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Nicolás Alvarado
Nicolás Alvarado
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Nicolás Alvarado es, hoy por hoy el creador de un nuevo estilo de conducción para la televisión cultural. Es un personaje que quiere que el público se acerque a la cultura. Es cero solemne y siempre amigable. Hace gala en forma permanente de su prodigiosa memoria y su extraordinaria capacidad para relacionar autores y referencias con circunstancias, películas, libros, anécdotas e invitados. Nicolás Alvarado, tiene fuerza en pantalla porque está consciente de perseguir dos objetivos: ser un eficiente divulgador de la cultura y hacer la tarea para que la gente sí quiera ver cultura en la televisión. Y es que cree que la televisión cultural debe ser atractiva, divertida, inteligente, propositiva y también glamurosa.

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10 Junio 2011 03:58:19
Primero despierto
4:40 de la tarde. Mientras escribo esto alguien duerme. Alguien al otro lado del mundo, desde luego, puesto que en París o en Dehli, por ejemplo, es justo hora de dormir. Pero no me refiero a ellos, y ni siquiera a quienes, en la misma ciudad que yo, dedican este momento al sueño en virtud de sus horarios de trabajo, anómalos (acaso duerman ahora los veladores y los barmen, los taxistas del turno de la noche y las teiboleras: a ellos digo que bien está que así sea, y les deseo un descanso reparador).

Pienso, en este instante concreto que me pilla de viaje con un amigo, en la siesta que ha decidido hacer él después de la comida, el café y la caminata, y antes de los tragos y la cena. Y, en otros, en la que toma mi mujer cuando hemos levantado la mesa y todavía no se presentan los pacientes a la consulta psicoanalítica que atiende en casa, o en las que disfrutan mi perro y mi gato a esta hora, o en la que se prodiga alguno de mis jefes, el del horario más sacrificado.

Yo también tengo un horario sacrificado. Termino todas mis jornadas laborales a las 12 de la noche -llego a casa a eso de las 12 y media; entre las abluciones nocturnas, los preparativos para el día siguiente y el desacelere me dan, con frecuencia, la una y media o dos- y comienzo dos de ellas a las 6 de la mañana, otra más a las 4:45 -varios miércoles he estado a punto de moler el despertador a mazazos, y sólo el hecho de que esté integrado a mi indispensable y costoso teléfono celular lo ha salvado de mi furia somnolienta- y las dos restantes a las 6 si me toca en suerte ir a cuidar a mi padre enfermo, a las 7 si lo que reclama mis cuidados es mi perro (de cuyo paseo matinal relevo a mi mujer en esas ocasiones) o mi cuerpo (que, lastrado por un metabolismo malhadado, exige bicicleta y abdominales que le prodigo cada que me es posible, aun si a regañadientes). Así, duermo de lunes a viernes entre 3 y 5 horas, no más. Y si bien es cierto que me repongo los fines de semana, también es verdad que la cuota de sueño que me permito entonces tampoco es mucho mayor: 7 horas a lo sumo. Lo que es más, siempre duermo de un tirón y de noche: seré mexicano y tendré horarios más o menos flexibles -soy un free lancer- pero, a despecho del cliché y de mis posibilidades, nunca tomo siesta.

Durante años aduje como razón para no hacerlo el efecto que suele provocarme el sueño en mitad de la jornada: certero aletargamiento que no logro erradicar más que con un segundo regaderazo, que no siempre tengo tiempo de darme. Hoy, sin embargo, descubrí que, aunque real, tal argumento resulta incompleto. Recibía yo a la hora de la comida las admoniciones de mi amigo sobre la necesidad de dormir más cuando, al hilo de la conversación, le espeté que era gracias a mi costumbre de vigilia que me había yo convertido en un lector y cinéfilo voraz. Cuando niño todos en mi casa hacían siesta, recordé, y yo me aburría mortalmente: así, me acostumbre a recurrir a los libros y a la televisión, en donde me topaba con personas, aun si no me respondían. Él, entusiasta también del cine y de la literatura, esgrimió el argumento contrario: dormía -y duerme todavía- para huir de la gente, disfrutaba y disfruta hoy de los personajes de ficción porque, a diferencia de las personas reales, “no joden”.

Fue así que descubrí mi nueva divisa: yo no duermo siesta ni la dormiré jamás. Es cosa de misántropos y yo soy gregario (es decir masoquista).

Bostezo (pero con gusto).
19 Junio 2010 03:03:35
Dispepsia
Mi sobrina Fernanda, hija del hermano de mi mujer, es apenas más joven que yo y por tanto se me apareció como mujer adulta, inteligente y solvente (y casi tan guapa como su tía) desde el día en que la conocí. En virtud de nuestro parentesco, sin embargo, conozco algunos episodios de la Fernanda niña, como aquel que sus padres relatan todavía con deliquio y que mi mujer, psicoanalista, cita con cierta frecuencia como ejemplo del mecanismo de repetición infantil.

Según se cuenta, de niña, Fernanda mostraba la misma entrañable capacidad de asombro que despliega como adulto. Un juego, un gracejo, una broma desataban su hilaridad; entonces, recuerda la familia, batía palmas y expelía, deleitada, un bisílabo que pronunciaba “¡Opa vez!” pero pretendía sonar “¡Otra vez!”. ¿Blanca Nieves y los siete enanos? ¡Opa vez! ¡Tope sancho borrego! ¡Opa vez! ¿Ya viste el cascabel que trae colgado ese gato? (El ejemplo, en honor a la verdad, es pura especulación difamatoria.) ¡Opa vez!

Dicen que Fernanda tenía entre tres y cinco años en los tiempos en que “¡Opa vez!” era su divisa. (Hoy, por fortuna, espera de la vida una mayor variedad de experiencias.) Ésa parece ser justo la edad mental de los televidentes contemporáneos, y particularmente de los aficionados al fútbol.

En 1955, la CNC canadiense, merced a un rudimentario kinescopio, inauguró la práctica de la repetición instantánea durante la transmisión de un partido de hockey. Para 1963, un perfeccionamiento del entonces flamante videotape permitía a la CBS estadounidense incorporar la práctica de manera definitiva a sus emisiones de fútbol americano. Desde entonces, cualquier espectador televisivo de una justa deportiva puede disfrutar una vez más el hito reciente –una anotación, un zafarrancho– sin que medie el paso del tiempo. Y bien está que así sea, ya sólo para comprender mejor lo que puede habérsenos pasado de largo dada la velocidad relámpago de la práctica competitiva del deporte profesional. No es esa repetición instantánea la que condeno, ya sólo porque me parece adulto el deseo de precisión. La que califico de dispepsia televisiva, entonces –indigesto, alguien repite… y huele feo–, es la que lleva a los canales televisivos a reiterar una noticia que a fuerza de machaconería deja de ser tal, y a los televidentes, prendados de la halitosis electrónica, a pedir una nueva dosis a quien tenga a bien suministrársela (el zapping como síntoma de adicción pero también como gastritis autoinfligida).

México vence a Francia en el Mundial: bien. La gente sale a festejar a las calles: no tan bien –la embriaguez pública y las interpretaciones cacofónicas de “Cielito lindo” no son lo mío– pero qué se le va hacer, así es. La televisión transmite las imágenes: es, pongamos, su obligación. Una vez vale. ¿Pero dos, tres, diez, cien? ¿En el Ángel, en la Macroplaza, en Guadalajara, en Mazatlán, en Los Ángeles? ¿Necesitamos ver eso? ¿Nos sirve de algo?

Lo mismo con el análisis del partido: una mesa de discusión hasta la agradecemos los legos como yo pero… ¿tantas (y todas más o menos con los mismos contenidos)?

Mientras escribo esto suena un éxito de Dan Hartman: “Instant Replay”, ésa cuya letra clama por una repetición instantánea de un acto que adivinamos sexual, ya sólo en aras del amor. Encuentro al fin la respuesta: la vocación por la repetición instantánea debe ser resultado de un estado alterado de conciencia (y por fuerza juvenil… si no es que infantil).


28 Mayo 2010 03:25:49
Compañero de viaje
Cuando viajo en avión, mi prioridad es que mi butaca sea de pasillo. No sólo no ocupar el asiento central -o, peor, uno los asientos centrales, claustrofóbica maldición trasatlántica del Airbus- sino disponer, específicamente, de uno de pasillo. Porque me gusta llevar el portafolios o el maletín de mano bajo el asiento frente a mí -así tengo a mi permanente disposición libros, revistas, computadora, marcador amarillo y iPod- y eso limita severamente el espacio que pueden ocupar mis piernas. Porque me gusta cruzar la pierna, e incluso a veces recurrir a mi tobillo izquierdo en tanto atril para poder copiar una cita en un texto que escriba a bordo. Porque, arrogante y autosuficiente, detesto tener que aceptar la ayuda de un vecino de asiento para recibir alimentos, bebidas, cobijas o audífonos. Porque, tímido e incluso huraño, odio tener que pedir permiso para ir al baño. (Éste, lo sé, fue verso sin esfuerzo -o, si he de ser preciso, rima sin grima- y lo plasmo con toda deliberación: ya bastante tengo con mi estreñimiento crónico como para que la visita a unas instalaciones sanitarias me suponga cualquier suerte de empeño adicional). Tanto me gusta volar en asiento de pasillo, pues, que hace escasos dos días sostuve el siguiente diálogo con la encargada del mostrador de una aerolínea. “¿Ventanilla o pasillo?”, preguntó. “Pasillo”. “El único que tengo disponible, señor, está en la fila 11, que es salida de emergencia; esos asientos no se reclinan. ¿Está seguro de que no prefiere la ventanilla?”. Pasillo (por favor, por piedad, por caridad, por supuesto).

Pasillo hubo de ser entonces: 11C rezaba claramente mi pase de abordar. Por eso me sorprendió tanto encontrar, junto a ese 11B en que se apoltronaba por un tipo de fallidas aspiraciones a la elegancia -camisa de buena tela pero mal corte, pantalón con demasiadas pinzas, reloj ostentoso-, una maleta pequeña pero al parecer dispuesta a incautar el lugar que tanto había luchado yo por ocupar. ¿Sería suya? En todo caso el asiento era mío.

Me saqué del bolsillo de la camisa el talonario de abordaje y, amable aunque firme, se lo mostré: “Disculpe… pero éste es mi asiento”. Me miró de arriba abajo con incredulidad y altanería. Tomó de mi mano el papel y lo estudió. Con una mueca retiró la maleta del asiento y con un empujón propinado a mi persona la depositó en el compartimento superior, justo sobre una bolsa de mangos que había dejado ahí yo. (Aclaración obligada: los mangos me los regaló uno de mis anfitriones en Tuxtla Gutiérrez; ni modo de dejarlos en el hotel.)

No bien ocupé mi sitio, me vino a la mente el célebre parlamento de Bette Davis en La malvada, desprovisto ahora de todo valor metafórico: “Fasten your seat belts! This is going to be a bumpy ride!”. Fue, en efecto, un viaje accidentado, y no por capricho de las turbulencias o por impericia del piloto sino por la mala educación de mi vecino. Que, quesque por accidente, me propinó una decena de codazos en las costillas a lo largo de la hora y media que duró la travesía y nunca hizo siquiera amago de pedir perdón por ello. Que, cuando nos fueron ofrecidos cacahuates, pidió una bolsa adicional para sí mismo (lo que es vulgar y avorazado) pero no una para aquella -la de la ventanilla- con la que se hizo arrumacos durante todo el vuelo (lo que es poco caballeroso y todavía más vulgar). Que, cuando pasó el carrito con las bebidas, ordenó un Bacardí blanco con Coca de dieta (signo seguro de un paladar estragado) y, además, un Sprite a modo de chaser (todavía no sé si me irritó más su tendencia al exceso de azúcar o su insistencia en el dos-por-uno). Total que me coloqué los auriculares, hundí la nariz en mi ejemplar de The New Yorker y sólo aparté la vista de él el tiempo suficiente para percatarme de que el tipo se había quitado los zapatos, como si estuviéramos cruzando el Atlántico.

Para cuando aterrizamos, había yo ya guardado todos mis efectos personales en mi propio maletín, deseoso de liberarme de su compañía cuanto antes. Al levantarme, me dedicó una sonrisa y me extendió una tarjeta de presentación: “Me dio mucho gusto compartir el vuelo contigo, Nicolás. Si un día necesitas oftalmólogo estoy a tus órdenes”.

Me resultó una verdadera sorpresa que mi patanesco compañero de viaje terminara por ser la más educada y sutil de las personas que me han reconocido por mi trabajo en televisión. Aun así, cuando me haga el próximo examen de la vista, no será con él.

22 Mayo 2010 03:42:47
Mercado de valores
Especular es verbo problemático. Si buscamos en el María Moliner, encontraremos que, en su primerísima acepción, tiene un significado incluso noble: “examinar algo con atención para estudiarlo”. Bien nos advierte Doña María, sin embargo, que la que no es sino su segunda acepción es la que resulta más frecuente: “hacer conjeturas más o menos realistas sobre algo”.

Y de ahí a la tercera –igualmente perniciosa si bien marginalmente menos recurrente– no hay sino un paso: el que nunca se da sin huarache y nos lleva a hacer del verbo especular sinónimo de “utilizar cierta cosa para obtener provecho o ventaja”. ¡Pobre verbo especular! ¿Cómo fue que, al filo de los siglos, lo hicimos pasar de examen reflexivo (la especulación filosófica) a formulación de teorías osadas y a menudo irresponsables (hipótesis especulativas que rara vez nos molestamos en confirmar) a gandallismo oportunista en aras del beneficio personal (especulación financiera)? Porque así de cínicos y así de mezquinos somos los seres humanos.

Un periodista debería dedicarse a la especulación en el sentido primigenio de la palabra. Deseoso de comprender las cosas –así define Kapuscinski la misión del reportero–, su tarea debería estribar en estudiarlas merced a las herramientas de su oficio: primero la consulta de fuentes históricas y teóricas (para conocer en qué contexto se dan los hechos), después la entrevista a protagonistas y testigos del suceso noticioso –y, mejor si posible, el atestiguamiento de primera mano de tal suceso. No son pocos, sin embargo, los periodistas mexicanos que prefieren especular en el segundo sentido del término, ése que los llevaría a arrojar sin ton ni son teorías sobre lo que hubiera podido pasar. En cuanto a su tercer significado –el que llevaría a enriquecerse a partir de las conjeturas informativas, siempre tan seductoras por falaces–, tal se antoja la conjugación favorita de unos medios de comunicación que apilan las estridencias vacuas en aras de conquistar el favor de un auditorio por desgracia más propenso a la histeria que a la reflexión.

Si me he puesto a pensar –¿a especular?– en todo esto es a raíz del anuncio emitido el pasado martes por Televisa, en voz de Joaquín López Dóriga: “la decisión editorial de no volver a informar” sobre la desaparición de Diego Fernández de Cevallos “hasta su desenlace”.

La noticia no fue demasiado bien recibida por otros medios y ha desatado una ola de especulaciones –¡oh, sorpresa!– en torno a las razones que llevaron a la empresa a asumir tal posición. Pese a trabajar en Televisa yo mismo las ignoro –dado que me ocupo de asuntos culturales nadie ha considerado necesario exponérmelas– pero no necesito conocerlas para celebrar la decisión.

¿Qué más podríamos necesitar saber sobre el caso mientras se resuelve? ¿A qué nos llevaría una sucesión de reportajes lacrimógenos, reacciones previsiblemente solidarias, teorías de la conspiración más o menos plausibles y notas de relleno aderezadas con imágenes sangrientas? ¿Contribuirían a esclarecer el caso con mayor prontitud? Creo que no.

Lo que preocupa, entonces, es que vivamos un contexto en que un medio se ve forzado a dar explicaciones para no informar lo que no es digno de ser informado. O, puesto de otro modo, que, dada la perversión al parecer endémica de la oferta y la demanda mediáticas, la decencia parezca ir irremediablemente a la baja en un mercado de valores periodísticos volcado a la especulación.
14 Mayo 2010 03:39:34
Aspiraciones
Dos fueron los felices descubrimientos que hice aquella tarde. Uno, que la trompeta podía tocarse también con la ayuda de un artefacto llamado sordina, especie de festivo sombrerito que tenía la feliz facultad de desatar en su portadora un pequeño paroxismo de asfixia temporal, traducible en nasal deliquio melódico.

Otro, que ante mí se erigía no sólo una de las mujeres más hermosas que hubiera visto jamás -dueña, además, de una voz privilegiada, mitad tormenta, mitad satín- sino una que me era imposible clasificar en categoría racial alguna. Su rostro era raro -la frente despejada, los ojos almendrados (de india), la nariz finísima (de blanca), los labios carnosísimos (de negra), la piel de oro- y esa rareza lo hacía hipnótico. Cierto: el cuerpo, fino y espigado, enfundado en un vestido de un albor contrastante y casi enceguecedor, contribuía a la seductora impresión general. Cierto, que me cantara -porque, estaba seguro, era a mí que se dirigía- que era yo su azúcar, y que sólo tenía que rozar su taza, y que la endulzaba al removerla, se erigía en iniciación erótica acaso inconsciente. Y, cierto, la sordina aportaba lo suyo con los estallidos ahogados que hacía bramar a la trompeta. Pero lo verdaderamente importante era el rostro, exótica ensoñación.

En la narración del documental -That’s Entertainment, homenaje a los años de gloria del musical de la Metro-, Elizabeth Taylor manifestaba su envidia ante aquella voz de lija y terciopelo e identificaba a su dueña con el nombre de Lena Horne. En mi esfuerzo por retener el nombre ni siquiera reparé en el que más tarde habría de identificar como su gesto característico: una tendencia a coronar cada final de canción no sólo con una sonrisa amplísima y satisfecha sino con un par de contracciones de la delicada naricita, sucesión de aspiraciones inexplicables para mí, que entonces sólo aspiraba a regodearme en su belleza e ignoraba a qué podía aspirar ella, que todo lo tenía, incluida mi atención monomaniaca.

Con los años supe más de esa Miss Horne cuyo apellido era -qué casualidad- trompeta (horn), con la e a guisa de permanente y azorada sordina. Que era, en efecto, negra, blanca e india, pues ambas ramas de su linaje parental tenían raíces ancladas en África como en Europa y en la América indígena. Y que había sido corista en el mítico Cotton Club y vocalista con orquestas de medio pelo, con una de las cuales cantaba en Los Ángeles en ese 1941 de su descubrimiento por parte de Louis B. Mayer, mandamás de la MGM.

Como yo, Mayer quedó prendado de Lena Horne. Como yo, no supo bien a bien identificarla con un tipo étnico determinado. A diferencia de mí, sin embargo, eso le significaba un problema aunque, pensaría entonces, también una solución. Nunca hasta entonces una gran productora hollywoodense se había permitido el lujo liberal de ofrecer un contrato estelar a una negra, lo que presagiaba dificultades de exhibición en un sur estadounidense todavía orondamente racista. Mayer tuvo una idea deshonesta: ¿por qué no presentarla al gran público como mexicana o egipcia? (La piel clara y los rasgos multiétnicos de Horne habrían sido buenos cómplices de la treta). Sólo que la debutante, orgullosa de su origen pero sobre todo orgullosa a secas, se negó al engaño y, milagro de la belleza, Mayer cedió. El resultado fue una carrera integrada por apariciones fugaces en muchas películas, a las que concurría como estrella invitada en aras de filmar una o dos secuencias exclusivamente musicales, narrativamente prescindibles y por tanto eliminadas para la exhibición en cualquier territorio lastrado por la polarización racial. Perdió el papel de Julie -la mujer derrotada por el ápice imperceptible pero certero de sangre negra que corre por sus venas- en el musical Show Boat cuando el estudio determinó que el público no aceptaría a una verdadera negra en el rol. Digna, dejó entonces el cine para embarcarse en una carrera de conciertos marcada por el orgullo racial, por la negativa a cantar en escenarios militares donde los prisioneros de guerra ocupaban mejores asientos que los negros o en hoteles donde no se le permitía alojarse en virtud de su color.

Hoy que ha muerto -el pasado domingo, a los 93 años- y que homenajeo su hermosura pero también su integridad, recuerdo aquellas aspiraciones. Y me queda claro que eran voluntarias y que la ayudaron a elevarse por encima del odio, en las alas de la belleza pero también de la verdad.

24 Abril 2010 03:20:30
Respetable público
Canal 22 (2003). Un escritor viene a hablar de su novela a mi programa. No se trata de una serie periodística sino de una orientada a la conversación e incluso a la chacota (frívolo el conductor, frívolo el programa). Se habla, pues, del libro pero también de la trayectoria de su autor, incluido su paso por la diplomacia (acaba de terminar su empeño como agregado cultural en un país europeo). No bien formulo la pregunta, me doy cuenta de que he abierto una caja que sería la de Pandora si en ella hubiera algún resquicio para la esperanza. El escritor narra su vía crucis, describe la ineficiencia y la incongruencia de un secretario de Relaciones Exteriores más preocupado por su agenda personal que por la política exterior.

Mi instinto de reportero –alguno tengo, aún si modesto– se aviva y sigo preguntando; las respuestas son a un tiempo terribles y, creo, necesarias, pues evidencian las fallas de un servidor público. Fin de la entrevista, el escritor abandona el foro. Entonces me paralizo. Y es que me percato que alguien acaba de hacer el asesinato caracterológico de un funcionario del gobierno federal en un programa producido por, y destinado a su transmisión en, una señal del gobierno federal, y que eso podría acarrear problemas a muchos, empezando por el director del canal.

Pido un receso y corro a la dirección. “¿Qué pasa?”, me pregunta Enrique Strauss. Que acaba de estar aquí Fulano para hablar de su novela pero que terminamos hablando de Castañeda, con quien fue justo pero duro. “¿Y luego?” Que a lo mejor quieres ver la entrevista para evaluar la pertinencia de su transmisión. “No.” ¿No? “No. A mí me invitaron a dirigir un medio libre. No seré yo quien venga a censurar.”

Tengo otra anécdota casi idéntica, sólo que con un grupo de cabaret haciendo chistes sobre Sergio Vela en el foro y Jorge Volpi sentado en el escritorio que antes ocupaba Strauss. Y, aunque nunca he trabajado en Canal 11, puedo imaginar idénticas reacciones de sus sucesivos directores. Las televisoras de gobierno –eso son el 11 y el 22, dependiente una del IPN y otra de Conaculta– funcionan de facto en México como televisoras públicas, con independencia editorial y autonomía de criterio. Pero no lo son. En los casos que cuento, la valentía de Strauss y de Volpi habría podido costarles el trabajo (y, de haber tenido ellos jefes autoritarios, nada lo habría impedido).

Las anécdotas y la reflexión vienen a cuento ahora que la Secretaría de Gobernación ha anunciado la creación de algo llamado Organismo Promotor de Medios Audiovisuales. De acuerdo al periódico La Razón, el OPMA tomaría “el control de los medios públicos [sic]”; de acuerdo a Héctor Villarreal, subsecretario de Normatividad de Medios, no será así, sino que éstos “mantendrán autonomía de gestión, autonomía de programación e independencia editorial”.

¿Ejercerá entonces el nuevo organismo algún tipo de control sobre ellos? Y, de ser así, ¿cuál?
La respuesta podría constituir un problema. Pero peor es saber que, por rezagos tanto legislativos como institucionales, un escenario como el que anticipan los apocalípticos podría producirse en cualquier momento, dado que la autonomía de dichos medios no deriva sino de una graciosa concesión. Lo que necesitamos no son oficinas de propaganda sino la transformación de los medios de gobierno en verdaderos medios públicos, con un órgano autónomo de dirección: eso sería lo respetuoso para con el respetable público.

26 Marzo 2010 03:03:26
Ya no, eternamente
Muchas son las excentricidades con que ha tenido que lidiar mi mujer desde que cayó en esa familia de excéntricos que es la mía. Unas pertenecen al terreno de lo inconfesable… y por eso no será aquí –ni en ningún otro lugar, a menos que medien whiskys y amistad– que las confiese. Otras se antojan casi entrañables, marcadas por un coctel genético en que hacen (sobre)reacción el recato poblano, la brutalidad española, la pasión maracucha –tal es el gentilicio de Maracaibo, Venezuela, de donde era mi abuelo–, un presunto ápice de sangre negra (nuestras excentricidades son, cuando menos, rítmicas) y otro de flema británica (mi apellido materno, Vale, lo es, como también parece serlo el talante pesimista y absurdo y divertidísimo del sentido del humor familiar). Las más, sin embargo -es de nuestras excentricidades que hablo todavía- resultan, quiero pensar, inocuas e idiosincrásicas; así, por ejemplo, la manía de denominar los domicilios domésticos y laborales de toda la parentela con recurso no al nombre de los moradores sino al de la calle en que están sitos: el tío Federico trabaja en Durango (no en el norte del país sino en la colonia Roma), el tío Javier en Temístocles, Eunice y yo vivimos en Ensenada (tan lejos de los viñedos, tan cerca del Circuito Interior) y, hasta hace poco, mis padres residían en Yarto y mi abuela en Tennyson. (El hábito, por lo visto, es contagioso: mucha mofa hace todavía mi mujer de él y, sin embargo, van ya varias veces que me anuncia que ha de visitar en Interlomas a su hermana Laura con el código “Voy a Carretelas”).

Tennyson. La calle de la colonia Polanco ostenta ese nombre en honor a Alfred, Lord Tennyson, poeta laureado de la Corona inglesa durante buena parte del siglo XIX, autor de “Enoch Arden” y de “La carga de la brigada ligera”, pero también de otros poemas menos conocidos (y acaso mejores), marcados en muchos casos por el sino de la muerte, en particular de la del prometido de su hermana, Arthur Hallam, quien falleciera de súbito, víctima de una hemorragia cerebral, antes de lograr consumar el enlace que había de hacerlo su cuñado. (No, por cierto, que nos sirviera de algo tal conocimiento del anecdotario literario a la hora de, digamos, pedir una pizza: entonces había que corromper el augusto linaje poético de la calle, merced al circunloquio “Tennyson: como los zapatos tenis pero con i griega, ese-o-ene al final”, harto prosaico pero mucho más eficaz).

Vivi en Tennyson – “a media cuadra del Hospital Español”, otra referencia práctica para los pizzeros– de mis dos años de edad a mis 23. Y después seguí acudiendo a tal domicilio con altísima frecuencia. Cuando quiero escribir Tennyson, el procesador de palabras -que cree saber más que yo… y acaso tenga razón- me corrige tal palabra y sustituye por ella el término “Tensión”. Algo hay de eso: muchas tensiones viví en Tennyson -ésas que pertenecen a los capítulos inconfesables de mi novela familiar- pero también muchas alegrías. Y muchas más tensiones y alegrías hay cifradas en la historia de la casa misma, que hubo de ver desfilar por su majestuosa escalinata al “Indio” Fernández y a Marga López (ambos amigos de mis abuelos: hay fotos que lo documentan) pero también a los electropoperos regiomontanos Kinky, a quienes invité a profanar la solera de la casa familiar en ocasión de una sesión fotográfica de portada para una revista que a la sazón editaba yo (la abuela, lejos de enojarse por el sacrilegio, les ofreció un catering impecable). La casa sobrevivió al temblor del 57 y al de 85, a cinco niños terremoto (mis tres tíos, mi madre y yo) y a algunos conflictos familiares de proporciones sísmicas.

Hace 15 días, la familia Vale Quintero-Castilla (y García y Díaz y Pons y Fernández y Hartman y Pacheco y González Avelar y, por lo que a mi toca, Alvarado y Cortés) abandonó en definitiva Tennyson, que fue vendida a una nueva familia, con una nueva historia (y, espero, con una vieja historia). Eunice y yo fuimos los últimos en visitar la casa antes de la entrega, con el propósito de llevarnos el bar del abuelo -un hermoso mueble de madera laqueada que oscila entre el funcionalismo y el capricho- a nuestro domicilio (Ensenada), donde ahora mora en homenaje a él. Huelga decir que ese domingo recordé a Lord Alfred. Y que hice eco de su triste canto: “Mil soles brillarán sobre tí, / mil lunas se estremecerán, / y por tus riberas, mis pies ya no andarán, / ya no, eternamente”.
26 Febrero 2010 04:49:35
Rescatada de Siberia
No hay valor más sobrestimado que la juventud. Cierto: es el momento en que la energía es mayor, en que el cuerpo responde mejor, en que la disposición anímica está más presta al descubrimiento y a la maravilla. También es cierto, sin embargo, que los jóvenes tienen pocas historias que contar y que esas historias suelen ser poco interesantes, ayunas todavía de amargura o sabiduría, a menudo de humor. (Pocas cosas hay más solemnes que un joven, todo ideales y proyectos, todo ganas fallidas y pomposas de transformar la realidad.) Desventaja adicional: un rostro joven -y particularmente un rostro joven femenino- bien puede ser hermoso pero rara vez es fascinante; privada todavía de pátina y de misterio, una jovencita puede ser bonita pero difícilmente será guapa. Y, salvo rarísimas excepciones, nunca alcanzará el estatuto de lo sublime, cuando menos en la acepción kantiana del término, ésa en que sublime sería la experiencia estética que entrevera a la belleza un atisbo de mortalidad.

Nacida en 1958 -es decir hace poco más de 50 años–, Cecilia Toussaint no es joven, lo que no le quita un ápice de poder seductor sino que, al revés, la transforma por fin en esa Viuda Negra, ardiente y sensual, cuyas irresistibles maldades cantara en tiempos en que se hacia llamar arpía pero acusaba los rasgos de un querubín. Es ahora, pues, una mujer no sólo hipnóticamente contradictoria -el porte hierático, los rasgos a un tiempo dulces e imperiosos, la voz cristalina y elegante constituyen un contraste felizmente incongruente con las rugosas canciones de que la ha venido dotando Jaime López a lo largo de ya casi tres décadas y con una presencia escénica que invita (no: conmina) al desmadre, incluso al aquelarre- sino una cuya faz y cuyas formas han terminado por alcanzar el talante literalmente hechicero de su temperamento y de su discurso.

No es, sin embargo, el campo en que ha venido desempeñándose -el del rock- uno bien dispuesto a lidiar con su seductora madurez: síntoma fundacional de un culto a la juventud que suma ya más años que la propia Cecilia, el rock desconfía a la fecha de todo mayor de 30 años, sobre todo si es mujer. Así, pese a su estatuto icónico de pródiga madre del rock femenino mexicano y de mito erótico para más de una generación, la escena musical contemporánea la había mantenido relegada en los últimos años, condenándola a desplegar la magia negra de su repertorio en locales marginales o a ampliarlo merced a discos editados de manera independiente y quijotesca o, peor, producidos y distribuidos por grandes disqueras pero sin presupuesto y sin entusiasmo. Dicho en mejores palabras -otra vez las de Jaime López-, hasta hace pocos meses la industria musical había acordado a Cecilia Toussaint un injusto trato de eslabón perdido que nació a mitad de siglo, de destino fronterizo.

No más. Primero porque uno de los escasos saldos positivos de unas conmemoraciones bicentenarias que cifradas bajo el signo de la vacuidad ha sido la iniciativa de la Comisión Bi100 de la Ciudad de México de reunir, bajo el pertinente mote de Corregidoras, a roqueras de distintas generaciones y ponerlas a cantar no sólo en los camiones (unos camiones hi-tech, hay que decirlo) sino en la mismísima Sala Nezahualcóyotl y, próximamente (al menos eso se rumora), en Madrid. El proyecto ha permitido a Cecilia no sólo reclamar su sitio inspiracional y aspiracional para dos generaciones de mujeres dedicadas a la música popular sino también disfrutar de la edición de una caja en la que, bajo el título de Lo esencial, Sony Music ha recopilado 70 de sus más granados tracks, y, mejor todavía, atiborrar -hace justo hoy una semana- el Teatro Metropolitan de fans negados en redondo a dejarla como prendedor.

Fue apoteósico. Cargada con marido (Alfonso André), hermanos (Eugenio, Enrique y Fernando), amigos (Saúl Hernández, Betsy Pecanins) y hasta hijos y sobrinos, Cecilia cantó, decantó, encantó. Ninguna presencia invitada en el escenario, sin embargo, resultó más importante que la de Jaime López, y no por haberle regalado casi todas sus grandes canciones ni por ser la única pluma literaria del rock nacional (es nuestro Leonard Cohen, nuestro Tom Waits, nuestro Gainsbourg) sino por haber sido siempre, desde su primer paso por la primera calle de la soledad, un viejo fascinante y cruel y lucidísimo. Fue, pues, la fiesta de la memoria, hito digno de celebración en un país que parece haberla perdido.



20 Febrero 2010 04:31:08
¿Payasadas?
Escuchado al vuelo dos días después de que Víctor Trujillo, en su personaje de Brozo, regresara a las lides informativas con El Mañanero, a través del novísimo canal FOROtv: “Un payaso puede ser muy chistoso. Pero no puede ser comentarista.”. Permítaseme disentir.

Comienzo por un recuerdo. Eran los últimos años 90 y visitaba por vez primera México Ute Lemper, la alemana célebre no sólo por su considerable belleza sino por su rescate del repertorio subversivo e hipercrítico y divertidísimo del Kabarett berlinés, fenómeno surgido en aquellos turbulentos años 20 de la República de Weimar, cuando la intelligentsia alemana encontrara en la música y el humor las más pertinentes avenidas para la crítica lúcida y ácida al caos político, económico y social en que se veía inmerso su país tras la Primera Guerra Mundial y ante la amenaza incipiente del nazismo. Bien dispuesta a la promoción de sus conciertos, Fraulein Lemper abandonó al alba su habitación de hotel, se trasladó hasta Televisa Chapultepec, asumió su espacio entre políticos rijosos para dejarse entrevistar por un payaso. Supongo que quedó sorprendida cuando el hombre de peluca verde la saludó in fließend Deutsch –Trujillo, en efecto, hubo de cursar la totalidad de su escolaridad en ese Colegio Alemán de prusianas exigencias académicas–; supongo que también le asombró saber que el noticiario para el cual era entrevistada era uno de los más vistos de la televisión mexicana. El caso y la cosa es que se mostró encantada: tras encaramarse en el regazo de Brozo, proclamó en cadena nacional que la idea misma de El Mañanero –un conductor de noticiarios caracterizado de payaso, escudado tras dicho disfraz para desplegar una lectura crítica e inteligente de la política– era una genialidad digna, justamente, de la Alemania de Weimar.

La formación de Trujillo, aducirán sus detractores, no es de periodista sino de actor. Les reviraré con los currícula de un par de compañeros suyos de Noticieros Televisa: Leopoldo Gómez es abogado –y antes de entrar a Televisa se desempeñó tanto en la academia como en la administración pública–, Denise Maerker politóloga y abogada –y, al igual que Gómez, proviene del ámbito académico. Los tres han de ser, pues, personas que hicieron carrera en otras esferas profesionales y que devinieron periodistas –y, sí, “comentaristas”, si es que eso es una definición profesional– sobre la marcha, al calor de las cámaras.

¿Que el universo originario de Trujillo resulta mucho más distante del periodismo que aquellos en los que se desarrollaron en un primer momento Gómez o Maerker? Cierto. Mayor será entonces su mérito.

Bien puede decirse que Charles Chaplin fue un payaso: un hombre que se maquillaba, usaba peluca y encarnaba un personaje cómico; ello, sin embargo, no le impidió –sino todo lo contrario– entregarnos, en Tiempos modernos y El gran dictador, dos de los análisis más pertinentes y complejos que se hayan hecho sobre su convulso tiempo. Y tanto Jon Stewart como Stephen Colbert son, como Trujillo, actores y comediantes; nadie, sin embargo, podrá negar que sus programas televisivos de parodia periodística y política –The Daily Show y The Colbert Report, respectivamente– tienen el pulso justo de lo que sucede en política estadounidense.

Víctor Trujillo es un actor, un comediante y un periodista. Brozo es un personaje de ficción y un conductor de noticiarios profesional. Y, es verdad, es un payaso… pero qué le va uno a hacer.
12 Febrero 2010 04:30:27
Ni Chanos ni Juanas
¿Defensor de la igualdad de oportunidades para las mujeres? A ultranza. ¿Convencido de planteamientos conducentes a la equidad de género? Convencidísimo. Puedo así presumir sin ambages de ser un hombre de avanzada en temas de género. Lo que es más, he sido subalterno de mujeres y jefe de mujeres —a las que he concedido largas licencias de maternidad sin dudarlo siquiera un segundo— y compañero de trabajo de mujeres; creo que todas podrán dar fe de que, en el trabajo, me comporto no sólo como un caballero sino —más importante en tal contexto— como un par. ¿Por qué expongo todas estas credenciales de mi pensamiento? Para amortiguar los efectos de la sorpresa, asaz desagradable, que estoy por propinar a muchos y (como quiere que diga la moda de la corrección política en el lenguaje) a muchas: soy un firme opositor a las políticas de acción afirmativa (o, como quiere ponerlo otra vez la terminología políticamente correcta, de “discriminación positiva”, oxímoron repulsivo).

Aclararé primero, para aquellos que tengan la fortuna de desconocer las perversiones a que las buenas conciencias progresistas han sometido a nuestra más bien indefensa lengua, qué se entiende por tales términos: el conjunto de políticas empresariales o, con mayor frecuencia, públicas que obligan a un determinado órgano a reclutar en sus filas un determinado número de elementos de un cierto grupo étnico, religioso o social o —en el caso que aquí me ocupa y que ha acaparado los titulares de periódicos y noticiarios en los últimos días— de un cierto género, tenido en teoría como “vulnerable”, “marginado” o “en desventaja” y necesitado de una cuota protectora para acceder a ciertas posiciones laborales y/o políticas.

No es que la idea me choque en principio: cuando, a punto de abordar un avión, entrego mi pasaporte a un empleado que lo examina desde una silla de ruedas, pienso que la práctica es buena, que más empresas e instituciones deberían aplicarla, que si no fuera por programas como el instituido por los operadores del aeropuerto —el reclutamiento de discapacitados para desempeñar tareas que no necesitan en modo alguno de la movilidad de las extremidades inferiores— resultaría muy difícil para alguien que padece una discapacidad encontrar trabajo digno. Cuando el tema pasa al género, sin embargo, establezco una diferencia mayúscula: quien ha perdido el uso de sus piernas, de sus brazos o de sus ojos sufre una discapacidad y, por tanto, necesita ser protegido y ayudado ya sólo por ser intrínseca e inexorablemente vulnerable; ser mujer, en cambio, no constituye, ni de lejos, una discapacidad.

Cierto: son varias todavía las esferas de la sociedad mexicana en que las mujeres no gozan de las mismas oportunidades que los hombres. Y, en efecto, es necesario poner remedio a ello. No creo, sin embargo, que la aplicación de cuotas de género en las candidaturas legislativas de los partidos políticos -cuotas que hoy figuran no sólo en sus estatutos sino en la legislación electoral misma- sirvan a ello, de lo que resulta emblemático el malhadado caso de las llamadas “diputadas Juanitas”. ¿Por qué rellenaron los partidos sus listas con nombres de mujeres que ostensiblemente no están capacitadas para legislar, personas cuya única cercanía con el trabajo político deriva de su relación con sus hermanos, maridos o jefes? Porque carecían de suficientes cuadros mujeres. Ergo la simulación, tan cara al corazón de nuestra clase política. Ergo un escenario en que la única alternativa a la violación oronda y leguleya al espíritu de una legislación vigente es la posibilidad de que accedan a una curul ciudadanas que acaso sean finísimas personas —lo que, por cierto, dudo: a fin de cuentas se prestaron a una suerte de fraude moral— pero que a todas luces carecen de los conocimientos para tomar decisiones de interés público.

En su espléndido libro de aforismos titulado 99, y publicado por Taller Ditoria, Luis Alberto Ayala Blanco sentencia que “la inferioridad femenina es algo en lo que creen únicamente las feministas” (y con ellas, añadiré, las políticas públicas de inspiración feminista, como ésta, tan condescendiente, tan irrespetuosa). En cuanto a mí, respeto tanto a las mujeres que no me importaría ser testigo de un Congreso constituido únicamente por diputadas… o completamente carente de ellas. (Preferiría, eso sí, que independientemente de su género, nuestros legisladores procuraran hacer un buen trabajo).



09 Enero 2010 04:53:59
¿Preguntas sin respuestas?
¿Era Esteban Arce la persona adecuada para asumir la conducción de un noticiario? ¿Incide sobre su pertinencia como conductor de un noticiario el hecho de que éste sea un híbrido de informativo y programa de revista, de información y de chacota? ¿Es Esteban Arce el conductor titular de dicho noticiario? ¿El hecho de que sea otro quien se ocupa de sus segmentos estrictamente noticiosos lo exime de asumir la responsabilidad de un titular?

¿Es distinta la función de un titular de la de un co-conductor? ¿Es distinto el nivel de responsabilidad de un conductor titular que el de un co-conductor? De ser así, ¿en qué estriba esa diferencia? ¿Puede decir lo mismo un conductor que un panelista? ¿Puede decir lo mismo un panelista invitado que un panelista fijo? ¿Qué habría pasado si hubiera sido Carlos Loret de Mola, y no Esteban Arce, el que hubiera hecho comentarios homofóbicos en su programa? ¿Y si hubiera sido Raúl Araiza o Ernesto Laguardia? ¿Y si hubiera sido, digamos, Paz Fernández Cueto o Jorge Serrano Limón, en tanto invitados ocasionales a un programa? ¿Y si Paz Fernández Cueto o Jorge Serrano Limón fueran panelistas fijos de un programa? Suponiendo que Paz Fernández Cueto o Jorge Serrano Limón hubieran asistido a un programa televisivo (lo que han hecho muchas veces) y hecho declaraciones homofóbicas en él (lo que han hecho muchas veces), ¿se habría suscitado la misma reacción? Y si, además de Paz Fernández Cueto o Jorge Serrano Limón, hubieran asistido a ese programa, digamos, Enoé Uranga o Marina Castañeda, y hubieran dicho también lo que podría esperarse que dijeran a propósito de la homosexualidad, ¿habría sido distinto el efecto? De haber sido así, ¿habrían sido menos reprensibles la declaraciones homofóbicas de quien fuera? ¿Se habría visto afectada de la misma manera la imagen de la empresa transmisora del noticiario en cuestión?

¿La irrestricta libertad de expresión debe ser la divisa de toda empresa de comunicación? ¿A quién debe otorgar esa libertad? ¿A los que trabajan para ella? ¿A los que no trabajan para ella? ¿A ambos? ¿A ninguno?¿Debe tener límites la libertad de expresión?¿Quién debe fijarlos? ¿La Ley? ¿La empresa? ¿Las instituciones? ¿Una en particular? ¿Es el respeto a los derechos humanos uno de los límites de la libertad de expresión? ¿Es la libertad de expresión un derecho humano? ¿Qué derecho humano es más importante? ¿El de cualquier persona a hacer de su vida, su cuerpo y su sexo un papalote? ¿O el de un comunicador a decir lo que le venga en gana? ¿Un comunicador puede darse el lujo de decir lo que le viene en gana? ¿Debe autocensurarse? ¿A partir de qué criterios? ¿De los propios? (Preguntas entre paréntesis: ¿tiene criterios Esteban Arce?, ¿tiene criterio?) ¿De los de la empresa para la que trabaja? ¿De los de la sociedad en que está inserto? ¿De los de la moral? ¿Qué es la moral? ¿Qué es lo moral? ¿Quién lo define? ¿La sociedad? ¿Es mensurable la opinión de la sociedad? ¿Es relevante la opinión de la sociedad? ¿Es siempre correcta la opinión de la sociedad? ¿Hay opiniones correctas? ¿Hay personas normales? ¿Existe la norma? ¿Existe alguien que no se aparte de ella? ¿Es normal ser homosexual? ¿Es normal ser homofóbico? ¿Es asunto de estadística? ¿O de ética? ¿Es tangible la ética? ¿O es una aspiración? (¿Será una aspiración que cultive Esteban Arce?) Termino con una pregunta que sin duda tiene respuesta. ¿Me gustaría ser amigo de Esteban Arce? No.
01 Enero 2010 04:33:06
Año nuevo, casa nueva
2010 no ha de ser el año de nuestra mudanza –ese será 2012– pero sí la fecha señalada para comenzar la despedida de nuestra casa. Las razones de tal dilación son, ante todo, financieras: deprimida la economía del mundo y del país; deprimida también –¡ay!– la nuestra.

Carentes de liquidez y embarcados como estamos con un crédito hipotecario –el que nos permitió hacernos de la casa que todavía llamo nuestra–, necesitábamos identificar un edificio que prevendiera sus apartamentos en un plan amable, a fin de poder ejecutar una operación rayana en el malabarismo financiero, única susceptible de permitirnos el cambio a un lugar más acorde a nuestras necesidades. Asegurar los nuevos departamentos (pronto explicaré por qué varios y no uno) merced a un pequeño préstamo familiar. Trabajar como condenados durante 24 meses a fin de poder pagar a lo largo de ese lapso no una sino dos mensualidades –la de la casa en que vivimos y la de los departamentos en que viviremos. Encontrar comprador para nuestra casa y, con parte de lo que pague, liquidar la hipoteca. Emplear el resto para sufragar el costo de los nuevos departamentos y vivir, por fin, tranquilos, en un sitio que se ajuste a nuestro peculiar estilo de vida. (Confieso que tan sólo consignar por escrito el proyecto me dejó agotado. Imagino ya con verdadero terror lo que supondrá ejecutarlo.)

He definido nuestro estilo de vida como peculiar. Lo es. Detallo por qué. Pareja sin hijos pero con perro. Ingrediente adicional: mi suegra, viuda desde hace tres años, vive con nosotros. (En orondo desafío al lugar común, nos llevamos de maravilla con ella.) Otro ingrediente: tanto mi mujer como yo trabajamos en casa. Otro más: ambos tenemos múltiples trabajos (cosa, otra vez, de la crisis). Ambos desarrollamos una actividad profesional solitaria: escribimos. Ambos, sin embargo, tenemos también una ocupación gregaria: ella es psicoanalista y recibe pacientes, yo produzco programas de televisión (a veces también los conduzco; insisto: la crisis) y, por tanto, necesito un sitio para celebrar juntas. ¡Ah! Mi trabajo, además, supone la colaboración de dos personas de tiempo completo. Que, claro, también necesitan un espacio –computadora, teléfono, escritorio para desplegar libros y papeles y lonchibones– donde desarrollar sus tareas.

Desde hace cinco años vivimos en una casa de principios de los 50, que, además de en nuestro hogar, se ha convertido en uno de nuestros más caros (caro de querido y caro de costoso) proyectos. Víctima de dueños previos cuyo gusto decorativo parecía fuertemente influido por el pabellón mexicano de EPCOT (si no es que por nuestro restaurante Focolare, feudo folclorizante frecuentado fundamentalmente por fuereños), su ligero pero certero art déco originario aparecía sepultado tras una plétora de aparejos quesque nacionalistas: loseta imitación barro en cada habitación, paredes recubiertas de tirol en todos los colores, si no del arcoiris, sí de los cuadros de Frida Kahlo. Hemos dedicado este lustro a la recuperación de su estética original y nos sentimos muy orgullosos de lo hecho. Lo digo sin pudor: nuestra casa es linda. Pero no fue concebida para vivienda multifamiliar, ni para gabinete psicoanalítico, ni para productora de tele. Por eso necesitamos mudarnos a dos apartamentos –uno para vivir, otro para trabajar– y procurar que mi suegra compre uno contiguo.

Los hemos encontrado ya, en uno de esos hipermodernos complejos habitacionales, multifamilares con ínfulas neoyorquinas. Tienen todo lo que necesitamos (cajones de estacionamiento, seguridad, áreas verdes para el retozo del perro) y todo lo que no (gimnasio, alberca, juegos infantiles, lounges y terrazas y salitas y salones). No tienen cuarto de servicio (dicta la contemporaneidad que la clase media no cuente ya con trabajadora doméstica “de planta”, lo que no sé si devuelva la autonomía a los burgueses y la dignidad a las proletarias o complique innecesariamente la vida de aquellos y prive de una fuente de trabajo a éstas; al tiempo). No tienen estilo (la aspiración oscila entre la Bauhaus y Richard Meier, la realidad entre el hotel de Ixtapa y el hospital de Santa Fe). Y no tienen historia. Pero son lo que conviene –y no hablo en términos de lo que está bien visto sino de lo meramente práctico– a una pareja semi próspera, semi ilustrada y ultra trabajadora de nuestros tiempos.

En un mes empieza la tercera temporada de Mad Men. Es mi consuelo.
18 Diciembre 2009 04:12:30
Un espejo (distorsionador)
“Creo ser el único hombre heterosexual en el mundo al que le gusta Madonna”, confesé, en un afán de singularidad. Nadie, sin embargo, como un inglés culto, gay y dedicado al teatro para encontrar réplica lapidaria a una observación fanfarrona (véase Wilde, Oscar). “Te equivocas”, me respondió el director de una de las compañías escénicas más prestigiadas del Reino Unido, entonces de visita en México. “También está Guy Ritchie”.

La mesa entera estalló en carcajadas, ya sólo porque el chiste, como todo buen chiste, entrañaba una verdad. Era 2004 y el director de cine británico vivía su cuarto año de aparente felicidad conyugal con la mujer más famosa del mundo. También era cierto, sin embargo, que él y yo –Guy desde la intimidad matrimonial, yo desde… la compra de discos y la lectura de revistas– constituíamos una minoría. Y es que cada vez que había preguntado a otro hombre –mi padre, amigos, compañeros de trabajo– si Madonna no le parecía la mujer más cachonda y estimulante de cuantas aparecen en el cine y la televisión, había recibido una invariable negativa, entre aterrorizada y asqueada, que creo poderme explicar con argumentos psicosociales.

En sus mejores tiempos –antes de la Cábala y la adopción hebdomadaria de niños africanos–, la de Madonna era una identidad sexual extraordinariamente poderosa –consciente, agresiva, artificiosa, desafiante–, tanto que bien podía resultar difícil incómoda para cualquier hombre atraído por los atributos convencionales de la feminidad (suavidad, pasividad, naturalidad, docilidad). Yo nunca he sido ese tipo de hombre –supongo que las figuras femeninas de mi infancia, una abuela y una madre tan bragadas como lúcidas y vistosas, me vacunaron contra ello– y, por lo que podía colegir, Mr. Ritchie tampoco lo era. Él, joven pero entusiasmado por los aparejos de una generación anterior, se casó con una mujer mayor que él en todos los sentidos: con más años de vida pero también con más experiencia, más carácter, más poder. Yo, un año antes que él, había hecho justo lo mismo. Su señora, pletórica de felicidad doméstica, decidió abjurar de su pasado escandaloso y abocarse a la búsqueda de la homeostasis física y espiritual –Cábala, yoga, pilates, comida macrobiótica–, que pronto impuso a su devoto marido. A mi señora, poco después de iniciada nuestra feliz relación, empezaron a dársele más o menos las mismas ideas –yoga y pilates, más consumo de medicamentos homeopáticos… eso sí, nada de Cábala: lo suyo, por suerte, es el psicoanálisis lacaniano– pero, asaz más inteligente o acaso más amorosa (acaso sea lo mismo), nada me impuso, apenas si se propuso seducirme hacia su modo de ver las cosas. Así, yo sigo fumando y bebiendo, como grasa y harinas refinadas, me resisto al ejercicio, traqueteo, en suma, mi salud tanto como puedo, y ella no sólo me deja hacer, sino que a veces se me suma; cierto es que, en momentos de arrebato amoroso, he accedido a tomar un par de clases de yoga o a hacer régimen y que ella, complacida y conmovida, lo ha festejado. Nunca, sin embargo, lo ha asumido mi obligación conyugal; apenas mi prerrogativa. Lástima que Mr. Ritchie no corriera con la misma suerte: todos lo vimos perseguido por sus hábitos de fumador, privado de su caro kidney pie y de su socorrida cerveza, arrastrado a las prácticas cabalísticas mientras ponía cara de estoica buena voluntad. La renovada inmaterialidad de la ex material girl tensó la cuerda demasiado: su matrimonio terminó, el año pasado, en cruel divorcio y ahora Madonna ha perdido al penúltimo fan heterosexual que le quedaba. (Le quedo yo pero, qué remedio, ya estoy aparejado a mejor mujer.)

Todo esto me viene a la cabeza porque hace un par de días conocí en persona a Guy Ritchie, por motivos que pronto quedaran claros a los lectores de EL UNIVERSAL. Y, aunque nuestro encuentro fue breve, hubo una curiosa conexión entre nosotros. No sólo hablamos muy a gusto de cine (del suyo, claro: a eso íbamos ambos) sino que, no bien verme, reparó en que tenemos un estilo vestimentario similar, en que llevamos el mismo corte de pelo, cosas que se dicen dos extraños cuando perciben (creo) una inexplicable y súbita afinidad.

Tiene más razón de la que se imagina, aun si él es mucho más próspero, mucho mejor parecido, mucho más conocido, mucho más exitoso en lo profesional que yo. Yo, sin embargo, salí ganón.

Así es la suerte, así el amor.
12 Diciembre 2009 04:39:38
¿Malas palabras?
¡Pero que chingona es la pinche Katia d’Artigues! ¡No mames! ¡Me cae de madres que esa vieja está cabrona! ¡Es una reata! ¡Qué güevotes! ¡Qué inteligente!

O, dicho de otro modo: ¡Cuán maravillosa me parece la entrañable Katia d’Artigues! ¡Me mesmeriza! ¡Innegable resulta que la dama es digna de asombro! ¡Merece toda mi admiración! ¡Su valentía clama ser loada! ¡Qué inteligente!

O, dicho de otro modo: Katia d’Artigues me parece admirable. ¡Caray! Debo reconocer que es una mujer a la que respeto muchísimo. Es admirable. ¡Qué valiente! ¡Qué inteligente!

La devoción que profeso a mi compañera de EL UNIVERSAL data de tiempo ha. En este caso, sin embargo, el panegírico que le dispenso se refiere a una frase específica, incluida en su columna del pasado miércoles. En uno de sus apartados, Katia comenzaba por referir un hecho francamente descorazonador: la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía de la Secretaría de Gobernación había girado un oficio a la estación radiofónica XHUG-FM, con sede en Guadalajara, Jalisco, haciéndole un extrañamiento por la transmisión de “contenidos que constituyen corrupción de lenguaje mediante el uso de palabras procaces” en el programa La Chora Interminable, conducido por los conocidos caricaturistas tapatíos Jis y Trino. A partir de ello, pues, la sentencia lapidaria y sensatísima de una Katia que, enfrentada a la noción de que puedan existir “malas” palabras, asesta un golpe mortal a tal idea: “en realidad son malas según quién las escuche, la verdad”.

Diré más: también lo son según la intención de quien las diga. Y a guisa de ejemplo ofrezco los primeros párrafos de esta columna, en los que he expresado las mismas ideas y sentimientos bajo tres registros verbales diferentes: uno llano y cotidiano, otro de una presunta elegancia más bien cursi y un tercero que sin duda resultaría procaz a los castos oídos de los funcionarios de RTC. Si así lo he hecho ha sido para mostrar que es posible decir exactamente lo mismo en términos cotidianos o cultos o vulgares y que, si bien la elección de unos u otros incide sobre el tono y el énfasis, el sentido permanece inalterado.

Jis y Trino usaron al aire las palabras “pinche”, “mamón” y “puñeta”. Podría recurrir al subterfugio de decir que pinche es un auxiliar de cocina (es a partir de la presunta bajeza de tal oficio que se construye el significado popular), que mamón, en Venezuela, es una fruta y que el diccionario consigna como primera acepción de la palabra puñeta el adorno de encaje que las togas de los magistrados llevan en la manga. Sé bien, sin embargo, que no eran ésos los significados que buscaban darles los conductores: “pinche”, en la frase “Échate una rola, pinche John” buscaba fungir como vocativo cariñoso, igual que la expresión “No sea mamón”, pronunciada en idéntico contexto, pretendía hacer las veces de exhorto entusiasta, si bien confianzudo. Y, cierto, cuando Trino dijo “puñeta” pretendía hacerlo en tanto sinónimo popular de masturbación, si bien no está de más recordar, junto con Woody Allen, que tal práctica no constituye, a fin de cuentas, sino un encuentro sexual con una persona a la que uno ama.

Dicho de otro modo (enfático): no hay malas ni buenas palabras (aún si algunas, como “mofle”, me parecen fonéticamente horribles). Hay palabras que, todas, sirven para expresar ideas encomiables o deleznables o inocuas y que –permitáseme decirlo– ya sólo por su poder expresivo son, siempre, bien chingonas.
28 Noviembre 2009 04:50:45
Por un puñado de dólares
El 30 de julio de 2007 sería el primero de muchos lunes en que me levantara antes del amanecer. A partir desde ese día había de ocuparme de la sección de cultura de un informativo televisivo matutino, por lo que debía dedicar unos minutos a navegar por internet en caso de que alguna información relevante en ese campo se hubiera producido mientras dormía.

Egocéntrico e imbécil que soy, me parecía inconcebible que el destino me deparara una noticia de última hora para mi primer día de trabajo. Sin embargo, sabía que debía iniciar mi práctica diaria de consultar los tres sitios web que había elegido –y que sigo utilizando– para enterarme de cualquier eventualidad. En el diario online, nada. En el portal informativo, nada. Consulté entonces el tercero –el único no estrictamente noticioso–, cuya visita cotidiana me había programado nomás por no dejar. “Deaths in July 2007” rezaba el ominoso encabezado. Ahí, en terribles letras azules sobre fondo blanco, era posible leer "Ingmar Bergman, 89, Swedish stage and film director”. Primero me sorprendí, después me entristecí, terminé por congratularme por mi neurótica previsión. Un segundo después, dudé. ¿Era confiable tal información? Encontré la información consignada en los sitios web de un par de periódicos suecos, en cuyas páginas de inicio figuraban yuxtapuestas las palabras “Bergman” y “död”.

Esa mañana le ganamos la nota, sino a todo el mundo, sí a todo México. Diez minutos más tarde, aparecía ya en medios del orbe entero. Después de felicitarme –imagíneme el lector culpígenamente orondo–, Loret me hizo la pregunta obligada: “¿Cómo te enteraste antes que todo mundo?”.

“Por Wikipedia”, le respondí.

* * *

Wikipedia, la autodenominada enciclopedia libre que cualquiera puede consultar o –lo más importante– redactar y modificar en internet, es una maravilla. Y no sólo porque parece actualizarse con mayor rapidez que los sitios noticiosos ni porque es gratis y no lucrativa sino porque es útil y confiable (casi tanto como la Encyclopaedia Britannica, de acuerdo a un estudio realizado por la revista científica Nature). No sustituye, desde luego, la investigación bibliográfica o hemerográfica, no puede competir con el trabajo disciplinado o especializado del académico, del reportero… o del alumno. (“Todo mundo usa Wikipedia pero es de una vulgaridad insoportable consignarlo en la bibliografía”, espeté un día a la mejor de mis alumnas de Literatura. Espero me agradezca el consejo.) Para lo que sirve es para lo que sirve cualquier enciclopedia –como fuente referencial más o menos superficial, como herramienta de consulta rápida y eficaz– sólo que, además, crece a una tasa desmesurada y a una velocidad pasmosa.

El modelo financiero de Wikipedia es asombrosamente sensato: sólo 35 personas trabajan en su operación. Sin embargo, aunque nosotros no la paguemos, cuesta. Es por ello que los usuarios frecuentes del quinto sitio más visitado en el mundo vemos ahora en todas sus páginas un aviso que solicita donaciones para el proyecto, que pueden ir desde un dólar hasta 6.1 millones (los necesarios para alcanzar la meta de 7 millones y medio). Mi economía personal no está en su mejor momento –lo que no me hace en modo alguno excepcional, por desgracia– pero justo antes de teclear esta frase acabo de autorizar a la Wikimedia Foundation el cargo de 35 dólares a mi tarjeta de crédito.

Ha sido la mejor inversión de mi vida (y acaso, lector, de la tuya también.)
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04 Julio 2009 03:10:27
Voto en gris
En efecto, votar en blanco nunca me pareció una opción. No que no lo considere justificado y justificable: me siento tan poco representado por cualquiera de los partidos como el que menos y, además, ninguno de ellos se me antoja una opción viable de gobierno ni se me figura siquiera remotamente preocupado por devenirlo.

El asunto, entonces, habrá de responder a un principio irrenunciable: la idea de que los esquemas clientelares constituyen lo más pernicioso de nuestro sistema político. Así, este domingo bajaré a votar —si digo “bajaré” y no “iré” es porque el patio de mi casa, que es particular pero tiene conciencia cívica, habrá de albergar una casilla— sólo por contribuir con lo mío a evitar que ésta sea una elección en que triunfen los bejaranos y los basureitors: una, pues, que se defina en una guerra de aparatos.

Sé ya cómo he de ejercer dos de mis tres sufragios. Para diputados federales y locales daré un voto convencido, aunque no orgulloso, al PSD, partido que me hace recordar una cita de La dama de las camelias de Dumas junior (ni modo: así de melodramático me pone nuestra política): “Es demasiado pero no es suficiente”. En efecto, hay propuestas del PSD que me parecen demasiado… es decir, demasiado buenas para ser ciertas. Legalización de las drogas para combatir al narcotráfico: de acuerdo. Despenalización del aborto: de acuerdo. Derechos de las minorías: de acuerdo. Demasiado, pues, en un país cuyos partidos tradicionalmente progresistas se han revelado siempre más tradicionales que progresistas, pero insuficiente para quienes aspiramos a que un partido equivalga a un proyecto de nación. Me pronunciaré, pues, por algunos puntos de una agenda y no por un proyecto (y es que no hay tal).

Lo del jefe delegacional está más complicado. Dado que ese voto no cuenta para el Congreso, no lo desperdiciaré en un partido sin posibilidad de triunfo. Restan PAN, PRI y PRD. En mi delegación, el aspirante perredista es un graduado de las sombrías Brigadas del Sol de Bejarano: descartado; del priísta poco sé, a no ser por su fama de mitotero y por esos espectaculares en que se deja fotografiar con cara de iluminado, en una estética redolente del más puro realismo socialista: otro descarte. Me queda el PAN, partido con el que nunca he coincidido, pero que, en tan desolador contexto, será mi pioresnada.

No votaré, pues, en blanco sino en gris. En el gris de lo triste, de lo desvaído, de lo indiferente. Y, sobre todo, de lo mediocre.

Escritor
19 Junio 2009 03:50:35
Yo sí discrimino
Me acusaron de misógino, de moralino, de intolerante, de prejuicioso. Y no me importó. Perseveré en el sarcasmo, es decir en el ataque.

Desesperado, llegué incluso a esgrimir el argumento mercadológico, que a decir verdad me importaba mucho menos que el moral pero que juzgué, por un momento, más eficaz: “A lo mejor la chica es un genio de la política”, argumenté, “o tiene una sensibilidad justiciera a la altura de Gandhi, aun pese a lo que las apariencias a todas luces indican. El problema es que, para el segmento del electorado que podría votar por ustedes, resulta repelente. A L., que fue quien puso el tema en la mesa, le repele. A A., que tomó la palabra después, le repele. Y conmigo ya somos tres. ¿De verdad les resulta rentable asociar su imagen con semejante engendro?”

El contexto, en efecto, era una conversación con dirigentes de un partido político. La convocatoria era a escritores, a los que se nos invitaba a cenar para conocer nuestras preocupaciones y propuestas en materia cultural. Muy amables. Y, por si fuera poco, muy cercana su agenda partidista a varios temas que me interesan de manera particular y respecto a los cuales han alcanzado logros legislativos notables. Por eso acudí. Y porque la idea de que un partido se ocupe de recabar opiniones de la comunidad literaria a fin de integrar una propuesta legislativa en materia de cultura me parece increíble de tan feliz.

Se habló de muchas cosas, acaso todas previsibles pero la mayoría de ella urgentes. De la preocupante vaguedad del diseño institucional de Conaculta. De los sindicatos del INBA y del INAH y de su capacidad infinita (y sobre todo, ilimitada) para absorber recursos que buena falta harían para la producción cultural. De la necesidad de incentivos fiscales para fomentar no sólo la participación de las grandes empresas en cultura sino también la proliferación de microempresas culturales eventualmente autosustentables. Bordábamos ya la grilla literaria —alguien pronunció en la misma frase las palabras Aguascalientes y Sicilia y, no, aunque el tema fueran las mafias, no se refería precisamente a la Camorra— y, con ella, la anticipación de la despedida, cuando L., oportuna, aprovechó su última intervención para proferir un reclamo: ¿por qué en algunos espectaculares del partido había aparecido la imagen de cierta figuranta televisiva, conocida no por sus habilidades actorales, musicales, dancísticas o periodísticas sino por su participación remota —¿o quiso decir re mota?— en un reality show particularmente insulso?, ¿y por qué el partido había coqueteado con la posibilidad de postular a dicho personaje para una diputación federal? Afortunado, sin duda, que hubieran renunciado a tiempo a semejante posibilidad pero ¿cómo pudo habérseles ocurrido?

Los dirigentes tan decentes (no hay aquí ironía: en verdad me lo parecen) adujeron que la interfecta se había enfrentado al estatuto de madre soltera en una ciudad hiperconservadora y que se había acercado al partido, en tanto mera ciudadana, a fin sumarse a sus esfuerzos progresistas. En una de ésas hasta decían la verdad. Una candidata del partido (una mujer respetada y respetable pero además, como se verá, hábil) me acusó de elitismo, sexismo y gazmoñería: que si la rechazaba yo porque se dedicaba a la farándula y porque se dejaba fotografiar desnuda, que si ellos le habían permitido el ingreso porque, al fin y al cabo, una de sus principales banderas es la no discriminación.

Aquella noche estaba yo ya demasiado cansado para rebatirle pero hoy, con las ideas más claras, me lo permito. Si Madonna, farandulera y proclive al encuere como es, fuera mexicana, nada me parecería más pertinente que candidatearla a una curul: primer argumento refutado. Y, claro, me parece perfecto que católicos, judíos, musulmanes, ateos, hombres, mujeres, heterosexuales, homosexuales, bisexuales, transexuales, indígenas, mestizos, blancos, negros, discapacitados y superdotados nos representen en el Congreso: segundo argumento desmontado. Hay una discriminación, sin embargo, que no sólo me permito sino cuya bandera enarbolo orondo: contra quienes nada piensan y nada dicen y nada representan, contra quienes sólo ven en la política una ventana de exposición y lucran con la desesperación electoral de los partidos. Así, recuerdo la consigna de la Francia ocupada de Vichy: “¡Muerte a los pendejos!”. Y, como a De Gaulle, ante ella no puede ocurrírseme más deseable programa.
13 Junio 2009 03:23:29
Amigos de verdad
Aurora Cano es vocalista de la banda de rock Aurora y la Academia. Y, además, es una muy querida amiga mía. Resulta que, tras una exitosa carrera en la música, Aurora se alejó del rock para regresar a su primera vocación, el teatro, y es apenas ahora que está por lanzar su tercer disco. Como somos amigos, estoy enterado de que hace poco grabó el video de su nuevo sencillo, “Me voy a levantar”; lo que no sabía, en cambio, es que dicho video ya está disponible en internet y que le ha granjeado una plétora de comentarios favorables.

—¿Y por qué no nos avisaste que ya estaba en YouTube? —le reclamé, en mi nombre y en el de mi mujer, que también es su amiga.

—Es que ustedes nunca se enteran de nada, querido. Con eso de que no están en Facebook…

Y no: ni Eunice ni yo soportamos siquiera la idea de publicar nuestro perfil en ese o en otros sitios web de redes sociales. En su caso, la cosa se antoja comprensible: es tecnófoba militante (posee, por ejemplo, un iPod pero se lo alimento yo). Lo mío es distinto: soy el technogeek por antonomasia. Soy dueño de una Mac y una PC (por lo que pudiera ofrecerse). Manejo toda suerte de software, de Excel a ProTools. Domino el FTP. Tengo una Treo y un iPhone y los mantengo en constante sincronización. Y sueño con el día en que logre remontar la cuesta de enero (de enero de 2008, en mi caso) para poder comprarme una AppleTV. La tecnología, pues, no sólo me es útil sino que me divierte. ¿Por qué entonces mi reticencia al social networking? Muy sencillo: mi razón es moral.

Tengo muchos amigos: una veintena a quienes profeso afecto enorme e incondicional y una centena con quienes cultivo una intensa simpatía mutua. Amigo también de la lectura de Pierre Bourdieu, sé bien que mis amistades constituyen no sólo un privilegio emocional sino un capital social, es decir un recurso laboral (y, en efecto, son muchos los amigos que me han brindado ayuda profesional). Sin embargo, quiero creer que esas relaciones se basan, primero, en el cariño y en el deseo de verse y disfrutarse. Puesto de otro modo, me gusta convidar a mis amigos una cerveza y no una cerveza virtual.

Facebook enarbola como razón de ser la amistad: uno está ahí para compartir información con sus amigos. La cosa, sin embargo, es que obliga a redefinir el concepto de amistad de una forma que me resulta no sólo frívola y promiscua sino utilitaria. Imaginemos que yo tuviera (¡horror!) un Facebook. Y que recibiera un friend request de M, la niña de quien me encapriché en tiempos de maternal. ¿Lo acepta ría? No. Porque la recuerdo con cariño (aunque nunca me hizo caso)… pero definitivamente no es mi amiga (y es que hace 22 años que no la veo). Si me la topara en una cena y trabáramos conversación y nos descubriéramos de pronto simpáticos, quizás podríamos ser amigos. Pero hacerla mi amiga de Facebook equivaldría a convertirla en depositaria involuntaria de mis peroratas neuróticas o de mis boletines de autopromoción y en someterme a idéntico destino con respecto a ella. Nomás no se me antoja.

¿Social networking, dicen? Ahora caigo en cuenta: networking es el término, acuñado en los 80, que se usaba para referirse a la celebración, entonces en boga, de fiestas destinadas a que los yuppies se conocieran, no con el fin de hacer nuevos amigos sino nuevos clientes y contactos; rostros, pues —faces— sin historia y sin más significado que la conveniencia y la usura. Gracias: yo prefiero tener amigos de verdad.
05 Junio 2009 03:27:22
Díscolos discos
Emergencia: he de hacer un comentario radiofónico sobre Rigoletto, en anticipación de su montaje a cargo de la Compañía Nacional de Ópera y he aquí que mi grabación —una edición de Deutsche Gramophon con la Filarmónica de Viena dirigida por Carlo Maria Giulini, Piero Cappucilli como Rigoletto y Plácido Domingo como el Duque— parece haberse esfumado de mi discoteca personal. Horror. Y no me porque me guste Verdi —la mera verdad detesto el verismo— sino porque me quedan apenas unas horas para hacer llegar el disco a la cabina de transmisión, a fin de que mi participación quede adecuadamente musicalizada. Por si fuera poco, me espera una mañana fragorosa. Así, mi única posibilidad es una parada veloz entre cita y cita en la Sala Chopin de la colonia Roma, a fin de comprar el disco y despacharlo ipso facto con un mensajero. Allí voy. Conozco bien la Sala, pues es a ella a donde solía conducirme mi familia cada semana hace una treintena de años, cuando surgiera mi inexplicable afición infantil por el bel canto.

Conozco, sí, pero no reconozco. Y no sólo por la fachada ahora de transparente cristal sino porque, si bien las puertas están abiertas, las luces permanecen apagadas y las escaleras eléctricas en paro. La planta baja aparece sembrada de pianos y órganos y puedo atisbar otros instrumentos musicales junto a los barandales de los pisos superiores; lo que no logro divisar es la sección de discos, aquella otrora poblada de LP en la que comprara mi primera Carmen (con Maria Callas y la Orquesta de la Ópera de París) y mi primer Tannhäuser (otra vez Plácido Domingo, ahora con la Ópera de Covent Garden). Deben de haberla movido de sitio, infiero. Y contra mis instintos de macho autárquico, pregunto al dependiente: “Disculpe, ¿dónde están ahora los discos?”. Respuesta funérea: “¡Uy, no, joven! Aquí ya no trabajamos discos”.

Agradezco enfurruñado y salgo furioso. Sigo sin resolver mi problema práctico e inmediatísimo: necesito con urgencia un Rigoletto. Así, me precipito a Plaza Insurgentes, apenas a unas cuadras, donde me espera una sucursal de Mixup. Corro hacia la sección de música clásica y rebusco en las estanterías: más DVD que CD y ningún letrero visible con la etiqueta Ópera. Derrotada nuevamente mi infalibilidad, pregunto. El dependiente me conduce a un anaquel pequeñito, una de cuyas secciones contiene un repertorio operístico más limitado que el de mi propia casa. Hay un Rigoletto, sí —y por cierto uno espléndido, con mi favorito, Dietrich Fischer-Diskau, en el papel del Duque— pero muy poco más. Verdi, Puccini y Wagner, sí. ¿Dónde, sin embargo, la Lulu de Alban Berg que compré justo en un Mixup hace no tantos años? ¿Dónde La verbena de la paloma? (La zarzuela, confieso, es una de mis perversiones.)

Mi primera tienda de discos llevaba por incongruente nombre Disco Inn Jusé. (Mi abuela la llamaba Josué y, aunque entonces me irritaba su pifia, hoy reconozco que habría sido un nombre marginalmente menos ridículo). En ella mi madre me introdujo a sus gustos musicales —Donna Summer, Serge Gainsbourg, Lalo Schifrin—, que hoy a la fecha comparto. Después vino Zorba, donde compré mi primer The Cure, mi primer Bauhaus, mi primer Art of Noise. De viaje, buscaba siempre visitar una tienda de discos: HMV en Londres, Tower en Los Ángeles, Sam Goody en Houston. Más tarde todavía llegó la era de las Virgin Megastores, cornucopia de tentaciones discográficas en París, en San Francisco, en Barcelona y, sobre todo, en la apoteósica sucursal de Nueva York.

Hoy que tanto lamento la inexorable extinción de la idea de un comercio físico dedicado a vender música —cosas del iPod y la piratería e internet—, constato que Sam Goody ya no existe, que Virgin ha cerrado operaciones en casi todo el mundo, que Tower no sobrevive sino en unos pocos países, entre ellos México (donde no es sino un Mixup disfrazado, puesto que ambas pertenecen a Grupo Carso). Entonces celebro, por una vez, vivir en un país tecnológicamente subdesarrollado. Y es que, sí, Mixup es cada vez más una tienda de películas y, sí, los dependientes de Tower no han oído jamás hablar de Janis Joplin (lo juro) pero, cuando menos, nos quedan unos cuantos años de poder ir a comprar discos, de vivir en un mundo en que un par de billetes de cien pesos pueden ser trocados por un objeto que emite sonidos conmovedores.

(Huelga decir que, ya sólo con este texto, asumo mi condición de reliquia del siglo XX.)
30 Mayo 2009 03:28:10
Baño de realidad
Confirmado: llegado junio, el programa televisivo de Mariano Osorio habrá de conocer su emisión final. Malas noticias para sus seguidoras: las que han hecho de él el locutor más exitoso de la radio mexicana, las que han comprado sus libros y discos de parábolas motivacionales, las que, con su fidelidad, le permitieron llegar a la televisión hace escasos cinco meses.

Se recuperarán las devotas marianas: seguirán teniéndolo cada mañana en la sintonía de Stereo Joya, dispuesto a acompañar sus quehaceres domésticos o su jornada laboral con una canción de Laura Pausini y unas palabras de aliento, pronunciadas con voz de terciopelo y buena voluntad. Las peores noticias, entonces, habrán de ser para la televisión misma. Y es que la serie que iniciara sus transmisiones bajo el título de Mariano en tu vida y hoy es simplemente Mariano resulta sintomática de lo que hay de intrínsecamente fallido en nuestra comprensión del
lenguaje televisivo.

Conozco a Mariano Osorio años ha: un día fuimos compañeros de trabajo y amigos. Hoy ya no lo somos (la historia es larga aunque banal) pero queda de aquella amistad un afecto mutuo y certero y suficiente memoria emocional para poder hacerme una buena idea de quién es Mariano y compartirla aquí. Es un buen tipo. Es muy trabajador. Es —cosa que sorprenderá tanto a sus fans como a sus detractores— bastante divertido, dueño de un humor subversivo y socarrón. Es inteligente. Es sensiblero pero —¡sorpresa!— también sensible. No es culto pero sí informado y curioso. Es empático. Y es creativo.

Muy pocos de esos atributos resultan evidentes a su auditorio radiofónico. Y no hay en ello falla o accidente sino un producto mediático bien diseñado. El Mariano de la radio es un personaje estereotípico y, por tanto, unidimensional (es La Voz que Inspira) y bien está que así sea, puesto que se ajusta a un medio por definición unidimensional: de ahí su éxito radiofónico pero, también, su fracaso televisivo.

El modelo mediático de la carrera de Mariano Osorio parece ser Oprah Winfrey. Y, de hecho, el primer avatar de su programa de tele acusaba tal influencia: como Oprah, hacía realidad el sueño de un televidente, hablaba no de escándalos sino de buenas acciones, dispensaba, generoso, consejos de autoayuda. Fracaso. ¿Qué tal entonces un Mariano entrevistador intimista, calcado de esa otra faceta de Oprah? Nuevo fracaso. ¿Por qué? Porque, más allá de los formatos, donde Oprah aparece multidimensional y, por tanto, real —es innegablemente espontánea… o, cuando menos, lo parece—, Mariano persiste en su personaje radiofónico, poco complejo y por tanto poco creíble: no sólo artificial —toda figura televisiva es una construcción— sino artificioso.

Los problemas más evidentes —la dirección de cámaras torpe y ostentosa, los sketches ramplones, las dramatizaciones chabacanas— fueron corregidos pronto. Quedó entonces el principal: Mariano mismo, tan ostensiblemente poco Mariano aquí. Tan sujeto a una escaleta no sólo inflexible sino ajena. Tan incómodo con las corbatas rojas que jamás usaría y los anteojos que no lleva. Y, sobre todo, tan atrapado en la lectura de un texto en TelePrompter que, no por ser de su autoría, resulta menos distante, si no de lo que piensa y siente, cuando menos de cómo lo expresaría.

Es momento, pues, de un baño de realidad: no sólo para Mariano sino para la televisión toda, que puede darse el lujo de ser ajena a la verdad, pero no a la verosimilitud.
22 Mayo 2009 03:30:02
Espíritu de contradicción
Noël Coward, que tenía un bon mot para cada ocasión, decía que la televisión no había sido inventada para ser vista, sino para salir en ella. Por desgracia, le hice caso. O, peor, alguien le hizo caso por mí y para mí.

Joven, mi perfil profesional era algo ecléctico pero sin duda apacible: un productor y locutor de radio que además escribía y que soñaba con convertirse algún día en un escritor que además produjera radio y hablara en ella.

Y así seguiría hoy, nomás soñando y en el anonimato feliz, si no fuera porque un buen día (es un decir) a dos queridos amigos -Enrique Strauss, entonces director de Canal 22, y Pablo Boullosa, entonces y ahora encantador e inteligente anfitrión de programas del mismo canal- se les metió en la cabeza la extravagante idea de que yo podía tener un futuro como figura de la televisión.

Así, me invitaron a participar en un dichoso programa hecho de dichosas palabras y todo fue dicha y verborrea hasta que el programa tuvo a bien alcanzar un éxito relativo.

Llegó la mañana de domingo en que una señora me detuvo en el súper: "Usted es el de La divina palabra, ¿verdad?". Ignoro si la emoción de ver en vivo a alguien de la tele la había llevado a alterar sin querer el nombre de la serie o si más bien me confundió con algún telepredicador, avatar electrónico del divino verbo encarnado (o, dada mi silueta, francamente entrado en carnes): el caso y la cosa es que preferí no sacarla de su error nominal, asentir con falsa modestia, tomarme la foto, firmarle el autógrafo y decirle chauchau.

A decir verdad, lo disfruté. Enormemente. De súbito me encontraba ante el cumplimiento del sueño que nunca había sabido que soñaba: ser famoso. El gusto hubo de durarme poco. (De hecho, pronto se reveló inversamente proporcional al tamaño de mi fama.)


No, lector: no deliro. Sé bien que famoso, lo que se dice (y se siente y se irradia) famoso, no soy y no he de ser. (El veinte me cayó durante un intermedio teatral en que, sentado en la butaca adyacente a la de mi muy famosa y legendaria tía -la angelical Angélica María, eterna novia de la juventud-, fui testigo de cómo firmaba decenas de autógrafos, escuchaba candorosa los usted-es-la-única-novia-que-le-permito-a-mi-marido y posaba para la fotofoto pese a saber materialmente imposible que el ángulo la favoreciera, todo sin dejar de sonreír esa sonrisa querúbica que ha conquistado países y generaciones.)

Soy, pues, famosillo. Famosillo como nos hacemos los escritores que de golpe (de suerte) y porrazo (de porra) la pegamos en la tele. Y, claro, es bonito (los famosillos usamos mucho el adjetivo "bonito") y entrañable y digno de agradecimiento y de humildad (los famosillos siempre nos decimos humildes; los famosos en verdad lo son) pero, con enorme frecuencia, también una chinga.
Ejemplo: tienda departamental, sábado, mi mujer y yo entregados a tamaños besotes a la sombra de un maniquí cómplice, a punto de emprender el regreso frenético a casa para abjurar de todo pudor; de pronto, un índice me toca el hombro con perforante insistencia. "¿Usté es el de la tele, verdá?" Asentimiento crispado por el faje interruptus. "El de la palabra, ¿verdá?".

Nuevo asentimiento, equidistante de la irritación y la frustración. "¡Ah, bueno! ‘Tons me va a poder ayudar: cuénteme a quién se le ocurrió la tabla periódica de los elementos". (Ni modo de cortarlo por elemento gacho; lo que sí se me cortó fue la inspiración.)

Otro ejemplo: sala de espera de la unidad de urgencias de un hospital, mi padre dentro al borde de la angioplastía, mi madre contrita y tomada de su mano, yo multiplicándome para avisar a la familia, llenar los formularios de ingreso y calmar mi angustia; se acerca el policía: "Usté como que se me hace conocido... Sale en la tele, ¿verdá?... En el programa éste, ¿verdá?... Pero, ¿cómo se llama?". Sonrisa hostil: "Nicolás Alvarado, para servirle". "¡Ah...! ¿Y usté de qué habla o qué? De chismes, ¿verdá?". Pasados unos segundos, decidí que me salía más barato aclararle que no soy René Franco que seguir padeciendo su perorata.

Creen, pues, fama si les place. Ya les llegará la hora de echarse a correr.
16 Mayo 2009 03:31:46
De hombre a hombre
Cuando se me pregunta cuáles son mis influencias como escritor, suelo enumerar los apellidos de Nabokov, Cabrera Infante, Puig, Wilde, Fitzgerald y Baudelaire. Cierto pero parcial. Y es que no podría explicar lo que escribo y cómo lo escribo sin agradecer la lectura mensual de las revistas masculinas estadounidenses Esquire y GQ.

Si las omito no es por pudor —la calidad periodística, literaria y editorial de ambas es harto elevada— sino porque mi interés inicial por ellas hubo de derivar no de la vocación por la escritura sino de otra afición vivísima pero acaso menos respetada en mi mundo: la ropa. Y, en efecto, ambas dedican buena parte de sus contenidos a cuestiones vestimentarias, pero también a la política, los temas sociales (que no de sociales), las artes, la tecnología, la ciencia y el deporte, que ocupan un lugar central en sus relatos editoriales.

Horas de juventud dediqué a fantasear que hubiera ediciones locales de ambas, ya sólo para imaginarlas más cercanas. Resulta que el sueño se me ha cumplido —hoy hay GQ y Esquire mexicanas— y que, una vez cristalizado, mi percepción es claramente distinta en uno y otro casos.

El editor que adapta un título extranjero enfrenta un reto mayúsculo: conservar el espíritu del original, pero generar en el lector mayor identificación. La tarea se torna aún más difícil cuando otras ediciones de la misma publicación se distribuyen en el país, pues la revista ha de tener en su símil gringo, británico y/o español su competencia más feroz —así con estas dos—, sobre todo cuando, como en estos casos, el público objetivo es próspero, lo que intensifica la probabilidad de que lea inglés y prefiera la contraparte extranjera. Así, la versión, digamos, Región 4 de una revista Región 1 debe ceñirse al manual, sí —y conservar el tono: una revista es ante todo un tono—, pero también asumirse original.

Esquire México lo intenta y lo logra; GQ México lo intenta y fracasa. Ambas se ven obligadas a hacer concesiones a la idiosincrasia local, por lo que no sorprende que cedan la portada a chicas guapas —cosa que no me mortifica en lo más mínimo– y no a hombres, acaso para complacer a una nación de machos. Lo que decepciona es que la GQ local abjure del humor elegante de las extranjeras, que abuse de la reproducción de materiales directamente trasladados de éstas, que no cuide la disponibilidad en México de los productos que refiere y —el colmo— que en sus textos de factura nacional se permita errores de redacción como el uso de “demasiado” como superlativo feliz de “mucho”. Esquire México, mientras tanto, es impecable: el humor altanero de la original es emulado pero no replicado, los préstamos a sus contrapartes foráneas escasos, sus vuelos literarios certeros, su rigor periodístico absoluto, su conciencia de que el lector aspira a encontrar en tiendas lo que ve en la revista, total.

Ahora bien, impecable no significa osado y es en ese sentido que Esquire merece crecer. ¿Cuándo una portada como la estadounidense de abril, con suajes para que el lector arme a voluntad un rostro que combine los de George Clooney, Barack Obama y Justin Timberlake? ¿Cuándo el humor autoderogatorio, la postulación del directorio y la sección de cartas como áreas no sólo de lectura sino de juego? ¿Cuándo, sobre todo, un arrojo propio? (Huelga decir que hago la pregunta no sólo en tanto lector sino en tanto editor retirado y, por tanto, envidioso.)
08 Mayo 2009 03:31:59
¡Es un complot!
¿Cómo no va a serlo si lo dice todo mundo? Ingreso, por ejemplo, al blog en que participo y me topo con expresiones variopintas que lo postulan sin ambages. “Farsa.” “Simulacro.” “Nos quieren ver la cara.” (Falta ahora saber cómo habrían de vérnosla si la llevamos cubierta la mayor parte del tiempo por un tapabocas.) “Imagínate las risas de quien orquestó esto.” (Y, claro, las imagino —o cuando menos imagino imaginarlas a quienes las imaginan—, roncas y lúgubres pero paroxísticas, a medio camino entre Bela Lugosi y su epígono, el Conde Contar de “Plaza Sésamo”.) “Es un golpe proyectado por el ejército de EU para mitigar el efecto de la crisis financiera y reducir la población.” (Entre menos burros más olotes: he aquí toda una teoría de la administración pública en tiempos de vacas flacas.

¡Y pensar que el secretario de Defensa gringo, Robert Gates, tuvo que chutarse un bachelor of arts, una maestría y un doctorado en Historia para llegar a tan fosforescente conclusión!) Y la mejor, a manera de demostración irrefutable: “Estamos en México, señores, país de la mediocridad y de la falsedad.” (Sigo sin comprender cómo se puede ser tan eficazmente falaz y trapacero como para engañar a la población entera de un país —salvo, claro, a los pocos iluminados que nos comparten el producto de sus epifanías críticas vía internet— y al mismo tiempo merecer la calidad de mediocre. Lo que no me asombra, en todo caso, es el recurso al vocativo “señores”, misteriosamente empleado por los paranoides siempre que penan por términos suficientemente poderosos para la arenga popular.)

Total que, a juicio de unos que no son muchos pero ah-cómo-se-las-dan-de-machos, la epidemia de influenza que viven México y parte del mundo no es tal, sino una mentira urdida para ampliar el poderío del gran capital (hipótesis heredera de la Gran Conspiración Judía) o para embrutecer a la población (hipótesis heredera de la Teoría de las Industrias Culturales de la Escuela de Frankfurt) o para distraer la atención de “algo muy feo” —la cita es otra vez textual—, ignoto, sí, pero seguro terrible (hipótesis heredera de… ¿el más reciente capítulo de “Lost”?). Falta ahora saber quién la urde.

Muy fácil: ellos. ¿Y quiénes son ellos? Los Malos (o, regreso a “Lost”, Los Otros). ¿A saber? El presidente de la República y el jefe de gobierno del Distrito Federal (que no se dirigen el saludo ni cuando asisten a la misma reunión pero ¡ah, cómo conspiran la misma conspiración!), los medios de comunicación (Televisa y Azteca, duopolio malvado ya-se-sabe, pero también los periódicos, en un espectro amplísimo —más amplio acaso que el de los antivirales de amplio espectro— que va de Reforma a La Jornada y pasa por éste que el lector tiene en sus manos), la Organización Mundial de la Salud y, qué novedad, el gobierno de los Estados Unidos.

Formulémonos una mejor pregunta: ¿por qué se empeñan algunos en leer este u otro suceso como producto de una conspiración? Rebusco en mi biblioteca y doy con un volumen notable, titulado justamente Conspiraciones y firmado por Julio Patán, que ofrece una explicación psicosocial harto plausible. Imaginarse víctima de una conspiración, aventura Patán, es “terrible, sí, pero también tranquilizador y, por qué no, cómodo […] Una teoría de la conspiración es retorcidamente consoladora, porque en ella cualquier forma de incertidumbre es sustituida por la mancha incuestionada de una lógica operativa de validez universal, una lógica sin cuarteaduras, perversa, pero que sirve también para librarnos de responsabilidades, individuales y colectivas.”

¿Necesitamos entonces una conspiración? A ver si nos satisface ésta: ¿no será éste un complot de la naturaleza, conciliábulo de virus y bacterias para la destrucción? En su Sexual Personae, la polémica Camille Paglia describe a Madre Natura como “un avispero supurante de agresión y devastación”. Y yo, que sé que los humanos somos también naturales, le doy la razón.


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