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El Faro Rojo: Venganza mortal; los parrilleros

  Por Ruta Libre

Publicado el martes, 19 de mayo del 2015 a las 18:00


Los trabajadores de la pollería desquitaron su enojo con el ladrón, que murió víctima de la lluvia de tablazos y golpes

Por: Rosendo Zavala / Saltillo, Coahuila.- Desatados por la furia que sentían, los parrilleros torturaron con fiereza al borracho que se había atrevido a robarlos, propinándole la lluvia de tablazos con que le arrebataron la existencia en aquel oscuro cuarto de renta.

Sabiendo que se habían convertido en homicidas por elección, los trabajadores huyeron a Monterrey para sacudirse la realidad que los envolvió de pronto, aunque su destino estaba dicho porque las autoridades coahuilenses los aprehendieron en el exilio para hacerles pagar su crimen con cárcel.

Un día de tantos

Mientras el humo de la cocina inundaba cada rincón del puesto de pollos, Fortunato se concentraba en agrandar la cantidad de pedidos que tenía por delante, la noche amenazaba con llegar y las tareas de ese viernes parecían multiplicarse a cada momento.

Aún así, “Nato” se pulía validando su etiqueta como experto de la parrilla, atrayendo a las decenas de transeúntes que inundaban tan céntrico crucero y que poco hacían por abstraerse de los olores que los convencían de gastar en el aquel comercio de pollos asados.

Como cada fin de semana, los encargados del restaurante hechizo dibujaban la misma rutina que los hacía llenarse de dinero, porque la venta de carne blanca se multiplicaba generando ganancias que pronto atrajeron a los ladrones de la zona.

Y es que tras advertir la perpetua fila de comensales que inundaban el lugar como casi siempre, “El Cere” fraguó el atraco exprés junto a su amigo “La Pini”, sin presupuestar que su osadía tendría el más trágico de los finales en forma automática.

A punta de navaja

Aquella noche de abril, los mañosos deambulaban por los linderos del primer cuadro saltillense cuando, a lo lejos, la chimenea del puesto que ya tenían visto les hizo recordar sus planes de ataque, aproximándose al sitio con pasos lentos mientras ideaban la forma exacta de cómo darían su primer golpe del día en la noche.

Parados frente al local donde la costra de la grasa quemada se erigía como parte del panorama, los ladrones intercambiaron sus últimas palabras antes de irrumpir con violencia en el local, amagando a Fortunato, que tras verse sorprendido obedeció la orden de los rebeldes.

Decidido a concretar su aventura, “El Cere” amagó al trabajador con la navaja que sacó de entre sus ropas, intimidándolo mientras lo obligaba a entregarle el dinero que éste tenía bajo resguardo como producto de las ventas del turno.

Brincando de gusto mientras contaba los billetes que le había arrebatado de las manos al vendedor de pollos, “La Pini” salió corriendo junto a su cómplice para perderse en la oscuridad de la noche; el asalto estaba consumado y nadie podría evitarlo.

De cacería

Al mismo tiempo, David llegaba al negocio cuando el silencio gutural que inundaba el ambiente lo tomó por sorpresa, fue así como las palabras temerosas de su compañero lo alertaron sobre lo ocurrido apenas minutos antes.

Enfurecido por la vileza de los sujetos que se atrevieron a ultrajar su patrimonio, el recién llegado intercambió palabras con el comerciante atracado, por lo que resueltos a cobrar venganza salieron a las calles del rumbo para buscar a quienes pagarían su osadía con sangre.

Tras varios minutos de recorrer las cantinas del sector, los mercaderes se adentraron en “El Acapulco”, donde divisaron a un borracho que perdido entre la niebla del alcohol gritaba pidiendo un trago a todo el que se cruzaba en su camino.

Sorprendido por el tono de voz del desconocido, Fortunato lo reconoció como uno de sus atacantes y decidido a recobrar su dinero lo señaló ante David, que se acercó hasta la mesa donde puso una botella de cerveza a “El Cere”, que traicionado por el efecto del vino comenzó a platicarle sus transas de día.

Cruel venganza

Con engaños, los parrilleros se llevaron al briago hasta una casa de Presidente Cárdenas, donde una vez a solas comenzaron a torturarlo, exigiéndole los billetes que les había robado mientras lo amarraban para masacrarlo a tablazos sin las más mínima piedad.

Al darse cuenta de que el ladrón ya no respiraba, los ofendidos mercaderes huyeron a La Sultana del Norte para evitar un topetón con la Policía, que tras darse por enterada de los hechos comenzaron las investigaciones que las llevaron hasta el vecino estado.

Tomando muestras de sangre, así como fotografías que los justicieros dejaron regadas en el lugar de los hechos, la Procuraduría de Coahuila llegó hasta la vivienda donde éstos se escondían en Nuevo León, aprehendiéndolos para consignarlos ante instancias penales bajo el delito de homicidio calificado.

Durante varias semanas Fortunato y David se sometieron al proceso fabricado por la justicia para finalmente recibir una sentencia de 34 años de prisión bajo el delito cometido, que deberán purgar con barrotes tras haber asesinado cruelmente a uno de los raterillos que se atrevió a robarlos sin pensar en las consecuencias de sus actos.

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