua no se ha terminado. Estamos apenas en la octava de Pascua, o sea, a los primeros ocho días del domingo de Resurrección nos quedan siete domingos pascuales. Como decíamos el domingo pasado, toda la Cincuentena (cincuenta días siguientes) se celebra como una única y larga fiesta.

Las lecturas de este tiempo son la mejor guía para celebrar la Pascua como una vivencia del Paso de Cristo y de su Iglesia a la Nueva Vida.

Como Él pasó a través de la Cruz a la nueva existencia de Señor glorioso, nosotros somos invitados también a realizar este paso pascual en nuestras vidas.

El tiempo fuerte por excelencia de todo el año.

Acerca de las lecturas de la Cincuentena Pascual, la pri- mera lectura no se lee el Antiguo Testamento. Los tres años litúrgicos se lee como primera lectura el libro de los Hechos de los Apóstoles, pero una selección diversa cada vez.

Este libro es la historia de la “comunidad de Jesús Resucitado”, la Iglesia, su prolongación y signo vivien- te. Los pasajes que escuchamos este año son sobre todo el testimonio de Pedro y Pablo. El cuadro es rico. Cristo glo- rioso, presente y vivo, sigue actuando por su espíritu y por su comunidad.

Sobre la segunda lectura.

Este año “B” las segundas lecturas están tomadas en su mayoría (2° domingo al 6°) de la primera carta de San Juan. Los otros domingos son el de Pascua. Col 3; en la Ascensión, Ef 1; en Pentecostés, 1 Cor 12.

La carta de Juan se puede decir que proyecta el misterio de la Pascua sobre nuestras vidas. El que cree en Jesús Mesías, ha nacido de Dios y vence al mundo (2º), no peca, sino que obedece a sus mandamientos (3º), se siente en verdad hijo (4º). Vive en plena confianza, cumpliendo no sólo de palabra sino de obra el nuevo mandato del amor (5º), porque Dios es amor (6º). Nacer, hijos, amor, vida, victoria: Temas de Juan que tienen una densa resonancia en el Tiempo pascual.

El evangelio. A pensar de que estamos en “el año de marcos”, los evangelios de los domingos pascuales están tomados casi todos de Juan. Sólo el día de la Ascensión resuena el pasaje correspon- diente de Marcos.

Todo esto termina con los dos grandes acontecimientos que llevan a plenitud la Pas- cua: La ascensión y Pentecos- tés. Cristo termina su misión pero envía a su Espíritu para que asista a la Iglesia en la suya.

EL EVANGELIO DE HOY


Sugiero de una manera muy particular que con el propósito de entender mejor la resurrección, y enlazar correctamente los eventos, leamos en su totalidad el capitulo 20 de Juan. Este capítulo es llamado “Libro de la Resurrección”.

Lo forman tres episodios: La tumba vacía, la aparición a María Magdalena y la apa- rición a los discípulos. Todo el capitulo se centra en ver-reco- nocer a Jesús y en creer en él.

El domingo pasado nos ocupamos de la tumba vacía (vv 1-9). Hoy toca su turno la aparición de Jesús en el cená- culo. (Vv. 19-31).

Y para una mejor comple- mentación leamos a Lucas 24, 13-35, con el bellísimo relato de los discípulos de Meaux, cargado de un sentido eclesial, crístico y litúrgico.

Ahora bien, ya tenemos a un Jesús resucitado. El primer día de la semana, al amane- cer del domingo, María Mag- dalena y las demás mujeres han empezado a hacer correr este testimonio sorprendente e increíble. El testimonio de la victoria del amor de Dios más allá de todo el mal que los hombres somos capaces de hacer. El testimonio de la vida para siempre de Jesús, el maestro crucificado.

El hecho, por más miste- rioso que fuese, era irrefuta- ble, y los que lo captaron fue en virtud de una gracia que les hacía admitir a Jesucristo espiritualizado ya en su mismo cuerpo como un misterio de fe viviente que era.

Esto es lo que tenía unidos a los apóstoles al anochecer de aquel domingo. Aunque des- concertados, con miedo, pero sí, con esperanza, experimen- taron la presencia, la vida, la fuerza, la paz, el amor vence- dor del Señor resucitado.

Nunca nos podremos ima- ginar cómo fue aquel momen- to. Que sintieron, que vivieron aquellos discípulos.

Pero lo que sí sabemos es que de lo que ellos vivieron, de lo que ellos sintieron en aquel momento, vivimos todavía hoy nosotros, y vivirán de ello- también las generacio- nes de hombres y mujeres que a lo largo de la historia se sen- tirán llamadas por la palabra salvadora de Jesús, por la vida del Señor muerto por amor y resucitado para hacernos vivir con él y como él.

Sin embargo, muchos cris- tianos viven decepcionados y tristes como los discípulos de Emanús. Suponen que Jesús ha olvidado su palabra y se alejan. Lo que no se les ocu- rre es leer la Escritura a con- ciencia para descubrir que los planes de Dios no son como los humanos.

Todos los que piensas así caen bajo el reproche que Jesús lanza en Jn 4, 48: “Si no ven ustedes señales y prodigios, no creen”. No tienen fe.

Tomas hubo de tener a Jesús en su presencia: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sin cree”.

Los discípulos de Emanús no lo reconocieron (a Jesús) hasta que: “Cuando estaban en la mesa tomó un pan, pro- nunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Él se les desapa- reció” (Lc 24, 13-35).

Jesucristo ha perpetuado su amor a nosotros en la Euca- ristía, que es el sacramento del amor entregado, del gran ser- vicio del Señor a la comunidad de los discípulos, que debe inducir a una imitación cons- tante, humilde, sacrificada en todos nosotros.

Esto es precisamente lo que celebramos cada domin- go “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte.

Señor, hasta que vuelvas”.

Esta presencia eucarística del Señor Resucitado es la proyecta nuestra vida comu- nitaria y personal.

Una comunidad más fraterna donde lo tenemos todo en común; nos mostramos solidarios con los más pobres; no llamamos a nada “nuestro”.

Una comunidad misionera con la convicción de que hemos recibido una tarea a realizar. Cada uno de nosotros debemos dar en este mundo testimonio de nuestra fe un Cristo de la alegría y de la paz que brota de Él.

Una comunidad de renacidos y vendedores en la cual se note el estilo pascual de nuestra vida. Nos dice San Juan en la segunda lectura que “el que cree ha nacido de Dios, y el que ha nacido de Dios, vence al mundo”. No se trata de triunfalismos, pero sí de un estilo más positivo, más dinámico de los que creen en la resurrección de Cristo.

Y desde aquel domingo, el primer domingo de la presencia de Jesús entre los discípulos, y todos estos domingos, los cristianos hemos sentido que el Señor nos daba su paz, nos fortalecía el corazón.

Y nos enviada a ser testigos de una vida distinta, su misma vida, la vida que se fundamenta en el amor más profundo a todo hombre y a toda mujer, aunque eso cueste, aunque eso lleve a la cruz. Y nos daba su Espíritu, su mismo Espíritu que es el que nos da vida. Y nos hacía portadores de su perdón, de su misericordia inagotable.

¿Qué acaso no es ésta nuestra fe, nuestra esperanza? ¡Qué acaso no esta nuestra misión como cristianos comprometidos? ¿Qué acaso no es éste nuestro amor de Dios?

Nunca como ahora, desde la altura de la gloria en que se sienta y donde nos ha sentado junto al Padre, para ver cómo la creación entera, la física u la espiritual, se recapitula en Jesucristo y cómo no sola- mente todas las promesas que Dios nos había hecho encuen- tran en Él su mas firme (2 Cr 1, 20), sino que lo encuentran también nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor.

Que durante estos cincuenta días de Pascua, estos días que nos llevaran a celebrar el don del Espíritu en Pentecostés, vivamos con mucho gozo el encuentro con el Señor resucitado. Cada uno de nosotros, y todos juntos como comunidad. ¡ASÍ SEA!

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