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El Faro Rojo: El jornalero; del gozo al pozo

  Por Ruta Libre

Publicado el martes, 3 de marzo del 2015 a las 02:01


Perdido en el alcohol, Andrés asestó la mortal puñalada a Luis, quien sin saber había invitado a la muerte a su festejo

Por: Rosendo Zavala / Saltillo.- Cuando escuchó que lo llamaron por su sobrenombre, el jornalero volteó sorprendido y comprendió que sus días de escondite habían terminado, porque el destino le cobraría con cárcel haberse embriagado hasta cometer el peor delito: asesinar a su amigo.

Aquella voz ronca que lo sacó de sus andanzas era la del agente ministerial que lo encontró vestido de decencia, lejos de su tierra, donde pretendía enderezar el camino para olvidar la amarga experiencia que lo había marcado para siempre, voz que lo haría regresar a Saltillo para afrontar su realidad inevitablemente.

De fiesta

Mientras la tarde caía sobre la maleza del ejido Guelatao, los murmullos entremezclados mostraban el ambiente festivo del lugar, ajeno a la tragedia que se postraría con el amanecer más rojo de que se tenga memoria en el pueblo.

Y es que Andrés hizo planes para dar el borrachazo de su vida, sin sospechar que su afición al vino lo traicionaría irremediablemente cuando, en un arrebato de furia, atentaría contra su propia sangre, dejando una estela de dolor que hasta hoy siguen llorando los deudos.

Pero mientras la muerte se aproximaba cautelosa hasta el punto de acuerdo, la música retumbaba feroz en la casona de Luis, quien junto a su grupo de amigos departía en el que sería el último convivio terrenal, antes de caer abatido por su propio invitado.

Desde su más tierna infancia, los labradores habían acordado involuntariamente protegerse como si fueran allegados, pero una repentina discusión, matizada con el veneno del odio, se encargó de matar la relación de ambos, que terminaron en lugares tan distantes, pero tan unidos por la misma situación.

Ajenos a lo que pasaría aquella noche de noviembre, Andrés y Luis se reunieron con los conocidos que aderezarían la reunión donde el alcohol corrió indeleble, contribuyendo a la alegría ficticia en la que todos se envolvieron durante el festejo que se turbó con el sonar de los gritos que retumbaron en todo General Cepeda.

Apuñaladas

Espantando el frío invernal que corría por todos lados, los fiesteros mitigaban las bajas temperaturas con la antorcha de la indiferencia, mientras las anécdotas de la semana en el campo competían por erigirse como la mejor historia, esa que los dejara ante la concurrencia como los mejores campesinos del rumbo.

De pronto, la discusión por ser el más lúcido de la juerga se impuso, siendo entonces cuando los implicados tomaron muy personal el asunto, que se salió de control sin que nadie lo advirtiera, pero que resultaría definitivo en las aspiraciones vivenciales del fallecido.

Repentinamente, el mundo pareció detenerse y los dos rijosos se hicieron de palabras, formando el círculo imaginario donde todos figuraron como testigos del duelo que se tiñó de sangre, porque sería entonces cuando el infortunio se metió de lleno en la discordia, donde sólo habría un perdedor.

Aprovechando la confusión que para entonces invadía a los presentes, Andrés sacó una daga de entre sus ropas y, apoyado en el barullo del momento, asestó una puñalada a su rival de ocasión, que herido de muerte cayó desplomado, ante el asombro de quienes nada pudieron hacer para ayudarlo, mientras el atacante se daba a la fuga.

Buscando remediar lo irremediable, los potenciales deudos se postraron sobre el charco de sangre que escapaba de las entrañas del herido, que balbuceando sus últimas palabras fue subido en la camioneta, que a toda prisa devoró los siete kilómetros de terracería hasta llegar al centro de salud, sin saber que la tragedia se había consumado.

Prófugo

Al mismo tiempo, elementos municipales llegaban a la escena de la gresca, donde interrogaron a los testigos sobre los hechos, sacando las primeras conclusiones para cooperar con el fiscal encargado del caso, que hizo lo propio en la clínica donde se reportó la defunción.

Por su parte, Andrés temblaba al sentirse acosado por los hechos fatales y, buscando salvar su integridad, se refugió en un punto ciego de la región, sabedor de que nadie lo encontraría porque, de ser así, su futuro podría ser el mismo del hombre victimado minutos antes.

Sintiendo que la furia de los deudos lo alcanzaba sin tenerlos enfrente, el asesino de apariencia militar huyó a Monterrey, donde intentó comenzar una nueva historia, trabajando para fabricar el porvenir que nunca llegó.

Una tarde de junio, el prófugo de la justicia se entretenía aplicando sus dotes de ciudadano formal, cuando una voz desconocida lo alertó sobremanera, y presagiando el principio del fin, volteó lentamente tan sólo para percatarse de que su pesadilla tomaría un nuevo rumbo.

Viendo fijamente a los hombres que llegaron buscándolo, “El Güero” suspiró hondo sin preguntar nada, porque las miradas que cruzaron ambas partes dejaban en claro que los días de correr sin rumbo fijo habían terminado justo en ese instante.

Resignado, al criminal no le quedó más que aceptar las circunstancias y subir en la patrulla ministerial, en la que regresó a Coahuila sabiendo que le esperaba un negro porvenir, donde los barrotes del encierro serían su único panorama durante los siguientes años.

Tras recibir una condena con beneficio de libertad, el jornalero sintió que el alma le volvía al cuerpo, teniendo que pagar 30 mil pesos por concepto de multa y reparación del daño, además de comprometerse a estar cerca de las autoridades para atender el llamado de éstas cuando fuese requerido.

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