Cd. Acuña

Publicado el miércoles, 27 de mayo del 2015 a las 13:01
Acuña, Coah.- Al torbellino de aire le siguieron las oleadas de llanto. Una tempestad que no termina en Ciudad Acuña. Pequeños aferrados a los ataúdes de sus padres. Mujeres ya cansadas de soltar lágrimas. Luto que se refugia en la música que les recuerda al hombre que vieron partir por la mañana y que ya no regresó.
“No papito, noooo, que no entierren a mi papito”. Es la voz de uno de los cinco hijos de Jaime Bermea, el chofer del camión de transporte de personal que voló por los aires, y que fue a parar sobre un grupo de casas, a cientos de metros de su ruta.
En el cementerio El Alma Eterna, un niño no dejó de llorar. Primero se aferró al ataúd, después al montón de tierra, y finalmente a los brazos de su madre, Lorena Galván, una mujer que prefirió tragarse el dolor y aguantarse el llanto, para sostener a sus hijos.
Ahora no sabe qué va a pasar, cómo le va a hacer. El sueldo de su esposo como chofer era todo el sustento para sacar adelante a dos niños y tres adolescentes. El tornado no sólo se llevó al hombre de su vida y padre de sus hijos, también el futuro del hogar.
“A ver cómo le hacemos, a ver cómo los saco adelante”, dice Lorena, sin soltar un tablet roja con las fotos de su esposo, y sostener con la otra la cabeza de Jaimito, un adolescente tatuado con la imagen de Jordan detrás de la oreja, y que muerde sus labios como queriendo arrancarlos de tristeza.
Jaime hizo su último recorrido con el pendiente de una noche de lluvia. Se fue luego de persignar a sus hijos aún dormidos. Lorena le preparó el café y le dio la bendición. Eran las 5 de la mañana. Le llamó a los minutos. El celular ya no respondió. La que llegó fue otra llamada, una de sus compañeros de trabajo para avisarle que Jaime había muerto.
Ayer lo volvió a encaminar, como todos los días, ahora por un sendero de polvo.
Cantó su adiós
Todavía el domingo por la tarde Juan Luis Sánchez se puso a oír y cantar su canción favorita. “Ésa, la de Vicente Fernández”, dice su hermana, con esa lloraba. Y al decirlo, lloraba ella misma.
“De tanto andar por la vida, hijo de mi corazón, me están pesando los años, mi corazón se cansó. Tal vez se acerca el momento que habré de decir adiós”, dice la primera estrofa de la canción “El hombre que más amé”. Con esa se despidió.
El lunes salió temprano de su casa en la calle Guadalupe Victoria. Recorrió unas 10 cuadras hasta el taller de hojalatería y pintura donde trabajaba en la colonia Santa Rosa. Su esposa, María de Jesús Saldaña, lo sabe porque ahí lo encontraron minutos después que pasó el tornado. Aplastado por el techo del taller.
Ayer Juan Luis volvió a casa. Ésa con ajos y herraduras en la entrada, y llena de santos por dentro. Se protegía de todos los males, pero el único que no pudo prevenir, fue el que le provocó su muerte: un tornado.
Lo velaron en la sala de su casa. Sobre el ataúd, fotos suyas presumiendo un bigote grueso y mirar reacio. Y alrededor, caras tristes recordando al hombre al que ya no pudieron besar antes de darle el adiós, y que se tuvieron que conformar con acariciarle sobre un cristal.
“Así como decía la canción, pos’ qué le vamos a hacer, a él ya no le damos besos, se los damos a sus hijos, que le lloran”, dice otra de sus hermanas, y recita casi de memoria otra estrofa de la canción que a Luis tanto le gustaba:
“Si de él quisieras un beso y ya no me encuentre aquí, a tu madre pídele uno, de tantos que yo le di”.
Lo enterraron a las 4 de la tarde. Se toparon con otros cortejos fúnebres. Familias que se reunieron a llorar a sus muertos. A esperar que esto no vuelva a pasar. El número 14 de la central de taxis de Ciudad Acuña está fuera de servicio. En ella viajaba Mario Alberto Hinojosa. Iba por su primer pasaje a la colonia Santa Teresa. No llegó por sus clientes. Un tornado hizo trizas su unidad.
Al panteón llegó escoltado por una veintena de taxis blanco con amarillo. Sus amigos ayudaron a montar el ataúd. Luego se acercaron con la cabeza abajo o el mirar perdido.
Su esposa Lupita lloraba. También sus hijos. Se despedían. Los taxistas hicieron lo mismo. La voz de uno de ellos se alzó imitando el pase de lista que todas las mañana les hacían desde el radio que cada quien carga en su unidad.
“Cero uno, cero uno, sus veintes, cero uno…”, gritaba una voz, mientras que otro contestaba “presente cero uno”. Y la lista continuó hasta el 14, el número que desde hacía unos cuantos meses portaba Mario Alberto en su taxi.
“Cero 14, cero 14, sus veintes, cero catorce”, dijo alguien, y le agregó el nombre, “sus veintes Mario Alberto Hinojosa, sus veintes”, y todos contestaron “presente”.
Las trompetas de un mariachi ahogaron el llanto que algunos de sus amigos dejaron caer, y la pena que su esposa Lupita intentaba volcar sobre el ataúd.
La tierra del cementerio se volvería a mojar 10 veces durante la tarde. Ataúdes llegarían y se irían del único camposanto del municipio.
Último pase de lista
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