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Redacción
Publicado el domingo, 22 de marzo del 2015 a las 15:01
Alberto Silva | Saltillo.- Suena increíble, pero hay días en que un migrante puede conseguir mil pesos, a través del esfuerzo de pedir monedas a los automovilistas de corazón amigable en los cruceros de Saltillo. Dato que me fue revelado durante un ejercicio de infiltrado entre ese “gremio” de personajes aventureros.
Fue una idea que se nos asignó tras discutirla en la mesa de redacción, de inmediato los involucrados armamos una estrategia de seguridad, había razones para estar temerosos, pues nos habían llegado versiones de que los migrantes arrojaban de “sus terrenos”, con lujo de violencia, a otros mendicantes o “boteadores”.
De hecho, nuestro medio había dado cobertura a la violación que hicieron unos policías de Ramos Arizpe a un hondureño, incluso le introdujeron un rifle de asalto AR-15 por el ano, es obvio que nosotros no queríamos sufrir ese tipo de humillaciones o lesiones, pero eran imágenes que nos hacían recular, así que urdimos varios planes para salir bien librados.
A todo ello nos expusimos y esas circunstancias nos acompañaban en la cabeza, además de una lluvia y un frío que pelaba, porque no traíamos la ropa adecuada, lo mismo que no la traen esos migrantes con los que tuvimos contacto, esos hombres expuestos a dificultades más allá de la comprensión, a climas extremos, a no poder trabajar formalmente por su condición indocumentada, a tener mucho menos que una vida, por un sueño, por una idea de mejora para su familia.
MECÁNICA DEL ‘CHAROLEO’
Después de revisar en nuestros respectivos closets y vestirnos de la manera más andrajosa posible, el fotorreportero Alejandro Rodríguez y yo nos encaminamos a los cruceros en que sabíamos que aparecerían indocumentandos pidiendo monedas.
Para familiarizarnos un poco con la actividad, comenzamos en el bordo, bajando el puente que cruza las vías del ferrocarril, justo donde se funden las calles Mixcoac y Miguel Negrete, en la colonia Guayulera, donde no había otros pedigüeños, salvo nosotros.
Imitamos el acento hondureño, hacíamos la pantomima de llevarnos un taco a la boca, poníamos el gesto de súplica que habíamos ensayado, nos esforzábamos por no dejar que nos ganara la vergüenza, hicimos lo mejor que pudimos para no intimidarnos con la lluvia que arreciaba (de hecho ya tenía varios días instalada en la región), toreábamos a los coches que en mayor o menor medida nos ignoraban; estuve a punto de ser arrollado un par de veces, mi compañero otras tantas.
Fue cuando entendimos que hay veces en que incluso una mirada puede discriminar y marginar, no era que los ciudadanos nos dijeran alguna palabra dura para hacernos sentir menos que una cucaracha.
Después de media hora de empaparnos, de lidiar lo mejor posible con el frío que se nos colaba hasta el tuétano, nos dimos cuenta que había gestos y gritos que funcionaban mejor, que lográbamos con ellos un poco más de monedas, un ligero aumento de simpatías.
Fue cuando nos consideramos preparados. “Ya la armamos”, pensamos. Y nos dirigimos a otro hacia la prueba fuerte del día: entrar en contacto con los migrantes “de verdad”. Fuero ellos quienes nos enseñaron en los primeros minutos de nuestra convivencia, que en su caló se le llama “charoleo” a esa compleja actividad de pedir dinero a los transeúntes.
PRIMEROS CAMBIOS
Como ya he dicho, este ejercicio comenzó después que nos llegó la versión de que había migrantes “removiendo” a otros limosneros, a los nativos, a los de la propia ciudad.
Y según nuestra experiencia esa idea es falsa, los migrantes con los que tuvimos oportunidad de convivir no sólo están alejados de esa imagen agresiva y casi vinculada con actividades sospechosas o delictivas, sino que incluso se comportaron como camaradas en desgracia, como miembros de una asociación civil que rescata a los menos afortunados; ellos, que casi no poseen nada más que unas intensas ganas de vivir, son capaces de hasta desprenderse de lo que traen encima con tal de ayudar.
Estos tipos con los que trabamos una fugaz amistad se identificaron como “El Chololo” y “El Loco”, ambos se dijeron nacidos en Honduras, con vidas igual de ajetreadas, pero con planes muy alejados uno de otro. Nosotros les dijimos que procedíamos de San Luis y planeábamos atravesar la frontera por Piedras Negras, a sabiendas de que con ellos nuestra imitación de acento hondureño no funcionaría y podrían desenmascarar nuestra historia.
“El Chololo” pareciera mucho más aclimatado a Saltillo, no se le ven demasiadas ganas de irse, hasta comentó que rentó un cuarto, al que nos invitó a pasar la noche.
“Si no tienen dónde pasarla, ahí les hago un canchito, no hay pedo”, dijo a las primeras de cambio.
“El Loco”, en cambio, parecía mucho más precavido, o desconfiado, quizá nos miraba demasiado pulcros, con poca ojera. Bastó que Alejandro sacara un par de cigarrillos arrugados (a falta de cajetilla) de su mochila y le extendiera uno, para que desenfundara una sonrisa y se pusiera platicador, que nos relatara sus intensas ganas de volver a internarse en “tierras gabachas”, donde se imagina alcanzando la ciudadanía y jubilándose con una pensión jugosa.
IDAS Y VENIDAS DEL ‘LOCO’
“El Loco” ya ha cruzado la frontera y se ha internado en EU, trabajó de lo que pudo, sobre todo en la pisca de varios ranchos, fue atrapado por “La Migra” y dejado a su suerte en la coahuilense frontera de Ciudad Acuña, pero antes pasó tres meses encerrado en una cárcel preventiva norteamericana.
Cuando lo deportaron en México, hizo algunos viajes por el país, inclusive se pasó una temporada en el DF (en casa de una amiga).
Lleva más de cuatro meses en Saltillo y, por su familiaridad con la ciudad, con el proceso de conseguir dinero en las calles, por su insinuada precaución a los padecimientos que tendría que soportar en caso en caso de lanzarse a una nueva serie de peripecias en suelo estadounidense, parece que ésta es una buena temporada en la capital coahuilense, “al menos en lo que junto una buena lana, para sufrir lo menos que se pueda”, afirma.
“Es que todo nos cuesta, pues”, refiere “El Loco”, después agrega que las fronteras de Coahuila “ahorita están más difíciles de cruzar que las de Tamaulipas, pero la bronca para mí serían los retenes que están de aquí a Reynosa, para ustedes no porque son mexicanos”.
AGRESIONES POLICiACAS
“El Loco” nos contó, después del tercer cigarrillo, que en estos momentos tiene más dificultades porque le robaron en Monterrey sus papeles, y más de 2 mil pesos ahorrados, unos agentes policiacos que lo detuvieron.
“La Policía te chinga en todos lados, son como un cáncer esos güeyes”, después el migrante hondureño se aventó un largo monólogo contra los oficiales “del orden”, en el que nos contó la forma en que la Policía saltillense solía quitarles las monedas que recolectaban en el punto donde con más frecuencia se coloca, abajo del puente de la Coca-Cola, a un costado de la unidad deportiva “La Maquinita”.
“Pinches polis, nomás esperaban que hubiéramos varios juntos aquí y nos caían de volada, nos agarraban, nos llevaban lejos y nos quitaban la feria. Hasta que nos ayudaron los de la Casa del Migrante y los de Derechos Humanos, vinieron y les hicieron frente, les tomaron fotos y todo el pedo, sólo así nos dejaron en paz, y como quiera nos dijeron: ‘ustedes apunten el número de patrulla y nos hablan en corto, pa’ echarles la mano’, y así le hemos hecho”.
Quizá por eso traen celulares, de los modelos más económicos, del tipo que puede hallarse en una tienda de conveniencia por $200 pesos.
SIN PARAR
Cuando “El Chololo” se sentó en la banqueta, comenzamos a platicar sobre los mejores puestecitos para comer barato, me dio algunos tips para evitar enfermarse aunque traigas la ropa “mojada hasta el huevo” y me ofreció de nuevo el cuarto en que pasa las noches desde que ya no lo dejaron quedarse en la Casa del Migrante, donde sólo les ofrecen ayuda por cierto tiempo. “La gente ahí es con madre pero somos demasiados, ya ves aquí mismo, no alcanza para todos… Es más, vámonos a otro crucero”, me invitó al tiempo que se paraba y arrancaba su andar. “Yo no puedo dejar de estar activo porque tengo que sacar no na’más para mí, también tengo que mandarle a mi familia en Honduras, que se la está pasando negras”.
¿AUXILIO A LA ORDEN?
Cuando recién llegamos al “punto de la Coca” y Toño Ojeda, el fotógrafo que nos acompañaba y registraba desde la distancia nuestra actividad, fue visto por los migrantes, con cámara en mano y haciendo tomas, uno de los “compadritos” que nos narraba su historia, “El Chololo” de inmediato se apartó, buscó en su mochila, tomó su celular y le marcó a alguien, no pudimos escuchar la conversación sin lucir sospechosos y romper con el personaje, pero coincidió que en ese momento un tipo con pasamontañas apareció a espaldas de Toño, sobre un vagón del tren, con un celular en la mano, a unos precavidos metros, sin actitud amenazante, pero sí vigilante. “Ah, no está haciendo nada, nada más trae una cámara”, gritó “El Loco” a “El Chololo”, y como un acto de magia sincronizada, el vigilante enmascarado desapareció.
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