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Enrique Krauze
Enrique Krauze
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Enrique Krauze (Ciudad de México; 16 de septiembre de 1947) es un historiador, ensayista y editor mexicano. En 1979 obtuvo la Beca Guggenheim. En octubre de 1993 ganó el Premio Comillas de Biografía, otorgado anualmente por Tusquets Editores a la mejor biografía internacional, por Siglo de caudillos. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia desde 1989, ocupa el sillón 4.1 En mayo de 1992 le fue otorgada la Medalla al Mérito Histórico "Capitán Alonso de León", y el 16 de diciembre de 2003 le fue concedida la condecoración de la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X El Sabio. Ingresó en El Colegio Nacional el 27 de abril de 2005.2 En agosto de 2008 recibió la Orden de Isabel la Católica.

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26 Mayo 2013 03:00:25
De libre pensamiento
¿Cuándo y por qué se deterioró en México la imagen del maestro? No lo sé, pero es urgente repararla. Todos tuvimos maestros que nos marcaron para bien. Tal vez recordarlos ayude a reivindicar su digna vocación.

Febrero de 1965, salón 101 de la Facultad de Ingeniería en la UNAM. Sentado en un pupitre, Don Enrique Rivero Borrell, maestro de matemáticas, tomaba la lista de sus futuros alumnos. Impecablemente vestido con un traje beige caro y corbata de moño, proyectaba sencillez y serenidad. Era de estatura poco más que mediana, algo regordete, usaba gruesos lentes, tenía el pelo escaso y cano. Ahora creo que apenas rebasaba los 50 años (fue condiscípulo de Javier Barros Sierra, nacido en 1915) pero parecía mucho mayor. Fue la única vez en su curso que lo vi sentado. Como los oradores romanos, impartía su cátedra de pie, con voz pausada y suave. Nunca faltó a su clase. Con impecable letra Palmer, desarrollaba sus temas en el pizarrón -o, mejor dicho, los dibujaba- sin voltear la mirada a su público. Así recuerdo que nos explicó la Teoría de conjuntos y otros arcanos. Desde las bancas, los jóvenes rapados, los “perros”, seguíamos en silencio aquella melodía visual. Lo que nos fascinaba era la claridad y el rigor con que el maestro nos guiaba para entender desde su esencia -no mecánicamente- los conceptos. Al final, contemplaba con orgullo aquel efímero mural matemático del que tampoco nosotros podíamos desprender la mirada. Nadie que tomase en serio la clase de Rivero Borrell podía salir al mundo de otras disciplinas, por más remotas que fueran, sin una estructura, o al menos una exigencia de estructura. Lo que el maestro transmitía no era sólo un conocimiento, sino una forma de llegar al conocimiento.

A través del año escolar, su método de ponderar el avance de los alumnos no consistía en someterlos a un examen sino en verlos desempeñarse frente al pizarrón. Al final de los cursos concentró al grupo en el Auditorio de Ingeniería -éramos más de cien- y nos dictó el único examen del curso. Inmediatamente después abandonó el recinto, dejándonos absolutamente solos. Hubo, como es de imaginar, un copiadero frenético. Los estudiantes avanzados les pasaban a los otros las respuestas en los baños. Todos salieron confiados en su pase y hasta en una alta calificación. A los pocos días, en la entrega de las boletas, nos dimos cuenta de que el maestro había aprobado a un 30 o 40% del salón. Las calificaciones que había puesto eran perfectas. Nos conocía a todos. No nos había juzgado por un papel, sino por los méritos de cada trayectoria.

Nos enseñó a amar las matemáticas como se ama la poesía o la historia. Como a una musa que no exige sólo inspiración e imaginación, sino precisión, constancia y coherencia. Nos transmitió un código ético hecho de observación y fundamentación. Nos regaló el método científico en cada rúbrica: QED, Queda Esto Demostrado.
Enero de 1969, Sala de Seminarios de El Colegio de México, Guanajuato 125. Luis González y González, maestro de historia, imparte su primera clase a la nueva promoción de estudiantes del doctorado. A los 43 años de edad acababa de publicar su obra maestra: Pueblo en vilo. Tenía una gran melena y un bigotillo bien recortado que le daba una vaga semejanza con Clark Gable. Yo había acudido de oyente a alguna de sus clases y me había encantado su estilo: “la verdad -dijo más o menos- es que a Santa Anna no le importaba el poder sino las peleas de gallos”, y de allí se explayó en su narración de la vida cotidiana en el pueblo de Tlalpan, donde el seductor caudillo apostaba y ganaba. Descubrimiento maravilloso: ¡Se podía uno reír escuchando una clase de historia! El curso de doctorado era cosa muy seria para el currículo: “Teoría y método de la historia”, y Luis González le imprimía una claridad aristotélica -salpicada de ocurrencias- que aún puede apreciarse en su maravilloso libro “El Oficio de Historiar”.

Era un maestro excepcional en clase, pero no creía en las aulas sino en la conversación en el café de El Colegio, en el restaurante “La Bella Italia” de la contigua avenida Álvaro Obregón o en su modesta casa de la calle de Carlos Pereyra, en la colonia Viaducto Piedad. La charla animadísima podía tocar los temas más variados de la historia mexicana y universal pero nunca asumía la forma de una prédica sino de una sutil provocación para suscitar ideas y lecturas: “la verdad -decía por ejemplo- es que nadie ha descubierto nunca las razones de la Primera Guerra Mundial, porque es inexplicable”.

Era alérgico a la pontificación, la solemnidad, el dogmatismo, el adocenamiento. Insinuaba un tema, una visión, para que sus alumnos descubrieran la verdad por sí mismos. Si se perdían en el laberinto, los dejaba perderse y errar en el desconcierto o la confusión hasta que él, con una frase, mostraba la luz al final del túnel. Aunque impartió clases en varias instituciones (de eso vivió siempre, con eso mantuvo a su numerosa prole) pensaba que un historiador era ante todo un escritor: “escriba una obra, no una tesis”. Buscaba la verdad histórica como un científico y la expresaba como un artista.

Era lector del mejor lector, de Borges. Veía el espectáculo del mundo, y la vida de México, con humor, lucidez y escepticismo.
28 Abril 2013 04:05:03
El ardid y el valor
En su historia bicentenaria, Venezuela ha padecido la opresión como ningún otro país, y como ningún otro ha valorado la libertad. Fue la primera en decretar la independencia y fue la cuna del libertador. Su himno nacional es quizá el más antiguo de todos. Hace unos días, el venezolano Gilbson P. Beltrán me mandó por Twitter la que (según entiendo) es la versión original, tal como corría -con guitarra barroca y voz- en abril de 1810 en las calles de Caracas. La estrofa de inicio es la misma del himno actual:

Gloria al bravo pueblo
que el yugo lanzó
la ley respetando la
virtud y honor


Pero, por algún motivo, la estrofa siguiente no se canta ahora. Puede escucharse (youtu.be/-CAah5irQPg) con emoción contemporánea:

Pensaba en su trono que el ardid ganó
darnos duras leyes el usurpador
previó su cautela nuestro corazón
y a su inicuo fraude opuso el valor


Con la sola excepción de Haití, ningún país iberoamericano, ni siquiera México, sufrió una devastación similar a la de Venezuela en las guerras de independencia. No obstante, fueron tropas populares venezolanas las que contribuyeron decisivamente a la liberación de la actual Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. En el camino, Venezuela perdió una cuarta parte de la población y casi toda su riqueza.

Merecía un destino mejor, pero el personalismo político -la herencia oscura del luminoso libertador- marcó su destino. A cada experimento de institucionalidad política (como el que inicialmente encabezó José Antonio Páez) siguió un periodo de inestabilidad, caudillismo y violencia, y a la postre una larga dictadura, que lo mismo podía ser de oropel y vanagloria (como la de Antonio Guzmán Blanco a fines del siglo 19) o de hierros, grilletes y sangre (como la de Juan Vicente Gómez, en las primeras décadas del 20).

Frente al régimen de Gómez se alzó la Generación de 1928, que soñó una Venezuela democrática y trabajó por ella. La integraban, entre otros, Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Miguel Otero Silva. Tras la muerte (en su cama, claro) del dictador en 1935, y luego de dos gobiernos castrenses moderados, una alianza entre civiles y militares propició las primeras elecciones libres en Venezuela, que llevaron al poder a un renombrado escritor, Rómulo Gallegos. Casi de inmediato, el golpe de Marcos Pérez Jiménez acabó con el ensayo. Siguió una dictadura de 10 años. Pero los demócratas no cejaron. Y por fin, en 1959, Betancourt, Villalba y Rafael Caldera pactaron el advenimiento de la democracia: la Cuarta República.

Desde los prolegómenos de su campaña hasta los tiempos postreros de su vida, Hugo Chávez se empeñó en denigrar a la Cuarta República. Llegó al extremo de postular la casi inexistencia histórica de Venezuela entre la muerte de Bolívar (1830) y la llegada al poder del “nuevo Bolívar” (el propio Chávez) y el establecimiento de la República Bolivariana en 1999. Pero la verdad es otra. La Cuarta República tuvo tres periodos distintos. Los primeros tres lustros dejaron huella: fueron ejemplares en su pulcritud democrática, su efectiva vocación social y su extraordinario desarrollo económico. Los segundos 15 años, marcados por un súbito auge petrolero, tuvieron logros educativos y culturales pero cayeron en el despilfarro y la corrupción, y condujeron a un shock económico que precipitó la violencia (el “Caracazo” de febrero de 1989) y la deslegitimación generalizada del régimen. Ante el desprestigio de la clase política y del ejercicio mismo de la política, no es casual que resurgieran los viejos instintos personalistas: poner la salvación del país en las manos de un hombre providencial, el Comandante Hugo Chávez.

Algún día, por fortuna no muy lejano, los venezolanos que apoyaron a Chávez tomarán conciencia del enorme costo que tuvo la reiterada decisión de mantenerlo en el poder. Costo, para empezar, económico. ¿Cómo fue posible -se preguntarán, se preguntan ya- que los más de 800 mil millones de dólares de ingresos petroleros -infinitamente superiores a los que nunca soñó la Cuarta República- se esfumaran hasta dejar un país hundido en la escasez y la inflación? ¿Cómo explicar que Venezuela tenga las reservas petroleras más altas del mundo y viva emergencias similares a las de Cuba? Y la explicación la encontrarán precisamente ahí, en Cuba, en la insensata voluntad de emular en Venezuela el modelo cubano, en la infantil dependencia que Chávez desarrolló frente a su astuto padre, Fidel Castro.

Pero si el daño económico ha sido inmenso, más grande ha sido el daño político (la concentración absoluta de poder en manos del endiosado presidente, el acoso a las libertades) y mayor aún el perjuicio moral: la inimaginable corrupción así como la discordia plantada desde el poder en el seno de los hogares venezolanos. Quizá el hipnotismo mediático de Chávez hubiera sostenido por un tiempo la ficción del “Socialismo del siglo 21”, pero la naturaleza se opuso. Una rendija de esperanza se abrió recientemente para la democracia, si bien acotada por un marco electoral abusivo e inequitativo. Todos sabíamos que el “Chavismo sin Chávez” tendría fecha de caducidad pero no esperábamos que esa fecha se adelantara. Y de pronto, como en 1810, “previendo la cautela” de un poder si no “usurpador” sí opresivo, apareció el verdadero protagonista de la historia de Venezuela, el bravo pueblo que nunca olvidó el sentido de la libertad.

No sé si el gobierno del vociferante Maduro pase la prueba de un recuento de votos. Pero si fuera así, está claro que Venezuela tiene un líder valeroso (Henrique Capriles) y una oposición unida. Al menos la mitad de los votantes sabe ya del ardid al que fue sometida por tantos años y reacciona con valor para restablecer pronto -en el referéndum revocatorio de 2015- la democracia plena, la libertad de expresión y la concordia.

Y entonces sí, el siglo XXI será de los venezolanos (de todos los venezolanos), que sabrán emplear con responsabilidad su riqueza petrolera en un marco madurez política, “la ley respetando la virtud y honor”.

twitter: @lrubiof
31 Marzo 2013 04:06:45
Puntos de acuerdo
Un sector muy minoritario de nuestra izquierda ha exhibido recientemente su antisemitismo en la prensa o las redes sociales mediante un artificio: usa como escudo semántico la palabra “sionista”. Deturpan a “los sionistas”, no a los judíos, pero sus argumentos sobre la supuesta conspiración para dominar al mundo son una calca de panfletos como los Protocolos de los Sabios de Sión. (Sobre esa falsificación concebida ex profeso por la policía zarista, Umberto Eco ha escrito su novela más reciente: “El Cementerio de Praga”). En enero pasado, esa corriente de odio llegó a la UACM: en un acto público, una arquitecta llamada Raquel Rodríguez lamentó que el Holocausto fuera una “mentira” porque de haber ocurrido “ya tuviéramos la suerte de que no hubieran más judíos”.

Por fortuna, el pasado 20 de marzo ocurrió en la Cámara de Diputados un hecho alentador. Recogiendo una noble tradición en la izquierda mexicana (presente en la obra de José Revueltas, por ejemplo), los diputados Ricardo Monreal y Ricardo Mejía, integrantes de la LXII Legislatura del Congreso de la Unión y del Grupo Parlamentario de Movimiento Ciudadano, presentaron un alegato histórico sensible e inteligente sobre la naturaleza del Holocausto: “fue la persecución y el asesinato sistemático, burocráticamente organizado y auspiciado por el Estado alemán, del que se ha documentado la muerte de aproximadamente 6 millones de judíos por parte del régimen nazi y sus aliados ... El Holocausto como hecho histórico ha sido considerado como la máxima expresión de fanatismo, intolerancia, acoso y violencia contra un grupo o comunidad basado en el origen étnico o en las creencias religiosas, perpetrados a través de actos terribles de inhumanidad”.

En el espíritu del Museo “Memoria y Tolerancia” (visita obligada, Plaza Juárez), el documento precisa atinadamente que no fueron sólo los judíos quienes sufrieron la persecución y el exterminio: Desde los primeros años del régimen nazi, se persiguió a distintos grupos sociales dando muerte a un considerable número de personas como los gitanos, discapacitados, y algunos pueblos esclavos (polacos y rusos, entre otros), y a otros individuos cuyos comportamientos no se ajustaban a las normas sociales prescritas, como los homosexuales. Miles de oponentes políticos (incluidos comunistas, socialistas y sindicalistas), así también disidentes religiosos (como los Testigos de Jehová), murieron como resultado de la encarcelación y el maltrato.

El documento, por otra parte, alienta de manera explícita el necesario debate sobre el Medio Oriente pero acota que éste no debe ser pretexto para un rebrote del antisemitismo.

Monreal y Mejía solicitaron tres puntos de acuerdo, que los honran: una condena “al ataque y difamación del que fue objeto la comunidad judía mexicana e internacional” en la UACM; un exhorto a varias autoridades (entre ellas el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación y a la Comisión Nacional de Derechos Humanos) para que, en el marco de lo que establece la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación, “se pronuncien respecto a los probables actos discriminatorios antisemitas”; y una exigencia de explicación y pública disculpa a la señora Rodríguez, a las autoridades de la UACM y del D.F. por los hechos.

En la lucha permanente contra la discriminación racial (o de cualquier índole) la izquierda debe estar a la vanguardia. Y la Ciudad de México debe estar a la vanguardia de esa vanguardia. Gobernada por la izquierda desde 1997, se ha ganado el reconocimiento mundial como un espacio de libertad sexual. Ahora el gobierno citadino y la Asamblea de Representantes deben dotar a la COPRED del D.F. de una jerarquía política y legal acorde con su nombre y que le permita combatir con mayor eficacia el racismo, el antisemitismo y otras formas de discriminación.

Celebro que la izquierda retome el legado humanista de Revueltas y sea coherente con su propia historia. Pero yo agregaría una institución al exhorto de deslinde con respecto al antisemitismo: MORENA, el movimiento de Andrés Manuel López Obrador.

16 Septiembre 2012 04:08:21
El héroe blanco
Hace un siglo, el 13 de septiembre de 1912, murió a los 64 años el maestro Justo Sierra. Aunque llevaba tiempo enfermo, su fallecimiento provocó sorpresa y pesar. Aquel gigante altruista que había dedicado buena parte de su vida a pensar e instrumentar, en todos los niveles, la educación en México, no debía de morir. La prensa siguió con detalle la procesión de homenajes que comenzó en Madrid (donde Sierra había sido encargado de la Legación mexicana) y terminó en una sesión luctuosa en la Escuela Nacional Preparatoria, en la cual el orador Jesús Urueta pronunció un discurso que hizo llorar a los asistentes, en especial al presidente Madero. Sierra fue el único alto personaje del Porfirismo reconocido por el México revolucionario. Los muralistas, que sometieron a la guillotina pictórica a toda la elite porfiriana, lo exaltaron como un hombre por encima de su tiempo. Con plena razón, en 1948, centenario de su natalicio, el dramaturgo Wilberto Cantón lo llamó “el héroe blanco de México”.

Antes de apreciar a Justo Sierra por sus libros (por la mirada comprensiva y generosa que encuentro en ellos, su espíritu de tolerancia y concordia, su prosa sonora y plástica, su perspicacia biográfica) lo conocí a través de su familia. Traté a tres de sus nietos: el licenciado Salvador Barros Sierra, la historiadora Catita Sierra y, por supuesto, el ingeniero Javier Barros Sierra, eminente rector de la UNAM a quien acompañé (como consejero Universitario) en los tiempos aciagos de 1968 a 1970.

La UNAM ha publicado desde 1948 las Obras completas de Justo Sierra en una elegante edición de 17 volúmenes (con útiles índices, y algunos prólogos notables) que recogen su tránsito sucesivo por la poesía, la crítica literaria, el periodismo combativo, los estudios sobre educación (tesis, proyectos, grandes polémicas), la historia antigua del mundo y los diversos géneros de historia mexicana (desde un manual y un catecismo de historia patria hasta La evolución política del pueblo mexicano), los libros de viaje (Europa, Estados Unidos), la canónica biografía Juárez: su obra y su tiempo, así como los epistolarios, los discursos, etc... La biografía de Agustín Yáñez que preside el tomo primero (Yáñez fue el coordinador inicial de la obra) sigue siendo útil lo mismo que los dos tomos de Claude Dumas: Justo Sierra y el México de su tiempo 1848-1912, publicados también por la UNAM en 1992. A lo largo del tiempo, varios autores se han ocupado del personaje, señaladamente Edmundo O’Gorman y Daniel Cosío Villegas. Pero como ocurre con tantas figuras de la historia mexicana, a don Justo no le ha hecho justicia la biografía: sigue esperándola.

Si bien Don Justo llegó a ser, como sugiere David Brading, el supremo sacerdote de la cultura mexicana, detrás de esa imagen final, serena y consagratoria, se escondía un alma doliente, marcada por los azares de la política, las fluctuaciones del espíritu, las tensiones intelectuales y, sobre todo, la honda tragedia personal.

No por veleidad sino por convencimiento razonado, Justo Sierra fue sucesivamente anti porfirista y porfirista, liberal puro y liberal reformado, es decir, evolucionista “científico” y aún “conservador” (El mejor estudio sobre estos temas es el de Charles Hale: Justo Sierra: Un liberal del porfiriato, Fondo de Cultura Económica, 1997). Ideológicamente, comenzó exaltando los discursos anticlericales de su maestro Ignacio Manuel Altamirano sólo para terminar, como el propio Altamirano, postulando la reconciliación de liberales y conservadores. Su vida partió del seno católico más piadoso, abrazó más tarde un resignado agnosticismo, para culminar (tres semanas antes de morir) en el Santuario de la Virgen de Lourdes, donde escribió a su hija María de Jesús una carta memorable, reveladora de un espíritu que nunca dejó de ser religioso.

La lectura más superficial de su obra revela una paradójica pero intensa aspiración de sacralidad laica. En su historia, Sierra predicó el Evangelio de México; quiso -anticipándose a Vasconcelos- que el Estado asumiera la educación como una misión religiosa; y concibió platónicamente -con la fundación de la Universidad- la creación de un poder intemporal sobre el poder político: “Tratamos de organizar aquí un núcleo de poder espiritual... con el nombre de Universidad Nacional” (Carta a Miguel de Unamuno, 7 de julio de 1910).

Dos tragedias ensombrecieron su vida: la muerte de su padre -el jurista, novelista y periodista Justo Sierra O’Reilly- cuando Justo tenía 13 años, y la muerte aún más prematura de su hermano Santiago a resultas de un duelo con Ireneo Paz, abuelo del poeta, en abril de 1880. Durante la Guerra de Castas en Yucatán, hacia 1848, Sierra O’Reilly se había visto en la necesidad de buscar la ayuda de Washington aún a costa de la soberanía de su desfalleciente estado. Los posteriores gobiernos liberales no le hicieron reclamos ni le escatimaron su aprecio: de hecho, Juárez le encargó el primer proyecto de Código Civil que sería la base de los subsiguientes. En cuanto al desdichado Santiago, tras su muerte Justo envejeció décadas en días y por largo tiempo se apartó del mundo.

Fue laborioso, inteligente y noble, pero también valiente. Supo defender causas que creía acertadas (como el reconocimiento de la deuda inglesa en 1885) a pesar de provocar la ira de los estudiantes. Sobre los malquerientes que lo calumniaban escribió: “no niego a mis enemigos eternos el derecho de injuriarme, puesto que conservo intacto mi derecho a despreciarlos”. Y desde 1892 postuló la necesidad de transformar lo que -en una carta escrita a Porfirio Díaz, el último día del siglo XIX- llamó sin ambages: “una monarquía con ropajes republicanos”.

Hoy el auditorio de Ciudad Universitaria ostenta el nombre de “Che Guevara”. Lo justo sería recobrara su nombre original: Auditorio Justo Sierra.
05 Agosto 2012 04:08:57
Una tarde con Borges
El homenaje que se ha rendido a Borges esta semana me ha llevado a recordar la remota tarde de marzo de 1979 en que Isabel Turrent y yo lo visitamos en Buenos Aires. Lo habíamos conocido meses atrás, en uno de sus escasos viajes a México. Yo lo había entrevistado sobre la vida de Spinoza, el imperturbable filósofo que lo apasionó siempre, al grado de haberle dedicado dos poemas. En esa ocasión, Borges le dio a Octavio Paz un poema para “Vuelta” y entregárselo ya publicado fue el pretexto de nuestra visita. Para Borges fue un encuentro más en la infinita sucesión de sus encuentros. Para mí pertenece a la historia de la eternidad.

Nos recibe en la pequeña sala de su departamento y nos ofrece té. Viste impecablemente, con un traje gris claro y una camisa azul, del color de sus ojos. Quizá para distinguir nuestras siluetas se sienta frente a nosotros de cara al luminoso ventanal que da a la calle de Maipú. Al recibir el ejemplar de “Vuelta”, pregunta “Dígame, ¿salió con alguna errata?”. “No, Borges, con ninguna”. “Lástima, ya mi única esperanza son las erratas”. Y agrega “cuando Alfonso Reyes publicó un libro de poemas en el que abundaban, Enrique Díez-Canedo comentó que Reyes había publicado ‘un libro de erratas con algunos versos’... Las erratas duelen cuando se las descubre, son como mosquitos, como picaduras dolorosas, pero le importan sólo al autor. El lector sabe, con resignación, que leerá de todos modos una insensatez”.

Algo lo lleva a tocar uno de sus temas fundamentales: la valentía, la bravura. “Yo admiro mucho el valor”, dice. Sus anécdotas son esbozos de cuentos cuyo personaje central es un indio: un jefe charrúa que por años combatió junto con el general Rivera presencia el degüello de sus hermanos indígenas en una comida dispuesta por el propio Rivera. Antes de ser él mismo degollado, el charrúa pronuncia sólo tres palabras: “Cristiano matando amigo”. “El gerundio es perfecto”, apunta Borges. Otro indio llamado Payé robaba en las estancias de Buenos Aires. Es herido y sabe que va a morir. Cuando advierte la presencia de sus cazadores, pronuncia sus últimas palabras: “Máte, capitanejo, Payé sabe morir”.

En la mitología borgiana del valor físico, los cuchilleros, como se sabe, son personajes arquetípicos. Él mismo conoció varios cuchilleros jubilados de quienes pudo aprender cierta ética de la muerte. “El buen cuchillero -explica- escondía su arma, jamás la pavoneaba: sólo el bultito podía delatarlo. En esto no había disimulo: si se le sacaba era para matar”. La presencia auténtica del peligro obligaba al cuchillero a ser cortés: “he conocido maleantes corteses”, dice Borges. De alguno de ellos escuchó esta frase: “Hay dos cosas que un hombre no debe permitirse: amenazar y dejarse amenazar”. Sobre la distinción de matar y morir con un cuchillo o con una pistola, de la paulatina suplantación del valor físico por el cálculo, Borges nos habla también: “En las sociedades primitivas todos tenían que ser valientes. Luego surgen los astutos que tienen valientes que luchan por ellos”.

Uno de esos astutos fue Perón, por quien sentía Borges un “odio contemporáneo”. “Perón era cobarde -dice- y el exilio no lo mejoró”. “En una situación difícil, Perón sacó un revólver de su escritorio; ‘Ché -dijo alguno de sus subordinados-, pero ¿vos con una pistola?’. Perón se avergonzó y guardó el arma: sabía que no la podía usar”. En otra ocasión se quería cambiar el nombre de la ciudad de La Plata por el de “Evita Perón”. Se habló mucho hasta que un diputado propuso una salida perfecta: “¿Por qué no ponerle, en vez de Eva Perón o La Plata, ‘La Pluta’”. Había un cinismo tal -apunta Borges- que hasta a Perón le dio risa.

De la historia del país no quiso hablar: “No la entiendo ni simulo entenderla. Además, me duele mucho”. Le parecía ridícula la posible guerra de los generales contra Chile: “Ahora resulta que la Isla de los Pingüinos se ha vuelto un artículo de primera necesidad... (que en ella) nos va el honor nacional... ¡Será el honor de los cartógrafos!”. Su visión del mundo era sombría: “Qué vamos a hacer con dos potencias líderes tan blandas como Rusia y Estados Unidos, sobre todo Estados Unidos, esclavos voluntarios del American way of life, conjunto de costumbres cotidianas detestables”.

Hace unos meses, leyendo varias biografías de Borges (en particular la de Edwin Williamson), supe que el valor físico no fue sólo un vasto tema literario sino una característica suya, probada una y otra vez. Borges tuvo el valor de enfrentar el antisemitismo argentino, fue un enemigo abierto de Hitler y Stalin, padeció con estoicismo y retrató con sombría lucidez al peronismo. Y si la distancia física del mundo, impuesta por la ceguera, lo llevó a engañarse por un tiempo con respecto a los genocidas argentinos, pronto tuvo el valor de rectificar y dio la bienvenida, en las páginas de “Vuelta”, a la democracia.

Lo leo y releo con infinito asombro. Celebro que sus ensayos juveniles hayan sido recobrados lo mismo que sus conversaciones con Bioy, que son a Borges lo que la obra de Boswell es al Doctor Johnson. Las frases que pronunció en aquella velada me han acompañado siempre. Una sobre todo: “La única manera de hacer una revista es que unos jóvenes amen u detesten algo con pasión. Lo otro es una antología”.
22 Julio 2012 04:11:34
Concordia o discordia
A principio de 1994, en otra hora difícil de México, releí el ensayo “Del Imperio Romano”, de José Ortega y Gasset. Sus reflexiones en torno a la Concordia -tema central del mundo clásico, de Aristóteles a Cicerón- me parecían contemporáneas:

“La concordia ... cimiento último de toda sociedad estable, presupone que en la colectividad hay una creencia firme y común, incuestionable y prácticamente incuestionada, sobre quién debe mandar ... Cuando esa realidad, única cosa que disciplina y limita a los hombres ... se desvanece ... quedan sólo las pasiones en el ámbito social. El hueco de la fe tiene que ser llenado con el gas del apasionamiento”.

Habíamos perdido la Concordia, “el mejor y más apretado vínculo de todo Estado” (Cicerón). Y habíamos entrado en la zona minada de la discordia, la profunda disensión que en Roma llevó a la guerra civil. El viejo sistema político mexicano había perdido legitimidad y se resistía a morir. A los pocos días estalló el levantamiento zapatista y más tarde el magnicidio de Luis Donaldo Colosio, las turbulentas elecciones, el asesinato de Ruiz Massieu, el error de diciembre. A principios de 1995, un sector mayoritario de la clase política (incluido el Presidente Zedillo) extrajo por fin la conclusión que debía haber sacado al menos una década antes: la única manera de construir la Concordia era abrir paso a la democracia mediante la plena autonomía del IFE y el respeto al voto.

El país transitó por esa vía a partir de 1997. Tras las elecciones intermedias de ese año, el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y Cuauhtémoc Cárdenas llegó el Gobierno del D.F. Tres años más tarde la alternancia alcanzó al Poder Ejecutivo. En un gesto histórico, el gobierno de Fox, decepcionante en tantos sentidos, distendió el conflicto en Chiapas e invitó a los zapatistas a la capital. Parecía que, en efecto, México había resuelto su transición democrática en un marco de Concordia basado en una premisa universalmente asumida: debe gobernar quien obtenga la mayoría de votos.

Muy temprano en el sexenio tomó fuerza la precandidatura de Andrés Manuel López Obrador. Su estilo personal de acaudillar, sus frecuentes apariciones en los medios, el espinoso tema del desafuero fueron construyendo un liderazgo nacional. Los mexicanos discutiremos hasta el fin de los tiempos sobre la existencia o no del “fraude” sobre el cual AMLO edificaría su posterior estrategia política. En lo personal, siguiendo estudios de analistas respetables afines al propio líder, creo que no lo hubo. Al declararse Presidente legítimo, López Obrador impidió que la colectividad recobrara la “creencia firme y común, incuestionable y prácticamente incuestionada, sobre quién debe mandar”. México dijo adiós a la Concordia.

Pasaron seis años. Algunos quisieron (quisimos) ver en su “República Amorosa” un llamado a restablecer la Concordia. (Por mi parte, hice el encomio público de su vocación social y anuncié que consideraría votar por él). Su actitud, ahora sabemos, fue una sagaz estrategia de campaña para atraer a la clase media. La medida funcionó pero no logró revertir la imagen disruptiva del conflicto postelectoral de 2006.

El notable desempeño de la izquierda en las recientes elecciones abrió una nueva oportunidad para la Concordia. Pero López Obrador decidió inconformarse con los resultados y, haciendo uso de sus derechos, ha pedido la nulidad e invalidez de la elección presidencial. Muchos mexicanos concuerdan con sus argumentos sobre la inequidad fundamental de la elección, otros no. La última palabra la tendrá el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

Cualquiera que sea la decisión, en el instante mismo de conocerla debemos recobrar la Concordia, es decir, el acuerdo sobre quién -lo repudiemos o no- tiene el legítimo derecho de ocupar por los próximos seis años el Poder Ejecutivo. He dicho repetidamente que no celebro la victoria del PRI pero mi crítica a ese partido (que comenzó en el 68, ha sido continua y lo será en el futuro) no me llevará, en su caso, a negar la legalidad de su triunfo. Por las mismas razones, no negaré la victoria jurídica de López Obrador si el Tribunal se la concede.

La Concordia -es importante subrayarlo- no significa armonía. No podemos ser una sociedad armónica cuando hay tantas cosas deplorables en nuestra vida política: la corrupción y el despilfarro de los gobiernos estatales del PRI, el dominio inadmisible sobre bienes y servicios públicos por parte de los grandes sindicatos, la persistencia de grandes monopolios privados y públicos, la opaca relación entre el poder y los medios, las lagunas en la legislación electoral. Pero los cambios en todos estos ámbitos deben propiciarse en el marco de nuestras leyes, libertades e instituciones. Y respetando, en todos los niveles del poder público, la voluntad del ciudadano expresada en el voto.

Si el veredicto del Tribunal es adverso a López Obrador y éste vuelve a repudiarlo, introducirá la discordia permanente. El hecho inmenso del 1 de julio son los 50 millones de votantes. No menos significativo es que el voto adverso a López Obrador (33 millones) duplica el voto favorable (15.9 millones). No hay duda de que un gran sector del pueblo está con él. Pero no es mayoritario. Y en una democracia -con respeto pleno a las libertades de las minorías- las mayorías mandan. Éste es el sustento fundamental de la Concordia.

Sería justo conmemorar el 22 de febrero, centenario del sacrificio de Madero, en un estado de Concordia.
08 Julio 2012 04:10:12
La degradación de la palabra
El ciberespacio mexicano ha contraído un virus: Alejandro Rossi lo llamó “corrupción semántica”. La indignación política se desfoga en una violencia verbal incompatible con los instrumentos propios de la racionalidad: la argumentación, la fundamentación, la persuasión, la coherencia, la claridad. En espera de que un filósofo del lenguaje estudie el fenómeno, intento una tipología provisional.

La variante más sencilla y común es el insulto. También es la más pobre, patética e inofensiva, porque revela la impotencia del emisor (y doble impotencia, por tratarse en general de emisores anónimos). A la misma familia corresponden la descalificación y la agresión racista. Ni siquiera necesitan 140 caracteres. Pertenecen al mundo gástrico, no al mental. Se escriben con bilis.

En la siguiente escala está el comentario maniqueo que, por definición, coloca al emisor en el papel del “bueno” y a su víctima cibernética en el papel del “malo”. Este cibernauta binario no distingue matices ni colores: es daltónico. Supongo que el origen de esta distorsión es religioso, pero en su variante geométrica proviene de la Revolución Francesa: ésta es la izquierda que salva y se salva, ésta es la derecha condenada al infierno. Y la “derecha” es un costal en el que caben todos: conservadores, liberales, socialdemócratas.

Emparentada con la anterior está la pomposa manía inquisitorial: el cibernauta que se erige en Juez del Tribunal de la Santa Inquisición (o en Comité de Salud Pública, que es lo mismo) para condenar a la hoguera (la guillotina) a quienes no piensan como él. Quienes practican (o, más bien, padecen) este mal, incurren en una petición de principio: parten de una autoproclamada superioridad moral.

Una variedad más compleja y generalizada está expresada en una frase de Lenin: “No pregunte si una cosa es verdadera o no; pregunte sólo: ¿verdadera o no para quién?”. Según esto, nadie piensa de manera autónoma sino siempre en función de intereses materiales. Pero si todo pensamiento está determinado por una adscripción social o económica, no existe el azar, la libertad, la verdad objetiva, las leyes científicas. Se trata de un pensamiento contradictorio porque la perentoria frase de Lenin implica la afirmación de una verdad no relativa. ¿Desde dónde emiten esa Verdad sus detentadores? Desde una supuesta “representación” del pueblo oprimido. Lo cual recuerda la sentencia de Groucho Marx: “El poder para el pueblo significa el poder para los que gritan el poder para el pueblo”.

Quizá la más maligna variante del virus (muy esparcida) es la teoría de la conspiración. Todo lo que ocurre es obra de un complot tenebrosamente urdido por las fuerzas del “no pueblo” contra el pueblo. Ese pensamiento gaseoso tiene un efecto alucinógeno: hace creer a quien lo inhala que “él es clarividente”, que “él sí sabe cómo está la cosa”, y que por tanto no necesita descubrir pruebas empíricas, descender a los casos concretos. Trasmitido por maestros con aureola de taumaturgos, el virus conspiratorio hace presa fácil de los jóvenes pero tiene adictos en todas las edades.

Y queda la simple y llana mentira, la falsificación que repetida una y otra vez toma fuerza propia. Es la propaganda, y sobre ella Leszek Kolakowski contaba esta parábola: “Dos niñas corren en un parque. La que va detrás grita desaforadamente: ¡Voy ganando!, ¡Voy ganando!. De pronto, la de adelante abandona la carrera y se refugia en los brazos de su madre, sollozando: ‘no puedo con ella, mamá, siempre me gana’”.

Hay especies que cubren el ciberespacio que no deben confundirse con el virus de la corrupción semántica. Me refiero a la denuncia y al repudio, sobre todo si tienen fundamento y son expuestas con seriedad y elemental civilidad. Pero una cosa es indignarse y otra es lanzar una ráfaga asesina disfrazada de “argumentación”. El ciberespacio es una efímera ciudad de palabras e imágenes, una plaza sin leyes ni convenciones, una comunidad anárquica que poco a poco debe irse autorregulando. De no hacerlo, corre el riesgo de vaciarse: de contenido, de visitantes, de interés.

Su mayor peligro es la degradación de la palabra pública bajo el factor aglutinante del odio. Odio personal, odio de clase, odio ideológico, odio racial, odio teológico. El odio al otro, a lo otro, a quien piensa distinto. Por fortuna, el odio no ocupa -ni siquiera ahora- la totalidad del ciberespacio, cuya naturaleza sigue siendo la de una vertiginosa e igualitaria conversación. La gente entra a Twitter -me consta- con ganas de saber, de dialogar y hacer contacto con otra persona. Es un antídoto contra la soledad, un café virtual, una cantina divertida y loca. Pero en un rincón de esa cantina hay unos sicarios con pistolas verbales. Y uno se pregunta cuándo las desfundarán, no en el ciberespacio sino en el espacio.
24 Junio 2012 04:10:18
El verdadero triunfador
Cada seis años desde 1934, México ha elegido a un nuevo presidente. Somos un caso único de continuidad institucional en América Latina y nuestra primera prioridad debe ser seguir siéndolo. Si lo logramos cuando el gobierno organizaba las elecciones, con mayor razón lo haremos ahora que los ciudadanos contamos los votos.

A una semana de los comicios, el candidato del PRI es quien tiene la mayor probabilidad de ganar. Si finalmente ocurre, será la decisión de las mayorías. Abundarán, por supuesto, teorías políticas, sociológicas, mercadológicas o conspiratorias que lo expliquen. Por mi parte, no celebraré el triunfo del PRI. Critiqué a ese partido en las calles del 68, lo critiqué sexenio tras sexenio en ensayos y libros, y no me ha dado ningún motivo para dejar de criticarlo ahora.

Aunque en sentido estricto la restauración del viejo sistema político es imposible (la división de poderes, la libertad de expresión, la ley y el instituto de transparencia, la integración ciudadana del IFE, la independencia del Banco de México, los organismos autónomos, la descentralización política, la creciente participación ciudadana, son todos hechos irreversibles), en el ADN de muchos priístas, sobre todo en los estados, municipios y sindicatos, persiste la vieja cultura clientelar. La corrupción de varios gobiernos priístas en los estados durante estos últimos sexenios ha sido descomunal y vergonzosa. Enrique Peña Nieto ha hablado de un PRI “renovado”, pero no ha explicado cómo desmontaría esas estructuras, prácticas e intereses. También ha dicho que promoverá algunas reformas necesarias. Pero dada la polarización de nuestra vida pública, aunque llegue a contar con una composición favorable en el Congreso, a Peña Nieto -con toda su telegenia- le costará mucho trabajo negociarlas. Los vicios del PRI tienen origen en su falta de autocrítica y de un compromiso creíble con la legalidad y la honestidad. Décadas de haberlo visto actuar en sentido opuesto, refuerzan el escepticismo.

El electorado parece dispuesto a sacar al PAN de Los Pinos. Después de años y años de “bregar eternidades” en el Congreso, el PAN no supo integrar equipos eficaces de gobierno. Por eso sus dos administraciones han adolecido de una marcada impreparación. La primera, de corte nepotista, se caracterizó por una frívola irresponsabilidad. A la segunda se le reclama haber suscitado, con su precipitación, una violencia que ha sido incapaz de frenar. En algunos estados y municipios, el PAN ha emulado al PRI y ha incurrido en prácticas flagrantes de corrupción. Con todo, es extraño que los nada despreciables índices de aprobación del Presidente no se hayan trasferido, así sea parcialmente, a la candidata del PAN. Quizá se deba al machismo. Es más probable que el rezago de Vázquez Mota se deba a las inconsistencias de su campaña, a su desencuentro con los Pinos y al propio PAN: dividido, débil, falto de liderazgo y en seria crisis de identidad. En el remoto caso de una reversión inusitada en favor suyo, Josefina tendría que convocar a un gobierno de coalición.

La lógica de la alternancia apuntaba hacia la izquierda, pero teniendo la oportunidad de postular una mejor opción, la dejó pasar. No era López Obrador sino Ebrard. El primero predica la “refundación” de México, y se siente llamado por una instancia superior para “salvar” al pueblo mediante la sola emanación moral de su “apostólica” persona. Esta actitud -estoy convencido- es intrínsecamente autoritaria e incompatible con la vida democrática, porque concentra la vida pública en la relación hipnótica entre el líder y la masa. En cambio Ebrard representaba a la izquierda terrenal e institucional. Hay un axioma en los países de tronco ibérico: cuando la izquierda se moderniza, todo el espectro político se alinea. Ocurrió en la España de Felipe González y en Chile con Ricardo Lagos. Quizá hubiera podido ocurrir en México, pero con otro candidato. En el caso -improbable, no imposible- de triunfar el próximo domingo, López Obrador, micrófono en mano y con plaza llena, llevará el redentorismo al poder. En el caso de perder, si desconoce los resultados y se lanza a las calles, la izquierda enfrentará un dilema: o se entrega a un caudillismo suicida o busca su definitiva recomposición.

Porque creo que la limitación del poder es un axioma de la democracia, espero que los votantes presten igual atención a las elecciones legislativas. Ojalá que con su voto diferenciado eviten el “Carro completo” y así permitan la pluralidad en ambas cámaras. Lo mismo cabe esperar para la Asamblea de Representantes. Por lo que hace a la Jefatura de Gobierno en el D.F., la buena gestión del PRD merece la continuidad.

Ante el gravísimo problema de la violencia, México hubiese necesitado un estadista que nos explicara si estamos “al comienzo del fin” o “al fin del comienzo”, y propusiera un rumbo: largo, difícil y penoso pero claro. Ninguno de los candidatos tiene remotamente esa dimensión.

Pero en cambio hay una nueva ciudadanía: alerta, crítica y participativa. Salta a la vista en los millones que han visto los debates, en los millones que irán a votar, en el millón que atenderá las casillas, en los miles que las vigilarán. Gane quien gane, el ciudadano será el verdadero triunfador el próximo domingo. Gane quien gane, del 2 de julio en adelante los ciudadanos debemos seguir acotando el uso autoritario del poder y el corrupto despilfarro del patrimonio público. Y gane quien gane, sabremos defender las instituciones democráticas que tanto trabajo nos ha costado edificar.

10 Junio 2012 04:06:43
Todo lo que ha cambiado
En el debate de esta noche, los candidatos podrán mostrarse como son, presentar sus propuestas y darse “hasta con la cubeta”. Además, gracias a la demanda de los estudiantes, lo harán con una amplia cobertura nacional. Todo lo cual me ha hecho pensar cuánto ha cambiado el país desde el trágico 10 de junio de 1971, Jueves de Corpus, que mi generación no podrá olvidar.

Algunos de los líderes del movimiento de 68 acababan de salir de la cárcel, no por un acto de justicia sino por la gracia del “Señor Presidente”. Para mostrar que el impulso de libertad seguía vivo, se convocó a una marcha, la primera desde la matanza de Tlatelolco. De pronto, cuando la manifestación avanzaba por la avenida San Cosme, fue atacada por unos misteriosos jóvenes armados con varas de Kendo, que lanzaban piedras sobre los ventanales y aparadores al grito de “¡Viva el Ché Guevara!”. Eran los famosos “Halcones”, grupo de choque de supuestos “estudiantes” entrenado especialmente por el Gobierno para reprimir estudiantes. Los golpeaban y subían a unas camionetas sin placas, con rumbo desconocido. Varios tanques antimotines apoyaban la operación. Las ráfagas de metralleta tardaron horas en acallarse. Al atardecer, los “Halcones” revisaban los camiones de pasajeros pistola en mano para atrapar a los manifestantes. Por la noche, entraron al Hospital Rubén Leñero para ultimarlos. Nadie supo el número de heridos y muertos. El presidente Echeverría prometió una investigación que nunca se realizó.

Ése era el México de la Presidencia Imperial, cuando el presidente tenía el monopolio de la violencia legítima y de la violencia impune. Además de los inmensos poderes (políticos, económicos, militares, diplomáticos) que detentaba constitucionalmente, el presidente imperaba como un sol sobre los planetas que giraban en torno suyo. Los poderes formales (Congreso, Suprema Corte, los gobernadores, los presidentes municipales) dependían del presidente. Los burócratas, buena parte de los obreros sindicalizados y las uniones campesinas congregadas en el PRI, se subordinaban al presidente. Los empresarios y la Iglesia tomaban en cuenta las directrices del presidente. Las empresas descentralizadas y paraestatales, obedecían los lineamientos del presidente. La Hacienda Pública y el Banco de México se manejaban discrecionalmente desde Los Pinos. Los medios de comunicación masiva eran soldados del presidente. El Gobierno organizaba las elecciones y el PRI (con su infinita alquimia) las ganaba de todas, todas. Sólo algunos periódicos, revistas y casas editoriales eran independientes. La única oposición democrática era la que desde 1939 ejercía el PAN. La oposición revolucionaria de izquierda se refugió mayormente en la Academia o se fue a la sierra.

Después de aquel 10 de junio, buena parte del Establishment intelectual defendió al presidente. Fernando Benítez declaró que México tenía un dilema: “O Echeverría o el fascismo”, y Carlos Fuentes escribió que no apoyar a Echeverría era “un crimen histórico”. De inmediato, Gabriel Zaid mandó a Carlos Monsiváis (director del suplemento “La Cultura en México” de Siempre!), un artículo que incluía la frase: “El único criminal histórico de México es Luis Echeverría”. Monsiváis optó por no publicarlo y Zaid dejó de escribir en “Siempre!”. Por eso fue tan importante que el viejo de la tribu, Daniel Cosío Villegas, criticara públicamente a Echeverría y al régimen, desde los valores y principios de la democracia liberal.

Cuarenta y un años más tarde, México ha cambiado porque adoptó los valores y principios de la democracia liberal. La Presidencia Imperial ha desaparecido. El Presidente sólo puede hacer uso (bueno o malo) de sus poderes constitucionales. Hay genuina división de poderes: el Congreso es independiente y la Suprema Corte es autónoma. El Federalismo se ha vuelto real: los gobernadores son sus propios dueños, y si hacen un uso “imperial”, corrupto e impune de su poder local, al menos corren el riesgo (que no ocurría antes) de que la prensa o sus adversarios los descubran. Los grandes sindicatos del Sector Público no son transparentes ni democráticos pero tampoco obedecen ya al Presidente. Los grupos empresariales operan con mayor independencia del Estado, la Iglesia actúa sin ataduras, y los medios de comunicación gozan de la más plena libertad de expresión. Si algunos empresarios y sindicatos abusan de la libertad (con prácticas monopólicas) y los medios masivos hacen lo mismo (con prácticas poco transparentes), las leyes deben acotarlos.

Cuarenta y un años más tarde, un instituto ciudadano autónomo maneja las elecciones. Un millón de vecinos intervienen en el conteo. La oposición al Gobierno en turno es mayoritaria. La ejercen el PRI, el PRD y los otros partidos. Y la ejercen revistas, periódicos, estaciones de radio, comunicadores, periodistas, académicos, intelectuales, estudiantes, grupos de la sociedad civil y las redes sociales, ese ejército creciente multitudinario, muchas veces intolerante, que sin embargo sirve a la libertad.

Gane quien gane en el debate de hoy, gane quien gane el 1 de julio, hay que cuidar el edificio de la democracia que tanto ha costado construir.
27 Mayo 2012 04:06:35
Un partido para los jóvenes
Los jóvenes piensan por sí mismos y actúan por sí mismos pero quizá les convenga no escucharse sólo a sí mismos. Por eso hace unos días les sugerí (a través de su medio natural, el Twitter) que trabajaran en la fundación de un nuevo partido político. No fue una ocurrencia: es una idea con sustento histórico y lógica política.

En México ha habido movimientos estudiantiles desde tiempos de la Colonia. Muy pocos trascendieron a su momento. Hacia 1885, los estudiantes se opusieron al oneroso pago de la deuda inglesa. A principios del siglo 20, los jóvenes anarquistas denunciaron la muerte de la Constitución, y en 1911 los liberales aclamaron a Madero. Quizá el primer movimiento de relevancia fue el vasconcelista.

Lo integraban los jóvenes indignados que en 1929 conquistaron la autonomía universitaria. Su objetivo era derrotar en las urnas a los generales sonorenses y llevar al poder a un caudillo cultural, el educador y filósofo José Vasconcelos. Al ver la efervescencia estudiantil, Manuel Gómez Morín (quien rebasaba apenas los 30 años de edad) advirtió a Vasconcelos sobre el riesgo de sacrificar una generación en el altar de su propio liderazgo personalista (su “dictadura apostólica”, le llamó). Era preferible crear una organización política permanente. Tras la previsible derrota, el movimiento se esfumó como una burbuja. La mayoría de sus miembros abandonaron el ideal democrático y abrazaron el comunismo, el fascismo o la burocracia gris y corrupta. La frustración llevó a algunos al alcoholismo y aun al suicidio. Habían perdido la oportunidad de vertebrar una institución propia, que perdurara.

El siguiente gran movimiento estudiantil fue, por supuesto, el de 1968. Participé en él como alumno de la Facultad de Ingeniería de la UNAM. En el cenit del poderoso sistema político mexicano, bajo un presidente autoritario y paranoico, manifestarse en las calles podía costar la vida. Y muchos compañeros nuestros pagaron con sus vidas esas libertades que ahora son normales. El movimiento fue un precursor de la democracia mexicana pero el destino de muchos líderes fue triste y en algunos casos trágico. La historia habría sido distinta si hubiéramos escuchado las voces que simpatizaban con nosotros pero que, pidiéndonos reflexión y sensatez, nos sugerían formas cívicas para hacer que perdurara nuestro movimiento. La alternativa de formar un partido político era viable, a mediano plazo. En 1971, al salir de la cárcel, Heberto Castillo trabajó infructuosamente en ese sentido. De haber secundado su proyecto, los jóvenes que no creían en la vía violenta habrían contado con un partido de izquierda independiente mucho antes de la fundación del PRD.

Las circunstancias actuales son muy distintas. A diferencia de 1929 y 1968, México es ya -con todos sus grandes defectos- una democracia, y los jóvenes deben ser los primeros garantes de que el orden democrático se consolide en un clima político de civilidad y tolerancia. En 1929 gobernaban los militares y en 1968 mandaba Díaz Ordaz. Hoy hay una presidencia acotada. Existen tres sólidos partidos políticos y los jóvenes del movimiento actual podrán legítimamente inclinarse por el candidato de su preferencia (muchos, según han manifestado, lo harán por López Obrador). Pero creo que las experiencias de 1929 y 1968 arrojan lecciones dignas de meditarse: si quieren que su movimiento no se esfume tienen que tomar en serio la participación política, y esta participación debe ser invariablemente autónoma.

Si no es ahora, ¿cuándo? El país atraviesa por la mayor crisis desde la Revolución. Los partidos pequeños son vergonzosas franquicias familiares o meros cotos de poder, y los grandes han decepcionado a la ciudadanía: ven más por sí mismos que por sus supuestos representados. Hace falta uno nuevo: limpio, visionario, moderno.

Cierto, crear un nuevo partido bajo la legislación actual está cuesta arriba. Para comenzar, la organización debería notificar su propósito al IFE en enero de 2013. En seguida tendrían que llevarse a cabo asambleas en 20 entidades o en 200 distritos electorales, con la asistencia de por lo menos 3 mil o 300 afiliados, respectivamente, que aprobarían la declaración de principios, el programa de acción y los estatutos del nuevo partido. Un funcionario designado por el IFE certificaría la realización de una primera asamblea nacional. En enero de 2017, la organización debería presentar su solicitud de registro como partido político nacional, y con ella un número total de afiliados verificable no menor al 0.26% del padrón y con un año de antigüedad. De haber cumplido con los requisitos, el registro tendría efecto el 1o. de agosto siguiente, 11 meses antes de la próxima elección a la presidencia. Todo lo cual suena muy difícil pero no imposible, sobre todo en la era de Twitter y Facebook. Y el tiempo vuela: el 2018 está a la vuelta de la esquina.

El movimiento actual está muy lejos de la dimensión, la articulación y la profundidad de los de 1929 o 1968. Su rechazo al PRI y sus demandas de transparencia son comprensibles (si bien, en este caso, deberían hacerlas extensivas a otros medios electrónicos o impresos). Pero los males del país son infinitamente más vastos y complejos, y requieren que los jóvenes los aborden con un análisis serio que vaya más allá de la retórica.

Las revoluciones, las dictaduras y las crisis son grandes escuelas de madurez. En ellas los jóvenes se despiertan adultos porque sienten que el futuro -su futuro, nada menos- se les escapa de las manos. Pero no basta protestar, marchar y pintar pancartas. Y es contraproducente e indigno exhibir intolerancia, agresividad y odio: ser joven no es garantía de superioridad moral. Por todo ello (y porque ser estudiante es, por definición, una condición transitoria) creo que la única forma de trascender es crear organizaciones permanentes.
13 Mayo 2012 04:08:36
El segundo debate
Los excesos de la libertad de expresión se combaten con la libertad de expresión. Pero el proceso de acotamiento es un largo aprendizaje. Para cimentarlo, en “Letras Libres” hemos insistido en la necesidad de propiciar en todos los ámbitos pertinentes (para empezar en las universidades, también en los periódicos, la radio, la televisión, el Internet) una genuina cultura del debate. Una inocua conversación académica no es un debate. Un feroz linchamiento público no es un debate. Un debate presupone el respeto elemental por el adversario. Los debates pueden ser una escuela de civilidad donde se aprende a fundamentar, a argumentar, a disentir con razones y claridad.

En la pública confrontación de las ideas, las posiciones irracionales exhiben su pobreza, y la tolerancia se va abriendo paso. Los debates son un vehículo esencial para la limpia construcción de nuestra democracia y el modo mejor de propiciar ciudadanos activos y responsables. Pero la triste realidad es que nuestra cultura del debate está en pañales.

Por todo ello era importante organizar debates de altura entre los candidatos a la Presidencia. La crítica generalizada al primer debate impone al IFE una decisión pronta y expedita: cambiar la forma para cambiar el fondo. Aún hay tiempo, pero no mucho. A juzgar por la ligereza con que se concesionó la producción y la cantidad de detalles que fallaron –desde la “evidente edecán” (adjetivo borgiano que debemos a Guillermo Sheridan) hasta la rigidez soviética de los tiempos, el escenario, las cámaras y los encuadres– las cosas pueden salir mal. Si el segundo debate nos receta más de lo mismo, muchos ciudadanos quedarán no sólo decepcionados sino indignados. El hartazgo y la crispación pueden alimentar otro periodo postelectoral convulso, en un marco nacional más riesgoso que el de 2006.

El pasado domingo no presenciamos un debate sino casi un simulacro. Los propios candidatos repartían su tiempo en repetir sus mensajes de campaña, y atacar o contestar brevemente al adversario, sin que se diera –más que en chispazos– oportunidad para una auténtica confrontación. Quienes días antes tuvieron ocasión de ver el debate entre Sarkozy y Hollande pudieron advertir la diferencia. Sencillamente, era otro juego, no sólo por la autenticidad con que discutían los contendientes sino por las reglas de esa apasionada y áspera discusión.

Se han aportado varias ideas. Yo sería partidario del formato más abierto posible. El panel de “cuestionadores” se integraría con tres periodistas reconocidos e independientes. (La independencia, por cierto, no supone neutralidad sino una trayectoria de respeto a las reglas de la democracia). Las preguntas serían absolutamente libres, espontáneas, abiertas. A los partidos y candidatos no se les permitiría el acceso previo a ellas. La duración debería ser de tres horas, suficientes para que ningún candidato pudiese reclamar restricciones de tiempo o censura institucional. Esas son algunas ideas, pero el IFE (no los partidos) podría volver a convocar con urgencia a un grupo de expertos (ya lo hizo para el primer debate, pero sus sugerencias fueron desestimadas) para dar con el formato más adecuado.

Los debates han sido práctica común en Estados Unidos. Aún ahora, en la memoria pública sigue vivo el histórico debate Douglas-Lincoln de 1858 en torno a la esclavitud. Un siglo más tarde, los mexicanos nos enteramos de los estragos que una mirada hosca, la barba cerrada y un candidato elocuente y apuesto hicieron en Richard Nixon. Pero en el México de los 60, y por las siguientes tres décadas, a nadie le pasó por la mente convocar a un debate. ¿Cuál hubiese sido el derrotero si en 1988 hubiésemos tenido uno entre Salinas, Cárdenas y Clouthier? Fue lamentable que no ocurriese, entre otras cosas porque esa apertura de expresión política hubiera canalizado las tensiones que se acumularían a partir de entonces, hasta estallar en 1994.

Aunque ahora parece improbable, hay otras ideas para el futuro: limitar la participación de los candidatos de partidos pequeños; dedicar recursos (que ahora se canalizan a los omnipresentes spots) a comprar “Prime time” en los principales canales de televisión; cambiar el escenario por el de un amplio auditorio, con un público con derecho a hacer preguntas concisas.

Esperamos seis años para tener debates de altura. No los hemos tenido. Ojalá que el segundo debate no nos remita al 2018 como horizonte de espera. En las condiciones actuales, sería una eternidad.

29 Abril 2012 04:08:25
Libertad amenazada
La libertad de expresión arraigó tardíamente en el orbe hispano. Nuestra tradición era otra, no una plaza pública sino una fortaleza cerrada a la disidencia y a la crítica. A fines del siglo X18, la libertad de expresión comenzó a tocar las puertas de esa fortaleza. Y las tocó hasta derribarlas justo aquí, en Cádiz, hace doscientos años. Aquella Constitución animó el nacimiento de nuestros primeros diarios independientes, vertebró legalmente a nuestras primeras repúblicas y fincó la tradición liberal, que sigue siendo el fundamento mejor de nuestra civilización.

Las dictaduras militares del siglo 19 en Hispanoamérica abominaron de la libertad de expresión, y no les faltaban razones. Ante ellas se alzó siempre la prensa liberal, con sus feroces caricaturas, sus sonetos satíricos, sus incendiarios artículos y sus grandes prosistas. Periodistas y escritores públicos fueron todos: Alberdi, Montalvo, Sarmiento, Mora, González Prada, Martí. Muchos sufrieron cárcel y ostracismo, otros la muerte misma. Pero persistieron en su vocación de libertad.

Con el arribo del siglo 20, la libertad de expresión se consolidó en los países de más honda vocación democrática como Chile, Costa Rica, Uruguay, la propia Colombia, entre otros. Ahora mismo, circulan periódicos que han cumplido hasta un siglo y medio de existencia ininterrumpida. Esos diarios históricos son monumentos vivos a la libertad. El siglo 20 trajo también la radio y la rebelión de las masas, y del contacto entre ambas surgió un nuevo género de dominación que partía del carisma trasmitido mediante un micrófono para propagar la verdad oficial. Quizá el primer caso latinoamericano fue el de Juan y Eva Perón, líderes populistas que se sentían llamados por la Providencia para redimir al pueblo. Una sola fuerza se les oponía, la libertad de prensa. Por eso la combatieron.

Aquel experimento argentino fue un juego de niños comparado con el inverosímil Fidel Castro. Antes del triunfo de la Revolución, los grandes periódicos de Cuba cubrían un espectro amplio, desde la visión católica hasta la liberal y socialista. Más tarde, la opinión pública en Cuba languideció hasta casi morir, porque al privar a los ciudadanos de la libertad de prensa se les privaba también de los medios elementales para comparar realidades y formar juicios propios. El líder se convertía él mismo en la agencia de noticias, la nota editorial, el intérprete del mundo, el periódico del día.

Tampoco las dictaduras militares que han plagado al continente fueron, en absoluto, tolerantes con la prensa libre. Todo lo contrario. En Chile y Argentina, los generales genocidas reprimieron a los disidentes, cerraron diarios, torturaron y mataron periodistas. Ahora Chile goza de una libertad de expresión irrestricta, pero Argentina parece haber vuelto a los tiempos en los que las opiniones distintas o adversas a la Casa Rosada debían acallarse o suprimirse. Se trata de una involución absurda -la censura en tiempos del Tuiter- pero también trágica, porque el populismo parece haber inoculado en muchos argentinos una servidumbre voluntaria.

La situación argentina lleva a un fenómeno más amplio, presente en Ecuador, Bolivia, Nicaragua y sobre todo en Venezuela. Estos regímenes no son dictaduras abiertas ni totalitarias. Son regímenes populistas. Pero no nos engañemos: el populismo es una antesala de la dictadura, una adulteración de la democracia cuyo designio final es ahogar por asfixia a la democracia. Chávez no cerró diarios históricos pero sí expropió a la empresa independiente RCTV y ha gastado recursos inimaginables en la promoción de su imagen bolivariana y mesiánica. Con todo, en ese ambiente hostilidad, la libertad de expresión sobrevive en diarios como El Nacional, en revistas como Tal Cual.

En Ecuador, el presidente Correa ha demandado por difamación al periódico El Universo y ha aparecido en fotos destrozando un ejemplar con sus poderosas manos. Frente al conflicto específico de un diario que critica con severidad y hasta con saña a un gobernante, la Suprema Corte de Justicia en México ha venido legislando de manera ejemplar. En México ha aparecido un poder que actúa en la impunidad y la sombra, que no tiene ideas ni ideales, sólo intereses e instintos, y que por su naturaleza no tolera estar sujeto a ningún escrutinio. Es el poder del narcotráfico y el crimen organizado. El problema es de México, de América Latina, de Estados Unidos y del mundo. Nos enfrenta de nueva cuenta al Mal absoluto de que hablaba Hannah Arendt. En algunas regiones de mi país, el periodismo se ha vuelto una actividad no sólo riesgosa sino imposible. En los viejos tiempos del PRI, por conveniencia o miedo, un sector de la prensa se autocensuraba, pero ahora, en un México democrático, hay periodistas que deben optar por el silencio o la muerte.

España y América han recorrido un largo camino en defensa de la libertad. Y la prensa -que nos convoca ahora- ha sido una protagonista central en esa hazaña. Por eso comprenderán ustedes la emoción que siento -como escritor liberal- en estar aquí, en este marco histórico, en este aniversario. Creo que la buena prensa es una misión. Creo en el periódico nuestro de cada día, esa flor de tinta y papel que muere y renace la mañana siguiente. Y recibo con agradecimiento este Premio Chapultepec 2012 que otorga la Sociedad Interamericana de Prensa. Me compromete a honrarlo, sirviendo al único dogma que admite la crítica de sí mismo: el dogma de la libertad.

15 Abril 2012 03:00:40
Populismo en México
¿Ha habido en México gobiernos populistas? El populismo es una adulteración de la democracia. Lo que el populista busca -al menos ésa ha sido la experiencia latinoamericana- es establecer un vínculo directo con el pueblo, por encima, al margen o en contra de las instituciones, las libertades y las leyes. La iniciativa no parte del pueblo sino del líder carismático que define a “el pueblo” como una amalgama social opuesta al “no pueblo”. El líder es el agente primordial del populismo. No hay populismo sin la figura del personaje providencial que supuestamente resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo.

En México la adulteración de la democracia ocurrió por caminos distintos al populismo. “Termina la era de los caudillos, comienza la de las instituciones”, había proclamado Calles en 1928. Esas “instituciones” fueron una, el PRI: aunque mantuvo al país en un estado de adolescencia política y bastardeó la práctica de la democracia, impidió los liderazgos populistas. A partir de entonces, tuvimos episodios populistas pero no, propiamente, gobiernos populistas. Cárdenas fue un presidente revolucionario que buscó cumplir al pie de la letra los artículos centrales de la Constitución de 1917. Eso lo convirtió en un presidente popular, no en un populista. Llegado su límite dejó el poder y, a diferencia de los populistas típicos, jamás utilizó la palabra como medio específico de dominación (le apodaban “La esfinge de Jiquilpan”). Luis Echeverría, sin tener dotes mayores (o menores) para el discurso público, intentó concentrar personalmente el poder a la manera del populista, pero cuando quiso crear una base sindical propia por encima de las instituciones vigentes -es decir, del PRI- Fidel Velázquez lo rebasó temporalmente por la izquierda, amagó con la huelga nacional y lo puso en su lugar. López Portillo -él sí, campeón de oratoria- cautivaba a las masas, pero lo hacía más por vanagloria que por ambición. Aunque ambos dieron un uso populista a los recursos públicos y no dejaron de fustigar a enemigos reales o fingidos (al “no pueblo”), su poder era institucional, no personal, y cesaba a los seis años.

Hace poco más de una década, liquidado el sistema que imperó por 70 años, apareció un líder social -Andrés Manuel López Obrador- que, desde el cargo de Jefe de Gobierno del Distrito Federal y más tarde en su campaña presidencial, siguió el libreto populista. De haber triunfado, hubiese sido el primer presidente populista (y aún mesiánico) de la historia mexicana.

Han pasado casi seis años desde aquella elección y López Obrador es, de nueva cuenta, el candidato de la izquierda. Pero algo ha cambiado recientemente en su estilo personal. El tono y la actitud se han suavizado, el mensaje se ha vuelto conciliatorio y -en sus propias palabras- amoroso. Se ha atenuado la belicosa prédica contra el “no pueblo”, pero muchos perplejos ciudadanos, legítimamente, se preguntan: ¿Le ha ocurrido una conversión religiosa? ¿Se trata de una táctica electoral? ¿O el cambio obedece a un proyecto político alejado ya del populismo?

López Obrador parece haber experimentado una conversión tolstoyana (en sentido estricto, leyendo a Tolstoy, siguiendo su ejemplo). De allí su renuncia a la confrontación y su cambio diametral de prédica: de la indignación flamígera a la persuasión amorosa. Por otra parte, el viraje tiene un obvio sentido electoral: AMLO sabe bien que sin el apoyo de las clases medias difícilmente alcanzará los votos necesarios para triunfar. Lo que no está claro es la naturaleza política de su cambio. Y no lo está, porque no ha hablado de ella.

Desilusionados de doce años de gestión panista y reacios a restaurar, así sea parcialmente, la hegemonía del PRI, muchos ciudadanos que no votaron por él en el 2006 reconocen las virtudes de López Obrador -y sobre todas ellas, su vocación social- pero hubiesen preferido que, en vez de una conversión religiosa (que a fin y al cabo es una iluminación personal), AMLO hubiera hecho pública una reforma intelectual y política que lo apartara explícitamente de los caminos populistas y redentoristas, y alejara su programa del anacrónico nacionalismo revolucionario, aproximándolo no al PRI o al PAN sino al programa de la izquierda democrática latinoamericana (la izquierda de Lula, Lagos, Bachelet, Humala, Rousseff). Esta izquierda ha demostrado con creces que la fórmula triunfadora es la modernización económica y las reformas estructurales que lleven al crecimiento, programas sociales efectivos para atender a vasta población necesitada, y un apego estricto al orden legal e institucional.

AMLO puede ser fuerte en el segundo de esos campos, pero no en los otros dos. Su programa económico no ha cambiado. Y más grave aún es la duda razonable de muchos ciudadanos sobre el carácter de su liderazgo. Para disipar esas dudas, le haría falta una autocrítica razonada de su comportamiento en 2006 (sobre todo después de esas elecciones). Lo cual supone dos actos improbables: estar convencido de que su verdad no es la verdad, y asumir su parte significativa de responsabilidad en el torrente de ira, odio e intolerancia que marcó por años su paso por la política y que ahora se reproduce en las redes sociales.

No es la conversión de AMLO lo que, en caso dado, pedirían los ciudadanos opuestos al populismo que reflexionan el sentido de su voto. Es un acto racional de convencimiento y autocrítica. Y no es amor lo que requiere la vida pública mexicana. Es responsabilidad cívica y tolerancia.
03 Abril 2012 04:10:48
El gobierno de…
¿Puede el gobierno ser de alguien? ¿No hay acaso un sentido patrimonialista en esa pretensión? Si los gobiernos están asentados en instituciones y las instituciones -por definición- no pueden ser propiedad de alguien, ¿cómo argumentar que hay gobiernos de una persona? Si los gobiernos se asientan en acciones e instituciones que provienen del pasado, cómo marcar la frontera, una mojonera que delimite entre lo que fue de otros -que están en el pasado- y lo que corresponde al presente. Parte de los logros de los gobiernos proviene de cambios en las decisiones pero también de la continuidad. Quién es el juez para deslindar qué tanto la ruptura o la continuidad fueron parte del éxito de una política pública. Cualquier gobernante con un mínimo de sentido histórico sabe de la complejidad de ese flujo de acciones que obliga a una cautela, a un cierto sentido de humildad y reconocimiento a los antecesores. Parece que ese sentido histórico, esa humildad no están en las coordenadas de la gestión de Felipe Calderón.

Si alguna crítica se esgrimía en contra del pasado priísta era que esa concentración del poder facilitaba a la voluntad presidencial convirtiese en mandato, que nuestra historia estuviera dividida en sexenios impregnados por lo que Cossío Villegas llamaba el “estilo personal de gobernar”.

Si algo irritaba a los ciudadanos es que toda obra pública se atribuía al SEÑOR PRESIDENTE. No fue sino hasta la gestión de Miguel de La Madrid que se eliminó la costumbre de poner placas en las obras públicas que rezaban: En 19..., siendo presidente fulano o zutano se entregó al pueblo de México esta obra... Eran dádivas presidenciales. El problema es que toda obra pública proviene de los dineros del erario, y los dineros del erario son producto de la recaudación y la recaudación del trabajo y esfuerzo de los mexicanos. Las placas desaparecieron pero el ánimo patrimonialista no.

Con la alternancia muchos mexicanos tuvieron la esperanza de que ese presidencialismo enfermizo por fin fuera liquidado. Recordemos que la trama era enterrar el pasado de horror, entrar en un renacimiento nacional, de liberación. Todo lo que venía del pasado estaba tocado por la pudrición y la maldad. Pero la verdad sea dicha, 12 años después de la alternancia, muy pocas nuevas instituciones han sido creadas por los gobiernos panistas. El IFAI -impulsado por Vicente Fox- y hay que reconocerlo, es la excepción. Pero en lo general los panistas han gobernado con las instituciones creadas por los priístas y sus antecesores. Casi cualquier reconocimiento a una acción de gobierno toca una institución del pasado.

Así cuando el presidente alaba la valentía y lealtad de las Fuerzas Armadas alude a instituciones que tienen casi un siglo de continuidad. Cuando el presidente exalta la labor del IMSS señala a una creación del gobierno de Ávila Camacho. Cuando se destacan las cualidades de Pemex, de inmediato ellas nos remiten a la nacionalización petrolera de Cárdenas. Cuando se atribuye a la CFE ser una empresa de “clase mundial” la memoria nos obliga a ir a los años 60 en que gobernaba el PRI. Cuando se publicita que se han “construido o mejorado” más carreteras que en ninguna otra gestión, se viene encima el trabajo de la SCT que tiene décadas de constituida. El argumento es además falaz porque el simple crecimiento del país explica muchas cifras record. Nunca antes tantos mexicanos habían volado en avión, o tenido un coche o un celular. Se piensa que la ciudadanía es tonta o desmemoriada.

Cuando se reconoce el trabajo de la SEP de inmediato aparece una lista de grandes secretarios comenzando por Vasconcelos. Cuando se elogia la independencia del Banco de México viene a la mente Gómez Morín o don Rodrigo Gómez, pero también Zedillo que dio el impulso final a la autonomía. Cuando se habla de nuestra capacidad exportadora es imposible no mencionar a Salinas de Gortari y su visión de apertura. Cuando se recuerdan los logros en materia de vivienda del panismo, que son muchos, es deshonesto no recordar que esa institución fue creada por Echeverría. Cuando se ilumina públicamente el puente Baluarte entre Sinaloa y Durango se debe recordar quién comenzó la obra. Cuando se señalan los múltiples logros de Conaculta, se debería recordar quien ideó y creo a esa institución.

No hay para dónde hacerse el presente nace de nuestro pasado. Si se está orgulloso del presente implícitamente se está asumiendo el pasado que permitió llegar a aquí. Es imposible fracturar cierta continuidad que el panismo ha negado durante 12 años. Pero el problema llega a expresiones esquizofrénicas cuando el presidente Calderón -en su desesperado intento por hacer campaña a favor de su partido- invade al país con propaganda sofocante (televisión, radio, periódicos, aeropuertos, donde sea) que se centra en la expresión El gobierno del Presidente... Se les olvida que el Gobierno es de todos. La justicia por propia mano es vil.
01 Abril 2012 06:07:08
Perú mueve montañas
Algo extraordinario está ocurriendo en el Perú. Más allá del notable crecimiento de su economía, de la estabilidad de su vida política y del evidente -aunque aún limitado- avance social, Perú está modificando la penosa concepción que por mucho tiempo ha tenido de sí mismo y de su lugar en el planeta. Perú, en pocas palabras, está cambiando su mentalidad, eso que antiguamente se llamaba “las costumbres”.

“Las costumbres las ha hecho el tiempo, con tanta paciencia y lentitud como las montañas”, escribió Benito Pérez Galdós. Si hay un país que lo confirma es el montañoso y hierático Perú. En 1979, cuando lo visité por primera vez, percibí la facilidad con que los peruanos hacían mofa de sí mismos (“El inca nuevo es el inca-paz”) y vívidamente narraban sus atávicas desdichas: la nostalgia del Edén incaico subvertido por la Conquista, el retraso de la región andina frente a la costa, la postración y pobreza de sus mayorías indígenas, la omnipresencia (en el idioma, en el trato social, en las disputas políticas) de terribles enconos étnicos, y hasta la maldición geográfica de estar lejos de Europa, de Estados Unidos, de los verdaderos centros de poder y desarrollo. No sé si la melodía que escuché de un flautista indígena (un dorado atardecer, en una calle de Cuzco) era la más triste del mundo. A mí me lo pareció.

Mi siguiente visita fue en 1990. A pesar de haber desplazado a los regímenes militares, el país había caído en el precipicio del populismo que arruinó su economía y en el horror de la guerrilla “Sendero Luminoso”. Acudía yo invitado por Fredemo, la organización que apoyaba la candidatura presidencial de Mario Vargas Llosa. Una reciente novela suya abría con la frase “No hay límites para el deterioro”, y el panorama que encontré lo confirmaba: un ejército de niños pordioseros invadía las zonas comerciales de Lima, los militares patrullaban las calles en espera del siguiente acto de sabotaje, los secuestros y asesinatos se habían vuelto noticia diaria, los cambistas agitaban sus fajos de “intis” devaluados. El Banco Central había agotado las reservas, la inflación llegaba al 2 mil 600% y en 1989 el Producto Interno Bruto había disminuido 15 por ciento.

Frente a ese drama, Vargas Llosa proponía lo que denominó “El gran cambio”, un programa de liberalización que acotaba el papel económico (no social) del Estado, transfiriendo la iniciativa a la sociedad y los individuos mediante el combate a los monopolios, la apertura de las fronteras y el aliento a la libre competencia. La miseria no era una condición fatal, el Perú podía optar por superarla. “Es el país que vendrá”, dijo, al cerrar su campaña. Para fortuna de la literatura universal, el escritor perdió las elecciones, pero su proyecto económico (adoptado en alguna medida por la violenta y corrupta dictadura de Alberto Fujimori) modificó la cultura económica del Perú hasta traducirse, en el siglo 21, en un cambio de mentalidad y de costumbres.

Desde entonces, los buenos augurios parecen obra de la cosmología inca: un presidente indígena graduado en Stanford (Alejandro Toledo) cuya improbable biografía representó, en sí misma, un principio de reconciliación entre los pasados peruanos; un presidente populista (Alan García) que entiende y repudia sus errores pasados, y en una segunda oportunidad tomó la ruta de la modernidad económica; un militar golpista (el actual presidente Ollanta Humala) que pasó de concebirse como un “redentor” inspirado en Chávez a un líder que considera “obsoletas las divisiones de izquierda y derecha”, que defiende ante todo el Estado de Derecho, y sigue la pauta de Lula y Rousseff. Por si fuera poco, el Perú brilla internacionalmente por su cocina, por su cultura (el tenor Juan Diego Flórez, el pintor Fernando de Szyszlo) y, desde luego, por el Premio Nobel de Literatura concedido a Vargas Llosa en 2010.

Pero el cambio no es astrológico: es real. La globalización ha transformado la geografía económica del Perú. “Somos una China en miniatura” -me dice mi amigo Alfredo Barnechea, apuntando a la impresionante migración de la montaña a varias ciudades de la costa. “Somos ‘un país fusión’ -agrega-, cuya forma social no es ya una pirámide sino el rombo, por la emergencia de las clases medias”.

Además del crimen organizado y el narcotráfico que amenazan a toda la zona, los rezagos en infraestructura, vivienda, servicios básicos, educación y competitividad siguen siendo inmensos. Para enfrentarlos existen programas focalizados de apoyo social. Según el Ministerio de Economía y Finanzas, en diez años la pobreza total se ha reducido del 53% al 31%, pero sigue siendo del 54% en áreas rurales, donde un tercio de los niños sufre desnutrición. De consolidarse el modelo, las perspectivas para 2020 son halagadoras: duplicar el PIB per cápita y reducir a 15% la pobreza.

25 Marzo 2012 04:10:57
Huevo y gallina
La perspectiva que uno toma sobre los asuntos públicos determina la forma de actuar. Joseph de Maistre, un estratega y crítico de la Revolución Francesa al final del siglo 18, escribió que “la opinión es tan poderosa que puede alterar la naturaleza de un mismo evento e incluso darle dos nombres distintos, sin mayor razón o justificación que un capricho. Un general comanda a sus tropas entre dos ejércitos enemigos y le escribe a su rey: ‘Dividí al enemigo, él ha perdido’. Su contrincante le escribe a su rey: ‘Se puso entre dos fuegos, está perdido’. ¿Cuál de los dos está en lo cierto? El que sea atrapado por la fría diosa del miedo: es la imaginación, no la realidad, la que pierde batallas”.

En México vivimos una guerra de perspectivas, visiones y opiniones. Todo se combina para complicar la toma de decisiones y confundir a la sociedad, como si fuera un objetivo expreso. En la medida en que nos acercamos a la justa electoral, el nivel de confusión no podrá sino elevarse. Y hay buenas razones para ello.

Cuando las instituciones son fuertes y limitan el ámbito de acción -es decir, restringen el poder efectivo- de quien ocupa la presidencia, la persona del presidente se torna importante pero no crucial. De esta forma, independientemente de las diferencias naturales entre partidos y candidatos, ningún inglés o canadiense percibe que su país va a morir o vivir como resultado de una elección.

Lo contrario es cierto en naciones con instituciones débiles, donde la persona que ocupa la presidencia tiene un impacto descomunal sobre el devenir de su país. Basta contrastar el resultado de la gestión de Hugo Chávez en Venezuela con la de Luiz Inacio Lula da Silva en Brasil para hacer evidente el resultado. La persona importa.

El país enfrenta desafíos fundamentales que tendrán que ser atendidos en los próximos años. Los problemas de seguridad, crecimiento y estabilidad política requerirán respuestas que ya no admiten mayor evasión. Quien ocupe la Presidencia tendrá que actuar innovando. La pregunta evidente es quién logrará la transformación necesaria sin afectar, más bien consolidando, los derechos de la ciudadanía. Todo esto sin provocar una crisis financiera en el camino. La fortaleza intrínseca y claridad de rumbo de quien resulte presidente será trascendental.

En 2010, en el momento en que Inglaterra se acercaba a su elección de primer ministro, la revista The Economist planteaba una interrogante sobre los contendientes: ¿quién tendrá las habilidades para resolver y eliminar los obstáculos que impiden el desarrollo de la economía? Su conclusión: algunos candidatos entendían el reto pero no tenían las habilidades o tenían un planteamiento inadecuado de solución, y viceversa: algunos contaban con la visión o las habilidades pero no tenían el diagnóstico correcto.

Tomando esa perspectiva, en los últimos años se ha afianzado la noción de que México está sobrediagnosticado, que se conocen todos los problemas y que bastaría que el congreso se pusiera de acuerdo para salir del hoyo sin más. Yo discrepo. Si bien es evidente que los problemas que enfrenta el país son bastante claros, no me parece obvio que exista un consenso sobre las causas de los mismos y, por lo tanto, es imposible que las propuestas de solución sean todas idóneas. Además, somos muy dados a mezclar causas con síntomas.

En términos nominales, los problemas que enfrenta el país son bastante evidentes y se refieren, en buena medida, a impedimentos al crecimiento de la economía y a la disfuncionalidad del sistema político. La combinación ha creado el espacio en el cual hemos experimentado un pobre desempeño económico, una abultada economía informal, la crisis de seguridad y el permanente golpeteo político.

Las propuestas de solución para estos males son muchas y muy diversas, pero no todas responden a las causas y no todas son igualmente susceptibles de resolver el problema de fondo. Sólo para ilustrar, entre las propuestas para enfrentar el problema del crecimiento que están en la mesa sobresalen dos que ilustran formas contrastantes de concebir el problema. Unos proponen mayor rectoría del Estado y una participación activa de éste por vía del gasto público como fuente de estímulo para el crecimiento.

Otros proponen atacar las causas del problema en el plano microeconómico, es decir, procurando elevar el contenido nacional de las exportaciones para hacer crecer el mercado interno o resolviendo problemas de regulación para formalizar a la economía que hoy vive fuera del marco legal. Es en el entorno político donde quizá se concentra el problema mayor y la principal fuente de contradicciones que, tarde o temprano, se manifiestan en decisiones y acciones que impactan a la economía y otros ámbitos del actuar gubernamental. Para que un sistema político funcione se requiere que todos los actores se sientan partícipes y vean beneficios de participar. El sistema priista resolvió ese problema del poder en los treinta del siglo pasado con una combinación de zanahoria y chicotito: la promesa de acceso al poder y/o a la riqueza para quien se mantuviera leal al sistema y al presidente. Ese sistema se colapsó, dando pie a la era de desencuentros y conflictos que hoy vivimos.

Hoy se requiere construir un arreglo político compatible con una ciudadanía activa, competencia política y democracia. El sistema forjado hace ochenta años dio de sí y tiene que ser reemplazado por un nuevo acuerdo de poder que permita la toma de decisiones y disminuya el incentivo para el conflicto. La paradoja es que, para lograr eso, se requiere gran claridad de visión y capacidad de operación que conduzca a la institucionalización del poder.

Es decir, los acuerdos del poder no se dan por ósmosis, sino que son resultado de un liderazgo efectivo que se traduce en capacidad de operación política. Esto no ocurre al revés: la institucionalización es producto de la articulación de acuerdos.

La persona que gane la presidencia importa y más por lo delicado del momento que vivimos.
18 Marzo 2012 04:08:36
Un digno ex presidente
Un juez de Connecticut decidirá en las próximas semanas si admite o desecha una demanda que pretende responsabilizar al ex presidente Ernesto Zedillo de la “Matanza de Acteal”, ocurrida el 22 de diciembre de 1997. La acusación sostiene que el crimen fue resultado de una estrategia urdida por Zedillo para aplastar al movimiento zapatista. Varias sólidas investigaciones han demostrado algo muy distinto: el brutal crimen fue consecuencia de una cadena de conflictos locales que precedieron al gobierno de Zedillo y que lo sobrevivieron.

Decía Daniel Cosío Villegas que en México es muy difícil hablar bien de un presidente (o de un expresidente) aun cuando haya razones objetivas para hacerlo. Quien se atreve es tildado de “vendido”. Pero con respecto a Zedillo, guardar silencio ahora es una forma de complicidad con la mentira y la venganza.

Desde el 1 de diciembre de 2000, Zedillo eligió un exilio voluntario que le ha ganado el reconocimiento de muchos mexicanos. Como director del Centro para el Estudio de la Globalización en la Universidad de Yale, Zedillo se ha labrado una posición respetable en la comunidad internacional (académica, empresarial, política), pero en relación con México ha mantenido una sana distancia. Si bien no se abstiene de opinar sobre la agenda nacional, lo hace con sentido de realidad y con prudencia.

Esas fueron también, a mi juicio, las cualidades de su gestión presidencial. Tras aquel levantamiento, el país se precipitó en una aguda crisis política que se agravó con el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el 23 de marzo de 1994. Para las elecciones de julio, el PRI y Carlos Salinas de Gortari se inclinaron por Zedillo, un economista nacido en la Ciudad de México y educado en Mexicali, de origen y condición modesta (hijo de un electricista y una maestra que murió joven), formado en escuelas públicas, y que con gran esfuerzo personal había obtenido un doctorado en Yale. Incorporado al Banco de México, Zedillo tuvo un desempeño sobresaliente en la recuperación que siguió a la quiebra de 1982. En el sexenio de Salinas se hizo cargo sucesivo de la Secretaría de Programación y Presupuesto y la de Educación. Al momento del asesinato, Zedillo era el Jefe de Campaña de Colosio.

Reservado, mordaz, cerebral, en los primeros días de su gobierno Zedillo encaró una nueva y gravísima crisis financiera provocada mayormente -como demostró Gabriel Zaid- por la gestión anterior (“Ni lo ven ni lo oyen”, Reforma, 1 de mayo de 2011). La reactivación que resultó del Tratado de Libre Comercio puesto en vigor por Salinas en 1993 y el apoyo de la administración Clinton, ayudaron a superar el problema, pero antes de que eso ocurriera (y desde el principio de su periodo) Zedillo entendió la necesidad de propiciar una reforma política definitiva, y actuó en consecuencia.

Zedillo no fue, por supuesto, el creador de la transición democrática en México. El proceso venía de muy atrás, y en él incidieron intelectuales y artistas, grupos políticos, líderes sociales y ciudadanos. Pero Zedillo -rara avis en la clase política- era un demócrata liberal y entendió las claves de la necesaria transición. Había que acotar el poder del presidente (dando independencia al Poder Judicial, renunciando al ejercicio de facultades extraconstitucionales), propiciar una competencia equitativa entre los partidos, disminuir el predominio económico del Estado, alentar la libertad de prensa y, sobre todo, consolidar la autonomía del Instituto Federal Electoral y del Tribunal Federal Electoral. Todo ello ocurrió. En las elecciones intermedias de 1997, por primera vez en casi 70 años, el PRI dejó de tener mayoría en la Cámara de Diputados, y Cuauhtémoc Cárdenas ganó la Jefatura de Gobierno en el Distrito Federal. Y en 2000, Vicente Fox ganó la presidencia.

Sin embargo, el movimiento encabezado por el Subcomandante Marcos seguía vigente. Para contribuir a la solución del conflicto, el gobierno acrecentó las inversiones sociales en la entidad. Paralelamente, una Comisión plural siguió buscando el diálogo y la reconciliación con el zapatismo. El Congreso aprobó una legislación reivindicatoria de los indígenas, pero el EZLN la desechó por considerarla insuficiente. Del mismo modo, los zapatistas se negaron a atender la petición de un sector muy amplio de sus propios simpatizantes que les pedía renunciar a la vía armada y participar en las elecciones. En algunas zonas álgidas, se acrecentaron las tensiones entre los grupos proclives al PRI y al zapatismo. Y en el Municipio de Chenalhó, donde se localiza la pequeña comunidad de Acteal, una disputa por el poder local, seguida de otra sobre la propiedad de una mina de arena, desató una escalada de venganza y violencia que culminó en el atroz crimen perpetrado por priistas locales contra un grupo de 45 personas (21 mujeres, 6 ancianos, 14 niñas y 4 niños), todos familiares de personas pertenecientes a un grupo simpatizante del zapatismo denominado “Las Abejas”. El país se conmocionó, pero nadie probó jamás que los hechos hayan obedecido a una estrategia de aniquilamiento por parte del Gobierno federal.

Esa estrategia sí existió en el caso de la matanza de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968. En julio de aquel año, alguien tomó un par de fotos a un estudiante de la Vocacional 5. En la primera, cinco granaderos lo acosan, mientras él los encara valientemente; en la segunda, uno de los granaderos lo golpea con la culata. Aquel joven era Ernesto Zedillo. El agravio lo marcó: nunca creería en la violencia como solución a los problemas nacionales. Por eso, cuando en 1999 un grupo radical desató una huelga que paralizó a la UNAM, Zedillo dejó que el conflicto se alargara nueve meses hasta que no hubo más remedio que acudir a la policía para liberar el Campus, en una acción en la que no se registró un sólo herido. Un hombre así, una biografía así, no cuadran con el perfil criminal de que se le acusa.

A diferencia de algunos de sus antecesores, Ernesto Zedillo puede caminar tranquilamente por las calles de México. No robó, no abusó, no mató. Honró, como pocos, la presidencia de México.
19 Febrero 2012 05:10:10
El saber práctico de Luis Lesur
Hace unos días murió uno de los autores más originales que he conocido. Se llamaba Luis Lesur y practicó con excelencia un género que la pedantería intelectual y académica menosprecia: el género del “how to” o “saber hacer”.

Luis publicó más de cien libros en torno a temas como Agricultura y ganadería, Jardinería, Albañilería, Trabajos con madera, Soldadura y herrería, Serigrafía, Trabajos en vidrio, Moldes y vaciado, Trabajos con piedra, Pintura, Confección, Alimentos, Restaurantes y gastronomía, Economía doméstica, etc. En los años 80, su serie “Cómo hacer mejor” fue publicada en fascículos por la SEP. Tenía formato de fotonovela a color tamaño carta y su propósito era –según explicaba– ofrecer “tecnología accesible a las familias mexicanas en áreas rurales”. Se llegaron a imprimir 130 mil ejemplares semanales que se vendían en puestos de periódicos a un precio de 10 pesos. La colección llegó a 140 números. Posteriormente, la mayoría de sus títulos han sido editados por Trillas y pueden consultarse en
http://www.luislesur.com.

En la Editorial Clío hicimos un proyecto juntos. Se llamaba “Tu propio negocio”. Queríamos contribuir a dar salidas de autoempleo a la crisis de diciembre de 1994 e ideamos unos cuadernitos ilustrados que podían llevarse en la bolsa de un pantalón para que la gente (en el Metro, en un parque, en casa) aprendiera por sí misma cómo montar una fonda, una florería, una cerrajería, una casa de huéspedes, un salón de belleza. Todos iban acompañados de un manual sobre principios básicos de contabilidad. Años después, Educación Financiera Banamex los recogió bajo el título de “Saber cuenta”.

Fernando García Ramírez, editor de esa serie, recuerda cuando visitó a Lesur para armar el proyecto: “Al traspasar el portón –que representaba en madera labrada una parvada de pájaros– se abría un amplio jardín en cuyo centro se alzaba una biblioteca extraordinariamente surtida con libros de cómo hacer cosas. ¿Qué cosas? Todo. Cómo armar motores. Cómo hacer una instalación eléctrica. Cómo hacer embutidos. Cómo fabricar zapatos. Cómo encuadernar libros. Miles de libros para que personas transformaran su mundo inmediato. Me sorprendió también encontrar, en ese jardín, varias casas que en realidad no eran tales, sino pequeños talleres dotados de cientos de herramientas de todo tipo. Había también laboratorios con alambiques, matraces y frascos. Allí, Luis Lesur y su pequeño equipo experimentaban directamente, fotografiaban y diseñaban los libros de ‘cómo hacer’”.

Su alquimia incluía su entorno natural. Su casa, resguardada por nobles perros labradores, era una construcción rústica, plantada en medio de árboles centenarios, pequeños estanques y “apantles” cantarines. Luis amaba los árboles como se ama a los abuelos. De hecho, su libro postrero es “Árboles de México”, un precioso compendio ilustrado sobre las 278 especies que se dan en nuestro país, con su respectiva clasificación científica y distribución geográfica. Su página web no contiene información biográfica, sólo la lista de sus libros y una foto que lo captura como era: sonriente y gentil. Sus ojos azules denotaban su origen europeo, pero Luis era más mexicano que el chile (del cual, claro, también escribió). Nacido en abril de 1932, vivió al lado de su estricto abuelo, el jurista Toribio Esquivel Obregón. Estudió en la ENAH, fundó la escuela de antropología en la Universidad Iberoamericana y fue uno de los primeros investigadores independientes en antropología social.

Luis era el más amigable de los hombres y un consumado experto en la cocina. Las comilonas bajo el añoso ficus de su jardín eran pantagruélicas y proverbiales: deliciosas para el gusto, y por el gusto de escucharlo discurrir sobre la elaboración –el intrincado cómo– de cada platillo. A mí me tocó alguna vez escuchar su exposición sobre cómo hacer el mejor cordero, y comprobarlo después. Aun en la tragedia fue creativo, como cuando nos invitó al altar de flores que erigió en memoria de su hijo, cuya muerte lo abatió.

Luis Lesur trabajó para la mayoría silenciosa de mexicanos que no piensa en tener (o heredar) un puesto burocrático o sindical, y tampoco espera que le caiga una “chamba” en una gran empresa, sino que sencillamente busca cómo establecer “su propio negocio” y hacer una vida digna y autónoma. La Secretaría de Educación debería republicar esos fascículos “Cómo hacer mejor” de Luis Lesur. Sería la mejor manera de continuar la concepción original de Vasconcelos, para quien la escuela primaria debía superar su carácter “verbalista” y adoptar en cambio una orientación basada “en las ocupaciones manuales, en las prácticas agrícolas y en las ocupaciones del hogar”.

¿Sorprendente? No del todo. El Ulises criollo, el neoplatónico americano, era un ingeniero de la vida práctica. Habría publicado la obra de Luis Lesur, sabio que tenía el don de cambiar, para bien, la vida de las personas.
05 Febrero 2012 05:06:19
Ansiedades del PAN
A mediados de los 60, Manuel Gómez Morin concedió una serie de entrevistas a los historiadores estadounidenses James y Edna Wilkie. En una de ellas, el fundador del PAN precisó su postura frente al improbable caso de una victoria de su partido en una campaña presidencial:

“... no hemos tenido mucha ansiedad de llegar a puestos de gobierno. Reconocemos inclusive que si mañana, por uno de esos trastornos públicos de fondo, Acción Nacional tuviera que hacerse cargo del gobierno, tendría que hacer un esfuerzo intenso para formar un equipo de gobierno. Tal vez un gobierno de unión nacional”.

Gómez Morin reconocía la impreparación del PAN para ejercer el Poder Ejecutivo y la justificaba con cierta olímpica serenidad:

“Estamos todavía en la situación clásica de un partido de oposición. No de ‘Her Majesty’s loyal oposition’, que puede ocupar los puestos al día siguiente que sale el gobierno, sino en la posición de la oposición latina: un partido que está señalando errores, que está indicando nuevos caminos, que está tratando de limpiar la administración, de mejorar las instituciones, de programar el esfuerzo colectivo de mejoramiento y de formar ciudadanos y personas capaces de ocupar con rectitud y eficacia los puestos públicos”.

“Bregando eternidades” en el Congreso y en unos cuantos estados y municipios, siempre en condición minoritaria, el PAN tuvo el mérito histórico de mantener la alternativa democrática frente al PRI (que representaba la simulación democrática) y las diversas corrientes de izquierda, que despreciaban la democracia como un artificio burgués. Pero esa misma condición testimonial (un partido de profesionistas de clase media que hacían política) los privó de la experiencia del poder.

De pronto, la eternidad se adelantó unos cuantos milenos sin que el PAN hubiese formado aquellos “ciudadanos y personas capaces de ocupar con rectitud y eficacia los puestos públicos” que vislumbraba Gómez Morin. Para el año 2000, sus legendarios fundadores habían muerto, muchos de sus primeros cuadros -luchadores cívicos entusiastas- se habían desanimado de la “brega” o de las concesiones doctrinales y políticas al PRI, y prefirieron dispersarse, no pocos renunciaron a su filiación, y la generación más joven tenía sólo dos cabezas visibles: Diego Fernández de Cevallos y Carlos Castillo Peraza. Ninguno de los dos asimiló creativamente las respectivas derrotas electorales de 1994 y 1996. El primero tomó distancia de la política, el segundo, trágicamente, se hundió en una depresión que lo condujo a la muerte. Es verdad que para entonces una nueva corriente de “neo panistas” se había incorporado al viejo partido (el valeroso y malogrado Manuel Clouthier, Francisco Barrio, entre varios otros) pero no llegaron a integrar un proyecto coherente. En el umbral del siglo 21, el vacío de experiencia y cuadros señalado por Gómez Morin se hizo más evidente, pero la crisis política y moral del PRI era aún mayor que la del PAN. Y así fue como por “uno de esos trastornos públicos de fondo”, el PAN llegó al poder.

Al momento de “hacerse cargo”, el PAN no sólo carecía de un equipo de gobierno sino de un líder propiamente político. Su caudillo fue un outsider que desde el inicio confundió la vida política con la empresarial y consideró normal acudir a una agencia de Head hunters para integrar su gabinete. Las expectativas del año 2000 reclamaban un liderazgo radicalmente distinto, que convocara -como había previsto Gómez Morin- a un gobierno de unión nacional. En aquel contexto era posible establecer una alianza con varios políticos experimentados de la izquierda, sobre la plataforma común de combatir los vastos intereses creados (públicos y privados) de la era del PRI. No se hizo, y la novatada política -en un contexto mundial favorable- costó al país seis años irrecuperables.

En diciembre de 2006 llegó al poder un joven parlamentario que por vocación y carácter se propuso trascender aquel concepto de “oposición latina”. Quiso ejercer plenamente el poder pero en la gravísima crisis postelectoral de aquel año (y con un voto minoritario frente a sus dos adversarios combinados) parecía juicioso volver a la receta del fundador: la formación de un gobierno de (limitada) unidad nacional, esta vez con un sector del PRI. Si Gómez Morin (en el cenit autoritario del sistema) había considerado la posibilidad de un gobierno de unidad, ¿por qué el PRI del 2006 (relegado a la tercera fuerza, derrotado en dos elecciones sucesivas) habría de ser un socio inadmisible? Un gobierno de coalición hubiese fortalecido al Estado, pero el presidente optó por anclar su credibilidad en el ejército e integró un gabinete endogámico. Ambas decisiones -en un contexto internacional desfavorable- han implicado grandes costos.

Por seis décadas, las generaciones panistas jugaron al poder sin buscar el poder. Cuando el poder les cayó del cielo, ansiosamente quisieron ejercerlo con ejecutivos de negocios o con amigos fieles. El resultado está a la vista: el PAN carece de un elenco sólido para competir en las próximas elecciones. El manejo ineficaz de la precampaña, los desangelados debates, las propuestas tímidas y vagas, son prueba de una impreparación que viene de muy atrás. Con todo, el PAN es el único partido que celebra comicios democráticos internos. Por eso sería muy lamentable que la elección del día de hoy se manchara, en la percepción pública, con sospechas de manipulación. El mermado capital moral del PAN se erosionaría definitivamente.
22 Enero 2012 05:10:38
Así operaba ‘el sistema’
El sujeto fue casi inmediatamente aprehendido y, a los pocos días, apareció ahorcado en la prisión. ¿Se ha preguntado usted por qué en México (con algunas excepciones, como la saga de Héctor Belascoarán Shayne de Paco Ignacio Taibo II) tenemos pocas novelas policíacas? La sola idea de un inspector Poirot o un Sherlock Holmes mexicano suena casi inverosímil, pero no hay misterio en la dificultad del género: ocurre que en México, históricamente, la policía ha operado de manera “heterodoxa”. Me explico.

Hace aproximadamente 30 años, ocurrió en el DF un secuestro que conmocionó a la opinión pública. Recuerdo vagamente sus detalles. El secuestrador era un torvo personaje de clase alta; la víctima, que fue hallada muerta, era una niña. La ola de indignación fue tal que, por excepción, la noticia salió de las habituales páginas de Alerta y Alarma y llegó a las primeras planas de los periódicos y los noticieros de la televisión. El sujeto fue casi inmediatamente aprehendido y, a los pocos días, apareció ahorcado en la prisión. Se habló de un suicidio, pero la versión extraoficial es que los propios presos, en connivencia con las autoridades del penal, lo habían “ultimado”.

El caso ilustra el modus operandi de lo que, por un piadoso eufemismo, llamábamos “el sistema”. Sabíamos que era corrupto, varios ilustres politólogos extranjeros que nos estudiaban con curiosidad de entomólogos veían esa corrupción como algo curioso, idiosincrático, natural y hasta positivo. “Es el aceite que permite lubricar la maquinaria”, se decía, arguyendo que en “sociedades en desarrollo” la corrupción de un partido hegemónico era preferible a la dictadura o la anarquía. Lo que no se decía -por cinismo, ceguera, dogmatismo- era que esa práctica acostumbraba a las sociedades a la ilegalidad. Ninguno de esos teóricos o sus contrapartes mexicanas propuso entonces como alternativa la transición a un Estado democrático.

Volvamos al caso de aquel secuestrador. Con toda seguridad no fue localizado por las vías policiales propias de los Estados de derecho. El fenómeno, más bien, debió ocurrir así: alarmado por el escándalo en los medios, el Presidente llamó a su secretario de Gobernación, que llamó a su subsecretario, que llamó al director de Seguridad Nacional, que llamó al jefe de la Policía, que llamó a sus subordinados. Cada llamada debió incluir una amenaza abierta o tácita: “O lo encuentran o lo encuentran”. Cada nivel temía por su cabeza. En la calle, los vasos comunicantes entre el crimen y la policía eran tan fluidos que unos podían confundirse con otros. O ser los otros. Todo iba bien en el mundo de lo ilícito mientras se respetaran ciertas reglas o códigos que incluían la prohibición del secuestro. Por eso lo encontraron.La transición democrática del año 2000 desmontó definitivamente “el sistema”, aunque el cambio comenzó a darse desde la década final del siglo pasado. Alguna vez escuché a un secretario de Gobernación quejarse de que sus predecesores no habían dejado archivos. Pero a la distancia, cabe preguntarse si esos codiciados archivos existían en papel o sólo existían en la cabeza de unas cuantas personas claves, como el célebre don Fernando Gutiérrez Barrios, que estuvo en el centro neurálgico del poder y la inteligencia subterránea en México por cuarenta años. Caballeroso y sutil en extremo, la única ocasión en que hablé largamente con él me dio la impresión de omnisciencia, no sólo en el control autoritario de la violencia política sino también en la delincuencial. No me extrañaría que hubiese sido él quien, con su ascendiente y poder, lograra que aquel secuestrador apareciese en cuestión de días. La visibilidad de aquel crimen no “aceitaba” el sistema: lo trababa. Y arrojaba dudas sobre la fortaleza del Estado. Por eso, no tanto por cumplir estrictamente con la ley, se perseguía a los delincuentes que se salían del huacal.

Esto no quiere decir que en México no existieran policías honrados o no se practicara con seriedad el derecho penal. Pero, en las zonas que comprometían la seguridad nacional (guerrilla, crímenes de alta visibilidad, giros negros y, desde luego, el narcotráfico), el derecho (sus teóricos, sus litigantes, sus jueces y tribunales en todo nivel) pasaba a segundo plano. La “justicia” en esos ámbitos la ejercía, normaba o modulaba el propio Poder Ejecutivo a través de sus brazos políticos y policíacos. La justicia se supeditaba al poder central.

Por elemental sentido común, el próximo gobierno y el Congreso deberán acelerar ese proceso de institucionalización mediante la adopción de 32 policías estatales coordinadas con la federal, o una policía única. Esa centralización dentro del marco federal es necesaria. Esos policías nuevos deben desaprender las reglas corruptas de aquel “sistema” así como aprender las reglas éticas y los métodos de combate al crimen que forman parte de un orden legal. Con una ventaja adicional: podremos leer, por fin, buenas novelas policíacas.
08 Enero 2012 05:10:04
Legorreta: monumental e íntimo
En todas las manifestaciones de la cultura mexicana, la llamada “Generación de Medio Siglo” (nacida entre 1920 y 1935) rompió con la “Cortina de Nopal”. De vocación cosmopolita y temple crítico, los jóvenes pintores dejaron de pagar tributo a los muralistas y los escritores se volvieron “contemporáneos de todos los hombres”. Pero era absurdo desechar nuestra riquísima herencia cultural. Había que recobrarla, repensarla, recrearla, desde la modernidad.

Eso lo supieron muy bien los arquitectos, comenzando por los dos pilares fundadores de la arquitectura moderna en México (José Villagrán y Luis Barragán) hasta la formidable generación nacida entre 1905 y 1920 (O’Gorman, Pani, Del Moral, de la Mora, Sordo Madaleno, Artigas, Lazo, etc.), que tuvo un gran momento en la construcción de Ciudad Universitaria. La tensión creativa entre tradición y vanguardia continuó en Pedro Ramírez Vázquez (nacido en 1919, y a quien debemos un homenaje nacional) y se enriqueció en los grandes arquitectos de aquella “Generación de Medio Siglo”, señaladamente Teodoro González de León, Abraham Zabludovsky y Ricardo Legorreta. Este último, nacido en 1931 y fallecido recientemente, proyectó como ningún otro su obra al mundo.

Lo conocí en 1999, cuando trabajamos en el Pabellón de México de la Expo 2000 en Hannover. Ahora me entero de que fue campeón de tenis y no me sorprende: cerca de cumplir los 70 años era un joven risueño, vestido con pantalones kakis y camisa arremangada. El proyecto se llamó “México: una Construcción Milenaria”. La museografía estaba a cargo del equipo de Marinela Servitje. Nuestro objetivo era ofrecer un recorrido integral por México: su mosaico social, su espiritualidad e historia, sus tradiciones y artes, la economía, la ecología y hasta la transición política. Ricardo ideó un conjunto mágico de cinco grandes cubos de vidrio (cada uno dedicado a un tema) sobre cuya superficie traslúcida se proyectaban imágenes que “rimaban” con las piezas del interior: una filmación estereoscópica del Día de Muertos en Janitzio, una maqueta tridimensional de México-Tenochtitlan y sus avatares, una galería de rostros mexicanos. Bajo los corredores que conectaban los cubos, Ricardo desplegó nuestros ecosistemas e incorporó una escultura de Francisco Toledo. Más de un millón de personas visitaron aquel pabellón.

No volví a ver a mi “socio” (así nos decíamos) hasta hace pocos meses, en un restaurante. A primera vista no lo reconocí, pero la sonrisa era inconfundible. Y como ocurre siempre, ahora que ya es tarde descubro cosas suyas que no sabía y me doy cuenta de que he habitado y disfrutado su obra más de lo que imaginaba.

Aunque se formó inicialmente con Villagrán, su influencia fundamental fue Barragán, el sorprendente mago de la “arquitectura exterior” que reivindicó nuestra tradición histórica y popular (y cuyo maravilloso jardín Teololco en el Pedregal está miserablemente abandonado). Al contemplar una de sus primeras obras (el edificio de Smith Kline & French en avenida Universidad, obra paralela a la compacta torre de Celanese en Avenida Revolución) Barragán le sugirió atender más al paisaje. Consejo de oro: las terrazas que se precipitan a la playa en los hoteles que Legorreta construyó en el Pacífico logran esa armonía natural con el entorno: son acantilados entre la selva y el mar.

Legorreta absorbió y reinterpretó la sensibilidad mexicana de Barragán a una escala monumental sin perder su carácter íntimo. Las plazas de los pueblos reaparecen en edificios corporativos de su diseño. Lo mismo ocurre en sus hoteles, con los acogedores patios y las ventanas soleadas y discretas. Las finas reconstrucciones de edificios virreinales (San Ildefonso, el Colegio de Santa María de la Caridad) realzan los perfiles del pasado. El zoológico de Chapultepec conservó la graciosa estación Art Decó de 1931, pero se volvió más funcional. Legorreta leyó la arquitectura civil y religiosa de México (ex conventos, haciendas, acueductos) e incorporó sus elementos, transfigurados. Mi ejemplo favorito es el museo Marco de Monterrey, cuyas galerías rodean, como en un claustro, a un patio en cuyo centro hay un cuadrado perfecto. El efecto es tan natural que alguna vez, ante la carcajada de los invitados a un encuentro de intelectuales, quise cruzar diagonalmente ese espacio sólo para advertir, demasiado tarde, que era un espejo de agua.

Fue un acto de justicia poética que Japón lo reconociera con el Premio Imperial. El museo visual de su obra puede recorrerse en
http://www.legorretalegorreta.com. En el Museo Zandra Rhodes de Londres, el público se complació en ver la “explosión de luz y alegría” que provocaron, en aquel contexto gris, los ocres y rosas. Frente al mar en Hawai, una orquesta de amarillos y naranjas acompaña a los solistas azules: el techo, el muro, el patio, el mar y el cielo. En casas de Japón y Grecia, en centros de estudio en Qatar, en varios museos de Estados Unidos, entre nopales, macetas y altos muros de color mexicano, apacible y risueña, mana el agua.

11 Diciembre 2011 04:30:32
De libre pensamiento
El Premio Nacional de Historia de 2011 ha recaído en dos historiadores que honran nuestra profesión: Jean Meyer y Lorenzo Meyer. No sólo comparten, sin ser parientes, el mismo apellido, y el hecho curioso de haber nacido el mismo mes del mismo año (febrero de 1942). Si bien su idea de la Historia es muy distinta, los une la más cumplida fidelidad a la vocación.

Los conocí hace casi cuatro décadas, en el animado café de El Colegio de México. Lorenzo tenía 30 años, pero parecía (todavía parece, a pesar de su venerable edad y su barba) un jovencito vivaz de sonrisa juguetona. Egresado de El Colegio de México y sobrino de la economista Consuelo Meyer (colaboradora cercana de Cosío Villegas, fundadora de la Escuela de Economía de la UANL), había salido unos años a post graduarse en la Universidad de Chicago. Su tesis (México y Estados Unidos en el Conflicto Petrolero, 1917-1942) es un trabajo inigualado sobre aquel episodio central en la formación del nacionalismo mexicano. A mediados de los 70, don Daniel lo embarcó (como a varios de nosotros, incluido Jean Meyer) en la Historia de la Revolución Mexicana (en 23 tomos). Para Lorenzo, la participación en ese proyecto colectivo (que llamábamos “fábrica de historia” y que empleaba un pequeño ejército de jóvenes investigadores e investigadoras) tuvo dos desenlaces venturosos: escribió el tomo 13 de la serie (El conflicto social y los gobiernos del Maximato) y encontró el amor de Romana Falcón, su esposa, que llegaría a ser una magnífica historiadora social.

En los años siguientes, trabajando siempre en el Centro de Estudios Internacionales del propio Colegio, Lorenzo publicó “Su Majestad Británica contra la Revolución Mexicana 1900-1950”, historia diplomática que, entre otros temas, contrapuntea la inteligente cobertura de “The Economist” con la miopía de 10 Downing Street respecto de lo que ocurría en México. Tiempo después, publicó “El Cactus y el Olivo: Las Relaciones México-España en el Siglo 20”. Estos libros son un dignísimo corolario a los tomos sobre política exterior escritos por Cosío Villegas en la Historia Moderna de México. Además de estas obras, Lorenzo ha escrito -entre otras- una historia de las relaciones entre México y Estados Unidos (en coautoría con Josefina Zoraida Vázquez) y varios capítulos en historias generales. Su actividad como escritor político en Reforma y como comentarista político en la radio y la televisión ha sido comprometida y consistente.

También Jean Meyer (que parecía y aún parece un galán del cine francés) encontró el amor en aquella “fábrica”. En segundas nupcias se casó con Beatriz Rojas, otra excelente historiadora social. Jean acababa de publicar los tres maravillosos volúmenes de “La Cristiada, Historia Integral” (diplomática, política, social, religiosa) de un tema que la historia oficial y aún la académica habían negado y que Jean reveló en toda su enorme significación y dramatismo. La Cristiada es, a no dudarlo, uno de los cinco libros de historia más importantes de nuestro siglo 20. Al poco tiempo, escribió de jalón una devastadora historia de la Revolución Mexicana que admiró y asustó -las dos cosas- a Cosío Villegas, quien sin embargo le encomendó los tomos 5 y 6 de la Historia de la Revolución Mexicana (sobre el período de Calles), que hicimos el propio Jean, Cayetano Reyes y yo. A finales de los 70, Jean fundó el Centro de Estudios Mexicanos en Perpignan y en los 80 regresó a México para acompañar a Luis González -su gran amigo y maestro- en la empresa académica de El Colegio de Michoacán.

En Zamora, Jean comenzó a abrirse a varios horizontes: la Historia de los Cristianos en América Latina, los campesinos en la historia rusa y soviética, varios acercamientos (biográficos o novelados) a la Guerra de Independencia, las controversias entre la Iglesia Católica y la Ortodoxa, una biografía de Samuel Ruiz y un libro original, sensible, personal: “Yo el Francés. Biografía colectiva de los oficiales de la intervención francesa”. Maestro emérito del CIDE, Jean también es un lúcido comentarista de la escena internacional.

Lorenzo y yo coincidimos hace pocos años en Washington y nos escapamos al Museo de Historia Americana. Fue un agasajo. “Mira cómo no somos más que un pequeño capítulo de su historia”, me decía. Tenía razón. El estudio de las relaciones de México con las potencias había exacerbado su nacionalismo. Sus artículos periodísticos -he pensado siempre- lo perfilan como el último ideólogo de la Revolución Mexicana, una extraviada Revolución nacionalista y social, cuya esencia moral Lorenzo quisiera recobrar.

Jean y yo hemos colaborado en varios proyectos. Su visión de la Revolución Mexicana, inversa a la de Lorenzo, cabe en esta cita: “A la escucha de ‘Los de Abajo’, quedé sorprendido ante la experiencia trágica vivida cotidianamente por el pueblo”. En su peregrinar por el Occidente mexicano, el “Güero Juanito” (antiguo marxista y amigo de Régis Debray) quedó impregnado de la visión apocalíptica de la Revolución que privaba entre los rancheros de esa zona. Frente al vejamen de hambre, peste y violencia que vivió México entre 1910 y 1930, la religiosidad popular había sido la única garantía de supervivencia. Jean no sólo la historió: la hizo suya.

Cicerón dice que la política suele separar a los amigos. Nos ocurrió a Lorenzo y a mí. Pero nada empaña mi regocijo por su premio. En cuanto a Jean, nuestra amistad se ha perpetuado en la de nuestros hijos. Desde el recuerdo de aquella “fábrica”, deseo a los dos Meyer muchos años de salud y creatividad. Y prometo que a partir de febrero del 2012, cuando cumplan 70 años, comenzaré a llamarlos como Dios manda: “Don Lorenzo” y “Don Juan”.



27 Noviembre 2011 05:48:19
Pasar la página
Para José Manuel Valverde Garcés

¿Por qué la reprobación en las doctrinas ha de cambiarse en odio a las personas? Melchor Ocampo, “Reflexiones sobre la tolerancia”.

La primera acepción de la palabra “cómplice” que da el Diccionario de la Real Academia Española es esta: “Que manifiesta o siente solidaridad o camaradería”. Es un uso común y corriente en la prensa mexicana. Es el mismo que emplea con frecuencia “La Jornada” para señalar a quienes critica o denuncia. En una rápida busca en Google encontré varias columnas editoriales de “La Jornada” donde se utiliza la fórmula “cómplice de” para denunciar (sobre temas como la criminalidad, la pederastia, la violación de derechos humanos, las guerras, etcétera) a entidades como el Gobierno, el Senado, el Congreso, el PRI, el Tribunal Federal Electoral, el Cisen, Estados miembros de la comunidad internacional, etcétera.

Fernando García Ramírez escribió el artículo “Cómplices del terror” en Letras Libres (marzo de 2004) para señalar críticamente (con testimonios del juez Baltasar Garzón y de Fernando Savater, y otras evidencias) la solidaridad de “La Jornada” por la organización terrorista ETA. Su uso de la fórmula “cómplice de” no fue distinto del que ha empleado “La Jornada”. Sintiéndose calumniada, la señora Carmen Lira, directora de “La Jornada”, ejerció su derecho de réplica en Letras Libres, que publicó su reclamación (abril de 2004), pero no conforme con ello quiso meter a la cárcel a García Ramírez, a quien también demandó por la vía civil junto con Letras Libres.

En los siete años que transcurrieron desde el inicio del conflicto hasta el fallo de la Suprema Corte en favor de Letras Libres, el diario “La Jornada” mencionó mi nombre sólo para hacerme objeto de denuestos, descalificaciones, infundios, o para señalar (con una carga de antisemitismo que no se veía en México desde los tiempos de Salvador Borrego) el hecho de que soy judío. Me pareció lamentable, pero nunca los demandé.

A partir del 18 de noviembre pasado, tras conocer del proyecto de la sentencia elaborado por el ministro Arturo Zaldívar, “La Jornada” -en el mejor estilo estalinista- comenzó a acusarme en sus páginas de ser agente de todas las fuerzas antipopulares, antinacionales, antimexicanas del mundo: la Mossad, la CIA, el terrorismo cubano de Miami, etc... Con humor, un amigo me escribió que “La Jornada” rompió el récord Guinness de ataques a una sola persona en un mismo día. Pero en línea la cosa era más seria: algunos lectores escribieron “Muerte a los traidores”. Por encima de todo esto, la Suprema Corte de Justicia de la Nación ha negado a “La Jornada” el amparo que interpuso ante la resolución del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal que le fue adversa. Quienes hacemos Letras Libres tenemos la firme convicción de que la resolución es un triunfo de la libertad de expresión y por tanto de la democracia.

En su sentencia, el ministro Zaldívar hizo una exposición sobre el sentido de la libertad de expresión en las sociedades democráticas y fundamentó “la posición preferencial” que esa libertad debe gozar en ellas. “El valor constitucional de una opinión” -dice el texto- “no depende de la conciencia de jueces y tribunales” sino de su “competencia con otras ideas” en lo que se ha denominado “el mercado de ideas”. Es esa competencia y el consecuente “debate de ideas” que ella genera lo que “conduce a la verdad y a la plenitud de la vida democrática”. El razonamiento concluye así:

El debate en temas de interés público debe ser desinhibido, robusto y abierto, pudiendo incluir ataques vehementes, cáusticos y desagradablemente mordaces sobre personajes públicos o, en general, ideas que puedan ser recibidas desfavorablemente por sus destinatarios y la opinión pública en general... Estas son las demandas de una sociedad plural, tolerante y abierta, sin la cual no existe una verdadera democracia.

A partir de estas premisas, la Corte inscribió el comentario editorial dentro de un debate de ideas y posiciones ideológicas, y no como una imputación de terrorismo. Si expresiones críticas como las que empleó García Ramírez se volviesen materia judicial, tendríamos un tsunami de demandas en los tribunales. La primera afectada con esa restricción hubiera sido “La Jornada”, que usa con frecuencia esas expresiones y otras similares. Por eso, semanas antes de morir Miguel Ángel Granados Chapa -el mayor periodista de izquierda del último cuarto de siglo 20 y principios del 21- defendió la posición de Letras Libres recordando la máxima de Francisco Zarco, el mayor periodista liberal del siglo 19: “La prensa se combate con la prensa”.

Para “La Jornada”, este combate de ideas es la “ley de la selva”. El león cree que todos son de su condición. Cualquier lector joven de “La Jornada”, cualquier lector histórico de “La Jornada”, conoce la inclinación radical del periódico. Señalar críticamente esa postura es un acto legítimo, no un acto salvaje. Contestar con una andanada de insultos, eso sí es la ley de la selva.

La izquierda intelectual de México, la de Narciso Bassols, Heberto Castillo y Jesús Silva Herzog, la de la generación de El Espectador y la de los líderes del 68, era sumamente crítica pero se identificaba con la tradición liberal. La izquierda mexicana debe recobrar su tradición liberal, que es inseparable de las convicciones firmes pero también de la tolerancia. Una amplia franja de la izquierda intelectual de hoy -dispersa en otros periódicos- lo ha comprendido y actúa en consecuencia. Nada le haría mejor al país que esa franja se consolidara. La izquierda política de México, que ha dado grandes batallas en la era moderna, tiene un líder indiscutido: Andrés Manuel López Obrador. Siempre he sostenido que es un hombre honrado con una profunda y probada vocación social, pero critiqué también -de manera franca y abierta, como él mismo hace- su perfil redentorista. Ahora ese líder ha hablado de establecer una “República amorosa”. Enhorabuena. Para comenzar, bastará que con su ascendiente moral influya para desterrar el odio del periodismo de “La Jornada”.

Por lo que hace a Letras Libres, tras el fallo inapelable y final de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, deseamos pasar la página y reiteramos nuestra franca y abierta disposición para el debate de ideas.
13 Noviembre 2011 05:07:59
Retrato de poeta en el café
Al morir Tomás Segovia recordé dos imágenes suyas de los años setenta. Una pareja camina por la avenida Orizaba, cerca del antiguo Colegio de México. Van abrazados, brincando grandes trechos, borrachos de alegría como novios adolescentes. Ella lleva un vestido color kaki, es rubia, juncal y hermosísima. Él posee el rostro de un noble caballero español y podía haber sido modelo de Velázquez de no ser por el atuendo juvenil y su cuidada cabellera sesentera -oro a veces, otras plata- que ondulaba a su paso. Eran Tomás y Mary. Ella debió estar en sus veintes y él cerca de sus cincuenta, pero la estela de su amor me ha llegado hasta ahora.

Es a Mary a quien Tomás dedica los poemas de Figuras y melodías (1973-1976) que se recogen en el tomo de su Poesía (1943-1997) editado por el Fondo de Cultura Económica con motivo del Premio Juan Rulfo (2005). Se trata de poemas libres, en prosa, sonetos y pensamientos breves (“Friso con desnudos escritos”) que han sido la compañía de muchos lectores enamorados, y merecen serlo de muchos más: “Mujer desnuda, lugar donde la desgarrada vida cicatriza”. No son rudos poemas eróticos (Tomás, siempre elegante, sabe donde detenerse) ni postulan metafísicas amorosas (le importa más el amor inmediato que sus significaciones trascendentes). Son poemas de amor -de una amorosa materialidad- escritos por un hombre a una mujer en torno al encuentro de los cuerpos. Elijo un fragmento, al azar:

Toda una noche para mí tenerte sumisa a mi violencia y mi ternura toda una larga noche sin premura sin nada que nos turbe o nos alerte.

La poesía de Tomás nos acompañó en la dicha amorosa pero también en el desamor, el abandono y la soledad. Para esos tramos oscuros de la vida, Cantata a solas (1983) es -me decía un amigo- casi “un manual de sobrevivencia”.

La otra imagen de Tomás me remite a un café en la calle de Hamburgo en la Zona Rosa. Es una tarde y los comensales en las mesitas discuten, se miran y parten los pastelillos. Junto a ellos, un hombre solitario, con la mirada clavada sobre el papel y los dedos peinando la melena, escribe. Es Tomás Segovia. Era su habitat natural, como confesó hace poco a Christopher Domínguez Michael (en una entrevista que publicaremos en Letras Libres): “Soy un señor que escribe en los cafés... sin ningún pudor, sin ningún temor, sin ninguna aureola... quienquiera me interrumpe, todo mundo, y me dejo interrumpir... ando por ahí, me suenan cosas, me siento en un café y escribo”.

Había algo nomádico en este poeta que, para muchos, es el mejor de la camada más joven del exilio español. Nacido en Valencia en 1927, Segovia perteneció a la “Generación de Medio Siglo” que en los años de la postguerra gravitó en torno a la escuela de filosofía en Mascarones. Los más jóvenes del grupo (nacidos entre 1927 y 1934) abrieron los horizontes del país a toda la tradición occidental. Cercanos a la sensibilidad y la misión de “los Contemporáneos” y marcados por la presencia y la obra de Octavio Paz, estos jóvenes poetas (Segovia, Montes de Oca, Isabel Fraire, Eduardo Lizalde, Gabriel Zaid, entre otros), novelistas (Carlos Fuentes, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Jorge Ibargüengoitia, José de la Colina, entre otros) y dramaturgos (Gurrola, Luisa Josefina Hernández, Vicente Leñero) renovaron la vida cultural mexicana. En 1959, como un Lope mexicano, dramaturgo y poeta, Segovia publicó una obra de teatro situada en el siglo XI, que aún se representa en España: Zamora bajo los astros.

A fines de los cincuenta, Segovia relevó a Fuentes como director de la Revista mexicana de literatura. En esa publicación, los jóvenes poetas y novelistas incursionaron también en el ensayo. García Ponce reflexionó sobre el deseo y el destino del escritor, Elizondo sobre el tiempo, la identidad y la memoria, y Segovia acerca de la pasión, la mujer, así como temas de antropología y lingüística que siempre le apasionaron. Los ensayos de Segovia y sus compañeros no eran prologaciones o variaciones de los temas de Paz: eran un diálogo creativo con el poeta de El arco y la lira. Un diálogo que los volvía “contemporáneos de todos los hombres”.

La publicación de las Cartas de Octavio Paz a Tomás Segovia 1957-1985 (FCE, 2008) muestra la gran afinidad entre ambos. Paz, me parece, lo veía como su alma gemela, como su interlocutor más cercano: “Segovia: una inteligencia espiritual, a condición de saber que el espíritu no niega al mundo ni a la carne. Tampoco a la vida histórica ni a la vida cotidiana: es la vida que reflexiona sobre sí misma. Una inteligencia erótica, ávida de realidad”.

Paz planeó con Segovia una revista que no cuajó en los sesenta y lo invitó a ser Secretario de redacción de Plural. En aquellos años los unió una vuelta a los socialistas utópicos, en particular a Fourier. Los seducía la idea de una sociedad igualitaria y humana, organizada en unidades pequeñas dedicadas al trabajo placentero, al arte y al amor. En Paz, esa idea tenía ecos zapatistas; en Segovia anarquistas y románticos. La nostalgia de un edén subvertido es el tema central de su poema mayor: Anagnórisis. Conforme avanzaron los años setenta, Paz ahondó su crítica al dogma marxista con un énfasis que Segovia no compartió o entendió, quizá porque sentía que al hacerlo Paz perdía la aspiración utópica que él, Tomás, quiso conservar siempre. No sin dolor, se distanciaron, pero Vuelta fue su casa y siguió siendo miembro del Consejo de Redacción.

Me dicen que murió en paz, rodeado de sus hijas e hijos, sus nietas, y de su mujer, María Luisa Capella, a quien escribió sus últimos poemas. Varias generaciones de amigos lo despedimos. Estaban los pocos compañeros de su generación que aún viven, los nietos del exilio, las discípulas que lo extrañarán y la república de los poetas en pleno. Todos juntos, “en sus maneras de amor”.
16 Octubre 2011 04:08:07
Buenos días, Miguel Ángel
El adiós no es un adiós, querido Miguel Ángel. Tras cuatro décadas de seguirte en tus columnas y en la radio, todos nosotros -tus lectores, tus escuchas, discípulos y amigos- te llevamos dentro como una voz de la mejor conciencia mexicana. Tus razonamientos, tus juicios y hasta tu prosa (la escrita y la verbal, que son la misma) se han vuelto como esos refranes populares que brotan de pronto para recordarnos el camino de la prudencia y la sensatez. Por eso no habrá despedida.

¡Qué larga y generosa ha sido tu labor periodística! No creo que Francisco Zarco -tu abuelo espiritual, tu par en el siglo XIX- haya escrito tanto como tú. Tanto y tan bien. Yo, por ejemplo, comencé a leerte en el Excélsior de Julio Scherer y en el Proceso que junto a él fundaste. Luego en Unomásuno, La Jornada y finalmente en la que ha sido, desde fines de 1993, nuestra casa común, Reforma. En cada estación lograste el milagro -el misterio- del más alto periodismo: extraer lo permanente de lo efímero. Y tu obra será fuente de primera mano para los historiadores del futuro.

En uno de los pocos textos personales que has escrito, mencionabas que tu madre y maestra te formó en la más esforzada ética del trabajo. Yo me admiraba de verte en el Sanborns de San Ángel, casi escondido en alguna mesa, la vista clavada en el papel, redactando tus artículos. Nunca entendí cómo te las arreglabas para cubrir la crónica parlamentaria, la colaboración diaria, los ensayos dominicales y las intervenciones en la radio.

Entiendo que fuiste católico y dejaste de serlo, pero sé también -o imagino- que seguiste siendo cristiano, y que has practicado ese Cristianismo en el sentido original de la palabra, como un deber de servicio hacia los demás, como una misión orientada hacia la justicia y al Bien común.

Dije cristiano y ahora digo liberal, porque como supo Altamirano -otro de tus amigos eternos- esas dos generosas corrientes del pasado mexicano no se contraponen, se complementan. Tu jacobinismo no ha sido visceral sino racional: separar lo sagrado de lo profano. Tu liberalismo ha sido esencialmente político, y ha sido impecable: limitar el poder, ordenar a los poderes, defender las libertades, sobre todo la libertad de expresar, de criticar, de disentir.

Dije liberal y ahora digo revolucionario porque, como Narciso Bassols, Heberto Castillo o Jesús Reyes Heroles, has creído (no sin razón) que en términos sociales, económicos y culturales el liberalismo encontró su correctivo en el ideario de la Revolución Mexicana. Esos son, si no me engaño, los pilares de tu convicción. No se necesita comulgar plenamente con ellos para respetarlos.

Retengo esta imagen tuya: estás en tu cabina de Radio Universidad. Con los periódicos desplegados en el escritorio, con perfecto aplomo lees (en verdad lees) un texto que no has escrito. Es un borrador mental, porque te detienes escrupulosamente en las comas y los puntos, pero es perfecto: ni un adjetivo de más, ni un énfasis fuera de sitio, menos un exabrupto. Tu noticiero es un viaje por el mundo y por México. También es un alegato jurídico, que recuerda a los grandes abogados que en el Foro, el Parlamento y la prensa dieron forma constitucional a nuestro país.

Melómano irredento, te he visto en la Sala Nezahualcóyotl siguiendo el ciclo de sinfonías de Mahler. En tu “Plaza Pública” de la radio introduces segmentos de música diciendo que son “pausas” pero en realidad eres una especie de DJ, un programador cuyo oído enamoradizo se encanta con el mejor repertorio clásico pero también con un bolero o un tango. Y sé que los sabes todos.

En la comida de homenaje que te hicimos en “Reforma”, atestigüé el amor de tus hijos: amor a ti y a tu pasión por la vida. (Tus hijos, personas de bien, trabajadores de la cultura). En esa ocasión te dije cuánto admiraba las sucintas biografías que acostumbras incluir como remate de tus artículos. Nadie salvo tú ha recordado a esos centenares de personas que vivieron aquí, haciendo una obra que no merecía el olvido. Una piedad cristiana y una justicia republicana te movía, Miguel Ángel, al redactar esos obituarios.

En tu despedida usas la palabra “espíritu”. Hablas de la “mutación” que has “visto” por obra de la música, las artes y las ciencias. Y en tu estoica rogativa llamas a esa fuerza espiritual para que nos saque de la terrible situación en que nos encontramos. No dudes que así será, tarde o temprano. No lo verás tú y quizá tampoco lo verá nuestra generación, pero México saldrá de esta prueba convertido en lo que tú soñaste: no un campo de batalla sino, precisamente, una Plaza Pública. Con esa convicción, Miguel Ángel, te abrazo.

Ático Krauze

Carta abierta a Granados Chapa, gran periodista de nuestro tiempo.
18 Septiembre 2011 04:08:27
Historia para todos
Para Viviana Motta

En los tiempos de su vejez, tan o más creativos que los de su juventud y madurez, Daniel Cosío Villegas se interesó en la televisión como espacio de reflexión política y difusión de la historia. Lolita Ayala y Miguel Sabido lo entrevistaron varias veces para hablar sobre la arena internacional. Don Daniel había concluido su magna Historia Moderna de México y dirigía una no menos ambiciosa Historia de la Revolución Mexicana, pero sabía que esas colecciones eran para especialistas, y por eso concibió la idea de compilar con varios autores una Historia General de México. No contento con ese proyecto, quería llegar a un público aún más amplio. De allí nació la Historia mínima de México, que es (me refiero a su edición original) una joya de precisión, claridad, sencillez y amenidad. Lo curioso es que esa obra no fue pensada como libro sino como guión de televisión.

A principio de los años 80, en un tránsito por Inglaterra, me impresionaron los programas documentales de la BBC. Entonces recordé el proyecto de don Daniel y pensé que, en México, el nicho de los documentales en la televisión abierta estaba vacío.

En los años 60 y 70, Ernesto Alonso había dirigido telenovelas históricas (que en algún caso habían atraído el respeto del propio Cosío Villegas). En los 80, en mancuerna con Fausto Zerón-Medina y Raúl Araiza, Ernesto produjo “Senda de Gloria”. Pero había que intentar el género documental y así fue como (en el marco oficial de los 75 años de la Revolución) escribí, con el inolvidable Alberto Isaac y su equipo, los guiones para los documentales “Biografía del poder”. El Fondo de Cultura Económica sacó a la venta los libros que acompañaron la serie.

Con esos antecedentes, por iniciativa conjunta de Emilio Azcárraga Milmo y mía, en septiembre de 1991, hace 20 años, nació Clío. Su objeto primero fue publicar (con aportaciones de historiadores reconocidos) los libros ilustrados de las series que, con genuino rigor y pasión, producirían Ernesto Alonso y Fausto Zerón-Medina: “El Vuelo del Águila” y “La Antorcha Encendida”. (La música de la primera, obra de Daniel Catán, dejó un recuerdo indeleble). Al paso de los años, Clío sacó a la venta, con precios muy accesibles, cerca de 150 títulos, entre otros Madero vivo, La Cristiada, “La vida de Joaquín Pardavé”, una “Historia de la Colonia Hipódromo”, la Crónica de la Guerra de 1847 (coescrita por José Emilio Pacheco), una historia de los indígenas chiapanecos (en edición bilingüe de Jan de Vos), además de las obras completas de Daniel Cosío Villegas, Francisco I. Madero y Luis González y González. Esa oferta de libros cumplió su cometido, pero el sueño de hacer documentales históricos seguía pendiente.

Ese sueño se cumplió en abril de 1998, cuando se trasmitió el primer documental de la serie México: Siglo 20, producida por Clío. Emilio Azcárraga Jean aceptó que el tema de arranque fuese “Díaz Ordaz y el Movimiento Estudiantil del 68”. Y así fue como las dramáticas imágenes de Tlatelolco se trasmitieron por primera vez en la televisión mexicana. Siguieron “Los Sexenios” y varias otras series sobre decenas de temas (Historia política, cultural, social, económica, regional; Biografía, Antropología, Diplomacia, Artes escénicas y plásticas, Música, Medicina, Ecología etc...) que pueden consultarse en el sitio
http://www.cliotv.com. En total, Clío ha transmitido más de 350 documentales.

El esfuerzo, sobra decir, ha sido colectivo: además de un puñado de fieles directores y productores, han participado decenas de historiadores nacionales y extranjeros, centenares de entrevistados, casi un centenar de realizadores, narradores, guionistas y toda suerte de artistas y técnicos.

La difusión de la historia es vista con suspicacia y desdén por un sector de la Academia. Es un error. En la historia hay espacio para todos: los autores de libros; los ensayistas que reflexionan sobre el sentido del pasado; los profesores que trasmiten el conocimiento; los difusores que ponen ese conocimiento al alcance del público. Cada campo tiene sus ciencia y su arte. El reto del documental histórico es tocar la razón y la emoción del espectador.

Instituciones como El Colegio de México han recobrado el impulso de su fundador y han hecho buenos trabajos editoriales y audiovisuales. Las principales publicaciones de izquierda han dado a la luz obras de difusión sólidas y exitosas. Es bueno que persistan. La Historia -a diferencia de la Física- no puede hacerse sólo para que los especialistas se lean a sí mismos: desde su remoto origen ha estado destinada al público lector.

Por lo que hace al lugar de Clío, si Estados Unidos tiene un History Channel, supongo que a nadie perjudica que la televisión abierta mexicana tenga al menos una hora dedicada a la historia. A pesar de sus horarios difíciles, cientos de miles de personas ven nuestros documentales semana a semana.

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