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Sueños de hermanos inmersos en la miseria

  Por Redacción

Publicado el domingo, 17 de mayo del 2015 a las 14:00


Kevin y Valeria subsisten junto a su familia en uno de los sectores de mayor marginación de Saltillo

Cecilia Rivas / Saltillo, Coah.- Al norte de Saltillo se encuentra el fraccionamiento Valencia. Las viviendas del lugar tienen un valor que ronda los 300 mil pesos. Las fachadas son un collage de colores diversos. Usualmente la habitación principal es ocupada por los padres y los otros dos cuartos son para los hijos. Ahí cada quien tiene su espacio, privacidad, y sobre todo, comodidad.

LOS ‘TESOROS’ DE KEVIN

Quince metros antes de llegar a este fraccionamiento se esconde un estrecho camino sin asfalto. Avanzando por él, en un par de minutos se llega al rancho La Gloria, donde viven Kevin y Valeria. Las paredes de su casa están hechas de cartón y rejas de madera. Las demás personas se limitan a usar viejos anuncios de plástico para intentar resguardarse de las inclemencias del tiempo; su familia es un poco más afortunada, pues puede decir que tiene un “techo” fabricado con dos láminas.

Kevin y Valeria no tienen cuarto propio. Comparten la cama con sus otras dos hermanas, de 3 y 15 años, además de su madre. Viven en una habitación de tres por metro y medio. La estancia, donde sólo hay un sillón y una pequeña televisión se divide del dormitorio únicamente con una cortina.

El hogar se sostiene gracias al ingreso de María Elena, su mamá. Ella se dedica a recoger lámina y fierro en el basurero municipal. Hay días buenos y días malos, pues no tiene un salario fijo y el dinero que recibe no se acerca al salario mínimo en Coahuila, de 86.20 pesos.

Él único que la acompaña es Kevin, de 8 años, pues no se puede quedar solo en casa. El pequeño padece asma bronquial, le fue detectado a los tres meses de nacimiento. Las noches son horas difíciles pues sufre una tos severa que despierta preocupada a su familia.

Respirar le resulta complicado y continuamente siente presión en el pecho, pero hace tres años no ha padecido un ataque severo. Juega y hace las actividades de cualquier niño. El contacto con el polvo es un factor que podría provocarle una crisis; en esta colonia, donde las calles aún son senderos de tierra y el pavimento es tan sólo un deseo distante, es un riesgo inevitable.

En los días cálidos, su mamá lo lleva a recolectar el fierro. No le pide que le ayude, sólo lo mantiene vigilado ante el miedo de que sufra una crisis mientras están solos en casa. Kevin se entretiene buscando “tesoros” para sus hermanas.

“Es lo que más me gusta de acompañar a mi mamá. A veces hay osos, juguetes o muñecas para traerles”, dice con una carita de ilusión.

Los hermanos nunca han tenido un juguete nuevo, pero eso es lo que menos les importa. Cada juguete que Kevin encuentra pareciera un tesoro que ilumina el rostro de sus hermanas menores.

Valeria, su hermana de 6 años, tiene en las manos algunos de estos regalos: una muñeca rubia con las mejillas manchadas a la que le cocieron ropa con retazos de tela, y un pequeño libro de Cenicienta que interpreta por los dibujos, pues no sabe leer, pese a que es la única de los cuatro hermanos que va a la escuela.

PREFIERE SU CASA

El kínder al que asiste está a unas cuadras de su hogar. Entró hace apenas unas semanas, pero ya ha faltado cinco veces, pues cuando no hay comida para darle de almorzar su mamá no la lleva a la escuela.

“Lo que me gusta de ir es ver a mis amigas, jugar con ellas a la Víbora de la Mar, o a veces a las muñecas, cuando la maestra nos deja llevar. Pero la verdad no me gusta ir”, confiesa la pequeña.

No quiere responder por qué. Sonríe un poco y baja la cabeza, encogiéndose de hombros. Su mamá la convence para que lo explique y ella, aún sin hablar, levanta la tela de su pantalón rosa. Un moretón grande le cubre la espinilla, pues una compañera le pegó con un banco. La maestra se enteró del problema, pero se limitó a pedirles a las niñas que no pelearan. La llamada de atención no cambió nada, y ella dice que el acoso continúa.

“Le dije a Valeria que ella tiene que seguirle insistiendo a la maestra o defenderse por sí misma, porque yo no puedo hacer nada dentro de la escuela. Ya le dije: el día que vuelva a venir con un moretón, la voy a regañar a ella por dejarse”, comenta María Elena.

Por eso le gusta más quedarse a jugar con su hermanita o con los vecinos de la colonia. Kevin, al contrario que su hermana, disfrutaba ir a la escuela. “Jugaba mucho con mis amigos y me gustaba hacer la tarea, aunque a veces no la acababa”.

El último año que cursó fue segundo de primaria. Dejó la escuela en agosto, cuando su mamá tuvo problemas económicos y se cambiaron de casa. La escuela primaria a la que asistían está muy lejos del rancho La Gloria y no tienen medios para transportarse. Además, no hay dinero suficiente en casa para pagar inscripciones.

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