Espectáculos
Publicado el viernes, 22 de mayo del 2015 a las 15:00
Saltillo, Coah.- “Era mi corazón un ala viva y turbia… / un ala pavorosa llena de luz y anhelo”, dicen los versos de Pablo Neruda. Este órgano vital, que ha inspirado cientos de poemas y leyendas, cautiva la imaginación del hombre con sus propiedades, no sólo con las que sabemos que anatómicamente posee, sino por sus cualidades espirituales, metafísicas, incluso mágicas.
Más allá de la fantasía, o tal vez muy dentro de ella, se ubica la trama de “Formol” (Tusquets, 2014), la primera novela de Carla Faesler. Hablo de la fantasía porque esta palabra también tiene otra acepción, además de la que la define popularmente, también se refiere a la facultad de la mente de idealizar cosas reales.
A través de la mirada de la protagonista, Larca, la hija única de Febe y Celso, vemos cómo un corazón, que se encuentra dentro de un frasco de formol, adquiere el carácter de reliquia sagrada, de objeto numinoso que inspira temor, reverencia, pero también fe en su poder transformador.
Desde las primeras páginas el lector queda prendado de la vida de esta singular familia. Primero, porque la autora nos entrega unos versos bellos, y demoledores, de Fernando Pessoa: “El corazón, si pudiera pensar, se pararía”.
Carla Faesler no se desprende de su vocación poética, lo cual es un gran estímulo para el lector. Las descripciones están salpicadas de metáforas y palabras engarzadas en frases con ritmo propio, al igual que las reflexiones de los personajes.
Algunos pensarán que esta visión, a veces reposada, otras vehemente, le podría dar un ritmo lento a la narrativa, pero no, la pluma ágil y poco convencional de la escritora defeña nos lleva del presente al pasado, de la charla, a la contemplación.
“Formol” también posee una historia que deseamos conocer: cuál es el origen de este corazón que gobierna, desde el tercer nivel de la repisa de la biblioteca, con todo el esplendor de su locura, la vida de una familia.
A lo largo del relato nos enteramos que este corazón latió alguna vez en el pecho de un joven guerrero destinado a ser sacrificado en el Templo Mayor, ante la mirada de los viejos dioses. La peculiaridad de este órgano reside en que formó parte del último ritual llevado a cabo antes de que la Conquista española marcara el ocaso del pueblo azteca.
Esta víscera, descubierta entre el hielo y la nieve que blanquean las faldas del volcán Iztaccíuhuatl, ha sido capaz de trastornar la mente de quienes la encuentran con resultados inesperados. A lo largo de las páginas nos topamos con aventureros, señoras aburridas en busca de emociones, con guardianes de secretos y tradiciones ancestrales, con artistas de sensibilidad aguda, con prestidigitadores de la Zona Rosa, con hombres y mujeres cargados de tristezas.
El corazón resguardado por la familia de Larca ha inspirado cuentos, pinturas, leyendas. A su influjo han sucumbido personajes como Fray Bernardino de Sahagún, Baltasar de Echave Orio o el Doctor Atl. Pero la reliquia también ha desencadenado la locura y la muerte en algunos de sus descubridores.
Nadie queda inerme cuando se cruza en su camino este corazón de guerrero. Su influjo es perturbador, pero sobre todo magnético. Tanto, que el lector se encuentra pegado a las páginas de la novela que, entre datos históricos, versos y claves escritas con humor negro, entregan una historia ficticia, pero también una reflexión. ¿Cuál sería, imaginario o no, el objeto capaz de despertar a un país marcado por el horror y el desaliento?
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