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Publicado el martes, 1 de abril del 2014 a las 23:56
Por Claudia Olinda Morán | Fotografía Alejandro Rodríguez / Saltillo.- Bernardo Leija era ciego, el día que su hijo soltó su mano y lo dejó solo en la calle de Pérez Treviño se detuvo y se quedó quieto esperándolo. Jesús su hijo, se había enfurruñado porque tras un día de buenas propinas tocando el arpa en unos festejos de políticos, sólo le había dado un peso en recompensa cuando lo había visto recibir decenas de monedas de plata.
“Era una época de elecciones, en la calle General Cepeda lo levantaron para ir a la huerta Los Baños y ahí lo tuvieron todo el día, como andaban en la política y tomando, nos dieron de comer y a mi padre le dieron puras monedas de plata”.
“La cosecha había sido muy buena, bajamos de la calle Pérez Treviño y me dio un peso. Yo no los quise, lo dejé parado, pobrecito de mi padre, ahora me arrepiento, se quedó parado solo”.
Jesús lo observó a la distancia por unos minutos y corrió hacia él. Su padre le agarró la cabeza con las manos y lo acarició, luego le dio una moneda de cinco pesos. Jesús lo tomó del brazo y caminaron a su casa. No hubo castigo, sólo el mal recuerdo que lo persigue a sus 84 años y que aún le remuerde la conciencia.
Era el bastón de su padre, un músico invidente al que llevaba de cantina y cantina. “Lo traía para todos lados, era filarmónico, tocaba el arpa, era el hombre orquesta. Fui un niño precoz porque veía tantas cosas en las cantinas, tengo anécdotas de las que me arrepiento”, dice Jesús Leija, sentado en la mesa de su “oficina”, ubicada en un puesto de gorditas del número 702 de la calle Juárez. Justo a unas cuadras de donde hace casi 80 años abandonó por un momento a su padre.
El día en que un peso grandote de plata no le pareció el pago suficiente por la tarea de acompañar a su padre de cantina en cantina, comer la botana del día y conocer a fondo la zona de tolerancia que estaba en el centro de la ciudad.
“Me sabía todas las cantinas. En la esquina de Pérez Treviño estaba la cantina La Copa, de Gabriel Guajardo, que en la tarde hacía un guiso de bofe; llegaba con mi padre y me salía. En ese pasadizo había un cine en el que cobraban muy poquito. Nomás juntaba unos centavos y me iba al cine. Luego tanteaba que ya era la hora y regresaba por él”.
A veces lo acompañaba tocando un triángulo de acero que hacía sonar golpeándolo a manera de acompañamiento.
Era el menor de los cuatro hermanos de Bernardo Leija y Tomasa Martínez. “Tenía un hermano zapatero que tomaba mucho. Mi papá le daba para que me hiciera zapatos y no me los hacía. Luego, él me tanteaba la planta de los pies y se daba cuenta de que no me había hecho nada”.
Y a él, cuando lo alcanzó la orfandad, ya no alcanzó estudio. Cuando mucho, llegó a segundo de primaria. Su hermano mayor, dice, sí era inteligente, llegó a cuarto de primaria y se hizo contratista.
Jesús trabajó en una panadería, se levantaba a las cuatro de la mañana; un día que estaba lloviendo y se le cayó el canasto, mejor ya no volvió. Se iba de “liebre” a los mercados a ayudarles a las señoras con las bolsas; en las calles Dionisio García Fuentes y Corona molía café y lo ponía en bolsas. Le daban 10 o 15 centavos y en el mercado además le daban lo que quedaba de fruta y verduras, todo se lo llevaba a su madre.
En ese tiempo, con cinco centavos le daban un café y un pedazo de piloncillo. No como ahora, que divide su pensión en cada día que tiene que esperar para que le llegue de nuevo, y resulta que le dan 16 pesos al día. Vive al oriente de la ciudad y si quisiera ir a comer al centro, no le alcanzaría más que para el pasaje de ida y vuelta.
“Iría a ver, ahora un platito de caldo y sopa ya cuesta 40 pesos, entonces sólo me alcanzaría para ir a ver comer”. Jesús Leija es carpintero, empezó trabajando con su hermano el contratista en Monterrey, pero no le gustó ser albañil y las jornadas extenuantes bajo el sol; se regresó a hacer carpintería de banco, muebles; le pagaban menos, pero al menos no estaba en el sol.
Cruzó varias veces de ilegal a Estados Unidos y después se dio cuenta de que podía arreglar su pasaporte para no estar batallando y que el negocio no nada más era estar allá, sino ir y venir con mercancía.
“Trabajaba con el señor Jesús Ramos Flores, supo que tenía pasaporte y me eligió para trabajar en un barrio negro; haría un templo protestante que había que hacer en Saltillo y armar en el lado americano”.
Allá, se dio cuenta de que lo que a él le pagarían en 10 días, ahí se lo ganaba en unas horas, pero como no sabía hablar inglés, metió reversa.
A los 19 años se casó, aunque nunca tuvieron hijos propios y el matrimonio no prosperó. Un día le dio un raid a su señora a la casa de su mamá y ella ya no volvió, sólo le mandó pedir la máquina de coser y nada más. Cuando su sobrino, al que habían criado como su hijo cuando quedó huérfano, se dio cuenta y quiso buscarla, a Jesús le pareció que ya era demasiado tarde para ir por ella y que ella ya era mayor para saber lo que hacía.
Después de todo, él ya tenía sus quereres con otra mujer, una joven originaria de General Cepeda que trabajaba retocando fotos en la Fotografía Carrillo. Con su esposa no tuvo familia, pero ella ya tenía familia, una familia que él adoptó como suya, a grado tal que aunque finalmente se separaron, él goza de decir que tiene hijos y una nieta que ya se graduó de la carrera.
“La saqué de trabajar. En ese tiempo yo trabajaba en la Agencia de Minería haciendo las casetas para instalarlas en las minas. Ganaba lo suficiente y le daba dinero para que no tuviera que esperar a que volviera, la llevé al otro lado, se hizo fayuquera y empezamos a ganar mucho dinero”.
Sin embargo, ella se dio cuenta de que podía subsistir sin él, le decía que ya no tenía dinero y él pagaba servicios, mordidas y todo para que persistiera su negocio; a la larga ella se independizó y lo abandonó.
Nunca se divorció de su esposa, todavía la ve –dice– porque nunca la corrió ni la golpeó. A su ausencia inicial de tres o cuatro semanas, “pasaron meses, un año, hasta sumar 30 años de soledad”.
En Semana Santa de 2009, Jesús Leija le estaba haciendo un trabajo al padre Humberto González Galindo cuando por accidente una cortadora casi le rebanó el dedo medio de la mano izquierda, así colgando, se lo llevaron al Seguro Social, donde un médico practicante, que presumía frente a su novia, se las dio de cirujano y se lo amputó.
“Me inyectó y me cortó el dedo que porque ya no servía y lo tiró al bote de la basura”. Después los problemas de salud no pararon. Luego demandó a un médico porque tras un golpe que se dio al caer de una escalera se pegó en el coxis, le recetaron fomentos con agua caliente y finalmente se le formó un doloroso absceso que lo hizo desear la muerte.
“Parecía que estuviera sentado en un comal”.
Tres meses esperó una cirugía deseando la muerte hasta que se soñó muerto, metido en un ataúd junto a Jesucristo. “Su pierna era como de hielo, lisita y blanca, una piel muy fina, un calor agradable, sentía que alguien estaba conmigo”. En la mañana se levantó y caminó dispuesto a darle guerra a los médicos hasta que lo operaran.
Dios ha querido llevárselo ocho veces y nomás no ha tomado ese viaje, por eso quiere hacer algo con su vida; tiene pleito casado con los médicos del Seguro Social y ahora, por más que quiera, no puede salir de ahí.
Su madre le dijo que Dios nunca lo castigaría por ser buena gente, pero sí por ser un pendejo, porque se quitaba la camisa para dársela a los demás y nunca se le quitó eso. Desde hace seis meses que en su cabeza le da vueltas una idea: ayudar a otros que como él sufren de discriminación y malos tratos. Su meta es formar un ejército de personas que, como él, no tengan vergüenza de pedir para dar caridad.
Sueña con tener 80 voluntarios, 40 hombres y mujeres que le ayuden a credencializar a todos los ancianos inválidos o que no tienen quién los ayude; tener contadores, asesores, transparentar los recursos, lo único que quiere –dice– es tener vida y salud, y no tomaría ni un centavo para sí mismo porque él todavía puede caminar, aunque ande chuequeando y el dolor de huesos le impida alzar los brazos. “Nadie joven lo haría, lo hace una persona que lo está viviendo”.
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