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Miguel Hidalgo: La antigua calle Real

  Por Redacción

Publicado el jueves, 6 de agosto del 2015 a las 14:00


Esta vía fue, es y seguirá siendo la más icónica de la capital a pesar del paso del tiempo

CECILIA RIVAS | Saltillo.- Fue la avenida principal del Saltillo antiguo. De ahí proviene el primer nombre que recibió: calle Real, actualmente Miguel Hidalgo.

Es una de las pocas vías que no ha cambiado el sentido de tránsito y en sus costados se construyeron algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad.

La Catedral de Santiago fue el primer templo de Saltillo, se edificó en la esquina de las antiguas calles Real y la del Camposanto. Sus paredes se mostraron imponentes desde el primer momento; sus puertas de madera gruesa fueron adornadas con tallados y sus columnas son cubiertas por miles de figuras de santos, flores y demás símbolos.

Su campanario se alza al cielo midiendo 71.5 metros de altura. Pareciera que quienes lo construyeron tenían deseos de alcanzar las nubes y por este motivo no se puede encontrar una catedral más alta en todo el norte de México.

Tras sus puertas se resguarda al Santo Cristo, la figura católica más venerada de la región y la cual llegó a Saltillo en el año 1607. Se le celebra cada 6 de agosto y cada año logra atraer a más de 100 mil fieles de todo el estado.

Édgar Pinales, actual sacristán de la capilla, cuenta que hubo un tiempo en que no pudiendo explicar la asistencia de tantas personas, la gente comenzó a murmurar que debían ser fantasmas y que incluso los muertos se paraban de sus tumbas para ir a adorar al Santo Cristo.

Pero en la Catedral de Santiago no todo ha sido belleza. El 3 de abril de 1975 un hombre entró corriendo al Café Plaza, ubicado frente al templo, y gritó a todos los presentes: “¡hay un hombre que amenaza con suicidarse en la Catedral!”.

En el lugar, punto de reunión de periodistas, se encontraba Adolfo González Contreras, fotógrafo del entonces periódico Sol del Norte.

No llevaba su cámara, pero cuando escuchó la advertencia no dudó en “tomar prestada” la de un fotógrafo de El Independiente que se la había dejado encargada.

Así, Adolfo logró captar el momento en que el hombre se colocó al borde de la torre y al final, su cuerpo inerte sobre la baldosa del atrio. Esta secuencia le valió al fotógrafo obtener el Premio Nacional de Periodismo, en ese entonces otorgado por el Gobierno federal.

Otros acontecimientos desarrollados en la cercanía de la Catedral han marcado la identidad saltillense: en el siglo 19, durante el mes de septiembre, decenas de hombres cercaban la Plaza Real, ubicada frente al templo. Por las tardes, cientos de niños, mujeres y hombres se reunían ahí y un coro de “olés” rebotaba en los edificios. Así se montaba la primera plaza de toros saltillense, conformada sólo por tablas y maderas que separaban al toro de los presentes, aumentando la adrenalina.

LA CALLE DEL CURA

Ya en el siglo 20 las corridas se mudaron de sitio; en estas décadas la calle sufrió muchos cambios drásticos. La tierra que se levantaba al paso de las carretas de caballos y ensuciaba los zapatos al llover fue reemplazada por empedrado.

Su nombre cambió de calle Real a calle Miguel Hidalgo, pues el Padre de la Patria se hospedó en una casa de la arteria. Sin embargo, la emblemática vivienda que se encontraba en la esquina de la calle Aldama, fue demolida en 1976.

La placa de mármol donde se afirmaba que ahí habitó el cura Hidalgo se perdió entre los escombros. Actualmente en el espacio se encuentra una tienda y bodega de zapatos y una placa nueva se colocó en el edificio de enfrente, donde está instalada una funeraria, aunque se sabe que el párroco nunca estuvo ahí.

Antes de este negocio, ahí se encontraba el Hotel Universal, característico por su belleza y moderna arquitectura, en el que se hospedaban conocidos políticos y artistas que visitaban Saltillo.

Luego de la posguerra, sus altos muros fueron derrumbados y el glamour que destilaban las celebridades visitantes fue sustituido por la solemnidad de la funeraria, y erróneamente se colocó la placa antes mencionada. A la fecha, la empresa sigue funcionando.

CASINO Y CANTINA

Otro símbolo de la urbanización fue la inauguración del Casino de Saltillo, fundado en 1900. Según las memorias del Archivo Municipal, 14 años después el general huertista, Joaquín Mass, se encontraba defendiendo la plaza.

En un momento se vio superado en número y entendió que no podría ganar esa batalla. Al sentir la derrota tan cerca, mandó quemar el edificio de las apuestas, pensando que con el humo se iría su impotencia.

No sólo las grandes anécdotas han sido protagonistas en esta vía, también otras historias ocurrieron dándole
identidad.

Por ejemplo, la cantina de don Pepe Alejandro, ubicada en la esquina en donde hombres solían reunirse, premiando la música y los chistes jocosos; eran los 60 y el lugar cerraba a las 10 de la noche, algo escandaloso para esos tiempos.

Años después el espacio fue vendido y ocupado por la famosa Dulcería Hidalgo. A la fecha, en la esquina derecha de Hidalgo y Lerdo de Tejada no quedan vestigios de alguno de los dos negocios. El espacio está vacío y la humedad ha provocado que la pintura blanca de sus paredes comience a caer.

Despintados y tristes, los muros muestran un abandono que hubiera sido imposible imaginar en la época de los parroquianos en la cantina de don Pepe.

IMBORRABLE NOSTALGIA

José Humberto González sale cada tarde a fumar un cigarro en la ventana que da a la calle Hidalgo. Al referirse a su edad, da una respuesta confusa: “tengo 60, pero casi al doble”. Su hogar se encuentra en la esquina de Lerdo de Tejada, con el número 507, y ha pertenecido a su familia por más de 100 años.

“Mis tías eran gente de abolengo, no les hacía falta nada, por eso tenían esta casa. Yo llegué aquí por mis papás, se podría decir que llegamos de metiches. Yo me fui un tiempo, pero terminé regresando”, explica.

Dice que vive solo, luego aclara: “ni tan solo”. Al preguntarle quién más vive con él, se queda en silencio unos segundos, sonríe y contesta “con unas amigas”. Sus ojos se llenan de lágrimas al intentar explicar por qué la casa es importante para él, y sólo logra susurrar que hay demasiados recuerdos de su familia.

Explica que no se le han hecho muchos cambios a su casa, tan sólo se movió el lugar de la sala y algunas otras habitaciones. La fachada de la vivienda, con sus grises y rojos, proyecta el mismo aire de nostalgia que su dueño.

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