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Comedor Maná: Un oasis entre pobreza

  Por Cristal Romo

Publicado el lunes, 19 de enero del 2015 a las 16:00


Benefactores van dispuestos a compartir abrazos, atención y comida para cambiarle la vida a los pequeños.

Monclova, Coah.- El aliento convertido en humo blanquecino no deja lugar a dudas, un álgido frío restriega la piel y se apodera del ambiente en una ciudad casi siempre de tierra caliente, pero que en este enero profesa su dualidad extrema.

Manos y pies están congelados, las capas de ropa no son suficientes para mitigar el temblor del cuerpo, pero hay que cumplir con la cita pactada a pesar del termómetro casi bajo cero, de la neblina, de la pertinaz llovizna inusual para el municipio de Monclova.

Abordo el vehículo que me llevará a la cita con Loida, mujer de ojos inquietos y sonrisa vivaz quien desde hace dos años lucha por combatir el hambre de decenas de pequeñitos cuyos estómagos y razón no entienden por qué se encuentran tan vacíos, tan al margen, tan al olvido.

Casi al filo de la avenida De la Revolución Mexicana, de pie, se encuentra ella soportando la brizna y el aire gélido, y es ahí cuando abochornada sepulto mi esperanza de una llamada para reagendar la visita a lo que Loida y sus compañeros de causa llaman: Comedor Maná.

Abre la puerta del coche, es difícil confundirse de persona con aquel clima que ha vaciado las calles, por lo que sonríe ampliamente y saluda, Loida Fabiola Falcón Pérez, se presenta.

¿CÓMO EMPEZÓ?

Su historia y la de la asociación civil Maná Siglo XXI se remontan al año 2012, cuando obtuvieron su alta como tal; pero fue en el mes de diciembre del mismo año que conocieron a los pequeñitos de la colonia irregular Nuevas Esperanzas, antes Policarpo Cárdenas.

“Llevamos ropa, cobertores, despensas que conseguimos pidiendo a gente de buen corazón.

Estábamos a un grado, como ahorita, y la gente como quiera acudió”, comienza a desmenuzar los antecedentes.

“Ahí vimos que había niños descalzos, en sandalias sin calcetitas, y dijimos: No podemos quedarnos así, tenemos que hacer algo”, sentencia sonriente mientras frota sus manos para rescatarlas del congelamiento.

El motor que impulsa a Comedor Maná, conformado por cinco matrimonios y cinco jóvenes, es mejorar las condiciones de los infantes.

“Los chiquitines no tienen la culpa de lo que pasa en sus casas, de si sus papás cuentan con un trabajo o tienen algún vicio”, enfatiza la mujer, que ahora sopla sobre sus manos para darles calor.

Como cada sábado, desde hace 26 meses, Loida emprende el camino hacia el asentamiento humano donde se resuella marginación.

PREPARAN EL FESTEJO

“Mi esposo fue por la comida y por un payasito, es que no les hicimos posada en diciembre y vamos a festejarlos”, explica mientras el carro en el que viajamos intenta sortear sin éxito los cráteres que invaden la vía de acceso a la colonia; después de unas cuadras, sólo terracería.

El trayecto es relativamente corto, pero como si de otro espacio se tratara, el “chipi-chipi” arrecia, la temperatura desciende, la humedad se condensa en neblina y el viento hace que duela el pecho al inhalar.

Sobre la loma, un puñado de jacales se intercalan entre recientes construcciones de block que carecen de los servicios de energía eléctrica y agua potable, las familias que conforman la colonia se arriesgan a formar un patrimonio que no saben si prosperará.

Tras vencer una cuesta, las hermanas Laura e Hilda Menchaca nos reciben; el único cuarto montado en el terreno de la primera sirve de comedor, pero hay que avanzar con mucho cuidado, el espacio plagado de piedras va en picada, de suerte tal que si uno se descuida terminará midiendo el suelo.

Al interior de la pieza, los chiquitines se arrecholan sobre banquitos de plástico pegados a la pared, juntan sus manos entre las piernas, platican entre sí, sonríen… es sábado y el alimento caliente llegará a su panza.

Personitas que rebasan apenas el año y medio de vida, hasta jovencitos de 13, 14 y 16 años de edad, son la familia que Loida y la comunidad cristiana a la que pertenece han formado.

En el plano urbano ellos no existen, pero en el mapa de las carencias están en primera fila, son alrededor de 50 infantes; a veces suman hasta 60 con sectores vecinos como la colonia Lupita Murguía.

Caritas chorreadas asoman entre gorras y capuchas, los más afortunados, el resto repliega sus brazos hacia el tórax y junta su barbilla contra el pecho para combatir la baja temperatura.

La mayoría son hijos de madres trabajadoras que por el día dejan a sus primogénitos cuidando al resto de su descendencia.

Un ruido fuera de lo normal y la única puerta de acceso al comedor acapara las miradas, esperan ver a sus benefactores, no falta mucho.

A lo lejos, entre las calles mojadas y atravesando patios, todavía se distinguen pequeñas siluetas, en puñados o en solitario, que corren con destino a ese frío cuarto donde su realidad se transforma.

“Nosotros les decimos: ‘Eres un campeón, vas a salir adelante, tú puedes’. Llegan a sus casas y escuchan: ‘No vales nada, tú esto, tú lo otro’; pero creemos que se puede cambiar la mentalidad de las personas con fe en Dios y echándole ganas”, afirma Loida antes de abrir los brazos y dedicarse a saludar a los menores de edad.

Y es que el maltrato físico, sicológico, económico, el abandono o la omisión de cuidados, son factores reiterativos en situación de pobreza extrema.

“La mamá trabaja en las noches y deja a los niños encerrados, a nosotros nos duele, nos acercamos a ella y nos dice, ‘es que, ¿yo qué puedo hacer?’”, comparte presa de esa incomodidad que se forma en la garganta cuando la crudeza de la realidad roza el corazón, misma que traga, pues hay que seguir adelante.

Aunque pequeñas anécdotas refuerzan su fe y marcan la diferencia: “Yo tenía mucho miedo porque me iban a pegar, o porque estaba tronando, y me acordé de lo que ustedes nos enseñan y me puse a pedirle a Dios que me ayudara y se me quitó el miedo”, comparten los pequeños.

“Los niños acá son muy resistentes, -garantiza-, ellos andan con una blusita o playerita delgadita, descalzos, y no tienen tanto frío como yo”, asiente y vuelve a su tarea, junto a Laura e Hilda, de hacer que los menores tomen asiento, la actividad comenzará.

El resto de los benefactores, también el payasito, se unen cargando ollas con comida, piñata y regalos, todos entumidos pero con la firme decisión de ofrecer lo mejor de sí para transformar estos instantes en un buen recuerdo;para compartir abrazos, sonrisas, atención, y un pedazo de pan.

“No tienen porqué repetir la misma historia que sus padres, ellos deben saber que tienen la oportunidad de mejorar”, ratifica Loida, que ahora porta una peluca de “Chucky”.

Va dispuesta a formar parte de los juegos infantiles, de las rondas, de esas pláticas sobre el amor al prójimo y a Dios, gustosa de rodearse de pequeños seres que a través del brillo de sus ojos y una amplia sonrisa expresan la alegría de saber que cada sábado, cuando menos, tienen segura una comida.

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