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Agencias
Publicado el domingo, 10 de mayo del 2015 a las 06:30
Ciudad de México.- Según el Catecismo de la Iglesia Católica —que se consulta en la webpage de El Vaticano—, el pecado es “una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como ‘una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna’”.
Pero no se alarme usted: no vengo a hablarle de dogmas cristianos ni a examinar su conciencia. Es más: ni siquiera vengo a hablarle de religión. Pero quise iniciar esta pequeña reflexión brindando una de las definiciones del concepto que pretendo utilizar, y haciendo un paralelismo con los siete pecados capitales que señala el catecismo católico y que, según se dice en él, se oponen a las siete virtudes y generan otros vicios y otros pecados: hablamos de la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula y la pereza.
Viéndolo desde una perspectiva más amplia, un pecado es una frase, una acción o un ánimo motivado y conducido por apegos a satisfactores materiales —la comida, la bebida, la belleza o el ego, el dinero, los placeres de la carne y un largo etcétera—, los cuales provocan que el individuo se distraiga de un crecimiento personal interior. En religiones alejadas de la tradición judeocristiana, los equivalentes del pecado son aquellas ideas, acciones o voluntades que separan al ser de la Verdad, pues se considera que el mundo material —al que tanto apego tenemos— no es sino una ilusión del Ego, y que la Verdad se haya en otro lado. Si quieres saber dónde, no se lo puedo decir: usted tiene que hallarla.
Así las cosas, los pecados a los que me referiré hoy vienen a cuento por el venidero Día de las Madres, en el que los mexicanos saturamos las calles, los restaurantes y las casas para rendir nuestro homenaje a las madrecitas, a la cabecitas de algodón, a las madre-querida-madre-adorada, a las abuelas y hasta a las “mamacitas” (mala broma que tenemos que tolerar todos los años). Y es que esa figura de la Madre Mexicana que adoramos como si fuera una colosal diosa prehispánica hecha de piedra, nunca ha dejado de ser un ser humano con cualidades y defectos, con fortalezas y debilidades, y claro, con virtudes y pecados originados por la idiosincrasia, por el excesivo apego a los vástagos y por una multitud de ideas preconcebidas que se heredan de generación en generación y que a menudo entorpecen el crecimiento personal de los hijos.
No por nada el Monumento a la Madre tiene una leyenda que dice “A la que nos amó antes de conocernos”, y que alguien —cre que Ibargüengoitia— completó diciendo: “Y una vez que nos conoció, nos echó a perder”.
Para hacer divertido este asunto —y no herir susceptibilidades—, ejemplificaré cada uno con una recordable figura de la cultura popular mexicana.
I. SOBREPROTECCIÓN
Una de las funciones biológicas de los padres es la de trasmitir el conocimiento adquirido por la especie humana para garantizar su supervivencia y supremacía sobre la Tierra; es decir, es necesario preparar a las crías para valerse solas cuando crezcan. Sin embargo, por alguna razón esta idea se ha visto sustituida por un modo de crianza que busca privar al hijo o la hija de cualquier estímulo, contacto, experiencia, persona o información que parezca desagradable o peligrosa al elevado sentido moral de mamás como doña Florinda, lo cual resulta en hijos inútiles, asustadizos e inadaptados, como el cachetón Kiko.
II. CONTROL
Un acongojado Pedro Infante no puede hacer su vida porque se le sigue presentando el espíritu de la abuelita —que no era su mamá sino su abuela, pero lo había cuidado desde niño así que cuenta igual—, para indicarle qué hacer y qué no. Y esta escena emblemática —que podría haber inspirado a Woody Allen para su alegato edípico “Oedipus Wrecks”— simboliza a la perfección la injerencia que adquieren algunas madres, incluso después de muertas, en asuntos que sólo competen a los hijos.
III. POSESIVIDAD
Los críos humanos no son propiedad de los padres, sino seres individuales con deseos, pulsiones, personalidades e intereses únicos y particulares, a los cuales —a partir de que alcanzan cierta madurez— no se les debe imponer ideologías, comportamientos ni prohibiciones. A menudo se trata de personas que intentan vivir a través de los hijos, como la psicótica Elena de Haro en Malos hábitos, que mata de hambre a su propia hija con tal de hacerla encajar en los cánones estéticos de su sociedad.
IV. ENDIOSAMIENTO
La sátira que nos legaron Los Polivoces en la figura deGordolfo Gelatino y doña Naborita nos da risa porque es cierta: ¿cuántas madres no conoce usted que tienen una devoción enfermiza por uno de sus hijos, al grado de hacerles creer que es perfecto y que no existe una mujer —u hombre, si es una hija— lo suficientemente buena o hermosa o virtuosa como para merecerlo? En otras palabras, ¿a cuántos Gordolfos conoce usted, que son hijos de mujeres abnegadas y solas porque se abandonaron a sí mismas?
V. CASTRACIÓN
No se trata de un corte quirúrgico al cuerpo físico, sino de un sabotaje represivo a los instintos sexuales de los hijos, basándose casi siempre en atavismos morales o en la propia experiencia de la progenitora. Y, ¿quién representa mejor esa idea que doña Zoila —un personaje de cuando Héctor Suárezera simpático— con su uso indiscriminado de la palabra “lagartona” para referirse a cualquier especimen humano del sexo femenino que se aproximara a su hijo?
VI. CHANTAJE
¿Usted recuerda a Catalina Creel, de la telenovela Cuna de lobos? La perversión absoluta del arquetipo de la madre, la antítesis de la Virgen de Guadalupe, una mujer que finge haber perdido un ojo sólo para poder manipular a su primogénito —el supuesto causante del accidente— a través de la culpa. ¿Y cuántos de nosotros no cargamos, por ahí escondida, una espinita bien clavada de “algo” que no hicimos bien con mamá y que hasta la fecha seguimos cargando como un pesado fardo emocional?
VII. MACHISMO
Aunque usted no lo crea, detrás de cada machito hay una madre que tolera o fomenta la idea de superioridad del hombre sobre la mujer, y que se la trasmite casi desde la cuna a sus hijos cocinándoles, lavándoles, ordenándoles a las hermanas que “lo atiendan” y aplaudiéndoles el que tengan “muchas viejas”. Y en este punto ya se me agotaron los ejemplos. Quizá usted recuerde alguno…
Pero no todo es así de grave: de todos modos hay mucho que honrar y agradecer a quienes nos cargaron en su vientre, nos alimentaron con su cuerpo y se partieron el alma intentando crear una persona de bien. Así que, si usted es mamá, reciba mis calurosas felicitaciones…
CON INFORMACIÓN DE: SWAGGER
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