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Marco A. Márquez
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24 Mayo 2015 02:14:32
Las Edades Felices
Las Edades Felices

»De Margarito Cuéllar
»Poesía Hiperión / UANL
»75 páginas
»179 pesos

Desde un puñado de ciudades inevitables, Pompeya, por ejemplo, o Troya, por decir alguna otra, Margarito Cuéllar, querido poeta desde siempre y sobreviviente desde ahora, nos presenta su libro “Las Edades Felices”, como un adelanto de mundos hermosos que vendrán, pero también de otros que se quedan, no sólo en el olvido, sino en el deseo, o a veces, en el mero presentimiento.

Más que un libro de versos, éste es un cuaderno de visiones en el cual Margarito repasa, como dicen que sucede instantes antes de la muerte, la vida, los días felices, los encuentros, descubrimientos. Cito unos versos del libro que le robo sin permiso al poeta: “Alguien me espera con la sonrisa puesta y un olor a puta fina en el hotel del cielo”, cómo decirle que no a esta imagen, dan ganas de ir adelantándose al camino.

Poeta entrañable, maestro erudito, lector incesante y amigo desconocido, Margarito Cuéllar, regio hasta las cachas pero de San Luis Potosí, nos entrega en este libro un repaso repaso muy hondo de sí mismo, desde los libros que lee, sus autores de cabecera y predilecciones inconfesables. “Las Edades Felices” es también una antología donde el autor huye y se transforma, o mejor dicho, nos tranforma. En uno de sus lances más bellos y certeros, nos susurra al oído: “Huye de ti. Nadie se enterará que eres el que no eres. Diles: soy Juan Sebastian Bach, afinador de pianos, a sus órdenes”. Y uno recuerda, casi sin querer, como al azar, a T. S. Eliot dictando con gravedad sus sentencias alrededor del autor y la personalidad y la creación poética y la huida y ese tipo de cosas severas.

Enamorado, hechizado por el mundo, como todo buen poeta, Margarito llega hoy a Saltillo a presentar este libro coeditado por Poesía Hiperion y la Universidad Autónoma de Nuevo León. Entre sus páginas nadie se va a sentir defraudado. Desde cuentos donde se nos instruye cómo masticar al ser amado, manuales para iluminar el mundo mediante recuerdos tristes, guías felices sobre el erotismo doméstico, la paternidad intrigante, o como hacer cuadritos de hielo con la realidad, Margarito Cuéllar nos deslumbra paso a paso, verso a verso en este libro ingente y simple como un anillo, y aunque lo anterior ya lo dijo Neruda en algun lado.

Margarito me perdonará porque, como él mismo lo dice en sus versos: “los animales no tenemos memoria” y la verdad, yo ya no me acuerdo si soy afinador de pianos, cilindrero, rey de oros, lluvia en la tarde, polvo ajeno.
03 Febrero 2012 04:00:30
Elogio de la conciencia
Wislawa Szymborska murió bajo el sol, bajo las nubes de su poesía inmensa, bajo la luz de su lámpara nos hizo sentarnos a todos para fijar la mirada y la memoria en la vida entera, especialmente en aquellos resquicios oscuros por ausencia de luz o, de su exagerada presencia. Con su muerte corpórea se nos escapan sus ojos que subrayaban el trayecto de la fuga perpetua de nubes, la anunciación de asombros ante el amor o la muerte, la ausencia de certezas ante el espejo. En sus poemas nos enseñó que no importaba el quién sino el cómo, el cuándo, el ser humano visto a través de claroscuros y sombras, como en un cuadro de Rembrandt, escribe la poeta.

Ante su ausencia, vacilamos, dudamos ante las frases preparadas, escogemos con delicadeza vocablos dignos ante semejantes tropelías de la muerte. Wislawa Szymborska ha entregado su alma como el hueso de una ciruela, en algún sitio, en este momento, camina al borde del precipicio por donde siempre anduvo, de este lado del borde nos quedan sus poemas, en el otro extremo la luz del sol se desliza por el borde de un vaso, un pájaro cruza el cielo y alguien, al borde de lo que presentimos, está sentado, esperando a esa muchacha que se decía fea sin reparos, sin falsas modestias.

En la poesía de Szymborska resplandecen los amantes desnudos recostados en la noche profunda, sabedores exactos que los nombres de los que se aman los escriben los pájaros en el cielo, lo susurran los árboles con su murmullo infatigable y que dos corazones lado a lado, sin saberlo, brillan en la oscuridad. La sensación que nos dejan sus versos, cuando habla de amor o pasión, es la del ejecutante maestro que doma sin afecciones a feroces monstruos. Poeta del nosotros, del ellos, Szymborska reúne con una sencillez asombrosa conmemoraciones de amantes bajo los árboles, bajo la luz de la memoria y, la piadosa certeza del paso del tiempo inmisericorde, del olvido, del luto que se guarda ante las cosas, los actos, los seres que se escapan entre nuestras manos como humo que antes era fuego.

Poesía de testigo ocular, sin vacilaciones, le gustaba escribir del día y la noche, de la nieve de los próximos años, del rubor de las manzanas, de los abrazos, de lo inútil de las despedidas, de la duración increíble del silencio cuando menos es requerido, de cómo se pierde la inmortalidad. Versos donde el poder las palabras se vuelve diamantes filosos y entra a nuestras vidas a través de las ventanas, de las puertas cerradas, de la mente, de los corazones y en silencio, sin darnos cuenta, nos van cortando en pedazos. Debo mucho, escribió en un poema memorable, a quienes no amo.

Se ha marchado Szymborska, muchos estamos tristes en este cielo azul sin ella, pero nos legó una parte de su eternidad en sus poemas. Ahora entendemos mejor lo que el amor no entiende y perdonamos lo que el amor jamás perdona. “Nos conocemos a nosotros mismos —escribió— en la medida en que nos ponen a prueba”, y eso, nos lo dejó escrito, por supuesto, desde su ignorado corazón.
19 Septiembre 2011 03:00:48
Fiesta y voluntad
Alrededor de la Feria Internacional del Libro de Saltillo 2011 encontré muchas y distintas actitudes y, entre las múltiples personas que pude conocer y reconocer durante esta fiesta libresca,  pude constatar singulares y divertidas respuestas. Entre ellas, recuerdo con especial simpatía una de ellas, expresada por un empleado de Gobierno que me dijo con especial y sincero desparpajo que él no asistía a ninguna presentación, lectura o conferencia, él, así lo dijo, acudía únicamente a encontrarse con los libros. Su presencia en la Feria era para comprar libros, no para escuchar o admirar a alguien, eso, me dijo, “es una pérdida de tiempo”. Resulta difícil no comprenderlo y sentir simpatía por él, muchos de nosotros, amantes de los libros, sabemos que no hay mucho tiempo que perder, la vida es breve y no bastan los días para leer tanta abundancia necesaria.

Una parte de mí está de acuerdo con lo anterior, pero otra se revuelve contra ello y me pone a pensar en tantos niños y jóvenes que pude observar recorrer los pasillos buscando libros que llamaran su atención y observar sus rostros alegres cuando descubrían algo que cumplían sus deseos. En multitud de ocasiones pude observar, con enorme placer, a familias enteras con bolsas llenas de libros salir por la puerta del Museo del Desierto, o un niño que, de la mano de sus padres, se marchaba renuente del recinto, pues, seguramente, no había conseguido que le compraran todo lo que deseaba. En una ocasión me tocó ver como un cansado papá, cargado de dos o tres bolsos llenos de libros, era arrastrado de nuevo a la Feria, puesto que seguramente, acababan de convencerlo de que faltaban varios libros indispensables e inevitables.

Ver a tantos jóvenes alrededor de este encuentro entre libros y seres, me dejó ver que a pesar de la profunda desesperanza que nos rodea y la barbarie que de tan diaria se vuelve ya costumbre, hay una valiosa parte de nuestra sociedad que sigue incólume ante la oscuridad. Ante la arremetida de protervia y la deshumanización, parece que todavía hay esperanza y deseos de cultivar la belleza y la inteligencia, todo aquello que aún nos queda para salvar. Todos esos pequeños y adolescentes que colmaron la Feria del Libro ahora, en este instante, están un poco, sólo un poco, más allá de la incertidumbre y la derrota. El contacto con los libros en general, no sólo lo buenos libros, nos aleja de la ignorancia, descorre el velo de las mentiras y afila nuestros sentidos contra todo aquello que atente contra la civilización, contra el amor, contra la inteligencia, la comprensión y la libertad. Recordemos aquella aguda frase de Harold Bloom cuando escribe: “Los libros no hacen mejores hombres; sólo los vuelven más libres”.
18 Septiembre 2011 03:00:19
Historia y Literatura: testimonio y ficción
Las infinitas conexiones de estos dos géneros: historia y literatura, ya han sido descritas por muchas de las más grandes mentes de nuestro tiempo y sus raíces son hondas, mucho más allá de cualquier corriente histórica y teoría literaria.

Los apuntes primarios en este sentido y hablando en un nivel básico, nos dejan plantearnos la idea de una Historia puntual en sus hechos y fundamentada en testimonios comprobables, en su gran mayoría, que nos permiten atisbar a través de los tiempos con una relativa comodidad y certeza; así, de la mano de la historia podemos presenciar la grandeza de Grecia y la fundación de los grandes temas que, todavía hoy, nos preocupan: la democracia, la tiranía, las artes y las sangrientas pugnas entre hermanos.

No soy ni de lejos, un conocedor de la historia y mis escasos conocimientos al respecto son, si acaso, someros. Ello, sin embargo no me ha impedido sentirme fascinado por Heródoto, Plutarco, Tucídides, Cicerón y Diógenes Laercio. Nunca he podido olvidar aquella idea del mismo Heródoto, quien anhelaba conseguir que nada hecho por los hombres de su tiempo fueran olvidados y sus existencias desvanecidas sin más. Preocupado por la desaparición de hechos grandiosos y la gloria de las victorias obtenidas, Heródoto designa con maestría basada en los hechos mismos, no en simples términos que los explicaran. Pero recordemos, también que, aunque considerado el padre de la Historia, su obra ha causado controversia desde el mismo momento en que fue conocida. Tucídides, nos dicen, lo contradice en su mayoría; el mismo Aristóteles lo consideraba un fabulista y Plutarco le reprocha insensatez y oscuridad.

Cito a Heródoto por su estatura clara y exacta, pero ante el tema que nos ocupa hoy, las relaciones intrínsecas entre Historia y Literatura, podemos recordar, en México por ejemplo el bellísimo y rico ejemplo de los cronistas de Indias como Bernal Díaz del Castillo, fray Bernandino de Sahagún, Bartolomé de las Casas y el mismo Hernán Cortés, quienes escriben sus textos en medio de una delgada línea entre el testimonio y la ficción conmovedora. Baste recordar el siguiente texto: “En este día, a la tarde, vimos un milagro bien grande, y fue que apareció una estrella encima de la nave después de puesto el sol, y se partió despidiendo rayos de luz a la continua, hasta que se uso sobre aquella villa o pueblo grande, y dejó un rastro en el aire que duró más de tres horas largas; y también vimos otras señales bien claras, por donde entendimos que Dios quería que poblásemos aquella tierra para su servicio…” de Juan Díaz, clérigo y capellán de la armada capitaneada por Juan de Grijalva, y de quien se cree fue el cronista original del “Itinerario de la armada”. A caballo entre el testimonio histórico y lo posible fantástico, este tipo te textos nos deparan la idea de géneros complementarios que se enriquecen entre ellos: la Historia atestigua y atrapa el pasado, la ficción literaria se enriquece de la realidad para traspasarla y, en cierto sentido, otear el futuro.
17 Septiembre 2011 03:00:40
La importancia de la lectura
En México vivimos uno de los más grandes atrasos en la sociedad mundial debido al bajísimo nivel de lectura en nuestra sociedad. Más allá de las cifras que desconozco en su justa medida, soy un testigo apesadumbrado de este enorme problema. Hace algunos días tuve la fortuna de compartir, en la Feria Internacional del Libro de Saltillo, con más de 500 jóvenes estudiantes de secundaria y bachillerato una serie de charlas acerca de los libros y la lectura, especialmente alrededor de la obra de Octavio Paz. La calidez de los muchachos, su interés y las múltiples inquietudes que manifestaron en esas reuniones me impresionaron. Me dejaron la impresión de tener muchas ganas de leer, pero hasta ahí llegaba su interés, deseos incumplidos. Entonces ¿por qué nuestros niños y jóvenes no leen, en su gran mayoría? Hay, por supuesto, casos excepcionales que lo único que hacen es confirmar la regla: se lee poco o nada y lo poco que se lee se lee, en muchos de los casos, mal.

Al final de los encuentros, algunos de los jóvenes asistentes a la charla se acercaba a la mesa donde me encontraba, con lápiz y cuaderno en mano, para preguntarme el nombre de algunos libros que yo les recomendara leer. Les sugerí algunas lecturas que a mí me fascinaron cuando tenía su edad y otros libros que a mí me gusta considerarlos “contaminantes” en el mejor de los sentidos, su lectura suele llevarte de la mano a otros libros que, a su vez te llevaran a otros y así indefinidamente, en una interminable cadena de maravillas y descubrimientos.

Algunos días después de aquellas reuniones, algunos alumnos y los propios maestros que asistieron se han comunicado conmigo para solicitarme una especie de guía de lectura (me resisto a la idea de una lista), la idea al principio me pareció alentadora, pero instantes después me pareció peligrosa. ¿Hasta dónde un extraño puede “sugerir” tal o cual libro para su lectura? Especialmente si hablamos de niños o de la juventud, es complejo y hasta cierto punto escabroso, intentar guiar una aventura ya tan inaudita como la lectura. ¿Qué hacer? ¿Qué decirles a quienes solicitaban aquellas sugerencias? Opté por sentarme e imaginar que me hubiera gustado que me dijeran a mí, en su caso. Entonces elegí enviarles una lista de sugerencias basadas en la prudencia y la delicadeza. Nada de ponerlos a leer a Séneca o a Góngora, medité en aquella bellísima imagen acerca de la educación lectora que sugiere que enseñar a leer es como entrenar  a un niño para que aprenda a nadar: uno se remite a mostrarle las claves, los símbolos, la mecánica básica de los movimientos que le permitan nadar pero; luego de ese aprendizaje primario, debemos permitir que aquel aprendiz lo haga solo, que practique sin nadie más a su alrededor y desarrollé su propio sistema. En el futuro, ese niño en algún momento nadará más hondo, se alejará de la orilla y, en un instante mágico, puede decidir bucear en las profundidades más oscuras y misteriosas, pero, eso, ya no estará en nuestras manos vigilantes, debemos soltarlos, permitirles ejercer su libertad.
15 Septiembre 2011 03:00:13
Siglos de Oro: palabras que son frutos…
Durante  esta Feria Internacional  del Libro tuvimos la fortuna de contar con la participación del poeta y dramaturgo Javier Treviño Castro, quien generoso, como siempre, impartió un curso dedicado a los Siglos de Oro Español. Maestro dotado y dueño de un conocimiento enciclopédico del arte y la cultura en general, Javier nos regaló tres sesiones exactas alrededor de ese tiempo de explosión artística y cultural que atraviesa los siglos 16 y 17, que legó a nuestra cultura un catálogo de obras maestras todavía hoy insuperables que forman parte central del canon de la lengua española. Hacer una lista de este cúmulo de genialidades sería repetir algo ya declarado muchas veces, baste mencionar una sola, sólo para fijar una perspectiva: “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”.

Difícil sería intentar un resumen alrededor de lo que se trató en este curso especializado, podemos, sin embargo, intentar una aproximación basándonos en el título del mismo: “Siglos de Oro Español: Sueño y Desengaño”, entre estas palabras, podemos volar a ras de “Las Meninas”, de Velázquez, donde a la manera de Jorge Luis Borges, el pintor juega a los espejos dobles y sus simetrías, antecediendo aquello de “los espejos y la cópula son abominables, porque reproducen el número de los hombres”, cita que Bioy Casares le revela a Borges en un pasillo en sombras. Más allá del cuadro los encuentros también se reproducen: Jorge Manrique nos habla de la muerte de su padre; Luis de Góngora dinamita el lenguaje con sustancias elementales robadas al mundo grecolatino; Quevedo erige una cúpula de versos perfectos bajo la cual nos amparamos todavía y nos ofrece los dones de la poesía más allá de la muerte. Pero ¿quién puede cerrar semejante desfile elegíaco? Por suerte, tenemos la dicha de pertenecer a la lengua española y tenemos a Miguel de Cervantes Saavedra, arco, flecha y diana de nuestras letras.

Javier Treviño nos ofreció un banquete singular y, hay que decirlo, divertidísimo donde las citas eruditas eran combinadas con deliciosos chismes cortesanos de la época que provocaban ver a aquellos monstruos literarios como seres de carne y hueso, luminosos y trascendentes, pero al igual que nosotros al final, materia evanescente, pero enamorada.

Tigres y Laberintos

“Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen El Corralero. Yo le he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero, y de malo, y que le dicen El Pegador. Quiero encontrarlo pa’ que me enseñe a mí, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y vistas”.

de El Hombre de la Esquina Rosada.

JORGE LUIS BORGES.
14 Septiembre 2011 03:00:28
Escritor y lector: colaboración
El inagotable (como todos los genios) poeta Octavio Paz volvía siempre a una de sus obsesiones más hermosas; la íntima, estrecha relación entre el escritor y el lector. Mezcla y conjunción fascinante, incluso, misteriosa, el punto de encuentro entre la poesía y el hombre es el texto escrito, sea éste un poema, cuento, ensayo o novela, por mencionar unos de esos muchos “cruces de caminos”, puertos o fronteras donde aquel que escribió llega su destino, los ojos y el alma del que lee. Asombrosa cita cuyo destino es cumplirse, cuando alguien posa sus ojos sobre las palabras “un sauce de cristal, un chopo de agua, un árbol bien plantado mas danzante…”, el poema monumental “Piedra de Sol” se cumple, el círculo se cierra, el poema, por fin, ha llegado a puerto, deja, entonces, su vocación de viento. Pensamos entonces que ha muerto, es lo contrario, acaba de cobrar vida, ahora es otro poema, el íntimo, el personal e intransferible poema que cobra vida en la mente del lector. En ese instante hechicero, los versos escritos por el poeta ya no le pertenecen, ahora son del otro, de su lector, que los ha hecho suyos, ahora, esos versos le pertenecen para que haga con ellos lo que se les dé su gana.

AsÍ se cumplen entonces las metáforas, los símbolos, los símiles, las alegorías y los mitos, es decir, la vieja e infalible retórica. Así podemos entonces escuchar la “música callada”, de San Juan de la Cruz; podemos observar a los héroes griegos, como Antígona, destruida entre Dios y los hombres; la cólera de Aquiles, divida entre su amor por Patroclo y la piedad por el anciano Príamo. Octavio paz lo dice de manera hermosa: la imagen es cifra de la condición humana. Todo ello permitido sólo a través de la lectura, de esa relación lúbrica y apasionada entre la escritura y el acto sedicioso de leer libros. Cartas personales de un hombre a otro y viajeros insomnes a través de los tiempos, hay versos de Catulo o Safo, por mencionar a alguien, que pueden ser susurrados al oído de alguien en este instante que, pensará, sorprendido, que los acaban de escribir hace unos minutos, ignorando que han atravesado las eras esperando encontrarnos amantes, dichosos o no, eso es otra cosa.

Respecto a este sentimiento de recreación, de volver a fundar lo mil veces creado, basta pensar en nuestra juventud, cuando creíamos que nadie, antes de nosotros, había sufrido o amado (cada quien su suerte) de la forma en que uno lo hacía. De ahí viene, por ejemplo, esa ansia de búsqueda de la juventud en los poemas; buscan, tras todas las máscaras, la verdadera cara de aquello que sienten y que los poemas les contestan, aunque, ya lo sabemos, las respuestas tardarán en llegar, o no llegarán nunca. Octavio Paz nos recuerda que hay una nota común a todos los poemas, sin la  cual nunca serían poesía: la participación. Dice: “Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro”.
 
Tigres y Laberintos

En las puntuales páginas de la enciclopedia biográfica titulada Templo del fuego, el persa Lutf Alí Azur menciona que en un colegio de Shiraz hubo un astrolabio de cobre construido de tal suerte que quien lo miraba una vez no pensaba ya en otra cosa... de El Zahir,

JORGE LUIS BORGES
13 Septiembre 2011 04:06:44
Borges: reescribir una cultura
Ayer en la Cátedra Alejo Carpentier, el cubano Antonio Baujín dio un repaso somero sobre Jorge Luis Borges, a quien está dedicada este año la cátedra, especialmente a la importancia del escritor argentino en la reescritura de la historia cultural de Latinoamérica, específicamente en su país, Argentina.

Desde su particular punto de vista, Baujín realizó una comparación entre el poeta argentino y el escritor cubano Alejo Carpentier, de quienes, dijo, coincidían en esta idea de la reciprocidad de la lengua y la historia frente a España. Al respecto mencionó la importancia de las conspiraciones intertextuales entre estos dos escritores, especialmente en la teorización de la voluntad y la conciencia intelectual y cultural.

Charla epigramática, a saltos entre el pampero y el isleño, las ideas se volvieron una disposición de imágenes entre la lengua hablada y escrita en Hispanoamérica y la nativa española. Establecido lo anterior, asunto peliagudo y difícil, dadas las posiciones y lugares de cada escritor, Borges en un extremo, Carpentier en otro, hubo que tomar partido. Sin dilación, me quedo, sin duda alguna, con Borges, quien, sobre todas las cosas ejerció la libertad a través, en este caso, de la cultura o, mejor dicho, del arte.

La labor de Jorge Luis Borges fue siempre, hay que decirlo, preciosista, algebraica, diría un poeta francés. Su rigor literario fue siempre la orfebrería, la meticulosidad formal, amparada bajo la imaginación desbordada. Su identidad, forjada de símbolos multiculturales, aunada a su cultura libresca absoluta, nos ha legado una obra imperecedera e inagotable. Las provocaciones borgianas son, sin duda alguna, una fuente de las más prolíficas en nuestra cultura. Germen y semilla, Jorge Luis Borges continúa influenciando.

Tigres y laberintos

Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: “Ni una arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de sueños.” Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros. De La Escritura del Dios.

Jorge Luis Borges
12 Septiembre 2011 03:00:28
Poesía y pensamiento
Valéry encontró en la poesía una respuesta delicadamente equilibrada respecto al pensamiento, en algunas de sus muchas notas sobre el tema podemos encontrar notas exquisitas sobre estas relaciones. Escribe, por ejemplo, que un poema debe dar la idea de un pensamiento perfecto, aunque, agrega: “aunque no sea un verdadero pensamiento”. Más adelante asevera que el poema debe ser al pensamiento lo que el dibujo es al objeto: “una convención que devuelve  al objeto lo que este tiene de pasajeramente eterno”. Así, el poema verdadero, el inobjetable, atestigua lo efímero y lo  erige piedra, vuelve exacta simetría la transparencia.

En este sentido, toda poesía perdurable mantiene un andamiaje de poderosas ideas vueltas palabras luminosas unas, oscuros vocablos otras, pero siempre pensamientos planteados desde el conocimiento de sí mismos. El poeta acepta con feroz resignación su papel de otorgar aliento, existencia permanente a todo aquello que fluye. Retomemos a Valéry, quien nos explica que esa labor de suspensión material, ese trabajo de “hacer permanecer” vuelve, poco a poco y con dificultad, que el tiempo detenido se enriquece, se falsea y entonces, por gracia del poema, alcanza mayor existencia de la que nunca tuvo antes.

Así, el poema no tiene nada que ver con “los sentimientos”, es acción independiente de lo que “se siente”, aunque parezca, casi siempre, que es exactamente lo contrario, puesto que aunque plenos de emoción y auge de sentidos, estos en la poesía son solo elementos propios de su discurso, materia verbal, azar dispuesto en forma hermosa. Respecto a ello, los poetas son maestros del azar, escuchas atentos de lo que pasa y fluye entre ellos y el mundo, entonces, de pronto y sin aviso alguno, ocurre una alteración mental, se despierta o se abre una fiera, una puerta y el poeta se acerca a volver en palabras aquello que observa, vuelve ideas, pensamientos, las abstracciones del tiempo, de las pasiones, de todo aquello que de alguna u otra manera se mezcla con un ser humano. Cerramos con Valéry: “Yo soy el otro, frente a todas las cosas”.

Tigres y laberintos

“El mayor hechicero (escribe memorablemente Novalis) sería el que se hechizara hasta el punto de tomar sus propios fantasmas por apariciones autónomas. ¿No sería ese nuestro caso? Yo conjeturo que así es. Nosotros hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso”. de Avatares de la Tortuga.

JORGE LUIS BORGES
11 Septiembre 2011 03:00:45
Novela Negra: nada personal, naturaleza humana
Más allá del crimen, el relato policiaco y la intriga, la novela negra nos atrapa en nuestra lastimosa humanidad, atrapa a quien la lee sin titubeos, sin maquinaciones literarias ampulosas: la naturaleza humana se retrata sin ambages, no hay trampas, todo es acto, sin juicios ni explicaciones innecesarias, todo es sucesión en cadena y los personajes se desenvuelven sin freno hasta la culminación, con o sin esperanza alguna.

En la novela negra no hay redención ni expiación de la historia y sus personajes mantienen una lucha constante contra o a pesar de sí mismos; sus diálogos interiores suelen rebasar incluso la trama general de la historia y conforman gran parte del peso narrativo, actúan, a veces, contra la misma historia que el autor nos quiere contar, se desatan y proceden con una salvaje consistencia, fieles a una voluntad y moral accesoria, casi, podemos decir, con una humanidad sin titubeos. Rodeada de sombras profundamente personales, el género negro nos acerca a los límites de una realidad que desmiente a la sociedad de todos los días. En la novela negra atestiguamos los reflejos de nuestra verdadera naturaleza, absurda de vicios, vergonzosa en sus deseos, delatora de nuestras arrugadas y terribles máscaras.

Submundo escandaloso y terriblemente real, el universo de la novela negra emerge de nuestra cotidianeidad. Ciudades absurdas construidas sobre la miseria y la discriminación social, el género se alimenta de la rabia y la venganza que nos posee a ciertas horas del día. Literatura de desquite, en sus páginas cualquiera, pero de verdad cualquiera, puede, de pronto, revolverse contra el mundo que lo lastima o, le permite, en un momento dado decidir que aquello que tanto desea deberá ser tomado pésele a quién le pese. Más allá de la ley, las convenciones o la justicia, un hombre o una mujer, harán lo que se les dé la gana.

En este género no hay juicios moralinos de los clichés del bueno y el malo; corre en un universo donde los seres humanos optan, en el momento de las decisiones, a permanecer, por encima de la maldad o el oprobio, o el crimen. Los juicios de la novela negra, si existen, sobrepasan los miedos, no hay dubitaciones no reflexiones filosóficas, se actúa en caliente, se mata o se muere, lo impío es su reino. Podemos recordar cierta imagen cinematográfica cuando Keanu Reeves le pregunta a Al Pacino (quien hace el papel de Satanás) “¿Por qué eres tan malo? Y Satán responde: No soy malo, sólo no tengo piedad”.

Tigres y Laberintos

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder”. de Las Ruinas Circulares.

JORGE LUIS BORGES
10 Septiembre 2011 03:00:53
Borges: génesis verbal, tropos mágicos
En algún momento anterior a la historia escrita, alrededor de alguna protectora caverna, nuestros antepasados más remotos contemplaron temerosos, la inmensidad de la noche, para designarla eligieron la palabra oscuridad, apuntemos, aquel vocablo no “significaba” la oscuridad, era, en sí misma, tinieblas, con todo lo que arrastraba tras de  sí: miedo, peligro, muerte. De ello desprendemos, fácilmente, una de las características de las palabras que solemos obviar, su magia profunda, su primaria función de hechicería convocante, defensiva, cósmica. Reflexionar sobre ello nos permite atestiguar el resplandor de la palabra luz, que, al pronunciarla lentamente, en voz baja, casi sentimos encenderse algo.

Al respecto, el escritor argentino Jorge Luis Borges, nos recuerda que para los judíos y su Cábala, las palabras poseen un poder innegable; leemos en la Torah: “Y dijo Dios haya luz” y hubo luz. Es obvio, comenta Borges, que creen, con fe ciega, que existe entonces que existe un vocablo que posee la fuerza suficiente para, al ser pronunciada, engendra lo nombrado, en este caso, la luz. Es divertido recordar un breve cuento recogido en Cuentos breves y extraordinarios donde, ciertos sabios judíos habían desentrañado a tal grado los misterios más profundos de la Cábala que, los viernes al atardecer, creaban, enunciándolo a detalle, un cordero perfecto que más tarde asaban para la cena.

Jorge Luis Borges, así, puede pasar por un seductor, a la vez nigromante y derviche que en muchos de sus textos conjura, exquisito, la simiente de los tigres, los distintos rostros del tiempo, el maleficio de lo onírico arrebatado a la mente, los sueños que sueñan sueños, monedas imposibles, las obsesiones atroces, las calles desiertas de Buenos Aires donde, en cualquier momento, podemos toparnos de frente con el zahir.

Así, los orígenes del lenguaje con que día a día repasamos y reconstruimos nuestro mundo, es, sin duda, ensalmo y prestidigitación. Podemos recordar con facilidad los cuentos infantiles, abundantes en abracadabras y hechizos o, “Las Mil y una Noches” y decir: “ábrete sésamo”, los ejemplos, por supuesto, abundan, sólo hay que detenerse a señalarlo. Podemos entonces aceptar con felicidad el estremecimiento de algunos conjuros comunes: trueno, relámpago, agua, árbol, sol, lumbre, astros.

Tigres y Laberintos

“El calor y la luz no son más que formas de la energía. Basta proyectar una luz sobre una superficie negra para que se convierta en calor. El calor, en cambio, ya no volverá a la forma de luz. Esa comprobación, de aspecto inofensivo o insípido, anula el “laberinto circular” del Eterno Retorno. La luz se va perdiendo en calor; el universo, minuto por minuto, se hace invisible. Se hace más liviano, también. Alguna vez, ya no será más que calor: calor equilibrado, inmóvil, igual. Entonces habrá muerto.” De La Doctrina de los Ciclos. JORGE LUIS BORGES
09 Septiembre 2011 03:00:28
Colección de metáforas
Profundamente enraizado en el hombre, el papel de la metáfora literaria todavía me estremece al entrar en contacto con ella, a pesar de una vida entera dedicada a los libros. Recuerdo, por decir algo, aquellas terribles batallas de la Ilíada, de Homero, o los muchos Homeros, diría Borges, que me hacían temblar de emoción cuando era niño: las llanuras frente a la ciudad de Troya, temblorosas de banderas estremecidas por invisibles dioses, el fulgor de las espadas, el destello de los escudos, el ondear de las cimeras, el mundo cimbrado por el choque de carros, bestias, hombres y dioses, y todo aquello, por una mujer que, debemos pensarlo así, era dolorosamente bella, y que, tendida bajo una tienda de lino, indolente, bebe vino, mientras observa la sangrienta batalla.

Así inició para mí un catálogo infinito que se extenderá hasta mi muerte, de imágenes, un muestrario de metáforas ingentes que llevo siempre conmigo. A mi manera, colecciono metáforas que han calado en mi imaginación. Desde los cuervos ahítos de sangre tras las batallas, la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo, hasta un sauce de cristal, un chopo de agua, un árbol bien plantado, mas danzante, mi vida ha transcurrido pródiga de actos sediciosos como los mencionados, siempre escondidos tras esos pequeños objetos llenos de letras, los libros.

Todavía recuerdo con firmeza la figura ajada, macilenta y empolvada del Cid, mientras cabalga errante por Castilla, repudiado falsamente, mas lleno de honor y gloria venidera; o como olvidar al capitán Ahab al frente de su barco entre el tormentoso océano, tras la ballena blanca; o al peregrino que desciende a los infiernos en busca de su amada, a quién, por un instante, puede divisarla, a lo lejos, mientras Beatriz entra a la gloria de los cielos; o al hidalgo manchego que se enfila, temerario contra los descomunales jayanes; ahí radica, me parece, la nobleza de la lectura, en el cúmulo de maravillas referenciales que nos otorga en un mundo paralelo donde sólo cuenta aquello que podemos atestiguar por nosotros mismos, sin nada más de por medio, solos, a medias en este mundo de wi-fi y respaldos informáticos y el otro, poblado de hadas, gigantes que se limpian el trasero con gansos y hombres que salen a la calle a liarse a golpes con Dios, que bueno que todavía existen los libros.
07 Enero 2011 04:59:59
Elegía de los días por venir
“Quien no ha encontrado el Cielo abajo no lo encontrará arriba, pues los Ángeles alquilan la casa vecina donde quiera que nos mudemos”.
Emily Dickinson


Siempre en estas fechas al inicia un año campea entre nosotros una especie de emoción particular referente principalmente a sinceros deseos de cambio, de renovación, de plenitud en el término exacto del existencialismo, aunque, debemos subrayarlo, muchos de esos deseos se quedan el mero sentido estético del término. Pero más allá de las fronteras de las dietas y la erradicación de vicios, sanos unos, perversos otros, en estos primeros días del año algo se desliza entre la sociedad, un vientecillo de advertencias nos llega de todos lados, se respira un clima de, hay que decirlo, apabullante esperanza.

Hijos puros de nuestros padres placer y dolor, en esta época los hombres comunes y corrientes como nosotros nos detenemos brevemente a escuchar pasar las advertencias de la importancia de estar vivos. Humildes y afectuosos, hartos de comida y bebida, hacemos un alto minucioso para observar hacia atrás. Lo que vemos, aunque no nos convierte en sal (todavía) nos sirve para escudriñar aquello que sentimos, o pudimos sentir. Aristóteles decía que toda emoción era la reacción inmediata a una situación favorable o viceversa. Así, nosotros que sólo somos hombres tendemos en los últimos y los primeros días del año a crear recuentos, estadísticas, numerologías de lo acaecido, de lo bello y lo feo de lo que se fue, de lo que vendrá.

Dentro de toda esta gama de anuncios, de resultados, de esperanzas, de anhelos y emociones encontradas, hay siempre un regusto amargo y sincero sobre decirle adiós a lo vivido y prepararse para lo inesperado, pero justamente ganado. Sentados al filo del tiempo pensamos, aquello bello que viví ha quedado atrás, pero nos equivocamos; replanteamos la duda, aquello terrible que viví se fue para siempre, a veces es verdad, a veces no, pero no somos dioses ni siquiera menores para ejercer el arduo aprendizaje del olvido, lo sabemos un instante, perdemos la certeza al siguiente segundo.

Sin embargo, es curiosa la importancia que los seres humanos otorgamos a las emociones, aunque Descartes no estaría de acuerdo conmigo y, para disculparme, pienso en la idea del dolor pasajero como el aguijón de la vida, sin dolor, dice Kant, cesaría la vida. Y para cerrar la extraña diatriba memoriosa, me viene a la cabeza el romántico y perfecto pesimista de Schopenhauer, quien siempre me susurra al oído que vivir significa querer y que querer significa desear, aunque luego también esta lista se vuelve melodramática y es mejor detenerla en este punto, donde se mezclan varias mal llamadas emociones y otros bien intencionados pensamientos. Es en esta oscilación donde encontramos el punto seguro donde podemos sentarnos a contemplar la belleza de los abismos, centímetros más allá, todo se vuelve peligroso.
10 Diciembre 2010 05:00:28
Hallazgos
La materia del arte entre sus múltipleS FORMAS Y REsULTADOS es, de manera preponderante, esa sensación de hallazgo, de descubrimiento íntimo, incluso, de desconcierto ante algo que, se suponía, ya conocíamos, pero que de pronto, bajo ciertas inclinaciones lo redescubrimos o, lo sabemos “otro”, el mismo, pero diferente. Es este descubrimiento de la multiplicidad de los significados lo que nos hace abrir los ojos y pensar qué es aquello, qué lo ha vuelto distinto, plural ante los ojos y la mente. Las respuestas son variadas, pero constantes en sus razones, piense usted, por ejemplo en esta ciudad, en Saltillo, la misma y nuestra todos los días simples, más de pronto, algo azaroso la transforma, la conforma, digamos, distinta, sabemos que es la misma, pero misteriosamente, ya no corresponde a nuestros pensamientos cotidianos.

Pensemos, por un instante, que la ciudad se nos muestra en un paralelo íntimo y ello nos permite hurgar en su interior, penetrarla, atestiguar sus verdades más inobjetables.

Digamos entonces que mientras caminamos O CONDUCIMOS por el Bulevar V. Carranza, en cualquier sentido, eso ahora no nos importa, iniciamos un viaje más allá de sus superficies conocidas, buscamos señales profundas, avisos que indican el camino a lo subterráneo de las cosas, revelaciones acerca del corazón material que esconden, materias, nombres, seres, calles y cosas que sólo pueden ser nombradas a través de la imaginación.

Ello por supuesto nos descubriría con incalculables posibilidades, otras cientos, tal vez miles de ciudades distintas, hermosas y plácidas unas, terribles y caóticas otras.

Así, mientras vagamos, sin rumbo O CON DESTINO CIERTO, entendemos que nuestro viaje es de miradas, es contertulio silencioso pleno de sugerencias, indicios vedados a los incapaces que nunca podrán contar lo que jamás verán cierto.

En la memoria, como en estos casos, el recorrido es guiado por un bazar de indicios recogidos a través del tiempo, geografías de lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Allá, por ejemplo, en los jardines del Ateneo Fuente, la segunda banca a la izquierda está colmada de banderas de múltiples colores, ondean sin pausa, gritan algo mientras se agitan al viento, quién sabe, o puede observarlas recordará de pronto una declaración de amor, o cierta película que jamás acabó de ver y ya para entonces está rodeado de “otra” ciudad, aquella visible sólo para él y en donde los límites son impuestos por geografías fantasmales, allá un hospital, del otro lado una iglesia, una escuela, un camión blanco con un número cinco en azul brillante.

Recorrer nuestra ciudad con otra mirada NOS PERMITE volverla algo más entrañable, más grata, con menos límites o, al menos, con otras identidades, más ciertas, más provocadoras, más sutiles. En ella, ciertamente las ilusiones pueden volverse reales y sus superficies pueden reflejar delicadas y singulares esperanzas.

Más allá de sus calles exactas con nombres propios, de sus plazas ubicuas, de sus edificios identificados plenamente, en nuestra ciudad laten otras latitudes que sólo podemos atestiguarlas desde ciertos lugares, comunes algunos, imposibles otros, pero siempre los mismos, las tristezas cotidianas, la lógica de las pasiones.
26 Noviembre 2010 05:00:03
Del olvido
Es bueno ser amado y vivir cerca donde ello ha sucedido. Pasa la gente tan cerca de mí que podría sin problemas extender mis manos y tocar sus cabellos, acariciarlos sin que se den cuenta, podría, incluso, acercarme a ellos tanto que podría olerlos, ver cómo crecen a cada paso. Pasan autos sin pausa alrededor, veloces, ruidosos, alterando la mañana. Veo los rostros que los ocupan, jinetes incesantes, viajan a destinos que ignoro, pero sé que podría acompañarlos, arribar a alguna parte a su lado, ¿a dónde irán?, ¿quién los espera?, podría, si quisiera, acompañarlos en sus largos viajes, así yo también poseería un destino cierto.

Ayer me abandonó un barco que me llevaría al puerto que sólo existía para mí, para cuando me di cuenta de lo que había pasado, empecé a sentir dolor y de pronto, desperté, era de madrugada y la luz de la luna volvía fantasmal el mundo, al otro lado del cuarto había una mujer de pie, observándome, en silencio. Hubo algunas frases acordes al momento y la hora, un puñado de palabras, apenas recuerdo cuáles eran, supongo que lo que se suelen decir mutuamente aquellos que se han amado y de pronto tienen que separarse. Solo recuerdo claramente que la mujer señalo mi rostro y susurró que me veía cansado y triste. De manera extraña, la mujer, o su sombra, caminó hasta la cama y se recostó a mi lado, se enredó entre las mantas y sin decir una palabra o realizar un gesto, se quedó dormida, no sé si en su propio sueño o en los míos, o en otro, completamente distinto.

Hoy no he despertado todavía, siento que en alguna parte sigo recostado, con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando abrir los ojos, ponerme de pie y sacarme de encima las sombras, poder ejercer el olvido. La mayoría de las personas son afortunadas, piensan que olvidar es posible, viven como si de verdad pudieran alejarse, tomar distancia y, con un ademán, dejar todo atrás. No poseo esa gracia, siempre he pensado que no olvidamos, sino que meramente, obviamos, sustituimos secciones de nuestros recuerdos por otros que seleccionamos, más felices o necesarios.

Escribo estas líneas porque de pronto es necesario otorgarle privilegios a desvanes empolvados, a asuntos que el mundo de todos los días nos impide observar adecuadamente. Mientras pienso alguien me roza al pasar junto a mí, volteo y descubro a los hombres que permanecen como estatuas de hombres. Observan cómo pasa la existencia. El viento rompe como olas contra los edificios, contra los árboles. Y en mi mente dilatada, donde, por supuesto, lo digo sin amargura, siempre estás tú.
25 Noviembre 2010 05:00:10
Del olvido
Es bueno ser amado y vivir cerca donde ello ha sucedido. Pasa la gente tan cerca de mí que podría sin problemas extender mis manos y tocar sus cabellos, acariciarlos sin que se den cuenta, podría, incluso, acercarme a ellos tanto que podría olerlos, ver cómo crecen a cada paso. Pasan autos sin pausa alrededor, veloces, ruidosos, alterando la mañana. Veo los rostros que los ocupan, jinetes incesantes, viajan a destinos que ignoro, pero sé que podría acompañarlos, arribar a alguna parte a su lado, ¿a dónde irán?, ¿quién los espera?, podría, si quisiera, acompañarlos en sus largos viajes, así yo también poseería un destino cierto.

Ayer me abandonó un barco que me llevaría al puerto que sólo existía para mí, para cuando me di cuenta de lo que había pasado, empecé a sentir dolor y de pronto, desperté, era de madrugada y la luz de la luna volvía fantasmal el mundo, al otro lado del cuarto había una mujer de pie, observándome, en silencio. Hubo algunas frases acordes al momento y la hora, un puñado de palabras, apenas recuerdo cuáles eran, supongo que lo que se suelen decir mutuamente aquellos que se han amado y de pronto tienen que separarse. Solo recuerdo claramente que la mujer señalo mi rostro y susurró que me veía cansado y triste. De manera extraña, la mujer, o su sombra, caminó hasta la cama y se recostó a mi lado, se enredó entre las mantas y sin decir una palabra o realizar un gesto, se quedó dormida, no sé si en su propio sueño o en los míos, o en otro, completamente distinto.

Hoy no he despertado todavía, siento que en alguna parte sigo recostado, con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando abrir los ojos, ponerme de pie y sacarme de encima las sombras, poder ejercer el olvido. La mayoría de las personas son afortunadas, piensan que olvidar es posible, viven como si de verdad pudieran alejarse, tomar distancia y, con un ademán, dejar todo atrás. No poseo esa gracia, siempre he pensado que no olvidamos, sino que meramente, obviamos, sustituimos secciones de nuestros recuerdos por otros que seleccionamos, más felices o necesarios.

Escribo estas líneas porque de pronto es necesario otorgarle privilegios a desvanes empolvados, a asuntos que el mundo de todos los días nos impide observar adecuadamente. Mientras pienso alguien me roza al pasar junto a mí, volteo y descubro a los hombres que permanecen como estatuas de hombres. Observan cómo pasa la existencia. El viento rompe como olas contra los edificios, contra los árboles. Y en mi mente dilatada, donde, por supuesto, lo digo sin amargura, siempre estás tú.
12 Noviembre 2010 03:59:59
Martín, el Solipsista
“Piensa: Este es el sitio. Y se tumba, porque está cansado”.
Raymond Carver


En la plaza de San Francisco, en el cruce de las calles de Juárez y General Cepeda, vive, entre las frondas, Martín, así me dijo que se llamaba. Cuando lo encontré dormitaba en una banca. No había otro lugar donde sentarme, así que me coloqué cerca de su banca. Al verme se sentó y sonriendo con inocencia, señaló la botella de agua que yo llevaba. Se la ofrecí y sin dar gracias bebió lentamente hasta vaciarla. Luego volvió a acostarse en la dura banca con una sonrisa y cerró los ojos.

El solipsismo es una tesis según la cual existo únicamente yo y todos los otros entes, sean hombres o cosas, son sólo mis ideas. Puro y simple egoísmo metafísico. Respecto a ello, en el “Tractatus”, el filósofo Wittgenstein observó que “los límites de mi lenguaje, constituyen los límites de mi mundo”. Ello es un espejo donde veo el reflejo de Martín, donde “su mundo” se revela en el hecho de que los límites de su lenguaje (que sólo él comprende), constituyen los límites de un universo impenetrable para nadie más que no sea él. Él “es” su mundo.

Planicies sin resquicios, Martín rehusa establecer contacto, él dicta las leyes, establece los juicios, dicta las condenas, relega a la nada universos enteros. En “su” mundo él es rey, tirano y pueblo. Majestuoso en su aislamiento, este hombre arropado entre cartones, trapos sucios, mugre y orina, practica una de las formas de comunicación más difíciles y peligrosas, la más profunda soledad, que es el más escandaloso de los aullidos, el llamado imperante y desesperado, casi animal, de quien exige contacto, comunicación, realización de deseos.

La soledad posee una naturaleza de clamor que todos alguna vez hemos experimentado. Aislarse es, en su raíz más íntima, protegerse, resguardarse de las balas perdidas, de sus trayectos imborrables. Sin embargo, el aislamiento es otra forma de relacionarnos a un nivel más profundo. Prescindir de las relaciones con otros seres humanos es un golpe de liberación, rasgadura de la personalidad. Esa parte de la “humanidad” que muy dentro de nosotros nos sugiere el deseo de la soledad más impenetrable, es, en su último grado, el deseo de estar disponible para relaciones más grandes. Martín, en su tosco silencio, en su coraje o locura, nos contempla desde sus altura, donde, con toda seguridad, algo espera y, con desdén, nos mira.
05 Noviembre 2010 03:00:27
Himno entre ruinas
Ayer tuve la suerte de pasear por el centro de Saltillo, que, curiosamente, estaba casi solitario, tranquilo y sólo unos pocos deambulábamos entre las calles abandonadas. En la esquina de Allende y Aldama me detuve a observar a una pareja de adolescentes que se besaban escrupulosamente absortos al mundo. Me quede quieto, embelesado por aquella furia que los amparaba. Muchos que pasábamos por ahí nos sentimos culpables, hasta parecía que deseábamos pasar inadvertidos, intrusos que han sorprendido un acto sagrado, puro en su osadía, altísimo en sus fundamentos.

Recordé imágenes de aves comiendo de mis manos y canciones entre los bosques, la mirada a través de noches estrelladas, los estímulos que necesitamos para amarnos, las posibilidades de una nueva infancia, las ganas repentinas de empezar a hablar en verso. No fue sencillo dejar de mirar aquel cuadro y sencillamente mis pasos me alejaron de ahí, pero la imagen me acompañó durante el resto del día y me puso a pensar en mil y un cosas alrededor de aquella simple y carnal idea.

Siempre he encontrado dificultades para separar las definiciones más simples del amor de la base puramente sensual, fundada no en una elección personal, sino en el anónimo e impersonal deseo de la satisfacción sexual, ello, por supuesto, me ha acarreado la mayor parte de los problemas de mi vida. Dicho lo anterior, me es sencillo mantener en mi mente una idea del amor basada exclusivamente en la genealogía de mis deseos. Luego, en viejos manuscritos encontré una idea del amor explicada bajo la luz de la posesión, que ocurre, por supuesto, cuando el deseo se convierte en la forma dominante de la pasión, que exige, a su vez, la redención absoluta. Es aquí donde todo se vuelve confuso y donde es mejor decidirnos a actuar en vez del mundo de las ideas.

Mi conclusión, que se construyan parques inauditos dedicados a todos aquellos que sientan ganas de amarse un poco, o un mucho, en su defecto. Hileras e hileras de bancas y jardines dedicados a los besos y los abrazos y donde, adecuada y discretamente, se ofrezca la posibilidad de disfrutar de aquel pasional espectáculo a quien, como a muchos de nosotros, le guste ver más de allá de los edificios, las paredes y los autos. Parques amatorios de probada pureza donde corra libre el viento y en donde, como escribió Gustavo Cerati en alguna ocasión, “no me bastan las palabras, gemir es mejor”.
29 Octubre 2010 03:59:19
Descarnado señorío del azar
En su obra “Die Welt”, Schopenhauer escribió que la tragedia es la representación de la vida en su aspecto más terrorífico, el reino del dolor sin nombre, el triunfo de la perfidia, el descarnado señorío del azar y el fatal precipicio de los justos y de los inocentes. No pude encontrar una mejor expresión humana para intentar comprender lo que pasó el fin de semana pasado en nuestra ciudad cuando una madre y sus dos hijos adolescentes, inocentes hasta el dolor, fueron acribillados a mansalva por una turba de animales con charola de policías, quienes, dicen sus jefes, se equivocaron y confundieron a la familia con unos criminales a los que perseguían. Los detalles ya han sido repetidos y mostrados a lo largo de la semana, mientras, con rostros compungidos acordes a lo escandaloso del crimen de estado, los políticos balbucean disculpas, perdones, venganzas, justicias inauditas, castigos inmisericordes.

La frase más escalofriante del texto citado es aquella donde subraya que la tragedia es el descarnado señorío del azar, pues frente al hecho maligno que recorre las calles buscando una víctima, resulta inevitable que nos toque a cualquiera, así, la inminencia final de la muerte o la desgracia es, lo constatamos con espanto, una bala perdida que viene por nosotros a toda velocidad. Frente a ello, las únicas actitudes posibles que nos quedan es, primero, la resignación ontológica de sabernos a merced o la desesperación más absoluta y tangible, reflejada, como en muchas ciudades de México, en el aislamiento y las calles vacías, entregadas, sin mayor preámbulo, a los actuales brazos ejecutores del destino y dueños y señores de nuestro país.

Lo ocurrido esta semana en Saltillo va más allá de cualquier interpretación de la existencia y no hay psicologías posibles o estudios filosóficos que puedan ofrecernos misericordia y podamos, en la medida de lo posible, entender en el más simple de los casos, el dolor y la incredulidad de aquellos a quien esta tragedia tocó de cerca. Cómo explicarnos el hado funesto que nos rodea y acompaña sin decir una palabra.

Lo anterior me trae a la mente uno de los ejes sobre los que gira la tragedia griega, pienso en Sófocles, quien funda su maestría en el reconocimiento de que existe un orden divino del mundo, pero este orden hace que a veces el inocente deba pagar la pena de una culpa cometida por otros y, así, la terminación de aquellos hechos no es completa, ni justa y su solución no se cumple y el castigo se pierde. Sin embargo y a pesar del destino manifiesto en dolor y pérdida, la tragedia esconde en su más ciego foso la contraparte del azar, la simple y llana certeza de saberse puro, inocente, salvo, protegidos del horror y la muerte por la luz inmaculada de la más secreta de las virtudes, la verdad.
22 Octubre 2010 03:00:31
Olvidar lo que se mira
Ahora vivimos inmersos en un proceso histórico y social que nos recalca insistentemente, la “aparente” necesidad de observar fijamente el pasado, especialmente con todo aquello que tiene relación con la historia de nuestra patria. Por todas parte solicitan nuestra mirada para recordarnos y “validar” el esfuerzo, la valentía, el sacrificio y el heroísmo de aquellos que, dice la publicidad de turno, “nos dieron patria”. La campaña mediática alrededor de los procesos históricos de la Independencia y posteriormente la Revolución es apabullante, acto y hecho en el mejor de los sentidos, curioso, si no es que sospechoso, siendo como somos el pueblo mexicano una patria de hombres ciegos al pasado y a la memoria.

La prueba más dura y cruel de la aseveración anterior es la situación actual que vivimos en México, rodeados de sangre y muerte por doquier y un panorama social escandaloso por su injusticia e iniquidad, puesto que el desarrollo de nuestra civilización particular como mexicanos se ha elaborado desde siempre en el inocente planteamiento de “borrón y cuenta nueva” y mejor no miremos hacia atrás porque quién sabe con qué monstruo imbatible e inobjetable podamos encontrarnos de frente. El análisis del singular fenómeno cultural de nuestra indiferencia hacia nuestra memoria y el pasado es algo que esta fuera de mi alcance y de las posibilidades de mi modesta condición de aficionado a la lectura, pero desde mi simple posición no puedo dejar de advertir nuestra propensión al olvido y la inocencia de nuestra mirada que no persevera en sus oficios, ni se detiene, tenaz, sobre el erial de mentiras y falsedades que nos han obligado a tragar.

Atiborrados de información inútil Y, en el peor de los casos, siniestra alegoría de seres y hechos improbables o erróneos, nuestra tradición histórica siempre ha sido manipulada al antojo de quienes, con soberbio éxito, han conseguido establecer un consenso general y adecuado de nuestra historia. Héroes construidos en serie, inmaculados y correctos llenan las páginas de la memoria colectiva de los mexicanos. Hechos y actos han sido pulidos, corregidos o aumentados según convenga al gobierno de turno, mientras verdaderas joyas de nuestra cultura como los corridos populares, han sido sospechosamente vilipendiados en el mejor de los casos.

Fijar la mirada sobre nuestro pasado y otorgarle luz a la memoria de nuestra patria es imperante para el futuro. Jamás nos permitimos recordar aquello que miramos, puesto que si así fuera, nunca hubiéramos permitido tantas atrocidades que, por no señalarlas y establecerlas como memoria, fueran pasadas por alto no sólo por el que las atestiguó, sino por los que más adelante llegaron tras él. Hace 100 años un puñado de ciudadanos decidió no olvidar lo que miraba y señalarlo como materia de memoria, no permitieron que aquella ignominia que ocurría en todo México fuera olvidada y actuaron en consecuencia.

Nuestra patria estaba hundida en la miseria más absoluta, grandes masas de personas sufrían hambre y despojo, miles de mexicanos estaban hartos de las desigualdades sociales y lo que ocurrió después lo estamos recordando ahora. Usemos nuestros ojos para observar y conservar lo mirado. En México olvidamos ante la presencia y después recordamos desde el olvido, donde, por supuesto, no hay nada que se pueda recordar.





15 Octubre 2010 03:00:07
Patria y Poesía: zona sagrada
Resulta difícil, si no imposible, separar la imagen del poeta mexicano Octavio Paz de la imagen de México que él construyó y nos legó generoso. Nuestra patria fue para Paz un tema casi religioso y obsesivo al que dedicó sus más grandes dotes intelectuales. Octavio estaba poseído de manera urgente por el afán de develar todas aquellas sombras históricas o de pensamiento que siempre han ocultado nuestro verdadero rostro, en este caso, a un nivel absoluto de Patria.

Lo anterior, por supuesto, entrañó siempre una enorme dificultad y rispidez para Paz debido a la incapacidad, casi enfermiza de nuestro país para conformar la realidad con base en la mentira y el engaño. Octavio desmenuzó con lucidez escandalosa muchas de las verdades que eran necesarias desenmarañar acerca de nosotros mismos como mexicanos en aquel siglo 20 que terminaba y al que él no llegó a ver concluido. Su audacia intelectual llegó al extremo de convertir su pasión en una obsesión crítica acerca de su patria; una nación aletargada por verdades oficiales vertidas desde el Gobierno y un puñado de falaces ideas alrededor de nuestra sociedad, especialmente, o mejor dicho, exclusivamente, desde el mundo pútrido y desvirtuado de la política y los monstruos atroces creados desde su inmundicia y corrupción inextrincable.

Pocos de nuestros grandes pensadores e ideólogos pueden descender al fondo de nosotros mismos como Octavio Paz y ello es muy claro para quien ha leído con minuciosidad “El Laberinto de la Soledad”, que con desgarradora inteligencia disecciona el alma no sólo del mexicano, sino de la idea misma de la patria, con todas sus incuestionables contradicciones culturales, sociales, psicológicas y, hasta podríamos apuntar, espirituales. Conmoción histórica atestiguada desde sí mismo, vértigo alrededor del pensamiento de un pueblo entero, fascinación por la mirada íntegra e íntima de las costumbres, las victorias y los miedos de un país completo y el deseo, siempre el deseo de entender, de comprender y volver certeza lo inasible del ser mexicano, Octavio Paz sacude con su intelecto muchas arcaicas certidumbres y nos obliga a replantearnos nuestra idea tanto a nivel personal, como sociedad. Extrañeza moral, cultural y política, pero también reconciliación y fundación, Octavio Paz replantea la necesidad de su obra, de sus ideas entre nosotros, en medio de esta sociedad a medias de pie que ni siquiera él pudo preveer. Pensemos, acompañando su lectura que hay otra orilla, más allá del mero pensamiento que, antes de tocarla, hay que fundarla, soñarla, hacerla posible, primero, en nuestros pensamientos más íntimos, como todas las grandes rebeliones.
08 Octubre 2010 03:00:21
La muerte no sabe de nada
“No hay mayor lujuria que el pensar.
Y no hay nada sagrado para aquel que piensa”

W. SZYMBORSKA


Hace algunos días releí con calma y detenimiento un puñado de poemas que encontré olvidados en una vieja carpeta desde hacía no sé cuándo, los hojeé con distracción mientras pensaba que hacer con ellos y de inmediato fui atrapado por unos versos: “No entiende de bromas,/de estrellas, de puentes,/de tejer, de minería,/de cultivar la tierra,/de construir buques, de hacer pasteles.” Esta sorprendente enumeración seguía y seguía sin posibilidad de detenerla o suspender aquella lectura inusitada. Tuve que sentarme donde fuera y seguir leyendo aquel poema titulado “Sobre la muerte sin exagerar”, de la escritora polaca Wislawa Szymborska, dedicado a esa extraña costumbre que tenemos los humanos de desaparecer, a veces, eso sí, muy a nuestro pesar.

La inmersión del acto (como toda osadía) poético me provocó escalofrío y, por supuesto, pensamientos alrededor del tema. En estos tiempos oscuros de luminosidad variable, la muerte campea arrogante sobre nuestros horizontes. No sabe hacer nada, es cierto; ejerce su poderío sobre el mundo sin importarle un carajo nuestros sueños, deseos o promesas. Mientras una mujer y un hombre se miran de frente y planean, risueños, la vida futura, la muerte pasea a su alrededor, sonriendo socarronamente, sabe, que al final, ella dirá la última palabra.

De manera macabra, hasta estéril, no sabe ni siquiera aquello que atañe a su oficio; no tiene idea de cómo derribar un árbol y pulcramente construir un ataúd, tomar una pala, hacer un pozo hondo, oficiar los ritos propios del caso, despedirse, vivir el lamento, dolerse por dentro, los oficios del llanto, los pañuelos, los adioses, ignora la suma de su quehacer, las nimiedades atroces que atañen a las disoluciones. Lo peor del caso, no es sólo su altanero desprecio del fondo, si no las desgarradoras técnicas con las que la vieja perra cumple su oficio. La muerte es tan torpe, tan lerda, que no tiene siquiera idea de sus bárbaros e inapropiados métodos. A veces pareciera que con cada uno de nosotros recién iniciara su mortal orfebrería. Tal vez, parafraseando a Juarroz, ni aún la muerte nos detiene, tan sólo nos destruye. Escribo esto en memoria de los inocentes caídos en México bajo la luz oscura de la barbarie que estamos viviendo. Alguien tiene que decir basta.
01 Octubre 2010 03:00:47
Letras de la revolución
En medio del agobiante alud de celebraciones patrioteras alrededor de los festejos del bicentenario de nuestra Independencia y el centenario de la Revolución mexicana, me puse desde hace cerca de tres meses a darle un merecido repaso a la novela de la revolución y quedé sorprendido, o más bien debería decir, nuevamente sorprendido por la espléndida calidad literaria de nuestros escritores mexicanos de esa época. A la vez historiadores y a la vez escritores, en sus obras la línea que separa los hechos verídicos de la ficción es muy tenue y esto es especialmente claro en la poderosa obra del coahuilense Francisco L. Urquizo, específicamente en su novela “Tropa Vieja”, que es, por una parte, una exquisita pieza literaria y, por otro lado, es una crónica precisa y luminosa de la verdadera Revolución Mexicana.

En “tropa vieja”, el soldado francisco L. Urquizo realiza un espléndido retrato de los verdaderos protagonistas de la Revolución mexicana, aquellos hombres y mujeres que sobrevivían a duras penas una realidad espantosa. Al leer a Urquizo uno se da cuenta, con cierto pavor, que la lucha armada en la segunda década del siglo pasado estuvo basada en la más absoluta de las miserias y de la ignorancia de las hambrientas y abusadas clases más pobres. Con perplejidad histórica, uno se da cuenta que las condiciones de los miserables son absurdamente parecidas a los millones de mexicanos que actualmente conforman el 80 % ciento de nuestra población.

Abusos de la clase gobernante, hambrunas y una total ausencia de oportunidades fueron el caldo de cultivo de nuestra Revolución, especialmente cuando observamos, como en la obra de Urquizo, que los llamados “pelones”, o soldados de medio pelo, a veces no tenían ni idea de por qué o por quién peleaban. Sus motivos no poseían ideales y el adoctrinamiento consistía en una violencia apologética. Provenían todos de las clases más bajas, es decir, campesinos humildes o peones que eran prácticamente esclavos de los señores españoles que poseían fincas y haciendas. El retrato de Urquizo nos ofrece el panorama de la Región Laguna hace un siglo atrás.

leer la novela de la revolución Mexicana nos permite atisbar, con horror, que la historia es cíclica, particularmente cuando se refiere a la miseria y el dolor de los más pobres, aunque, por supuesto, cualquier semejanza con la realidad, es mera coincidencia ¿o no?
24 Septiembre 2010 03:00:03
Feria del Libro: resquicio de luz
Hace ya casi una semana terminó la Feria del Libro de este 2010 y ya muchos extrañamos ese azar incierto que nos depara cada año esta convocatoria libresca. Según los fríos números, se superaron varios renglones en comparación del año anterior, pero fuera de las categorías que miden y comparan, este año, más que nunca, el peso intelectual de esta reunión se sintió más físico que nunca, debido, tal vez, a que nuestro país, nuestra sociedad, se encuentra cada vez más cerca del borde de las sombras y el resplandor de ciertos actos de la humanidad, en este caso, la literatura, llaman la atención de aquellos que, despiertos, escuchan acercarse el caos, el miedo y la ruina.

Entre otras muchas características de la literatura, de los buenos y exactos libros, está la cualidad del “espejo”, de ese enfrentamiento con nosotros mismos y, por supuesto, de reconocimiento o rechazo al encontrar a la vuelta de cualquier página una muestra de nuestras virtudes o los rasgos del monstruo que nos identifica. En uno de sus más exactos aforismos, Lichtenberg escribe que un libro es un ente reflejante, si quien se asoma a sus páginas es un mono, que no espere contemplar a un sabio observándolo. Acto purísimo de búsqueda, la lectura no hace mejores ciudadanos, pero parafraseando a Gilbert Highet, su conclusión es la libertad basada en el conocimiento, no del mundo, ni de la historia, ni de la belleza, sino de nosotros mismos.

Convocación al misterio y la aventura, una reunión como la Feria del Libro nos deja un buen sabor de boca y con muchas ganas de volver a vivir otra experiencia de esas. Pasaremos un año saboreando lentamente los encuentros luminosos con personas entrañables y libros encontrados que ahora nos pertenecen para siempre. Hallazgos azarosos se quedarán en la memoria y aquel verso de Homero Aridjis antes de la oscuridad nos rondará tal vez perpetuamente. Jóvenes y niños, principalmente son quienes se van más cargados que nadie y ciertas palabras, actos y hasta silencios forman parte ahora de su memoria y estarán ahí hasta que algún día, cuando sea hora y los necesiten, serán evocados para tratar, al menos, de conformar su mundo, su vida.

Porque uno de los más hermosos sentidos de la literatura es ofrecernos una casi infinita gama de asideros, de paralelos ajenos de los que podemos apropiarnos sin empacho para cuando ocurra, por decir algo, el primer beso o su aroma, recordemos, también por decir alguien, a Pedro Salinas: “Ayer te besé en los labios. Te besé en los labios. Rojos, densos, fue un beso tan corto, que duró más que un relámpago, que un milagro, más”.
17 Septiembre 2010 03:00:05
Protervia, obstinación perversa
Obstinación en la maldad, perversidad. En bellísimas palabras de San Agustín, ninguna naturaleza es malvada, puesto que la palabra maldad no es otra cosa que la privación del bien. Respecto a ello, el poeta Boecio escribió alguna vez que el mal no es nada, porque no lo puede hacer aquel que lo puede todo, refiriéndose, por supuesto, a cuestiones metafísicas, trascendentes, artículos, en otras palabras de fe.

Aquí en México ahora difícilmente podríamos estar de acuerdo en la inexistencia de la Maldad a pesar de toda una tradición filosófica y cristiana que la define como una dualidad del Ser. Asfixiados por atrocidades inauditas y apologías vergonzosas del crimen, hace poco más de un mes nos enteramos, con estupor inocente, del hallazgo de 72 cadáveres de inmigrantes centroamericanos en un rancho en San Fernando, Tamaulipas, todos asesinados a balazos, presumiblemente luego de extremas torturas para extorsionar a sus familias, hasta ahí sabemos, no necesitamos más. Privados del bien común, nuestra sociedad hace mucho abdicó de la inteligencia y la razón, nuestra civilización se derrumba tan rápidamente que no nos hemos percatado de la proximidad del abismo.

Lo peor es que al parecer, quienes deberían protegernos y dedicar su esfuerzo a nuestro bienestar, que para eso gozan de un sinnúmero de canonjías, también se obstinan en el mal, la prevaricación, el oprobio perverso. La maldad nos cerca, pero eso ha pasado siempre; lo terrible es la insistencia de un grupo cada vez más numeroso en la transgresión de sus límites, sus métodos, sus sangrientas consecuencias sin aversión ante los ojos, la razón, la inteligencia, la belleza.

La civilización está marcada por un desarrollo conjunto de esfuerzos en común que apuntan hacia una convivencia sana, ajena a la injusticia y a la ley del más fuerte, el más cruel o despiadado. En una sociedad sana cada quien tiene lo que se merece y ha ganado a través del esfuerzo, pero en nuestro país ocurre ahora justamente lo contrario, prevalece el poder del sanguinario, del salvaje, del más fuerte, del protervo, de quien, amparado bajo la ineptitud, o peor aún, la protección de un sistema anquilosado, prevalece en su iniquidad, en el desafuero proyectado en, desde y por encima de la ley. Más allá de filosofías y credos, las palabras de San Agustín refiriéndose a la maldad como privación del bien se muestran profundas, inquisitivas, preocupantes; repasemos ciertas palabras, cuestionemos el presente desde la simpleza de una palabra.
11 Septiembre 2010 03:00:43
Libros: la llave y la clave
“Más que nunca necesitamos al libro;
pero los libros también nos necesitan”.
GEORGE STEINER


En un pequeño ensayo luminoso y exacto, titulado “Los que Queman Libros”, el erudito George Steiner, una de las grandes mentes de nuestro tiempo, expone la tesis de que los libros, el acto de la lectura, es una intimidad dialéctica y recíproca, pues en los estantes de las bibliotecas, en los anaqueles de las librerías, nos espera, al acecho, una frase, una palabra, una idea que nos va a cambiar la existencia y luego de aquel encuentro, que Breton llamaba el azar objetivo, no volveremos a ser los mismos. Conocer a Madame Bovary, a Tom Sawyer o José Arcadio Buendía no es hecho intrascendente, aunque para algunos esos encuentros serán polvo en el camino, pero para otros, será trascendente, las diferencias entre estos dos seres distintos son misteriosas y complejas, pero tienen que ver con elementos de la pasión, el asombro puro, la maravilla de una mente abierta a otra.

Según Steiner, los libros llegan a nosotros cuando los necesitamos en una especie de simbiosis mística y exacta; de manera personal, puedo asegurarlo, aunque a veces la búsqueda se aleja mucho del simple azar y la lectura se vuelve una aventura de referencias, en mi caso, Borges me llevó a Shaw, a Emerson, a las “Mil y una Noches”; Octavio Paz, en cambio, trazó en mí horizonte a William Carlos Williams, a Breton, a Matsuo Basho y los poetas nórdicos. Bien podemos decir, parafraseando a Paz cuando escribe “merece lo que sueñas”, merece lo que lees.

Hace algunos días charlaba con alumnos en la Facultad de Letras y me preguntaban sobre el papel del lector en nuestra época; no supe dar con una respuesta adecuada, pero sí me atreví a destacar la responsabilidad de un alumno cuya materia de estudio es la literatura y la lengua, en este caso española. No creo que se deba obligar a nadie a leer lo que no quiere, pero estoy seguro que quien acepta el compromiso de una carrera de Letras debe estar apasionadamente dispuesto a leer como un profesional, es decir, con respeto, método y una actitud casi, podríamos decirlo así, de ternura, de amante sutil.

Ayer se inauguró la Feria del Libro en medio de titánicos esfuerzos de todos sus organizadores, los invito a todos a llenar el Museo del Desierto, a rendirle homenaje a los libros y a esa aventura maravillosa del acto pasional del leer. Porque, sí, nosotros leemos un libro, pero, quizá a un nivel más profundo, el libro “nos lee” a nosotros.
10 Septiembre 2010 03:00:24
El oscuro pájaro de la tormenta
Hace exactamente una semana tuve la fortuna de viajar al norte de nuestro estado, específicamente a la Región Carbonífera, zona de Coahuila a la que me atan fuertes lazos de sangre y recuerdos incandescentes de mi niñez. Me sorprendió su desoladora belleza, a la que nunca he podido acostumbrarme a pesar de crecer rodeado por ese extraño sentimiento de melancolía que producen los ocasos profundamente naranjas y rojos que parecen incendiar los lomeríos azules de tan lejanos.

Salimos de Saltillo a media tarde bajo el santo y seña de una lluvia inclemente que acompañó sin pausa todo el recorrido hasta llegar a la zona serrana de Múzquiz. Nunca, a pesar de las innumerables veces que he viajado hacia el norte, me había tocado experimentar semejante diluvio, llovió sin parar durante dos días seguidos.

Es obvio, para quien lo haya vivido, que lo nuestro no es enfrentarnos al agua. Hijos del desierto coahuilense, rodeados por extensas zonas áridas, aprendimos a vivir bajo las implacables leyes del calor y la luz implacable, de la tierra seca y los espacios abiertos. Tribus del sol absorto a mediodía, el agua en abundancia nos asombra, nos detiene bajo su sombra, nos deslumbra su oscuridad. Siempre me ha fascinado el temor reverencial que otorgamos los norteños al agua; la respetamos por su extrañeza y alguno hasta dice con ese tono seco y marcado: “Hay que tener cuidado, el agua es cabrona” y se calla, mientras quienes lo rodean asienten lentamente con la cabeza, sin levantar la mirada, sin decir más nada.

Llegamos al “Sáuz” al atardecer, concentrados en el redoble de las gotas de lluvia en el auto y hartos de observar el parabrisas oscilar sin tregua durante horas, doblamos a la izquierda y enfilamos por la desolada carretera sin toparnos con otros autos, sólo, de vez en cuando, algún tráiler nos lanzaba gigantescas olas formadas con el agua sobre el asfalto. La luz se volvió naranja y luego roja mientras entrábamos a Múzquiz con el auto ensombrecido por la turba del carbón sobre la carretera. Cuando pasamos por Barroterán mi hija señaló con su dedo por la ventanilla del auto y dijo: “Mira, aquí la tierra es negra”.

Múzquiz es una ciudad que siempre he amado y en la cual me gusta estar. Su belleza es, cómo explicarlo, sincera, simple, y es perfecta como ejemplo de un pueblo norteño: limpia, recta, firme en su oposición al desierto, que en esta zona empieza a menguar ante la seriedad de la serranía, aunque en estos días, la aridez se ha disfrazado de un verde oscuro, profundo, y la gobernadora puebla las tierras baldías de un sano aroma a limpio, literalmente, a recién lavado. Mundo pasado por agua, en estos días la zona norte de Coahuila resplandece como una mañana después de la lluvia y brilla, tenue, mientras el otoño recorre la tierra.
03 Septiembre 2010 03:00:11
Elogio de la sedición
Hoy cumplimos casi un año desde el cierre de la última Feria del Libro de Saltillo, los días se precipitaron a raudales manchados de un sinnúmero de actos tristes, especialmente la ausencia de nuestro querido amigo Armando Sánchez Quintanilla, entonces director de Bibliotecas Públicas, quien llevó esta reunión de las Letras a un nivel insospechado hasta hace algunos años.

El nuevo director de Bibliotecas, Ricardo Aguirre, me sorprendió ayer gratamente con su actitud, pues lejos de arredrarse ante el paquete que le dejaron, lo observé lúcido, preparado ante el reto y lleno de gratitud ante su equipo y el recuerdo de Armando. No le será difícil mantener el paso de Gerardo Carrera, Flor Palacios, Gloria Luz González y todo el ejército de bibliotecarios que han convertido esta Feria del Libro en un evento nacional de primer orden.

Dentro de una semana inicia la FLS con más ganas que nunca como un homenaje a Armando y con nuevas propuestas, entre ellas una Cátedra de Lectura que lleva su nombre, en la cual destacados lectores profesionales compartirán sus conocimientos con quienes dedican su vida a la promoción de la lectura, labor que nunca nos ha hecho más falta en este país.

No es difícil imaginar la altísima relevancia de esta reunión cuando observamos a nuestro alrededor desmoronarse una parte importantísima de la sociedad y pensamos en esa cualidad de la lectura, que la vuelve parte vital de nuestra sociedad: el acto de sedición que entraña leer un libro. Esa revuelta del intelecto que nos toma por asalto cuando el capitán Ahab señala con su índice a la ballena blanca mientras los mares del sur braman a su alrededor y sabemos, íntimamente, que ya nunca volveremos a ser los mismos, que aquellas espumas, cielos oscuros y aves desoladas, son parte ya de nosotros. Sin pensarlo, sin quererlo, ya somos parte de aquella tripulación, jamás abandonaremos sus mares.

La lectura es alzamiento, rebelión, pronunciamiento ante el desequilibrio de la cotidianeidad, que a fuerza de ser marcada por actos de barbarie inéditos, nos cierran lentamente todas las puertas y ventanas desde donde observar la simple existencia. Hemos perdido la inocencia muchas veces atrás, pero lo que duele es perderla tantas veces en un mismo día, pues las atrocidades no nos permiten reconstruir lo perdido en tan poco tiempo. He ahí el valor y la tremenda importancia de reunirnos alrededor de lo poco que nos queda de fuerte y frontera: la inteligencia, el talento, la luz de la memoria que, si no nos salva, nos vuelve menos triste la vida.

A final de cuentas, ¿cuántos de nosotros no nos hemos convertido en estatuas mientras vemos llover una tarde cualquiera en Macondo? O hemos llorado a los pies de la cama del anciano caballero andante que muere en medio de la lucidez del relámpago. La lectura, los buenos libros, nos vuelven permisible una parte de aquella libertad que nos ha sido arrebatada con suprema violencia. Vuelve la Feria del Libro, la esperábamos, la necesitábamos, hagámosle espacio, dejemos que dure…

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