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El Faro Rojo: Riña callejera, los habladores

  Por Ruta Libre

Publicado el lunes, 23 de marzo del 2015 a las 20:48


Hugo Alberto nunca imaginó que tras una tarde ‘marinándose’ en alcohol, acabaría su fiesta tras las rejas y teñido de sangre

Por: Rosendo Zavala | Saltillo, Coahuila.- Desatando su furia contenida, Hugo Alberto repartía golpes por doquier cuando de pronto vio caer a uno de sus enemigos de ocasión, sin imaginar que la enorme piedra que le habían dejado caer en la cabeza lo mandaría al otro mundo irremediablemente.

Sorprendido por lo que ocurría el parrandero no acertó a correr y junto a sus amigos fue detenido por la Policía, que llegó para detener el zafarrancho, que para ese entonces ya se había teñido de tragedia, todo por estar en el momento y lugar equivocados.

De parranda

Desde semanas antes, el soñador había esperado con ansia el momento de bailar con la quinceañera que le había robado la calma, por lo que decidido a todo, vio llegar el sábado con la emoción de la experiencia que pensaba vivir.

En otra parte de la colonia Ignacio Allende, sus amigos hacían lo propio, mientras la tarde caía presagiando el vendaval de emociones, que se transformarían en dolor y confusión, debido a los insultos que sus rivales les profirieron repentinamente.

Ajena a lo que ocurría, “Mary”, la quinceañera, se daba el tiempo para transformarse en la belleza que Hugo pensaba admirar de pies a cabeza, y es que el vestido que portaría en su festejo la haría lucir como la princesa que todos los invitados del barrio esperaban ver.

Ensimismado por la idea, Hugo Alberto vio pasar lentamente el sábado, mientras mitigaba la expectación con cerveza para recrear sus ilusiones, aguardando la llegada de sus conocidos para comenzar la parranda desde temprano.

La hora de arreglarse llegó y comenzó a vestirse para la ocasión, por lo que una nube de perfume, así como un buen peinado y la mejor ropa se convirtió en el ajuar que lo transformó en el más gallardo de los galanes que irrumpiría en la pista de baile aquella noche de marzo.

Ya en el festejo, con muchas copas encima y tras varias horas de practicar las artes de la conquista con las invitadas del lugar, el bailador optó por retirarse para seguir la parranda en otra parte, pensando que la noche era joven y pretendía aprovecharla al máximo.

Apenas eran las 3 de la mañana del domingo cuando el potencial asesino irrumpió en la calles de la colonia, junto a los conocidos que lo acompañaban, con la intención de prolongar la borrachera toda la madrugada.

Sin embargo, los parranderos lejos estaban de imaginar que a la vuelta de la esquina los aguardaba la mentada de madre que desataría el zafarrancho, porque un insulto bastó para que la furia los traicionara, desencadenando la gresca que se convertiría en tragedia minutos después.

Palabras que matan

Mientras Hugo y sus amigos deambulaban por las callejuelas del barrio, el destino los acechaba, fraguando el pasaje que les cobraría la más cara de las facturas, cuando varias voces que salieron de la nada y los retaron de la peor manera, encendieron su furia.

Ante semejante afrenta, los amigos respondieron vociferando de la misma forma, de repente una voz femenina hizo su aparición para encender los ánimos caldeados de los grupos rivales, era “La Doña”, que con su don de lideresa barrial tomaba parte en la reyerta callejera.

Ya con la violencia inundando en el ambiente, un remolino de vagos se enfrascó en el duelo que desencadenó la brutal batalla que se teñiría de sangre minutos después, cuando la situación se salió de control, invocando a la muerte sin saberlo.

Fue así como lo que parecía un anhelado festejo se transformó en un rojo amanecer, que se concretó luego de que una enorme roca se convirtiera en el arma homicida del hombre que ni cuenta se dio cuando se colgó la etiqueta de asesino.

En medio de la gresca, Daniel cayó al suelo perdido entre el mar de patadas, para tramitar su destino de golpe, porque tan sólo una acción de sus rivales bastó para que cediera ante la adversidad de la manera más trágica.

De pronto, un estruendo se escuchó, provocando la sorpresa de los peleoneros, que al momento se apartaron dejando ver el cuerpo del “Dany”, que yacía tirado en medio de un charco de sangre y con la piedra que le había destrozado la cabeza en el acto, mientras el ulular de sirenas retumbaba a lo lejos.

Justicia divina

Los guardianes del orden lograron someter a siete rijosos para ponerlos tras las rejas, mientras Daniel era llevado al sanatorio donde fallecería minutos después.

Ya sin fuerza para seguir combatiendo, el homicida dejó que la Policía lo detuviera para responder por su acto de valentía, mientras a lo lejos el moribundo seguía dejando ir la vida entre la sangre que sentenciaba su paso por la Tierra.

Los siguientes días fueron de incertidumbre para los camaradas de “El Beto”, que en el vaivén de papeles vieron diluir los cargos que tenían en contra y libraron las celdas penitenciarias por mucho, recuperando la libertad para olvidarse de la pesadilla que estaban viviendo.

Irónicamente, el destino no fue el mismo para Hugo Alberto, que al momento fue notificado sobre su situación legal, pues tendría que afrontar su problema en el peor de los escenarios que hubiera imaginado: la prisión.

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