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Por
Leticia Espinoza
Publicado el martes, 14 de abril del 2015 a las 14:01
Saltillo, Coah.- En la casa de la Asociación Grafitos Colombia, situada en el Centro de Saltillo, resuena la música colombiana y se mece la cumbia vallenata. Es el terreno neutral para jóvenes de pandillas rivales que se han hermanado alejándolos de los peligros del barrio. Ahí, “Goyita”, “El Güero” y “El Pitufo” son ejemplos para las nuevas generaciones.
Mientras el grupo ensaya las coreografías, Rodrigo Montelongo, fundador de Voluntades por Coahuila y Grafitos, explica que a lo largo de 18 años las formas que poseen los jóvenes para relacionarse han evolucionado. Hoy es más fácil llegar a ellos a través de las redes sociales, sin embargo, es más difícil que permanezcan en el grupo porque no están acostumbrados a respetar las normas que nunca aprendieron en sus hogares.
Los jóvenes de los barrios urbano-marginales han aprendido a vivir con la violencia, la de sus familias, la del barrio y la estructural que se da con el crimen organizado, de ahí que el reto es mayúsculo para la asociación.
ATRAÍDA POR LA MÚSICA
Diana Laura Vega Torre tiene 20 años. Estudia una ingeniería en sistemas en la UTC, trabaja y además es voluntaria en Grafitos.
Dirige el grupo de vallenato integrado por niñas, jóvenes y adolescentes que como ella emanan de los barrios de Saltillo.
“Me dicen ‘Goyita’ desde chiquita, aquí llegué hace como cinco años como fan de Grafitos, porque todavía no se aceptaban las mujeres. Venía a echarles porras, me fui involucrando en las actividades y me quedé”, cuenta.
“Goyita” se juntaba con la pandilla Los Mafiosos, de la colonia Bonanza, los acompañó en las riñas y muchas veces salió librada de las persecuciones de las patrullas de la Policía. Como a sus compañeros, la atrajo el ritmo de la música colombiana y descubrió que el grupo iba más allá.
“Yo empecé en febrero en una fiesta de Grafitos, me decían mis papás ‘¿qué vas a hacer?, ahí hay puro chundo’, pero luego te vas dando cuenta de las actividades que hacen, de las pláticas y los viajes. Lo que piden es que te guste la música colombiana y tengas voluntad”, menciona la joven.
En Grafitos aprendió la disciplina, el trabajo en equipo y sobre todo la equidad de género, pues dentro de la Casa de Grafitos hombres y mujeres son iguales, tienen las mismas tareas.
GRAFITOS, SU SALVAVIDAS
Édgar Valentín Pérez Aguirre llegó a Grafitos cuando tenía 14 años; salió de las filas de Los Catrines, de la colonia Federico Berrueto Ramón, porque un día entendió que las rivalidades entre jóvenes no tenían una razón de ser.
“El Güero” también es voluntario, en diciembre de 2014 terminó ingeniería industrial en el Tecnológico de Saltillo y por ahora labora como técnico especialista en Whirlpool, aunque busca la oportunidad de ejercer su carrera.
“En una ocasión le pregunté a uno de los más viejos de la pandilla que por qué empezó la rivalidad con la pandilla contraria y no me supo decir, me dijo ‘pues no sé, nos tiramos ‘fila’ y ya’”, cuenta.
Cuando ingresó al grupo Grafitos cambió su dinámica de vida.
“La mentalidad de uno cambió, no fue seguir en el barrio, sino preguntarnos ahora qué de bueno iba a hacer por mí. Unos todavía no tienen casa ni trabajo, como dicen los camaradas, te quedas en el avión y siguen en broncas. Pasan los fines de semana en la comandancia, se drogan y algunos desaparecieron”, dice el joven que piensa que Grafitos fue su palanca de rescate.
UN ESCAPE AL MUNDO
Cuando César Javier Santana Medina camina junto con su esposa y sus dos niñas por la calle, nadie imaginaría que los cuatro son parte de la organización Grafitos, en la cual él vivió una época genial que lo llevó a conocer el mundo que existe más allá de las calles de la colonia Guayulera.
“Me gustaba ‘la colombia’, y gracias a esto conocí todo México, Chihuahua, Acapulco, el Distrito Federal, España, fue una época genial; es un logro muy grande porque ni los que tienen dinero han ido. Nosotros ni un peso teníamos, sólo las ganas de estar aquí, el baile era un gancho, pero había reglas”, dice César, a quien le apodan “El Pitufo”.
Confiesa que por curiosidad probó las drogas, el resistol y la mariguana. No se convirtió en adicto gracias la asociación porque precisamente ese es uno de los objetivos, prevenir las adicciones.
“Me sigue gustando ‘la colombia’, ahora veo por mi familia, tengo una hija de 7 años que está en Grafitos y tengo otra niña de 3. Trabajo cuatro días, las fábricas pagan poco, pero no batallo para sacar lo que necesito y los otros cuatro días me dedico a la obra, las soldadura, al tatuado”, dice.
En Grafitos ayuda a coordinar las presentaciones de las nuevas generaciones que integran la asociación, al tiempo que sueña con concluir una carrera profesional.
CH
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