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Ébola el epicentro de la epidemia

  Por Agencia Reforma

Publicado el jueves, 1 de enero del 2015 a las 17:00


La crisis sanitaria más grave desde la irrupción del VIH sacudió al mundo por sorpresa. El virus ha matado ya a 6 mil personas

Freetown, Sierra Leona.- Cuenta la leyenda que el ébola apareció en Sierra Leona por primera vez el 5 de mayo de 2014 en la aldea de Kongoma, a escasos kilómetros de la frontera con Guinea. Allí vivía una curandera tradicional que atraía a personas de todos los rincones de la región por los supuestos poderes de una serpiente que guardaba. Hacía poco que había atendido a una mujer guineana que llegó muy enferma, a la que no pudo salvar la vida.

Reclamada constantemente por sus servicios, la sanadora tuvo que trasladarse días después a un funeral en Liberia, no sin antes advertir a su esposo que por ningún motivo entrara a la habitación donde ocultaba el reptil. El hombre, movido por la curiosidad, entró en la estancia y cometió el error de mirar a los ojos a la serpiente. La mujer regresó después a casa, y a los pocos días, ambos fallecieron.

“Los dos estaban infectados por el ébola, aunque por entonces nadie lo sabía”, cuenta el vigilante Mosses Konneh bajo la atenta mirada de un grupo de jóvenes que trasnocha junto la pequeña tienda del edificio que custodia en Freetown, la capital de Sierra Leona. Al funeral de la curandera acudieron centenares de personas. Todas ellas murieron.

“Liberaron a la serpiente”, prosigue Konneh, “la casa está cerrada; los jefes tribales le pusieron candado”.

Seguramente aquella curandera jamás tuvo una serpiente, pero la fábula es un claro reflejo de los desafíos a los que se enfrentan cada día los equipos que tratan de contener la mayor crisis sanitaria desde la irrupción del VIH: la lucha contra unas convicciones profundamente arraigadas, la creencia en la brujería y el mal de ojo, y la práctica de rituales funerarios donde es costumbre lavar a los difuntos, besarlos y abrazarlos antes de darles sepultura.

En la sala de espera

Alahgi Sankoh aguarda a las puertas del Hospital de Connaught, la única unidad de aislamiento del centro de Freetown. Frente a la verja hay una carpa de lona blanca donde se separa a aquellos enfermos que presentan síntomas de ébola. Los centros de aislamiento son el primer paso en el largo camino hacia un tratamiento del que depende la muerte o la vida. Si reciben atención médica específica durante los primeros días, antes de que la deshidratación provoque la hemorragia interna y el fallo orgánico, tendrán hasta un 60% de posibilidades de sobrevivir.

Llegarán tras una larga noche de fiebre, vómitos y diarrea, incapaces ya de negar la enfermedad, o después de esperar durante días a una ambulancia que nunca llega. Recorrerán la ciudad en taxis en los que quizá se aloje el virus. En la unidad de aislamiento se les administrarán los primeros cuidados mientras aguardan a la prueba del laboratorio. Si el resultado es positivo, entonces serán trasladados finalmente a un centro de tratamiento de ébola, probablemente a Hastings, las instalaciones de mayor envergadura de la región, con 120 camas.

Es una sala de espera, pero la mujer de Alahgi Sankoh lleva dos días bajo esa carpa blanca del Hospital de Connaught. En la penumbra de su interior se desmadejan figuras de mujeres, hombres y niños. No hay sitio en las 20 plazas de aislamiento de la unidad porque no hay suficientes laboratorios para hacer los análisis, y si los tests finalmente llegan, no habrá camas disponibles en los centros de tratamiento para trasladar a los pacientes. Nada es suficiente.

“Mi mujer estuvo todo el día vomitando y decidimos venir ayer por la tarde. Como no la atendieron, regresamos a dormir a casa y hemos vuelto esta mañana”, explica Sankoh. Su suegro, Abu Kamara, se cubre la boca con un pañuelo. “Estamos muy preocupados”, dice aguantando las lágrimas, “tengo dos hijos; sólo quiero que le hagan el test para saber de una vez lo que le pasa”.

Connaught ha recibido 16 pacientes sólo esta mañana. Cinco han logrado acceder a la unidad y podrán obtener un análisis. El resto deberá esperar en la carpa junto a la mujer de Sankoh. “Simplemente no hay camas”, explica la doctora Marta Lado, directora del centro de aislamiento, “aquí se mueren cada día cuatro o cinco personas”.

“Estoy seguro de que se va a poner difícil antes de que mejore”, reconoce desde su despacho Steven Gaojia, coordinador del Centro Nacional de Respuesta contra el ébola (NERC) de Sierra Leona. “Si conseguimos aislar el 70% de los casos y realizar un 70% de entierros seguros, podremos empezar a ver resultados. Los nuevos laboratorios van a procesar 600 muestras por semana; estamos construyendo 160 centros comunitarios y centenares de camas de tratamiento”, explica.

Generación perdida

Así, el virus ha barrido a familias enteras, ha matado a 6 mil personas en África Occidental y ha infectado a cerca de 17 mil 200 desde su aparición en marzo en Guinea. Ha golpeado con dureza Liberia, Guinea y Sierra Leona, pero ha llegado también a Mali, Nigeria y Senegal, y ha tocado las puertas de Europa y América, con un caso en España y cuatro en EU.

La enfermedad parece estabilizarse en Liberia, pero continúa en ascenso en Guinea. Sierra Leona, mientras tanto, con más de 7 mil casos confirmados y cerca de medio millar de nuevos contagios por semana, se ha convertido en el principal foco de la pandemia.

La demora de la respuesta internacional y la escasez de medios amenazan con prolongar la epidemia hasta entrado el año 2015, con consecuencias fatales para todo el continente. El Banco Mundial considera que la economía de África Occidental perderá el año que viene al menos 4 mil millones de dólares en comercio, exportaciones y turismo.

Más de 5 millones de niños han dejado de ir a la escuela y corren ahora el riesgo de engrosar las cifras de trabajo infantil o acabar viviendo en las calles de Freetown o Monrovia. Al menos 3 mil 700 menores han perdido a sus padres y ya se ha notado un aumento de los embarazos adolescentes. El temor es otra generación perdida, como ya ocurrió hace una década en las sangrientas guerras civiles que asolaron Liberia y Sierra Leona.

Sin escolarización, el Gobierno y las organizaciones internacionales temen que la juventud se vea arrojada al mismo punto de partida del que proceden sus padres. “Ya experimentamos eso justo antes de la guerra. Los jóvenes empezaron a dedicarse a actividades que dieran dinero rápido, y por eso muchos participaron en la contienda; era una manera de ganarse la vida”, lamenta Brima Turay, funcionario del Ministerio de Educación de Sierra Leona. “Estábamos en ese punto en el que las cosas empezaban a mejorar, pero ahora existe el riesgo de que pierdan la motivación y vuelvan a pensar en el dinero fácil”.

Como animales

De vuelta a la calurosa noche de Freetown, Mosses Konneh prosigue con su relato mientras los jóvenes apuran su último trago en este barrio de la capital poblado de edificios sin agua, donde cualquier espacio vacío es buen lugar para construir otra casa de chapa y madera.

Mosses Konneh sabe que el virus es real; perdió a 16 miembros de su familia. Su hermana y su tío trabajaban en la clínica de Koidou, la primera parada del virus en su viaje a través de Sierra Leona. El personal sanitario ha sido el más castigado por la enfermedad: más de 600 trabajadores de este sector han sido infectados y cerca de 350 han perdido la vida en África Occidental.

La epidemia ha recorrido el país desde la frontera de Guinea y Liberia, en el Este, hasta la capital, rodando por la Autopista del ébola, como la define Winnie Romeril, portavoz de la OMS en Sierra Leona. De Kailahun a Kenema y de allí, rumbo al Oeste, hacia a Bo y Port Loko, hasta instalarse en el área metropolitana de Freetown, donde reside el 20% de la población del país; más de 1.2 millones de personas.

“La gente sigue con sus tradiciones. Por más que tratemos de llevar el mensaje, y por más que nos digan que lo han entendido, seguirán haciendo las cosas así. Lavan el cadáver, y rocían con esa agua a quienes acuden al funeral. Algunos hacen sus rituales antes de que lleguen los equipos de enterramiento”, explica Romeril. Entre un 20 y un 35% de los contagios se producen mediante el contacto con los difuntos.

Las brigadas de enterradores viajan sin descanso en sus ambulancias blancas. La unidad de Kissy Road, a las afueras de Freetown, espera su próxima salida. Ya llevan tres muertos cargados en la trasera. Acuden a la casa de Mohamed Sesay. Su hermano Aliú llamó al teléfono de emergencias 117 para que recogieran el cadáver. “No sabemos si murió de ébola, pero ahora dicen que si no llamas te meten en la cárcel”.

El equipo de enterradores se pone su traje protector: guantes, máscaras, botas… y sacan el cuerpo de la casa en una bolsa de plástico hermética. Tras un breve sepelio llevan el cuerpo al cementerio de Freetown, donde las máquinas excavadoras tratan de hacer sitio cada día a las nuevas víctimas del ébola. En los centenares de tumbas frescas colocarán tan sólo una estaca con el nombre del fallecido y un número que engrosa las estadísticas.

La letra escarlata

Así se contagió Ibrahim Barry. Trasladó al padre de su mejor amigo al hospital, incapaz de andar por sí solo. Lo llevaron a cuestas colina arriba desde el slum hasta la carretera, y aun así, cuando se sintió enfermo, todavía negaba que había contraído el virus. “Les decía a mis amigos que no era real, que el ébola te lo inyectaban con una jeringuilla en el hospital. Tuve que estar en el centro de tratamiento y rodeado de médicos con el traje de aislamiento para reconocerlo”, recuerda Ibrahim frente a la casa que muchos aún no se atreven a pisar.

Aquellos que sobrevivieron a la enfermedad, o que fueron tocados por ella, se enfrentan al rechazo de su comunidad y sus propias familias. Hawa Kamara, a sus 16 años, aún recuerda cuando su hermano le dejaba comida a la puerta de su casa en Waterloo, a las afueras de Freetown. Durante dos semanas estuvo viviendo aislada en esas cuatro paredes donde perdió a su madre.

Pese a un certificado del hospital que muestra su test negativo, muchos aún no quieren acercarse a ella. Lleva consigo la imborrable marca del ébola. Sin embargo, Hawa es una afortunada. Decenas de huérfanos aguardan en centros temporales a la espera de encontrar a alguien que esté dispuesto a ocuparse de ellos. Pese a estar sanos, deben permanecer recluidos 21 días –el tiempo de incubación del ébola– hasta que sus familiares se atreven a aceptarlos.

Prohibido tocarse

Freetown se asoma a una larga bahía. Las altas colinas separan las playas del Atlántico del estuario del río de Sierra Leona, donde la ciudad se abigarra en mercados, casas desconchadas y grandes barriadas construidas sobre las rocas que dan al mar. El área metropolitana se ha convertido en el punto más caliente de la enfermedad, con más de 2 mil 200 casos confirmados. Sus habitantes acogieron el ébola primero con incredulidad, después con temor y, finalmente, con indignación.

El Whatsapp Sports Bar solía llenarse las noches del fin del fin de semana y los días de partido de la liga inglesa. Eso era antes del ébola. Su propietario, Bilal Bah, compró el local de a lado para ampliar el negocio. Pidió un crédito que ahora no puede pagar y el banco le amenaza con el embargo. Las cortinas están cerradas. Ya no hay música, ni Liga Premier.

El Gobierno ha prohibido las reuniones para tratar de contener los contagios y si la policía detecta más de 10 personas en el recinto, el bar será clausurado. Los cines, las salas de fiestas han cerrado. Los mercados callejeros y hasta los bancos han restringido sus horarios.

“Es muy difícil. La vida no es lo mismo desde hace meses y no sabemos cuándo acabará”, lamenta Bilal Bah, “ni siquiera puedo pagar a mi personal. Si sigue así, tendré que echar el cierre. No hay negocio, la gente no tiene dinero. ¡Todo es ébola, ébola, ébola!”.

Las canciones de sensibilización suenan sin cesar en la radio, y en las calles de Freetown, enormes carteles proclaman la consigna: “Protégete. Evita el contacto corporal”. Mientras, en alguna parte, oculta entre las ropas, en el asiento de un taxi o a los pies de una cama, la serpiente prepara con sigilo su próximo mordisco mortal.

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