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Alejandro Páez Varela
Alejandro Páez Varela
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Nací en 1968 y no recuerdo bien, pero creo que desde entonces soy fundamentalmente un reportero. Todo lo demás es un agregado de la buena vida. Fui editor y funcionario de varios medios mexicanos, tanto del interior del país como del Distrito Federal. Soy subdirector editorial del periódico El Universal y subdirector fundador de El Despertador SA, en donde publicamos Día Siete.... [Más: http://www.alejandropaez.net/]

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08 Diciembre 2010 04:03:50
Libros, periódicos, iPad y celular
Tengo por costumbre oler los libros en cuanto los saco del celofán. Noté hace tiempo, con sorpresa, que algunos amigos hacen lo mismo; no sé de dónde les venga; mi costumbre viene de mi padre, impresor durante un tramo importante de su vida.

Me gusta el olor de la tinta; reconozco cuando una impresión es joven o lleva sus años y eso sí lo aprendí en la escuela, en el taller de la secundaria. Disfruto tocar el papel; lo tomo con ambos dedos y calculo mentalmente el peso (gramaje) sin proponérmelo; puedo descubrir si pasó por una Offset o si, caso ya muy raro ahora, viene de una prensa directa. Al ver las páginas puedo advertir si se trata de un trabajo realizado hace unas semanas o años atrás: las letras tienden a expandirse con el tiempo sobre las superficies (y más si son helvéticas, porque las times se mantienen discretas) y a veces advierto cuánta humedad había en el ambiente el día en que fueron pasmadas; esto último me viene del taller en el que pasé tres años y es asunto de impresores; en mi familia hubo y hay a pasto.

Aunque la historia del libro (un conjunto de 49 páginas o más, según la Unesco) se remonta al origen del hombre, me sorprende que el formato que conocemos hoy utiliza más o menos la tecnología de hace unos 500 años. Salvo algunas actualizaciones realizadas en la segunda mitad del siglo XX, seguimos los mismos procesos y mantenemos las mismas disecciones: Sobrecubiertas para los libros muy nice o de arte, la pasta, el lomo, las guardas que unen hojas y tapas, el lomo (que pueden ser muy elaborados: aquí impresor y encuadernador se pueden lucir), el cuerpo de la obra, etcétera; son herencia de tiempos del nacimiento de la imprenta.

En los últimos días estuve en dos ferias del libro: la de Oaxaca y la de Guadalajara. Me llené de un enorme gusto porque en ambas, guardando proporciones, pude ver ríos de familias hojeando libros, manoseándolos. Sólo los libreros podrían decir qué tanto vendieron, pero la presencia de tantas personas me alegró: algo me dice que si hubiera un esfuerzo real del Estado por acercar la cultura, más gente se acercaría a los libros. The New York Times cuenta en su edición del lunes pasado acerca de una feria en San Francisco, California, llamada Litquake, a la que asisten cada año miles de personas y principalmente los habitantes de las cuadras que forman el Distrito Mission. Y justo dice eso: que si los libros y sus autores llegan a la gente, esa gente los aprecia. El resto del año, cuando no hay feria en el Distrito Mission, los habitantes se acercan a las librerías de esas mismas calles porque les queda el gusto. Eso es educación. Y educar es una tarea que le corresponde principalmente al Estado.

Una broma extendida es que los periódicos sobreviven hasta las primeras horas de la mañana. Que ya para el mediodía sólo sirven para envolver pescado. Broma mañosa, mitad verdad y mitad mentira. Me gustan los diarios; sobreviven al tiempo aunque a veces pensemos que no, y sigo pensando que el mejor oficio del mundo es el de reportero. Reconozco que es un para jóvenes y tiene fecha de caducidad; la pirámide del éxito se estrecha pronto y los viejos poco o nada podemos hacer. Sin embargo, creo en el acto de abrir el periódico. Detrás de cada ejemplar hay un esfuerzo especializado de 24 horas de análisis que conduce a decisiones por página. Por eso románticamente apuesto que los diarios, no sé si en papel pero los diarios-diarios, tendrán vida eterna.

Cuando abro el celofán y desdoblo un periódico me descubro con un deseo casi carnal que sólo experimento frente a una mujer. Los olores, los colores, las texturas por descubrir. Mmmh. Me acerco a los impresos con los gestos de un dandy, con ganas de enamorarlos. Me gusta pensar, como Humberto Eco, en que no desaparecerán, que estarán aquí un tercer milenio; que como el fuego y la rueda, una vez inventados no pueden desaparecer. Tendré la razón si pienso que cuando muera, todo lo que está en este mundo morirá también. Entonces los impresos estarán hasta el fin de mis tiempos, nuestros tiempos. Me aferraré con una mano a mi pequeña biblioteca hasta el último día para sentirlos, para pensar que no han perdido un solo lector. Me aferraré a ellos con la derecha aunque en la izquierda apriete, con gesto de adicto, mi iPad y mi celular.
17 Noviembre 2010 04:06:53
Tantos muertos podrían no ser nota
-Para Blanquita Martínez, a dos años de la muerte de su esposo, el periodista Armando Rodríguez

Algunos amigos y yo tenemos un deporte: revisar cierta prensa de la frontera sur de Estados Unidos. A veces comentamos su cobertura; no periódicamente, pero sí cada vez que tenemos oportunidad. ¿Por qué tanto interés? En pocas palabras, porque nos sorprende cómo han dejado pasar una guerra. Ahora publican más que hace un año y hace dos; como lo hacen la prensa china o la rusa, y particularmente la española o la europea. Pero algunos medios en el sur estadounidense han dejado pasar una guerra: la sangrienta guerra de México. Es cierto que la trágica muerte de miles y miles de mexicanos puede ser traumática para su audiencia, pero, oiga, es una guerra. ¿Será noticia una guerra? Porque esa prensa, que no es la menos, acumula cuatro años de omisiones.

Quizás los mexicanos somos unos corruptos, unos bárbaros, unos salvajes y con este país se aplica esa máxima de que un muerto estadounidense vale (en términos noticiosos) por mil iraquíes, cinco mil afganos, 10 mil africanos y 20 mil mexicanos. Con ese criterio, para cuando lleguemos a los 100 mil muertos será como un choque con cinco fatalidades en un freeway de San Isidro, San Diego, El Paso, Eagle Pass, McAllen, Brownsville, Del Río o Van Horn.

Por supuesto que esta prensa a la hago referencia sí cubre ciertos eventos de los cuales es imposible sustraerse, como las matanzas colectivas de jóvenes o la caída de capos que están en las listas de la DEA o del Departamento de Estado. Pero las coberturas fuertes vienen de la prensa lejana de la frontera, y de algunas revistas de probado profesionalismo, como The New Yorker y otras. Aunque tampoco es espectacular.

Mis amigos y yo nos hacemos algunas preguntas que posiblemente esa prensa sureña podría ayudar a esclarecer. Y quizás allí sí encuentren nota. Por ejemplo: ¿es noticia o no que decenas de toneladas de cocaína, mariguana, opiáceos o químicos ilegales desaparezcan una vez que cruzan los puentes internacionales y se internan al sur de Estados Unidos? ¿Puede considerarse un tema noticioso que esas cantidades de drogas no tengan dueño en cuanto llegan del otro lado de la línea fronteriza? ¿Es noticia que sus múltiples policías no encuentren estas bodegas -que deben ser cientos y con capacidades para toneladas- en las que se guardan cargamentos que después viajan en convoyes tampoco vistos y se fragmentan para alimentar el mercado a granel más importante del mundo? ¿Es noticia eso? ¿Se habrán preguntado por qué casi cualquiera de los países que están debajo del Río Bravo tienen identificados los cárteles y los varones de la droga y allá, en Estados Unidos, no parecieran tener idea quiénes se encargan de lavar entre 20 mil y 90 mil millones de dólares anuales en ganancias del narcotráfico? ¿Qué esa prensa que no cubre la guerra en México, o toda, no tiene curiosidad por saber por qué cada agencia estadounidense maneja una cifra distinta al año sobre volúmenes de tráfico, de blanqueo de dinero, etcétera?

Como la prensa estadounidense nos ha dado ejemplos de coberturas espectaculares; como la tenemos en un pedestal y la cubrimos de gloria en la cátedra y en las bibliotecas, esa cobertura mediocre genera dudas. ¿No publican ni investigan porque temen que el narco brinque a sus barrios? ¿Temen enfurecer a sus lectores, a los traficantes, a las policías? ¿Temen maltratar a los anunciantes, ahuyentar a sus amigos? ¿Por qué sí cubren con páginas y páginas lo que pasa en Kabul o en Kandahar pero no lo que sucede en Matamoros, Ciudad Mier, Ciudad Juárez, Tijuana…?

Quizás lo que necesitan es otro subcomandante Marcos sexy, otro Vicente Fox chistosito, o un gato atorado en un arbolito que rescatarán los bomberos o Supermán. Y entonces México será, otra vez, tema de su cobertura.

De tantas lecciones que tuvimos de la prensa norteamericana en el pasado, quizás no hemos aprendido en dónde está el mensaje que tratan de darnos esos medios del sur de Estados Unidos. Quizás no hemos entendido que tantos muertos del lado mexicano podrían no ser nota.

15 Septiembre 2010 03:26:34
Por qué yo sí festejo el Bicentenario
No entiendo el por qué de la discusión sobre celebrar o no el Bicentenario. Bueno, la comprendo pero no justifico a los que se oponen. Sé que el país está hecho pedazos y por ello no critico el desánimo de los que dejarán pasar 15 y 16 de septiembre y 20 de noviembre como días equis o como los más amargos. No soy un patriotero, pero la fecha de los 200 años de la Nación mexicana no es sólo eso: una fecha. Lleva sangre y empeño; dolor, entrega, dichas y sinsabores. Lleva los cielos de Chihuahua y los de Chiapas, los desiertos de Sinaloa y las lluvias de Veracruz. Lleva norte, sur. Me lleva a mí y los lleva a ustedes. Lleva nuestros muertos, también. Nos recuerda, sí, un país adolorido; también uno luchador que sobrevive a pesar de la plaga que nos azota desde siempre: los políticos. Ellos, para que vea, no merecen festejar un carajo. Menos con nuestro dinero.

Mis abuelos rascaron vetas de mina en estos 200 años y por lo menos uno murió de silicosis. Tengo familia que fue hacendada y perdió propiedades con la Revolución; otros que hicieron comercio, que pasaron hambres y todos nos formamos en la fila de las tortillas. Algunos de mis parientes se inscribieron en el programa bracero y otros vivieron en la frontera norte la Gran Depresión de 1929, me cuenta mi madre, sembrando hasta en las azoteas y empujando con sus fuerzas carros de mulas con mercaderías que vendían de pueblo en pueblo entre las sierras de Chihuahua, Coahuila y Durango. En estos años las mujeres secaron chiles y carne hasta de burro; embazaron tomates, cebollas, chiles, manzanas y membrillos; protegieron a sus hijos con furia de leonas, sin hospitales y sin medicamentos; hicieron sopas con un puño de maíz seco y quebrado, labraron tierras, partieron leña, hicieron empresa y pagaron el gas con monedas fraccionarias que sacaron -clásico- del bolsito guardado en el pecho. Se hicieron maestras, enfermeras, contadoras, amas de casa y administradoras; se emplearon en la industria y lavaron sin jabón la ropa con el agua que extrajeron con sus callos de las norias. Mi madre levantó niños de la calle durante 40 años (lo hace hoy, a sus 70 y varios); mi padre fundió toneladas de plomo para linotipos y prensas y llevó una vida honesta como periodista, alejada de la corrupción en un país corrupto y priísta. Y hoy, muy a su pesar, aún cuando ellos y mis hermanos ya no viven en el Ciudad Juárez que Felipe Calderón y su terrible guerra desolaron (se refugiaron en el sur de Texas) (con un nudo en la garganta) regresan tres, cuatro veces a la semana para atender a los chavitos que, he contado aquí, antes eran hijos de drogadictos y ahora son huérfanos. Eso y más se sucedió en los últimos 200 años, ¿cómo no festejarlo si nos ha costado sudor, sangre?

Usted tiene historias similares en su casa. Búsquelas y razone conmigo esta fecha. Y muchos tendrán otras más amargas en este país a veces ingrato que se empeña en expulsarnos. Se darán cuenta que la Nación no está en la voz del individuo que da “El Grito” cada año o en el presidente en turno o en los criminales que minan la esperanza. Nuestra Nación no está en los abarroteros que especulan con la leche o en los periodistas corruptos. Mi país, nuestro país, no son los líderes sindicales, los empresarios abusones, los policías en nóminas de narcos. Mi país, el que cumple 200 años, no está representado por las lacras que cobran en las cortes o en las cámaras alta y baja.

Mi Nación es mucho más. Mi Nación son los que resisten, los que reniegan, los que no se dan por vencidos aunque a veces se tiren al piso a reposar. Son las sierras sin pinos y sin agua, los valles sembrados y los de piedras. Son los ciudadanos comunes. Mi Nación no son sus juegos pirotécnicos y sus festivales de miles de millones. Mi Nación somos usted y yo, los que estamos aquí porque queremos un país mejor y no compartimos las ideas de los vulgares saqueadores del bienestar del otro.

El festejo del Bicentenario es un festejo de resistencia. Usted y yo lo merecemos. Quédese en casa (que esa lacra política ni siquiera seguridad nos puede garantizar) y encuentre razones para recordar con gusto 200 años de sabor a Patria.

El festejo del Bicentenario es la medalla que recibe aquél que cumple con llegar a la meta. Aunque no haya ganado el maratón.

08 Septiembre 2010 03:45:25
No debería contarlo
(¿Y qué si no tenemos ganas de hablar de “las cosas que importan”? ¿Y qué si “las cosas que importan” valen sombrilla -sólo por hoy-, a saber: el narcotráfico, los deportes, la corrupción, los políticos inmorales, los cómicos de la televisión estúpida, la hípica y el club, los votos, los partidos, el Congreso, un presidente obsesionado con los criminales, empresarios empeñados en sangrarnos? ¿Y qué si nos sacudimos de una vida normal, cuando “normal” es respirar las coladeras involuntariamente? ¿Y qué si traficamos perlas con una tortuga bondadosa y mala para los negocios; si encontramos la fuente de la comida que no engorda; si pensamos que los que salen a las seis de la tarde de sus trabajos sí tienen una idea clara de qué hacer con sus vidas sin cine, sin cerveza, sin angustia, y recuerdan bien el día preciso en el que estuvieron vivos por primera vez? ¿Y si nos vale y hoy escribo lo que me venga en gana?)

No debería contarlo, pero me envenena tener que sonreír cuando en realidad quiero juntar hormigas en un botecito para depositarlas lejos y esperar a que formen un hogar en el que la reina no sepa que el fin del mundo llegó hace tiempo, y que soy un zombie amoroso que ha entendido el valor de los milagros.

No debería contarlo, pero el resto de los días que me quedan me parecen muchos, y no lo digo para asustar al banco o a quienes esperan que me llene de hijos: es para decirle a Sabritas que deje de fabricar Cheetos de bolitas porque no hubo, ni habrá, un gordo más fiel que yo.

Se supone que no debería contarlo, pero duermo con la puerta abierta para que alguien entre y me degüelle sin dolor, o para que tú entres, me arañes, me despiertes y me digas que tuve un mal sueño en el que no estabas.

No debería contarlo, pero esta pared de lodo guarda suficientes recuerdos (¡libérame, libérame!) como para decir que no debo mirar atrás, porque el lodo me da alergia y me cagan los diarios, aún el de Ana Frank.

No debería contarlo, pero noviembre está demasiado lejos si alcanzo a vivirlo, y septiembre huele turbio y enero es el principio de una fiesta aburrida.

No debería contarlo, pero tengo ganas de quejarme porque nadie se parece a ti: ni las que rayan en la perfección, ni las que son ejemplo de las vanguardias, ni las que tienen tantos lunares o tantos dientes podridos como para espantar al drogadicto del barrio.

No debería contarlo, pero no me importa si soy el primero en tu vida o eres la última, siempre y cuando seas la mía.

Se supone que no debería contarlo, pero hay días en los que despierto con ganas de que rondes mi edificio, y no para volver a vivir lo que ya no se vive (porque así es la vida: cuenta arriba), sino para regalarte mi ánimo y para que hagas con él lo que sabes hacer mejor: dejarlo escapar.

No debería decirlo, pero cada tarde es más pequeña, y cada noche es más larga, y cada camino lleva más polvo, y las horas son plantas sin abejas en un jardín que me empeño en cultivar para ti, aunque sepa que no será tuyo.

No debería contarlo. No hoy, cuando existen tantas “cosas que importan”. No hoy, cuando este país se desangra. No hoy, cuando la poesía lleva pólvora y estruendos de granadas. No hoy, cuando los corruptos son más corruptos y los idiotas más idiotas.

Se supone que no debería contarlo, pero no puedo guardar silencio: Soy incapaz de gritar al aire, de respirar, de mirar la sangre, de sacudir el polvo, de destruirme el hígado y de abandonar la esperanza sin pensar en ti.

“Las cosas que importan” sí importan porque estás tú. Pero, ¡qué bueno!, importan menos cada vez. Pasa el otoño, viene el invierno.

Hay primaveras que no volverán.

18 Agosto 2010 03:22:13
Albóndigas de odio en La Condesa
Doña A., que en todo está menos en misa -como dice mamá-, me contó hace un par de días cinco o seis historias atropelladas sobre perros y vecinos del barrio La Condesa, en el que vivimos. No registré la mayoría, y seguramente ella tampoco; pero las que recuerdo son, de tan obscenas, inverosímiles. Que un hombre llamó a un niño y a su perro y les entregó un filete que se veía muy bueno a pesar de que estaba envenenado.

Que ya se supo que el agua del estanque de los patos tiene cianuro. Que soltaron ratas ponzoñosas que acabarán con la población canina. Me lo contó mientras golpeaba mi vajilla (¿cómo le hace para que se escuchen tantos fregazos entre trasto y trasto?), desnucaba mis figurillas y desacomodaba mis muebles.

“Usted no les crea”, le dije, pretendiendo que atendiera mis platos, que los tiene tan despostillados como cerámica griega de hace 20 o 30 siglos. Pero la locomotora de la señora no se detiene tan fácilmente. Siguió, y siguió, y siguió, porque además vive en el mismo barrio, muy cerca de mi casa, y sus hijos crecieron allí y, es cierto, tiene el pulso de La Condesa como no lo tenemos nadie. “Usted nada más no suelte a los perros. Sáquelos con correa”, agregué.

Lo que sí me consta, porque tuve acceso a un volante que circuló por Internet, es que una mentada “junta de vecinos” decidió cocinar “albóndigas de exterminio” que regará o regó en los parques (España, México) para matar a los perros que no merecen vivir, según su criterio: los que andan por la libre, sin correa; los que no tienen dueños que vean por ellos. Los callejeros. Sólo porque son feos, cagan en donde los alcanzan las ganas y se bañan libremente (desdichados) en sus hermosas fuentes. “Albóndigas de exterminio”. Nombre de pésimo gusto para un barrio en el que convivimos norteños, sureños, judíos, árabes, argentinos, chilenos, chilangos y otros grupos con experiencias terribles en eso, en exterminio. Si se dan a la tarea de buscar un nombre que condense el odio del mundo, no lo logran: “Albóndigas de exterminio”. Pocos guisados como las albóndigas saben a mamá, a hogar, ¿cómo agregarles “de extermino” sin remordimiento?

Yo tuve dos gatas. Desde chiquitas se acostumbraron a vivir dentro de casa y aunque la calle les daba mucha curiosidad, abrían los ojos con asombro y susto si las acercábamos al infierno exterior. Gala era más vaga y algunas veces, contadas, se escapó; Camila era una anciana desde que cumplió un mes. Pero los gatos, por naturaleza, son de la calle. Aún si tienen en casa cobijo y alimento, husmean aquí y allá en busca de bocadillos podridos que les sabrán a gloria; huesos, insectos, zacate y cochinadas que sólo las secretarías de Salud y de Educación de México aprobarían para nuestros hijos. E igualitos son los perros.

Y las ratas, y las cucarachas y el resto de la fauna de la ciudad. Garantizo el éxito, entonces, de las “albóndigas de exterminio”.

No siempre me gustó La Condesa. Mucho menos pensé que viviría allí. Por necesidad llegué y hoy me siento privilegiado porque estoy en la periferia y no en el mero corazón. Con los años he entendido la magia del barrio: la tolerancia. Somos muchos extranjeros en un pequeño espacio, y en esa breve torre de Babel hemos aprendido a entonar una misma lengua, hasta que no aparecen estas expresiones de odio. Entiendo que los vecinos se quejen de los restaurantes, los bares y los males paralelos, empezando con los malditos valet-parkings y siguiendo con los franeleros. Entiendo que rabien porque los entrenadores de perros ya se apoderaron de las banquetas y no pagan, seguramente, un peso en impuestos. Pero nunca justificaré que les cocinen “albóndigas de exterminio” (por más que jodan) porque la siguiente horneada de guisos de la intolerancia irá contra protestantes, judíos, católicos, budistas o musulmanes, flacos, gordos, viejos, niños, escritores, mal vestidos, artistas, timoratos o quienes sean minoría.

Yo vivo con mis dos perros. Si se cagan en la banqueta, cargo con bolsas; nunca corren tras los niños del barrio y aunque se me antojara que mordieran a dos o tres vecinos malaleche, no lo harán. Hago cuanto puedo para que no ladren a pesar de que está en su naturaleza, y si voy a los restaurantes abiertos con ellos, cargo sus correas. En el parque México hay dos perros callejeros que meten sustos a mis amigos y muerden la mano de quien no les da de comer, pero que tienen el mismo o más derechos que los míos: allí llevan 10 años. Pues pronto, gracias a las “albóndigas de exterminio”, habrán muerto.

Si eso pasa, si matan a esos dos malnacidos, huiré de mí: Caín lleva en la sangre irse contra Abel. Mejor me refugiaré en casa a rumiar el tamaño de la desgracia.

No levantaré un dedo. No prepararé paletas de raticida para los niños de la cuadra. No la haré de cocinero para escupir sus platillos. Sin embargo daré por muerta el alma de un barrio que me ha dado cobijo durante una década.

Nada más que quede constancia: en un país que se desangra, sometido a la desgracia, a la vergüenza y a la intolerancia, un grupo de vecinos se da el lujo de echar a perder lo bueno: se lanza contra el de al lado y cocina albóndigas de odio para mancharse las manos de sangre y para acabar -porque no pueden resistirlo como es con uno de los mejores espacios para que por lo menos los perros hagan (qué envidia) lo que ni siquiera yo pude hacer de niño: meterme a nadar a las fuentes, ladrarle a las nubes, exponer la panza al sol, celebrar la vida.
11 Agosto 2010 03:23:45
Moisés, Abraham y Felipe
-A Ciudad Juárez, mi llano solito, solito

1. No matarás

Me gusta el Levítico. Desde la forma en la que aparece en el Pentateuco cristiano o en la Tora judía, hasta el hecho mismo de que sea complicado de leer. Es el tercer libro de la Biblia y de la Tanaj o Antiguo Testamento, y rompe de manera abrupta el relato que viene del Génesis, continúa en el Éxodo y concluye en Números y Deuteronomio. Es un libro único, una compilación de leyes y de reglas éticas y morales dirigidas al pueblo hebreo, pero que por su vitalidad atraparon a una buena parte de la humanidad. Aunque la tradición indica que Moisés lo escribió por su propia mano, la historia nos sugiere que gente muy aplicada está detrás de su construcción. Para mi gusto, Levítico explica las razones por las que los cultos judío y cristiano son tan exitosos.

El Levítico es el látigo y la zanahoria. Dependiendo el día, a veces creo que es más zanahoria y otros que más látigo. Si no ha leído este maravilloso libro, le recomiendo por lo menos acudir al capítulo 26. Escuche qué alivio: “(6) Y yo daré paz en la tierra, y dormiréis, y no habrá quién os espante”. Y en contra parte: “(29) Y comeréis las carnes de vuestros hijos, y comeréis las carnes de vuestras hijas, (30) y destruiré vuestros altos, y talaré vuestras imágenes, y pondré vuestros cuerpos muertos sobre los cuerpos muertos de vuestros ídolos, y mi alma os abominará”. Es decir: más te vale respetar la ley, o la ley será implacable.

Por alguna razón, el Levítico no contiene Los 10 Mandamientos, considerados tanto por judíos, cristianos e incluso por musulmanes como el fundamento de la alianza entre Dios (Yahveh, Jehová) y los hombres. Están en el Éxodo. Sin embargo, el Levítico es -y con temor a no vulgarizar- su “letra chiquita”. Interpreta estas 10 reglas; plantea su aplicación y también se extiende en el riesgo de no respetarlas.

¿Y por qué yo, que procuro en este espacio escribir sobre cosas de este mundo y de este siglo, ahora me saco lo de Levítico? Porque el otro día que escuchaba a Felipe Calderón utilizar una parábola para regañar a la clase política del país (Las Bodas de Caná), se me vino a la mente uno de los mandamientos más firmes de la tradición occidental: “No matarás”.

2. La lección de Abraham

Es complicado definir cuáles historias son las más hermosas en un libro de tan buena manufactura como la Biblia. Me gusta Job, mucho; los profetas menores y los mayores. Puedo decir que un diálogo me impacta, y no es muy citado. Sucede entre Abraham y Jehová antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra, y después de que los cochinos ciudadanos de estos dos pueblos bárbaros intentan llevarse a la cama a los ángeles. Abraham, muy cuidadoso, con los ojos al piso y la voz delgada, le dice a un Dios hecho una fiera: ¿Destruirás al justo con el impío? Y Dios le dice: No. Si hay 50 buenos entre esos malos, dejo vivir a todos. Abraham insiste, con mucho decoro y ceremonioso: ¿Y si hay 45 buenos? Dios: No los destruiré.

“-No se enoje ahora mi Señor, si hablaré solamente una vez: quizá se hallarán allí diez.

“-No los destruiré por amor de los diez…”

Los buenos eran menos de diez. Les cayó el chahuistle, como dirían en mi pueblo. El fuego consumió a las dos ciudades.

De esto me acordé hace unos días, también, cuando se anunció que 28 mil familias de mexicanos han quedado enlutadas por una guerra inútil que debió detenerse desde que cayeron los primeros diez inocentes. Un creyente de Dios, o uno que lee parábolas del Nuevo Testamento, habría dado marcha atrás; habría derrotado su orgullo por amor a Sus Enseñanzas o (ya en lenguaje de un iconoclasta como yo:) habría detenido esta matanza sin sentido, por la sola imaginación: 28 mil almas no son fáciles de cargar.

3. Moisés se enoja

Ah, el amor de Moisés. No sé por qué las películas sobre su vida terminan después de que abre el mar. Los siguientes 40 años son todavía mejores. El pueblo que liberó de la esclavitud lo jode, y lo jode, y lo jode. Y él los aguanta, estoico. Chillan por todo, le cargan la mano. Y él aguanta, y aguanta, y aguanta. Ay, que si estábamos mejor en Egipto. Ay, que si las cebollitas de rabo y que si el agua.

Hasta que un día se enoja y le pone un diablazo a una piedra. Números, capítulo 19: “(10) Oíd ahora, rebeldes: ¿os hemos de hacer salir aguas de esta peña? (11) Entonces alzó Moisés su mano, é hirió la peña con su vara dos veces: y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias”.

Ah, cariñoso, paciente, aleccionador Moshé. Qué error, hombre. Entonces Jehová le cayó de golpe. Le dijo: No creíste en mí. Le pegaste a una piedra, abusador. Ahora para “santificarme en ojos de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado”. ¡Imagínense! Moisés, que había soportado a esa bola de ingratos durante más de 40 años en el desierto, se perdía la tierra prometida. Un error. Uno sólo, de intolerancia.

Dios, sin embargo, fue bueno. Tomó a Moisés y lo llevó al monte Mara y desde allí le mostró las tierras que los hijos de sus hijos disfrutarían (gulp: ¿y los palestinos que ya estaban allí, apá?) el resto de sus días.

De eso me acuerdo ahora cuando veo que un pueblo entero paga un terrible error de cálculo que se ha extendido durante casi cuatro años. Un pueblo que paga, menos quien comete el error.

Porque este gobierno terminará y miles y miles quedarán huérfanos, y miles y miles habrán muerto por un error. Miles y miles de inocentes ejecutados (o qué, ¿tienen las 28 mil averiguaciones que los incriminan?), y sólo un grupito de elegidos podrá retirarse a descansar a Europa, a Cuba, a Estados Unidos, a Canadá o a donde se le venga en gana.

Y que conste: yo no empecé con las parábolas.

Nota: Para las citas directas me permití usar la versión Reina-Valera 1909 de la Biblia, de amplia aceptación.
21 Julio 2010 03:11:29
El primer día después de mi vida
Afuera llueve. Pocas noches como ésta, sin estrellas y con una Luna empañada, lamparosa. Noche negra, en serio. Los perros roncan y entre sueños gruñen, sin abrir los ojos. Han pasado una tarde del asombro a la sorpresa porque nunca habían visto el mar, ni tanto verde, ni esa cantidad de arena que primero pisaron con miedo y después volvieron una pista de carreras. Simone le dio un trago al agua salada y vomitó las croquetas. Yo me río cuidando su dignidad: ¿Con qué cara puedo burlarme, si conocí tan tarde el mar y tuve miedo?

El mar. He metido los pies y alguna vez me he hundido hasta el pecho. No más de allí. Le tengo mucho respeto. Ese caldo espeso y espumoso, de sabor y color extraordinarios, me es casi ajeno. Lo conocí muy tarde y no hay misterio en ello: tomen un mapa y pongan el dedo en Ciudad Juárez; deslícenlo por las carreteras buscando una salida al mar. Las hay, pero hay que recorrer miles de kilómetros. Ahora imaginen que su dedo es un Chevrolet Impala de los 70. Si había vacaciones, cuando las había; y si eran familiares, ¿para qué manejar 24 horas si a dos está Ruidoso, o a cinco la Tarahumara, o a una el Valle de Juárez o las dunas de Samalayuca? Por eso nosotros, como hermanos, conocimos el mar cada quien por su lado y en su momento. No es parte de un recuerdo de infancia. No tenemos eso que dicen tener muchos, un “ya necesito ver el mar”. Mi destino aspiracional, si hay algo que pueda ser llamado así, no es la playa. Ni para vacacionar, ni para vivir, ni para descansar. Mucho menos para morir.

¿En el mar la vida es más sabrosa? No lo dudo. Pero hay quienes no lo entendemos. Demasiados moscas y mosquitos (a éstos últimos nosotros los llamamos “moyotes”); junto con las hormigas armaron una conspiración milenaria para la que sólo existe un remedio: dejarse vencer. Demasiada pachanga. Todo lleva limón, todo conlleva el riesgo de la diarrea. Las tostaditas siempre aguadas, las salsas de chile siempre bajo sospecha. Y hay algo más grave aún: el ruido. Qué ruidosa es la cultura de las playas. Empezando con el mar (que se burla del turismo new edge): ¿Qué tanto grita, que no entiendo? Nunca aprendí el lenguaje de las olas.

No renuncio al mar y a sus manjares para de vez en cuando. Aunque (me repito) llegué tarde, disfruto de los callos, los ceviches, las cervezas que sólo ponen a medioschiles, las mujeres cuasidesnudas. Sí, se bebe mucho, pero eso lo hago sin mar y sin moscas cada vez que quiero y en las latitudes que se me antojan.

Asociamos el mar con vacaciones y sí van juntos: te sacan de tu vida ordinaria, aunque hay que darse unos días más en casa, sin mar, para descansar de esas vacaciones.

No aburro más, me duermo. Ha dejado de llover. Las olas espumosas lavan las piedras sin piedad una y otra vez y lo cuentan con un alboroto de vecindad que la gente del desierto, como yo, nos preguntamos en dónde vacaciona el mar de sí mismo.

Niño, mi perro, ya está panza arriba. Simone gruñe dormida. Eventualmente un mosco los despertará y volverán al descanso.

En un último esfuerzo, aprovecho la paz ruidosa para escribir un pequeño testamento: Cuando muera cremen mi cuerpo y tiéndanlo lejos del mar, sobre el desierto. A partir del primer día después de mi vida sí pienso darme un descanso.
30 Junio 2010 03:46:39
Sobre los recuerdos (Como un vagabundo)
Confieso que tengo el closet lleno de ropa vieja porque me da pena despedirla. Siento como si hubiéramos ganado y perdido muchas batallas juntos, ¿cómo decirle adiós? De alguna manera cada trapo retiene tragos de mi vida; si los dejo ir se llevaran recuerdos, y puedo morir de sed.

Durante años los he cargado de casa en casa. No veo para cuándo la despedida.

En donde vivo ahora quiero estar unos años. (Nunca creí que eso sería posible en mí: planear por unos años). Pensaba que era mejor ocultar el silencio con fiestas, con inauguraciones de departamentos, como la señora Dolloway. No será así. Ahora tengo dónde vivir de fijo. Supongo que me estoy haciendo viejo; otra señal es que el silencio se me ha vuelto mantequilla para el pan de diario.

En realidad tengo problemas para despedirme de todo aquello que me acompaña y me ayuda –o me ha ayudado– a transitar los días: desde un bote de champú hasta unas bocinas viejas que no me atrevo a tirar aunque ya no le quedan a las iPods, a las computadoras o a mi vida. Desde que era muy joven apilé ideas y objetos. E hice pequeñas ceremonias para despedirles. Ceremonias breves, simbólicas.

Hoy, por ejemplo, empecé a escribir este texto muy de mañana porque me puse una camisa con la que parecía vagabundo. No me importa vestir de vagabundo si mi corazón lo es. Pero porque nadie que se aparezca con harapos en un empleo es bien visto, esa camisa fue condenada a no regresar al closet. Me atreví a dictarle una condena súbita. Por un lado me dio gusto encontrarla raída; significa que su existencia tuvo sentido. Y me dio tristeza despedirla, más con el closet lleno de vejestorios.

La tomé, la acompañé a la puerta; le ayudé a entrar en una bolsa. Volví a la cama y me dio angustia, melancolía. Casi me pongo a llorar. Ni siquiera supe si esa camisa se distinguía de las otras; seguramente no. ¿Y si la camisa decide no irse, señor Páez? ¿La retienes? ¿Le abres un espacio entre las otras? ¿La abrigas? Qué difícil es despedirse de los recuerdos.

Todo en mí suda a recuerdos. Soy un trapo viejo y raído. Aquí encuentro una razón para ser solidario con esa camisa y con el resto del closet. Por eso acumulo y amo hasta el final. Por eso me abrazo de ropa y recuerdos. Qué complicado me oigo cuando leo este párrafo en voz alta, pero trato de explicarlo: Desearía que el ayer fuera hoy, aún cuando en el techo de mi casa ha nacido la esperanza: reventaron las semillas de calabazas que sembré y las espinacas son hebras verdes. El verano es un hecho aunque Simone y Niño, vencidos por el sueño y por Vivaldi, se tiran a un tapete. La tomatera florea y un Herradura blanco hace ver todavía más intrusivo el anuncio de vodka que brilla en el único horizonte al que aspiro desde mi azotea: el horizonte ruidoso de las avenidas. Y con todo, prefiero el pasado que el presente.

Debería llamarme con otro nombre. ¿Sirve? ¿Es el nombre el que lleva los recuerdos? Voy a rendirme a quien me tire al basurero porque sería el vagabundo perfecto y por amor. En los basureros sobreviven los recuerdos. Los basureros son el paraíso de los recuerdos. Sobreviven en silencio y sin quejas. Y yo me siento recuerdos y silencio. El ruido es un baile de quinceañera para los que no quieren recordar. Yo recuerdo.

El único problema de los vagabundos es la conmiseración. La pena malentendida de los otros. Si pudiera vivir sin la condena de ésos otros; si pudiéramos vivir como queremos, la felicidad empujaría un carrito de supermercado lleno de trapos viejos. Yo llevaría mi closet en él. Le abriría un lugar especial a la camisa que refiero. Me abrazaría de mis perros y de las cosas que acumulo con amor. ¿Ven?, sería un vagabundo perfecto.

Hay momentos, como hoy, en los que tiene sentido el último día de mi vida.

***

(Y si alguien me pregunta qué es lo que más me jode –y apártese de mí cualquier diagnóstico médico– responderé que es recordar. Jodida paradoja. Recordar es volver a despedirse. Es tomar otra vez la decisión equivocada. Es no saber nunca más cómo habría sido si las cosas mantuvieran su rumbo).

23 Junio 2010 03:36:09
Sobre las bienvenidas
(Otra vez me aprovecho de la euforia futbolera para escribir cosas cursis. Ustedes síganle con su Mundial. Síganle)

No hay manera de simularlo: Querer es una lata. Pero amar -ay, Dios misericordioso- es la guerra. Una guerra perdida. Vamos acomodando los tanques y los misiles en lugares estratégicos para tratar de salvar algo de dignidad. No se puede. Una vez que abres las fronteras todo queda al descubierto; no hay lugar para estar a salvo. En la confusión, tratas de mover tus ejércitos sobre el mapa de la piel creyendo que avanzas. En realidad te entregas. Y entregarse es la derrota.

Estas guerras, por lo menos, son para ceder. Cedes tramos del buró, una de las manijas en la regadera, una parte suficiente de la cama (si no es que toda). Cedes tus noches y tus fines de semana, tus ojos y el empeño. Cedes la cordura porque mientras pierdes, piensas que ganas. Que ganas música. Música de bombas cayendo sobre tus campos sembrados, en las ciudades que construiste en tiempos de paz. (Música. Lo único bueno de mi vida se relaciona con la música. Ojalá reencarne en una hoja notada).

En el exceso de la entrega, alguna vez encerré a mis dos chiquitos a causa de una amiga a la que le daban alergia los perros. Públicamente les ofrezco una disculpa. No digo que ella no se mereciera un sacrificio; ellos no tenían por qué pagarlo. Decreté mi derrota moral y ética. Claro que esa relación terminó mal y una madrugada, cuando los dos me besaban los pies pidiéndome que nos fuéramos a dormir, me hinqué y les dije: no pasará otra vez. Simone era muy pequeña; no entendió. Niño me vio a los ojos torciendo la cabeza y me perdonó al instante, sin aspavientos. Quien me quiera, les prometí en do mayor, los querrá a ustedes y tomará alergénicos o se mantendrá borracha; como desee. No los volveré a encerrar. Para sellar la promesa extendí los brazos a Niño; dio un paso atrás reclamando que lo dejara despreciarme. Qué delicado y amoroso es Niño. Se lo concedí, hombre, faltaba más. Juro que mi perro sonríe como un flautín; y esa noche, como nunca, fue parte de mi orquesta.

Amar es la guerra perdida y hoy vivo en paz. En las noches, los perros y yo salimos a la azotea y regamos las plantas (no es metáfora). He sembrado calabacitas, chile, tomate y espinacas (tampoco lo es). Checamos si brotan; no brotan; nos desesperamos. Creemos que el verano las hará crecer y calculamos que por agosto, cuando en el norte del país se prepare la vendimia, haya frutos pequeños; en septiembre haré ensalada para comerla con aceite de olivo y en paz. Estoy en paz. Alguien me acompañará a los museos en estos días y, si tengo suerte, a ver una película. En paz volveré a casa y regaré las hortalizas, o iré por pizza y cerveza. Seguramente le daré la bienvenida al invierno desde la terraza y vestido de campesino.

Es inevitable que suenen las trompetas y deje el arado y la camisa a cuadros. Plancharé mi cosaca y meteré las balas al revolver; me calaré un casco y cruzaré mi pecho con carrilleras. Acudiré puntual al llamado. Diré: “¡Presente!”, y daré un paso adelante desde la fila. Me envolveré en el olor de la pólvora, en las delicias de los valles cubiertos de detalles por conquistar. Moveré a mis espías por la piel desconocida con respeto y con ganas de triunfo. Ganaré ciertas batallas y las que no son claramente mías, las perderé de antemano. Y al final, en la confusión de sus ejércitos y los míos, ondearé una bandera que signifique “gané”, o bien: “me rindo”. Ella sabrá interpretarla. Para entonces habré perdido.

Si me ven de regreso cargado de medallas; si me buscan y estoy atendiendo mi jardín de calabacitas, chile, tomate, espinacas y quizá garbanzos, es porque he perdido. Escucharé a Bach para darme consuelo. Y si me ven encadenado a su mano, con mis perros y sin trofeos, con la piel rasgada como harapos, es porque he ganado.

No se ilusione: Amar es dirigir, en medio un campo de batalla, un coro dulce que canta a la derrota.

20 Junio 2010 03:35:36
Carlos Monsiváis: No hay causas menores
“Es muy fácil decir ‘Todos somos Juárez’ si no vives en Ciudad Juárez”, dijo Carlos Monsiváis. Sería una de sus últimas apariciones por tele, en el programa que él y Antonio Navalón dirigieron durante 50 semanas para TV UNAM. Antes de grabar, sentado en un sillón del estudio sobre Avenida Reforma en el DF –hasta donde llegó con un notorio esfuerzo–, el intelectual, escritor y periodista mexicano expresó, con gran lucidez, con un manejo impactante de datos académicos e información del día, su preocupación por la brutalidad con la que los mexicanos se matan entre sí por la llamada “guerra contra el narcotráfico”.

Aquél día, ante un pequeño grupo, el humanista mostró su malestar por el uso de las armas como estrategia del gobierno federal y por su falta de respuesta a las demandas sociales. Recordó, conmovido, la promesa incumplida de empleo de la actual administración y la manera en la que jóvenes y adolescentes se entregan, por no tener otras opciones, a los “salarios” ridículos que les ofrecen los traficantes de droga para que sirvan al sicariato. Monsiváis pensaba que tanto derramamiento de sangre era evitable. Venía con preocupación cómo el modelo industrial del norte de México (y en especial el caso Monterrey), que en algún momento fue vendido como la ruta del progreso, generó cinturones de miseria desde donde se alimenta una parte importante de la cuota de ciudadanos que la guerra devora.

Crítico feroz de los políticos, don Carlos fue un hombre solidario con los más jodidos. No tuvo causas menores: desde sus trincheras en casi la mayoría de los medios del país, con elegancia y una firme dosis de ironía se lanzó contra las mafias que desde el gobierno, las élites empresariales o los partidos mantienen en la miseria económica, moral y ética a la mitad de los mexicanos. Y a la vez, para no ser un simple “contestatario”, fue, como pocos, un promotor incansable de la cultura, de las artes, de las letras y del periodismo. Muchas generaciones, incluida la mía, bebió de sus textos y se formó con sus ideas.

En el diarismo y de su mano, queda documentada una parte importante de la historia del México contemporáneo. En su recuerdo se podrá encontrar el perfil de un ciudadano valiente y dedicado. Cuando el país se balancea en una cuerda que no promete el equilibrio, para que el sentimiento de abandono más grande, se pierde a un pensador con compromiso.

Usted descanse en paz, estimado señor. Ya veremos cómo salimos de ésta. A ver cómo le hacemos para encontrar –así lo hizo usted– humor para la tragedia.

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